viernes, septiembre 16, 2016

"El teatro no es para tontos". Entrevista a Luis Rivano, de Rocío Lineros




(1932-2016)


¿Demasiado duro? Nada comparado con el resto del balance que Luis Rivano hace de sus 25 años de teatro, en los que ha retratado el mundo marginal de prostitutas, criminales y artistas fracasados.

Luis Rivano viene llegando de un viaje a Nueva York. Se declara recuperado del infarto que hace algunos meses lo tuvo por las cuerdas y su hija cuenta que hasta llegó con un par de kilos de más. Pero una vez a solas, su palabra es otra: depresión. «Sí, depresión. Por este país», resume. «Pero hay que dar la pelea», añade entre suspiros. «¿Qué pelea? La de las letras».

Nacido en 1933, en una familia de clase obrera, autodidacto, Rivano debutó en las letras en 1965 con Esto no es el paraíso, novela que le valió su retiro de las filas de Carabineros de Chile después de 11 años de servicio. Luego instaló su negocio de libros usados en calle San Diego, por el que se ha hecho famoso. De sus años en la fuerza pública le queda el apodo: el «Paco» Rivano.

Con él ha firmado cada una de las trece obras que forman sus 25 años de teatro, desde la recordada Te llamabas Rosicler y la reciente y bien criticada Escucho discos de Al Jolson, mamá, actualmente en la cartelera del Teatro El Conventillo. Aunque no con la taquilla que le gustaría.

«¿Por qué no van a las buenas, por qué van a las malas?», se pregunta. «Le dan plata a gente que no se lo merece y más encima, hacen que el público piense que el teatro es más malo de lo que es», reclama. «El teatro que yo hago es para gente de teatro, y la gente de teatro es minoría. Ese es todo el problema».

Pero en el programa de Escucho discos... usted dice que no existe el teatro popular. O al menos, que no existe el teatro para grandes masas.
Claro. Es una contradicción. El teatro no es para tontos. Muchas veces, para que tú logres captar el contenido de una obra, tienes que verla varias veces. Y muchas veces me ha pasado que los mismos actores, después de tres o cuatro meses de estar haciendo una obra, me dicen: fíjate que ahora realmente capté. ¿Por qué? Porque el teatro es así. Está lleno de sutilezas que no se toman a la primera lectura.

Pero no todo el teatro es así. Para Rivano, buena parte del teatro que actualmente se está haciendo, tanto en Chile como en el extranjero, respondería a una receta: «Pescan la historia, la dividen en 24 cuentos y transforman cada uno en un número musical. Unos con tensión, otros con un gran final brillante. Todas las obras parecen diferentes, pero la receta es exactamente igual. Es la sociedad de consumo».

Y si el teatro es para inteligentes, ¿cómo es que su obra siempre ha apuntado al espectro más popular?
Pero siempre con dos lecturas (advierte). El rucio de los cuchillos, por ejemplo, es absolutamente entendible y se ha dado hasta en la cárcel (de Rancagua), donde muchos de los presos lloraban y les decían a los actores: cómo es posible, cómo puede ser tan real, que era la misma vida de ellos, que se reconocían en todo. Pero aparte de eso tiene cosas que son mucho más profundas, que tienen que ver con la construcción de la sociedad y que son mucho más importantes que la anécdota misma.

Yo espero que en su debido tiempo, cuando uno ya no sea peligro para nadie, cuando hayan pasado 20 años que esté bajo tierra, la gente diga «mira, que interesante esto». Porque en todas mis obras, hasta las más modestas, las que han tenido menos suerte, he tratado de entregar otras cosas. Siempre en un lenguaje popular. Es decir, yo sé perfectamente que todos pueden entender mi obra en su lectura inmediata. Pero estoy absolutamente seguro de que las cosas más importantes no son captadas fácilmente.

¿Estamos hablando de capacidad intelectual, no de clase o de instrucción?
Ah, claro. Yo no tengo ni siquiera primero medio. Estudié hasta los 14 ó 16 años, después quedé varado por ahí, hice el servicio militar, me metí de paco... Todo lo que yo sé viene de lo que he leído, visto o logrado comprender. Cualquiera diría que es imposible que yo pudiera escribir una obra mejor que alguien que haya estudiado teatro. Pero lo es. Lo mismo pasa con la gente. El público popular entiende mucho, pero mucho mejor el teatro que la clase media o alta. Y no se trata de hacer populismo literario. No. Yo lo he visto.

Al cabo de 25 años, ¿cuál es el balance teatral?
Bueno, que yo creo que voy a poder hacer una buena obra. Ya más o menos he aprendido algo. Y que no te parezca chiste. Fíjate que yo voy escribiendo las obras y después, en el montaje, empiezo a entender ciertos mecanismos que se me ocurrieron de forma absolutamente autodidacta. Cada obra me va enseñando.

¿Y qué pasa con las aspiraciones de masividad, de llegar a más gente?
Mhhh... A mí lo único que me duele es que los actores ganen poco. Porque al yo no tener éxito, es muy poco lo que ganan los actores que van conmigo y con los que hacemos cooperativa. Comienzan a sentirse frustrados, a pensar que no lo están haciendo bien. Que yo no tenga éxito no me duele, no me duele tanto. Porque estoy absolutamente seguro de que la obra es buena.

Por cooperativa se refiere a la Compañía Teatral de Repertorio, su sociedad junto al actor Otilio Castro que ya celebra cinco años y se ha ido convirtiendo, cada vez más, en una empresa familiar.



250 Años de Obras

¿No le gustaría ver montajes de sus obras en manos de grupos más grandes, con más producción?
No, estoy tranquilo (suspira). Ahora, claro, si viene el teatro tanto y me dice queremos hacer tal obra, bueno, no puedo ser tan imbécil como para decir que no. Pero no es algo que me vuelva loco, que me desespere. Porque yo he trabajado con actores de mucho nombre y los resultados han sido por ahí no más.

¿En qué etapa está Rivano: plenamente activo en lo creativo, o más dedicado al negocio de los libros?
Yo siempre hago una ensalada. Estoy leyendo, estudiando, escribiendo. Todo es parte del mismo proceso, y lo voy dejando al lado a medida que necesito hacer otras cosas. A veces estoy escribiendo una obra y viene un grupo que quiere montar Te llamabas Rosicler, entonces me aboco al montaje. Pero puede que en medio aparezca una persona que me ofrezca una biblioteca de 25 mil volúmenes en un fundo de San Fernando. Entonces parto con la camioneta y me dedico al negocio en perspectiva. Todos los días voy haciendo las cosas como se van presentando. Es una forma de apurar el camino.

¿Y su mundo creativo sigue siendo el de la gente marginal?
Sí. Simplemente porque creo que puedo interpretar mucho mejor el mundo y las cosas a través de esos personajes. Por ejemplo, si ves Mamá Rosa, de Fernando Debesa, y Dónde estará la Jeanette, de Luis Rivano, te vas a dar cuenta de que, siendo muy buena, Mamá Rosa está mirada desde la pijería. Aunque ella hable, tú sabes que está traducida por la clase alta que la cobija. Mientras que en Dónde estará la Jeanette tú percibes que la mira un igual.

¿No tiene la sensación de que, para el discurso oficial, es un mundo que no existe? ¿O al menos que está muriendo?
Puede estar muriendo. Pero no están muriendo las sensaciones. Por ejemplo, hoy no existe la esclavitud, pero la sensación del humillado sí que existe. Esa es siempre igual. Ahora, claro, yo muchas veces me pongo en los años 50 ó 60. Pero porque eso me permite rescatar el lenguaje popular que no se perdió, los dichos que quedaron, que ya están legitimados por el paso del tiempo. Además, ¡en ese momento era yo! Yo viví en los 50 y andaba en las quintas de recreo. Estoy contando algo que yo sé. La gente siempre me dice: oye, y por qué no escribes de tal cosa o de tal otra... Pero no, yo no tengo ningún interés en hablar de cosas que no conozco, en tocar temas que no domino. Con lo que he visto y he vivido, tengo para estar escribiendo obras unos 250 años.

¿Y cuánto hay de nostalgia?
Para mí, lo que salva al hombre es la nostalgia. Si el hombre no tiene capacidad de recordar y sentir pena por lo que vivió, es como si no hubiera vivido. Nadie puede ser tan infeliz que no tenga momentos valiosos de rescatar. Aunque sean pequeñas tonteras. Yo, por ejemplo, hice el servicio en el matadero del ejército y cuando teníamos la tarde libre, iba y me tendía en el pavimento donde estaba todo el guano reseco de los animales. Bueno, yo paso por el matadero Lo Valledor, siento ese olor y me da una profunda felicidad. La felicidad de cuando podía estar botado al sol, descansando, leyendo.

Como en Los matarifes, claro. Hay cosas que se entienden por su biografía. Pero, ¿de dónde viene su amor por el mundo del espectáculo?
¡Eso es lo más importante! Para mí, en los artistas fracasados, en los artistas rascas, es donde se puede graficar mejor la grandeza del hombre que lo da todo por el arte. Eso lo he visto muchas veces. Y lo vi mucho más claro cuando estaba escribiendo Escucho discos de Al Jolson, mamá, cuando me di cuenta de que eso siempre había estado rondando en mí y que en el vaudeville, que es teatro popular, era donde se graficaba mejor. En el fondo, todos quisiéramos ser actores.




en El Mercurio, 3 de noviembre 2000









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