domingo, septiembre 08, 2019

«La música de ahora, con perdón, es una mierda». Entrevista a Camilo Sesto, de Amelia Castilla




(1946-2019)



Camilo Sesto ha decidido poner fin a 50 años de carrera musical con Camilo sinfónico. Con más de 40 producciones discográficas, varios discos de platino, cientos de composiciones y más de 180 millones de discos vendidos en todo el mundo, el rey del amor se reinventa por enésima vez. Desde 1975 vive en la misma casa, un chalé en una urbanización de lujo en las afueras de Madrid, con jardín, piscina y rejas en las ventanas. La adquirió después del éxito de Jesucristo Superstar, un musical que originó problemas con católicos exaltados y con el que demostró que su voz aguda era capaz de alcanzar cualquier registro. Desmontó también el mito del «Camilito guapo» con el que le tildaban algunos detractores. Cantante, compositor y productor musical, sus obras han cubierto géneros como la balada, el pop y el rock. «Algo de mí», lanzada como un single en 1970, se convirtió inmediatamente en número uno. Fue su primer éxito. Su capacidad creativa se reflejó durante las décadas de los setenta y los ochenta, en las que llegó a publicar un disco al año. El autor de «Vivir así es morir de amor» ha elegido la soledad, una soledad arropada por los recuerdos que desbordan paredes y estanterías de la sala, en la que los espejos multiplican como en un caleidoscopio las imágenes más significativas de su carrera. Gramolas, pinballs, fotografías familiares y diplomas escolares se mezclan con premios («tengo una habitación llena»), en un espacio en el que el tiempo parece haberse detenido. Flaco, pálido y frágil, Camilo Blanes (Alcoy, 1946) habla bajito y con voz entrecortada sobre su vida y su carrera: «El tiempo para mí no es problema, es como si me hubiera ido ayer por la tarde», cuenta en su casa. Sus canciones no han envejecido y es uno de los músicos que más recaudan por derechos de autor, pero del maestro de la interpretación, capaz de vivir sus composiciones intensamente con tonos desolados o festivos, solo queda la leyenda.


¿Le faltaba el acompañamiento orquestal para completar una vida de éxitos artísticos?
Era el momento ideal. Ya lo había hecho todo, pero no tenía un elepé sinfónico. Las canciones daban de sí para eso y mucho más. La idea surgió después de ver a Mónica Naranjo interpretando «Vivir así es morir de amor» acompañada de una orquesta en una gala de Antena 3.

Antes cantaba, componía y diseñaba hasta el mínimo detalle sus galas. Para esta grabación, Pepe Herrero ha desarrollado un laborioso trabajo a base de combinar las pistas vocales originales de su voz con la Orquesta Sinfónica de RTVE.
Pepe Herrero se ha metido dentro de mis canciones como si fueran suyas, de hecho está más orgulloso que si las hubiera hecho él. He asistido a las grabaciones de la orquesta, coordinado los arreglos y dado el visto bueno como músico a mis grandes temas. Ha bastado la noticia de la salida del disco para avivar nuevos rumores sobre mi carrera. Hay una demanda bestial de entradas, están anunciando actuaciones en páginas web falsas de Miami y nosotros desmintiendo sin parar.

Su canción «Vivir así es morir de amor» ha trascendido a tres generaciones y hoy día es una de las más solicitadas en los karaokes. ¿Por qué esa?
La grabé en 1978, imagine la cantidad de años que lleva siendo número uno. No sé por qué les ha dado por ahí. En su momento cada tema nuevo se convertía en un éxito, pero ese es especial. Mi hijo me contaba que la ponían en las discotecas y todo el mundo cantaba: «Y ya no puedo más». Y es que la gente no puede más con las cosas que le ocurren en la vida.

¿Qué debe tener una canción para que sea completa?
Muchos ingredientes, que abarque muchos gustos de las personas, que a quien no le entre una frase le cuadre la siguiente. En las emisoras de la cadena SER hasta ahora –y fíjese si han pasado años– tengo el récord mundial de números uno (a nivel global, 52). Madonna llegó a tener los mismos, pero no lo ha superado. Uno no puede saber si las canciones van a pegar.

La mayor parte de su repertorio musical lo componen temas relacionados con el amor y, sin embargo, no se le conocen aventuras sentimentales. ¿De dónde le venía la inspiración? 
Exprimiéndome y viendo todo lo que había a mi alrededor.

Su público, mayoritariamente femenino, se ha mantenido fiel a lo largo de tres generaciones. ¿Las mujeres verbalizamos mejor esos temas?
Pues últimamente me acompañan muchos hombres, sobre todo en América. Allí no me ven como rival, me sienten como un cómplice. Al principio no era así, pero poco a poco han ido llegando más hombres, yo diría que ahora el porcentaje es de 40% frente a 60%. Allí son muy lanzados, y como mis letras no están personalizadas, valen para ellas y para ellos. Los sentimientos no tienen género.

Las canciones de Camilo Sesto figuran, grabadas a fuego, en la memoria de varias generaciones de españoles, pero al otro lado del Atlántico sigue siendo hoy día un ídolo de masas; su música suena a diario y entre sus seguidores se encuentra un público muy joven. El Peñarol de Montevideo ha adoptado su Jamás como el himno del equipo de fútbol, y en el Estado de Nevada, en Estados Unidos, se celebra el 28 de mayo el Día de Camilo Sesto. Ha vivido en Los Ángeles y en Miami, y a lo largo de su carrera realizó innumerables giras de conciertos por toda Iberoamérica, pero también por Estados Unidos (Nueva York, California y Florida) y Japón.

Chile, Perú, Colombia, Puerto Rico, México, Estados Unidos e incluso Japón se han rendido a sus pies. ¿Siente que ha sido mejor público que el español?
No sé por qué me quieren tanto. Lo cierto es que hay un respeto brutal por mi música. En Japón me fijaba en la nuca del que trabajaba conmigo porque de cara los veía a todos iguales. Me decía: «Esta nuca es la que debo seguir para no perderme». Era una locura, a los niños les enseñaban español con mis canciones. No querían que cantara en inglés y yo decía: «Más fácil me lo ponéis». También en Bogotá, Guayaquil o en Nueva York la identificación con el público es total. No llegan a la locura colectiva, pero en el directo se desmadran, igual hombres que mujeres.

Durante su carrera tuvo que competir con géneros como el rock, el pop anglosajón, la música disco, el glam o el punk, y también con la movida… ¿Cómo afectaron a su carrera?
A mí no me afectaban. Fuera como fuera, la canción que sacaba se convertía en un éxito. Empecé siendo rockero y pensaban lanzarme por ese lado, pero cuando compuse «Algo de mí» y se editó como single, en 1970, fue directa al número uno. Aquello fue una sorpresa para todos. Me dije que por ahí iba el camino. Me sentía bien en ese papel melódico. Fue una canción que salió de paso. De pequeño cantaba en bodas, bautizos y banquetes, y lo mismo interpretaba «Cae la nieve en agosto y esta tarde no vendrás» que un rock. Estaba familiarizado con un repertorio variado. No fue complicado cambiar de registro.

Las primeras producciones de su música las llevó a cabo Juan Pardo, pero luego decidió tomar las riendas de sus composiciones. ¿Ya había aprendido suficiente?
Hice solo un disco y no fue completo. A mitad de la grabación me lo llevé a Ariola [la discográfica en la que fue el primer artista español], y cuando me preguntaron que quién me iba a producir, respondí que lo haría yo, que sabía lo suficiente, y, bueno, demostrado está. Entonces componía con un casete y una guitarra, todavía tengo uno viejo por ahí guardado. Cuando venía el arreglista y quería modificar algo, le decía: «Eso está muy bien, pero para otra canción». Estando en Londres, con uno de los arreglistas del Let It Be, de Los Beatles, protesté por algo que había cambiado y se lo enseñé al productor: «Así no va mi canción». Me fui adonde estaban los músicos e hicieron lo que yo quería. Les gustó el ritmo, y después de eso ya nadie se atrevió a contradecirme.

Frente a otros artistas de su época triunfal (décadas de los setenta y ochenta) como Raphael o Nino Bravo, usted, además de cantar, componía y producía. ¿Qué ventajas le ha reportado?
Yo me lo hacía todo, pero también he metido coros en mucha de la discografía de la época, desde «Borriquito como tú», de Peret, hasta las canciones de Marisol. Yo canto lo que siento, una canción de otro interpretada por mí no me causaba problema, pero mi repertorio era tan amplio que siempre había de dónde echar mano. Las mías, cuando lo pienso ahora, digo: «¡Qué loco!, ¡qué bruto!», porque más alto no se podía cantar [lanza un berrido], tres octavas o cuatro.

Fue pionero en la producción de musicales en España. En 1975 montó, financió y actuó en Jesucristo Superstar, donde representaba el papel estelar acompañado por Ángela Carrasco como María Magdalena y Teddy Bautista como Judas. ¿Qué recuerda de aquella producción?
Lo vi en Londres, la primera vez de pie porque no había entradas, y volví, y volví…, y cada vez que lo veía pensaba que lo tenían que ver los españoles, pero cantado por mí. La tesitura en el país en esos años no era buena, se veía como algo irreverente. Aquello agrandó mi carrera, venían autobuses de toda España a verla.

Fue precursor del éxito de los musicales en España.
La producción costó más de los 12 millones de pesetas que contó entonces la prensa, el triple diría yo. Continué haciendo mis galas y cuando tenía libre pasaba por Madrid y ensayaba. Me acuerdo de que el director, en una de las escenas, les decía a los actores: «Tocadlo, que no se va a morir, que os sienta», y es que parecía que tenían miedo. Al principio me quitaba la barba con una simple goma de borrar pero, durante los siete meses que duraron los ensayos, me afeitaba dos y tres veces al día para que me saliese suficiente pelo, era barbilampiño y lo sigo siendo, pero conseguí tener lo suficiente. Y sí, aquello cambió el respeto que la gente me tenía en el mundo entero.

Y se convirtió en Camilo Superstar.
Ese era uno de los nombres, me han llamado de todo: el rey del amor, la leyenda viva, el Frank Sinatra español. Pero antes de eso la gente se preguntaba: «¿Cómo Camilito, el guapete ese, va a cantar Jesucristo Superstar?

Suena un poco a envidia lo de guapete.
Sí, por eso decía que hubo un momento en el que de rival pasé a ser cómplice. Decidí hacerlo, fue un empeño personal, porque creía que era el que más lo sentía y sabía cómo cantarlo.

Durante 40 años se fue adaptando a los nuevos tiempos revisando sus canciones con nuevas instrumentaciones y ritmos más vivos. ¿Necesitaba también acompañar los cambios con el retoque físico de su rostro?
Los cambios no se notaron en mi fisonomía, la única novedad eran los cambios de vestuario, bastaba con mirar el armario y decidir lo que me ponía. Nunca me han gustado las estridencias. Como voy ahora, normal, era muy asequible.

¿Y los cambios físicos?
Tengo una cicatriz de aquí a aquí [se señala el estómago, fruto del trasplante de hígado], este pie que me han operado tres veces y sigue dando guerra, prótesis en las caderas…, como para pensar en cambiar algo de la cara.

¿No ha tenido esa tentación?
No, no he visto que tuviera necesidad. Pero la belleza física se apaga con los años. Ahí están los millones de fotos, qué necesidad tengo yo de ningún cambio de nada.

Hoy día sigue soltero y sin pareja conocida. ¿Cómo ha llegado a ser un soltero de oro?
Una vida así como la que yo he tenido, saltando de un lado a otro, no la aguanta cualquiera, y mucho menos una mujer: «Te veo a la vuelta, dentro de tres meses». No hubiera podido ser. Aparte, soy amigo de la soltería, no quería casarme ni cuando era pequeño; vivir sí, pero casarme no.

Pero tuvo un hijo.
Eso es otra cosa. Los hijos luego se hacen mayores y se van, y la otra sigue ahí. A mí el divorcio y esas cosas no me gustan, ni las peleas, ni las discusiones, nada de todo eso, soy una persona muy pacífica, muy tranquilita. Han aparecido muchos personajes, pero ninguno para hacerme cambiar esa idea.

De ser un ídolo indiscutible y un hiperactivo compositor pasó al encierro voluntario en su casa de Torrelodones. ¿Necesitaba desconectar de la vorágine de las giras mundiales?
Éramos una gran familia, ciento y la madre; me traje a mis padres [señala las alianzas de ambos en su dedo índice] y a mi hermana, chocabas por los pasillos, ahora chocas con las paredes. Tengo una soledad buscada y con la cual estoy a gusto. Cuando veo una manifestación en televisión siempre digo que ahí no me busquen. Me fui aislando; pasaba de cantar ante 100.000 personas a estar solo. Al principio me costaba, me decía: «Para eso tanto Camilo Sesto y tanto rollo». Pero con el tiempo dije: «Así es como quiero que sea: el escenario y una puerta atrás con el coche en marcha, y cuando todavía están pidiendo otra, yo ya estoy en el hotel. Si quiero que haya alguien allí, ya he avisado yo».

¿Se ha sentido asediado?
Sobre todo después de las primeras galas, especialmente esas que tuve que hacer al principio. En Colombia, por ejemplo, había que hacer por contrato unos shows gratuitos en sitios abiertos, la media torta lo llamaban, en medio de la montaña, ante miles de personas, podría haber 60.000, y sin salida posible. Me preguntaba: «Cuando esto acabe, ¿por dónde salgo yo?…». Y ya me ves a mí echando a correr calle abajo.

¿Eso puede ser muy agresivo?
Le puse la cruz y estuve 11 años sin ir a Bogotá. Hasta que hice cambiar el modelo: cantaría gratis, pero en un teatro. El Ministerio de Cultura lo aceptó, y así fue a partir de entonces y para todos los artistas.

Ahora casi todos los músicos firman sus canciones, pero prácticamente solo lo hacen para sí mismos. ¿La época de los grandes compositores, como Juan Carlos Calderón o Manuel Alejandro, parece definitivamente acabada?
Sí, pero ellos no cantaban. La mayoría no hacía todo lo que hacía yo. Solo me faltaba un quiosco para vender los discos. Ahí tengo un diploma: matrícula de honor a los 10 años en literatura, lengua y gramática, de algo me tenía que servir.

Prácticamente fue el descubridor de Miguel Bosé. ¿Qué vio en aquel joven de 23 años?
Lo descubrieron su padre, su madre y sus picassos, yo le empujé. En esa época, él estaba muy a lo suyo, era muy joven, no había encontrado su camino. Pasó un tiempo conmigo, pero sin ningún compromiso. Le había oído tararear y bailar. Me lo llevé a Londres y cuando iba a cantar le tuve que dar una copa de coñac porque temblaba todo. Era su primera vez en un gran estudio.

¿Cuál es su visión de la música actual? ¿Y de la forma de escucharla, con listas de reproducción en el móvil?
Bueno, ahora ponen una canción y ya no la escuchan más; la música de ahora, con perdón, es una mierda. A qué hora del día la escuchas para que te levante, te anime o te estimule. Pero bueno, yo a los jóvenes les digo que, si tienen éxito, que lo aprovechen, que eso no pasa todos los días. A mí me gustaba Antonio Molina desde que era pequeño, ese para mí sí era un gran cantante.

¿Qué música escucha en casa?
Rocío Dúrcal, cante lo que cante y haga lo que haga. Era especial. Coincidimos mucho en México. Cuando murió, dejé pasar mucho tiempo sin escucharla porque no podía. Me emocionaba. Era mi ídolo. La verdad, de lo que se hace ahora no escucho nada, aunque Mónica Naranjo es brutal.





en El País, 23 de diciembre, 2018




















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