miércoles, septiembre 05, 2007

"Los inmortales", de Martin Amis





Vaya perspectiva. Pronto toda la gente se habrá ido y me quedaré para siempre solo. Con tanta radiación solar los seres humanos que aún circulan se encuentran en muy mal estado, sin contar los problemas de inmunidad, el régimen a base de ratas y cucarachas y cosas por el estilo. Son los últimos; pero no pueden durar mucho (claro que intenta decírselo a ellos). Aquí están de nuevo; tambaleando, se asoman a mirar el infierno del atardecer. Todos padecen enfermedades y delirios. Todos se creen que son... Pero dejemos en paz a los pobres hijos de perra. Ahora me siento libre para desnudar mi secreto.

Soy el inmortal.

Hace un tiempo increíblemente largo que estoy por aquí. Si el tiempo es dinero, yo soy el último de los grandes derrochadores. Y, sabéis, cuando uno ha estado en circulación tanto tiempo como yo, la escala diurna, ese número de veinticuatro horas, puede empezar a demolerte el ánimo. Yo intenté buscar un esquema más amplio. Y tuve mis éxitos. Una vez me mantuve despierto siete años seguidos. Sin siquiera una siesta. Qué mareo, amigo. Por otro lado, esa vez que estuve enfermo en Mongolia dormí durante toda una década. Sin nada que hacer, de paseo por un oasis del Sahara, me rasqué el ombligo durante dieciocho meses. En una ocasión –cuando no había nadie alrededor– me la estuve meneando un verano entero. Hasta los inalterables cocodrilos me envidiaban los baños en los ríos sin tiempo. Francamente, no había mucho más que hacer. Pero al fin interrumpí estos experimentos y con mansedumbre me uní a la rutina noche-día. Me pareció que necesitaba dormir. Me pareció que necesitaba hacer las cosas que al parecer necesita hacer la gente. Cortarme las uñas. Comparecer ante el vaso y la bacía de afeitar. Ir a la peluquería. Todas esas distracciones. No me extraña que nunca haya terminado nada.

Nací, o aparecí o me materialicé o despunté, cerca de la ciudad de Kampala, Uganda, en Africa. Claro que Kampala todavía no existía, y Uganda tampoco. Africa tampoco, si vamos al caso, porque en aquellos tiempos todas las masas de tierra estaban unidas. (Tuve que esperar hasta el siglo veinte para verificar muchas de estas cosas.) Pienso que debo de haber sido un dios falso o algo así; cabe concebir que llegué de un planeta que se regía por un reloj diferente. De todos modos nunca llegué muy lejos. Aunque larga, mi vida ha sido en todos los sentidos fútil. Tuve que parar el carro durante un buen rato antes de que aparecieran seres humanos con los que tratar. El mundo todavía se estaba enfriando. Me pasé toda la geología sentado, esperando que llegara la biología. Solía canturrear junto a esos estanques tibios donde empezó la vida sembrada desde el espacio. Sí, allí estaba yo, alentándoos desde la línea de banda. Pues tenía instintos gregarios y me sentía terriblemente solo. Y hambriento.

Entonces se manifestaron las plantas, lo cual significó un simpático cambio y ciertos tipos rudimentarios de animales. Pasado un tiempo comprendí y me hice carnívoro. Me convertí en un cazador prodigioso en parte por autodefensa. (No era tanto una cuestión de supervivencia como que a nadie le gusta que lo huelan, lo desgarren y lo mastiquen, todo al mismo tiempo.) No había animal que pudiera soñarse que yo no fuera capaz de matar. También tenía mascotas. Era una forma de vida al aire libre muy saludable, aunque no demasiado estimulante. Yo anhelaba... reciprocidad. Pero si pensé que el período pérmico era lo peor, fue sólo porque aún no me había tocado vivir el triásico. No puedo deciros lo aburrido que era. Y entonces, antes de que pudiera darme cuenta –esto habrá sido alrededor del 6.000.000 a. de C.– vino la primera Edad de Hielo (no oficial) y tuvimos que empezar todos de nuevo, más o menos desde la línea de largada. Las Edades de Hielo, admito, fueron golpes considerables a mi moral. Uno sabía cuándo se acercaban: solía haber una especie de espectáculo cósmico de luces y luego, con demasiada frecuencia, una espantosa borrasca de impactos retardados; luego polvo, y bellos crepúsculos; por fin, la oscuridad. Ocurrían regularmente, cada 70.000 años justos. Guiándose por ellas uno podía poner el reloj en hora. La primera Edad de Hielo acabó con los dinosaurios; eso al menos dice la teoría. Yo sé que no fue así. Podrían haberse salvado si se hubieran apretado el cinturón y hubiesen sido sensatos. Los trópicos eran bastante calurosos y sombríos, cierto, pero perfectamente habitables. No, los dinosaurios se lo buscaron: eran una pandilla lamentable. Son las películas de aventuras sobre el mundo perdido las que dicen la verdad sobre su muerte. Increíblemente estúpidos, increíblemente quisquillosos; e increíblemente grandes. Y siempre buscando camorra. El lugar parecía un patio de peleas. Yo, por supuesto, ya había descubierto el fuego, de modo que comía bien. Hamburguesas todas las noches.

La primera hornada de hombres-mono fue una carga enorme en lo que a mí concernía. En cierto modo me agradó verlos, pero en general era un lío. ¿Tanta evolución para eso? Hubo una época de brutalidad antes de que llegaran a algo, e incluso entonces siguieron siendo ansiosos y paranoicos. Yo, con mi casita, mis trajes de piel, mi cara bien afeitada y mis barbacoas, sobresalía. De vez en cuando me convertía en objeto de odio, o de adoración. Pero ni siquiera los amistosos me servían de algo. Ugh. Ij. Akk ¿Qué nombre se le da a semejante conversación? Y cuando al fin mejoraron, y me hice unos cuantos amigos y empecé a tener relaciones con las mujeres, sobrevino un descubrimiento espantoso. Yo había pensado que iban a ser diferentes, pero no. Todos envejecían y morían, como mis mascotas.

Como están muriendo ahora. Todos muriendo alrededor de mí. Al principio todos aquí nos alegramos cuando el mundo comenzó a entibiarse. Nos alegró que las cosas se iluminaran. El invierno siempre es duro; pero de algún modo el invierno nuclear es especialmente sombrío. Hasta yo llegué a cansarme de una noche que duró tres años (y Nueva Zelanda, me parece a mí, está bastante muerta incluso en las mejores épocas). Por un tiempo la gran fiebre fue tomar el sol. Pero luego la cosa pasó de la raya hacia el otro lado. Empezó a ponerse cada vez más caluroso, o más bien hubo un cambio en la naturaleza del calor. No daba la sensación de ser luz de sol. Más bien parecía un gas o un líquido: parecía lluvia, muy fina, muy caliente. Y los edificios, por lo que se notaba, no la rechazaban de la manera adecuada, ni siquiera aquellos que tenían techo. La gente dejó de adorar al sol y se hizo adoradora de la luna. La vida se volvió nocturna. Ellos están de lo más animados, teniendo en cuenta la situación, y se compadecen más de los otros que de sí mismos. Supongo que es una suerte que no puedan predecir lo que se viene. Pobres mortales, me dan pena. No son capaces de hacer nada en absoluto con esa fiera fundida que hay en medio del cielo. Se enfrentaron con la ira, después se enfrentaron con el frío; y ahora los están nuclearizando de nuevo. Los está renuclearizando, multinuclearizando el lento reactor del sol.

El Apocalipsis sucedió en el año 2045 d. de C. Cuando tuve la certeza de que se acercaba fui directamente al centro de la acción: Tokio. Saldré ahora mismo al paso y diré que me encontraba de lo más dispuesto a marcharme. No es que estuviera especialmente deprimido o algo así. Sin duda no estaba tan deprimido como ahora. De hecho acababa de emerger de una resaca de cinco años y el futuro se me aparecía luminoso. Pero el planeta estaba en un estado desesperante en aquel entonces y yo no quería participar más. Quería irme. Nada se las había arreglado nunca para matarme, y comprendí que la única oportunidad radicaba en el impacto directo de un misil. Yo soy cósmico (en tiempo), pero también lo son las armas nucleares (en poder). Si un misil no consigue borrarme del mapa, me decía, pues bien, nada lo conseguirá. Sólo tenía una seria duda. El despliegue de moda por entonces consistía en detonaciones de tapiz en la escala de los cien kilotones. Personalmente yo hubiese preferido algo mayor, digamos algo así como un megatón. Había perdido el barco. Debería haber aprovechado la oportunidad en los días de las pruebas atmosféricas. Solía morderme los codos pensando en la hija de puta de sesenta megatones que los soviéticos habían probado en Siberia. Sesenta millones de toneladas de TNT: está claro que ni siquiera yo me habría salvado... Alquilé una habitación en el último piso del Century Inn, cerca de la torre de Tokio, bien en el centro de la ciudad. Esta vez quería colocarme en primera fila. Me pareció que en el hotel estaban contentos con el cliente. Los negocios no parecían ir viento en popa. Todo el mundo sabía que el final comenzaría allí, igual que un siglo atrás. Y a esa altura, de cualquier modo, las ciudades estaban muriendo en todas partes... Por la noche hice estallar mi dinero. Soborné al guardia del piso y me franqueó el acceso a la azotea: el sueño final. La ciudad se contorsionaba de pánico. Yo me contorsionaba de esperanza. Si esto suena egoísta, pido excusas ¿Pero a quién? Cuando oí las sirenas gimiendo en el aire me puse de pie de un salto y permanecí inmóvil, desnudo, en puntas de pie, con los brazos extendidos. Y luego ocurrió, como si le abrieran la cremallera al universo.

En primer lugar debo haber absorbido una buena cantidad de radiación inmediata, que más tarde me provocaría tremendas jaquecas. En seguida pensé que Dionisio me estaba haciendo cosquillas hasta matarme. Al mismo tiempo, me apabullaron la onda electromagnética y la embestida térmica. Por las partículas radiactivas no tenéis que preocuparos. Hacedme caso, es la menor de las dificultades. Pero el calor es otra cosa. Son unas temperaturas capaces de convertir a un ser humano en una sombra en la pared. Hasta yo me resequé un poco. Aunque ahora pueda bromear (eso sí que era calor, madre mía; uf, vaya bochorno), en el momento confieso que me alarmé. Yo no podía respirar y se me nubló la vista –otro detalle importante: no me morí, pero al menos me desmayé–. Y por un buen rato, pues cuando me desperté había desaparecido todo. Me había pasado durmiendo todo el estallido, la conflagración, el tifón mortífero. Físicamente me sentía bien. Físicamente me encontraba, como se dice, en forma. Mi resaca había desaparecido por completo. Pero en todos los demás aspectos sentía un desacostumbrado decaimiento. Sí, estaba infinitamente deprimido. Todavía lo estoy. Oh, finjo alegría, pongo cara de ánimo; pero a menudo pienso que esta depresión no acabará nunca, que me durará hasta el fin de los tiempos. No se me ocurre nada que tenga buenas posibilidades de levantarme el ánimo. Pronto la gente desaparecerá y me quedaré solo para siempre.

Son gente de arena, gente de polvo, gente de polvo. Los aprecio, por supuesto, pero no sirven de gran compañía. Están profundamente enfermos y profundamente locos. A medida que menguan, que declinan y se marchitan, parecen ir adoptando grandes ideas sobre sí mismos. Entre nosotros, yo tampoco me siento como una lechuga. Tengo buen aspecto, el mismo que solía tener; pero sin duda hubo tiempos en que me sentí mejor. Mi trato con las enfermedades, dicho sea de paso, es como sigue: las contraigo, me hacen daño y todo eso, y no obstante nunca resultan fatales. Se van, o yo me adapto. Para daros un ejemplo, hace setenta y tres años que tengo sida. Sencillamente no me lo puedo sacudir de encima. Falta una hora para que amanezca y las estrellas todavía brillan con su nuevo afilado esplendor. Los seres humanos ya vuelven a las casas. Algunos caerán en un sueño tembloroso. Otros se reunirán junto a la artesa contaminada y hablarán todo el día de sus patrañas. Yo me demoraré afuera un rato más, solo, bajo el inmortal calendario del cielo.

La antigüedad clásica fue interesante (calculo que acabo de dar un buen salto, pero no es mucho lo que os perdéis). Fue en la Roma de Calígula donde me di cuenta de que tenía un problema de alcoholismo. Empecé a pasar más y más tiempo en Cercano Oriente, donde siempre había animación. Le tomé la medida a las reglas maestras de la economía y florecí como comerciante mediterráneo. Para mí las largas excursiones de ida y vuelta a las Indias no eran nada del otro mundo. Me fue bien pero no fabulosamente y hacia el siglo diez había vuelto a recalar en Europa Central. Juzgándolo ahora, da la impresión de que cometí un error ¿Sabéis cuál fue mi período favorito? Sí: el Renacimiento. Estuvisteis realmente bien. Para ser sincero, me sorprendisteis. Yo me había pasado bostezando quinientos años de plagas, religión y talento nulo. La comida era espantosa. Nadie tenía buen aspecto. El arte y las artesanías apestaban. Entonces: ¡bum! Y encima todo al mismo tiempo. Me encontraba en Oslo cuando me enteré de lo que estaba ocurriendo. Dejé todo y me subí al primer barco que zarpaba para Italia, aterrorizado de perdérmelo. Ah, era el paraíso. Cuando esos tipos pintaban una pared, un techo o lo que fuera, pintado quedaba. Allí vivíamos dentro de una obra maestra. Al mismo tiempo, a mi entender, había algo de ominoso. Yo advertía que, en todo sentido, erais capaces de cualquier cosa. Y después del Renacimiento ¿con qué me encuentro? Con el Racionalismo y la Revolución Industrial. Crecimiento, progreso, la gran estampida petroquímica. Justo cuando pensaba que no podía haber siglo más tonto que el diecinueve, se presenta el veinte. Os juro, el planeta entero parecía estar representando un certamen de estupidez. Yo ya veía entonces cómo iba a acabar la historia humana. Cualquiera podía verlo. No había alternativas.

Mis intentos de suicidio se remontan a la Edad Media. Me lo pasaba tirándome de las montañas y números así. Piedras al cuello, etcétera. Nunca daban resultado. Jesús, he hecho de pararrayos más veces de las que puedo recordar, y he vivido para contarlo. (Una vez me dio un meteorito en plena cara; salir arrastrándome de debajo me costó lo mío, y me sentí descompuesto toda la tarde.) Y todo esto sin contar las innumerables guerras en que luché. A lo largo de milenios la milicia fue mi pasión –ya sabéis cómo anda el mundo–, pero a comienzos del siglo quince empecé a cansarme. Yo, que había luchado con Alejandro, con los grandes Khanes, de pronto me encontraba en medio de una pesadilla de vagos asquerosos enfrentándose a otra pandilla de vagos asquerosos. Eso fue en Agincourt. Para la guerra de Semana Santa ya estaba harto. Parecía que toda la improvisación –todo el saber y la capacidad– había desaparecido. No había más que muerte, pura y simple. Y mis experiencias en el teatro nuclear no han servido para nada para restaurar la aventura perdida... De veras... lentamente yo iba perdiendo el interés por todo. En general me iba volviendo más ermitaño y neurótico. Y estaba la bebida. De hecho, cuando promediaba el siglo veinte mi problema de alcoholismo se me escapó de las manos. Una vez, tuve una borrachera que me duró noventa y cinco años. Desde 1945 hasta 2039 estuve hecho una cuba. Nómada metropolitano, me ganaba la vida vendiendo mi pasado, vendiendo historia: baratijas fenicias, rollos hebreos, botines de guerra –algunas de estas cosas bien valían una bomba–. Me derrumbé. Perdí todo respeto por mí mismo. Era como un pasajero de un avión averiado que, con la bolsa del duty-free colgándole de la boca, procura encontrar ese estado en el que nada importa. Así parecía estar comportándose el mundo entero. Y ese estado es imposible de encontrar. Porque no existe. Porque las cosas importan. Incluso aquí.

La visión de Tokio después del ataque nuclear no era agradable. Un aceitoso pastel negro con pequeños brocados de fuego. Mi vida había estado atiborrada de muerte –la muerte es mi vida–, pero ese surco era nuevo. Había desaparecido todo. No sucedía nada. La única luz, la única actividad, provenía de los haces de plasma y los pequeños cohetes que algún satélite perdido o algún submarino vagabundo seguían disparando. ¿Pero qué hacen?, me pregunté ¿Para qué bombardean este cementerio? No me preguntéis cómo me las arreglé para llegar aquí, a Nueva Zelanda. Es una larga historia. Y fue un largo viaje. En otros tiempos, desde luego, hubiera podido hacerlo a pie. No tenía planes. Me limité a seguir las huellas de la vida.

Fui en balsa hasta el continente y allí tampoco había nada. Todo estaba muerto. (Para ser justo, buena parte ya había muerto antes.) De vez en cuando, mientras me dirigía a tientas hacia el sur, veía una mancha de liquen o un hongo deformado, y más tarde alguna cucaracha con una sola pata, o una rata ciega, cosas así, y eso me levantaba el ánimo por un rato. Pasaron unos buenos dieciocho meses antes de que me cruzara con seres humanos dignos de tal nombre; fue en Thailandia. Era una pequeña comunidad pesquera protegida por un pico de las montañas costeras y por anómalas condiciones de viento (por entonces no había otras condiciones de viento más anómalas). La gente lo pasaba mal, naturalmente, pero aún seguía sacando algo del mar, si bien no se lo podía llamar exactamente pescado. Les supliqué que me dieran una barca y se negaron, lo cual era comprensible. Como no quería discutir, me quedé por allí hasta que se murieron. No fue mucho tiempo. Si no recuerdo mal, tuve que esperar unos cuatro años. Luego cargué mis cosas, me hice a la mar y no me importó adónde demonios me llevaban los vientos. Sencillamente me hice a la mar muerta con la esperanza de encontrar vida.

Y en cierto modo la encontré aquí, entre la gente del polvo. Los últimos. Más me vale aprovecharlos al máximo porque son los últimos seres humanos que me quedan. Lamento que vayan a irse ¿Qué significa necesitar a los demás, necesitar que los demás sean?

Una vez me encontraba en China con mucho dinero y un siglo que perder, compré una elefanta recién nacida y la cuidé hasta que se hizo inválida. La llamaba Babalaya. Vivió ciento treinta años y tuvimos tiempo de llegar a conocernos muy bien. Esa manera juguetona que tenía de sacudir la cabeza. La silueta graciosa: tanto bulto y nada de culo (desde atrás parecía un peón caído sobre el mostrador de un pub de Dublín). Babalaya, la única mujer que me importó de verdad... No, eso no es cierto. No sé por qué lo digo. Pero las relaciones largas siempre me han resultado difíciles y he tendido a poner aire de por medio. Sólo me he casado ochocientas o novecientas veces –no soy de los que llevan la cuenta–, y no creo que el total de mis hijos llegue a las cuatro cifras. También tuve mis épocas de gay. Estoy seguro, no obstante, que os dais cuenta del problema. Yo estoy acostumbrado a ver cómo se abren paso hacia el cielo montañas enteras, cómo se forman deltas. Eso que se dice sobre que el Atlántico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por siglo; bueno, yo lo noto. Heme allí, pues, viviendo con una preciosidad. Un parpadeo... y se ha vuelto una ruina. Mientras que yo permanecía varado en un mediodía impecable, daba la impresión de que el tiempo garabateaba el rostro de todo el mundo: se encogían, se ensanchaban, se desflecaban. No es que a mí me importase tanto, pero las mujeres no sabían cómo manejarlo. Las volvía locas. “Hace veinte años que estamos juntos”, decían. “¿Cómo es que yo parezco una mierda y tú no?”. Además, no era muy astuto quedarse mucho en un solo lugar. Veinte años ya era alargarlo demasiado. Y yo lo alargaba, muchas veces, por los niños. Aparte de eso sólo tenía aventuras sin importancia. ¿Pensáis que los líos de una noche son de lo más insatisfactorios? Pues imaginaos lo que pienso yo. Para mí veinte años son un lío de una noche. No, ni siquiera. Para mí veinte años son un polvo de ascensor... Y había complicaciones desagradables. Por ejemplo, una vez vi a una nieta mía tosiendo y cojeando por el soukh de Jerusalén. La reconocí porque ella me reconoció a mí; dejó escapar un alarido áspero, mientras me señalaba con un dedo que por cierto llevaba un anillo que yo le había regalado de pequeña. Y ahora era pequeña de nuevo. Lamento decir que en los días más tempranos cometí incesto con bastante regularidad. En ese entonces no había manera de evitarlo. No sólo se trataba de mí: todo el mundo andaba en lo mismo. Un millón de veces he visto partir a los míos, y un millón de veces más. Qué dolor he conocido, qué megatones de dolor. A todos los echo de menos; cómo los echo de menos. Echo de menos a mi Babalaya. Pero comprenderéis que cualquier clase de relación ha de resultar bastante tempestuosa (es imposible eliminar las tensiones) cuando uno de los dos es mortal y el otro no.

La única celebridad que llegué a conocer bien fue Ben Jonson, en el Londres de esos tiempos, cuando regresé de Italia. Ben y yo éramos compinches de bebida. Cuando se emborrachaba era estridente, y a veces también sentimental; y por supuesto que todo el asunto de Shakespeare lo deprimía mucho. Ben solía deshacerse en lágrimas leyendo las cosas de ese hombre. A Shakespeare lo vi una o dos veces por la calle. Nunca nos encontramos, aunque sí nuestros ojos. Siempre tuve la sensación de que juntos habríamos llegado lejos. Yo veía el mundo como Shakespeare. Y apuesto a que hubiera podido proporcionarle material interesante.

Pronto habrá desaparecido toda la gente y me quedaré para siempre solo. Hasta Shakespeare habrá desaparecido, aunque no del todo, porque sus versos seguirán viviendo en esta vieja cabeza mía. Me acompañará la memoria. Me acompañarán los sueños. Sólo faltará la gente. Cierto es que ya viví un montón de años vacíos antes de que los seres humanos llegaran, de modo que estoy acostumbrado a la soledad. Pero esta vez será distinto, sin la esperanza de que al final aparezca alguien.

Ahora no hay ningún clima. Los días son apenas una máscara de fuego, y a mí el cielo nocturno me parece siempre un poco igual. Antes, en el vacío temprano, había animales, había plantas, había divagaciones de la naturaleza. Ahora, bueno, no hay mucho sobre lo que divagar. Yo advertí lo que le estabais haciendo al lugar. ¿Qué sucedió? ¿Era demasiado bonito, o qué? Jesús, no estuvisteis aquí más de diez minutos. Y mirad lo que habéis hecho.

Reunida alrededor del pozo envenenado, la gente bosteza y masculla. Son los últimos. Han intentado tener hijos –yo he intentado tener hijos– pero no funciona. Los bebés que consiguen nacer, no tienen buen aspecto y parece que no pueden desarrollar ninguna inmunidad. La verdad sea dicha, la inmunidad no abunda. Todo el mundo anda escaso de ella.

Son los últimos y están dementes. Sufren de desengaño en masa. De veras, es de lo más loco. Están todos convencidos de que son... de que son eternos, de que son inmortales. Y no fui yo quien les dio la idea. Yo he mantenido la boca cerrada, como siempre, por hábito adquirido. He sido discreto. No soy de esos pesados que junto al fuego te cuentan cómo conocieron a Tutankamón y sedujeron a la reina de Saba o a María Antonieta. Se creen que vivirán siempre. Pobres hijos de perra, si supieran.

Yo también suelo engañarme. A veces me entra la extraña idea de que sólo soy un insignificante maestro de escuela neocelandés que nunca hizo nada ni fue a ninguna parte y ahora se está muriendo penosa y ruidosamente de radiación solar junto con todo el mundo. Es raro lo palpable que resulta este pasado falso, y qué humano: casi siento que si estiro la mano podré tocarlo. Hubo una mujer, y un hijo. Una mujer. Un hijo... Pero enseguida despierto. Enseguida me rehago. Enseguida me enfrento al hecho trágico de que para mí no habrá fin, ni siquiera después de que muera el sol (lo que al menos debería ser bastante espectacular). Yo soy el Inmortal.

Últimamente he empezado a quedarme afuera durante el día. Bah, qué demonios. Y me he fijado que lo mismo hacen los seres humanos. Aullamos y bailamos y sacudimos la cabeza. Crujimos de cánceres, chisporroteamos de sinergismos bajo el furioso cielo sin pájaros. Con timidez espiamos el vasto círculo blanco del sol. Claro está que yo puedo permitírmelo, pero para los seres humanos es el suicidio. Esperad, me gustaría decirles. Todavía no. Cuidado... os haréis daño. Por favor. Por favor, tratad de durar un poco más. Pronto habréis desaparecido y yo me quedaré solo para siempre.

Yo... Yo soy el Inmortal.






Publicado en el volumen de cuentos Los monstruos de Einstein, en 1987.



martes, septiembre 04, 2007

“Entrevista a John Updike”, de Eduardo Lago

Extracto




El novelista norteamericano John Updike (Shillington, Pensilvania, 1932) es un gigante en un país en el que no faltan gigantes literarios. Algunos de ellos son J. D. Salinger, Norman Mailer, Philip Roth, Toni Morrison, Gore Vidal o Joyce Carol Oates. Sólo esta última podría jactarse de ser tan prolífica como él. Por lo que a versatilidad se refiere, John Updike no le va a la zaga a ninguno. Afincado en Nueva Inglaterra, el perfil de John Updike como escritor reúne todas las características desaconsejadas por la Biblia del multiculturalismo: Es blanco, varón, heterosexual, anglosajón y protestante. Ello no ha impedido que se haya hecho acreedor a un respeto universal. Una novelista tan exigente y tan alejada de su estética como Margaret Atwood, decana de las letras canadienses, ha dicho de él: "Ningún escritor norteamericano ha escrito tantas obras de tanta calidad durante tanto tiempo". Autor de más de medio centenar de libros, su fértil imaginación lo ha llevado a explorar todos los géneros: teatro, poesía, cuento, novela, ensayo, autobiografía, obras para niños; casi ningún tema le es ajeno. Cuando publicó un libro sobre golf, un crítico aseveró: "Se puede escribir sobre deportes como el baloncesto o el béisbol y hacer que resulte entretenido, pero escribir sobre golf y conseguir que el lector se apasione, es algo que sólo está al alcance de John Updike".


¿Qué siente John Updike cuando está delante de las estanterías que albergan el más de medio centenar de títulos que ha publicado a lo largo de su vida?Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debiera haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento.

Hábleme de su casa, de los lugares donde ha vivido, de su vida cotidiana.Nací en un pueblecito de Pensilvania, donde transcurrió la primera parte de mi vida, hasta que fui a la Universidad de Harvard, en Nueva Inglaterra. Más adelante pasé una temporada en Londres, estudiando arte, y luego viví unos años en Nueva York. Mis primeras tres o cuatro novelas las escribí en Pensilvania, pero hay algo en Nueva Inglaterra que me sedujo desde la primera vez que puse un pie aquí: las pequeñas poblaciones, la gente, el paisaje, las ciénagas, el aire impregnado de salitre, el ambiente cargado de misterio... Desde hace 25 años vivo en las afueras de Beverly, una población costera del Estado de Massachusetts. Me encanta Nueva Inglaterra, soy muy feliz aquí, es un buen lugar para un escritor. La nómina de autores ilustres que han vivido en esta zona es muy extensa. Melville, Hawthorne y Emerson son algunos de ellos. Vivo con mi segunda esposa, Martha, en una casa de madera pintada de blanco, con unas vistas espléndidas del Atlántico. Trabajo en un ala de la casa, un conjunto de cuatro habitaciones que en tiempos fueron los cuartos de la servidumbre. Martha y yo no dejamos de decir que la casa es excesivamente grande para dos personas, pero la idea de una mudanza nos aterra, por los libros sobre todo. Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido que he mantenido siempre: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Desde el principio de mi carrera he procurado vivir de la escritura. Jamás he ejercido ningún otro oficio, ni siquiera la enseñanza, como hacen tantos escritores. Así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

En medio de la soledad del proceso creativo, ¿hay momentos en los que su ficción se abre al lado más oscuro de las cosas?Ciertamente, algunas de mis narraciones se adentran en el lado oscuro de la existencia. Son incursiones en las tinieblas que se ciernen sobre la isla de luz que es la vida, pero cuando estoy entregado en cuerpo y alma al acto de escribir, aunque el asunto sea trágico, siento un placer físico. Cuando estoy en pleno acto creativo y voy encontrando una a una las palabras que expresan lo que deseo decir, se apodera de mí una suerte de éxtasis.

A lo largo de medio siglo de dedicación a la literatura profesional nunca ha tenido agente y siempre ha mantenido una fidelidad absoluta a su editorial, a la revista 'The New Yorker' y a la persona que revisa sus manuscritos antes de su publicación.No tengo nada contra los agentes literarios, conozco a muchos que son excelentes personas y buenos profesionales. Cuando empecé no era necesario tener agente, hoy la cosa ha cambiado bastante, pero sobre todo no me gusta que nadie interfiera con la intimidad del proceso creativo. No quiero que nadie opine desde fuera acerca de la dirección que debe seguir mi obra. Las lealtades de las que usted habla se forjaron al principio mismo de mi carrera. Lo primero que publiqué en mi vida apareció en la revista The New Yorker. Tenía 22 años y desde entonces nunca he dejado de colaborar con ellos. Mi primer libro fue una colección de poesía. Lo saqué en Harper porque era la editorial de muchos colaboradores de The New Yorker, pero mi siguiente libro, una novela, se lo ofrecí a Alfred A. Knopf, y desde entonces no he publicado nada con ninguna otra editorial. Una cosa que me gustaba era lo bien que hacían los libros. Tenían belleza visual. Me gustaba mucho la manera de ser de Alfred. Era un editor a la antigua usanza, mucho mayor que yo, pero me encantaba. Tenía garra, chispa y se preocupaba mucho por sus autores.

¿Cómo es la dinámica de trabajo entre usted y su editora? ¿Interviene mucho en sus manuscritos?Judith lleva editando mis libros desde que publiqué mi segunda novela, Corre, Conejo, en 1960. Es una mujer de inteligencia muy rápida. No consulto gran cosa con ella hasta tener la novela bastante acabada. Entonces lee el manuscrito, y si tiene cosas que decir, las consulta conmigo, y si me parecen válidas, las incorporo. Básicamente me apoya y me alienta, cosa que yo necesito.

Usted ha escrito de todo: cuento, novela, poesía, ensayo, autobiografía, libros para niños, incluso una obra de teatro. ¿Qué le ha llevado a ser tan polifacético?No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, cosa que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo. La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Empecé hace muchos años, y entre otras cosas, es una manera de mantener viva mi presencia en The New Yorker. Es un ejercicio saludable, me obliga a leer libros que de otro modo no leería, y me mantiene en forma como lector.

¿Qué escritores le interesan?Los de mi generación sobre todo. Por supuesto, leo todo tipo de escritores, algunos mucho más jóvenes que yo, pero me siento parte de una generación, aunque podamos ser muy distintos. Creo que el hecho de haber venido al mundo más o menos a la vez nos confiere una cierta unidad de visión. Aunque es algo más joven que nosotros, Don DeLillo me parece un novelista admirable. Su obra tiene una perspectiva política de la que yo carezco. Entre los maestros del relato breve, el más grande para mí es John Cheever. Fue un poco mi padre literario y le echo terriblemente de menos. Era un hombre atormentado, con un humor muy ácido y una agilidad mental extraordinaria. Entre las escritoras destacaría a Anne Tyler, excelente novelista, sólida, muy sutil, con una obra extensa.

¿Cómo definiría su estilo?Cuando empecé a escribir me influyó el nouveau roman. Por eso mi primera novela, que publiqué a los 27 años, era bastante experimental, pero mi estilo, por el que mis lectores me reconocen, es esencialmente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado de mi modo de hacer fundamental, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad. La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.






lunes, septiembre 03, 2007

"Tengo flores y de noche invito a los álamos", de Salvatore Quasimodo






Mi sombra está sobre otro muro
de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y a los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
no hablan nunca de muerte, parecen
movidas por el viento, no se maravillan
de ser jóvenes y gentiles: un voto
que se libera en las ásperas plegarias.
Me parece que soy un emigrante
que vela encerrado en sus cobijas,
tranquilo, por tierra. Tal vez muero siempre.
Pero escucho gustosamente las palabras de la vida
que jamás he entendido, me detengo
en largas hipótesis. Ciertamente no podré eludir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y espíritu
en cada dirección prevista, visible.
A intervalos algo me supera,
ligero, un tiempo paciente,
la absurda diferencia que corre
entre la muerte y la quimera
del latir del corazón.






1965


sábado, septiembre 01, 2007

"El cuerpo es un libro". Entrevista a Peter Greenaway

Leonardo García Tsao







Cómo se interesó en la caligrafía? Es decir, ¿cuál fue el punto de partida de The Pillow Book?
Por mucho tiempo me ha provocado ansiedad lo que pomposamente llamamos la primacía del texto sobre la imagen. Aun cuando hemos celebrado 100 años de cine, éste ha versado más sobre el texto que sobre la imagen. Me entrené como pintor, por lo tanto estoy muy consciente de que, como creador de imágenes, no estoy interesado en ilustrar textos. Ésta es mi segunda película con un libro en el título; la primera fue, claro, Prospero's Books, donde hubo un intento deliberado de presentar textos escritos sobre la pantalla. En este caso, se trata de un drama moderno pero que tiene su precedente en una novela, de la autora japonesa Sei Shonagon, que este año cumple mil años. Es la misma preocupación, sin duda. Pero los filósofos franceses de los últimos cincuenta años nos han dicho lo importante que es la relación entre la cabeza, el corazón, el hombro, el brazo, la mano y finalmente el papel, un nexo que se ha roto. En Europa, la caligrafía dejó de practicarse, supongo, hace seiscientos, setecientos años. En cambio, la fabricación de una imagen que es al mismo tiempo texto sigue viva y coleando en un contexto japonés. Eso me interesaba, así como una noción metafórica. Hay una frase en inglés: "Te puedo leer como un libro." Entonces, en la película se maneja la idea de que el cuerpo es un libro y viceversa.

Hay también una semejanza argumental entre esta película y El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante, en el sentido de que el cuerpo de un amante es usado como objeto de venganza: en El cocinero es convertido en comida y en The Pillow Book es convertido en un libro. ¿Existe también el canibalismo cultural?
Por supuesto. La estructura también se compara a la de El contrato del dibujante, porque en ambas hay una ruptura a la mitad. En The Pillow Book la mujer deja de ser el papel y se vuelve la pluma. Y si en El cocinero se apuntaba que "uno es lo que come", en ésta podría decirse que "uno es lo que lee". Lo cierto es que la mayoría de los artistas tienen pocas ideas y las retrabajan en forma constante. Pido disculpas por ello.

¿Podría abundar en la relación entre esta película y Prospero's Books, y cómo aplicó esa experiencia en el uso de imágenes múltiples, de tecnología digital?
Ya que hablamos en un contexto francés, debo decir que dos de mis héroes cinematográficos son Abel Gance, que hizo Napoleón con pantallas múltiples desde 1929, y más recientemente Alain Resnais, quien ha jugado con la cronología en varias películas, sobre todo en mi favorita, El año pasado en Marienbad. Son dos actitudes que me interesa llevar adelante. En The Pillow Book, por tanto, hay juegos con el tiempo y pantallas múltiples. Cuando se estrenó Prospero's Books fui acusado en Inglaterra de haber hecho una película visualmente indigesta; espero que no sea ahora el caso. Hemos utilizado una historia moderna, de tal manera que los parámetros son más obvios; creo que la línea narrativa es más fácil de seguir, las estructuras son aparentes. Si algo aprendí, fue darle al público una mayor oportunidad de pescar la información. No estoy disculpándome por Prospero's Books, sólo creo que debería verse muchas veces, cosa que siempre es buena para la taquilla.

The Pillow Book, con su imagen de los libros como algo tangible, físico, aparece en un momento en que las palabras tienden más a ser eléctricas, evanescentes. Tengo un enorme optimismo en que los libros estarán con nosotros por otros mil años, por lo menos. Los libros aún tienen características que no son repetibles en otros medios. La noción misma de la "fisicalidad" del libro, la capacidad de hojearlo, creo que están muy arraigadas en el corazón de la cultura occidental y estoy seguro que habrá mucha resistencia a renunciar al libro.

Debo mencionar que hay un hueco en mi obra, pues hice El bebé de Mâcon hace tres años. Falta una película. Pero fue voluntario, o casi, porque quise alejarme de hacer cine para incrementar mi preocupación con la "fisicalidad" del arte, al involucrarme en hacer teatro, montar óperas y exposiciones. Fui entrenado como pintor y, como tal, necesito una relación física con el lienzo; supongo que en la manufactura del cine o más aún, de la televisión la relación física entre el creador y el objeto creado se ha hecho cada vez más distante. Eso lo sufriremos de diversas formas. Es muy importante no perder de vista esa noción de la "fisicalidad" en el arte.

Hablando de esa "fisicalidad", ¿cómo diseñó las imágenes de sus pantallas múltiples? ¿Las diseñó en la computadora, o tuvo un storyboard previo en papel?
Desde el principio planeamos eso con mucho cuidado, porque teníamos un presupuesto limitado y no podíamos perder tiempo o dinero. El plan de rodaje fue de ocho semanas. Así que en el guión técnico hice varios dibujos y diagramas para indicar cómo estaría organizado el material visual. Aunque filmamos en Super 35 mm e intentamos apegarnos a un formato tradicional de pantalla ancha, decidimos vaciar todo nuestro pietaje filmado en video y editar, por razones de obvia conveniencia, en una computadora Avid. Tan pronto como uno se involucra con esa tecnología, se revela un gran potencial y ciertamente parecería un terrible desperdicio no aprovecharlo. Entonces, las estructuras originales se complicaron bastante una vez que iniciamos la edición.

Las escenas entre los amantes son muy eróticas porque los cuerpos son vistos como objetos artísticos. ¿Podría explicar cómo consiguió esa sensualidad, y cómo el erotismo se relaciona con los otros temas de la película?
No sé si esté de acuerdo conmigo, pero hay dos actividades humanas que siempre son estimulantes a la excitación y la sorpresa: una es el sexo, obviamente, y la otra, la literatura. Así que quise escribir un guión donde se unieran esos deleites, la carne y el texto, de manera muy íntima. En términos de la filmación, contamos con actores muy valientes, así como con la excelente colaboración del iluminador Reinier van Brummelen, quien tiene un extraordinario vocabulario de proyecciones de fondo y uso de la luz, y el fotógrafo Sacha Vierny, por supuesto, cuya reputación es tan conocida que no necesito subrayarla. Entonces, fue una combinación de cómo apreciamos esos cuerpos y la forma desinhibida en que los utilizamos, lo cual, espero, haría exitosa la película en esa esfera.

El diseño del sonido y la música es también de una gran riqueza. He tenido una larga relación con mis colaboradores musicales, sobre todo Michael Nyman, por mucho tiempo. Pero uno de mis intereses, desde El bebé de Mâcon, ha sido el de volver a la música original; si uno no colabora con un solo compositor hay una gran libertad para escoger el material que uno quiera. En el caso de El bebé de Mâcon fue la música barroca inglesa. La característica esencial de la música de The Pillow Book es que resulta deliberadamente ecléctica, mezclando lo nuevo, lo viejo, lo occidental y lo oriental. Así pudimos usar una gran cantidad de material, con el cual tratamos de hacer énfasis en ese tapiz de diversas posibilidades.






Particularizando, hay una canción popular china llamada en inglés “Rose, Rose I Love You”, que permea la película y aporta una dimensión más ligera, del modo en que Woody Allen podría haberla aplicado. Ese uso fue previsto desde el guión. Una nota autobiográfica: era la canción que mi padre solía cantar en el baño cuando se lavaba la cara por las mañanas. Fue una canción que salió de Hong Kong justo después de la Segunda Guerra, y muchos soldados estadounidenses la importaron a su país, donde se grabó en varias versiones. También hicimos una investigación sobre la música de la dinastía Heian en Japón, y encontramos que muchos de los cantos budistas vigentes hoy en el Tíbet son relativos a ese tipo de música; claro, es difícil saber exactamente cómo sonaba la música japonesa del siglo X, pero ésa fue la aproximación más cercana. Y en Hong Kong hay una mezcla de Occidente y Oriente, un fenómeno llamado cantón pop, que es un ejemplo de algo muy contemporáneo. Como otra indicación, la mayor parte de la película la filmamos en Hong Kong, que en sí representa esa extraordinaria mezcla de culturas a fines del siglo XX.

La forma como se filmó la secuencia de Hong Kong es, de hecho, muy diferente al resto de la película. La razón de ello, espero que sea legítima y honorable, fue que los escritores japoneses de la dinastía Heian estaban muy próximos a sus orígenes culturales, que eran decididamente chinos. El libro original de Sei Shonagon está lleno de citas, es casi el arte de la cita. Nada puede ser auténtico a menos que esté apoyado por una referencia. Como se deduce de algunas de mis películas anteriores, también tengo la costumbre de hacer citas. Pero no sólo hemos dispersado todo tipo de alusiones y referencias cruzadas a lo largo de la película, sino que el enfoque de la filmación siguió tres estrategias: todo lo filmado en blanco y negro corresponde a lo japonés, por lo tanto las tomas son más largas y el punto de vista es el de la tradición clásica japonesa al estilo de Ozu, es decir, desde la perspectiva de alguien sentado o hincado en el suelo; el material filmado en Hong Kong se refiere a la magia de los extraordinarios efectos de iluminación, que asociamos con el cine hongkonés; y la tercera, más mundana y menos específica, se refiere a la técnica europea, occidental, de cinéma vérité, de filmar con cámara en mano. Hay tres formas diferentes de filmar, asociadas a tres actitudes, países y culturas diferentes. Espero que hayamos podido juntarlo todo en una unidad indiferenciada. Toda la película es como un sandwich de colores, que comienza y termina en blanco y negro; y hay un patrón de edición análogo al movimiento de una pelota rebotante: conforme rebota, los movimientos se vuelven más cortos y repetidos. Usamos muchas estrategias así para organizar el espacio y los diversos formatos de la película.

¿Por qué fue elegida Vivian Wu para el papel protagónico?
Porque ella es china y su personaje es el de una japonesa que aprende a hablar chino. En efecto, tuvimos dificultades considerables en encontrar a la intérprete japonesa ideal para el papel. Desde luego, hay en Japón muchas actrices excelentes y muy bellas, pero necesitábamos a alguien políglota. Y eso fue lo más difícil, pues el personaje exigía convencer como una modelo internacional, que hablara muy bien el inglés. Hicimos mucho casting y, por desgracia, no pudimos satisfacer esos parámetros. Entonces, se nos sugirió a Vivian Wu y pensamos que era la actriz ideal, susceptible de cumplir esas características. Claro, sospecho que muchos japoneses verán con suspicacia el que tomemos a una autora clásica de su país para ser interpretada por una actriz china.

He oído que los críticos japoneses han cuestionado la autenticidad de algunos detalles de The Pillow Book, la caligrafía, por ejemplo. Yo soy extranjero, soy inglés. Hay similitudes entre las dos islas, la británica y japonesa, sobre todo en relación con su cercanía a un continente, Europa y Asia, respectivamente, pero es inevitable que un extranjero, que no habla japonés, ignore algunos de los significados sobre ciertas actitudes y apariencias. En cuanto a las traducciones del texto original de Sei Shonagon, desde luego nos hemos tomado ciertas libertades; después de todo, no hay un texto definitivo del libro, pues sólo existen copias hechas tres, cuatro o cinco siglos después de la muerte de la autora. Ahora bien, tuvimos mucha ayuda en Japón por parte del magnífico departamento de arte que trabaja con Kurosawa, así que supongo me guiaron en la dirección correcta. Desde luego, procuramos lograr la mayor autenticidad y exactitud posibles. Eso tomó mucho tiempo porque los calígrafos y los actores tenían que estar a las tres de la mañana en el set para poder empezar a filmar, quizás, a las diez. Sé que los propios calígrafos encontraron fascinante su trabajo porque, por vez primera, pudieron trabajar no sobre la superficie plana de un papel sino sobre superficies animadas, personas vivas. También los actores estaban muy emocionados: el estar acostados, quietos, en un ambiente cálido, mientras los acariciaban unos calígrafos expertos con sus pinceles, debe ser una experiencia deleitable.

Parte de la historia transcurre en el futuro; es la primera vez que algo así ocurre en una de sus películas. ¿Es una referencia al fin del milenio?
A mí me fascinó el hecho de estar en 1996, y que el libro de Sei Shonagon, según dicen todos, haya sido terminado en 996. Hay una bella simetría de mil años. Como usted sabe, me interesa mucho la numerología, la relación entre los números. Me pareció significativo terminar la película al inicio del siguiente milenio. Por supuesto, los números son arbitrarios. Uno de los absurdos más notables es que la mayor parte del mundo occidental va a celebrar el inicio del segundo milenio, cuando es seguro que Cristo nació en el año 86. ¿Qué valor tienen los números? Es una convención, un recurso.

¿Lo mismo podría decirse del hecho de que se completen 13 libros en la película?
Trece es un número mágico y no, supersticioso y no. Es también la mitad exacta del alfabeto. Tiene todas esas connotaciones.

¿Qué supone que sucederá con el cine en los siguientes 100 años?
Estoy seguro de que la revolución digital afectará la elaboración de imágenes y nos dará a todos los cineastas la libertad de convertirnos en animadores primarios de la mejor manera posible. Cuando seamos liberados de la esclavitud a la fotografía, el cine entrará a su propio dominio, que es la invención de la imagen. Todo indica que el concepto de lo que llamo el "cine Casablanca" tenderá a desaparecer. Una vez que la generación Nintendo se apodere de los medios de producción, ya no nos satisfará sentarnos quietos en la oscuridad, mirando en una sola dirección a una pantalla plana, bidimensional, cubierta de sombras. Ya no bastará para la imaginación humana. Debo añadir que el cine se encuentra en la necesidad desesperada de una reinvención, pues ha estado estancado en el último par de décadas. Ya es tiempo de que el cine en verdad se reinvente para sobrevivir.




viernes, agosto 31, 2007

“Adiós, Vincent”, de Philip K. Dick




El otro día estaba caminando rumbo a la Universidad y un tipo con un Mustang realmente nuevo me dio un aventón. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato –ustedes saben como es el Universo– y entonces, percatándome de una pequeña y linda muñeca de plástico que tenía junto al túnel de transmisiones a su lado, comencé una de esas conversaciones sin forma, la clase de conversaciones que no tienen finalidad alguna sino mantener a raya el silencio. Le pregunté por la muñeca. Era una chica, con el cabello negro y corto, una cara plena, cálida y amistosa, bonita, dulce, con una corta minifalda... La muñeca tenía largas piernas, se veía sexy, la clase a la que las niñas le compran diferentes estuches de ropa para vestirlas de una u otra manera. La clase de muñeca a la moda y con estilo que preocupa a la mayoría de ellas todo el día, mientras se sientan sobre el piso frente al televisor.

–Esa es una muñeca Linda –dijo el tipo–. Hecha por Levy. Habrás visto su edificio al lado de la autopista cerca de Los Ángeles. Están apenas por detrás de Mattel, y con el tiempo llegarán a superarlos. Esta muñeca tiene más personalidad en su rostro que la Barbie.
–Me gustaría conocer una chica real que se viera como ella –dije–, quiero decir, en la vida real. No una muñequita como ésta, ¿sabes?
–Ese tiempo ya ha pasado –dijo el tipo de manera sombría mientras conducía su Mustang–. Quizá una vez, si lo que dicen es cierto. Acerca de los orígenes de la muñeca Linda. Podrías haberla conocido entonces, si realmente hubieras tenido suerte, pero no ahora. Aquellos deben haber sido tiempos maravillosos, por lo que he oído. Había realmente una Linda. Esa es la leyenda, de cualquier modo. Lo que en Levy dejaron salir, sin embargo, puede que no sea toda la verdad; tendrás que hacerte una idea con las pistas que han soltado de vez en cuando, usualmente en las respuestas a cartas que las niñas escriben. De cualquier manera, evidentemente había una chica llamada Linda, en efecto –en la vida real, como nosotros– y la gente de Levy consiguió una fotografía de ella o alguien en la fábrica la conocía... originalmente ellos trabajaban con carros usados, o algo así; no recuerdo. Así que verás, esta chica Linda, la real, era llamativa. Como la muñeca. Sólo que más aún. Realmente no puedes imprimirle a una muñeca todos los matices sutiles que encuentras en alguien en la vida real.
–Eso sí que es cierto.
–La gente solía verla vagando por los alrededores, perdida y triste, pero con esa maldita sonrisilla llena de diversión. Con sus ojos negros chispeantes. Llena de vitalidad y energía y así, realmente activa y alerta, diciendo cosas divertidas, zumbando por el pueblo y sobre la autopista en su Camaro.
–¿Tenía nombre el Camaro?
–George
–¿Y tuvo un padre?
–Desde luego, el padre de George era... Bueno, no lo creerías. Así que no te contaré sobre eso. Probablemente ahora es sólo un mito. Pero de cualquier modo, Linda creía en vivir la vida, pero era muy original... nadie nunca sabía lo que iba a decir o a hacer a continuación. No era predecible. Cuando contestaba el teléfono –la gente de Levy dice que era una operadora telefónica a veces– y entonces decía cosas extrañas y confusas. Y la mitad de las veces la gente que llamaba se enfurecía y colgaba. O quizá se reían. Todo dependía de si tenían sentido del humor. O, también, de si estaban vivos o no.
–Sí, dependiendo de dónde esté tu propia cabeza será la forma en que reacciones ante alguien super vivo.
–Sí, eso era lo que ella tenía; estaba super viva. Siempre estaba corriendo haciendo cosas, como un pequeño electrón. Pero gradualmente llegó a sentirse muy cansada. Comenzó a desgastarse. Ahora, se puede remplazar una muñeca. Siempre hay más en la línea de ensamblaje día tras día. Pero en el caso de una persona, sólo hay una. Así es como es esto. Creo que por eso la gente de Levy estaba tan ansiosa por duplicarla, de mantenerla lejos de...
–Hay una luz roja delante.
–Gracias. –El tipo frenó su Mustang hasta detenerlo, detrás de una camioneta VW–. Así se cansó mucho y empezó a sentir dolor por las noches, y ahí en su habitación tenía a todas estas muñecas, les pedía ayuda.
–¿Qué hacía sus muñecas?
–Hacían lo que podían. Trataban de ayudarla. Nadie lo sabe de seguro, aparte de ella misma. En esas noches estaba sola ahí en la habitación con ellas.
–¿Nadie más la ayudó? ¿No conocía a nadie más? ¿Alguien que la quisiera y le brindara una maldita ayuda, que se preocupara por ella y se preguntara cómo estaba de vez en cuando?
–Esa parte está empañada por la leyenda y el mito. Algunas veces los folletos de la gente de Levy parecen implicar que varios individuos de toda clase la amaban. Pero ella tenía muchas preocupaciones. Como andar sin sostén.
–¿Perdón?
–De acuerdo a uno de los folletos, ella manejaba una ambulancia o algo así... de cualquier manera, estaba manejando su ambulancia un día, sin su brassiere, y los policías de Los Ángeles la hicieron polvo. No recuerdo los cargos exactos. «Operar un vehículo de emergencia sin el debido respeto» o algo así. Y otra vez la atraparon vendiendo boletos para una autopsia. Cinco centavos por ver, diez por tocar... y cosas por el estilo. En cierto sentido, Linda era bastante peculiar. Pero la gente la amaba. Tenía una forma peculiar y melancólica de gritar, dicen. Cuando ponías tus brazos a su alrededor, ella gritaba de la manera más cautivadora y encantadora. Aunque dicen que siempre estaba rompiendo lo preestablecido.
–Aunque suena como si no fuera muy feliz.
–Pero seguro que lo intentaba. Nunca dejó de intentarlo, sin importar lo que pasara. Cuando se emborrachaba...
–Oh, ¿bebía?
–Siempre que era posible. En cada ocasión. Excepto, desde luego, en su trabajo. Particularmente en su último trabajo, el cual se tomó muy en serio. Pulir lápidas.
–¿En serio?
–Le dieron un pequeño equipo, con piedra pómez y un trapo y cosas así. Y cada día en el camino de ida de Green Pastures en el Valle Feliz, ella haría su trabajo, untando piedra pómez en las lápidas y luego lijando y frotando y dando brillo industriosamente, día tras día, las pulía hasta que se veían más y más viejas. La gran ambición de Linda era envejecer todas las lápidas del mundo, empezando en el área de Los Angeles y trabajando hacia el norte.
–¿Y así es como se marchó?
–Así es como se fue. Puliendo su camino hacia el norte, siendo empleada en todos los cementerios y panteones oficiales y también trabajando en las capillas funerales detrás de las estaciones de gasolina Chevron y detrás de las Pizza Huts, donde quiera que las encontrara. Linda hizo un buen trabajo; Linda siempre hizo un buen trabajo en todo aquello que intentó. Algunas veces, sin embargo, su ingenio salvaje daba lo mejor de sí, en esos casos pegaba un letrero en la tumba después de trabajar envejeciéndola, cosas como «Elección U.S.D.A.» Pero eso le ocasionó problemas con el Departamento de Agricultura, así que después de eso de vez en cuando colocaba etiquetas en las que se leía: «Frágil. Manéjese con cuidado». Finalmente, se volvió su marca. Indicaba que Linda había estado ahí. Podrías seguir sus pistas por todo California, así, y finalmente llegarías hasta Oregon y un poco más al norte. En algún lugar sobre la línea, evidentemente, se le terminaron las etiquetas. Y de cualquier modo, el rastro se acabó.
–Y ahora las tumbas han dejado de envejecer.
Dando vuelta hacia la derecha, el conductor del Mustang aparcó en un espacio en el estacionamiento, frenó y se detuvo. Permaneció sentado por un momento, luego estiró su mano y levantó la pequeña muñeca Linda dejándola descansar junto a él.
–Creo –dijo–, que todavía anda por ahí. Esperamos eso, cada uno de los que poseemos una muñeca Linda de la gente de Levy. Y, demonios, hay millones de nosotros... aunque creo que la mayoría son niños. Lo cual está bien. Seguro que es bonita, ¿verdad? –Sostuvo la muñeca y ambos la miramos.
–Hola, Linda –dije yo.
–Hola, Vincent –respondió la muñeca Linda.
–«Vincent» –protesté–. Mi nombre es Phil, no Vincent.
–La muñeca llama así a todo el mundo –dijo el conductor del Mustang mientras me abría la puerta–. Aquí está la Universidad. Buena suerte. Nadie sabe por qué la gente en Levy programó su muñeca para dirigirse a todos llamándolos «Vincent». Es uno de esos misterios que no puedes desentrañar, creo. Quizá había un Vincent en la vida real de Linda. O quizá por la canción...
–Parece triste –dije mientras salía del carro.
–Cuando retiren a Barbie del mercado se sentirá mejor –dijo el conductor del auto–. Está aguardando eso. Dile adiós a Phil, Linda.
–Adiós, Vincent –dijo Linda, la muñeca.




1972





jueves, agosto 30, 2007

«El pueblo unido jamás será vencido», de Sergio Ortega









El pueblo unido jamás será vencido,
el pueblo unido jamás será vencido...

De pie cantar
que vamos a triunfar.
Avanzan ya
banderas de unidad.
Y tú vendrás
marchando junto a mí
y así verás
tu canto y tu bandera florecer,
la luz
de un rojo amanecer
anuncia ya
la vida que vendrá.

De pie luchar
el pueblo va a triunfar.
Será mejor
la vida que vendrá
a conquistar
nuestra felicidad
y en un clamor
mil voces de combate se alzarán
dirán
canción de libertad
con decisión
la patria vencerá.

Y ahora el pueblo
que se alza en la lucha
con voz de gigante
gritando: ¡Adelante!

El pueblo unido jamás será vencido,
el pueblo unido jamás será vencido...

La patria está
forjando la unidad
de norte a sur
se movilizará
desde el salar
ardiente y mineral
al bosque austral
unidos en la lucha y el trabajo
irán
la patria cubrirán,
su paso ya
anuncia el porvenir.

De pie cantar
el pueblo va a triunfar
millones ya,
imponen la verdad,
de acero son
ardiente batallón
sus manos van
llevando la justicia y la razón
mujer
con fuego y con valor
ya estás aquí
junto al trabajador.







Acá la canción en vivo por Quilapayún:
http://www.youtube.com/watch?v=LWlkWPXfvXc










miércoles, agosto 29, 2007

“El mito del antifascismo sionista”, de Roger Garaudy




En 1941, Itzac Shamir cometió un crimen imperdonable desde el punto de vista moral: recomendar una alianza con Hitler y la Alemania Nazi contra Gran Bretaña (Bar Zohar, Ben Gurión, El Profeta armado, Paris, 1966, p. 99). Cuando comenzó la guerra contra Hitler, la casi totalidad de las organizaciones judías se pusieron al lado de los aliados e incluso algunos de sus más destacados dirigentes, como Weizmann, tomaron posición en favor de los aliados, pero el grupo sionista alemán, que en aquella época era muy minoritario, adoptó una actitud inversa y de 1933 a 1941 estuvo vinculado a una política de compromiso e incluso de colaboración con Hitler. Las autoridades nazis al principio, al mismo tiempo que perseguían a los judíos, arrojándoles, por ejemplo, de la función pública, dialogaban con los dirigentes sionistas alemanes y establecían un trato de favor distinguiéndoles de los judíos integracionistas a quienes se perseguía. La acusación de colusión con las autoridades hitlerianas no se dirigía a la inmensa mayoría de los judíos, algunos de los cuales ni siquiera esperó a la guerra para luchar contra el fascismo. Lo hicieron en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española entre 1936 y 1939 (1). Otros, hasta en el ghetto de Varsovia, crearían un comité judío de lucha y sabrían morir combatiendo. Pero esta acusación es aplicable a la minoría fuertemente organizada de los dirigentes sionistas cuya única preocupación era la de crear un Estado judío poderoso. Su preocupación exclusiva de crear un Estado judío poderoso y su visión racista del mundo, les hacían mucho más anti-ingleses que anti-nazis. Tras la guerra Menahem Beghin e Itzac Shamir llegaron a ser dirigentes de primer rango en el Estado de Israel.

Con fecha de 5 de septiembre de 1939 -dos días después de la declaración de guerra de Inglaterra y Francia contra Alemania- Chaim Weizmannn, Presidente de la Agencia Judía, escribía a M. Chamberlain, Primer Ministro de su majestad el Rey de Inglaterra, una carta en la que le informaba que: “nosotros los judíos, estamos al lado de Gran Bretaña y combatiremos por la Democracia, precisando que los mandatarios judíos estaban dispuestos a firmar inmediatamente un acuerdo para permitir la utilización de todas sus fuerzas en hombres, de sus técnicas, de su ayuda material y de todas sus capacidades”. Reproducida en el Jewish Chronicle del 8 de septiembre de 1939, esta carta constituía una auténtica declaración de guerra del mundo judío contra Alemania. Exponía el problema del internamiento de todos los judíos alemanes en campos de concentración como prisioneros de un pueblo en estado de guerra con Alemania, al igual que lo hicieran los americanos con sus propios prisioneros de origen japonés a los que internaron mientras duró la guerra contra Japón.

Los dirigentes sionistas dieron pruebas, en la época del fascismo hitleriano y mussoliniano, de un comportamiento equívoco que iba del sabotaje de la lucha antifascista a la colaboración. El objetivo esencial de los sionistas no era el de salvar vidas judías sino el de crear un Estado judío en Palestina. El primer dirigente del Estado de Israel, Ben Gurión, proclamaba sin rodeos, el 7 de diciembre de 1938, ante los dirigentes sionistas del Labour: Si supiera que era posible salvar a todos los niños de Alemania trayéndoles a Inglaterra, y solamente la mitad de ellos transportarlos a Eretz Israel, escogería la segunda solución. Ya que debemos tener en cuenta no sólo la vida de estos niños, sino también la historia del pueblo de Israel (2). El salvamento de los judíos en Europa no figuraba al principio de la lista de las prioridades de la clase dirigente. Era la fundación del Estado lo que era primordial ante sus ojos (3). ¿Debemos ayudar a todos los que tengan necesidad sin tener en cuenta las características de cada cual? ¿No deberíamos dar a esta acción un carácter nacional sionista e intentar salvar prioritariamente a los que puedan ser útiles a la Tierra de Israel y al judaísmo? Sé que puede parecer cruel exponer la cuestión de esta manera, pero desgraciadamente debemos establecer claramente si somos capaces de salvar a 10.000 personas entre las 50.000 que pudieran contribuir a la construcción del país y al renacimiento nacional o bien a un millón de judíos que pudieran llegar a ser para nosotros una molestia o mejor dicho un peso muerto. En este caso nos limitaríamos a salvar a los 10.000 que pudieran ser salvados a pesar de las acusaciones y los llamamientos del millón abandonados a su suerte (4).

Esta concepción fascista inspira, por ejemplo, la actitud de la delegación sionista en la Conferencia de Evian, en julio de 1938, en la que 31 naciones se reunieron para discutir la absorción de los refugiados de la Alemania Nazi. La delegación sionista exigió, como única solución posible, la de admitir a sólo 200.000 judíos en Palestina. El Estado judío era más importante para ellos que la vida de los judíos. El enemigo principal, para los dirigentes sionistas era la asimilación. Centraban en esto la preocupación fundamental de todo racismo: la pureza de la sangre.

De esta colusión existen pruebas evidentes. La Federación Sionista de Alemania dirigía al Partido Nazi el 21 de junio de 1933 un memorándum en el que expresamente se declaraba: En la fundación del Nuevo Estado, que ha proclamado el principio de la raza, deseamos adaptar nuestra comunidad a las nuevas estructuras nuestro reconocimiento de la nacionalidad judía nos permite establecer relaciones claras y sinceras con el pueblo alemán y sus realidades nacionales y raciales. Precisamente porque nosotros no queremos subestimar estos principios fundamentales, es por lo que también nos pronunciamos en contra de los matrimonios mixtos y en favor del mantenimiento de la pureza del grupo judío. Los judíos conscientes de su identidad, en el nombre de los cuales hablamos, pueden encontrar sitio en la estructura del Estado alemán, pues están libres del resentimiento que los judíos asimilados deben experimentar; creemos en la posibilidad de relaciones leales entre los judíos conscientes de su comunidad y el Estado alemán. Para alcanzar sus objetivos prácticos, el sionismo espera ser capaz de colaborar incluso con un gobierno fundamentalmente hostil a los judíos La realización del sionismo no está molesta más que por el resentimiento de los judíos en el exterior, contra la orientación alemana actual. La propaganda para el boicot -- actualmente dirigida contra Alemania- - es por definición, no sionista (5). El Memorándum añadía: en el caso de que los alemanes aceptaran esta cooperación, los sionistas se esforzarían en convencer a los judíos del extranjero a que renunciaran a participar en el boicot contra Alemania (6).

Los dirigentes hitlerianos acogieron favorablemente la orientación de los mandatarios sionistas que, por su preocupación exclusiva por constituir su Estado en Palestina, aunaban sus esfuerzos para desentenderse de los judíos. El principal teórico Nazi, Alfred Rosenberg, escribe: el sionismo debe ser vigorosamente sostenido a fin de que un contingente anual de judíos alemanes sean llevados a Palestina (7).

Reinhardt Heydrich, que fue más tarde el Protector en Checoslovaquia, escribía en 1935, durante el tiempo en que era jefe de los Servicios de Seguridad de las S. S. en el Das Schwarze Korps, órgano oficial de las S.S., un artículo sobre El enemigo visible en el que se establecían distinciones entre los judíos: Nosotros debemos dividir a los judíos en dos categorías: los sionistas y los partidarios de la asimilación. Los sionistas profesan una concepción estrictamente racial, y, para la emigración en Palestina, ayudan a edificar su propio Estado judío nuestros mejores votos y nuestra buena voluntad oficial para ellos (8).



Notas

(1). Más del 30 % de los americanos de la Brigada Abraham Lincoln eran judíos, a los que denunciaba la prensa sionista, porque combatían en España, en lugar de ir a Palestina. En la Brigada Dombrovski, de 5.000 polacos, 2.250 eran judíos. A estos judíos que lucharon en todos los frentes del mundo con las fuerzas antifascistas, los dirigentes sionistas, en un artículo de su representante en Londres, titulado: ¿Deben participar los judíos en los movimientos antifascistas? respondía: ¡No! Y fijaban el único objetivo: La construcción de la tierra de Israel (Jewish Life, abril 1938, p.11).
(2).Yvon Gelbner. Zionist policy and the fate of European Jewry, en Yad Vashem studies. Jerusalén. vol. XII, p. 199.
(3). Tom Segev, Le Septième Million. Ed. Liana Levi, París 1933, p. 539.
(4). Memorandum del Comité de Salvación de la Agencia Judía. 1943. Citado por Tom Segev. (op. cit).
(5). Lucy Dawidowicz, A Holocaust reader, p. 155.
(6). Lucy Dawidowicz, The war against Jews (1933-1945) Ed. Penguin books, 1977, p. 23 1232.
(7). A. Rosenberg: Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten, Munich 1937, p. 153.
(8). Hohne. Order of the Death's Head, p. 333.







martes, agosto 28, 2007

"Edad del recuerdo azul", de Odysseas Elytis








Olivares y viñedos lejos hasta el mar
Rojas barcas de pesca más lejos hasta el recuerdo
Dorados élitros de agosto en el sueño del mediodía
Con algas o caracolas.
Y aquel barco
Recién botado, verde, que lee aún en las serenas aguas del golfo
Dios proveerá

Pasaron los años hojas o guijarros
Recuerdo a los muchachos, los marineros que partían
Pintando las velas como sus corazones
Cantaban los cuatro puntos cardinales
Y tenían dibujados vientos boreales en sus pechos.

Qué buscaba cuando llegaste teñida por el amanecer
Con la edad del mar en los ojos
Y la salud del sol en el cuerpo —qué buscaba
En las hondas grutas marinas en los vastos sueños
Donde el viento desconocido y azul
Espumaba el sentimiento, grabando en mi pecho su emblema marino

Con la arena en los dedos cerraba los dedos
Con la arena en los ojos apretaba los dedos
Era el dolor—
Recuerdo era abril cuando sentí por primera vez tu peso
humano
Tu cuerpo humano arcilla y pecado
Como en nuestro primer día sobre la tierra
Las amarilis estaban de fiesta —Pero recuerdo
que te dolió
Fue una profunda marca en los labios
Un profundo rasguño en la piel allí donde el tiempo se graba
para siempre
Entonces te dejé
Y un hálito sonoro levantó las blancas casas
Los blancos sentimientos recién lavados hacia lo alto
Hacia el cielo iluminado por una sonrisa.

Ahora tendré a mi lado un cántaro de agua inmortal
La forma del viento que sopla libremente
Y tus manos aquellas donde será torturado el Amor
Y aquel caracol donde resonará el Egeo.









lunes, agosto 27, 2007

“Para leer a Carlos Castaneda”, de Guillermo Marín

Sobre Las enseñanzas de Don Juan





En este libro Carlos Castaneda hace un recuento de sus primeras experiencias con Don Juan y con las plantas de poder. El autor conoce a Don Juan a finales de 1960 e inicia su aprendizaje en junio de 1961, para concluirlo, en lo que podríamos llamar su primera etapa, en octubre de 1965. El libro se edita hasta 1968. En esos primeros cuatro años el autor confronta su “realidad” como hombre formado en la cultura occidental, antropólogo e investigador, con la de un viejo brujo yaqui, el cual tiene fama de conocer el secreto de las plantas alucinógenas.

Durante este tiempo el autor es sometido a un proceso de “sensibilización” a través de la ingestión de plantas de poder y nos relata estos estados, que por demás resultan fascinantes, pero que tienen poco valor en términos de aportación de conocimiento. En su segunda obra, Castaneda relata que le muestra orgulloso a Don Juan su primer libro, a lo que Don Juan no le da mayor importancia. Deducimos que Don Juan sabía que el verdadero conocimiento estaba depositado en el lado izquierdo de Castaneda y que éste sólo lo recordaría si llegaba a ser un guerrero impecable.

Esta obra tiene poca profundidad ya que, como el propio Castaneda reconoce en Una realidad aparte, al reexaminar las notas de campo que no había empleado en la realización de Las enseñanzas de don Juan, se dio cuenta de que había descartado una gran cantidad de datos valiosos debido a su énfasis en los “estados de realidad no ordinaria”. Don Juan buscaba, con las plantas de poder, “sacudir” a Castaneda para destapar sus niveles de percepción. Don Juan dijo a Castaneda que ya no necesitaba fumar debido a que el “Humito” era su aliado y podía llamarlo donde fuera y cuando fuera. En su cuarto libro, Relatos de poder, el autor menciona que después de hacer una revisión detallada de lo aprendido, empezaba a cuestionar la función de las plantas de poder dentro de su aprendizaje. A la pregunta de Castaneda respecto a que si es necesaria la ingestión de plantas de poder para llegar al conocimiento, Don Juan le contesta que en su caso había sido necesario porque carecía de sensibilidad, pero que otras personas no lo requerían, y puso el ejemplo de “Eligio”, otro de sus aprendices, quien había tenido un solo encuentro con “Mescalito” en todo su aprendizaje y, al parecer, había avanzado más que Castaneda en el camino hacia el conocimiento.

Este primer libro llamó mucho la atención Estados Unidos porque en aquel tiempo muchos jóvenes norteamericanos habían tomado el camino de las drogas. Alentados por los relatos de Castaneda, muchos pensaron que la droga era la única vía al conocimiento de otra fantástica realidad dentro de nuestro mundo; pero el mismo Don Juan señala que el costo de ingerir estas drogas es muy alto para el cuerpo; que se puede transitar el camino del conocimiento evitando pagar tan alto y peligroso costo.

En los inicios de su aprendizaje, relatados en Las enseñanzas de don Juan, el joven Castaneda estrellaba su racionalismo, su cultura occidental y su antropología contra lo que para él era el incomprensible y aterrador conocimiento de un indio anciano y enigmático. El “poder” había seleccionado a Castaneda y Don Juan le preparó una artimaña para “engancharlo” como aprendiz. Esta tarea requiere del brujo un esfuerzo de imaginación e impecabilidad. Según la tradición, debe atraerse al aprendiz ya sea por medios drásticos o despertando su curiosidad o interés. En su caso, Castaneda tenía que hacer una investigación antropológica y Don Juan aparecía ante sus ojos como un excelente informante. Así, en visitas aisladas o durante los veranos, en el transcurso de poco más de cuatro años, el investigador convertido en aprendiz fue conducido de manera impecable, pese a su resistencia racional, en apariencia inquebrantable, hacia los intrincados caminos de la otra realidad.

Durante este tiempo Don Juan le habló y le mostró muchas cosas y Castaneda empezó su camino al conocimiento; pero, como ya dijimos, el aprendiz recibe la instrucción en dos áreas, la del tonal (derecha) y la del nagual (izquierda). Por la poca energía que poseía Castaneda en aquella época, las enseñanzas del lado izquierdo simplemente se almacenaron y, para comprender las enseñanzas por el lado derecho, Castaneda aún no disponía de la suficiente flexibilidad.

De esta obra diremos que Castaneda recoge la inquietud de Don Juan por tratar de que el autor se haga responsable del camino que comienza a andar y que lo puede llevar a convertirse en hombre de conocimiento. A la pregunta de Castaneda respecto a qué deberá hacer para llegar a ser hombre de conocimiento, Don Juan le responde que deberá desafiar y derrotar a “sus cuatro enemigos naturales”. Dice Don Juan que el conocimiento nunca es aquello que uno espera. En cada paso el aprendiz se encuentra en un atolladero, y su miedo crece sin misericordia... Así tropieza con su primer enemigo natural: el miedo, al cual debe desafiar para dar el siguiente paso, y el siguiente, y todos los posteriores. Estará lleno de miedo y, sin embargo, no deberá detenerse. Llegará entonces el momento en que se retire su primer enemigo. El hombre principia a sentir seguridad en sí mismo. Su propósito se hace más fuerte y la tarea de aprender deja de ser aterradora. En ese momento el hombre ha derrotado a su primer enemigo natural. Ha adquirido la claridad de mente que elimina al miedo. Ese es su segundo enemigo natural: la claridad. La claridad de mente puede cegarlo porque lo fuerza a no dudar de él mismo. Esa seguridad lo impulsa a hacer cuanto se le antoje, porque todo lo ve con claridad. Pero la claridad. es una ilusión de “poder” a la que puede rendirse; si lo hace, habrá sucumbido a su segundo enemigo natural y ya no podrá aprender, debido a su torpeza. Para evitarlo deberá desafiar a su claridad y esperar pacientemente y ser cauteloso antes de seguir adelante; debe pensar que su claridad puede ser un error. Vendrá entonces el momento en que podrá comprender que su claridad sólo es “un punto delante de su nariz”. Así habrá derrotado a su segundo enemigo. Habrá llegado a un punto en donde nada podrá dañarlo. El anhelado poder será suyo por fin. Podrá hacer lo que se le antoje con su poder. Podrá dominar a su aliado y su deseo será la regla. Habrá entonces tropezado con su tercer enemigo natural: el poder. En esta etapa el hombre apenas puede advertir que su tercer enemigo lo acecha. De pronto, sin saberlo, habrá sucumbido en su batalla. El poder lo hará un hombre cruel y caprichoso. Un hombre en tales circunstancias llega a la muerte sin realmente manejar su poder. El hombre tiene que desafiar intencionalmente a su poder. Debe darse cuenta de que el poder conquistado no es suyo en verdad. Si logra entender que sin control de él mismo la claridad y el poder son terribles enemigos, llegará al punto en que dominará todo. Sabrá entonces el momento y la forma en que deberá usar su poder. Habrá derrotado así a su tercer enemigo natural.

Para entonces el hombre estará al final de su camino al conocimiento y, casi sin advertirlo, enfrentará a su último enemigo natural: la vejez. Habrá perdido el miedo, su claridad ya no será impaciente, todo su poder estará controlado, pero siente un deseo constante de descansar. Si se entrega a su deseo de descansar y olvidar, arrullado por la fatiga, su enemigo lo volverá una vieja y débil criatura. Su claridad, su poder y su conocimiento estarán vencidos. Si el hombre logra sacudirse la fatiga y cumple su destino hasta que llega el final, podrá considerarse hombre de conocimiento, aun cuando sólo sea por unos breves momentos en los que logra despojarse de su último enemigo, al cual nunca podrá vencer por completo.

Don Juan menciona a Castaneda que en la vida hay muchos caminos que recorrer, pero que un hombre, antes de embarcarse en un camino, debe estar libre de miedo y ambición; entonces, deberá preguntarse si el camino tiene o no tiene corazón. Una vez hecha la pregunta, el hombre conocerá la respuesta. Un camino sin corazón nunca se disfruta; por el contrario, se vuelve contra uno y nos destruye. Un camino con corazón, en cambio, no nos hace batallar para hallarle el gusto. El camino sin corazón, en todo su recorrido, nos da dolor y angustia. En cambio el camino con corazón nos da armonía y bienestar.

Cuando Castaneda tiene su primer encuentro dentro del mundo de la brujería, preso del más terrible miedo decide abandonar el aprendizaje. Tenía que ordenar sus ideas. Su concepción occidental del Mundo carecía ya de certeza absoluta. Pensó que en su camino para volverse hombre de conocimiento había sucumbido a su primer enemigo natural.

Con gran maestría Don Juan convence a Castaneda de que está enfrascado en una batalla con una bruja llamada Catalina, quien supuestamente se ha empeñado en matarlo. Castaneda está dispuesto a prestar ayuda a Don Juan, quien le pide enfrentar a Catalina. Los detalles de este enfrentamiento son descritos por Castaneda en Una realidad aparte. Sólo diremos que la impresión de ese enfrentamiento y la “evidencia” de que la bruja Catalina se había vuelto contra él, fueron decisivos para que, como el propio Castaneda reconoce en Una realidad aparte, abandonara el aprendizaje invadido por el más irracional pánico.






domingo, agosto 26, 2007

"Las máscaras de Dios", de Joseph Campbell

Extracto




Un día, dice un cuento norteamericano, mientras Viejo paseaba por el bosque se encontró con algo muy extraño. Había un pájaro sentado sobre la rama de un árbol haciendo un ruido extraño, y cada vez que hacía este ruido, sus ojos se salían de las órbitas y se sujetaban al árbol. Entonces el pájaro hacía otro tipo de sonido y los ojos volvían a su lugar.

«Pequeño Hermano», dijo Viejo. «Enséñame cómo haces eso.»

«Si te lo enseño», contestó el pájaro, «no debes permitir que tus ojos salgan de las órbitas más de tres veces al día. Te arrepentirás si lo haces.»

«Pequeño Hermano, haré lo que digas, el truco es tuyo y escucharé.»

El pájaro le enseñó cómo hacerlo, y Viejo estaba tan contento que lo hizo tres veces seguidas. Luego paró. Pero pronto deseó intensamente hacerlo de nuevo, y dudó un poco, pero como continuaba deseando hacerlo, se dijo: «¿Por qué me dijo que sólo lo hiciera tres veces? Ese pájaro es tonto. Lo haré una vez más.» E hizo que sus ojos salieran una cuarta vez pero ahora no volvían. Entonces llamó al pájaro «Oh, Pequeño Hermano, ven y ayúdame a recuperar mis ojos.» Pero el pájaro no respondió, había volado. Viejo tanteó el árbol con las manos, pero no pudo encontrar sus ojos, y vagabundeó durante mucho tiempo llorando y llamando a los animales para que le ayudaran.

Un lobo, al darse cuenta de que Viejo estaba ciego, empezó a gastarle bromas y a reírse de él. El lobo había encontrado un búfalo muerto y, cogiendo un trozo de carne que ya había empezado a pudrirse y a oler mal, se lo acercó a Viejo. «Huelo algo muerto», dijo Viejo. «Me gustaría encontrarlo, estoy casi muerto de hambre.» Y tanteaba alrededor buscando la carne, y el lobo la retiraba. Pero una vez, cuando el lobo le estaba gastando su broma, Viejo lo agarró y sacándole un ojo se lo colocó en su órbita. Y entonces pudo ver, y recuperó sus ojos. Pero nunca más pudo hacer el truco que le había enseñado el pajarito.

Otro día, cuando Viejo iba por la pradera, escuchó un canto muy extraño. Nunca antes había escuchado algo parecido y miró alrededor para ver de dónde procedía. Por fin, vio un círculo de liebres cantando y haciendo hechizos. Habían encendido un fuego y como tenían muchas cenizas calientes, se tumbaban sobre ellas y cantaban, mientras uno de ellos los cubría con las cenizas. Al rato los descubría y todos saltaban. Al parecer, esto les divertía mucho.

«Pequeños Hermanos», dijo Viejo, «es maravilloso cómo os tumbáis sobre esas cenizas calientes y carbones sin quemaros. Desearía que me enseñarais cómo hacerlo.»

«Ven, Viejo», dijeron las liebres. «Te mostraremos cómo. Debes cantar nuestra canción y permanecer en las cenizas sólo un poquito.»

Así que Viejo empezó a cantar, se tumbó y le cubrieron con carbones y cenizas, y el carbón no le quemó en absoluto.

«Esto es muy agradable», dijo. «Es un hechizo muy potente. Ahora deseo conocerlo todo, así que tumbaros y dejad que os cubra.»

Las liebres se tumbaron sobre las cenizas y él las tapó con el fuego. Sólo se escapó una liebre, y cuando Viejo estaba a punto de volverla a tumbar, ella dijo: «Ten piedad de mí, mis niños están a punto de nacer.» «Muy bien», contestó. «Te dejaré para que continúe habiendo liebres, pero asaré a estos otros y tendré un festín.»

Puso más leña en el fuego, y cuando las liebres estaban cocinadas cortó algunas ramas de sauce rojo y colocó las liebres encima para enfriarlas. La grasa impregnó las ramas, de forma que incluso hoy, si colocas un sauce rojo sobre un fuego, verás la grasa sobre la corteza. Y también puedes comprobar que desde entonces las liebres tienen una quemadura en el lomo, donde quedó señalada la que escapó.

Un día, el tramposo, en forma de coyote, mató a un búfalo y mientras su brazo derecho le quitaba la piel con un cuchillo, de pronto, el izquierdo aferró al animal. «Devuélvemelo», gritó el brazo derecho, es mío.» El brazo izquierdo lo cogió de nuevo y el derecho se lo quitó con el cuchillo. El izquierdo lo volvió a coger y la discusión se convirtió en una lucha terrible. Y cuando el brazo izquierdo estaba lleno de cortes y sangrando, Tramposo exclamó: «¡Oh! ¿Por qué hice esto? ¿Por qué dejé que ocurriera? ¡Cómo sufro! ».

Otro día, cogió el hígado de un alce e hizo una vagina con él, con los riñones del alce hizo pechos. Se puso un vestido de mujer que era demasiado estrecho para él y se transformó en una mujer muy hermosa. Permitió que el zorro tuviera relaciones con él y le dejara preñado. Luego el arrendajo, y por último la liebre. Después se dirigió a una aldea. Se casó con el hijo del jefe y tuvo cuatro hijos muy hermosos.

Un día vagabundeaba a la aventura cuando oyó que alguien decía: «Cualquiera que me mastique defecará, defecará.» «Bien», dijo Tramposo, «¿por qué hablará así?» Se dirigió hacia el lugar de donde procedía la voz y la escuchó de nuevo. Miró alrededor y vio un bulbo sobre un matorral. «Sé muy bien»,‑ se dijo, «que si mastico esto no defecaré.» Así que lo cogió, se lo metió en la boca, lo masticó, lo tragó y continuó.

«Bien», dijo, «¿dónde está el bulbo que hablaba tanto? ¿Cómo pudo un objeto semejante influirme lo más mínimo? Cuando tenga necesidad de defecar, lo haré, y no antes.» Pero mientras hablaba así empezó a tirarse pedos. «Bien», pensó, «supongo que esto es lo que quería decir. Sin embargo, dijo que defecaría y sólo estoy expulsando un poco de aire. En cualquier caso, soy un gran hombre aunque expulse un poco de gas.» Entonces ocurrió de nuevo y esta vez fue realmente fuerte. «En verdad, qué tonto fui. Quizá por esto me llaman el Tonto.» Ocurrió otra vez, muy ruidoso, y ahora su recto empezó a escocerle. La siguiente vez se encontró lanzado hacia adelante. «Bien, bien», pensó desafiante, «puede empujarme un poco, pero nunca me hará defecar». Ocurrió de nuevo, y esta vez la parte posterior de su cuerpo se elevó en el aire y aterrizó sobre rodillas y manos. «Bien, adelante, ¡hazlo de nuevo!», exclamó. «¡Hazlo de nuevo!» Lo hizo y se elevó mucho en el aire, aterrizando sobre el estómago. Empezó a tomarse el asunto en serio. Cogió un tronco, y tanto él como el tronco fueron enviados al aire. Al volver, el tronco cayó sobre él y casi lo mata. Entonces cogió un chopo. Este lo sujetó, pero sus pies se elevaron en el aire y casi se rompe la espalda. A continuación arrancó el árbol junto con las raíces. Cogió un roble grande, éste se mantuvo firme, pero de nuevo sus pies se elevaron en el aire. Tramposo corrió a la aldea y se le ocurrió que amontonaran sobre él todos los troncos, junto con las personas, perros y todo lo demás. Su explosión desperdigó el campamento en todas las direcciones, y la gente, al volver, se gritaron furiosamente unos a otros, mientras los perros aullaban. Tramposo se rió de ellos hasta que sus intestinos se inflamaron. Y entonces empezó a defecar. Al principio sólo fue un poco, pero después gran cantidad, y por último era tanto que tuvo que trepar a un árbol para mantenerse por encima de su excremento. Subió más y más alto y alcanzó la copa, donde se durmió, se cayó y salió del fondo del montón cubierto y cegado por su propia inmundicia.

Cualquiera acostumbrado al concepto de Dios el Creador, tal y como se muestra esa imagen en las mitologías y religiones desarrolladas de las civilizaciones con base agrícola, seguramente se sorprenderá al saber que esta figura del Tramposo fue el creador del hombre y de todos los animales.

Otro de sus cuentos —uno de los muchos que se cuentan de sus curiosas aventuras— habla de su llegada al país de los pies negros desde el sur, viajando hacia el norte y creando a los pájaros y a los animales a medida que pasaba. Primero hizo las montañas, las praderas, los árboles y los arbustos, poniendo ríos aquí y allí, y cataratas sobre ellos, poniendo pintura roja sobre el suelo en diferentes lugares, organizando el mundo como lo vemos hoy. Y cubrió las llanuras con hierba, de forma que proporcionara comida a los animales. Sobre el suelo puso los árboles y todo tipo de animales. Y cuando hizo al carnero con su gran cabeza y cuernos, lo soltó en la pradera. No parecía que anduviera con facilidad por la pradera, así que lo cogió por un cuerno y lo soltó en las montañas. Y se movió entre las rocas y subió tranquilamente a lugares que daban miedo. Así que dijo: «Este es el lugar que te conviene, para esto estás hecho.» Y mientras estaba en las montañas, hizo al antílope con desperdicios, y lo soltó para ver cómo se las arreglaba. Pero corrió a tanta velocidad que cayó sobre las rocas y se dañó. Viendo que esto no funcionaría, llevó al antílope a la pradera y lo dejó suelto. Corrió elegantemente y dijo: «Para esto estás hecho.»

Un día decidió que haría una mujer y un niño, y los hizo a ambos de barro. Una vez que hubo moldeado el barro en forma humana, le dijo: «Tú serás gente.» Entonces lo cubrió y se fue. Al volver a la mañana siguiente, retiró la cubierta y vio que las formas de barro habían cambiado un poco. A la segunda mañana habían cambiado más y a la tercera aún más. A la cuarta mañana retiró la cubierta, miró las imágenes y les dijo que se levantaran y anduvieran, y éstas lo hicieron. Fueron hasta el río con su hacedor y él les dijo que su nombre era Viejo.

Mientras permanecían de pie a la orilla del río, la mujer le preguntó a Viejo: «¿Cómo es esto? ¿Viviremos siempre y no habrá final?» Y él contestó: «Nunca lo he pensado, debemos decidirlo. Cogeré este pedacito de excremento seco de búfalo y lo arrojaré al río. Si flota, la gente morirá, pero a los cuatro días volverán a vivir de nuevo; morirán sólo cuatro días. Pero si se hunde, tendrán fin.» Arrojó el pedacito al río y flotó. La mujer se volvió, cogió una piedra y dijo: «No, no va a ser así. Tiraré esta piedra al río y si flota viviremos siempre, pero si se hunde, la gente debe morir, de forma que tengan piedad unos de otros y sientan lástima unos de otros.» La mujer arrojó la piedra al agua y se hundió. «Así sea», dijo Viejo. «Habéis elegido. Y así es como ocurrirá.»

Los primeros hombres eran pobres, estaban desnudos y no sabían cómo vivir, pero Viejo les mostró las raíces y las bayas y les enseñó cómo comerlas, y les dijo que en cierto mes del año podían pelar la corteza de ciertos árboles y comerla y que estaría buena. Les dijo que los animales debían ser su alimento. Hizo todos los pájaros que vuelan y le dijo a la gente que su carne podía comerse. Y de cierta planta decía: «La raíz de esta planta, si sé recolecta en cierto mes del año, es buena para cierta enfermedad.» Y así aprendieron los poderes de todas las hierbas.

Viejo enseñó a la gente cómo hacer armas de caza, y a matar y a carnear el búfalo, y como no es saludable comer la carne cruda, recogió madera blanda, seca y podrida e hizo yesca con ella, después cogió un trozo de madera dura y, agujereándolo con la punta de una flecha, les enseñó cómo hacer fuego con astillas y a cocinar la carne de los animales y comerla.

Después les dijo: «Ahora, sí estáis cansados, podéis dormir y obtener poder. Algo llegará a vosotros durante el sueño y os ayudará. Lo que os digan que hagáis los animales que se os aparezcan en el sueño, hacedlo. Debéis obedecerlos. Dejaros guiar por ellos. Si necesitáis ayuda, estáis solos y viajando. Si gritáis pidiendo ayuda, vuestra plegaria será contestada, quizás por las águilas o por el búfalo, o por los osos. Debéis escuchar a cualquier animal que conteste a vuestra plegaria.» Y así fue cómo los primeros hombres se hicieron con el mundo por el poder de sus sueños.

Cuando Tramposo abandonó la tierra al final de sus vagabundeos, hizo una tetera y un plato de piedra, cocinó una comida y dijo: «Ahora, por última vez tomaré una comida sobre la tierra.» Se sentó sobre una roca y su huella se puede ver hasta hoy día. Puedes ver las huellas de sus nalgas, las huellas de sus testículos, las huellas de la tetera y el plato. La roca no está lejos de donde el Missouri entra en el Mississippi. Luego se marchó, entrando primero al océano y luego a los cielos. Ahora está bajo tierra, a cargo del más inferior de los cuatro mundos. Charlatán está a cargo del segundo, Tortuga del tercero y Liebre del mundo en el que vivimos.

Esta ambigua figura, tan fascinante, del tramposo parece que ha sido el personaje mitológico principal de las historias del mundo paleolítico. Un tonto, un cruel, un tramposo lujurioso, un epítome del principio del desorden, sin embargo, también es un portador de cultura. Y aparece bajo muchos disfraces, tanto animales como humanos. Entre los indios de las llanuras norteamericanas, su forma usual era Coyote. Entre las tribus de los bosques del norte y el este, era la Gran Liebre, el Maestro Conejo, algunos de cuyos hechos fueron equiparados por los negros de América con un conejo tramposo africano al que conocemos en los cuentos populares como Conejo Br’er. Las tribus de la costa noroeste lo conocían como Cuervo. El Arrendajo Azul es otra de sus formas. En Europa es conocido como Reynard el Zorro; pero también, en un plano mucho más serio, aparece como el demonio.

El cuento pertenece a los yakuts de Siberia:

Satán era el hermano mayor de Cristo, pero malvado, mientras que Cristo era bueno. Y cuando Dios deseó crear la tierra, le dijo a Satán: «Presumes de ser capaz de hacerlo todo y dices que eres más grande que yo. Bien, entonces trae un poco de tierra del fondo del océano.» Satán se zambulló, pero cuando volvió a la superficie vio que el agua se había llevado la tierra de su mano. Se zambulló otras dos veces sin éxito, pero a la cuarta se convirtió en una golondrina y volvió con un poco de fango en el pico. Cristo bendijo este trozo y se convirtió en la tierra. Y la tierra era agradable y plana y lisa. Pero Satán, planeando crear un mundo propio, había escondido un poco de barro en su garganta. Cristo entendió la vileza y le golpeó en la nuca. Y escupió el barro que se convirtió en las montañas, mientras que originalmente todo había sido tan liso como un plato.

En las costumbres de carnaval de Europa, esta figura sobrevive en los numerosos payasos, bufones, demonios, polichinelas y diablillos que interpretan exactamente los papeles de los payasos en los ritos de los indios pueblo, y dan a la fiesta un carácter de día de desorden. Representan, según el punto de vista de los maestros del decoro, el principio del caos, el principio del desorden, la fuerza a la que no le importan los tabúes y romper las ataduras. Pero desde el punto de vista de las esferas más profundas del ser, de donde surgen en última instancia las energías de la vida, este principio no debe ser despreciado. En verdad, de la forma más asombrosa, en el período de la construcción de las catedrales de la Alta Edad Media —como nos ha recordado el doctor Jung en su artículo, «Sobre la psicología de la figura del Tramposo»— había algunas costumbres eclesiásticas extrañas, que reflejaban la mueca de este maestro del caos: especialmente el lestum asinorum, que Nietzsche parodió en su capítulo sobre el «Festival del Asno» en Así habló Zaratustra. Esta caprichosa fiesta celebraba la huida de la Santa Familia a Egipto, y en la catedral de Beauvais la muchacha que interpretaba el papel de María subía hasta el altar junto con el asno y se colocaba en el lado del Evangelio, y a la terminación de cada parte de la misa pontifical que se celebraba a continuación, toda la congregación rebuznaba. Un códice del siglo XI dice que «Al final de la misa, en lugar de las palabras Ite missa est («Id, la misa ha terminado»), el sacerdote debe rebuznar tres veces, y en lugar de las palabras Deo gratias («Demos gracias a Dios»), la congregación debe rebuznar tres veces».

Jung opina que «el tramposo es una sombra colectiva, un epítome de todas las huellas inferiores del carácter de los individuos». Sin embargo, este punto de vista se ofrece desde nuestro posterior estilo de pensamiento «atado». En la esfera paleolítica, de donde procede esta figura, era el arquetipo del héroe. El dador de todos los grandes favores, el portador del fuego y el maestro de la humanidad.

Los buriats en la zona del lago Baikal hablan del Gran Espíritu, Sombol‑Burkhan, quien cuando se movía sobre las aguas vio un ave acuática nadando con sus doce crías. «Pájaro acuático», dijo, «zambúllete y tráeme tierra, tierra negra en tu pico y barro rojo en tus pies.» El pájaro se zambulló, y Sombol‑Burkhan esparció primero barro rojo sobre el agua y sobre éste la tierra negra, y después le dio las gracias al pájaro. «Por siempre vivirás», dijo, «y te zambullirás en el agua».

Esta versión del tema del buceador terrestre es más primitiva que la del cuento de los yalcut cristianizados. Liberado del dualismo ético del bien y del mal, muestra la fuerza creativa en su inocencia primaria. Pero los ostyaks de la zona del río Yenisei pintan al creador de forma aún más simple, como un chamán. El Gran Chamán Doh —dicen— revoloteaba sobre las aguas con un grupo de cisnes, somormujos y otras aves acuáticas sin encontrar ningún sitio en el que posarse y descansar, cuando pidió a uno de sus pájaros buceadores que se zambullera y cogiera un poco de tierra del fondo. El pájaro se zambulló dos veces antes de traer ni un solo grano. Sin embargo, el Gran Chamán Doh pudo hacer una isla en el mar con este trocito de barro.

Las tribus cazadoras de Norteamérica atribuyen el mismo hecho chamánico de la creación del mundo a su héroe‑tramposo paleolítico. En el momento del gran diluvio encontramos esta ambigua figura, flotando sobre una balsa llena de animales, pidiéndoles que se zambullan y suban algo de tierra. Tres lo hacen pero vuelven exhaustos; entonces, un nadador extraordinariamente resistente desciende —un somormujo, una rata almizclera o una tortuga— y pasado mucho tiempo (en algunos cuentos incluso días) vuelve a la superficie con el vientre hacia arriba, prácticamente muerto, pero con un pedacito a su pata. Y entonces, Viejo, Coyote, Cuervo o Gran Liebre, —cualquiera que sea el personaje que representa al tramposo— coge el pedacito de barro y recitando un encantamiento lo coloca sobre la superficie del agua. La partícula aumenta, y en cuatro días crece hasta alcanzar el tamaño de la tierra. Los animales van a la tierra y todo empieza de nuevo.

No parece muy apropiado llamar a una figura así un dios, o incluso pensar de él que es sobrenatural. Es un superchamán. Y encontramos sus equivalentes en los mitos y leyendas de todas las partes del mundo, en cualquier sitio que el chamanismo ha dejado su marca: en Oceanía y África, así como en Siberia y Europa. En Polinesia, Maui es el tramposo. Ya hemos sido testigos de un par de sus hazañas. El conejo Br’er nos ha mostrado algo de su forma Africana, donde también es Anansi, la serpiente. Entre los griegos era Hermes (Mercurio) el que cambiaba de forma y el maestro del camino a la tierra de los muertos, así como Prometeo, el que roba el fuego y se lo entrega a la humanidad. En el mito germánico aparece como el hacedor del mal Loki, cuyo carácter era el fuego y quien, en la época de Ragnarbic, el Crepúsculo de los Dioses, será el que dirija las huestes de Hel.

Podemos imaginar a este héroe‑tramposo en su carácter de Coyote, un tarde de pie sobre la cumbre de una montaña, mirando hacia el sur. Y a lo lejos creyó ver una luz. No sabiendo al principio lo que era, supo por adivinación que había visto fuego, decidió que debía conseguir esta maravilla para la humanidad y reunió a un grupo de compañeros: Zorro, Lobo, Antílope, todos los buenos corredores. Y después de viajar durante mucho tiempo alcanzaron la casa de la Gente Fuego, a los que dijeron: «Hemos venido a visitaros, a bailar, a jugar y a tocar.» Y así, en su honor, se hicieron los preparativos para un baile que tendría lugar por la noche. Coyote se preparó un tocado hecho con virutas resinosas de madera de pino, con largas tiras de corteza de cedro que llegaban hasta el suelo. Primero bailó la Gente Fuego, y el fuego estaba muy bajo. Luego Coyote y su gente empezaron a bailar alrededor de la llama y se quejaron de que no veían. La Gente Fuego hizo uno más grande, pero Coyote se quejó cuatro veces, hasta que por último ardió muy fuerte. Entonces, la gente de Coyote simuló que hacía mucho calor y salieron para refrescarse, se prepararon para huir y sólo Coyote permaneció dentro. Hizo salvajes cabriolas hasta que su tocado se prendió, y entonces, simulando que tenía miedo, pidió a la Gente Fuego que lo apagara. Le advirtieron que no bailara tan cerca de las llamas. Pero cuando se acercó a la puerta, balanceó sobre el fuego las largas tiras de su tocado y corrió. La Gente Fuego lo persiguió, pero él le dio el tocado a Antílope, que corrió y se lo pasó al siguiente corredor, y así continuó adelante. La Gente Fuego cogió a los animales uno a uno y los mató, hasta que sólo quedó Coyote, y casi lo cogieron también, pero corrió tras un árbol y le prendió fuego. Desde entonces los hombres hacen fuego con la madera de los árboles.

Esta versión del gran hecho procede de los indios del río Thompson en la Columbia Británica. Los indios creek de Georgia y Alabama, a unas tres mil millas de distancia, presentan a su tramposo Conejo en exactamente la misma aventura, baile incluido, el tocado ardiendo y la carrera de relevos de los animales, mientras que entre los chilcotin, que están mucho más al norte de las tribus Thompson, el héroe de la misma aventura es Cuervo, de nuevo con el tocado ardiendo, el baile y la carrera de animales.

Sin embargo, aún más al norte, entre los kaska, una primitiva tribu athapascana, que mora en las laderas árticas de las Rocosas en el extremo más alejado de la Columbia Británica, el mito tiene otra variante.

Hace mucho tiempo, el fuego, dice esta gente, estaba en poder de un Oso que tenía una piedra de chispa, con la cual podía obtener fuego cada vez que quería. Pero la gente no tenía fuego porque Oso guardaba la piedra de chispa celosamente, manteniéndola siempre sujeta a su cinturón.

Un día estaba tumbado tranquilamente al lado del fuego en su madriguera cuando un pajarito entró y se le acercó. Oso dijo bruscamente: «¿Qué quieres?»

El pajarito contestó: «Estoy casi congelado. He venido a calentarme.»

«Muy bien», dijo Oso, «entra, pero mientras te calientas ven aquí y despiójame».

El invitado asintió. Empezó a saltar por encima de Oso cogiendo los piojos, y
mientras lo hacía, picoteaba de cuando en cuando la cuerda que sujetaba la piedra de chispa al cinturón de Oso. Cuando la cuerda estuvo cortada, de pronto el pajarito cogió la piedra y voló.

Todos los animales esperaban fuera, porque habían preparado este robo del fuego. Y estaban todos en fila, uno tras otro. Oso persiguió al pájaro y lo' alcanzó justo cuando llegaba al primer animal de la fila, a quien ya le había pasado la piedra de chispa. Y Oso cogió a este animal justo cuando le pasaba la piedra de chispa al siguiente. Y así fue pasando por toda la fila hasta que por fin le llegó a Zorro, quien a toda velocidad escaló a lo alto de una montaña. Pero el oso ya estaba tan cansado que no pudo correr más. Y en la cumbre de la montaña Zorro rompió la piedra de chispa y arrojó un fragmento a cada tribu. Así es como las diferentes tribus de toda la tierra consiguieron el fuego. Y por eso el fuego existe ahora en todas partes, en las rocas y en los bosques.

Una mirada a los mitos de los andamaneses, una raza extremadamente primitiva de negritos pigmeos que moran en unas islas remotas en la bahía de Bengala, nos proporcionará una serie de versiones de la misma leyenda. Una de las más extendidas asigna el hecho al martín pescador. Cuenta cómo el fuego estaba en poder de la figura más poderosa e importante del panteón local, Biliku —una personificación femenina temperamental del poder del monzón del nordeste, maligna y benigna alternativamente, a quien se le atribuye la formación de la tierra. Y los antepasados decidieron robarle el fuego en un momento en que se sabía que estaba dormida. Una noche, el martín pescador voló silenciosamente a su choza y lo cogió. Pero ella se despertó justo cuando él salía y le arrojó una concha que le cortó las alas y la cola. El martín se zambulló en el mar y nadó a un lugar llamado Bet‑‘ra‑kudu, donde le dio el fuego a uno de los animales, éste se lo pasó a una paloma de alas de bronce y la paloma se lo entregó a los demás. Sin embargo, el martín pescador se convirtió en un hombre a consecuencia de su accidente, mientras que Biliku, airada, abandono su residencia en la tierra y desde entonces ha vivido en algún lugar en el cielo.

El joven Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, comparó desfavorablemente el mito bíblico de la Caída en el Jardín, con el mito trágico y heroico de Prometeo, que él consideraba típicamente griego. Toda la mitología de la Caída con su concepto de desobediencia a un poder superior, las mentiras engañosas de la serpiente, su seducción, codicia y concupiscencia —para resumir, su constelación de lo que él llamó «afectos femeninos»— representaba para Nietzsche una interpretación de valores humanos que sólo podían llamarse despreciables y viles. Mientras que en la cruel impiedad del Titán griego —representando la valiente conquista por el hombre de su propia talla cultural y espiritual, desafiando a los celosos dioses— vio un valor esencialmente masculino.

Desde los días de Nietzsche hemos aprendido que el robo del fuego no es un motivo específicamente indoeuropeo; ni la idea de la caída específicamente bíblica. Sin embargo, continúa siendo verdad que representan los polos de la herencia mitológica del mundo occidental. El Titán griego, una sublimación de la imagen del tramposo chamánico, autoconfiado, que frecuentemente termina mal al final de una aventura, ni es condenado por su intransigente desafío a Zeus ni ridiculizado como un tonto por el teatro griego, sino más bien ofrecido como una norma trágica de las relaciones del hombre con los poderes gobernantes del universo natural. Mientras que la Biblia, con su espíritu de piedad sacerdotal, reconociendo igualmente la tensión entre Dios y el hombre, se coloca del lado de Dios y quebranta no sólo el albedrío del hombre, sino también el de la serpiente.

Prometeo sabe lo que ha hecho por la humanidad y se lo grita a Dios en la cara. Los hombres, antes de que él les enseñara, no conocían las artes, sino que se amadrigaban en la oscura tierra y vivían en cuevas como hormigas. No tenían calendario hasta que él les enseñó a conocer la salida y la puesta de las estrellas. Les dio los números, las artes de la escritura y la agricultura, y les enseñó a poner guarniciones al caballo, la metalurgia, la medicina, la adivinación; e incluso el arte de hacer sacrificios a Zeus. En la atrevida obra de Esquilo Prometeo Encadenado oímos la resonancia del insolente desafío del gran Titán:

Con una frase rotunda, odio a cualquier dios
que me dañe a mí que nunca le dañé.

No creas que para obtener una sonrisa de Jove,
extenderé sobre mi alma una suavidad de doncella,
e importunaré al enemigo que más odio
con femenino alzamiento de manos.


Sin embargo, no admiramos menos la orgullosa, aunque humilde, piedad de Job, quien, cuando se le mostró la maravilla del poder que le había tratado injustamente, y que, sin embargo, había hecho el mundo, extendió cenizas sobre su cabeza. «Te conocía de oídas, más ahora te han visto mis ojos», confesó Job ante su Dios, «por eso me retracto y me arrepiento entre polvo y ceniza».

Estas dos tradiciones están mezcladas en la herencia no sólo de Occidente, sino de todas las civilizaciones, y representan los polos de tensión espiritual del hombre: el de la representación sacerdotal del poder que formó el universo como una fuerza más allá de la crítica humana o del desafío, el poder que hizo el sol y la luna, los mares, Leviatán, Behemoth y las montañas, ante quien la actitud adecuada del hombre es el temor reverencial, y, por otra parte, el de la intransigencia del mago autosuficiente, el poder titánico del chamán, el constructor de Babel, a quien no le importa la ira de Dios, el que sabe que es más viejo, más grande y más fuerte que los dioses. Porque en verdad, es el hombre quien ha creado a los dioses, mientras que el poder que creó el universo no es otro que la voluntad que opera en el hombre mismo y sólo en el hombre ha alcanzado la conciencia de su reino, poder y gloria.

Quizá recordemos que Zeus se ofendió cuando Prometeo le engañó en el momento de la ofrenda de un sacrificio. El Titán, habiendo troceado un toro, llenó el estómago de la bestia con carne para él y su gente y envolvió los huesos en sabrosa grasa de forma engañosa y tractiva, y cuando presentó estos dos trozos envueltos al rey de los dioses pidiéndole que eligiera el que deseara, Zeus, engañado, cogió el trozo envuelto en grasa. Al abrirlo y no encontrar nada excepto huesos, Zeus se convirtió en un dios de la ira, y hasta un extremo tan absurdo que quitó a la humanidad el precioso regalo del fuego. Después, Prometeo, el salvador del hombre, lo robó, según una versión, del taller del dios cojo del fuego y de los herreros, Hefesto; pero según otra versión, del hogar del mismo Zeus, en la cumbre del Olimpo. Prometeo llevó una rama hueca de hinojo que se prendió con las llamas del fuego, y después, moviendo el palo para mantenerlo ardiendo, volvió corriendo. Otra versión cuenta que Prometeo cogió el fuego del sol. En cualquier caso, Zeus se vengó de una forma feroz. Porque hizo que Hefesto encadenara al portador del regalo en la cumbre más alta del Cáucaso, colocó un pilar en el centro como si de una estaca se tratara y envió un águila para que le royera el hígado. Lo que roía durante el día volvía a crecer durante la noche, de forma que la tortura era continua. Pero el castigo terminó, porque Prometeo conocía una profecía de que un día sus cadenas caerían por sí mismas y el mundo‑eón de Zeus se disolvería.

La profecía es la misma del Crepúsculo de los Dioses édico, cuando Loki conducirá a las valerosas huestes de Hel:

Entonces ocurrirá lo que parecen grandes noticias: el lobo se tragará al sol y esto parecerá a los hombres un gran mal. El otro lobo alcanzará la luna y él también traerá grandes males, las estrellas desaparecerán de los cielos. Después también ocurrirán estos hechos: toda la tierra temblará, los árboles serán arrancados de la tierra y los peñascos se harán añicos, y todas las trabas y ataduras serán rotas y rasgadas... y Fenris‑Lobo avanzará con la boca abierta y su quijada inferior tocará la tierra, pero la superior el cielo; la abriría aún más sí hubiera sitio; sus ojos y nariz llamean. La Serpiente Midgard escupirá tanto veneno que llenará todo el aire y el agua, y él es muy terrible, y estará a un lado del Lobo... Entonces el fresno de Yggdrasil temblará y no quedará nada sin temor ni en el cielo ni en la tierra. El constreñimiento de los chamanes por los Hactcin, por los dioses y sus sacerdotes, que empezó con la victoria del neolítico sobre la forma de vida del paleolítico, quizá pueda estar llegando a su fin —hoy— en este período de transiciones irreversibles de la sociedad desde una base agrícola a una industrial, cuando lo que sustenta la promesa de los beneficios del futuro no es la piedad del plantador, inclinándose humildemente ante la voluntad del calendario y de los dioses de la lluvia y el sol, sino la magia del laboratorio, las naves espaciales donde los dioses se sentaron una vez. «¿Es posible? ¡Este viejo santo del bosque no ha oído que Dios está muerto!»

Las palabras de Nietzsche fueron el primer pronunciamiento del Titán prometeico que ahora rompe sus ligaduras en nuestro interior, para la siguiente edad del mundo. Y los sacerdotes de las cadenas de Zeus hacen bien al temblar, porque las ligaduras se están desintegrando solas.





en Las máscaras de Dios. Mitología primitiva, de 1959.