El caótico final de la dominación colonial británica en 1947 supuso la división del subcontinente en la nación de Pakistán, de población mayoritariamente musulmana, y la India, de mayoría hindú. Pakistán estaba, además, dividido en dos territorios en lados opuestos del subcontinente, y Pakistán Oriental se situaba en parte del antiguo estado de Bengala, ferozmente individualista.
Pakistán Occidental, el centro administrativo y económico de este país dividido, discriminaba a la parte oriental del país, mucho más empobrecida; no le aportaba fondos para su desarrollo, despreciaba sus procesos políticos y jurídicos e intentaba acabar con las vibrantes lengua y literatura bengalíes. En marzo de 1971 el territorio declaró unilateralmente su independencia y adoptó el nombre de Bangladesh.
A esto siguió una guerra civil entre los insurgentes bengalíes y el Ejército de Pakistán Occidental, que no dudó en recurrir al genocidio. Esta fue solo una de las múltiples desgracias que asolaron Bangladesh. Habiendo sido duramente golpeada por el ciclón Bhola unos meses atrás, estaba ahora siendo azotada por lluvias torrenciales e inundaciones apocalípticas. Había millones de refugiados aterrorizados atrapados en el fuego cruzado de las armas y los elementos, y el hambre y las enfermedades, incluido el cólera, eran omnipresentes.
Por aquel entonces George estaba en Los Ángeles con Ravi Shankar, ultimando la banda sonora de Raga, la varias veces interrumpida película sobre la vida y la música de Shankar. Esto lo acercó a los horrores que se estaban produciendo en Bangladesh, pues Shankar procedía de una familia de brahmanes bengalí y había perdido a varios de sus parientes.
Shankar había pensado en organizar un concierto benéfico con su propio conjunto indio y su antiguo alumno de sitar, pero no quería que George sintiera que se aprovechaba de su amistad al sugerirlo. Él, sin embargo, se mostró encantado ante la oportunidad de devolver algo al subcontinente y apoyar al hombre que más estimaba en el mundo.
También podría ejercer su nueva libertad para adoptar una postura pública sobre una cuestión moral, algo que nunca había podido hacer como Beatle.
Le propuso hacer un concierto en el que se combinara la música oriental de Shankar con la suya occidental, algo que rara vez se había hecho antes.
Convencería, además, a algunos de sus amigos superestrellas para que tocaran con fines benéficos. Era obvio que el lugar ideal para un acontecimiento de tal envergadura era el Madison Square Garden de Nueva York, con capacidad para 20.000 espectadores. Pero la única fecha disponible era el domingo 1 de agosto, y solo quedaban cinco semanas.
A pesar de este plazo tan desesperadamente ajustado, el proyecto se fue ampliando mucho más allá de un solo concierto. Para complementar la venta de entradas, con la que George esperaba recaudar unos 25.000 dólares, se produciría un triple álbum en directo y una película. También compondría y coproduciría (con Phil Spector) un single destinado tanto a publicitar el concierto como a sensibilizar a la opinión pública internacional sobre la situación de Bangladesh.
Su antigua asistente personal, Chris O’Dell, que había vuelto a Estados Unidos, trabajó en el concierto, mientras que su viejo aliado Neil Aspinall, que había sobrevivido a las purgas de Allen Klein en Apple, se ocupó de preparar el disco y la película. George fue quien se encargó personalmente de reclutar a famosos, pasando horas y horas al teléfono. «Nunca había montado un espectáculo así —recuerda Aspinall— . A mi modo de ver, le hizo falta armarse de humildad para llamar, pues estaba el riesgo evidente de rechazo.»
El single promocional, «Bangla Desh», una grafía alternativa común en la época, compartía el estilo de himno de «My Sweet Lord» y «All Things Must Pass». La letra apenas hacía justicia al tema: «Now won’t you give some bread? To get the starving fed?» (¿No darás un poco de pan para alimentar a los hambrientos?). Pero es probable que ninguna canción pudiera haberlo hecho. La cara B contenía «Deep Blue», tema que exploraba la muerte de su madre y la angustia que le producía verla desvanecerse, que añadía así un mayor peso emocional.
De algún modo, también encontró tiempo para producir una selección de temas de Ravi Shankar titulada Joi Bangla que incluía algunas de las canciones en bengalí que se habían censurado durante el régimen de Pakistán Occidental. Shankar, encantado, lo consideró «un milagro».
«Bangla Desh» alcanzó el número 10 en Gran Bretaña y el 13 en Estados Unidos. En el Village Voice, Don Heckman comparó favorablemente los actos de George con lo que estaban haciendo otros ex-Beatles en ese momento: «No tengo nada en contra del interminable viaje de John Lennon por su psique, ni contra la búsqueda de dulzura y luz de Paul McCartney, pero creo que me deben despertar sentimientos más fuertes los esfuerzos activos de George Harrison por hacer algo contra la miseria del mundo que le rodea».
A finales de julio, en las últimas páginas del The New York Times aparecía un modesto anuncio de una actuación de «George Harrison y amigos» en el Madison Square Garden la noche del 1 de agosto. No había mención de su propósito. Las entradas se agotaron tan rápido que se añadió un pase de tarde.
En una multitudinaria rueda de prensa, George puso nombre a esos «amigos»: Ringo Starr, Leon Russell, Billy Preston, Eric Clapton y Bob Dylan. A su lado se sentaba Allen Klein, que se había unido al proyecto para vivir por primera vez la experiencia de estar del lado de los buenos. Solo habían pasado cuatro meses desde la ruptura de los Beatles y el nombre de Ringo desató rumores de una posible reunión (sin Paul) sobre el escenario que ningún esfuerzo de George por desmentirlo logró disipar. Es cierto que John había accedido inicialmente, pero se había echado atrás al descubrir que la invitación no incluía a Yoko.
Uno de los reporteros preguntó a George, con cierta condescendencia, qué se sentía al ser «el número uno, la estrella». «Prefiero formar parte de una banda —contestó— . Pero tuvimos que hacerlo así para conseguir el dinero [para Bangladesh]. Me tuve que arriesgar y confiar en que mis amigos acudieran a mi ayuda».
En realidad, los dos primeros de estos amigos hicieron más bien lo contrario a ayudarle antes de finalmente subirse al escenario del Garden.
Eric Clapton se había cansado de Derek and the Dominos, como le pasaba con todas sus bandas, y había buscado refugio en su casa de Surrey con Alice Ormsby-Gore y su adicción a la heroína. La joven de diecinueve años ponía en peligro el buen nombre de su noble padre saliendo en busca de su dosis, que luego daba entera a Clapton mientras que ella buscaba su propioalivio bebiéndose dos botellas de vodka al día.
A pesar de lo que había sucedido con Pattie, George no concebía dejar a Clapton fuera del concierto. Durante toda una semana, le reservó billetes en sucesivos vuelos a Nueva York y tuvo limusinas esperándolo en el aeropuerto Kennedy. Pero fue en vano.
Muchos otros guitarristas solistas de primera fila esperaban para participar en el concierto y, finalmente, George invitó a Jesse Ed Davis, acompañante del músico de blues Taj Mahal. Pero cuando Terry Doran fue a casa de Clapton para anunciarle que sus servicios ya no eran necesarios, este insistió en que iría.
Como intentar pasar sus dosis diarias por la aduana estadounidense era demasiado arriesgado, George le tuvo que prometer que tendría lo que necesitaba en el hotel. Por desgracia, la heroína que le consiguió estaba mezclada con polvos de talco o leche en polvo y solo tenía un 10 por ciento de la potencia de a lo que su organismo estaba acostumbrado. Clapton pasó los tres días siguientes encerrado en su habitación con las palpitaciones y sudores propios de la abstinencia, mientras secuaces de Alice y George buscaban a un traficante cuya mercancía fuera lo suficientemente pura. Su estado era tal que apenas se dio cuenta de que Pattie había llegado a Nueva York para estar con George en su gran momento. Ella se mantuvo, sabiamente, alejada.
La participación de Bob Dylan en el concierto también parecía peligrar. La última vez que Dylan había tocado en directo en Nueva York fue en 1966, cuando los puristas del folk lo abuchearon por «pasarse a lo eléctrico», un recuerdo que todavía lo perseguía.
Una vuelta de reconocimiento al Madison Square Garden la noche anterior a los conciertos con George no hizo sino aumentar su inquietud. «[Dylan] miró todas las cámaras y las luces y el tamaño del lugar y dijo: 'No, viejo, esto no es lo mío' —recuerda George— . Le dije que tampoco lo mío: 'Es la primera vez que hago algo así yo solo. Tú al menos llevas años siendo solista'».
Cada uno de los dos espectáculos tuvo un público de 20.000 personas y lo recaudado con la venta de entradas ascendió a 250.000 dólares, diez veces más de lo que George esperaba. En los conciertos no se escucharon los gritos que tanto odiaba de su época de Beatle. El público de los dos conciertos los observó en un silencio apropiado a la gravedad de la causa que apoyaban y sus aplausos tenían un tono reverente; el público del primero de ellos incluso aplaudió cuando Ravi Shankar y sus músicos terminaron de afinar los instrumentos.
El propio George había sido presa del pánico escénico, sufrido vómitos y diarrea, y estuvo tentado de huir siguiendo los pasos de Dylan hasta justo antes del comienzo del concierto. Sin embargo, salió, con una Stratocaster blanca sobre su traje igualmente blanco. Su presencia adquirió algo casi de santo mientras actuaba con aplomo e interpretaba sus primeras versiones en directo de «Here Comes the Sun», «Something» y «Wah-Wah». Y, aunque el público nunca lo supo, en ese escenario se produjeron dos pequeños milagros.
Clapton había sido incapaz de asistir a un solo ensayo y, con una buena dosis de metadona en el cuerpo, el sustituto de la heroína, nadie esperaba que fuera a producir un solo acorde coherente. Pero cuando llegó el momento de «While My Guitar Gently Weeps», salió al frente del escenario y tocó un dúo con George tan mutuamente cálido como lo había sido su duelo de púas por Pattie en Friar Park.
En el orden de actuaciones pegado a la Strat de George había un «¿Bob?» para el que, hasta casi el último minuto, la respuesta parecía ser «no». De hecho, George se quedó tan sorprendido al ver a Dylan aparecer entre bastidores, con su guitarra y armónica preparados, que apenas pudo balbucear una presentación de «vuestro amigo y el mío».
Tal como se esperaba de él, Dylan hizo una interpretación soberbia de cinco canciones, entre ellas «A Hard Rain’s Gonna Fall» (ninguna sorpresa para cualquier bangladesí) y «Just Like A Woman», con George y Leon Russell a los coros y ninguna voz feminista que se alzase contra la frase «She breaks just like a little girl» (se rompe como una niña pequeña).
Rolling Stone describió los conciertos como un «breve y brillante resurgir de todo lo mejor de los años sesenta». Bob Woffinden, del New Musical Express, dijo que fueron «una declaración de fe» y que George había «vuelto a encarrilar el rock».
Ravi Shankar y sus músicos también recibieron el reconocimiento que se merecían. El Village Voice calificó a Shankar y a su distinguido intérprete de sarod, Ali Akbar Khan, como «una dupla tan especial como Dylan y Harrison».
«Y al día siguiente —declararía Shankar—, el mundo entero conocía el nombre de Bangladesh».
Los beneficios del Ravi Shankar/George Harrison Emergency Relief Fund derivados de los conciertos, el álbum en directo y la película, fueron gestionados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), un organismo neutral que no heriría sensibilidades políticas en la zona del desastre y era capaz de prestar ayuda donde más se necesitaba con la máxima eficacia.
Sin saberlo, George había hecho mucho más que aliviar una crisi humanitaria; había transformado la idea de que las estrellas del rock solo estaban motivadas por la codicia y el egoísmo y demostrado que una industria también podía ser una comunidad y tener la capacidad, si así lo decidía, de hacer el bien. En las décadas siguientes, Concert For Bangladesh serviría de modelo para eventos similares como Live Aid, No Nukes o Rock Against Racism, muchos de ellos más grandes, con más estrellas y de mayor recaudación, pero ninguno comparable.
[…]
George tenía pensado empezar a trabajar en la continuación de All Things Must Pass a principios de 1972. Pero no había contado con las prolongadas secuelas de Concert For Bangladesh, ni las formas en que demostraría que, incluso con las mejores intenciones, se pueden dar consecuencias negativas.
La primera y más grave se debió a la falta de experiencia de Allen Klein en este nuevo y extraño mundo de hacer cosas gratis. Klein no había registrado en Estados Unidos el proyecto de Bangladesh como organización benéfica exenta de impuestos antes de que echara a andar, como exigía la ley. En consecuencia, las autoridades fiscales estadounidenses se negaron a considerarla como tal y decretaron que entre 8 y 10 millones de dólares de los ingresos de la película y el triple álbum en directo se debían retener en depósito hasta que se resolviera el asunto (lo que no ocurriría hasta pasados unos diez años).
En Gran Bretaña, los corazones de las autoridades se mostraron igual de duros. George esperaba que el Gobierno renunciara a su elevado impuesto sobre el valor añadido para que el álbum fuera asequible para el público más amplio posible y así maximizar la ayuda a Bangladesh. Llevó su petición en persona al Ministerio del Tesoro, donde le trataron con divertida condescendencia. «Lo siento —le dijeron—, me parece estupendo que tenga tan elevado sentido moral, pero el país necesita dinero».
También hubo una disputa sobre en qué discográfica publicar el disco: Capitol/EMI, que distribuía los productos de Apple en Estados Unidos, o la discográfica de Bob Dylan, CBS, que alegaba su derecho por ser Dylan el cabeza de cartel. Capitol ganó, aunque tuvo que ceder a CBS los derechos de distribución nacional de cintas y la distribución de discos y cintas en el resto del mundo.
El álbum no se andaba con rodeos: en la portada mostraba a un niño bangladesí desnutrido sentado junto a un plato vacío. El departamento de Marketing de Capitol pensaba que la imagen era «demasiado deprimente», pero George les dijo que así tenía que ser, y se negó a que la suavizaran.
Los tres discos venían acompañados de un folleto de sesenta y cuatro páginas en el que se acusaba al ejército de Pakistán Occidental de haber creado «un reino de terror deliberado» contra la población bengalí de Pakistán Oriental, que calificaban como «la mayor atrocidad desde el exterminio de los judíos llevado a cabo por Hitler». La diferencia en el tono de aquel Beatle al que habían obligado a guardar silencio durante los peores años de la guerra de Vietnam era evidente.
La mayoría de las discográficas de los participantes se sumaron al espíritu caritativo y no cobraron honorarios ni porcentajes de los beneficios por las actuaciones de sus artistas. La única excepción fue la propia Capitol, tanto más sorprendente en cuanto a que su nuevo director ejecutivo, Bhaskar Menon, era la primera persona del subcontinente indio en alcanzar tales cotas en la industria y habría cabido esperar que sintiera una empatía especial por la causa de George.
Pero la empresa, que antes flotaba feliz en los mares de beneficios de los Beatles, estaba ahora inmersa en problemas financieros y Menon debía cambiar la situación por todos los medios necesarios. Es por eso que insistió en que debía obtener 25 céntimos por cada copia del álbum benéfico de George e incluso exigió a Apple que pagara a Capitol alrededor de medio millón de dólares en concepto de los elevados costes de embalaje.
George había hecho todo lo posible para que tanto el álbum como el documental salieran a la venta poco tiempo después de los conciertos. La música se había grabado a la perfección, pero las imágenes eran un desastre; una de las cámaras a un lado del escenario había estado desenfocada durante todo el espectáculo y la visión de otra la bloqueaban cables que colgaban. Esto obligó a George a pasar la mayor parte de septiembre en Nueva York con el director, Saul Swimmer, editando el metraje para disimular al máximo sus problemas. En las últimas fases contó también con la ayuda de Bob Dylan.
Las exigencias de Bhaskar Menon por minucias contractuales impidieron que el álbum se publicara a tiempo para el mercado navideño y empezaron a proliferar copias piratas. Capitol envió a las tiendas de discos carteles de auténtico mal gusto en los que se leía: «Salva a un niño hambriento: no compres una copia pirata».
George se vio finalmente obligado a desafiar públicamente a su propia discográfica desde el plató del Dick Cavett Show, donde se suponía que estaba promocionando el documental sobre Ravi Shankar, Raga, que por fin se había estrenado. Solo medio en broma, amenazó con dar el álbum a la CBS y retó a Menon a que lo demandara.
Esto aceleró su publicación a vísperas de 1972, con críticas que hicieron irrelevante su retraso de tres meses y su inoportuna fecha de llegada al mercado. La revista Circus no encontraba elogios suficientes para «una música que prácticamente salta y entra en tu vida». Rolling Stone lo describió como «el rock en busca de su madurez» y The Guardian como «el mayor acto de magnanimidad del rock». En cada crítica, parecía que la canonización de George era inminente. «Su propio comportamiento es una verdadera inspiración —escribió el crítico Jon Landau— . Concert For Bangladesh fue el momento de George. Fue él quien lo organizó y fue todo un éxito.» Incluso con el impuesto sobre el valor añadido británico, se vendió en enormes cantidades y en 1973 se hizo con el premio Grammy al mejor disco del año.
Más allá de la industria musical, el único reconocimiento público que recibió, junto con Ravi Shankar y Allen Klein, el coorganizador titular, fue el premio Child Is The Father Of The Man de UNICEF por su método «pionero de recaudación de fondos».
Esta poco común buena prensa para Klein pronto llegaría a su fin. La revista New York Magazine lo acusó de haberse embolsado 1,44 dólares por cada disco vendido y de formar parte de una lista de beneficiarios encubiertos en la que supuestamente también figuraban Dylan (25 céntimos por copia) y las discográficas y compositores (50 céntimos).
Klein negó tal apropiación indebida e incluso alegó que el disco le estaba costando dinero. Presentó una demanda contra la revista por 150 millones de dólares en concepto de daños y perjuicios. Pero, tras el estallido inicial de publicidad, retiró la demanda. Lo que no desapareció con tanta facilidad fue el chiste de la industria musical, que parafraseaba el jingle del dentífrico Pepsodent «You’ll wonder where the yellow went» (Te preguntarás qué ha pasado con el amarillo): «You’ll wonder where the money went/When Klein runs a charity event» (Te preguntarás qué ha pasado con el dinero/Cuando Klein organice un acto benéfico).
en George Harrison: Beatle a su pesar, 2024

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