martes, septiembre 11, 2018

"Letanía en contra de las dictaduras", de Stephen Vincent Benét

Traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal






Por todos los derrotados, por las cabezas rotas,
los desamparados, los simples, los oprimidos,
los fantasmas de la ciudad en llamas de nuestro tiempo…

Por los capturados en autos rápidos al edificio y son golpeados
por los muchachos hábiles, los muchachos con los puños de goma,
retenidos en el suelo y golpeados, en la mesa cortando sus entrañas,
o pateados en la ingle y dejados, con los músculos estirados
como una gallina descabezada en el piso del matadero
mientras traían al siguiente con sus ojos blancos mirando fijamente.
Por los que todavía decían «¡Frente Popular» o «¡Dios salve a la Corona!»
y por los que no eran valientes
pero fueron golpeados de todos modos.
Por los que escupen pedazos sangrantes de sus dientes
en silencio en el corredor,
duermen bien sobre hierro o piedras, aguardan el momento
y matan al guardia en el retrete antes de morir a su vez,
aquellos con los ojos hundidos y la lámpara ardiendo.

Por los que llevan cicatrices, los que cojean, por aquellos
cuyas tumbas anónimas se cavan en el patio de la prisión
y se les nivela la tierra antes de amanecer y les echan cal.

Por los asesinados de una sola vez. Por los que viven meses y años
soportando, alertas, esperando, yendo cada día
al trabajo o a la fila del pan o al club secreto,
y viven entretanto, engendran niños, contrabandean armas
y son encontrados y muertos al fin como ratas en el desagüe.

Por los que logran escapar
milagrosamente al destierro y deambulan ahí,
por los que viven en pequeños cuartos de ciudades extranjeras
y quién piensa todavía en el país, la verde y larga hierba,
las voces de la infancia, el lenguaje, el olor del viento entonces,
la forma de los cuartos, el café bebido en la mesa,
la charla con los amigos, la ciudad amada, el rostro del mesero,
las lápidas, con nombre, donde no serán enterrados
ni en ninguna tumba en esa tierra. Sus hijos ya son extranjeros.

Por los que hacían planes y eran líderes, y fueron derrotados,
y por aquellos, humildes y estúpidos, que no tenían plan,
pero fueron denunciados, pero se enfurecieron, pero contaron un chiste,
pero no pudieron explicar, pero fueron enviados al campo de concentración,
pero sus cuerpos fueron embarcados de vuelta en ataúdes sellados,
«Muerto de pulmonía». «Muerto tratando de escapar».

Por los cultivadores de trigo a los que dispararon junto a sus propias pilas
            de trigo,
por los productores de pan desterrados a los desiertos cercados
            por el hielo,
y sus carnes recuerdan sus trigales.

Por los denunciados por sus propios engreídos y horrendos hijos,
a cambio de una estrella de menta y el elogio del Estado Perfecto,
por todos los estrangulados, los castrados o simplemente hambrientos
para formar estados perfectos; por el sacerdote ahorcado con su sotana,
el judío con el pecho aplastado y sus ojos agónicos,
el revolucionario linchado por los guardias privados;
para formar estados perfectos, en nombre de los estados perfectos.

Por los traicionados por sus vecinos con quienes estrechaban las manos,
y por los traidores, sentados en la dura silla,
con el sudor suelto reptando por su pelo y los dedos inquietos
mientras dicen la calle y la casa y el nombre del hombre.
Y por los que estaban sentados a la mesa en su casa
con la lámpara encendida y los platos y el olor de la comida,
hablando tan tranquilamente; cuando oyen los autos
y el golpe en la puerta y de prisa se miran los unos a los otros.
Y sale la mujer a la puerta con la cara rígida,
alisando su vestido.
«Todos aquí somos buenos ciudadanos.
Creemos en el Estado Perfecto».
Y aquella fue la última vez
que Tony o Karl o Shorty vinieron a la casa
y la familia fue liquidada más tarde.
Fue la última vez.
Oímos los disparos en la noche;
pero al siguiente día nadie sabía lo que había sucedido,
y un hombre tiene que ir a su trabajo. Así que no lo vi
por tres días, entonces, y yo cerca de perder la cabeza
y todas las patrullas en las calles con sus sucias armas
y cuando volvió, parecía borracho y cubierto de sangre.

Por las mujeres que lloran a sus muertos en la noche secreta,
por los niños a los que se les enseñó a guardar silencio, niños envejecidos,
los niños escupidos en las escuelas.
Por el laboratorio destruido,
la casa saqueada, la pintura cagada, el pozo meado,
el desnudo cadáver del Conocimiento arrojado en la plaza
sin que nadie levante la mano, sin que nadie hable.

Por el frío del mango de la pistola y el calor de la bala,
por las sogas que asfixian, los grilletes que maniatan,
la enorme voz, metálica, que miente a través de mil canales
y la tartamuda ametralladora que responde a todo.

Por el hombre crucificado en las ametralladoras en cruz,
sin nombre, sin resurrección, sin estrellas,
su cabeza oscura bajo el peso de la muerte y su carne hace tiempo amarga
con el olor de sus muchas prisiones —Juan Pérez, Juan Sin Nombre,
Juan Nadie— ¡oh, rómpete la cabeza para dar con su nombre!
Sin rostro como el agua, desnudo como el polvo,
deshonrado como la tierra que las bombas de gas envenenan,
y bárbaro entre portentos.
Este es él.
Este es el hombre que se comieron en la mesa verde,
se pusieron los guantes y tocaron la carne.
Este es el fruto de la guerra, el fruto de la paz,
la madurez de la invención, el nuevo cordero,
la respuesta a la sabiduría de los sabios.
Y todavía está colgado y no muere todavía,
y todavía, en la ciudad de acero de nuestros días,
la luz se apaga y la espantosa sangre no deja de fluir.

Creímos que habíamos terminado con estas cosas pero nos equivocamos.
Creímos que, porque tuvimos el poder, tuvimos sabiduría.
Creímos que el largo tren llegaría hasta el fin de los Tiempos.
Creímos que la luz aumentaría.
Ahora el largo tren está descarrilado y los bandidos lo saquean.
Ahora el jabalí y el áspid tienen poder en nuestro tiempo.
Ahora la noche retrocede hacia Occidente y la noche es espesa.
Nuestros padres y nosotros mismos sembramos dientes de dragón.
Nuestros hijos conocen y sufren a los hombres armados.
















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