viernes, abril 30, 2010

"Walden o La vida en los bosques", de Henry David Thoreau

Fragmento



Ningún hombre se guió jamás por su genio hasta el punto de equivocarse. Aunque el resultado fuera la postración física, o incluso en el caso de que nadie pudiera afirmar que las consecuencias habían sido lamentables, para tales hombres existía una vida conforme a unos principios más elevados. Si recibes con alegría el día y la noche, si la vida despide la fragancia de las flores y las plantas aromáticas, si es más flexible, estrellada e inmortal, el mérito es tuyo. La naturaleza entera es tu recompensa, y has provocado por un instante que sea a ti mismo a quien bendiga. Los grandes logros y principios son muy difíciles de apreciar. Dudamos de su existencia con facilidad. Pronto los olvidamos. Pero son la más elevada de las realidades (…) . La auténtica cosecha de la vida cotidiana es tan intangible e indescriptible como los matices de la mañana o la noche. Es como atrapar un poco de polvo de las estrellas o asir el fragmento de un arco iris.












1854











Contribución a Dscntxt de Germán Hitschfeld, allá en los bosques







jueves, abril 29, 2010

"Rondel XI", de Charles D'Orléans






Almorzar en el baño y en la barca cenar,
en este mundo no existe compañía;
el uno habla o duerme, el otro canta o grita,
unos hacen baladas, otros componen rondas.

Y se beben los vinos viejos y los nuevos,
esto se llama el placer de beber,
almorzar en el baño, en la barca cenar,
en este mundo no existe compañía.

No me acompañan pájaros ni perros,
cuando todo está hecho hay que pasar la vida
lo mejor que se pueda, en compañía grata.
A mi entender es buena ocupación
almorzar en el baño y en la barca cenar.




Traducción de Hernán Valdés

en Revista Orfeo, nº5, 1964














miércoles, abril 28, 2010

"Mary & Max ante un espejo", de Juan Carlos Villavicencio

Análisis de la película Mary & Max, 2009





En ningún caso la lotería ganada por Max Jerry Horowitz refiere a un mero adorno o punto de fuga dentro de la enrabiadamente real -en su fantasía- Mary & Max. Con un severo despliegue especular, la pregunta por el azar o el destino se reitera dentro de este laberinto que en apariencia refiere a la amistad por correspondencia entre los dos protagonistas. Nada queda en el plano de lo casual, ya que hay tras todo el despliegue narrativo un autor que refleja una historia que fue real, que reflejaría entonces un plan dado ¿por quién entonces?: para Mary Dinkle –en un principio- sí cabe un Dios diseñando las cosas (como la idea tan bien aceptada de que su marca de nacimiento fuera a la vez su destino en los cielos), mientras en Max la idea nace en la ficcionalización de un Dios en el que ya no cree. El plan, el diseño, prefigura el encuentro entre ambas soledades, entre la necesidad de Mary de buscar cosas color café en la oficina postal, el hallazgo de la guía de Nueva York, la poietomansia que inclina su dedo hasta el nombre exacto de su contraparte antípoda. Y éste, en un entendimiento extraordinario de la lógica del mundo, guardando toda ansiedad y dolor ante la separación que vive de éste, decide responder a esta niña de 8 años, creando un vínculo que –cual agujero de gusano- atraviesa un espacio oscuro, una distancia que allá por 1976 no era de la cercanía a la que internet ahora invita, entre dos dimensiones opuestas de soledad distintas que se complementan para evitarla, a la vez. Entonces, ¿qué hace que al ganar la lotería Max no haya corrido a comprar un boleto de avión para ir a conocer o mandar a buscar a su amiga? No el síndrome padecido, sino la necesidad de mantener la frontera entre los dos: su distancia, su existencia en la lejanía los prefigura, los justifica, los hace ser quienes son. Es el paroxismo del individualismo, sin duda, no ser con el otro por más que su otredad lo defina como quien es. La vida de Mary se eleva a categorías inimaginables de éxito ante la muerte de sus padres, luego de una infancia en donde sólo las cartas de Max justificaban la fe en que no todo podía ser sólo lágrimas caídas. De ahí el salto, el matrimonio, la universidad para terminar haciendo la tesis sobre el Síndrome de Asperger de su amigo al otro lado de la esfera y el error: compartir su amistad con el mundo al publicarla. Max sabe en su caótica furia que eso es perderse entre la multitud que él sabe no ha sido capaz de entender(lo), apartado desde su biología, hasta su religión por la que es amedrentado cuando niño. La reiteración del modus vivendi de su madre por Mary sólo demuestra el abismo existencial al que se vuelve la mirada tras perder lo más valioso y puro que había conseguido en su vida, acaso lo imposible: que dos almas se encontraran menos solas a la distancia, vinculadas ya por la necesidad del otro. De ahí que tras 45 años de agorafobia, el anciano al que Mary le entregaba la correspondencia desde niña, haya sido capaz de devolver la mano ante la ausencia de la joven: reflejo de un pasado perdido, ahora él le venía a tocar la puerta para avisarle a Mary acerca de su correo. La M ausente ahora de la Underwood de Max fue la marca de la traición: la M como letra que al ser partida verticalmente nos muestra una misma figura reflejada en un espejo [1]: la necesidad de esos dos fragmentos para ser una unidad que entre estos dos se configura como amistad. La M ausente ahora daría fin en su “ ary” con la colección de Noblets de Max al silencio demoledor y a la nueva vida de Mary. Un año después la visita al departamento de Max reflejaría el último de los espejos: la muerte de Max a la espera de Mary y su hijo como imposibilidad de un encuentro en vida, cuando sí su punto de fuga fue mirando el techo en donde estaban todas las cartas que Mary le había escrito, como paraíso presente en su existencia ya, como la sonrisa de Mary al tomarle la mano muerta y descubrir que –dentro de todo- no estamos condenados a morir (tan) solos.











[1] Me refiero a la 'M' como un '1' y su reflejo, a uno (mismo) en el espejo, versionado, invertido, revertido.













martes, abril 27, 2010

"De cómo el agua empezó a sonar", de Ted Hughes






El agua quería vivir
acudió al Sol volvió llorando
el agua quería vivir
acudió a los árboles ardieron volvió llorando
se pudrieron volvió llorando
el agua quería vivir
acudió a las flores se marchitaron volvió llorando
quería vivir
acudió a la matriz encontró sangre
volvió llorando
acudió a la matriz encontró cuchillo
volvió llorando
acudió a la matriz encontró cresa y podredumbre
volvió llorando quería morir

acudió al tiempo atravesó la puerta de piedra
volvió llorando
buscó por todas partes la nada
volvió llorando quería morir

hasta que no le quedó llanto

yació al fondo de todas las cosas

completamente agotada completamente clara.











Traducción de David Turkeltaub

en Poesía universal traducida por poetas chilenos, 1998













lunes, abril 26, 2010

"Skylark", de Barry Gifford





–Sabes, a veces eres igual que tu padre, sólo que mucho más guapo, claro.
–¿Papá no te parece guapo?
–No, tu padre no es guapo, pero es un hombre hecho y derecho.
–Y yo un chico hecho y derecho, como quería ser Pinocho.
–Claro que sí, hijo.
–¿Cómo es que ahora papá no pasa tanto tiempo con nosotros?
–Está muy ocupado, hijo, ya lo sabes. Su trabajo le ocupa la mayor parte del tiempo.
–¿Cuándo volveré a verle?
–Dentro de quince días iremos a La Habana y nos reuniremos con él. ¿Te acuerdas del hotel Nacional, donde tiene su apartamento?
–¿Estará aquel hombre bajito que tenía un perro blanco de pelo rizado?
–¿Bajito? Ah, el señor Lipsky. No lo sé, cariño. ¿Te acuerdas de la última vez que le vimos? En Miami, el día después del huracán.
–Íbamos caminando por el centro de la calle, que parecía cubierta de diamantes, y el señor Lipsky llevaba el perro en brazos.
–El huracán había reventado la mayoría de las ventanas de los grandes hoteles, y Collins Avenue era una alfombra de cristales rotos.
–El señor Lipsky te dio un beso; recuerdo que tuvo que ponerse de puntillas. Luego, a mí me dio un caramelo.
–Lipsky llevaba su perrito en brazos porque no quería que se lastimase con los cristales. Dijo que el perro estaba acostumbrado a dar un paseo cada mañana a la misma hora, y que no quería contrariarle.
–El señor Lipsky habla raro.
–¿Cómo que habla raro?
–Canta.
–¿Canta?
–Sí, como si canturreara cuando te dice algo.
–Ah, bueno, ya sé a qué te refieres. El señor Lipsky es un poco peculiar, pero es un buen amigo de tu padre y de nosotros.
–¿Tiene mujer?
–Eso creo, pero no me la han presentado.
–Ojalá cuando crezca no sea tan bajito como él.
–Descuida. Serás tan alto como tu papá, o más.
–¿El señor Lipsky es rico?
–¿Por qué lo preguntas, Roy?
–Porque siempre lleva unos anillos gordísimos.
–Mira, Roy, el señor Lipsky es uno de los hombres más ricos de América.
–¿Y cómo se ha hecho tan rico?
–Bueno, es que tiene muchos negocios diferentes, aquí y en Cuba. Puede que en todo el mundo.
–Negocios de qué clase.
–Muchas veces da dinero a una persona para que monte un negocio, y esa persona tiene que devolverle más que la cantidad que él le adelantó, o bien pagarle una parte de lo que gane mientras le dure el negocio.
–Pues sí que es listo.
–Tu papá cree que el señor Lipsky es el hombre más listo que ha conocido nunca.
–Ojalá yo sea listo.
–Ya lo eres, Roy. Por eso no te preocupes.
–¿Sabes una cosa, mamá?
–¿Qué, hijo?
–Creo que entre ser alto y ser listo, yo elegiría ser listo.
–Serás las dos cosas, cariño, no tendrás que elegir.
–¿Sabes cómo se llama el perrito del señor Lipsky?
–Skzy no sé qué más... Skylark, eso, como la canción de Hoagy Carmichael.
–Seguro que él también es listo. A un perro que se llama Skylark no le queda más remedio que ser listo.











en Wyoming, 2002







Traducción de Luis Murillo Fort

Fotografía de Óscar L. Tejeda
















domingo, abril 25, 2010

"Poema al lado del sueño", de Carlos Oquendo de Amat







Parque salido de un sabor admirable
Cantos colgados expresamente de un árbol
Árboles plantados en los lagos cuyo fruto es una estrella
Lagos de tela restaurada que se abren como sombrillas
Tú estás aquí como la brisa o como un pájaro
En tu sueño pastan elefantes con ojos de flor
Y un ángel rodará los ríos como aros
Eres casi de verdad
pues para ti la lluvia es un íntimo aparato para medir el cambio
moú Abel tel ven Abel en el té
Distribuyes signos astronómicos entre tus tarjetas de visita.







en 5 metros de poemas, 1927














sábado, abril 24, 2010

"Que inacabable empieza", de Cristián Gómez Olivares





El mar se demuestra pero nadando.
Los granjeros de la zona, al hacer la
cosecha del maíz, tienen que tener cuidado
de no electrocutarse con los cables del tendido
eléctrico, derribados durante el último tornado.
Al subirse a sus tractores comprados con un largo
crédito que terminarán de pagar sus hijos, no debieran

estar tocando el suelo. Las estadísticas dicen
que después de una tormenta los índices de
accidentes laborales se incrementan en un
doscientos por ciento, lo que da una cifra
anual de un catorce por ciento acumulado
en las últimas dos décadas. Las razones

(dicen los que saben) se pueden atribuir
al aumento de la actividad meteorológica
debido fundamentalmente a la deforestación
de vastas zonas del área norte y a que las
cosechas, sobreexplotadas por los biocombustibles,
son cada vez más difíciles de cubrir por un sólo
operario encargado de una cantidad creciente de
acres. Como los cultivos orgánicos demandan

al menos dos o tres años manteniendo intacta la tierra,
durante ese tiempo el pequeño propietario no recibe
ninguna entrada, cero ingreso, lo que le significaría
sobre endeudarse por echarse el destino del planeta
sobre los hombros. Sus dos hijas salen a jugar al patio
y él se pone a pensar en cuando sean grandes, en la
universidad, en crecerlas. Hace cálculos, ve venir
los años, una de ellas vuelve con un pájaro entre las
manos: tiene un ala medio rota, pero quizás tal vez
se salve. Y cuando lo llevan adentro, cuando lo
comienzan a cuidar, las niñas vuelven con sus hijos,

se sientan a conversar con el abuelo que puede que
otra vez les repita esa historia sabida de memoria
en las sobremesas de la familia, de cuando era joven
y le gustaba nadar y un día llevó muy lejos a la abuela,
hasta las playas de North Carolina para que ella conociera el mar
y se decidiera por fin a casarse con un joven granjero del interior
que recién había heredado un pedazo de la tierra y ni siquiera
sabía como se arreglan los tractores, para que ella conociera
el mar y le tuviera el mismo respeto que le tienen los marinos
que nunca han sabido nadar ni tampoco necesitan aprender
porque el mar no se explica ni se demuestra sino es con un par
de estas palabras que lo miran desde el muelle golpear el muelle,
da lo mismo que suba o que baje la marea los botes amarrados
sólo esperan que amanezca para seguir estando allí amarrados.













Inédito












viernes, abril 23, 2010

“Asedio”, de Omar Lara







Mira donde pones el ojo
cazador
lo que ahora no ves
ya nunca más existirá
lo que ahora no toques
enmohecerá
lo que ahora no sientas
te ha de herir algún día.






en Los buenos días, 1972












jueves, abril 22, 2010

"La distancia de la luna", de Ítalo Calvino

Fragmento




Medusas transparentes afloraban a la superficie marina, vibraban un poco, echaban a volar hacia la Luna ondulando. La pequeña Xlthlx se divertía atrapándolas en el aire, pero no era fácil. Una vez, al tender los bracitos para alcanzar una, dio un pequeño salto y se encontró también flotando. Como era flaquita le faltaban algunas onzas para que la gravedad la devolviera a la Tierra venciendo la atracción lunar, así que volaba entre las medusas colgando sobre el mar. De pronto se asustó, se echó a llorar, después se rió y se puso a jugar atrapando al vuelo crustáceos y pececitos, llevándose algunos a la boca y mordisqueándolos. Nosotros navegábamos siguiéndola; la Luna corría por su elipse arrastrando aquel enjambre de fauna marina por el cielo, y una cola de algas ensortijadas, y la niña suspendida en el medio. Xlthlx tenía dos trencitas delgadas que parecían volar por su cuenta, tendidas hacia la Luna; pero entre tanto pataleaba, daba puntapiés al aire como si quisiera combatir aquel influjo, y los calcetines -había perdido las sandalias en el vuelo- se le escurrían de los pies y colgaban atraídos por la fuerza terrestre. Nosotros subidos a la escalera tratábamos de agarrarlos.

Aquello de ponerse a comer los animalitos suspendidos había sido una buena idea; cuanto más aumentaba el peso de Xlthlx, más bajaba hacia la Tierra; además, como entre aquellos cuerpos suspendidos el suyo era el de mayor masa, moluscos y algas y plancton empezaron a gravitar sobre ella y en seguida la niña quedó cubierta de minúsculas cáscaras silíceas, caparazones quitinosos, carapachos y filamentos de hierbas marinas. Y cuanto más se perdía en esa maraña, más iba librándose del influjo lunar, hasta que rozó la superficie del agua y se zambulló.

Remamos rápido para recogerla y socorrerla; su cuerpo estaba imantado y tuvimos que esmerarnos para quitarle todo lo que se le había incrustado. Corales tiernos le envolvían la cabeza, y del pelo, cada vez que pasaba el peine, llovían anchoas y camarones; los ojos estaban tapados por caparazones de lapas que se pegaban a los párpados con sus ventosas; tentáculos de sepias se enroscaban alrededor de los brazos y el cuello; la chaquetita parecía ahora entretejida sólo con algas y esponjas. Le quitamos lo más gordo; y durante semanas ella siguió despegándose mejillones y conchillas, pero le quedó para siempre la piel punteada por menudísimas diatomeas, bajo la apariencia -para quien no lo observaba bien- de un fino polvillo de lunares.













en Las Cosmicómicas, 1965


















miércoles, abril 21, 2010

“Casa en desmemoria”, de Paulo Huirimilla







Rasqué el kultrún sin signo pintado con fuego y sin memoria
Heme aquí viendo sólo toros y ratas sin sangrar
Astillado es entonces el hombre al que se le aparecen
Plumas de pájaros en el patio.







en Palimpsesto, 2005












martes, abril 20, 2010

"Discurso sobre la paz", de Jacques Prévert





Hacia el final de un discurso sumamente importante
el gran hombre de Estado al tropezar
con una hermosa frase vacía
cae dentro
y desamparado abriendo mucho la boca
jadeando
enseña los dientes
y la caries dental de sus pacíficos razonamientos
deja al descubierto el nervio de la guerra
el delicado asunto del dinero.













en Paroles, 1949











lunes, abril 19, 2010

“La felicidad”, de Marcelo Lillo







Lo único que hacíamos era mirar televisión. Hablo de mi mujer y yo; ninguno de los dos tenía trabajo y estábamos acostados todo el día. No pasábamos frío y a veces hasta nos olvidábamos de comer.

Veíamos todos los programas desde la mañana a la noche, dormitando de vez en cuando, levantándonos solo para ir al baño y mirar la calle y las casas vecinas cuyas chimeneas humeaban porque era invierno.

Lo menos que teníamos era leña. No teníamos ni muebles, porque fue lo último que vendimos unos meses atrás. Antes le tocó el turno a las joyas; lo primero fueron los discos y el computador. Intentamos que la plata fuera eterna, que pudiéramos pagar las cuentas y comer algo. Lo único que nos negamos a vender fue el televisor. Ni mi mujer ni yo quisimos hacerlo, tal vez porque sabíamos que vendrían momentos en que la televisión nos rescataría de algo.

Pero estábamos llegando a lo más hondo, no teníamos nada más que vender y todos los días eran iguales. Despertábamos, encendíamos el televisor y pasábamos así todo el día, sintiendo el vacío en medio del cuerpo, que es igual al vacío que se imaginan los que nunca han pasado hambre. Un hueco bajo las costillas. Había momentos en que mi mujer se ponía a llorar; otras me tocaba a mí. Llorábamos porque creíamos que nos íbamos a morir y eso nos alegraba y aterraba al mismo tiempo, una de esas raras mezclas que hacen que la vida no tenga otro nombre.

Un domingo amaneció lloviendo y el lunes fue idéntico. El martes el agua se detuvo pasado el mediodía, después salió el sol y los techos comenzaron a humear.

Mi mujer estaba tapada hasta la nariz cuando la miré antes de ir al baño; ella levantó las cejas y supongo que sonrió bajo las sábanas. Oí el murmullo de la televisión en el baño y cuando salí fui a la pieza que había sido de mi madre y miré hacia fuera. La calle estaba seca y las nubes se arrinconaban; vi que un auto se detuvo a la entrada de la casa del frente. Era un taxi y de él bajó una mujer con una torta en las manos; el chofer se había bajado primero para abrirle la puerta. La mujer le dio las gracias con un movimiento de cabeza.

—Trajo una torta —le dije a mi mujer cuando volví al dormitorio—. La mujer del frente.
—¿Cuál mujer? —preguntó ella desviando la vista de la pantalla.
—La del frente, la nueva.

Rato después nos vestimos, mi mujer apagó el televisor y salimos.

Habíamos estado encerrados tantos días que me sentí raro, quizás fue el aire tan limpio luego de una lluvia tan larga. Todavía quedaban algunas pozas, pero flotaba un agradable olor a tierra húmeda. Cruzamos la calle y cuando nos detuvimos frente a la puerta me acordé que con la mujer nos vimos un par de veces pero no nos saludamos. No sabía si eso era bueno o malo.

Toqué y ella abrió. Nos quedó mirando como si quisiera preguntarnos algo, pero no le di tiempo porque dije:

—¡Feliz cumpleaños!

Me acerqué y la abracé. Cuando la solté la mujer se llevó una mano a la frente y sonrió.

—Es el cumpleaños de mi hijo —dijo—. Pero pasen…

Mi mujer pasó primero y yo sentí el olor a humedad de su ropa. Enseguida sentí el calor adentro y vi una mesa llena de comida con la torta al medio. Las sillas se arrimaban a las paredes y de las lámparas colgaban globos de colores. El chico estaba en el extremo más alejado de la mesa, sentado en las piernas de una anciana que tenía el pelo blanco y las manos metidas en un par de guantes rojos.

—¡Feliz cumpleaños! —le dije al chico, y me fijé que tenía puesto un gorro de cartón parecido a una hallulla—. ¿Cuántos años cumples?
—Cinco —respondió la madre por él.
—¡Cinco!, ya eres todo un hombre. —Mi mujer se rió pero no la vi porque no le quitaba los ojos al chico, que comenzaba a ponerse nervioso y refregaba la espalda contra el cuerpo de la anciana.
—Ella es la abuela —dijo la mujer. Le dije hola, pero la anciana no respondió.

Estuvimos unos segundos parados sin saber qué hacer ni qué decir. Por entre las cortinas vi nuestra casa al frente, la puerta cerrada que llevaba meses así porque no teníamos a nadie a quien recibir. Hasta que la mujer dijo:

—Por favor, siéntense.
—Gracias —dijo mi mujer, y se sentó en una silla junto a la ventana. Yo me senté dos sillas más allá, cerca de la estufa que calentaba el ambiente haciéndolo sofocante a ratos.
—Mi hijo se llama Felipe —agregó la mujer, y miró al chico que no nos quitaba la vista de encima, como si fuésemos extraterrestres o un par de payasos contratados para alegrarle el cumpleaños—. Ella es mi mamá y yo soy Leticia.

Le dije nuestros nombres y sonreímos los tres al mismo tiempo. Miré la mesa; además de la torta había canapés, un kuchen trozado, papas fritas y varios platos con galletas. Tuve la certeza que dentro de un rato no muy largo estaría comiendo.

—¿Quieren tomar bebida? —preguntó Leticia. La quedé mirando y descubrí que su rostro se parecía al de un pájaro, con la nariz larga, los ojos pequeños y la barbilla en punta. El chico era igual a ella, no así la anciana, que era distinta aunque solo fuera por los guantes rojos.

Leticia desapareció y al poco rato volvió con una bandeja con cinco vasos llenos de bebida. Mientras tomaba el mío me pregunté si había un padre allí y cuándo haría su entrada. Miré la pieza, pero en ninguna parte descubrí algún objeto que indicara la existencia de un dueño de casa. Ni ropa ni fotografías ni esos objetos propios de los hombres como son las herramientas o alguna colección de autos en miniatura.

—Sírvanse —dijo Leticia, señalando la mesa. Se sentó con el vaso entre las manos y agregó—: ¿Cómo se les ocurrió venir?
—Lo estábamos pensando hace tiempo —contestó mi mujer—. Venir para darles la bienvenida.
—Yo los había visto a los dos —dijo Leticia—, pero no me atrevía a hablarles. Los veía cuando iban a comprar, pero después no los vi más.
—Quedé sin trabajo —dije yo, y Leticia dijo ah. Luego miró su vaso y se pasó la mano por el pelo. Miré el vaso de mi mujer y vi que estaba vacío.

Entonces estiré la mano y tomé una galleta redonda; era la primera galleta que comía en un largo tiempo. Sabía que mi mujer me estaba mirando, pero seguí comiendo, no me importó que todo sucediera muy rápido, que yo fuera el único de los cinco que comía. Tenía hambre y no había más que decir, ni siquiera lo siento o ¿por qué no me acompañan y comemos todos a la vez?

—¿Les gusta el chocolate? —dijo Leticia de pronto.
—Sí, me gusta —contesté—, pero hace tiempo que no tomo, desde que era niño y celebraba mi cumpleaños. —Quedé mirando al chico y él también me miraba, no hacía nada más. La anciana lo tiraba de las axilas cuando comenzaba a resbalarse por sus piernas.
—Yo para todos los cumpleaños hago chocolate —dijo Leticia.

La miré y Leticia se rió. Luego se paró, salió y volvió con varias tazas. Sacó un canapé y se lo echó a la boca; tomó una galleta, se la puso al chico en la mano, pero éste la soltó. La abuela movió la boca tan despacio que no entendí lo que dijo. Leticia le pasó un pedazo de kuchen e insistió con el chico, con un canapé, pero el chico lo rechazó igual que la galleta. Leticia le gritó no seas mal educado. El chico tomó el kuchen que la abuela aún no mascaba y lo tiró. El kuchen se partió al caer. Mi mujer me miró y levantó las cejas; yo dejé de comer y comencé a sentir el olor a chocolate caliente que venía de la cocina. En eso Leticia le pegó al chico una cachetada en la boca y el chico soltó el llanto, tan fuerte que fue como el grito de una de esas aves prehistóricas que se ven en la televisión. La abuela miró a Leticia, pero no dijo nada; siguió mirándola durante un rato sin necesidad de abrir la boca. Leticia acarició la cabeza de su hijo antes de salir otra vez. Miré el kuchen en el suelo, al que empezaba a salírsele la crema, mientras de reojo veía las manos apretadas de mi mujer. A ella no le gustaban las peleas, decía que la deprimían y que después no podía estar bien durante varias horas. Levanté la vista y vi los ojos húmedos del chico, que intentaba zafarse de los brazos de la abuela. En eso Leticia apareció con una olla de chocolate y el olor perfumó la pieza. Llenó las tazas de chocolate humeante, luego volvió a desaparecer y regresó con un cuchillo. Le sonrió a mi mujer y miró al chico.

—¿Puede cortar la torta? —me preguntó—. A mí se me desarma toda.

Yo nunca había cortado una torta, pero le dije sí, por supuesto. Me pasó el cuchillo y traté de acordarme de cómo lo había visto hacer en la televisión. Enterré el cuchillo y enseguida lo bajé con fuerza; así fui cortando los pedazos que repartí en cada plato. Leticia trajo tenedores y servilletas. Me volví a sentar, probé la torta, miré a mi mujer; le sonreí, ella me correspondió y seguimos comiendo. Miré al resto, que también comía. La abuela masticaba cada pedazo varias veces; el chico tenía los codos en la mesa y se echaba enormes trozos a la boca. Fue el primero en terminar y de un movimiento logró por fin zafarse de la abuela. Cuando sentí el golpe me imaginé una piedra rebotando en el piso, un sonido violento y breve, incómodo para el que no sabe lo que es.

—Felipe —alcanzó a decir Leticia, con la boca llena, pero el chico caminaba hacia mí con sus piernas ortopédicas, parecido a un robot porque no doblaba las rodillas y sus falsos pies sonaban a cada tranco—. No está acostumbrado a ver gente —se disculpó ella.
—Déjelo, está de cumpleaños —dije.

El chico llegó hasta mí y apoyó una de sus manos en mi rodilla.

—Hola —dijo.
—Hola —le dije y después no supe qué hacer. Se me había olvidado la última vez que estuve con un niño.
—¿Ustedes no tienen hijos? —le preguntó Leticia a mi mujer.
—No.

Miré a la abuela buscando ayuda, pero la anciana seguía comiendo con sus manos rojas.

—Sírvanse el chocolate antes que se enfríe —dijo Leticia.

Agarré la taza y el aroma me hizo recordar mi infancia, pero fue solo un instante, no tuve tiempo para añoranzas mayores porque el chico estiró la mano hacia mi taza. Se la ofrecí, él intentó aferrarla con las dos manos, pero tenía miedo de soltarse de mi pierna. Lo sujeté por las costillas y esperé que diera un trago largo de chocolate.

—Es un fresco —dijo Leticia, moviendo la punta de los pies como siguiendo una melodía. Usaba el pelo corto y seguramente representaba menos edad de la que tenía.

Mi mujer terminó de comerse la torta y empezó a tomarse el chocolate. Sujetaba la taza por la oreja, no con las dos manos como Leticia. Entre ellas se miraban; o miraban al chico, que tiraba de mí para que me levantara. Lo hice y él me miró hacia arriba.

—Nunca vienen hombres a la casa —oí que dijo Leticia—. Y él es tan alto que a Felipe le llama la atención.

El chico me tomó de la mano y me sacó de la pieza mientras las mujeres se reían. Sentí el frío del pasillo y me acordé de mi casa al tiempo que sentía chirriar las prótesis. Era como si me estuvieran haciendo algo en los dientes.

En su pieza tenía muchos juguetes, pero ningún televisor; y había móviles colgando encima de su cama. Hizo que me sentara y me rodeó de peluches y pelotas mientras no paraba de reírse. Su cara de pájaro se le desfiguraba con la risa, que le estiraba los ojos dejándoselos como ojales. Abrió la cómoda y me mostró su ropa; luego fue hacia un pequeño escritorio y me trajo los cuadernos para que yo viera lo que hacía en el jardín. Puso en mi mano una caja de lápices y me pidió que dibujara algo.

—No sé dibujar —dije y pensé cómo serían sus amigos del jardín.
—Un tigre —balbuceó él—, un tigre amarillo.
—No sé dibujar tigres, son muy difíciles.

El chico abrió la boca y le vi los dientes pequeñitos. La saliva le corrió por la barbilla hasta que la detuve con mi dedo.

—Gracias por venir —me dijo. O repitió lo que le enseñó a decir Leticia.
—De nada, compadre —le dije yo, apretándole la mano. Le acaricié la cabeza como le vi hacer a Leticia y me fijé que tenía los ojos vidriosos.

Le saqué la hallulla, me la puse en la cabeza y empecé a hacer morisquetas, a hablarle a los monos de peluche, a hacer con mi boca ridículos sonidos de autos. El chico volvió a reírse, dio dos saltos con sus fierros y la pieza se estremeció.

Oscurecía cuando entró Leticia.

—Felipe tiene que acostarse —dijo—. Mañana tiene que levantarse temprano para ir al jardín.
—Perfecto —dije yo.

Ella corrió las cortinas y llevó al chico al baño. Al volver lo desvistió, le puso el piyama y lo acostó, mientras mi mujer y yo mirábamos. Junto al pequeño escritorio quedaron las prótesis igual que las armas después de la batalla. Las estuve mirando hasta que el chico me dijo:

—¿Te sabes algún cuento?

Leticia me miró.

—Me sé varios, pero para otra vez será. Te los debo, compadre.

En el pasillo Leticia me dio las gracias, yo no dije nada y mi mujer me apretó la mano.

—Usted sabe —agregó—. Los invitamos, pero nunca vienen.

Mi mujer la quedó mirando y Leticia bajó la cabeza.

En la casa llegamos a encender el televisor; nos acostamos y vimos películas hasta la madrugada. Ninguno de los dos dijo nada, y meses después, cuando nos acordamos, ya nadie vivía en la casa del frente. Se fueron un día sin que nos diéramos cuenta.





en El fumador y otros relatos, 2008












domingo, abril 18, 2010

"El sueño del esclavo", de Henry Wadsworth Longfellow

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Junto al arroz disgregado yacía él,
Su hoz en la mano;
Su pecho estaba desnudo, su pelo enmarañado
Fue enterrado en la arena.
De nuevo, en la niebla y en la sombra del sueño,
Él vio su Tierra Natal.

Vasto a través del paisaje de sus sueños
Fluía señorial el Níger;
Debajo de las palmeras en la llanura
Otra vez caminó como rey;
Y oyó el tintineo de las caravanas
Descender el camino de la montaña.

Vio una vez más a su reina de ojos oscuros
Que se alzó entre sus hijos;
Ellos se colgaron de su cuello, ellos besaron sus mejillas,
¡Ellos lo llevaban de la mano! -
Una lágrima brotó de los párpados del durmiente
Y cayó sobre la arena.

Y después a una velocidad furiosa cabalgó
A lo largo de la ribera del Níger;
Sus bridas y riendas eran cadenas de oro,
Y, con un metálico ruido marcial,
En cada salto él podía sentir su vaina de acero
Golpeando su flanco semental.

Antes de él, como una bandera rojo sangre,
Los brillantes flamencos volaron;
De la mañana a la noche él siguió su vuelo
Sobre llanuras donde creció el tamarindo,
Hasta que vio los techos de las chozas de Cafres,
Y el océano se alzó para ver.

Por la noche oyó a un león rugir,
Y a la hiena gritar,
Y al hipopótamo, como cuando él aplastaba los juncos
Al lado de alguna corriente escondida;
Y pasó, como un glorioso redoble de tambores,
A través del triunfo de su sueño.

Los bosques, con su multitud de lenguas,
Gritaban de libertad;
Y el Soplo del Desierto exclamó en voz alta,
Con una voz tan salvaje y libre,
Que él inició en su sueño y sonrió
En su tempestuoso regocijo.

Él no sintió el látigo del capataz,
Ni el ardiente calor del día;
Porque la Muerte había iluminado la Tierra del Sueño,
Y su cuerpo sin vida yacía
Como una cadena completamente gastada, que el alma
Había roto y tirado lejos.






1842










The slave's dream

Beside the ungathered rice he lay,/ His sickle in his hand;/ His breast was bare, his matted hair/ Was buried in the sand./ Again, in the mist and shadow of sleep,/ He saw his Native Land.// Wide through the landscape of his dreams/ The lordly Niger flowed;/ Beneath the palm-trees on the plain/ Once more a king he strode;/ And heard the tinkling caravans/ Descend the mountain-road.// He saw once more his dark-eyed queen/ Among her children stand;/ They clasped his neck, they kissed his cheeks,/ They held him by the hand!-/ A tear burst from the sleeper's lids/ And fell into the sand.// And then at furious speed he rode/ Along the Niger's bank;/ His bridle-reins were golden chains,/ And, with a martial clank,/ At each leap he could feel his scabbard of steel/ Smiting his stallion's flank.// Before him, like a blood-red flag,/ The bright flamingoes flew;/ From morn till night he followed their flight,/ O'er plains where the tamarind grew,/ Till he saw the roofs of Caffre huts,/ And the ocean rose to view.// At night he heard the lion roar,/ And the hyena scream,/ And the river-horse, as he crushed the reeds/ Beside some hidden stream;/ And it passed, like a glorious roll of drums,/ Through the triumph of his dream.// The forests, with their myriad tongues,/ Shouted of liberty;/ And the Blast of the Desert cried aloud,/ With a voice so wild and free,/ That he started in his sleep and smiled/ At their tempestuous glee.// He did not feel the driver's whip,/ Nor the burning heat of day;/ For Death had illumined the Land of Sleep,/ And his lifeless body lay/ A worn-out fetter, that the soul/ Had broken and thrown away!//

sábado, abril 17, 2010

“Antígona”, de Gabriela Mistral







Me conocía el Ágora, la fuente
Dircea y hasta el mismo olivo sacro,
no la ruta de polvo y de pedrisco
ni el cielo helado que muerde la nuca
y befa el rostro de los perseguidos.

Y ahora el viento que huele a pesebres,
a sudor y a resuello de ganados,
es el amante que bate mi cuello
y ofende mis espaldas con su grito.

Iban en el estío a desposarme,
iba mi pecho a amamantar gemelos
como Cástor y Pólux, y mi carne
iba a entrar en el templo triplicada
y a dar al dios los himnos y la ofrenda.
Yo era Antígona, brote de Edipo,
y Edipo era la gloria de la Grecia.

Caminamos los tres: el blanquecino
y una caña cascada que lo afirma
por apartarle el alacrán… la víbora,
y el filudo pedrisco por cubrirle
los gestos de las rocas malhadadas.
Viejo Rey, donde ya no puedas háblame.
Voy a acabar por despojarte un pino
y hacerte lecho de esas hierbas locas.
Olvida, olvida, olvida, Padre y Rey:
los dioses dan, como flores mellizas,
poder y ruina, memoria y olvido.

Si no logras dormir, puedo cargarte
el cuerpo nuevo que llevas ahora
y parece de infante malhadado.
Duerme, sí, duerme, duerme, duerme, viejo Edipo,
y no cobres el día ni la noche.





en Lagar II, 1991












viernes, abril 16, 2010

"El Edén es la tierra", de José María Memet

A propósito del lanzamiento del libro El cazador de instantes
este martes 20 de abril




Esto implica reconocer
las flores y su belleza.
A veces tanto dolor
nubla nuestra mirada
y vemos cosas y acciones
tan diferentes a la realidad
que la ficción no existe.

El jardín está rodeado por el verde
pero otros colores se creen
con la fuerza de agregar
profundas realidades interiores.

En la parte interior del jardín
están nuestros temores más profundos.
En la parte metafórica vuelan abejas,
picaflores, mariposas, incluso moscas
y reparten la vida necesaria.

Nuestras vidas están en el jardín.
La tierra es el jardín,
nosotros los gusanos.










en El cazador de instantes, 2010

















jueves, abril 15, 2010

Carta de Dylan Thomas a Henry Treece

Fragmento






Un poema mío requiere una multitud de imágenes, porque su centro constituye precisamente una multitud de imágenes... Dejo que una imagen se cree emocionalmente en mí, y entonces aplico a ella todas mis facultades intelectuales y críticas; dejo, después, que se cree otra y que ésta se oponga a la primera; hago que de la tercera imagen nacida de las otras dos se forme una cuarta imagen contradictoria, y permito que dentro de los límites formales impuestos luchen entre sí. Cada imagen encierra dentro de ella el germen de su destrucción, y mi método, según creo experimentar, consiste en una constante construcción y destrucción de imágenes que salen del núcleo central, que es a la vez destructivo y constructivo… Lo que deseo poner en claro –y es algo que no distingo con precisión- es que la vida de cualquier poema mío no se mueve de un modo concéntrico alrededor de una imagen central, sino que la vida debe emanar del centro; debe nacer de una imagen para morir en otra; y toda secuencia de imágenes debe ser una secuencia de creaciones, recreaciones, destrucciones y contradicciones… y de este inevitable conflicto de imágenes… intento crear ese momento de paz que es un poema.







en Dylan Thomas, de Henry Treece, 1949












miércoles, abril 14, 2010

"Carta a Adolfo Casais Monteiro", de Fernando Pessoa

Lisboa, 13 de Enero de 1935




Mi apreciado Camarada:

Agradezco mucho su carta, la que voy a responder inmediata e integralmente. Andes de, propiamente, comenzar, quiero pedirle disculpas de escribirle en este papel de copia. Se me acabó el decente, es Domingo, y no puedo conseguir otro. Pero más vale, creo, el mal papel que la prórroga.

En primer lugar, quiero decirle que yo nunca vería «otras razones» en cualquier cosa que escribiera, discordando, a mi respecto. Soy uno de los pocos poetas portugueses que no decretaron su propia infalibilidad, ni toman ninguna crítica que se les haga, como un acto de lesa-divinidad. Más allá de eso, cualesquiera que sean mis defectos mentales, es nula en mí la tendencia para la manía de la persecución. Aparte de eso, conozco ya suficientemente su independencia mental, que, se me es permitido decirlo, mucho lo apruebo y alabo. Nunca me propuse ser Maestro o Maestro en Jefe, porque no sé enseñar, ni sé si tendría qué enseñar; Jefe, porque ni sé romper huevos. No se preocupe, pues, en cualquier ocasión, con lo que tenga que decir a mi respecto. No busco excavar en los andares nobles.

Concuerdo absolutamente consigo en que no fue feliz la estrella, que de mi mismo hice con un libro de la naturaleza del «Mensagem», Soy, de facto, un nacionalista místico, un sebastianista racional. Pero soy, aparte de eso, y hasta en contradicción con eso, muchas otras cosas. Y esas cosas por la misma naturaleza del libro, el «Mensagem» no las incluí.

Comencé por ese libro mis publicaciones por la simple razón de que fue el primer libro que conseguí, no sé porqué, tener organizado y listo. Como estaba pronto, incitáronme a que lo publicara: accedí. Ni lo hice, debo decir, con los ojos puestos en el posible premio del Secretariado, enhorabuena en eso no hubiera pecado intelectual mayor. Mi libro estaba listo en Septiembre, y yo juzgaba, hasta, que no podría concurrir al premio, pues ignoraba que el plazo para la entrega de los libros, que primitivamente fuera hasta fin de Julio, fuese alargado hasta el fin de Octubre. Como, pese a todo, a fin de Octubre ya había ejemplares listos del «Mensagem», hice entrega de los que el Secretariado exigía. El libro estaba exactamente en las condiciones (nacionalismo) de concurrir. Concurrí.

Cuando a veces pensaba en la orden de una futura publicación de obras mías, nunca un libro del género de «Mensagem» figuraba en número uno. Titubeaba entre si debía comenzar por un libro de versos grande -un libro de unas 350 páginas-, englobando las varias sub-personalidades de Fernando Pessoa él mismo, o si debería abrir con una novela policial, que todavía no conseguí completar.

Concuerdo consigo, dije, en que no fue feliz la estrella, que de mi mismo hice, con la publicación de «Mensagem». Pero concuerdo con los actos que fue la mejor estrella que hubiera podido hacer. Precisamente porque esa faceta - en cierto modo secundaria - de mi personalidad no había sido nunca suficientemente manifestada en mis colaboraciones en revistas (excepto en el caso del Mar Português, parte de este mismo libro) - precisamente por eso convine que ella apareciese, y que apareciera ahora. Coincidió, sin que yo lo planease o premeditase (soy incapaz de premeditación práctica), con uno de los momentos críticos (en el sentido original de la palabra) de la remodelación del subconsciente nacional. El que hice por si acaso y se completó por conversación, fuera exactamente tallado, con Escuadra y Compás, por el Gran Arquitecto.

(Interrumpo. No estoy ni dolido ni borracho. Estoy, pese a todo, escribiendo directamente, tan deprisa cuanto la máquina me lo permite, y voy sirviéndome de las expresiones que me ocurren, sin mirar que la literatura esté en ellas. Suponga -y hará bien en suponer, porque es verdad- que estoy simplemente hablando consigo.)

Respondo ahora directamente a sus tres preguntas: (1) plano futuro de la publicación de mis obras, (2) génesis de mis pseudónimos, y (3) ocultismo.

Hecha, en las condiciones que le indiqué, la publicación del «Mensagem», que es una manifestación unilateral, intento continuar de la siguiente manera. Estoy ahora completando una versión enteramente remodelada de El Barquero Anarquista; esa debe estar lista en breve y cuento, desde que estuviera lista, publicarla inmediatamente. Si así hiciera, traduciría inmediatamente ese escrito para el inglés, y voy a ver si lo puedo publicar en Inglaterra. Tal cual debe quedar, tiene posibilidades europeas. (No tome esta frase en el sentido de Premio Nóbel inherente.) Después -y ahora respondo propiamente a su pregunta, que se reporta a poesía- intento, durante el verano, reunir el tal grande volumen de los poemas pequeños de Fernando Pessoa él mismo, y ver si lo consigo publicar en fin del año en que estamos. Será ese el volumen que Casais Monteiro espera, y es ese que yo mismo deseo que se haga. Ese, entonces, será todas las facetas, excepto la nacionalista, que «Mensagem» ya manifestó.

Me referí, como vio, a Fernando Pessoa solamente. No pienso nada de Caeiro, de Ricardo Reis o de Álvaro de Campos. Nada de eso podré hacer, en el sentido de publicar, excepto cuando (ver más encima) me fuera dado el Premio Nóbel. Y con todo -lo pienso con tristeza- puse en Caeiro todo mi poder de despersonalización dramática, puse en Ricardo Reis toda mi disciplina mental, vestida de la música que le es propia, puse en Álvaro de Campos toda la emoción que no doy mi a mí ni a la vida. Pensar, mi querido Casais Monteiro, que todos estos tienen que ser, en la práctica de la publicación, preteridos por Fernando Pessoa, ¡impuro y simple!

Creo que respondí a su primera pregunta.

Si fui omiso, diga en qué. Si puedo responder, responderé. Más planes no tengo, por ahora. Y, sabiendo lo que son y en que dan a mis planes, es caso para decir, ¡Gracias a Dios!

Paso ahora a responde a su pregunta sobre el génesis de mis pseudónimos. Voy a ver si consigo responderle completamente.

Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de mis pseudónimos es el hondo trazo de histeria que existe en mí. No sé si soy simplemente histérico, si soy, más propiamente, un histeroneurastémico. Tiendo para esa segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de apatía que la histeria, propiamente dicha, no encuadra en el registro de sus síntomas. Sea como fuere, el origen natural de mis pseudónimos está en mi tendencia orgánica y constante para la despersonalización y para la simulación. Estos fenómenos -felizmente para mí y para los otros- mentalizáronse en mí; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con otros; hacen explosión para dentro y los vivo yo a solas conmigo. Si yo fuera mujer -en la mujer los fenómenos histéricos rompen en ataques y cosas parecidas- cada poema de Álvaro de Campos (el más histéricamente histérico de mí) sería una alarma para la vecindad. Pero soy hombre - y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; así todo, acaba en silencio y poesía...

Esto explica, tant(sic) bien que mal, el origen orgánico de mis pseudónimos. Voy ahora a hacerle la historia directa de mis pseudónimos. Comienzo por aquellos que murieran, y de algunos de los cuales ya no me acuerdo -los que yacen perdidos en el pasado remoto de mi infancia casi olvidada.

Desde niño tuve la tendencia de crear en torno a mí un mundo ficticio, de cercarme de amigos y conocidos que nunca existieron. (no sé, bien entendido, si realmente no existieron, o si soy yo que no existo. En estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos.) Desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo, me acuerdo de precisar mentalmente, en figura, movimientos, carácter e historia, varias figuras irreales que eran para mí tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, por ventura abusivamente, la vida real. Esta tendencia, que me viene desde que me acuerdo de ser un yo, me ha acompañado siempre, mudando un poco el tipo de música en que me encanta, pero no alterando nunca su manera de encantar.

Recuerdo, así, lo que me parece haber sido mi primer pseudónimo, o, antes, mi primer conocido inexistente -un cierto Chevalier de Pas de mis seis años, por quien escribía cartas a mí mismo, y cuya figura, no enteramente vaga, todavía conquista aquella parte del afecto que confina con la añoranza. Me acuerdo, con menos nitidez, de otra figura, cuyo nombre ya no me acuerdo más que era extranjero también, que era, no sé en qué, un rival de Chevalier de Pas... ¿Cosas que les suceden a todos los niños? Sin duda -tal vez. Pero a tal punto las viví que las vivo todavía, pues las recuerdo de tal modo que es menester un esfuerzo para hacerme saber que no fueron realidades.

Esta tendencia para crear en torno de mí otro mundo, igual a éste más con otra gente, nunca me salió de la imaginación. Tuve varias fases, entre las cuales está, sucedida ya en mayoría. Se me ocurría un dicho de espíritu, absolutamente ajeno, por un motivo u otro, a quien soy, o lo que supongo que soy. Lo decía inmediatamente, espontáneamente, como siendo de cierto amigo mío, cuyo nombre inventaba, cuya historia agrandaba, y cuya figura - cara, estatura, traje y gesto - inmediatamente veía delante de mí. Y así conseguí, y propagué, varios amigos y conocidos que nunca existieron, pero que todavía hoy, a cerca de treinta años de distancia, oigo, siento, veo, Repito: oigo, siento, veo... y tengo añoranzas de ellos.

(En mí comenzando a hablar -y escribir a máquina es para mí hablar-, me cuesta encontrar el freno. ¡Basta de conversación incómoda para sí, Casais Monteiro! Voy a entrar en la génesis de mis pseudónimos literarios, que es, al final, lo que Ud. quiere saber. En todo caso, lo que va dicho encima le da a la historia la madre que los dio a luz.)

Ahí por 1912, salvo error (que nunca puede ser grande), me vino a la idea escribir unos poemas de índole pagana. Esbocé unas cosas en verso irregular (no en el estilo Álvaro de Campos, mas en un estilo de media regularidad), y abandoné el caso. Se me esbozara, con todo, en una penumbra mal urdida, un vago retrato de persona que estaba por hacer aquello. (Había nacido, sin que yo supiera, Ricardo Reis.)

Año y medio, o dos años después, me acordé un día de hacer una partida al Sá-Carneiro -de inventar un poeta bucólico, de especie complicada, y presentarlo, ya no recuerdo como, en cualquier especie de realidad. Llevé unos días para elaborar al poeta mas nada conseguí. Un día en que finalmente desistiría -fue el 8 de Marzo de 1914- me acerqué desde una cómoda alta, y tomando un papel, comencé a escribir, de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así. Abrí con un título, O Guardador de Rebanhos. Y lo que le siguió fue la aparición de alguien en mí, a quien di desde luego el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme el absurdo de la frase: apareció en mí mi maestro. Fue esa la sensación inmediata que tuve. Y tanto así que, escritos que fueran esos treinta y tantos poemas, inmediatamente agarré otro papel y escribí, al hilo, también, los seis poemas que constituyen la Chuva Oblíqua, de Fernando Pessoa. Inmediatamente y totalmente... Fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto Caeiro a Fernando Pessoa él solo. O, mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa contra a su existencia como Alberto Caeiro.

Aparecido Alberto Caeiro, traté luego de descubrirle -instintiva y subconscientemente- unos discípulos. Arranqué de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre, y lo ajusté a sí mismo, porque a esa altura ya lo veía. Y, de repente, y en derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me surgió impetuosamente un nuevo individuo. En un acto, y la máquina de escribir, sin interrupción ni enmienda, surgió la Oda Triunfal de Álvaro de Campos -la Oda con ese nombre y el hombre con el nombre que tiene.

Creé, entonces, una coterie inexistente. Fijé todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias, conocí a las amistades, oí, dentro de mí, las discusiones y las divergencias de criterios, y en todo esto me parece que fui yo, creador de todo, el que menos estuvo ahí. Parece que todo se pasó independientemente de mí. Y parece que así todavía se pasa. Si algún día pudiera publicar la discusión estética entre Ricardo Reis y Álvaro de Campos, verá como ellos son diferentes, y como yo no soy nada en la materia.

Cuando fue la publicación de Orpheu, fue preciso, a la última hora, conseguir cualquier cosa para completar el número de páginas. Sugerí entonces al Sá-Carneiro que yo hiciera un poema «antiguo» de Álvaro de Campos - un poema de como Álvaro de Campos sería antes de haber conocido a Caeiro y haber caido bajo su influencia. Y así hice al Opiário, en que intenté dar todas las tendencias latentes de Álvaro de Campos, conforme habían de ser después reveladas, pero sin haber todavía cualquier trazo de contacto con su maestro Caeiro. Fue de los poemas que tengo escritos, el que me dio más que hacer, por el duplo poder de despersonalización que tuve que desenvolver. Pero, en fin, creo que no salió mal, y que muestra a Álvaro en ciernes...

Creo que le expliqué el origen de mis pseudónimos. Si hay con todo cualquier punto en el que precisa de un esclarecimiento más lúcido -estoy escribiendo deprisa, y cuando escribo deprisa no soy muy lúcido-, diga que de buen grado se lo daré. Y, es verdad, un complemento verdadero e histérico: al escribir ciertos pasajes de las Notas para recordação do meu Mestre Caeiro, de Álvaro de Campos, he llorado lágrimas verdaderas. Es para que sepa con quién está lidiando, ¡mi querido Casais Monteiro!

Algunas notas más en esta materia... Yo veo delante de mí, en el espacio incoloro pero real del sueño, las caras, los gestos de Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Les construí las edades y las vidas. Ricardo Reis nació en 1887 (no me acuerdo el día y mes, pero los tengo en algún lugar), en Porto, es médico y está en el presente en Brasil. Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915; nació en Lisboa, pero vivió casi toda su vida en el campo. No tuvo profesión ni casi educación alguna. Álvaro de Campos nació en Tavira, en el día 15 de Octubre de 1890 (a la 1:30 de la tarde, me dice Ferreira Gomes; y es verdad, pues, hecho el horóscopo para esa hora, está bien). Éste, como se sabe, es ingeniero naval (por Glasgow), pero ahora está aquí en Lisboa en inactividad. Caeiro es de estatura media, y, enhorabuena realmente frágil (murió tuberculoso), no parecía tan frágil como era. Ricardo Reis es un poco, pero muy poco, más bajo, más fuerte, más seco. Álvaro de Campos es alto (1,75 m de altura, 2cm más que yo), flaco y un poco tendiente a encorvarse. Cara afeitada todos - Caeiro es rubio sin color, ojos azules; Reis de un vago moreno mate; Campos entre blanco y moreno, tipo vagamente de judío portugués, cabello, por lo tanto, liso y normalmente apartado al lado, monóculo. Caeiro, como dije, no tuvo más educación que casi ninguna - sólo instrucción primaria; se le murieron temprano el padre y la madre, y se dejó estar en casa, viviendo de unos pequeños intereses. Vivía con una tía vieja, tía abuela. Ricardo Reis, educado en un colegio de jesuitas, es, como dije, médico; vive en el Brasil desde 1919, pues se exilió espontáneamente por ser monárquico. Es, un latinista por educación ajena, y un semi-helenista por educación propia. Álvaro de Campos tuvo una educación vulgar de liceo; después fue mandado para Escocia a estudiar ingeniería, primero mecánica y después naval. En unas vacaciones hizo el viaje a Oriente de donde resultó el Opiário. Le enseñó latín un tío beirão (N.d.T: habitante de las Beiras lisboetas) que era padre.

¿Cómo escribo en nombre de esos tres?... Caeiro, por pura e inesperada inspiración, sin saber o siquiera calcular que iría a escribir. Ricardo Reis, después de una deliberación abstracta, que súbitamente se concretiza en una oda. Campos, cuando siento un súbito impulso para escribir y no sé qué. (Mi semi-pseudónimo Bernardo Soares, que además en muchas cosas se parece con Álvaro de Campos, aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un poco suspensas las cualidades del raciocinio y de inhibición; aquella prosa es un constante divague. Es un semi-pseudónimo porque, no siendo la personalidad la mía, es, no diferente de la mía, pero una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad. La prosa, salvo lo que el raciocinio da de tenue a la mía, es igual a ésta, y el portugués perfectamente igual; al paso que Caeiro escriba mal el portugués, Campos razonablemente pero con lapsos como decir «yo propio» en vez de «yo mismo», etc., Reis mejor de lo que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis -todavía inédita- o la de Campos. La simulación es más fácil, hasta porque es más espontánea, en verso.)

A esta altura estará Casais Monteiro pensando qué mala suerte lo hizo caer, por lectura, en medio de un manicomio. En todo el caso, lo peor de todo esto es la incoherencia con la que he escrito. Repito, pese a todo: Escribo como si estuviera hablando consigo, para que pueda escribir inmediatamente. No siendo así, pasarían meses sin conseguir yo escribir. (*)

Falta responder a su pregunta en cuanto al ocultismo. Me pregunta si creo en el ocultismo. Hecha así, la pregunta no es bien clara; comprendo pese a eso la intención y a ella respondo. Creo en la existencia de mundos superiores al nuestro y de habitantes de esos mundos, en experiencias de diversos grados de espiritualidad, subutilizándose hasta llegarse a un Ente Supremo, que presumiblemente creó este mundo. Puede ser que hayan otros Entes igualmente Supremos, que hayan creado otros universos, y que esos universos coexistan con el nuestro, interpenetrados o no. Por estas razones, y todavía otras, la Orden Externa do Ocultismo, o sea, la Maçonaria (N.d.T: Masonería), evita (excepto la Maçonaria anglosajona) la expresión «Deus», dadas sus implicaciones teológicas y populares, y prefiere decir «El Gran Arquitecto del Universo», expresión que deja en blanco el problema de si Él es creador, o simple Gobernador del mundo. Dadas estas escalas de seres, no creo en la comunicación directa con Dios, pero, según nuestra afinidad espiritual, podemos ir comunicándonos con seres cada vez más altos. Hay tres caminos para lo oculto: el camino mágico (incluyendo prácticas como las del espiritismo, intelectualmente al nivel de la brujería, que es magia también), camino ese extremadamente peligroso, en todos los sentidos; el camino místico, que no tiene propiamente peligros, pero es incierto y lento; y lo que se llama el camino alquímico, el más difícil y el más perfecto de todos, porque envuelve una transmutación de la propia personalidad que la prepara, sin grandes riesgos, antes con defensas que los otros caminos no tienen. En cuanto a la «iniciación» o no, puedo decirle sólo esto, que no sé si responde a su pregunta: no pertenezco a Ordem Iniciática alguna. La cita, epígrafe a mi poema Eros e Psique, de un pedazo (traducido, pues el Ritual es en latín), del Ritual do Terceiro Grau da Ordem Templária de Portugal, indica simplemente -lo que es un hecho- que me fue permitido hojear los Rituales de los tres primeros grados de esa Orden, extinta, o en letargo desde cerca de 1888. Si no estuviera en letargo, yo no citaría un fragmento del Ritual, puesto no se deben citar (indicando el origen) trechos de Rituales que están en trabajo. (**)

Creo así, mi querido camarada, haber respondido, todavía con ciertas incoherencias, a sus preguntas. Si hay otras que desee hacer, no dude en hacerlas. Responderé como pueda y lo mejor que pueda. Lo que podrá suceder, y eso me disculpará, desde ya, es no responder tan deprisa.

Lo abraza el camarada que mucho lo estima y admira.



Fernando Pessoa






P.D. (!!!)
14-1-1935


Más allá de la copia que normalmente guardo para mí, cuando escribo a máquina, de cualquier carta que envuelve explicaciones del orden de las que ésta contiene, guardé una copia suplementaria, tanto para el caso de que esta carta se extravíe, como para el de, posiblemente, serle precisa para cualquier otro fin. Esa copia está siempre a sus órdenes.

Otra cosa. Puede ser que, para cualquier estudio suyo, u otro fin análogo, Casais Monteiro precise, en el futuro, citar cualquier pasaje de esta carta. Queda desde ya autorizado a hacerlo, pero con una reserva, y le pido permiso para acentuarla. El párrafo sobre ocultismo, en la página 7 de mi carta, no puede ser reproducido en letra impresa. Deseando responder lo más claramente posible a su pregunta, salí propuestamente un poco fuera de los límites que son naturales en esta materia.

Se trata de una carta particular, y por eso no dudé en hacerlo. Nada coarta a que lea ese párrafo a quien quiera, desde que esa otra persona obedezca también al criterio de no reproducir en letra impresa lo que en ese párrafo va escrito. Creo que puedo contar consigo para tal fin negativo.

Continuo en deuda para consigo de la carta ultra debida sobre sus últimos libros. Mantengo lo que creo que le dije en mi carta anterior: cuando ahora (creo que será sólo en Febrero) pase algunos días en Estoril, pondré esa correspondencia en orden, pues estoy en deuda, en ese tema, no sólo para consigo, pero también con varias otras personas.

Se me ocurre preguntar de nuevo una cosa que ya le pregunté y que no me respondió: ¿recibió mis folletos de versos en inglés, que hace tiempo le envié?

«Para meu governo», como se dice en lenguaje comercial, le pido que me avisara lo más deprisa posible que recibió esta carta. Gracias.





Fernando Pessoa










(*) Esta carta, tal como fue insertada por Adolfo Casais Monteiro en la revista Presenta, Nº 9, Junio de 1937, y más tarde por Jorge de Sena en las Páginas de Doutrina Estética, obra citada, terminaba aquí, en obediencia a la Post Data de Fernando Pessoa, que pedía la no publicación del trecho subsiguiente debido a motivos que apuntaba y que se reproducen. Pese a todo, con autorización de Casais Monteiro, João Gaspar Simões incluyó el trecho referido ocultista en su Vida e Obra de Fernando Pessoa, obra citada, pp 546 y 547 (2ª edición). Se transcribe el referido trecho íntegramente, bien como la P.D. que sólo figuraba en Apêndice de la antología de Sena.

(**) Termina aquí el texto en cuestión, sólo conocido después del libro de J. Gaspar Simões.














martes, abril 13, 2010

“El evangelio según el diablo”, de Raúl Heraud Alcázar







Pequeño Dios
cuando abandones tu sagrada indiferencia
y dejes la cerradura abierta
para que camellos y locos
sean tan libres como el asesino
de niños
cuando no reclames
tristes almas en las puertas del infierno
y tus ángeles afeminados
vengan a vivir
a este enorme panteón
donde ya nadie te nombra
cuando recorras cada pozo de huesos
cada mierdero con sus despojos humanos
comprenderás que no se trata de amor
ni de juicio final
sólo que aquí
huele a muerte
permanentemente.





en Teatro de la crueldad, 2009














lunes, abril 12, 2010

La Carta de la Libertad

Adoptada en el Congreso del Pueblo, Kliptown, Sudáfrica, el 26 de junio de 1955  
© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




            Nosotros, el pueblo de Sudáfrica, declaramos para que todos en nuestro país y el mundo sepan:

- que Sudáfrica pertenece a todos los que viven en ella, negro y blanco, y que ningún gobierno puede con justicia reclamar autoridad si no se basa en la voluntad de todo el pueblo;
- que nuestro pueblo ha sido despojado de sus derechos de nacimiento a la tierra, la libertad y la paz por una forma de gobierno fundada en la injusticia y la desigualdad;
- que nuestro país nunca será próspero o libre hasta que todo nuestro pueblo viven en hermandad, disfrutando de iguales derechos y oportunidades;
- que sólo un Estado democrático, basado en la voluntad de todo el pueblo, puede asegurar a todos su derecho de nacimiento, sin distinción de color, raza, sexo o creencias;
- Y por lo tanto, nosotros, el pueblo de Sudáfrica, negros y blancos unidos e iguales, compatriotas y hermanos adoptamos esta Carta de la Libertad;
- Y nos comprometemos a luchar juntos, no escatimando ni fuerza ni coraje, hasta que los cambios democráticos que aquí se exponen hayan sido ganados.

¡El Pueblo Deberá Gobernar!

- Cada hombre y cada mujer tendrá derecho a votar por y para presentarse como candidato a todos los organismos que hacen leyes;
- Todas las personas tendrán derecho a tomar parte en la administración del país;
- Los derechos del pueblo deberán ser para todos los mismos, independientemente de su raza, color o sexo;
- Todos los organismos de la minoría gobernante, los organismos consultivos, los consejos y las autoridades deberán ser reemplazados por organismos democráticos del gobierno autónomo.

¡Todos los Grupos Nacionales Tendrán
Igualdad de Derechos!

- Deberá haber igualdad en los organismos del Estado, en los juzgados y en las escuelas para todos los grupos nacionales y las razas;
- Todo el pueblo tendrá el mismo derecho a utilizar sus propios lenguajes y a desarrollar su cultura popular y sus costumbres;
- Todos los grupos nacionales deben estar protegidos por ley contra los insultos a su raza y su orgullo nacional;
- La prédica y la práctica de discriminación y desprecio racial o de color será un crimen punible;
- Todas las leyes y prácticas del apartheid se desestimarán.

¡El Pueblo Compartirá la Riqueza del País!

- La riqueza de nuestro país, el patrimonio de los sudafricanos, será devuelto al pueblo;
- La riqueza mineral bajo el suelo, los bancos y el monopolio de la industria deberán ser transferidos en su totalidad a la propiedad del pueblo;
- Todos el resto de las industrias y el comercio deberán ser controlados para ayudar al bienestar de las personas;
- Todas las personas tendrán los mismos derechos para comerciar donde quieran, para fabricar y para entrar en todos los comericos, artes y profesiones.

¡La Tierra la Compartirán Quienes la Trabajan!

- Las restricciones acerca de la propiedad de la tierra sobre una base racial deberá terminar y toda la tierra deberá volver a dividirse entre los que la trabajan para erradicar la hambruna y el hambre de la tierra;
- El estado deberá ayudar a los campesinos con implementos, semillas, tractores y represas para cuidar la tierra y ayudar a los que la cultivan;
- La libertad de movimiento deberá ser garantizada para todos los que trabajan en la tierra;
- Todos deberán tener derecho a ocupar la tierra donde ellos elijan;
- A la gente no se le robará su ganado, y el trabajo forzado y las prisiones de explotación deberán ser abolidas.

¡Todos Deberán ser Iguales ante la Ley!

- Nadie deberá ser encarcelado, deportado o restringido sin un juicio justo; Nadie podrá deberá ser condenado por orden de ningún funcionario del Gobierno;
- Los tribunales deberán ser representativos de todo el pueblo;
- La condena a prisión deberá ser únicamente para los delitos graves contra el pueblo, y deberá aspirar a la reeducación, no a la venganza;
- La policía y el ejército deberán estar abiertos a todos en igualdad de condiciones y deberán ser los ayudantes y protectores de la gente;
- Todas las leyes que discriminan por motivos de raza, color o creencia deberán ser derogadas.

¡Todos Deberán Disfrutar de Igualdad
de Derechos Humanos!

- La ley deberá garantizar a todos su derecho a hablar, a organizarse, a reunirse, a publicar, a predicar, a venerar y a educar a sus hijos;
- La privacidad de la casa de las redadas de la policía deberá estar protegida por la ley;
- Todos deberán ser libres para viajar sin restricciones del campo a la ciudad, de provincia a provincia, y de Sudáfrica al extranjero;
- Aprobar las leyes, los permisos y todas las otras leyes que restringen estas libertades deberán ser abolidas.

¡Deberá haber Trabajo y Seguridad!

- Todos aquel que trabaje deberá ser libre para formar sindicatos, para elegir a sus dirigentes y para librar acuerdos salariales con sus empleadores;
- El Estado deberá reconocer el derecho y el deber de todos de trabajar, y de aspirara a beneficios de desempleo;
- Hombres y mujeres de todas las razas deberán percibir un salario igual por un trabajo igual;
- Deberá haber una semana de cuarenta horas de trabajo, un salario mínimo nacional, vacaciones pagadas anuales y licencia por enfermedad para todos los trabajadores, y la licencia de maternidad con sueldo completo para todas las madres trabajadoras;
- Mineros, empleados domésticos, trabajadores agrícolas y los funcionarios públicos deberán tener los mismos derechos que todos los que trabajan;
- El trabajo infantil, el trabajo complejo, el sistema de adicción y el contrato de trabajo deberán ser abolidos.

¡Las Puertas de la Educación y la Cultura Deberán Abrirse!

- El gobierno deberá descubrir, desarrollar y fomentar el talento nacional para la mejora de nuestra vida cultural;
- Todos los tesoros culturales de la humanidad deberán estar abiertos a todos, mediante el intercambio gratuito de libros, las ideas y el contacto con otras países;
- El objetivo de la educación deberá ser enseñar a la juventud a amar a su gente y su cultura, a honrar la fraternidad humana, la libertad y la paz;
- La educación deberá ser gratuita, obligatoria, universal e igual para todos los niños; la enseñanza superior y formación técnica deberá ser abierta a todos por medio de subsidios del Estado y de becas otorgadas sobre la base del mérito;
- El analfabetismo en los adultos deberá ser terminado por un plan de educación masiva del estado;
- Los maestros deberán tener todos los derechos de los demás ciudadanos;
- La división por color en la vida cultural, en el deporte y en la educación deberá ser abolida.

¡Deberán Haber Casas, Seguridad y Confort!

- Todos deberán tener el derecho a vivir donde ellos elijan, tener una vivienda digna, y de criar a sus familias en comodidad y seguridad;
- Los espacios habitacionales no utilizados se pondrán a disposición del pueblo;
- Alquileres y precios deberán bajarse, la comida abundante y nadie deberá pasar hambre;
- El Estado deberá poner en curso un esquema de salud preventiva;
- Un sistema de salud gratuita y hospitalización deberá ser provista para todos , con especial atención a las madres y los niños pequeños;
- Los barrios marginales deberán ser demolidos, y los nuevos barrios construidos donde todos tengan transporte, carreteras, alumbrado, campos de juego, guarderías y centros sociales;
- Los ancianos, los huérfanos, los discapacitados y los enfermos deberán ser cuidados por el Estado;
- El descanso, esparcimiento y la recreación deberá ser derecho de todos:
- Los lugares cercados y los guetos deberán suprimirse, y las leyes que separan a las familias deberán ser derogados.

¡Deberá Haber Paz y Amistad!

- Sudáfrica deberá ser un Estado completamente independiente, que respete los derechos y la soberanía de todas las naciones;
- Sudáfrica deberá esforzarse por mantener la paz mundial y la solución de todas las controversias internacionales mediante la negociación -no la guerra;
- La paz y la amistad entre todo nuestro pueblo deberán estar aseguradas por la defensa de la igualdad de derechos, oportunidades y status de todos;
- La gente de los protectorados de Basutoland, Bechuanaland y Swaziland deberá tener libertad para decidir por sí mismos su propio futuro;
- El derecho de todos los pueblos de África a independizarse y a autogobernarse debe ser reconocido y deber ser la base de una estrecha cooperación.
- Dejemos que todas las personas que aman a su pueblo y su nación digan ahora, como decimos aquí:

ESTAS SON LAS LIBERTADES POR LAS QUE VAMOS A LUCHAR, CODO A CODO, DURANTE TODA NUESTRA VIDA, HASTA QUE HAYAMOS GANADO NUESTRA LIBERTAD












domingo, abril 11, 2010

“De la amistad”, de Gibran Khalil Gibran






Uno de los jóvenes dice:

Háblanos de la amistad

Y él responde, diciendo:

Con tus amigos encontrarás la satisfacción a tus deseos.
Ellos son el campo que siembras con amor y cosechas con agradecimiento.
Ellos son tu mesa y tu hogar.
Pues no temes presentarte ante ellos, con tu hambre
y los buscas para el apaciguamiento en su compañía.
Cuando un amigo revela el fondo de su pensamiento,
no temes escucharlo abiertamente, sin cerrarte a lo que él te dice,
y no tienes miedo de ir hacia él con el asentimiento.
Y aún, cuando sea silencioso, tu corazón está escuchando su corazón.
Pues entre amigos, los pensamientos, los deseos y las esperas,
nacen y son compartidas, espontáneamente, sin palabras.
Cuando tengas que separarte de tu amigo, no te aflijas,
pues lo que más amas en él, puede serte revelado mas claramente
en su ausencia, como la montaña que ha sido escalada, es más clara
vista desde el llano.
Y no busques en la amistad otra cosa que el profundizar en las cosas del espíritu.
Pues el amor que no busca esclarecer su propio misterio,
no es amor sino una red lanzada
con la que no sabes qué tormentos hallarás.
Que lo mejor de ustedes mismos sea para sus amigos.
Si le das a conocer tus reveses de fortuna, hazle conocer también tus éxitos.
¿Pues qué haces de la amistad, si no buscas tus amigos sino para matar el tiempo?
Busca más bien, su compañía, para vivir las horas.
Pues él esta para llenar tus necesidades, pero no tu vacío.
Y en la dulzura de la amistad guarda un lugar para la risa
y un lugar para compartir el placer.
Pues es en la fragancia de las pequeñas gentilezas,
que el corazón se torna matinal y fresco.





en El profeta, 1923












sábado, abril 10, 2010

" Mientras tú, Póntico, cantas las luchas fatales de la Tebas...", de Propercio

Elegiae, I, VII




Mientras tú, Póntico, cantas las luchas fatales de la Tebas
de Cadmo y la guerra fratricida y –ojalá me sintiera feliz así–
rivalizas con Homero, príncipe de los poetas
(siempre que los hados sean propicios a tus versos),
yo, como acostumbro, me dedico a mi poesía de amor
y busco algo con que doblegar a mi altiva dueña;
y se me obliga a ser esclavo no tanto de mi inspiración como de
mi dolor y a lamentar los días penosos de mi juventud.
Así transcurre mi manera de vivir, así es mi renombre,
de esa forma deseo que se extienda la fama de mis versos.
Que de mí alaben tan sólo haber agradado a mi culta amada,
Póntico, y haber soportado a menudo injustas amenazas;
que después me lea asiduamente el amante desdeñado
y séale útil el conocimiento de mis desgracias.
Si a ti también este niño te hiriera con su arco certero
(y espero que nuestros dioses, ay, no lo deseen),
llorarás desgraciado cuando, lejos los campamentos, lejos
los siete ejércitos, sean sordos a tu llamada en eterno olvido;
y en vano desearás componer versos enternecedores
ni Amor, ya tardío, te inspirará poemas.
Entonces ya no me verás más como un poeta de estilo ligero,
entonces me antepondrás a los romanos dotados de vena poética;
[y los jóvenes no podrán guardar silencio en mi sepulcro:
'Aquí yaces, poeta grande de nuestros amores'.]
Tú no desprecies con tu orgullo mis poesías:
cuando Amor llega tarde, cobra un interés exorbitante.













Traducción de Antonio Ramírez de Verger












viernes, abril 09, 2010

“Las Ardillas de María Luisa Bombal”, de Sara Vial






Han llegado saltando por los años, sin perder una pizca de su gracia, su furtivo relámpago. Estaban escondidas en los parques de Washington, en "las tarjetas postales enviadas desde otro continente hasta un lejano país estrecho, hasta unas playas en donde el negro océano Pacífico estrella constantemente su lomo frío y poderoso". Ocultas, "con su paso muy liviano en la hojarasca otoñal", en la hojarasca que rescatan las fotocopias, cuando un artículo de ardillas que se autodefine como "divagaciones" aparece escrito por María Luisa en el número 106 de Revista Sur, de Buenos Aires, en agosto de 1943. La segunda guerra lanza sus sirenas sobre Nueva York, donde vive la escritora. "Se dictan decretos y black outs", escribe ella, evocando los simulacros de bombardeos. "Llegan y se van ministros, taciturnos y febriles. Y le echan carbón a la Máquina. Y la Máquina anda, suena y truena y vomita resplandores rojizos como un dragón su fuego por las fauces".

Pero están las ardillas. Sin ellas no habría divagación, ni ensueño, ni temor de la guerra, ni serían aun humanos los parques y los hombres.

A María Luisa Bombal se le han perdido tantas cosas que ha escrito, como ráfagas de ardilla que no puso empeño alguno en sujetar, aunque fuese de la rojiza cola. Nadie ha leído en Chile este relato delicioso, escrito con la levedad bombaliana que no puede atraparse en un comentario periodístico sin dejar destrozadas las alas del encanto maestro. "Pero, para el infeliz poeta que escribe en prosa, y este es mi caso... nada más difícil que encarar un artículo en primera persona, ya que su especialidad consiste en desmadejar una serie de impresiones tan personales, como al parecer, alocadas".

"¿Por qué no has escrito versos con tu don poético", le preguntó una vez el poeta Julio Barrenechea en una mesa redonda de escritores. "Ay, porque entonces lo que escribo me resulta prosa", contestó María Luisa, con una sagacidad imponderable.

La poesía viene a comer en su mano, como las ardillas, siempre que ella la deje libremente transitar más allá de los versos, por casas evaporadas en la niebla, jardines abandonados, tranqueras iluminadas por un relámpago, alcobas donde las amortajadas sienten caer la lluvia, fundos donde la vida de las mujeres parece haberse detenido al borde de sus faldones de otro tiempo, y extrañamente, de este mismo momento.

¿Pueden ser solamente estas ardillas sus recuerdos de treinta años en Estados Unidos?

"En Nueva York me sentía sola, de aquella soledad particular que no se siente sino cuando uno empieza a sentirse extranjero. Cuando pensaba en mi pasado, me parecía el pasado de otra persona y no lograba juntarme con él, tan ajeno y distante lo sentía. Y nuestro pasado, por muy triste que sea, es el único compatriota que en el extranjero nos permite reconocernos a nosotros mismos". Entonces se va a Washington, ciudad de las ardillas", que estamos brevemente comentando. Allí encontrará a esas "brujas juveniles y traviesas", que correrán por el césped y por los hombros de su fantasía, disipando fantasmas. "De todos los segundos de belleza inadvertida o perdida es de lo que gozan las ardillas, prestándoles un sentido y una utilidad. Por ellas no se pierden ni un solo reflejo de la mañana y gozan asimismo de cada accidente del día en su transcurso. De una breve hora de neblina. De un puntazo de sol, de un soplo de viento y de las hojas secas recién desprendidas y revoloteando como pájaros duros alrededor de su propio esqueleto; el árbol desnudo y ceniciento y de los aromas pesados que empiezan a alentar las flores cuando va a llover. A menudo buscan ciertos lirios sombríos, de esos que tienen la raíz hundida en el corazón de Isolda. Y cavando el limo con sus uñas se adentran en una tierra llena de murciélagos y gemidos, de algas celestes y de blandos pozos de humo... Por las noches, aguzando el oído percibo los pasos de ciertas ardillas intrusas aventurándose por las calles de este gran jardín otoñal que es Washington y los oigo escurrirse por los cerros vivos y me las imagino asomándose a las últimas ventanas iluminadas".

En Valparaíso, algo mágico ha ocurrido. Algo, a lo mejor, sugerido por las ardillas que a veces se cuelan aun entre las máquinas de los periodistas. Se ha reunido un grupo de ellos, que trabajan en Educación y Cultura y han decidido impulsar una campaña en favor del Premio Nacional para María Luisa. Ella ha sido la primera sorprendida. Nacida en la V Región del país, en Viña del Mar, no imaginaba que este apoyo podía nacer de un grupo de periodistas jóvenes y entusiastas que están movilizando a personas y entidades, para reparar lo que ellos estiman una ya antigua injusticia, un raro olvido oficial.

"Ahora nieva", dice la escritora en este relato que ha caído como llovizna en nuestras manos: "El cielo está negro y mudo pero el suelo blanqueado resplandece. ¡Ah, la triste magia azul de la nieve! Es como si la tierra se hubiera tragado a la luna, me cuenta una ardilla".

Esta ardilla que se queda mirando más allá del papel, más allá de la nieve, como si efectivamente "la tierra se hubiera tragado a la luna", como termina diciendo este relato bello y desconocido.






en Las Ultimas Noticias, 6 de agosto de 1978