lunes, mayo 30, 2016

Sobre El viajero de las lluvias, antología de Rolando Cárdenas, de Jessica Atal

Originalmente llamado "La poesía: un oficio muy en serio"




La poesía nace de una topografía espiritual específica. Combina elementos como la aguda observación, la sensibilidad, la nostalgia, el éxtasis y la fatalidad, el desasosiego del alma y un intento por alcanzar, quizás, cierto grado de inmortalidad. (...) No hay poesía sin nostalgia. Ésa es una de las fuerzas que mueven a agarrar un lápiz y escribir, generalmente versos tristes, oscuros, críticos, inconformes. Pero tampoco hay poesía sin concebir la escritura como un oficio serio.

Rolando Cárdenas (1933-1990) se consideraba de origen ona, aunque, a todas luces, Jorge Teillier advertía que era una exageración… Los onas medían 1.80 m y Cárdenas era más bien del tipo chileno bajo. No por esto, el poeta nacido en Punta Arenas no gozaba de ser todo un caballero, de aspecto y de palabra. Vestía elegantemente y fue muy respetado por sus contemporáneos. Así como Teillier, otros poetas de su generación sabían que su oficio era serio. Él mismo se lo tomaba muy en serio. En el prólogo a la recientemente publicada antología El viajero de las lluvias (Descontexto Editores, Santiago, 2015), Ramón Díaz Eterovic señala que Cárdenas era un poeta que aconsejaba, sobre todo, aproximarse a la poesía con seriedad. La poesía, reflexiona Cárdenas, es un quehacer silencioso que exige mucho respeto.

Además del prólogo de Díaz Eterovic, esta antología –editada por Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte– incluye un epílogo de Jorge Teillier que nos acerca a la figura del hombre que fue el poeta. Teillier conoció a Cárdenas con varios libros en la mano, uno de Braulio Arenas, específicamente, estudiando en la Biblioteca Nacional. Por supuesto que le gustaba leer, pero también solía copiar en sus cuadernos poemas de sus autores preferidos. Así aprendo, se justificaba. Entre esos poemas, había algunos de Teillier. Cárdenas ya conocía y admiraba su obra.

No por casualidad entablaron una estrecha amistad. Teillier reconoció de inmediato el talento de Cárdenas. Además, tenían mucho en común. Ambos fueron representantes de la poesía lárica, si bien en sentidos distintos. Provenían del sur, de parajes lluviosos y extremos, pero la naturaleza para Cárdenas era fuente de reposo y misterio; en cambio, la naturaleza sumía a Teillier en profunda angustia y desesperanza.

Cárdenas vivió en Punta Arenas hasta los 22 años. La geografía de las aguas duras, “del silencio completo como un círculo”, de “la porfiada presencia de la lluvia”, de “la nieve que se repite siempre inagotable y sola” moldeó significativamente su mundo imaginario. Desde su primer libro, Tránsito breve, publicado en 1959, el paisaje magallánico se despliega ampliamente en su imágenes, sin traducirse en angustia o rebeldía, sino manteniendo un sentido de contención, de refugio, de felicidad. Las imágenes geográficas significan, en Cárdenas, un regreso a la tierra natal –como al seno de la madre muerta–, tranquilo, seguro y armonioso.

Cárdenas perdió a su padre siendo un niño y poco después a su madre. Pero de ella guarda, así como de su tierra, entrañables memorias. En “Recuerdo póstumo a mi madre” describe la ternura y dulzura de una madre que tenía una “presencia sabia y exacta”. La madre es imagen de la tierra, con su sabiduría ancestral y su permanencia eterna. Dice, por otro lado, que era “triste”, y seguramente de ella heredó ese carácter introvertido y serio, el respeto por esa “callada soledad” en la que acostumbraba permanecer sin temor, pues, como escribió, “se puede brindar, a veces, por la soledad/ de la misma manera que por una alegría”. Así como la noche, la soledad es uno de los tópicos recurrentes de Cárdenas, una condición inherente a la existencia, y muy digna, por lo demás, pues “canta como un gallo erguido en el alba”.

Los habitantes del sur extremo aprenden a convivir con la soledad, así como con la naturaleza desafiante y “la misteriosa eternidad de los hielos”. Teillier se refería al “mundo mental de Magallanes” que habitaba en Cárdenas. “Era el hombre de la soledad, de las grandes extensiones”. Fue “el fundador de la Patagonia como espacio poético”. Cárdenas expone lo maravilloso que hay en lo cotidiano, y traza una “mitología magallánica” como provocación al misterio, lo cual le otorga universalidad a una voz que despierta del “hondo sueño de sus raíces”.

Escribió seis libros de poesía (uno de ellos póstumo) y a pesar de que no murió en gloria, su poesía se sostiene como eje fundamental de la corriente lírica chilena. Solo al final de su vida, y bajo el gobierno militar, su tono cambia, se ensombrece, y es “su deambular de relámpago o de ira” el que predomina, y son “pescadores sin regreso y redes vacías” o “árboles quemados” las imágenes que oscurecen sus parajes. Su misión en la vida –como declaró en una entrevista en 1975- fue “mostrar al hombre a través del paisaje, que tan vinculado está a su esencia y a su quehacer”. Esta antología es un logro que lo rescata de las sombras, regresándolo al presente desde “esas noches lejanamente iluminadas”.








en La Panera, nº 69, 2016
















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