Efímeras son las palabras dichas, por lo que la poesía es, en cierto modo una encarnación. Virgen de Guadalupe que a primera vista es el nombre de las infinitas estatuas de una misma adoración, aparece desde sus primeras líneas como inmersión. Los pliegues secretos de las vestiduras son alegoría de un intento de nombrar en carne –más que en hueso– el enlace con eso otro. Por esa vía, el «tú» que por momentos es la voz misma del poeta, se posiciona en un ir y venir de la emanación de la voz: nexo entre lo amado y el amor absoluto e inasible. Y la fuerza de «reflejos dorados me sacaban de mis casillas» p. 30 es la voz del poeta que rompe también el lenguaje cuando por momentos el sujeto da saltos del uno al todo y del todo a la subjetividad íntima.
Comenzando por la unidad fálica del río, la evocación de la sensualidad carnal, es una de las presencias del agua en el poemario, las otras son el mar, la piscina estancada o el lago protegido, forma final de la potencia del deseo. Las transformaciones sucesivas en Virgen de Guadalupe tienen resonancia en algunas invenciones, como el verbo «subxiste» resultado del desliz entre el universo inexistente y ansiado hacia el recreado y poético.
Mi amigo Roger Santivañez me pidió que comentara su libro en diez líneas, pero como creo haber transgredido esa consigna, me tomo la licencia de formular un par de asociaciones a riesgo de que parezcan subjetivas: la «sustitución del mimbre por el miembro» es frase evocadora del gran asiento de mimbre –de moda en algunas tapas de discos de fines de los 60– pero también es referencia al afiche de Emanuelle película y saga coetáneas de las protestas sociales y culturales de mayo del 68 en París, de cuya repercusión en el mundo el autor se reivindica heredero.
Retornar al agua en un inevitable estar a la deriva se vuelve en el libro un volver al recíproco naufragio, naufragio como condición del encuentro amoroso cuya aspiración de fundirse en la divinidad, en igualdad carnal, es elevación no recíproca y asimétrica, pero alcanzada... después del vuelo, el retorno, al ineludible quehacer en un reiterado ir y venir que más que aleteo, es péndulo generador de imágenes, cuyo impulso radica en la necesidad inalterable de traducir sobre el cuaderno lo sagrado. Profanación contrita o sacralización de lo prosaico hasta casi renegar del «azul con que escribo».
Y ya que «Chapotean las bellezas, semejan los amores extraviados» el milagro es posible cuando alguno de esos amores se banaliza y «esta orilla tiene tu fulgor de Virgen» ilustra bien que lo latente es tan táctil que hasta se toca y palpita en el poema.
Para vencer a la muerte, el amor es perpetrado, cometido, consumado con la poesía como elevación y búsqueda, pero también como batalla existencial. Es cierto que la Virgen de Guadalupe es mexicana, pero ninguna referencia es más potente hoy entre los millones de latinos residentes en EEUU –de que Roger Santivañez es representativo– que ese ícono multitudinario. La impávida calma serena de la Virgen de Guadalupe juega como punto de convergencia para la plegaria colectiva. La escritura de estos poemas reivindica una identidad amenazada, pero también abre caminos cuando, desde la tercera persona singular, se da naturalmente el salto a la primera del plural, obligatorio y necesario. Y en esa construcción, el poeta que se topó con «la infinita tristeza de vivir» perpetúa la expulsión primigenia del paraíso y se confronta con la tarea de comenzar desde el recóndito deseo, frente a la imagen inamovible del ícono. En ese sentido, la propuesta del libro es el re-set de un culto popular que, vuelto poema revendida la necesidad de una rebeldía reveladora de su propia fortaleza.
Si bien no es de mi gusto el «cálatos» me pregunto si decirlo de otra manera no sería perder la ocasión de subrayar la peruanidad profunda de su autor. De la misma manera, el hambre de las gaviotas devuelve al sujeto a la frágil condición de quien duda de «este cuaderno» despojándolo incluso de la gracia (divina) que lo precedió. Por lo que se encomienda al tú tumultuoso que nombra «floresta» entre «deshechos alhelíes» como imperativo de entrega reiterada, no importando si el encuentro es posible. La superposición de lo banal con lo culto acentúa además la adversidad cuando por ejemplo en la aliteración de «fanales que afanan» el animal urbano y coloquial se debate entre el estar y el ser: la referencia a dichas plantas es evocador de lo que en la mitología griega simbolizaba también la muerte y el más allá. Como si al ser nuevamente arrojado al mundo se tuvieran todas las de perder, a menos que no se abrigue la certeza de una flor que renace como victoria y como el canto, que para el poeta es la forma suprema del amor.
El milagro segundo en Virgen de Guadalupe (que no se nombra como tal) está en el poema que surge con la mecánica aprendida de la experiencia anterior «tarde abolida o detritus de la canción que perdí ayer» como si la voz dijera «porque la perdí, vuelvo al jardín y al comienzo... despojado de melodía, en una suerte de a capella» (las comillas las puse, no son cita). En este caso, lo material, el cuerpo físico, se inmoviliza en la percepción de «esta página» o «la canción que aquí te toco». Con lo cual la vuelta al deleite salvador se impone como necesidad de hallar el espejo verbal de lo carnal (ya no en el mar, sino en la piscina –agua inmovilista–) «con el oratorio de esta fantasía». Y cuando aparece el «gozne» en lugar de su sinónimo «bisagra» nos invita a una subjetiva e hipotética formulación en que el fonema «n» se mantiene en equilibrio o es puente de la confrontación entre dos mundos, volver a los opuestos es necesario para el «encuentro fronterizo semejante al vértigo» generador de «goce». La delgada fantasía de la amada, como bálsamo sanador de la soledad intra-muros, devuelve al sujeto a la plegaria «vuélveme a sonreír piadosa alucinación» arrastrada por la bahía de Lima hasta su norte natal, en el canto de la chiroca.
Y el milagro tercero que tampoco se llama así, es un tercer poema, dedicado esta vez al poeta Javier Sologuren, importante figura de los años 50, a quien Santivañez rinde homenaje en un estilo pulido que rememora lo importante que es el peso del silencio y la idea de la pureza.
La caída de la tarde en Gardesana, como en los poemas anteriores, no es el final del día sino la permisión del amor nuevamente, tan carnal como soñado. Y el poema y el libro terminan con la magia como recompensa, la Gardesana que es gentilicio de los habitantes del Lago de Garda en Italia sería, en esta modesta lectura, una referencia a la guardiana innombrable de esas aguas que el poeta venera, por tratarse del ente dinámico que perpetúa el don, surtidor de los deseos y del secreto de la curación de los males.

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