martes, febrero 03, 2026

«A quien corresponda», de Martín Caparrós

Fragmento inicial




La muerte salió por todos los canales. La muerte irrumpió como irrumpen esas cosas, en el noticiero de las ocho de la noche, sin el menor aviso, con la confianza de los que saben sus derechos; es cierto que no fue el título principal porque esa tarde el presidente había firmado un convenio para subir un cuatro coma siete los haberes de los jubilados, pero aun así la muerte apareció antes que dos asaltos a mano armada con heridos, la venta de un marcador de punta del equipo campeón, una bomba con docenas de víctimas en algún rincón de Medio Oriente, el fracaso de otra vacuna contra el sida.

  El padre Augusto Fiorello nunca habría esperado tanta difusión: si alguna vez hubiese discutido con alguien los detalles de su muerte —y si ese alguien no hubiera sido su confesor, el obispo Mallea, ante quien sus relatos, codificados por siglos de fórmulas cristianas, incluían los detalles más intestinos de su vida narrados sin pasión, como si le hubiesen sucedido a otra persona—, seguramente se habría contentado con exponer sus esperanzas de una agonía serena que le permitiera confesarse por última vez, recibir los óleos finales y morirse en la paz del Señor. Si acaso, si el padre Augusto hubiera tenido con quién mantener una charla de ese tenor, si la charla hubiese sido inusualmente franca o demasiado regada por uno de esos vinos pateros de la Colonia que el padre festejaba, habría hablado de su miedo a no morir con la dignidad cristiana que tantos años de sacerdocio le imponían: su miedo de que todos esos años de preparación no le sirvieran para morir como debía; en cuyo caso —callaría— algo radical habría fallado. O quizás, incluso, en el extremo del vino o de la intimidad, el padre Augusto habría hablado de todas esas muertes que su práctica le obligó a presenciar. Habría dicho que muchas veces se sintió inútil frente a moribundos a los que no pudo confortar con sus rezos, sus manos, sus promesas; no habría dado detalles, pero habría hablado de un hombre que gritaba que no lo dejara solo, que lo dejaran solo de una vez, que tenía miedo de quedarse solo, y de cómo él le dijo varias veces que el Señor nunca lo dejaría solo, que al contrario lo estaba esperando, que junto a Él jamás estaría solo, pero que el hombre gritaba más y más y que en sus gritos había cada vez menos palabras, más espanto. Y se habría asustado ante la aparición de esa escenografía que, incluso en su mente, mientras contaba aquellos hechos —obviando su escenario—, habría modificado para hacer tolerable: otro recuerdo que prefería no recordar. O, para cambiar rápidamente de lugar, habría hablado de aquella mujer que lo miraba en silencio, llena de odio, como si fuera él quien la estaba matando y le estrujaba la mano y al final le preguntó si realmente Dios tenía que hacerle esto. O de ese chico de quince o dieciséis que se moría sin entender qué le pasaba y cómo él, el padre Augusto, tuvo un momento de duda y de zozobra que le hizo volver a esa mujer: si realmente tenía que hacerle esto. No era una conversación fácil: si el padre Augusto la hubiera mantenido se habría dicho que hablaba de más. Y, aun así, seguro que se habría guardado tantas cosas.

  En cualquier caso, el padre Augusto jamás habría podido imaginar que esa muerte que tal vez discutió —que tal vez no— pudiera llegar a ser tan pública.




Publicado por Anagrama, 2008





Fotografía original de Claudio Álvarez






















No hay comentarios.: