Rawan al-Sorani era una de mis profesoras favoritas. Además de profesora era periodista y gozaba de un cierto poder e influencia en nuestra comunidad, y ella lo sabía. Yo solía pedirle orientación sobre lo que debía estudiar, y sus respuestas no hacían otra cosa que alimentar mi admiración. Ella es la razón por la que, a los doce años, decidí que de mayor quería estudiar periodismo. Cuando se lo dije, me mostró muchísimo apoyo y empezó a recomendarme libros, con lo que despertó mi interés por la lectura y me abrió el camino hacia la escritura. Si hoy lo pienso parece una locura: una decisión que tomé a los doce años determinó mi vida y es la razón por la que este libro existe.
Desde esa época, mi diario y yo hemos sido siempre prácticamente inseparables. A lo largo de la secundaria, el instituto, la universidad y después de graduarme.
Lo que no me esperaba a los doce años, cuando recibí aquel primer diario morado, era que las entradas del futuro no versaran sobre meras anécdotas triviales, sino que fueran a llenarse con la memoria de una vida bajo la ocupación israelí, los incesantes bombardeos y un casi perpetuo estado de temor a la muerte, la mía o la de mis seres queridos.
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Resulta a la vez increíble y algo totalmente predecible que, según me iba haciendo mayor, me negara a cambiar de idea sobre mi sueño. Había una parte de mí que fantaseaba con estudiar arte dramático —para poder ser abiertamente una drama queen (LOL)—, pero otra voz interior, más audible y más responsable, me instaba a ser práctica y estudiar una carrera que tuviera salida laboral en la Franja de Gaza. Una salida que, además, me permitiría contarle al mundo cosas sobre el lugar donde vivía. Así que me matriculé en la universidad para estudiar periodismo y new media.
En los programas de la televisión occidental veo a veces cómo aflora esa especie de virtud moral propia de la gente privilegiada que tiene la seguridad garantizada, que anima a sus hijos a que se permitan soñar con aquello que quieran ser. Pero no es así como se vive —trabaja, sobrevive— en la mayor parte del mundo. Al menos, en Gaza no es así. Para mí, hacerme periodista era más una misión que una carrera.
Pienso muy a menudo en todos los niños que han matado las Fuerzas de Ocupación Israelíes (FOI) y en todo lo que podrían haber llegado a ser. Poetas excepcionales y autores de gran éxito que no tuvieron ni la más mínima oportunidad de vivir. Me entristece pensar en todas las obras de arte y la cultura que hemos perdido, que nunca verán la luz. Los libros que no llegaremos a leer, los cuadros que no llegaremos a contemplar.
Pienso en Naji al-Ali, un dibujante palestino de cómic político. Es sobre todo conocido por haber creado a Handala, un niño que siempre tendrá diez años y no seguirá creciendo hasta que se le permita regresar a su tierra. Naji creó este personaje como una proyección de sí mismo: él también tenía diez años cuando su familia fue desplazada durante la Nakba, la limpieza étnica y desplazamiento forzoso de cientos de miles de palestinos que se produjo en 1948. Handala se convirtió inmediatamente en un icónico símbolo para el pueblo palestino. Me parece increíble que, en 2024, las personas palestinas sigamos identificándonos —y más que nunca— con Handala, que fue dibujado en 1969. A veces me pregunto cómo de distinta habría sido la obra de Naji al-Ali si Palestina fuera libre. O cómo sería ahora. No lo sabremos nunca; fue asesinado en Londres en 1987, antes de que yo naciera.
En cuanto a mí, mi camino desde aquella joven idealista que soñaba con compartir con el mundo la belleza de su tierra a periodista curtida cuya labor está centrada en documentar las muertes y crueles atrocidades perpetradas por el ejército israelí se inició en 2019, en un café de las calles de Gaza. Allí estaba sentada con mis amistades, sintiendo el calor del sol en la piel y hablando sobre un futuro que nuestra ingenuidad nos impedía entender que, en tanto que gazatíes, escapaba bastante de nuestro control.
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Hacía calor. Recuerdo que llevaba una camisa rosa con unos pantalones negros y un peinado informal, medio recogido, medio suelto. El café se llamaba Gloria, estaba en pleno corazón de la ciudad de Gaza y tenía unas maravillosas vistas al mar. Habíamos terminado el instituto hacía pocas semanas y estábamos hablando de dónde nos gustaría estudiar. Algunos querían quedarse en Gaza, pero también había quienes estaban pensando marcharse al extranjero, a Turquía, a Francia o incluso al Reino Unido.
De pronto, todas las miradas se volvieron hacia mí: me tocaba contar mi (inexistente) plan. Dije que me habían aceptado en algunas universidades de varios países, pero que ninguna me parecía que encajara del todo con lo que quería. Entonces, un chico de mi clase me sugirió la opción de Chipre, donde él pensaba estudiar, y otros dos se sumaron inmediatamente a la sugerencia, diciendo que iban a pedir plaza allí también. Y luego otra persona más de mi clase dijo lo mismo. Y, claro está, tal como hacen los adolescentes cuando se arrebatan con un entusiasmo irreprimible, tomamos una decisión colectiva y esa misma noche pedimos plaza en una universidad del norte de Chipre. No tardamos mucho en recibir nuestras cartas de aceptación.
Cuando, emocionadísima, le dije a mi madre que me iba a estudiar a Chipre, su expresión fue graciosísima: mitad incrédula, mitad divertida. No me tomó en serio. «Se trata de tu futuro —me dijo— no es un viaje con el grupo de amistades». Siendo justa, tenía razón. Durante el último año de secundaria me había dedicado a pedir plaza en las mejores universidades, a buscar becas y preparar los exámenes del SAT e IELTS. Y, de pronto, volvía a casa después de una tarde cualquiera con la gente de mi clase y, sin darle dos vueltas, pedía plaza en una universidad en Chipre.
En retrospectiva, creo que fue precisamente la espontaneidad de la decisión lo que hizo que fuera acertada, porque, claro, al final convencí a mi madre de que iba en serio, y el grupito de cinco amigos nos fuimos a Chipre. Por increíble que pareciera, conseguimos los visados, emprendimos el viaje y hasta encontramos en Chipre un café llamado Gloria: nuestro segundo hogar.
Generalmente queremos pensar que podemos tener nuestra vida bajo control. Nos dotamos de rutinas razonables, tomamos decisiones responsables, contratamos planes de pensiones y renunciamos a nuestra individualidad a cambio de una vida más pacífica y, supuestamente, invulnerable. Pero viviendo en Gaza —en realidad, en cualquier zona ocupada— aprendes muy rápido que es imposible construirse una vida realmente blindada. Porque en cualquier momento puede llegar alguien y tirarte una bomba. Así que, aunque no estés todo el rato pensando así las cosas conscientemente, lo que sí haces a veces es simplemente elegir cualquier opción y aceptarla; más por el hecho de que hay que tomar una decisión que porque hayas reflexionado profundamente sobre ello. La vida tiene que seguir.
Quizá este relato suene un poco a jueguecito, como si, cuando vives en Gaza, lo más fácil del mundo fuera decidir un día cualquiera que te vas de viaje al extranjero. Nada más lejos de la realidad. Antes de que te concedan un permiso hay que pasar miles de controles. Si quieres salir por el paso de Erez, necesitas el permiso de Israel; por Rafah, el de Egipto. Y, en ambos casos, tienes que obtener también el permiso de Hamás.
De todos modos, lo más difícil es no saber cuándo —o si— vas a poder volver. Las fronteras pueden cerrarse en cualquier momento, y esto hace que, para una estudiante, volver a casa a mitad de la carrera sea un riesgo, pues podrías quedarte bloqueada y no poder terminarla. Así que, en cuanto salí de Gaza, supe que aquel era un punto de inflexión.
Iba a pasar algún tiempo hasta que la volviera a ver.
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Hasta ese momento, mi vida parecía haber fluido de forma bastante orgánica, pasando de una etapa a otra tras haberlas completado con éxito. Pero tres años después de haberme marchado de Gaza, a punto de graduarme, empecé a preguntarme: ¿y ahora qué? ¿Sería mejor huir de la realidad y retrasar mi vida adulta un poco más haciendo un máster? ¿O debería ponerme a buscar trabajo y empezar mi carrera profesional? ¿Sería mejor quedarse en Chipre? ¿O debería volver a casa?
Estudiar en el extranjero me había hecho ver lo poco que en el mundo exterior se sabe sobre nuestra relativamente pequeña parte de Palestina. Lo que sí sabía es que quería enseñarle al mundo la belleza de Gaza, un lugar tremendamente desconocido y a menudo ignorado, o desdeñado como poco más que una «zona de conflicto». Creo que, en el fondo, siempre supe que este era el camino correcto. Así que decidí ir en pos de lo que siempre había soñado, volver a casa y darle un uso práctico a mi titulación en periodismo y new media. Metí los tres años de mi vida en Chipre en cajas y emprendí camino, decidida a enseñarle Gaza al mundo a través de mis ojos.
Imposible imaginar entonces la versión de Gaza que iba a acabar siendo.
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Volví a casa, y mi primer empleo fue como editora de una agencia de noticias local. Creo que estuve allí menos de tres semanas, lo que tardé en darme cuenta de que aquello no era lo que quería hacer cada día. ¿Ocho horas sentada en una oficina, trabajando tras de una pantalla? No es lo mío.
Después me inscribí en un programa de capacitación de tres meses en Press House-Palestine, una organización independiente sin ánimo de lucro de medios de comunicación que defiende la libertad de expresión y opinión, y brinda protección legal a periodistas en la Franja de Gaza. Pero el programa seguía sin ser del todo lo que quería. Lo mismo: no soportaba estar todo el día allí sentada en un escritorio, editando las noticias desde bastidores. Lo intenté durante tres meses, pero tenía claro que no era lo que quería hacer. Dentro de mí había algo más, y sentía que el trabajo estaba matando poco a poco cualquier talento que pudiera poseer. Así que, al final, abordé al director de Press House, Belal Jadallah, con una idea.
A Belal Jadallah se le conocía como el padrino del periodismo en la Franja de Gaza. Había sido director de medios y relaciones internacionales de la Autoridad Nacional Palestina cuando estaba a principios de la veintena, y después director del Centro Palestino Independiente de Servicios de Medios entre 2006 y 2013. Su experiencia en el campo era verdaderamente excepcional y tenía reputación de que, cuando veía a alguien con potencial, lo acogía bajo su protección. Cuando comencé en Press House, no tardé en darme cuenta de que lo que la gente decía sobre él era cierto.
Belal era un tipo increíble, muy abierto y cercano. Cuando le sugerí que Press House debía tener un equipo de redes sociales, me escuchó. Le conté todas las ideas que tenía en mente e, inmediatamente, se mostró entusiasmado. A partir de entonces, un colega —Hatem Rawagh— y yo nos hicimos cargo de la iniciativa. Nuestro trabajo dio unos resultados excepcionales; el engagement se disparó, el número de seguidores aumentó exponencialmente y bastantes de nuestros reels de Instagram alcanzaron el millón de visionados. Estaba disfrutando mucho y a la vez teniendo la sensación de que por fin estaba haciendo algo importante. Y esa sensación se hizo más intensa poco después, cuando me hice cargo del English Media Club, un programa en el que impartía talleres para distintos grupos de Press House. Algunas de las personas que asistían a ellos eran mucho mayores que yo, pero se interesaban, les gustaban mis métodos de enseñanza y seguían viniendo al taller los cinco meses completos.
En mi tiempo libre acompañaba a mi antigua profesora, Rawan al-Sorani, cuando filmaba y entrevistaba a gente en el estudio o por la calle. Ya no era su alumna, así que pudo abrirse y confesarme algunos secretos. Un día, me contó que nunca le había gustado especialmente la docencia y que su sueño era trabajar como periodista y reportera sobre el terreno a tiempo completo. Lo que hacía difícil esto, me dijo, era que a los medios internacionales solo les interesan las noticias sobre Gaza cuando se produce una Agresión israelí. Parecería que los ojos y oídos del mundo no están interesados en la vida palestina, solo en su muerte.
Este hecho me frustraba. Me enfurecía, incluso. ¿Por qué el mundo debía saber de nosotros solo cuando hay bombardeos? Yo quería (y así sigue siendo) que el mundo conociera nuestras vidas, no solo nuestras muertes. Odio que, cuando buscas «Gaza» en Google, lo único que encuentres sean imágenes de destrucción; creo que fue eso, en última instancia, lo que me hizo dejar Press House. No es que no me gustara el trabajo, sino que sabía que yo podía hacer más cosas, quería mostrarle al mundo mi hogar tal como yo lo conocía y, para hacerlo, necesitaba tener más experiencias vitales, experiencias vitales diversas. Así que, solo unos meses después, empecé a trabajar en Recursos Humanos en una agencia llamada StepUp, solo por probar un nuevo reto.
Resultó que entrevistar a la gente era lo mío. Me encantaba. Finalmente, nueve meses después de graduarme, empecé a tener la sensación de que estaba entendiendo por dónde tenía que ir mi vida. Empecé a recuperar mi vida social y casi todos los días daba clases particulares a una alumna de quinto de primaria llamada Leen. Lo hice durante meses y jamás tuve la sensación de que fuera un trabajo; era más bien como estar con una hermana pequeña.
Durante esa época, un día normal de mi vida consistía en levantarme temprano (cosa que odio; no soy una persona madrugadora), ir al trabajo y, después, ir a ver a mi madre en su colegio. Luego le daba clases particulares a Leen, que era algo realmente muy divertido; me contaba historias que eran más útiles que las cosas que estudiábamos. Después de todo eso, llegaba a casa, comía y me daba una ducha, y a veces echaba una siesta o iba al Café Q con mis amistades. Por las noches, me quedaba en casa tomando té con mi madre viendo la tele.
Los fines de semana empezaban los jueves por la noche, con Dana, en un restaurante llamado Roots. Desde que volví de Chipre, se había convertido en una especie de tradición, y solo llegar hasta nuestra mesa suponía media hora de ir saludando a todos nuestros conocidos. Los viernes eran unos maravillosos días familiares, los pasábamos desayunando o comiendo juntos y, a veces, saliendo por la noche. Los sábados me traían mi momento cómico de la semana: partido de tenis con mi amiga Yara y mi hermana Judy. Nuestras habilidades eran tan hilarantes que a veces el profesor de tenis nos cancelaba las clases, convencido de que no teníamos solución; pero, para nosotras, la diversión estaba en la camaradería y las risas, no en dominar el juego como unas maestras. No hace falta ser una experta en algo para disfrutarlo, siempre y cuando estés con la gente adecuada.
Me gusta mucho más la versión de mí misma que soy en Gaza que la que era en Chipre. En casa, siento que tengo un propósito, un sentido de comunidad. Fuera de Gaza, me siento como una persona cualquiera que lleva una vida anodina. En casa, me siento viva. En ese momento solo me faltaba una cosa: no había cumplido mi deseo de mostrarle Gaza al mundo a través de mi mirada. Pero también pensaba: Gaza no va a desaparecer. Creía que tenía todo el tiempo del mundo. No tenía ni idea.
En esa época era tan solo una ambiciosa recién graduada, llevando una vida de lo más normal en su país, aunque siempre bajo la amenaza de un asedio constante.
Esto es, hasta el 7 de octubre de 2023.
Publicado por Debate, 2025

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