viernes, abril 02, 2010

"La vendedora de fósforos", de Hans Christian Andersen





Era casi de noche y hacía un frío horrible; estaba empezando a nevar. Faltaban unas pocas horas para el Año Nuevo.

En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña caminaba a pie desnudo y sin abrigo por las solitarias calles. ¡Cómo tiritaba!

En uno de los bolsillos de su gastado delantal llevaba varias cajitas de fósforos. Con una mano sostenía una de ellas, lista para ofrecérsela a algún posible comprador. Hasta ese momento no había podido vender ninguna. Y nadie se había compadecido tampoco de su desgracia ni de su hambre ni de su cuerpecito helado y tembloroso.

La nieve caía sobre sus cabellos, mientras más allá, en las tibias y confortables casas, sus habitantes bebían y comían alegremente, olvidados de los pobres que, como ella, se guarecían en las calles.

"Esta noche –pensó la niña–, los pobres no tendremos ni alegría ni una exquisita comida".

La pequeña vendedora de fósforos se sentó, como mejor pudo, en la escalera de un edificio, tratando de abrigar sus pies descalzos con el calor de su cuerpo. Pensó por un momento volver a casa, pero... ¿y su padre? Si ella volvía sin haber vendido al menos una caja de fósforos, él le daría unos cuantos golpes. Además, en casa hacía tanto frío como allí.

La niña tenía las manos heladas. "¡Ah, Dios mío! ¿Y si encendiera un fósforo? –pensó–... Talvez conseguiría entrar en calor..."

Incapaz de seguir soportando la horrible temperatura, prendió un fósforo. Entonces surgió una tibia y brillante llamita. La niña notó inmediatamente el calorcillo y extendió sus manitas entumecidas sobre la llama del fósforo.

"¡Cuánto me gustaría calentarme junto a una gran chimenea, como la gente de esas lindas casas!", pensó tristemente.

De pronto, el fósforo se apagó. Pero ella tenía más cajas de fósforos en el bolsillo. Entonces encendió otro. De nuevo quedó brillando una llamita que, al proyectarse en la pared, le dio una transparencia que permitió a la niña ver el interior de la casa en cuyo muro estaba apoyada.

Era una casa rica, confortable, donde había una mesa llena de botellas y de finos platos con apetitosas comidas. ¡Oh! En el centro de la mesa había ¡un pavo!, enorme, jugoso y humeante aún. Entonces ocurrió algo inesperado: el pavo dio un salto y voló hacia la vendedora de fósforos, la que lo tomó con sus frías manitas. Pero justo en ese momento el fósforo se apagó, dejándola en la oscuridad y con más frío aún.

La niña sacó otro fósforo y lo encendió. Entonces se pudo ver a sí misma sentada ante un precioso árbol de Navidad repleto de cosas maravillosas: muñecas, viejitos pascueros, botitas...

La niña tendió sus manos hacia esas maravillas, con unas ganas enormes de acariciarlas... Pero nuevamente el fósforo se apagó y las lucecitas mágicas que tenía el arbolito de Navidad subieron alto, muy alto, hasta confundirse con las estrellas. Y entonces una de éstas cayó en la inmensidad, dejando una especie de polvito brillando a su paso.

–Alguien ha muerto –murmuró la niña, recordando lo que una vez le había dicho su abuelita:
"Cuando una estrella cae del cielo, un alma buena vuela hacia él".
–¡Oh, abuelita! –exclamó–. ¿Por qué no me llevas contigo?

Pero su abuelita había muerto y no podía ayudarla. Entonces tuvo miedo de quedarse sola, en medio de la oscuridad y del frío. Se apuró en encender todos los fósforos que le quedaban. Éstos estaban ardiendo vivamente cuando la pequeña vendedora de fósforos vio, en la brillante luz producida por las llamas, a su abuelita. La anciana la tomó en sus brazos y se la llevó volando por un camino celeste lleno de luz, hasta el cielo, donde la pequeña niña ya no sentiría más frío ni hambre, donde no sufriría más el egoísmo de su padre ni de la gente...

Unas horas más tarde, en la helada madrugada, encontraron a la niña de los fósforos todavía sentada sobre la escalera del edificio. En sus labios entreabiertos podía verse una angelical sonrisa.

Había muerto de frío en la noche de Año Nuevo.

Estaba rígida y conservaba aún, en el bolsillo de su gastado delantal, una caja de fósforos.

–La pobrecita quiso calentarse y no pudo –murmuraron algunos vecinos.

Pero nadie pudo adivinar las maravillas que la pequeña había visto en sus últimos momentos ni a qué lugar feliz la había llevado su abuelita...













1845











jueves, abril 01, 2010

“El éxodo urbano”, de John Cheever







La guerra había terminado; también la escasez de materiales de construcción y desde la ventana de nuestro departamento cerca de Sutton Place podíamos ver cómo empezaba a cambiar el horizonte. Todos los que estaban volviendo ya estaban en casa, las chicas todavía tenían su aspecto de licencia y rocío y, después de las ruinas humeantes y cariadas de Manila, la ciudad de Nueva York, con el cielo derramando su luz sobre los ríos, parecía una iluminación. Mis hijos eran pequeños y mi Nueva York favorita era a la que ellos me conducían las tardes de domingo. Una chica en tacos altos te puede mostrar Roma, un compañero de tragos es el mejor para Dublín, y yo disfrutaba de la Nueva York que conocían mis hijos. Les gustaba la casa de los leones de Central Park a las cuatro de las tardes de febrero, el punto más alto del Queensboro Bridge, y un muelle cerca del río en las East Forties, hace mucho abandonado, donde una vez vi a una pareja de prostitutas jugando a la rayuela con las llaves de una habitación de hotel. Oh, fue hace mucho tiempo. Todavía se podía escuchar la versión instrumental de “Oklahoma!” durante las horas de beber, la Mink Decade recién se estaba consolidando y la Third Avenue todavía hacía vibrar los platos en Bloomingdale’s. Las vistas del East River eran más amplias entonces y esas extensiones de agua y luz tenían una fuerza impresionante. Solíamos cabalgar y jugar a la pelota en Central Park y, en octubre, con la temporada de esquí en mente, solía subir los diez pisos de escaleras de mi departamento. Usaba las escaleras de atrás, las únicas, y yo era el único que las usaba. La mayoría de las puertas de las cocinas estaban abiertas, y mi subida era una violación a la privacidad, pero, ¿qué podía hacer? Silbaba y a veces cantaba para avisar a los vecinos de mi acercamiento, pero a pesar de estas precauciones una vez vi a una mujer usando apenas una faja mientras preparaba una pata de cordero, a un cocinero tomando whisky de la botella, y a una ama de casa sentada sobre las rodillas del pálido chico del delivery de la carnicería de la esquina. En Nochebuena, mis hijos y sus amigos cantaban villancicos en Sutton Place, sobre todo para mayordomos, porque todos los demás se habían ido a Nassau, lo que pudo haber sido el principio del fin.

Era una vida maravillosa y parecía que nunca iba a terminar. En invierno había algunos días con un brillo inteligente en el aire y los edificios, y después estaban los primeros vientos sureños de la primavera con sus olores excitantes e inmundos de los patios de atrás, y todas las mujeres que habían salido a comprar caminando hacia el este al atardecer, cargando flores de manzanos y lilas que habían sido traídas en camiones desde el Shenandoah Valley la noche antes. Un mendigo que hablaba francés solía trabajar en Beekman Place (“Je le regrette beaucoup, monsieur...”), y al salir a cenar una noche nos encontramos con un gaitero en la plataforma de subterráneo de la Avenida Lexington que tocó una marcha Black Watch entre trenes. Nueva York era el lugar donde yo había conocido y me había casado con mi esposa, había soñado con sus calles durante la guerra, mis hijos habían nacido allí, y era donde por primera vez había experimentado el sentimiento de estar libre de estructuras sociales y parentales. Nosotros y nuestros amigos parecíamos improvisar nuestro mundo y encontrarnos con la sociedad en los términos más liberales y espontáneos. Supongo que no hubo un día, una hora, en la que la clase media recibió orden de marcharse, pero hacia el final de la década del ’40 la clase media se empezó a mover. Fue más un empujón que un movimiento, y la energía detrás del empujón fue el cambiante carácter económico de la ciudad. Sería más fácil de describir si hubiera habido edictos, proclamas y tablas de estadísticas, pero el vasto movimiento de población fue forzado por las cuentas de la carnicería, las propinas, el incremento en los costos de los alquileres y los colegios y las demoliciones. ¿Dónde están los Wilson?, uno podía preguntarse. Oh, se compraron un lugar en Putnam County. ¿Y los Renshaws? Se mudaron a Nueva Jersey. ¿Y los Oppers? Los Oppers están en White Plains. Las líneas se estaban angostando, y los mirábamos ir con cierta pena y desdén. A veces volvían para una cena con barro en los zapatos, y los rostros de las mujeres enrojecidos de trabajar en el jardín. ¡Mi Dios, los suburbios! Rodeaban los límites de la ciudad como territorio enemigo y pensábamos en ellos como una pérdida de privacidad, una cloaca de conformidad y una vida de infelicidad indescriptible en un pueblo cuyo nombre aparecía en The New York Times sólo cuando un ama de casa aburrida se volaba la cabeza con un arma.

Esa primavera, en la ceremonia de cierre del año escolar de mi hija, la directora tomó el micrófono y anunció: “Ahora la escuela se terminó... ¡y todos nos vamos al campo!”. Nosotros no nos íbamos al campo y la exclamación me fascinó porque, escondida en algún lugar de sus palabras, había una sensación, una aprehensión del hecho de que los ricos de la ciudad se estaban volviendo más ricos y el frágil espacio medio donde nosotros estábamos parados se estaba desvaneciendo. En cualquier caso las vistas del río se estaban desvaneciendo así como sus marcas. Se tiró abajo una destilería vieja y se levantó una lujosa casa de apartamentos. Empezó la construcción en un terreno baldío donde solíamos pasear al perro, y la mayoría de las pequeñas y agradables casas del vecindario, donde la gente que no era rica podía vivir, fueron marcadas para demolición e iban a ser reemplazadas por torres de vidrio de una nueva clase. Podía ver el paisaje de la juventud de mis hijos destrozado frente a mis ojos; ¿y no pierden fuerza la riqueza de nuestros recuerdos con esta velocidad de reconstrucción? La casa de departamentos donde vivíamos cambió de manos y los nuevos dueños se prepararon a convertir el edificio en una cooperativa, pero nos dieron ocho meses para encontrar otra casa. La mayoría de la gente que conocíamos para entonces vivía o en River House o en inquilinatos del centro, donde había que usar ollas y sartenes para contener las goteras cuando llovía. Las chicas o salían o entraban del Colony Club, por decir algo, en el embarcadero del río, y los amigos de mis hijos o jugaban fútbol para Buckley o practicaban con cuchillos en las sombras del puente.

Ese fue el invierno en que nunca tuvimos suficiente dinero. Yo busqué otro departamento, pero fue imposible encontrar un lugar para una familia de cinco que fuera adecuada para mis ingresos y para mi esposa. No éramos tan pobres como para acceder a las viviendas subsidiadas y en absoluto lo suficientemente ricos para los nuevos edificios que estaban creciendo a nuestro alrededor. El ruido de los cuadrillas destrozando todo parecía directamente dirigido a nuestra residencia en la ciudad. En marzo, una de las obligaciones que no pude cumplir o fui negligente fue la cuenta de electricidad y nos cortaron la luz. Los niños se bañaron a la luz de las velas y, aunque disfrutaron este desarrollo de los hechos, el efecto de un departamento oscuro en mis propios sentimientos fue sombrío. Simplemente no teníamos el dinero. Pagué la cuenta de luz por la mañana y fui a Westchester una semana más tarde y arreglé el alquiler de una pequeña casa con un enfermizo árbol en el jardín.

Las ceremonias de despedida eran numerosas y a veces con lágrimas. El sentimiento era que íbamos al exilio, como tantos miles antes de nosotros, por invisibles presiones económicas y enviados a una yerma vida de provincias donde engordaríamos, usaríamos ropas inadecuadas, y pasaríamos nuestras noches pegados a la televisión. ¿Qué otra cosa puede hacer uno en los suburbios? La noche antes de irnos fui a Riverview Terrace para cenar, de donde salté, en una exuberancia de arrepentimiento, de una ventana de un primer piso. No creo que eso se pueda hacer más. Después de la fiesta caminé por la ciudad, y empecé mis despedidas. Las tradicionales luces de madera seca salían de las calles y pegaban en las nubes bajas sobre mi cabeza. En una vereda, en algún lugar de las Ochentas vi a un cubano bailar pasos de rumba con un bebé en los brazos. Una fiesta en las Sesentas se estaba terminando y los hombres y las mujeres estaban bajo una puerta iluminada diciendo adiós y buenas noches. En las Cincuentas vi a un linyera empujando un carrito de bebé inglés, un carruaje para una princesa, de un tacho de basura a otro. Era parte de la impronta de la ciudad. Era la primavera, y había una intoxicante y fresca fragancia desde el Central Park, porque en Nueva York el avance de las estaciones no se olvida sino que se intensifica. Tormentas de otoño, fuegos de hojas, la quietud primordial que llega después de una nevada intensa y los lascivos olores de abril, todo parecía magnificado por el pavimento de la más grandes las ciudades del mundo.

Los hombres de la mudanza iban a llegar al amanecer y yo di otro paseo melancólico. Me hice lustrar los zapatos por un agradable italiano que siempre se describía a sí mismo como un hombre con la mente sucia. Culpaba al olor de la crema de lustrar porque, decía, provocaba persuasiones venéreas. Tenía, como mucha gente de su tipo, una mente vívida y poseía, junto con la colección de revistas de nudismo más grande que haya visto, algunos exaltados recuerdos de Laurence Olivier como Hamlet, u Omletto, como lo llamaba. Parada frente a nuestro edificio de departamentos había una anciana que no sólo alimentaba y daba de beber a las palomas que entonces vivían alrededor de Queensboro Bridge, pero cuyo amor por los pájaros era celoso. Un obrero había puesto los restos de su comida sobre la vereda y ella estaba pateando los restos en la basura. “Usted no tiene que alimentarlos”, le decía. “Usted no tiene que preocuparse por ellos. Yo los cuido. Gasto cuatro dólares por semana en granos y pan duro, y en el verano les cambio el agua dos veces al día. No me gusta que los alimenten extraños.” La ciudad es vulgar, poco convencional y magnífica, y ella y el lustrador podrían ser abogados de su falta de convencionalismo, esos millones de solitarios, pero no descontentos, hombres y mujeres que pueden ser escuchados hablándoles con gran intimidad a los chimpancés del zoológico, las ardillas del parque y a las palomas en todas partes.

Esa mañana el aire de Nueva York estaba lleno de música. Bessie Smith estaba cantando “Jazzbo Brown” desde una radio en el carrito de jugo de naranjas de la esquina. Bajando por Sutton Place, un hombre ciego estaba tocando “Make Believe” en trombón. La Quinta Sinfonía de Beethoven, con todas sus amenazas y revelaciones, salía de una ventana de un piso alto. Los hombres y las mujeres se asoleaban en la Segunda Avenida y la visión de la vida urbana parecía amigable, un lazo de imponderables, un riesgo compartido y al menos un gesto hacia la pacificación de la humanidad, porque, ¿cómo podía una especie que no fuera pacífica vivir en semejante congestión? Fredric March estaba sentado en un banco en Central Park. Igor Stravinsky estaba esperando que cambiaran las luces. Myrna Loy estaba saliendo del Plaza y en la Sexta e.e. cummings estaba comprando bananas. Era tiempo de irse y me tomé un taxi. “No duermo”, me dijo el conductor. “Ya no duermo. No consigo descansar. ¡La primavera! No significa nada para mí. Mi esposa me dejó. Se juntó con este bombero, pero yo le dije: ‘Te voy a esperar, Mildred. Te voy a esperar, sólo es bestialismo lo que sentís por este hombre y te espero, dejo prendidos los fuegos del hogar.’” Era el idioma de la ciudad y una de sus muchas voces, porque, ¿dónde más en el mundo los extraños desnudan sus íntimos secretos con tanta urgencia y tanta velocidad? Y yo iba a extrañar esto.

Como muchas otras cosas en la vida moderna, el pathos de nuestra partida fue protegido por un profundo cartílago de decoro. Cuando la camioneta de mudanzas cerró sus puertas y partió, nos dimos la mano con el portero y nos fuimos al campo, preguntándonos si alguna vez volveríamos.

Volvimos la semana siguiente para una cena y seguimos volviendo a la ciudad para visitar amigos regularmente. Compartían nuestros prejuicios y nuestras ansiedades. Nos preguntaban: “¿Pueden soportarlo? ¿Están bien ahí? ¿Cuándo creen que podrían volver?”. Y encontramos a otros evacuados en el campo que se sentaban sobre su césped suburbano, planeando volver cuando los chicos terminaran la facultad; y cuando la lluvia caía sobre las hojas de árboles petrificados, preguntaban: “Oh, Charlie, ¿crees que estará lloviendo en Nueva York?”.

Ahora, en las noches de verano, el olor de la ciudad viaja hacia al norte sobre las aguas del río Hudson, hasta las arboladas e internas orillas donde vivimos. El olor es como los restos de una enorme lavandería, aunque espero que un evacuado incurable pueda detectarlo en Arpège, gin frío como la piedra, y pueda quizás incluso imaginar que escuchó música en el agua; pero esto no es para mí. A veces vuelvo a caminar por los fantasmagóricos restos de Sutton Place, donde los rudos nuevos edificios se paran en la vista al río de los demás, y donde el precio de los alquileres provoca mareos, pero ahora mis viejos amigos parecen insulares en su preocupación acerca de mi exilio, sus departamentos parecen magníficos pero polvorientos, como el escenario de una compañía viajera de Broadway, y sus porteros sólo me recuerdan el hecho de que no les tengo que dar una propina de 20 en Navidad y que en mi propia casa puedo gritar de alegría o enojo sin preocuparme por si alguien golpea el radiador pidiendo silencio. La verdad es que estoy loco por los suburbios y no me importa quién lo sepa. A veces mis hijos y yo vamos a pescar percas en el Hudson, y cuando los trenes de la ciudad pasan al lado de las orillas del río saludo a los a veces avergonzados pasajeros con mi lata de cerveza, deseándoles velocidad y prosperidad en la más grande ciudad del mundo, pero los veo pasar sin un rastro de nostalgia o envidia.







Crónica originalmente publicada en Esquire, julio 1960












miércoles, marzo 31, 2010

"Angustioso caso de soltería", de Rodrigo Lira





No las damas, amor, no gentilezas
De caballeros canto enamorados
Ni las muestras, regalos y ternezas
De amoroso afectos y cuidados.

Alonso de Ercilla, La Araucana, Canto I,
Madrid, 1569.




Juan Esteban Pons Ferrer (el individuo representado en la foto
            de la izquierda)
historiador y arqueólogo (anda por donde nadie lo llama,
            desenterrando karmas, chismes y pasados)
ingeniero de futuros utopizantes (dispone de varios para compartir)
rara especie de pájaro parlante de gayo a rayas (muy rayado)
parecido a los que tenían en La Isla de Pala, según narra
            San Aldous Huxley
             (ayuda −a veces, al menos− a concienciar situaciones,
            a darse cuenta)
nacido el 26 de diciembre de 1949 a las 11:30 A.M.
hastiado y harto −y harto− de experimentarse a sí mismo como
          huna hentidad hincompleta
considerando
          −el cierre de la agencia matrimonial "L´Amour"
          −los sucesos que son del dominio del público −y los que
           no lo son−
          −el aumento de la radioactividad en la biósfera
                      de los gases propelentes en la ionósfera
                      de los precios y tarifas y
          −la situación en general y
                      en particular la suya de él
ha decidido hacer aparecer a la luz pública el siguiente


                      P O E M A A N U N C I O


que por falta de fondos no es posible incluir en alguna
            edición dominical
del diario EL MERCURIO de Santiago de Chile en
            los avisos económicos
clasificados "Ocupaciones Ofrecen", sección Nº 90: Asesoras
            del Hogar,
Mozos y Agencias Ofrecen (hasta hace algunos años, Domésticas,
            Mozos y Agencias)
dos puntos, comillas


                      CON SUMA URGENCIA

                      para todo servicio
                      se necesita
                      niña de mano
                                            o de dedo
                      o de uña −de uñas limpias, de ser posible−,
                      de labios de senos de nalgas de muslos de pantorrillas
                      y otros-as, niña de mano de pie o sentada
                      en posición supina o de cúbito dorsal,
                      boca arriba o boca abajo o −preferentemente−
                                            a horcajadas.




En otras palabras
                      Un buen bello verdadero bípedo implume
                      −e imberbe: de sexo femenino− tricerebrado
Id est (es un decir) una mujer que disponga de tres cerebros:
−uno para ideas y pensamientos: abstracciones/ lemas/ e imágenes/
−otro para emociones: intuiciones/ afectos/ y pasiones y
−otro cerebro para acciones y movimientos
posibles de entrar a funcionar en forma armónica y no-contradictoria
            en el menor plazo que posible le resulte
a la tricerebrada del caso, la chica niña tipa perica paloma galla
            o mujer
            a garota menina ragazza o donna −mobile, pelo al vento
            una fille or une femme femenina: con rasgos actualizados
            o latentes de geisha
            a girl or a woman oder eine Fraulein,
preferiblemente in her twenties: entre los veinte y los treinta,
una Hija del Hombre: hermana, más que hija, del Hijo del Hombre,
o hija de un hombre con ojos de cristal y papel sellado en la piel...
(mirad, niñitas: lo mismo que cantaban los jaivitas...)
hija de su madre
hoja en blanco o escrita
ojos abiertos o cerrados o en blanco: cada cosa a su tiempo;
hija de quien sea, no importa demasiado en qué hilera de
            la pirámide social,
a qué altura estaban los ladrillos con que la construyeron
ni sus coloridos o matices o distribución de melanina, su estatura
o altura, tonelaje, desplazamiento o medidas (1).
No se exige referencias, recomendaciones, experiencia previa,
            fe de bautismo,
            certificados de antecedentes, nacimiento, buena conducta
            u honorabilidad, prueba de aptitud académica,
            licencia de educación media o para conducir,
            ni título ni grado alguno.
                       However, Ph. D.s are encouraged to apply.

Se ofrece:   Buen sueldo
                        pan y cebolla
                        techo y abrigo
                        tiempo y paciencia
                        alma corazón y vida
                        disposición a contraer matrimonio ( * ) y de llapa

                        a) el acceso a un raro computador
                             ex-uberante y con-ex-céntrico, atiborrado
                                                          de information,
                             programado no se sabe por ahora por Quién y
                                                          (ni) para qué,
                             y que, a pesar de muuuuuuchas cosas, mal que bien
                                                          o bien que mal, funciona.
                        b) un cuerno de unicornio
                             en el cual se enrolla la fértil y señalada provincia
                             de un largo y angosto corset de soledad,
                             un reto su resto difícil de aceptar o de asumir:
                                               un cacho,
                             un cuerno lleno hasta el borde y hasta rebosante de
                                               semen, sudor y lágrimas
                             −tal vez quede, todavía, un resto de sangre−
                             lleno también con gritos
                             y susurros y sollozos y
                             ronroneos y ocasionales
                             entusiasmos esporádicos, y con algunas
                             gotitas o cristales de paz que,
                             como las cepas del yogurt,
                             pueden cultivarse en un medio adecuado.
                             De “amor” me temo que no
                             (a esa palabrita le han corrido demasiada mano)
                        c) una boca y sus correspondientes bordes e interiores
                        d) un par de ojos con sus párpados
                             y sus correspondientes apéndices pilosos
                        e) un par de manos con un pulgar oponente y otros
                                                          cuatro dedos
                             (cada una), más un conjunto de líneas difíciles
                             de describir por escrito.
                        f) un par de bien conformadas orejas y otro
                             de fosas nasales.
                        g) un pecho suficientemente peludo
                        h) una cabellera subdesarrollada: una calva en vías
                             de desarrollo...
                        i) una barba (optativa); posibilidades de bigotes, peras,
                             patillas, chuletas, etcétera.
                        y) vello corporal de diversos matices de color
                             y de texturas varias.
                        z) un cuerpo en aceptable estado, con las capacidades
                             de ver y mirar, oír y escuchar, palpar y tocar, oler,
                             gustar y saborear, tomar el peso, beber y percibir
                             alteraciones en la temperatura, humedad, presión
                             atmosférica y posición relativa a la atracción
                             gravitacional,
todo con poco uso.

En el hipotético −pero no imposible− caso,
en el evento de que la lectura deste poemaanuncio repercutiera
            en alguna interesada,
ésta podría escribir −a mano o a máquina− o mandar un cassette
            u otro medio
asking for further and additional info ( *' ) al nombre mencionado
            supra
          −al comienzo− a la dirección

          Grecia 907
          Departamento 22
          Ñuñoa
          Santiago

mandando, si le es posible, foto reciente o autorretrato visual
            o verbal
−escrito y/o hablado− ánimo, consejos, datos o buenos deseos,
            regalos, donativos,
becas o subsidios, fruta
                                         al autor de este poemaanuncio o donde le parezca
adecuado mandarlo.











(1)         Todo eso, de importar..., importa, por supuesto, pero no hay preferencias a priori ni prioridades.
( * )       “disposición a contraer matrimonio/ siempre que la señora sepa mover las caderas”, Parra Nicanor, Consultorio Sentimental.
( *' )      solicitando información adicional o mayores detalles. English is spoken accepabily and should −though not necessarily− be spoken by the applyer.













martes, marzo 30, 2010

“Informe desde la ciudad sitiada”, de Zbigniew Herbert







Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros
fui designado como un favor para el mediocre papel de cronista
registro -sin saber para quién- los acontecimientos del asedio
debo ser exacto mas no sé cuándo comenzó la invasión
hace doscientos años en diciembre septiembre[1] quizá ayer
            al amanecer
todos padecen aquí del deterioro de la noción del tiempo
nos quedó sólo el lugar el apego al lugar
aún poseemos las ruinas de los templos los espectros de jardines
            y casas
si perdemos nuestras ruinas nada nos quedará
escribo tal como sé en el ritmo de semanas inconclusas
lunes: almacenes vacíos la rata ha devenido moneda corriente
martes: alcalde asesinado por agentes desconocidos
miércoles: conversaciones sobre el armisticio el enemigo confinó
            a los legados
ignoramos dónde se encuentran esto es el lugar de su suplicio
jueves: tras una turbulenta asamblea se rechaza por mayoría de votos
la propuesta de los comerciantes de especias de rendición
            incondicional
viernes: comienza la peste
sábado: se ha suicidado un desconocido inflexible defensor
domingo: no hay agua
rechazamos un ataque en la puerta este llamada Puerta de la Alianza
lo sé todo esto es monótono a nadie puede conmover
evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo
            sobre hechos
aparentemente sólo ellos son valorados en los mercados foráneos
pero con cierto orgullo deseo informar al mundo
que gracias a la guerra hemos criado una nueva variedad de niños
a nuestros niños no les gustan los cuentos juegan a matar
despiertos y dormidos sueñan con la sopa el pan los huesos
exactamente como los perros y los gatos
al atardecer me gusta deambular por los confines de la Ciudad
a lo largo de las fronteras de nuestra libertad incierta
miro desde lo alto el hormigueo de los ejércitos sus luces
escucho el tronar de los tambores los alaridos bárbaros
en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda
el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados
nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción
godos tártaros suecos huestes del César
regimientos de la Transfiguración del Señor
quién los enumerará
los colores de los estandartes cambian como el bosque
            en el horizonte
desde el delicado amarillo de aves en primavera a través
            del verde del rojo hasta el negro invernal
así al atardecer liberado de los hechos puedo pensar
en asuntos antiguos lejanos por ejemplo en nuestros
aliados de ultramar lo sé su compasión es sincera
envían harinas sacos de ánimo grasa y buenos consejos
ignoran incluso que nos traicionaron sus padres
nuestros ex-aliados desde los tiempos del segundo Apocalipsis
sus hijos no tienen culpa merecen gratitud así que
            les estamos agradecidos
no sufrieron un asedio largo como una eternidad
a quienes alcanzó la desdicha están siempre solos
los defensores del Dalai Lama kurdos montañeses afganos
ahora cuando escribo estas palabras los partidarios del pacto
conquistaron cierta ventaja sobre la fracción de los intransigentes
habituales las oscilaciones de ánimo los destinos aún se sopesan
los cementerios crecen disminuye el número de los defensores
pero la defensa perdura y perdurará hasta el final
y si cae la Ciudad y uno solo sobrevive
él portará consigo la Ciudad por los caminos del exilio
él será la Ciudad
miramos en el rostro del hambre el rostro del fuego el rostro
            de la muerte
y el peor de todos el rostro de la traición
y sólo nuestros sueños no fueron humillados.





[1] La noche del 13 de Diciembre de 1981 fue decretado en todo el país el estado de guerra, el movimiento democrático «Solidaridad», el primer sindicato independiente en un país socialista, fue disuelto y declarados ilegales todos los acuerdos firmados entre el sindicato y el gobierno. A la declaración del estado de guerra siguió una represión generalizada. En Septiembre de 1939, por otra parte, dio comienzo, como es sabido, la Segunda Guerra Mundial.




en Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas, 2008













lunes, marzo 29, 2010

"Mujeres", de Charles Bukowski

Extracto



Mindy se apretó contra mí y me besó. Fue un largo beso. Se me paró la verga. Últimamente había estado tomando mucha vitamina E. Yo tenía mis propias ideas sobre el sexo. Estaba constantemente caliente y me masturbaba continuamente. Le hacía el amor a Lydia y luego por la mañana volvía a mi casa y me masturbaba. El pensamiento del sexo como algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta la sumisión.

Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una puta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más perras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido.












1978









domingo, marzo 28, 2010

“Presagio de peste”, de Guillermo Pilía







La lluvia invernal, la primera,
ha desquiciado el dulce letargo
de la vida eremita, la certeza
del fuego y las bodegas bien abastecidas,
ha traído a los muros protectores
del convento, la lepra de los años,
el moho de los muertos embutidos
tras las húmedas paredes. Un temor de peste
clausura los ruinosos huertos, emigra
el alma de la vieja iglesia.

Hacia el río y los confines
de la tierra, qué triste corre
sobre el cipresal el humo de las sábanas...





en Huesos de la memoria, 1996












sábado, marzo 27, 2010

"En el pueblo desierto...", de Ts'ao Ye





En el pueblo desierto, hambrientos los gorriones,
Vuelan piando de un lado a otro lado.
Mas de pronto se acuerdan de los graneros del Estado,
Que nunca están vacíos.














entre 618 y 960, lamentablemente aprox.




viernes, marzo 26, 2010

“Un fantasma tropical”, de Carlos Fuentes







Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar... Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es que la señora invisible de verdad se había muerto.

Los más viejos decían haberla visto de joven. ¿Cuándo de joven, de joven cuándo? Pues allá por los años veintes, cuando las mujeres de la costa empezaron a cortarse el pelo a la bob, con alas de cuervo y nucas pelonas, falditas cortas y tacones altos, toda esa putería que nos llegó del norte... y ella no. Los que la vieron entonces dicen que ella, joven y hermosa como era, persistía en vestirse como antes, con faldas largas y botines de lazo, blusas oscuras bien abotonadas hasta el cuello, y uno como collar de la decencia, una corbatilla blanca como la luz de las seis de la mañana detenida por un camafeo. ¿Qué era el camafeo, qué describía, era un novio perdido, muerto, qué qué qué? Una mujer. Era el retrato de una mujer. Y cuando la futura anciana señora salía de su casa de pisos de mármol cuadriculados como un tablero de ajedrez, siempre se cubría con un parasol negro, pero su mirada no se la daba a nadie, sino a la mujer del camafeo que tenía prendido al pecho.

La espiaban. Recibía mujeres en su casa. Jamás un hombre. Una señora decente. Pero quién sabe si lo eran las mujeres que recibía. Pelonas, con collares largos cubriéndoles los escotes de satín por donde rebotaban las teticas de seda...

—Pero todo eso pasó hace mil años.
—No hay tal cosa. Nunca hubo mil años. Hubo novecientos noventa y nueve o hubo las mil y una noches. Odio los números redondos.
—Bueno, hace cuarenta y cuatro años, pon tú.
—Pongo yo, pues...
—La dieron por muerta. Es lo interesante.

Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta. De modo que una noche decidí colarme, pasadas las once, cuando el pueblo o ya se durmió, o ya se emborrachó. Apenas cupe entre dos barrotes. Me atarantó el olor de magnolia. Sentí crujir los tablones de la escalera que conduce al porche. La puerta de entrada estaba cerrada pero una ventana tenía los vidrios rotos. Me colé y me encontré en un vestíbulo que era como una rotonda de piso blanquinegro y un techo de emplomados donde un ángel desplegaba alas de pavorreal. De las puntas de las alas caían gotas espesas, aceitosas. Y entraba una luz que no era la de la noche, aunque tampoco la de la mañana. Una luz propia, me dije, sólo de esta casa. Esas cosas pasan en el trópico.

Entonces comencé a explorar. Varias puertas se abrían sobre la rotonda. Eran idénticas entre sí, como en los cuentos de hadas. Abrí la primera y me asustó un Buda de esos que constantemente mueven la cabeza y enseñan la lengua, asintiendo y burlándose.

Cerré apresuradamente y me fui a la siguiente puerta. Aquí tuve suerte. Era una biblioteca, lugar ideal, según las películas de miedo, para esconder cosas y apretar botones que descubren paneles corredizos etcétera. Ya conocen el rollo. Pero yo ya había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada. Allí se demuestra que el mejor lugar para esconder algo es el lugar más obvio, el más visible, que de tan visible se vuelve invisible. ¿Qué era lo más obvio en una biblioteca? Los libros. ¿Y entre los libros? El diccionario, el libro sin personalidad propia. ¿Y entre los diccionarios? El de la academia española, la lengua que hablamos todos.

Me fui sobre el libro de pastas de cuero claro y etiqueta roja, que veía todos los días en la escuela. Lo abrí y era lo que yo esperaba. Un libro hueco, una simple caja que abrí sin respirar apenas. Allí estaban las joyas de la vieja dama. Metí la mano para sacar la que más brillaba y allí debí conformarme. Pero ustedes ya saben lo que es la codicia cuando no hay conciencia y volví a meter la mano. Sólo que esta vez había allí otra mano que se me adelantó, tomó la mía con fuerza y me obligó a soltar el collar de perlas y mirar hacia la dueña de la mano helada, descarnada, que con tanta fuerza oprimía la mía.

No era dueña, sino dueño.

Era un hombre. Muy viejo, sin pelo, o más bien con mechones cenizos saliéndole de donde no debieran, las orejas y las narices y los rincones de los labios, un terrible anciano de dientes amarillos y ojeras pantanosas, de cuyo tacto nauseabundo (le apestaban las manos) me desasí con toda la fuerza de mis casi trece años para huir con la única joya que salvé... Me volteé para mirarlo. Ya les dije que mi curiosidad siempre me gana. ¡Va a ser mi perdición, muchachos! Quise ver de cuerpo entero a este espanto que se me apareció antes de la medianoche, ¡qué sería después de esa hora!

Era un hombre. Calvo, anciano, macilento y maloliente. Pero vestía como mujer. Un traje largo, antiguo, con botones, cerrado hasta el cuello, una corbatilla que fue blanca, mugrosa, amarilla, y el camafeo de una mujer bellísima, antigua, viva, muerta... ¿quién sabe?

Salí corriendo por donde entré. El espectro de la casa no me persiguió.

Dormí con mi brillante joya escondida bajo la almohada. Al día siguiente, di un pretexto para irme al puerto y enseñársela a un joyero judío que había emigrado de Amsterdam huyendo de los nazis. Me dijo la verdad: la joya no valía nada, era de las que se encuentran en las tiendas Woolworth en todo el mundo...

Pero nunca le conté a nadie lo que me había pasado. El pueblo siguió creyendo que la vieja había muerto y que su fortuna era un mito, puesto que nadie la reclamaba. Yo no dije la verdad. Ustedes son los primeros en oír mi historia. Agradézcanmela, que nuestras noches van a ser largas y mañana quién sabe si sigamos vivos...







en Cuentos sobrenaturales, 2007












jueves, marzo 25, 2010

"Homenaje a Mané Garrincha", de Juan Cristóbal





Fuiste siempre la alegría de tu pueblo
el eterno dribleador de las estrellas en el agua
el huérfano en las colinas abandonadas del cerezo
el amigo fiel de las ardillas temblorosas en la playa
sin embargo / falleciste desamparado
en tu casa apolillada de madera
mirando el color inolvidable de las flores
y esa olla de barro que ardía a veces en las rosas tristes de tus manos
de noche te encantaba jugar descalzo con los niños
y cartas con los amigos en los bares de la aldea
jamás soñaste con las gotas generosas del rocío
ni con los caminos blancos y maravillosos de la gloria
sino que recordabas como un venado perseguido
la tristeza de tu infancia y la pobreza de la luna
en los girasoles empobrecidos de tus pasos
siempre estuviste solo y a pesar que tus palabras parecían
la alegría más pura y secreta de la tierra
tu corazón fue ese náufrago perfecto
navegando con todos los fantasmas condenados en el día
sabías como saben los abuelos en el pueblo
que los hombres deben conocerse al igual que los potrillos en la lluvia
y ser usuales como aquellos árboles que envejecen en la noche
pero la vida no fue para ti ese pan fresco que esperamos en el alba
sino una pobre hoguera escondiendo las historias de los ciegos
pocos supieron de tu anhelo: enseñar matemáticas a las aves
y ser amigo de todos los carteros y aduaneros en el mundo
lamentablemente sólo vieron tus ojos
que parecían manzanas carcomidas por el tiempo
a pesar de ello falleciste como el mejor organillero de las calles
hablándole a los peces y a las nubes perdidas en tu sueño
con esa voz tibia que te salía oprimida de los sueños
                                        Mané
ahora todos hablan de ti como un héroe en las películas del oeste
(Pelé ha dicho por ejemplo «yo no voy al cementerio
prefiero pedir a dios por la lejanía abrumada de sus ojos»
mientras Nilton —tu compadre— cubre con magnolias los otoños
              infinitos de tus huellas)
pero lo cierto es que nadie se acuerda de tu rostro
ni cuando hablabas con los pescadores en la playa
ni cuando bebías con los carpinteros en la esquina
por eso yo elevo como una hostia tu esperanza
viva aún y floreciendo como los duraznos en el río
para hacer de tu memoria una larga primavera
creciendo por todos los bosques del futuro
tal como lo querían las gentes sencillas de tu pueblo
cuando encendían eucaliptos en tu ausencia
y rosas en las iglesias más lejanas de tu vida.















miércoles, marzo 24, 2010

“Transito solo”, de Carlos de Rokha







Quiero decir que grito y me sale un sollozo.
Me sale un corcel muerto por la espiga
y por las estrella me abundan dinosaurios.
Me da miedo la lluvia cuando pienso
que habré de entrar desnudo entre sus arcos.
Me duele el abedul de hoja egipcia
y el grito de mi mar por ser espuma.
Me duele tanto todo y siempre digo
que he de volver, pero me acalla un eco.
Quiero decir que grito y me sale un sollozo.





en Memorial y llaves, 1961












martes, marzo 23, 2010

“Todo se aprende del fracaso”. Entrevista a David Bowie, de Marisol García






Se ha vuelto casi un cliché hablar de David Bowie como un artista “experimental y arriesgado”. Desde ese punto de vista, ¿cuál es tu relación con el error? ¿Tratas de evitarlo o lo consideras parte de tu búsqueda creativa?
He llegado a entender que no hay nada que aprender del éxito. Pienso que todo se aprende del fracaso. Así es que, bueno, me equivoco lo más posible.

Y, entonces, ¿qué te sugiere la palabra éxito?
El verdadero éxito viene cuando yo alcanzo una cierta plenitud en la composición e interpretación de un trabajo. Cuando un trabajo es, para mí, artísticamente vibrante siento que he alcanzado ese tipo de éxito que me parece el único por el cual vale la pena luchar. Cualquier éxito material es algo secundario o, supongo, una especie de bono de reconocimiento. El real éxito es artístico y espiritual.

¿Pensabas lo mismo en tus inicios?
Parece que éstas son ideas que me han preocupado siempre. Supongo que ahora me doy más cuenta porque, al envejecer, desarrollas una mayor perspectiva sobre tu vida. Pero para mí es bastante evidente que siempre he estado en búsqueda. Soy una suerte de born-again Christian o algo así (ríe). Y siento una fuerte afinidad hacia la idea de una vida espiritual. Pero personificar esa vida espiritual es algo que siempre me ha evadido.

No eres una persona religiosa, por lo tanto.
No me gusta usar la palabra religión que, para mí, es parte de una codificación de ideas. Es un concepto demasiado político. No me siento cómodo con la idea de contener la vida espiritual en un cuerpo político, sino por la búsqueda individual del hombre de su propio espíritu.

Aquí te va otro cliché: ése que dice que eres un artista “futurista”. Imagino que el presente te interesa mucho más.
Yo no me veo como ningún tipo futurista. Me veo, ojalá, como un artista contemporáneo, y espero que lo que compongo represente el zeitgeist en que vivo. No trato de anticiparme a nada. Sólo reflejar acuciosamente mi época.

Los críticos se extienden largamente detallando las innovaciones técnicas que contienen tus últimos discos. ¿No sientes que a veces olvidan hablar de ti mismo, y de lo que todas estas innovaciones pueden decir sobre tu persona?
Es un asunto muy complejo determinar cuánto de la vida personal uno está poniendo en la música. Estoy de acuerdo contigo: la complejidad de la crítica hacia la música tecno e industrial ya se ha vuelto casi bizarra. Me interesa que nuestra música no sea estrictamente tecnológica. Somos una banda muy orgánica, y pienso que la combinación de instrumentos con tecnología produce una especie particular de música que no se presta tan fácilmente para un análisis solamente técnico. A nuestra manera, estamos en un terreno incierto. No cabemos dentro del terreno dance, pero tampoco dentro de un terreno estricto de rock: estamos en algún lugar al medio.

Pero creo que tu música nunca ha dejado de ser profundamente emocional, hay en ella una cierta lectura espiritual, ¿no?
Claro. Y es probablemente un error confundir las necesidades técnicas de hacer música y el estilo, con el contenido. El contenido es la prioridad del porqué compongo mi música. Utilizo el estilo y los atributos técnicos como un armazón, dentro del cual pongo lo que sea quiero decir. Entonces, el estilo no me inquieta: es un medio para un fin. Y el fin es mi escritura íntima; lo que yo siento.

¿Cómo caben las letras dentro de ese “armazón”?
Las letras son sólo parte de lo que se trata mi música. Son meramente otro color. El vocabulario y las palabras dejan tanto sin decir. Rara vez explican cómo uno se siente. Al final, lo que digo es una combinación de estilo, letras y música. Todos esos elementos son los conductores, y el contenido es el pequeño pasajero que se sienta encima (ríe).

Es una declaración muy transparente, pero tus letras no suelen serlo. Más bien tiendes a los versos oscuros y existencialistas.
[Piensa] Me encantaría escribir sobre lo seguro que me siento en sociedad, pero parece que tiendo a escribir desde una posición aislada, es cierto. Muchas letras fluyen desde mi conciencia, y uno no puede tener mayor control sobre las necesidades internas. Me considero una persona positiva, pero parece que mi escritura refleja los aspectos más oscuros o negativos de mi psiquis. Y perdón por eso, no puedo hacer nada al respecto, jajaja.

Tú, que has optado por trabajar inteligentemente dentro del género pop, ¿no crees que a los auditores actualmente se les subestima?
Sí, creo que generalmente son considerados en el nivel más bajo. Y creo que la responsabilidad del artista es componer a su propio nivel de comprensión para, luego, presumir que existe una audiencia para lo que hace.

¿Y cuál es tu posición como auditor? ¿Cuáles son los discos que te provoca comprar, por ejemplo?
La mayoría de la música que escucho y compro es de artistas desafiantes. Es el tipo de trabajo que me estimula como artista y como simple auditor. Pienso que nunca estoy feliz cuando me siento cómodo creando música. Debo sentirme incómodo, sentir que estoy en una zona que no controlo. Es en esa situación que la música resulta mejor. Cuando he estado fuera de mi norma es cuando han surgido mis cosas más interesantes.

¿Te interesan más, por lo tanto, las márgenes que lo masivo?
Siempre. Resisto lo más posible la tiranía del mainstream. En la mayoría de las artes que me interesan, prefiero buscar en la periferia: en la pintura, el cine, el teatro, la música. Es fuera de la sociedad convencional que encuentro la real esencia de la creatividad innovadora y excitante. La audiencia que yo tengo, suele ser gente que siente esto mismo.

En esta gira has estado interpretando algunos covers, específicamente de The Velvet Underground. ¿Por qué?
Para mí, las primeras canciones de Lou Reed redefinieron al rock. Cuando las escuché, en los años 60, sentí que la literatura moderna comenzaba a ser una fuerza nueva dentro de la música rock.

Fueron letras muy escandalosas en su tiempo.
Claro, pero no creo que las canciones que traten sobre lo negativo necesariamente lleven a la audiencia a hacerse cómplice de esa negatividad. Si hay música que por necesidad es nihilista, no tiene por qué sumergir al auditor en ese nihilismo. Las letras de Lou Reed no me hicieron convertirme en un heroinómano ni rendirme a la vida. Me hicieron cuestionarme cómo esas canciones podían escribirse en una sociedad supuestamente funcional. Por eso, un público inteligente tomará esas ideas como una provocación para cuestionamientos más profundos.














en Extravaganza!, noviembre 1997














lunes, marzo 22, 2010

“La mano que firmó el papel”, de Dylan Thomas







La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
Cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
Duplicaron el mundo de muertos, dividieron un país;
Estos cinco reyes condujeron a un rey hacia la muerte.

La poderosa mano lleva a un hombro caído,
El yeso oprime sus articulaciones;
Una pluma de ganso ha puesto fin a un asesinato
Lo que acaba con la conversación.

La mano que firmó el tratado engendró fiebre,
Y creció el hambre, y vino la langosta;
Grande es la mano que sostiene el dominio sobre
El hombre por un nombre pintarrajeado.

Los cinco reyes cuentan los muertos mas no calman
La herida encostrada, ni acarician la frente;
Una mano gobierna la piedad, otra mano el cielo;
Ninguna tiene lágrimas para derramar.





Armonización de Thomas F. Anderson

en Poemas 1934-1952, 1976












domingo, marzo 21, 2010

«Invictus», de William Ernest Henley

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
Ni me he lamentado ni he dado gritos.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.



1875 




en Book of Verses, 1888










Invictus

Out of the night that covers me, / Black as the pit from pole to pole, / I thank whatever gods may be / For my unconquerable soul. / In the fell clutch of circumstance / I have not winced nor cried aloud. / Under the bludgeonings of chance / My head is bloody, but unbowed. / Beyond this place of wrath and tears / Looms but the Horror of the shade, / And yet the menace of the years / Finds and shall find me unafraid. / It matters not how strait the gate, / How charged with punishments the scroll, / I am the master of my fate: / I am the captain of my soul.










sábado, marzo 20, 2010

“El quinto día de una huelga de hambre”, de Nâzim Hikmet







Si no consigo expresar bien, hermanos,
Lo que quiero decirles,
Tendrán que disculparme:
Siento algunos mareos,
me da vueltas un poco la cabeza.
No es el alcohol.
Apenas, es un poco de hambre.

Hermanos,
Los de Europa, los de Asia, los de América:
Yo no estoy en prisión ni en huelga de hambre.
Me he tendido en el césped, esta noche de mayo,
Y los ojos de ustedes me miran de muy cerca,
lucientes como estrellas,
En tanto que sus manos
son una sola mano estrechando la mía,
como la de mi madre,
como la de mi amada,
como la de mi vida.

Hermanos míos:
Por otra parte, ustedes nunca me abandonaron,
Ni a mí, ni a mi país,
ni tampoco a mi pueblo.
Del mismo modo que los quiero a ustedes,
ustedes quieren a los míos, lo sé.
Gracias, hermanos, gracias.

Hermanos míos:
Yo no tengo la intención de morir.
Si soy asesinado,
Sé que entre ustedes seguiré viviendo:
Yo estaré en los poemas de Aragón
(en su verso que canta la dicha del futuro),
Yo estaré en la paloma de la paz, de Picasso,
Yo estaré en las canciones de Paul Robeson
Y, sobre todo
y lo que es más hermoso:
Estaré en la triunfante risa del camarada,
Entre los cargadores portuarios de Marsella.
Para decirles la verdad, hermanos,
Yo soy feliz, feliz a rienda suelta.





en Últimos poemas 1959-1960-1961, 2000












viernes, marzo 19, 2010

"Mi hermano era aviador", de Bertolt Brecht

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



Mi hermano era un aviador
Un día le llegó una carta
Él hizo sus maletas
Y emprendió su viaje al Sur.

Mi hermano es un conquistador
A nuestro pueblo le hace falta espacio
Y pelear por el territorio es
Para nosotros un antiguo sueño.

El espacio que mi hermano conquistó
Está en la Sierra de Guadarrama.
Mide un metro ochenta de largo,
Por un metro cincuenta de profundidad.





en Hundert Gedichte












Mein Bruder war ein Flieger
Mein Bruder war ein Flieger/ Eines Tages bekam er eine Kart/ Er hat seine Kiste eingepackt/ Und südwärts ging die Fahrt.// Mein Bruder ist ein Eroberer/ Unserm Volke fehlts’s an Raum/ Und Grund und Boden zu kriegen, ist/ Bei uns ein alter Traum.// Der Raum, den mein Bruder eroberte/ Liegt in Guadarramamassiv./ Er ist lang einen Meter achtzig/ Und einen Meter fünfzig tief.//






jueves, marzo 18, 2010

“Palabras urgentes”, de Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz







En esta época llena de desfallecimientos y omisiones la toma de situación y de conciencia es ineludible. Y esto se edita a consecuencia de la necesidad de manifestarnos como hombres libres y como escritores con una nueva responsabilidad, con una nueva actitud ante el acto creador, ante los hechos derivados de una realidad con la que no estamos de acuerdo.

Hora Zero quiere significar este punto crucial y culminante que vivimos. Y es también un punto de partida. Desde aquí empezamos a deslindar las situaciones literario-políticas del país.

Hemos nacido en el Perú, país latinoamericano, subdesarrollado, hemos encontrado ágiles ruinas, valores enclenques, una incertidumbre fabulosa y la mierda extendiéndose vertiginosamente.

De un lado los jaleos políticos, domésticos, con sus líderes torpes e ignorantes y de otro lado la sucia y poderosa mano del imperialismo norteamericano manejando a estos y desquiciando la voluntad de un pueblo.

Todo aquello ha hecho la hora irrespirable, ha sofocado a muchos hombres, ha hecho cómplices a otros de muertes innecesarias. Y ha convertido a este lugar en un país de culpables. Se nos ha entregado mucho para construir, pero la medida de nuestra construcción está dada por la cantidad de escombros que podamos aniquilar.

Ante esto, compartimos plenamente los postulados del marxismo-leninismo, celebramos la revolución cubana. Estamos atentos a lo que este está haciendo en el país.

Queremos cambios profundos, conscientes de que todo lo que viene es irreversible porque el curso de la historia es incontenible y América Latina y los países del Tercer Mundo se encaminan hacia su total liberación.

Que se cojan entonces las segadoras, que se limpien los escombros.

De otra parte en lo que respecta a la otra labor que nos corresponde, fundamentalmente nos preocupa lo que le ocurre a un hombre solo y las cosas que le ocurren a todos los hombres juntos.

Creemos impostergable el deber de expresar las circunstancias presentes sin contemplaciones, porque es hermosa y ardua la tarea que abarca ser sincero con uno mismo. Siempre ha sido fácil establecerse en lo que hoy está hecho, en plan de observador indiferente que se omite. Pero ahora es preciso propiciar los hechos participando en su realización.

Debemos decir que la crítica en el Perú y en la mayoría de países latinoamericanos está ejercida por escritores fracasados en otros géneros, y si a esto se añade una ignorancia descomunal, el resultado de estas contingencias suele ser espantoso. Se ejercita el silenciamiento, la confusión, la venganza política, la degradación perversa.

Todo esto convierte a gran parte de la crítica malévola y apoteósicamente irresponsable . Pero tal cosa no nos preocupa básicamente.

La poesía en el Perú después de Vallejo sólo ha sido un hábil remedo, trasplante de otras literaturas. Sin embargo es necesario decir que en muchos casos los viejos poetas acompañaron la danza de los monigotes ocasionales, escribiendo literatura de toda laya para el consumo de una espantosa clientela de cretinos.

Sabiendo todo esto -y ya es necesario que alguien lo diga- es posible entender la deserción por parte de varios poetas de la generación del 50 (W. Delgado, Eielson, etc., etc.) y del 60, como los jóvenes que llenan los cafés de Lima o inflan la burocracia. Y también explicarse la opinión de otros, que sostienen que la poesía no cumple ningún papel en el cambio: Sologuren, A. Cisneros, etc., etc. Y es además entendible la estúpida posición de F. Bendezú y otros, quienes se esconden detrás de la denominación de poetas líricos e inefables. ¡A estas alturas!

De otro lado (y ya es necesario que alguien lo diga) es posible el surgimiento de formas poéticas incipientes, débiles o arcaicas de gente como: Corcuera, Orrillo, Lauer, Naranjo, Calvo, Ortega, Martos, P. Guevara, Valcárcel, Rose, Scorza, Bendezú, Romualdo, etc., etc. Y aún hay otros, como Manuel Velásquez, hombre lúcido, aniquilados quizá para siempre por una burocracia monstruosa.

Todo esto nos lleva a una conclusión: ellos no escribieron nada auténtico, no emprendieron ninguna investigación, no descubrieron ni renovaron nada. No hubo creación.

La poesía mal denominada social fue practicada hasta la fatiga por una ruma de histéricos insustanciales, perdidos en gritos inconsecuentes, y negada totalmente por sus formas de vida, influenciados por Blas de Otero, Rafael Alberti y los poetas de la guerra civil española, influenciados éstos a su vez por Vallejo. Se produce aquí la vuelta a América del poeta de Poemas Humanos, mal digerido, mal imitado a través de esa masa de irresponsables.

Martín Adán, su tenaz hermetismo y su vuelta a las formas clásicas no tiene ninguna justificación histórica, ni tampoco se ajusta a estos tiempos ni a esta realidad la manera como trata los elementos con que labora su poesía.

Belli, siguiendo intermitentemente en un círculo formal, sólo ha encontrado un esquema al que retorna infatigablemente. Sin embargo no hay tampoco ninguna justificación histórica para su retorno a las fuentes españolas de siglos pretéritos cercanos al Siglo de Oro.

Heraud entregó convincentes muestras de un talento en pleno despegue. Un creador auténtico detenido por la violencia irracional e injusta del sistema.

Nuestra respuesta ante esto es afirmar que sólo una gran poesía, una poesía que no invite a la conciliación ni a pacto con las fuerzas negativas, una creación absoluta, contrarrestará la debacle de la poesía peruana contemporánea.

Actualmente un solo poema auténtico se trae abajo un libro o la obra de poeta vivo o muerto.

Y es aquí donde los nuevos clásicos nacerán. Aquí en los países sudamericanos.

Nuestra sólida respuesta a las omisiones y a la farsa es afirmar que la literatura, en especial la poesía, consolida la posibilidad de comunicación entre los hombres y fundamentalmente en estas épocas su papel más honesto y más responsable es proponer, esclarecer y “infundir la fuerza y la alegría”.

Todas aquellas generaciones bastardas han encontrado este panorama que hoy hallamos y con su silencio, su cobardía y su reverenda flojera para la investigación o el estudio les ayudó para que nada cambiara. Sólo se hizo el leve intento de escribir poesía efectista a consecuencia de masturbaciones mentales, de lucubraciones, de gritos histéricos o cosquillas para contentar a los burgueses al momento de la digestión.

Los nuevos (tuertos entre ciegos) que hoy forman parte de los viejos nos han entregado lo siguiente:

Hinostroza un vasto muestrario de sus influencias, de sus hábiles jugadas de mano. Aún así Consejero del lobo, su libro primigenio, anuncia la posibilidad de una voz importante.

Carlos Henderson sólo ha logrado un hallazgo: Los días hostiles. Es otra posibilidad en medio de la debacle.

Lauer y Cisneros perdidos en el círculo de la problemática burguesa, oscilando dentro de un intelectualismo helado y estéril. Y otros “jóvenes” dentro de pueriles rezagos románticos o los propósitos de atrapar la realidad a partir de una experiencia personal, dejando de lado la experiencia de clase que hoy pospone a ese remanido movimiento de muchos años.

Frente a esto nosotros proponemos una poesía viviente. No queremos que escape nada a nuestro trayecto de hombres momentáneos en la vida. Todo lo que late y se agita tiene derecho al rastro. No queremos que se pierda nada de lo vivo. Proponemos una poesía “fresca”, que se enfrente con nosotros.

Y además para la labor poética proponemos orgías de trabajo. No se puede hacer poesía en este tiempo sin poseer una nueva responsabilidad frente a la creación, porque el estudio es inevitable, intenso y serio. Creemos también que el acto creador exige una inmolación de todos los días, porque definitivamente ha terminado la poesía como ocupación o jobi de días domingos y feriados, o el libro para completar el currículo. Definitivamente terminaron también los poetas místicos, bohemios, inocentones, engreídos, locos o cojudos.

A todos ellos les decimos que el poeta defeca y tiene que comer para escribir.

Necesario es, pues, dejar las nubes en su sitio. Si somos iracundos es porque esto tiene dimensión de tragedia. A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla. Se nos ha dado esta coyuntura para culminar una etapa lamentable y para inaugurar otra más justa, más luminosa.

Y somos jóvenes, pero tenemos los testículos y la lucidez que no tuvieron los viejos. Tenemos también un poderoso deseo de permanecer libres, con una libertad sin alternativas, que no vacile en ir más allá, para que esto siga siendo lo que es: un solitario y franco proceso de ruptura.







Primer Manifiesto de Hora Zero, 1970












miércoles, marzo 17, 2010

"Nota de prensa", de Hugo Luis Sánchez González





Se informa a la ciudadanía que el horizonte ha desaparecido. Valiéndose de la noche, el enemigo ha obrado de manera pérfida, como nos tiene acostumbrados, y al amanecer nuestras fuerzas han podido constatar todo lo largo de la Isla que ya no existe la línea del horizonte. Si aquellos que nos quieren destruir piensan que con ello van a mellar nuestra fe en el porvenir, ya deberían tener por sabido que a nosotros nada nos asusta, que el futuro nos pertenece por entero, que nuestros principios son indoblegables y que, ante todo, estamos consagrados y somos inmortales. A quienes creyeron que veíamos en el horizonte un símbolo de esperanza, también debemos recordarles que la fe va dentro de nosotros mismos, que nos acompaña como la gloria eterna, que la historia así lo ha confirmado y que ningún espejismo, por real que parezca, nos va a engañar. Y aún más, si pudieron en sólo unas horas borrar el horizonte, con ello no han hecho más que demostrar que el horizonte fue un invento, una patraña para tratar de engatusarnos y confundirnos. Lo que verdaderamente ha ocurrido es que el horizonte jamás existió, fue una quimera que nos inocularon con la finalidad de alocar nuestra brújula y hacernos adictos a las ilusiones. Nosotros permaneceremos firmes, inclaudicables, detrás de las trincheras que hemos cavado en el suelo de la Patria y que, por lo tanto, son sagradas. Si ya no hay horizonte, son ellos los que se lo pierden.










Gran Premio del I Concurso Internacional de Minicuento El Dinosaurio 2006











martes, marzo 16, 2010

“Chile, febrero del 2010”, de Bernardo Navia





a Carlos A.




Como el batir insomne de las alas de Satán
como un reptar sin nombre y subterráneo
de serpiente antigua de temblor enfermo
te escupieron su burla y su risa al rostro
de tus puentes de tus casas de tus parques y tus niños
que sólo supieron hablar de miedo y hablar del llanto
caminan ahora sus días quebrados en Chile las gentes
y aquí en la hierba pradera tranquila
silba la brisa del Medio Oeste
y susurran su canto estos versos callados
que saben que se alzan de nuevo en mi patria
los brazos los cantos la esperanza incansable
y yo sé que podrán con escombros en la calle
y cubrir otra vez las grietas y los huecos
mas si pueden díganme
ustedes que todo lo saben:
¿quién carajo calma el llanto
de los muertos que no callan
de las sombras y el temblor
de los escombros del alma?





Inédito, marzo 2010