La tempestad es negra, el viento es negro,
el huracán fascista desgaja las puertas, madres de América;
son los tigres de la jungla,
las serpientes arrastrándose entre ciudades floridas,
es una lágrima azul de ardida pólvora.
Pongamos los fusiles en el hombro de nuestros hombres,
defendamos los hijos acaecidos como rosas rojas o amapolas,
defendamos el pan y la leche para sus vidas sin defensa.
Ya se ha enrojecido el diamante de nuestro pecho
y el azahar de las entrañas,
por eso llevamos en el cristal del espíritu un puñal escondido.
En los trigales de la democracia
arde el copihue del heroísmo y el estruendo victorioso
de los tambores americanos,
levantémonos junto a la epopeya de las multitudes
mezcladas al clamor de los hambrientos de libertad,
frente a la presencia traidora del fascio.
Llamemos a las puertas de las casas
temblando en las calles como naranjos mojados
como huertas inundadas de miedo en la oscuridad.
Habremos abrazado la tierra,
madres del mundo,
madres del trópico, del Sur, de la pampa sonora,
con el anillo sin medida de nuestra desesperación. en Oniromancia, Editorial Multitud, 1943

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