viernes, diciembre 06, 2019

“Recuerdos de la Guerra Civil española”, de George Orwell





I

Antes que nada, los recuerdos físicos, los sonidos, los olores, las superficies de las cosas. Es curioso, pero recuerdo con más vivacidad que todo lo que sucedió más adelante, en plena Guerra Civil española, la semana del campamento donde nos adiestraron antes de enviarnos al frente: los enormes barracones de caballería en Barcelona, con los establos en los que soplaba siempre la corriente, los patios adoquinados, el frío helador de la bomba de agua con que nos aseábamos, las comidas asquerosas, tolerables si acaso gracias a los odres de vino, las milicianas en pantalones que cortaban la leña, y el momento en que se pasaba lista a primera hora de la mañana, en el que mi prosaico nombre inglés constituía un cómico entreacto entre los resonantes nombres de los españoles: Manuel González, Pedro Aguilar, Ramón Fonollosa, Roque Ballester, Jaime Domenech, Sebastián Viltrón, Ramón Nuvo Bosch. Menciono éstos en concreto porque recuerdo las caras de todos ellos. Con la excepción de uno o dos, que eran gentuza y a estas alturas sin duda se habrán convertido en falangistas, es probable que todos hayan muerto. De dos, lo sé con certeza. El mayor tendría unos veinticinco años; el más joven, dieciséis.

Una de las experiencias esenciales de la guerra es la absoluta imposibilidad de huir de los repugnantes olores de origen humano. Las letrinas son un tema del que se ha abusado en la literatura bélica, y no las sacaría a colación ahora si no fuera porque las de nuestros barracones cumplieron un pequeño papel, de bastante peso, a la hora de desinflar el globo de mis ilusiones en torno a la Guerra Civil española. El tipo de letrinas característico de los países latinos, en las que hay que acuclillarse, es ya pésimo en el mejor de los casos, pero es que éstas estaban hechas de una suerte de piedra pulida, tan resbaladiza que a duras penas podía uno mantenerse el equilibrio. Para colmo, estaban siempre atascadas. Ahora almaceno en la memoria muchas otras cosas repugnantes, pero creo que fueron aquellas letrinas lo que por vez primera me condujo a un pensamiento que luego sería recurrente: “Aquí estamos, soldados de un ejército revolucionario que defiende la democracia frente al fascismo, combatientes en una guerra que trata de algo muy concreto, y los detalles de nuestras vidas son tan sórdidos y degradantes como podrían serlo en la cárcel, y qué decir en un ejército burgués”. Más adelante fueron muchas más las cosas que reforzaron esta impresión; por ejemplo, el tedio y el hambre animal de la vida en la trinchera, las mezquinas intrigas por unas míseras migajas que llevarse a la boca, las patéticas y enzarzadas trifulcas a las que se entregaban unas personas agotadas por la falta de sueño.

El horror esencial de la vida militar (todo el que haya sido soldado sabe de sobra a qué me refiero cuando digo “el horror esencial de la vida militar”) apenas se resiente ni varía según sea la naturaleza de la guerra en la que uno ha ido a luchar. La disciplina, por ejemplo, es, en definitiva, idéntica en todos los ejércitos. Hay que obedecer las órdenes, cuyo estricto cumplimiento se refuerza mediante el castigo si es necesario; las relaciones entre oficial y soldado raso han de ser las relaciones entre superior e inferior. El retrato de la guerra que se plasma en libros como Sin novedad en el frente es sustancialmente veraz. Los balazos duelen, los cadáveres apestan, los hombres bajo un fuego graneado pasan tanto miedo que a menudo se mean en los pantalones. Es verdad que el trasfondo social del que se nutre un ejército da una determinada coloración a su adiestramiento, su táctica e, incluso, a su eficacia; también lo es que la conciencia de tener la razón puede reforzar la moral de los hombres, aunque esto por lo común afecte más a la población civil que a la tropa. (Se tiende a olvidar que un soldado cerca de la línea del frente suele pasar demasiada hambre, o demasiado miedo, o demasiado frío, o, sobre todo, demasiadas fatigas, para que le importen las causas políticas que hayan originado la guerra).

Ahora bien, las leyes de la naturaleza son las mismas para un ejército “rojo” que para uno “blanco”. Un piojo es un piojo y una bomba es una bomba, por más que la causa por la que uno lucha sea la justa.

¿Por qué vale la pena señalar algo tan obvio? Porque el grueso de la intelectualidad británica y norteamericana no tuvo constancia manifiesta de ello, en aquel entonces, como tampoco la tiene ahora. Hoy en día, nuestra memoria es de corto alcance, pero basta con retrotraerse un poco al pasado, hojear en la hemeroteca los números atrasados de New Masses o del Daily Worker, y echar un vistazo a las patrañas romanticoides y belicosas que los izquierdistas esparcían por entonces sin ton ni son. ¡Las mismas frases anquilosadas de siempre! ¡Qué insensibilidad, qué falta de imaginación! ¡Y la sangre fría con que Londres contempló los bombardeos de Madrid! Aquí ni siquiera me preocupan un instante los contrapropagandistas de la derecha, los Lunn, Garvin et hoc genus; esos se dan por supuesto, ya se sabe. Pero es que allí estaban los mismos que durante veinte años habían vociferado contra la “Gloria” de la guerra y se habían mofado de esa idea, de los relatos de las atrocidades, del patriotismo, incluso de la valentía física: al cabo de un tiempo se sacaron de la manga escritos que, cambiando unos pocos nombres, habrían encajado a la perfección en las páginas del Daily Mail de 1918.

Si hubo una sola cosa con la que estuvo comprometida la intelectualidad británica, fue la denigrante desfiguración de la guerra, la teoría de que la guerra no es más que un amasijo de cadáveres, de letrinas, y que nunca sale nada bueno de ella. Bien, pues los mismos que en 1933 se burlaban con todo su desprecio de quien afirmaba que en determinadas circunstancias no dudaría en luchar por su país, en 1937 lo denunciaban por trotskista fascista, por sugerir que los relatos que aparecían en New Masses acerca de hombres recién heridos en combate, que se mostraban, además, ansiosos de volver al frente, podrían ser mera exageración. Y la intelectualidad izquierdista realizó a su debido tiempo un movimiento pendular, pasando de “la guerra es el infierno” a “la guerra es gloriosa”, sin la menor percepción de su incongruencia y prácticamente de un día para otro. Más tarde, casi todos realizarían otras transiciones no menos violentas. Tiene que haber un número considerable de personas, una especie de núcleo central de la intelectualidad, que dio el visto bueno a la declaración “por el rey y por la patria” en 1935, y que clamó por una “línea dura contra Alemania” en 1937, y que apoyó la Convención Popular en 1940, y hoy exige la formación de un segundo frente.

En lo que respecta a las masas populares, los extraordinarios movimientos pendulares de la opinión que hoy en día se producen, las emociones que se abren y cierran como si de grifos se tratara son resultado de la hipnosis a que las ha sometido la prensa y la radio. En el caso de la intelectualidad, yo más bien diría que son resultado del dinero y de la mera seguridad física en que viven. En cualquier momento pueden ser favorables o contrarios a la guerra, pero tanto en un caso como en otro carecen de una imagen realista de ésta. Cuando se mostraron entusiasmados por la guerra de España, los intelectuales sabían, por descontado, que allí se estaba matando a la gente, y que morir de ese modo es sumamente ingrato, a pesar de lo cual la sensación predominante era que, para un soldado del ejército republicano, la experiencia de la guerra de algún modo no podía ser degradante. De algún modo, las letrinas no hedían tanto, la disciplina no era tan irritante. Basta con echar un vistazo al New Statesman para ver que eso es justamente lo que creían. Exactamente las mismas baladronadas que ahora se escriben a propósito del Ejército Rojo. Nos hemos vuelto demasiado civilizados para captar lo más obvio. Y es que la verdad es muy sencilla. Para sobrevivir, a menudo hay que luchar, y para luchar uno tiene que ensuciarse. La guerra es perversa, es el mal, y a menudo, es un mal menor. Quien a hierro mata a hierro muere, y quien no empuña la espada muere a causa de una enfermedad maloliente. Que valga la pena poner por escrito semejante perogrullada demuestra qué nos han hecho todos estos años de capitalismo y de rentas.


II

En relación con lo que acabo de decir, vaya una simple nota al pie sobre la cuestión de las atrocidades. Son pocas las pruebas directas que tengo sobre las atrocidades cometidas en la Guerra Civil española. Sé que algunas las cometieron los republicanos, y que muchas más (que se siguen cometiendo ahora) son obra de los fascistas. Sin embargo, lo que me impresionó entonces, y lo que desde entonces no ha dejado de impresionarme, es que las atrocidades se crean o se desmientan única y exclusivamente según sea la inclinación política de cada cual. Todo el mundo cree a pie juntillas en las atrocidades del enemigo y descree de las atribuidas a su propio bando, sin tomarse jamás la molestia de examinar las pruebas a su alcance. Hace poco redacté un listado de las atrocidades cometidas en el periodo que va de 1918 a la actualidad, y jamás se ha dado un año en el que no se cometieran atrocidades en un lugar o en otro, al mismo tiempo que apenas existe un solo caso en el que la izquierda y la derecha crean simultáneamente en la veracidad de las mismas historias. Y más extraño aún es que en cualquier momento pueda la situación invertirse de repente, y que la atrocidad ayer demostrada con creces se torne una mentira ridícula tan sólo porque haya cambiado el panorama político.

En la presente guerra nos hallamos en una situación curiosa, y es que nuestra “campaña de atrocidades” se llevó a cabo, sobre todo, antes de la guerra y principalmente por parte de la izquierda, las personas que normalmente se enorgullecen de su descreimiento. En ese mismo periodo, la derecha -esto es, los autores de las atrocidades del periodo que va de 1914 a 1918- contemplaba la Alemania nazi y se negaba de plano a ver maldad en ella. Tan pronto estalló la guerra, fueron los pronazis de ayer los que repitieron hasta la saciedad las historias sobre los horrores de toda clase, al tiempo que los antinazis de pronto se encontraron dudando de que la Gestapo existiera realmente. Tampoco fue esto única y exclusivamente resultado del pacto ruso-germano. Fue debido, en parte, a que antes de la guerra la izquierda había creído erróneamente que Gran Bretaña y Alemania jamás llegarían a enfrentarse en un conflicto armado, y que eran, por tanto, capaces de ser simultáneamente antialemanes y antibritánicos; en parte, también fue debido a que la propaganda oficial de la guerra, con su nauseabunda hipocresía y sus pretensiones de rectitud moral, suele conseguir que las personas con dos dedos de frente terminen por simpatizar con el enemigo.

Parte del precio, que pagamos por las sistemáticas mentiras del periodo que va de 1914 a 1917 fue la exagerada reacción progermana que siguió. Durante el periodo 1918–1933, bastaba sugerir en los círculos de la izquierda que Alemania tenía siquiera una mínima fracción de responsabilidad por la guerra para ser abucheado. En todas las denuncias vertidas contra el Tratado de Versalles, todas las que yo escuché a lo largo de esos años, dudo mucho que se llegara a formular la pregunta: “¿Qué habría ocurrido si Alemania hubiera ganado la guerra?”. Y menos aún se llegó a debatir esta cuestión, por descontado. Lo mismo sucede con las atrocidades. La impresión que se tiene es que la verdad pasa a ser mera falacia en cuanto es el enemigo quien la expresa alto y claro. Hace poco he reparado en que las personas que se tragaron todos los horrores referidos a los japoneses en Nankín en 1937 se negaban a creer esas mismas historias referidas a Hong Kong en 1942. Se dio, incluso, una clara tendencia a pensar que las atrocidades de Nankín habían pasado a ser, por así decir, retrospectivamente falsas, pero sólo por la atención que les prestó el gobierno británico.

Por desgracia, la verdad acerca de las atrocidades es mucho peor que las mentiras que se cuentan acerca de ellas con fines propagandísticos. La verdad es que se han producido y se producen. Lo que a menudo se aduce como razón para justificar el escepticismo, a saber, que el hecho de que las mismas historias horripilantes se repitan guerra tras guerra las hace más verosímiles. Evidentemente, se trata de fantasías extendidísimas, y la guerra representa una gran oportunidad para ponerlas en práctica. Asimismo, aunque ya no esté de moda decirlo, poca duda puede haber de que los que podrían denominarse “blancos” cometen muchas más atrocidades, y mucho peores, que los “rojos”. No existe tampoco duda, por ejemplo, acerca del comportamiento de los japoneses en China. Tampoco, acerca de los ultrajes fascistas en Europa durante los últimos diez… El volumen de los testimonios es, sencillamente, enorme, y una proporción muy respetable de ellos proviene de la prensa y la radio alemanas. Estas cosas realmente han ocurrido: en eso hay que fijarse, y no perderlo de vista. Han ocurrido aun cuando diga lord Halifax que han ocurrido. Las violaciones y los asesinatos en las ciudades chinas, las torturas en las cárceles de la Gestapo, los ancianos profesores judíos arrojados a las fosas sépticas o el ametrallamiento sistemático de refugiados en las carreteras de España son sucesos que innegablemente se han producido, y que no han ocurrido en menor medida porque el Daily Telegraph haya tenido conocimiento de ello con cinco años de retraso.



en New Road, 1943

* La versión íntegra en Such, Such Were the Joys (Nueva York) y en England, Your England (Londres), recopilaciones póstumas de ensayos, ambas de 1953.












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