Rhodope, Melite y Rhodoclea competían entre sí
para ver cuál de las tres tenía la vulva más hermosa,
y me eligieron como juez. Y las tres diosas ilustres
se levantaron desnudas, destilando su propio néctar.
Y de Rhodope brillaba entre sus muslos una preciosura
como una rosa hendida por el fuerte Céfiro…
Y la de Rhodoclea era como un cristal, húmeda
como una estatua recién tallada en el templo.
Pero yo, que bien sabía lo que padeció París por su fallo,
al instante coroné a las tres como inmortales.

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