Alguna
vez le gritaron «canta como hombre», y Lucho tuvo que tornarse un Aliviol para
pasar el mal rato. Y aunque trataba de enronquecer la felpa de su garganta, el
«Quizás sería mejor que no volvieras» igual le salía amariconado, aunque
intentaba ensuciar el raso opaco de su laringe, el «Quizás sería mejor que me
olvidaras» provocaba molestias entre los machos tangómanos, que por esos años,
imponían el acento marcial del ritmo porteño. Y era que el Lucho o Pitico, como
le decían, era demasiado romántico y su corazón se había inclinado por el
bolero, que contrastaba con el tan tan de la virilidad argentina.
Decían
que el Pitico era medio raro, con ese terciopelo de voz que arrebataba el alma
a las mujeres peinadas a lo Rita Hayworth, las niñas que no dejaban de suspirar
cuando él les susurraba: «Sólo una vez platicamos tú y yo y enamorados
quedamos».
Era un
bálsamo terso para suavizar las desgracias y el hambre de sus admiradoras
populares, que encontraban en la concha, acústica de su canto una razón para vivir.
Por eso compraban los discos y las revistas Ecran y Mi Vida donde aparecían
noticias suyas. Juntaban tapitas de Papaya Brodways o envolturas de cigarrillos
Ideal para canjear su foto. Pero en realidad, Lucho nunca fue imagen, porque
era un chileno de pelo liso con cara escolar de escuela pública. Solamente su
voz lo reconstruía para las mujeres y colizas que lo soñaban a media luz, en la
penumbra de sus piezas de cité, en ese Santiago provinciano que dormía siesta
con la radio prendida.
Lucho
habla llegado de Rancagua, y arrastraba la provincia en la demanda asmática de
su acento. Como si en la «Enorme distancia» alargara las vocales en un aliento
de carretera que no llegaba nunca a la capital. Pero llegó un día a esa urbe de
los cincuenta. Un Santiago cruzado por el carro 36, que corría sobre esos
rieles que aún quedan en el asfalto, como partituras oxidadas de la ciudad.
Trazos metálicos que fugan un pasado Bilz, acostumbrado a tomar té en los bajos
del café Waldorf. Ahí la batería, el piano, y el Lucho aflautado en su terno
con humita, dándole a ese «Cómo me falta tu querer». Mientras el dúo Sonia y
Miriam esperaban nerviosas en el camarín que la gente se aburriera de su
asfixia melódica, para salir a cantar ellas. Pero los aplausos seguían y el maestro
Roberto Inglés renovaba los compases del bolero y al final toda la gente se iba
con el «Sabor a mí» en la garganta.
Ya en
los cincuenta arrasaba en los shows de radio que precedieron a los recitales
televisivos. El locutor, Ricardo García, calmaba a las fans, que se
arremolinaban en el auditorio esperando la aparición de Lucho. Y entre el
revoltijo de plisados y trajes sastre, más de alguna loca, parada al fondo de
la platea de Radio Minería, se hacía la lesa apoyándose en algo duro que la
mecía bolereada, «Como si fuera esta noche la última vez». Y en verdad ésa era
una última vez, porque Lucho se fue susurrando esas frases cargadas de pasión.
Se marchó de Chile a México para no regresar. Allá se radicó y contrajo
matrimonio con Mapita Cortez, una belleza de ojos tapatíos que le dio varios
hijos. Así pudo contentar a muchos que en Chile aún dudaban de su sedosa
masculinidad.
Decían
que el Pitico estaba feliz en el país azteca, que tanto sabe de «esas cosas del
corazón». Y fue México quien le abrió las puertas al mercado internacional. Se
hizo tan famoso, que hasta la mirada turquesa de Ava Gardner pidió silencio al
público, porque quería escuchar al señor Gatica, en un lujoso club de Acapulco,
donde las stars de Hollywood iban a dorar sus esplendores.
Por años
representó a Chile con su plática silabeante. Era un embajador que hizo creer a
todo el mundo que los chilenos hablamos así. Y no estaban muy equivocados al
pensar que acá se hablaba en esa media voz, en ese tonito apequenado por 1a
timidez, que algunos le atribuyen al bastión cordillerano.
Así,
Lucho se fue por el mundo, y por mucho tiempo lo único que sabíamos de él eran
sus triunfos como cantante nacional que habla logrado atravesar la frontera,
llevando nuestra frágil conversa por los escenarios internacionales.
Después
llegó la avalancha de motos y casacas de cuero del sesenta, y las fans de Lucho
engordaron, se hicieron tías, mamás y abuelas de las nuevas generaciones
rockeras que odiaron los ecos del «Sabor a mÍ». Los discos se fueron quebrando,
y Pitico desapareció tragado por los sones vibrantes de la tecnología
electrónica. Su melódica queja sucumbió con el alto voltaje, que por contraste,
apago susurro de Lucho. Al parecer, el canto se estranguló a si mismo, y
mientras más intentaba sacar el sonido, las cuerdas vocales se negaban a vibrar
con el pétalo dulce que carraspeaba «Tanto tiempo disfrutamos nuestro amor», y
sólo le salía un ahogado ronquido que se apagó definitivamente junto a la
nostalgia.
Alguna
vez que volvió a Chile, fue un desastre, la decepción de la memoria. Invitado
al Festival de la Canción de Viña, Lucho ya había perdido el guante de su voz.
Y fue desesperante verlo por televisión, como una Dama de las Camelias agónica,
tratando de impostar la seda de sus notas musicales. La gente tuvo mucho
respeto, y aplaudió más el recuerdo que la interpretación del «Bésame mucho». Y
él se fue, llevándose una gaviota lastimera como homenaje bajo el brazo.
Cuando
llegaron a Chile las películas del director español Pedro Almodóvar, que
sacudieron el ambiente con su filmografía homosexual, la voz de Lucho venía
coloreando las violentas escenas sexuales de La ley del deseo. El bolero «Lo
dudo» ponía punto final al feroz coito efectuado por un director de cine y un
chico que lo amaba, y «Le hizo comprender todo el bien y todo el mal».
También
en la película Entre tinieblas, donde la madre superiora de un convento se
enamora de una prostituta, la voz de Lucho es doblada por la monja que le canta
muda a su amada: «Cariño como el nuestro es un castigo». Pero esto nada dice,
es sólo un pretexto para recortar el perfume de su flauta en las imágenes de
Almodóvar que lo traen de contrabando a Chile. Algo de este cine sucio
emparenta el deseo suplicante de Lucho por hacerse oír, cuando el remake lo
retorna amplificado en la banda de sonido. Un maquillaje para la cuerda floja
de su voz, como alarido náufrago que rebota en el pasado, llamándolo: «Pero no
tardes Lucho, por favor, que la vida es de minutos nada más, y la esperanza de
los dos es la sinceridad...».
en
Loco afán, 1996
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