Cuanto más viejo y más crezco en ignorancia,
cuanto más vivo, menos poseo y sobre menos reino.
Todo lo que tengo es un espacio a su vez
nevado como brillante, pero nunca habitado.
¿Dónde está aquel que da, el guía, el guardián?
Me quedo en mi habitación y al principio callo
(el silencio entra como un sirviente a poner un poco de orden)
y espero que una a una se alejen las mentiras:
¿qué queda? ¿que le queda a este moribundo
que le impide morir bien? ¿Qué fuerza
lo hace todavía hablar entre sus cuatro paredes?
¿Podría saberlo, yo, el inquieto, el ignorante?
Pero realmente lo siento hablar y su palabra
penetra con el día, aunque de manera muy vaga:
«Como el fuego, el amor establece su claridad
sólo en la culpa y la belleza de los bosques hechos ceniza...»
1956
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