Anda, libro que naciste mudo,
y dile a quien me cantara una vez la balada de Lawes:
de ostentar tanta música
como historias,
entonces tendrías razones para perdonar
incluso esas faltas que se agolpan pesadamente sobre mí
y construir una gloria perdurable.
A esa que siembra
semejante tesoro en el aire
dile que nada le impaciente, salvo el que su gracia brinde
vida al presente.
Me gustaría demandarle un pasar
como el que las rosas buscan, recostadas en ámbar mágico,
rojo recargado con naranja, siendo todo
una misma sustancia y un mismo color
en pugna contra el tiempo.
Dile a esa que marcha
con una canción en los labios
pero que no puede cantarla ni conoce
a su autor, que otra boca
ojalá tan deliciosa como la suya
podrá, en tiempos futuros, conseguir nuevos devotos,
cuando nuestros polvos yazgan junto a Waller
escudriñando y escudriñado en el olvido,
hasta que el cambio haya derribado
todas las cosas, salvo la belleza.
en Cántico del sol, edición y traducción de Armando Roa Vial.
Descontexto Editores, 2025

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