jueves, noviembre 19, 2009

"Gambito de rey", de Rodolfo Hinostroza





Y continué P4AR
“Jugada peligrosa”, dijo el Maestro, “de la escuela romántica.
            Andersen
sale así en La Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas”
            Y salieron mis escuadras imprecisas
transparente mediosueño bajo el canto del pájaro campana
y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en románicas. PxP
aceptó el Negro. Y yo C3AR.
                        Y por entonces la Realidad era
una impetuosa fantasmagoría / cierto impulso
en la materia del ánima humana la conduce a negar el pasado.
   “Eh!”, insistí otra vez “Cómo voy a seguir?
Qué decir de la Historia si es licencia poética
decir que se repite, que el incesante error
de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se repite? “
Algo hay, yo te diré
que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto equivocado
para sentir que existes /porque eres desdichado por ejemplo/
y es inútil el acto, pero no obstante obligado
de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo se abran las puertas
            de la justicia
o de la paz

Ah! Esa repetición spengleriana! /Espanto lúdico
perdido en sus orígenes.
                        Gigantesca esfera de leyes implacables
Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer
en la repetición histórica es. pura necedad. Mira bien:
ahora el Negro
llevará el Alfil a 2D, y esa es
Defensa Cunningham
de largas consecuencias.
-Supuse que volviendo
agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría
aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí
huyen
del melancólico como del apestado en el s. XIV
y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso
con un sonoro nombre griego: NOSTOS
                                    Extraño
en
   Ecbatana, como dice
Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador
            de brillantes
el regreso no significa nada, la miserable comunión de los cielos
con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo
que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de los tuyos
oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos:
destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer y
            te quemaste;
adiós frutas enanas, parábola de Anteo, cte. que las gentes
echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han dado.
Cuídate del ridículo.
Cuídate del epíteto.
Cuídate de la verdad en boca de los niños.
“Audacia, más audacia, siempre audacia”, recordé
haciendo A4AD. El Maestro insistió.- “4T está desamparada”.
Y se siguieron una serie de golpes:
su A5T jaque (+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente jaque.
Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares del banquete
            nupcial sirvieron
para el banquete de difuntos Hamlet, act 1, viceversa, y grité. “Eh?
            Quién ha muerto?
En esta casa no se muere nadie! Es la casa del amor, del olvido,
            de la re- conciliación!
“Eso dije y los pájaros picotearon mis rifíones y creo que el pórtico
            de una casa en mi
espíritu se derrumbó crujiendo como el hueso de un ave.
El Maestro
salmodiaba en un tablero lejano: “Hablemos de dialéctica
viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba
hace 8 siglos.- una fuerza que se opone a otra fuerza
actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud.
consolídese/conózcase a sí mismo/no juegue ningún rol
sea Ud. todas las piezas del tablero/sienta la amputación
de un miembro cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo
visible, si no revierte sobre la propia Historia es un poder
            desperdiciado, una pura
metáfora hedonista. Observe Ud. la armonía
de la Defensa India del Rey”.
Pero quieren decirme de qué juego me hablan?
Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de castrati.
Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la
rápida respuesta D2R, y el Negro
siguió P7C, jaque descubierto.
   Y todo fue arriesgado
y todo fue perdido.
Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida
quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible.
Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad.
Oh
descomedidos campesinos! Ah, las brutales manadas
            de los satisfechos
que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al país
que abandona a sus héroes, que caen como una estampa bíblica
con la sal en el rostro.
      Y un hombre
se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida
            con dignidad:
escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras
el minuet se enfrenta al infinito
sabiendo de antemano que será derrotado
      y así fue el canto
de la revolución, amor, amor.
Así pues
      devoraron bellotas
haciendo lo que se llama el recuento de muertos.
Y siguió mi fatal RID y el PxT coronando
abrió la persecución implacable
crucé
mi D en IA.
“Sabes lo que jugamos?” preguntó el Negro
“Qué?” dije estúpidamente. “Tu fe. Y tu futuro.”
Utopía se cae, se cae.
Los sueños ruedan a las alcantarillas
      ángeles incoloros vagan
sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos
ruedas ardientes giran con los descabezados
      Mi escuadra!
Mi orgullosa escuadra!
      Mi querido Yo Mismo!
Entre la música de los escupitajos y los murmullos
            de los paterfamiliae.
   DSC (+). Una fangosa eternidad de espera; luego
el lento movimiento al A2R. Y DTXD
“Mate!” aulló el Negro
derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/
La implacable esfera
las leyes implacables. 64 escaques
y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera,
no hay
escape hacia otra dimensión donde todo esto sea
la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura prehistoria.
“Pero vuelva a jugar” dijo el Maestro “una partida
es sólo una partida. La especie humana
persiste en el error, hasta que sale
una incesante aurora
fuera del círculo mágico”.
Entonces
a la partida siguiente
jugué en 3) A5C.
“¿Ruy López?” observó el Maestro
“Usted aprende”.










en Contranatura, 1971












miércoles, noviembre 18, 2009

“Desenredo”, de Joao Guimaraes Rosa







Del narrador a sus oyentes:

—Juan Joaquín, cliente de quien cuenta, era apacible, respetado, bueno como aroma de cerveza. Señor de lo debido para no ser célebre. ¿Quién puede empero con ellas? Dormido Adán, nació Eva. Llamábase Liviria, Rivilia o Irlivia, la que, en esta ocasión, a Juan Joaquín se le apareció.

Tirando a bonita, ojos de carbón vivo, morena miel y pan. Casada por lo demás. Sonriéronse, viéronse. Era infinitamente mayo y Juan Joaquín se enamoró. Sumariando el asunto, se entendieron; volando lo demás con ímpetu de nave tendida a vela y viento. Pero muy teniendo todo, claro está, que ser secreto, a siete llaves. Porque en el marido, cuando celoso, se hacía notar la valentía y ya se sabe que los pueblos son la ajena vigilancia. De modo que al rigor los dos se sujetaron, conforme al clandestino amor y según aconseja el mundo desde que es mundo. No hay, empero, abismos infranqueables en barquitos de papel.

No se veía cuándo y cómo se veían. Juan Joaquín, por lo demás, era pura, calculada retracción. Esperar es reconocerse incompleto. Depen­dían ellos de enormes milagros. El embriagado engaño, quiero decir. Hasta que se produjo el derrumbe. Lo trágico no viene en cuentagotas. Sorprendió el marido a la mujer con otro, un tercero... Sin muchas vueltas, pistola en mano, la asustó y lo mató. Se dice también que levemente la hirió, cosa ligera.

Juan Joaquín, doliente sorprendido, en lo absurdo se negaba a creer, y barrido por dolores fríos, calores, lágrimas quizá, cayó en decúbito dorsal devuelto al barro, a medio estar entre lo inefable y lo nefando. Jamás la imaginara con el pie en tres estribos; llegó a maldecir sus propios y gratos abusufructos. Se contuvo para no verla, prohibiéndose ser pseudo-personaje, en circunstancias de tan sangrienta y negra magnitud.

Ella —lejos— siempre y más que nunca hermosa, ya repuesta y sana. Él, ejercitándose en resistir, siervo de penosas emociones.

Los porvenires, mientras tanto, maduraban, ¿qué no hay fin que sobrevenga? Desafortunado fugitivo, y como a la Providencia place, el marido falleció, ahogado o de tifus. El tiempo se las ingenia.

De inmediato lo supo Juan Joaquín, sumido en su franciscanato, dolorido pero ya medicado. Fue, pues, con la amada a encontrarse —ella sutil como alas leves, pantanal de engaños, la firme fascinación. En ella creyó, en un abrir y no cerrar de oídos. Y así fue como, de repente, se casaron. Alegres y mucho, para feliz escándalo popular.

Pero hubo peros.

¿Llega siempre imprevisible lo abominable? ¿O es que los tiempos se siguen, parafraseándose? Prodújose el arribo de los demonios.

Esta vez fue Juan Joaquín quien con ella se deparó y en mala hora: traicionado y traicionera. De amor no la mató, que no era hombre de remontarse a tamaños leonismos ni tigreces tales. La expulsó apenas, apostrofándose, como inédito poeta y hombre. Y viajó huida la mujer a ignoto paradero.

Todo aplaudió y reprobó el pueblo, repartido. Por el hecho, Juan Joaquín se sintió heroico, casi criminal, reincidente. Triste, al fin, y tan callado. Sus lágrimas corrían detrás de ella, como blancas hormiguitas. Pero, en la frágil barca del consenso, de nuevo pudo verse respetado. Se pierde la camisa, cuando no lo que ella viste. Era el suyo un amor meditado, a prueba de remordimientos. Se dedicó a resarcirse.

Pero hubo peros.

Pasaban los días y, pasándolos, Juan Joaquín iba aplicándose, en progresivo, empeñoso afán. La bonanza nada tiene que ver con la tempestad. ¿Creíble? Sabio siempre fue Ulises, que empezó por hacerse el loco. Deseaba él, Juan Joaquín, la felicidad —idea innata. Se consagró a remediar, redimir la mujer, a pulmón pleno. ¿Increíble? Cabe notar que el aire viene del aire. De sufrir y amar uno no se desacostumbra. Él quería apenas los arquetipos, platonizaba. Ella era un aroma.

¿Amantes, ella? ¡Nunca los tuvo! Ni uno ni dos. Díjose y decía Juan Joaquín. A embustes atribuía la leyenda, falsas patrañas escabrosas. Cabíale descalumniarla, y a todo se obligaba. Trajo a flor de escena del mundo lo que, del caso bajo, fuera tan claro como agua sucia. Demostrándolo, amatemático, contrario al público pensamiento y a la lógica, desde que Aristóteles la fundó. Lo que no era tan fácil como refritar albóndigas. Sin malicia, con paciencia, sin insistencia, principalmente.

El punto está en que lo supo del modo que sigue: por antipesquisas, acronología menuda, charlitas secreteadas, entrecogidos testimonios. Juan Joaquín, genial operaba el pasado —plástico y contradictorio borrador. Creaba una nueva transformada realidad, más alta. ¿Y más cierta?

La celebraba, ufanático, dándola por justa y averiguada, con rotunda convicción. Haya el absoluto amar y no habrá injuria que aguante.

De modo que surtió efecto. Desaparecieron los puntos suspensivos, el tiempo secó el asunto. Diluíase la tiniebla, anteriores evidencias, sus siniestras brumas. Lo real y válido en ascenso y hacia arriba. Y todos lo creían. Juan Joaquín antes que todos.

Por fin hasta la propia mujer. Le llegó la noticia adonde se encontraba, en ignota, defendida, perfecta distancia. Se supo desnuda y pura. Volvió sin culpa, con dengues y titubeos, desplegando su bandera al viento.

Tres veces se roza la felicidad. Juan Joaquín y Viliria se retomaron y compartieron, transmutados, lo verdadero y mejor de su útil vida.

Y archívese el asunto.






en Tutaméia, 1967











martes, noviembre 17, 2009

“El lector”, de Wallace Stevens





Me senté a leer un libro toda la noche
Me senté a leer como en un libro
De páginas sombrías.

Era otoño y estrellas fugaces
Cubrían las formas marchitas
Encogidas en la luz de la Luna.

Ninguna lámpara ardía al leer,
Una voz murmuraba: “Todo
Vuelve al frío.

Aún los almizcleños moscateles,
Los melones, las peras bermejas
Del deshojado jardín”.

Las páginas sombrías no imprimían
Sino el paso de ardientes estrellas
En el cielo escarchado.










Traducción de Hernán Galilea







en Revista Árbol de letras, N°2, Santiago, 1968.










lunes, noviembre 16, 2009

"Virgen arcabucera", de Odi González







No soy espantapájaros de los trigales, de mis papales en flor
¿danzante de las pandillas de Caracoto?
A la muerte de mi marido, de mis hijos degollados
como carneros / matanza de los santos inocentes
me hice cabecilla del grupo de ronderas
de la zona de emergencia
Lucho contra los matarifes de ambos bandos

Carruajes de fuego me sobrevuelan. Mis batallones diezmados
bullen en mi cabeza. Almas en pena
Mi marcha termina en humildes camposantos
fosas donde enterré a mis muertos. Allí sollozo
y limpio mi arcabuz







en Vírgenes urbanas, 2007













domingo, noviembre 15, 2009

Carta de Aristóteles a Alejandro Magno






En el crepúsculo de mi vida, tuve oportunidad de entrar en conversación con un sabio judío. No me llevo mucho tiempo darme cuenta de su gran sabiduría, y él me llevó a comprender cuan grande es la Torá que fue dada en el Monte Sinaí. Tomé conciencia de lo necio que había sido por no haberme dado cuenta de cómo Dios es capaz de manipular las leyes de la naturaleza. Mi querido discípulo Alejandro, si tuviera la posibilidad de reunir todos los libros que he escrito, los quemaría. Me avergonzaría mucho que algunos de ellos perdurara... me doy cuenta de que he de recibir un castigo Divino por haber escrito libros tan engañosos. Hijo mío, Alejandro, te escribo esta carta para decirte que la gran mayoría de mis teorías a la ley natural son falsas. Siento que he salvado mi alma al admitir mi error. Espero que no se me considere culpable por el pasado, pues he actuado por ignorancia. Sé que tu me alabas y me dices que soy famoso en todo el mundo a causa de los libros que he escrito. Aquellos que se consagran a la Torá obtendrán la vida eterna, mientras los que se dedican a leer mis libros obtendrán el sepulcro. No te escribí antes porque temí que te enfadaras conmigo y tal vez hasta me hicieras daño. Pero ahora he tomado la decisión de decirte la verdad. Sé que cuando recibas la carta ya estaré muerto y enterrado, pues soy consciente de que se acerca el fin.

Me despido con saludos de paz, Alejandro de Macedonia, gran emperador y soberano.
Tu maestro,

Aristóteles







NOTA DESCONTEXTO: Consideramos este texto de carácter apócrifo y -probablemente- falso, pero no deja de ser llamativo el sutil y -a la vez- brutal intento de invalidar de esta manera la base aristotélica de buena parte del desarrollo cultural de occidente.









sábado, noviembre 14, 2009

"La Novela De Mosiú Tabarie", de Álvaro Cunqueiro






Je luy donne ma librame, et le
Romman du Pet au Diable,
lequel maistre Gui Tabarie
grossoya, qu'est hom verítable.
Par cayers est soubz une table.
Combien qu'íl soit rudement faíct,
la matiére es sí tres notable,
qu'elle amende tout le meffaict.

François Villon: Grand Testament




Pues este verano encontré —iba el río seco, y la gente y el ganado pasaban enjutos por los pasos de la Valifia, yo tuve la barca amarrada en el padrón, y me sobró tiempo para holgar en la casa—; encontré, digo, dos entregas de la "Novela del Pedo del Diablo" que me regaló el moro Alsir, y leyéndolas, puestos los anteojos que ahora cotidianamente preciso, me eché a reír, y me vienen ahora ganas de contar lo principal de esta novela, que del demonio que en ella se habla, Cobillón titulado, nos llegaron noticias a Miranda cuando tuvo mi amo que viajar a Gaula a quitarle el aroma de azufre a un condado de aquel reino, y fue que primero creyeron que dieran con una mina, e inquiriendo, inquiriendo, salió que no era más que una bandería de demonios que Lucifer Mayoral mandara vaciar sobre Inglaterra, y que dejara allí, en una cueva, la ropa vieja. Con el azufre que tenían aquellos harapos se podía azufrar medio Ribeiro. Este Cobillón era un demonio muy fino, que estudiara para perfumista en Florencia de Italia, donde tomó la costumbre de bañarse en agua franchipana. Contaba la novela que había en Soria una viuda moza muy devota de San Ciríaco, y siendo rica por su casa, y bien heredada del difunto, quería levantar al santo una ermita justamente en una montiña donde acostumbraban pasar los calores del tiempo de la siega las brujas de tierra de Osma. Requirieron estas toledanas para volver a la viuda del acuerdo a un demonio bostezador y aragonés, pero pronto supo la viuda que quien la tentaba era el demonio, porque tenía un olfato sutil y venteador, y cazaba los olores malignos que pasaban volando. Se buscó entonces en toda la Satanía un demonio que no diese señales de azufre y tuviese humano perfume, y no había otro preparado sino Cobillón, que estaba por aquella estación en París perfumando francesas. Ya había buscado albañiles la viuda, y corría prisa torcerle la intención. Llegó a Soria, pues, Cobillón, vestido de cuatro puntillas, haciéndose pasar por pariente de los linajes sorianos, dando propinas y limosnas, y anunciando que por un casual traía en el bolsillo un pomo con agua destilada de la barba de San Ciriaco. Saberlo la viuda y convidarlo a chocolate todo fue uno, y Cobillón iba de levita verde y bastoncillo de plata, cadena de oro en el chaleco, y colgado de ella, el pomito con el agua de San Ciríaco. La viuda, este es el caso, se enamoró en un repente de aquel dionisio, que le dio a oler el agua de San Ciríaco y le prometió teñirle con camomila de Malta un lunar con pelo que tenía en la barbilla, y la invitaba, sin más demoras, a partir para Tarragona, donde tenía su palacio, y los podría casar su capellán, que era primo del señor primado. Doña Florínda, que así se llamaba aquella viuda, pidió un día para contestar, que Cobillón le concedió de grado. Y en aquel día de plazo, un ama seca que fuera del difunto y que andaba en las labores de la casa, le sopló a la viuda si no sería otro demonio el pretendiente. Doña Florinda se confesaba que sólo venteaba rosas, agua franchipana y licor del Polo en aquel galán, cuyas miras de casamiento le derretían las mantecas, que en verdad eran lucidas, blancas y apetitosas, pero no dejaba de imaginar cómo descubrir el engaño, si de verdad lo había en aquel trato. Cobillón, por la chimenea, oyera la conversación de la viuda con el ama seca, y dispuso de todos sus perfumes para no delatarse: se bañó en agua franchipana como solía, lavó los pies con secante de lirio, engomó los rizos con miel de rosas, y para disfrazar los alientos, bebió un frasco de vino de nardo. La viuda le contó a Cobillón el caso del demonio bostezador, y cómo andaban las brujas trastornando sus planes de hacer la ermita de San Ciríaco, y el miedo que ella tenía de ser tentada del demonio mayor y su selección de cornudos. Y con lágrimas en los ojos, y pidiéndole perdón por estar tan enamorada, requirió la viuda a Cobillón a que soltase un viento, a ver a qué olía, Cobillón se hizo rogar, pero viendo que la viuda seguía llorando, y suponiendo él, con su saber de demonio, que el vino aromado que bebiera ya estaría en las tripas bajas, juntó fuerzas y soltó un grande y sonoro meteoro, que tal tamborileó en sus bragas ceñidas como redoble de parada. Y toda aquella cámara se llenó de un dulcísimo aroma de nardo florido, con lo cual la viuda se echó en los brazos del demonio Cobillón. Cobillón la llevó en carroza a Tarragona, y en la espuerta de la carroza iba en dos arcas el oro de la viuda, y ya se veían a lo lejos las torres primadas, cuando Cobillón, entre beso y beso le pidió a doña Florinda que atendiese a un nuevo perfume, y mismo en la nariz aquella tan sutil le soltó una vaharada de azufre, gritándole entre risas que se acostaba con un maligno adoctrinado. La viuda se murió de dolor, sin apearse de la carroza, y Cobillón, con el oro se volvió a París de perfumista.

Cuento esta novela porque fue la primera que leí, y mucho le gustaba a mi amo que la contase, máximo cuando habíamos comido al almuerzo castañas, y en llegando al viento de la carroza yo decía: ¡con perdón de los presentes!, y hacía mi gracia. También la cuento para que se vea en qué fiestas pasábanlos los inviernos en Miranda, cuando venía el tiempo de las nevadas, se cegaba de agua el camino de la vega, y los perros ladraban al lobo que pasaba de día al pie de las casas. ¡Ojalá volvieran tiempos idos!





en Merlín y familia, 1955











viernes, noviembre 13, 2009

"Los de Chile y los holandeses", de Francisco de Quevedo





Dio una tormenta en un puerto de Chile con un navío de holandeses, que, por su sedición y robos, son propiamente dádiva de las borrascas y de los furores del viento. Los indios de Chile que asistían a la guarda de aquel puerto, como gente que en todo aquel mundo vencido guarda belicosamente su libertad para su condenación en su idolatría, embistieron con armas a la gente de la nave, entendiendo eran españoles, cuyo imperio les es sitio y a cuyo dominio perseveran excepción. El capitán del bajel los sosegó, diciendo eran holandeses y que venían de parte de aquella República con embajada importante a sus caciques y principales, y acompañando estas razones con vino generoso, adobado con las estaciones del norte, y ablandándolos con butiro y otros regalos, fueron admitidos y agasajados. El indio que gobernaba a los demás fue a dar cuenta a los magistrados de la nueva gente y de su pretensión.

Juntáronse todos los más principales y mucho pueblo, bien en orden, con las armas en las manos. Es nación tan atenta a lo posible y tan sospechosa de lo aparente, que reciben las embajadas con el propio aparato que a los ejércitos.

Entró en la presencia de todos el capitán del navío, acompañado de otros cuatro soldados, y por un esclavo intérprete le preguntaron quién era, de dónde venía y a qué y en nombre de quién. Respondió, no sin recelo de la audiencia belicosa:

- Soy capitán holandés; vengo de Holanda, República en el último occidente, a ofreceros amistad y comercio. Nosotros vivimos en una tierra que la miran seca con indignación debajo de sus olas los golfos; fuimos, pocos años ha, vasallos y patrimonio del grande monarca de las Españas y Nuevo Mundo, donde sola vuestra valentía se ve fuera del cerco de su corona, que compite por todas partes con el que da el sol a la tierra. Pusímonos en libertad con grandes trabajos, porque el ánimo severo de Felipe II quiso más un castigo sangriento de dos señores que tantas provincias y señorío. Armónos de valor la venganza desta venganza, y con guerras de sesenta años y más, continuas, hemos sacrificado a estas dos vidas más de dos millones de hombres, siendo sepulcro universal de Europa las campañas y sitios de Flandes. Con las vitorias nos hemos hecho soberanos señores de la mitad de sus Estados, y, no contentos con esto, le hemos ganado en su país muchas plazas fuertes y muchas tierras, y en el oriente hemos adquirido grande señorío y ganándole en el Brasil a Pernambuco, la Parayba, y hecho nuestro el tesoro del palo, tabaco y azúcar, y en todas partes, de vasallos suyos, nos hemos vuelto su inquietud y sus competidores. Hemos considerado que, no sólo han ganado estas infinitas provincias los españoles, sino que, en tan pocos años, las han vaciado de tan innumerables poblaciones y poblándolas de gente forastera, sin que de los naturales guarden aún los sepulcros memoria, y que sus grandes emperadores y reyes, caciques y señores, fueron desaparecidos y borrados en tan alto olvido, que casi los esconde con los que nunca fueron. Vemos que vosotros solos, o sea bien advertidos o mejor escarmentados, os mantenéis en libertad hereditaria y que en vuestro coraje se defiende a la esclavitud la generación americana. Y como es natural amar cada uno a su semejante, y vosotros y mi república sois tan parecidos en los sucesos, determinó enviarme por tan temerosos golfos y tan peligrosas distancias a representaros su afecto, buena amistad y segura correspondencia, ofreciéndoos, como por mí os ofrece, para vuestra defensa o pretensiones, navíos y artillería, capitanes y soldados, a quienes alaba y admira la parte del mundo que no los teme, y para la mercancía, comercio en sus tierras y estados, con hermandad y alianza perpetua, pidiendo escala franca en vuestro dominio y correspondencia igual en capitulaciones generales, con cláusula de amigos de amigos y enemigos de enemigos, y, por más demostración, en su poder grande os aseguran muchas repúblicas, reyes y príncipes confederados.

Los de Chile respondieron con agradecimiento, diciendo que para oír bastaba la atención; mas, para responder, aguardaban las prevenciones del Consejo; que a otro día se les respondería a aquella hora.

Hízose así, y el holandés, conociendo la naturaleza de los indios, inclinada a juguetes y curiosidades, por engañarles la voluntad, les presentó barriles de butiro, quesos y frasqueras de vino, espadas, y sombreros, y espejos y, últimamente, un cubo óptico, que llaman antojo de larga vista.

Encarecióles su uso, y con razón, diciendo que con él verían las naves que viniesen a diez y doce leguas de distancia y conocerían por los trajes y banderas si eran de paz o de guerra, y lo propio en la tierra, añadiendo que con él verían en el cielo estrellas que jamás se han visto y que sin él no podrían verse; que advertirían distintas y claras las manchas que en la cara de la luna se mienten ojos y boca, y en el cerco del sol una mancha negra, y que obraba estas maravillas porque con aquellos dos vidrios traía al ojo las cosas que estaban lejos y apartadas en infinita distancia. Pidiósele el indio que entre todos tenía mejor lugar. Alargóse el holandés en sus puntos, doctrinóle la vista para el uso y diósele. El indio le aplicó al ojo derecho, y, asestándole a unas montañas, dio un grande grito, que testificó su admiración a los otros, diciendo había visto a distancia de cuatro leguas ganados, aves y hombres, y las peñas y matas tan distintamente y tan cerca, que aparecían en el vidrio postrero incomparablemente crecidas. Estando en esto, los cogió la hora, y zurriándose en su lenguaje, al parecer razonamientos coléricos, el que tomó el antojo, con él en la mano izquierda, habló al holandés estas palabras:

- Instrumento que halla mancha en el sol y averigua mentiras en la luna y descubre lo que el cielo esconde es instrumento revoltoso, es chisme de vidrio, y no puede ser bienquisto del Cielo. Traer a sí lo que está lejos, es sospechoso para los que estamos lejos: con él debistes de vernos en esta gran distancia, y con él hemos visto nosotros la intención que vosotros retiráis tanto de vuestros ofrecimientos. Con este artificio espulgáis los elementos y os metéis de mogollón a reinar: vosotros vivís enjutos debajo del agua y sois tramposos del mar. No será nuestra tierra tan boba que quiera por amigos los que son malos para vasallos, ni que fíe su habitación de quien usurpó la suya a los peces. Fuistes sujetos al rey de España, y, levantádoos con su patrimonio, os preciáis de rebeldes, y queréis que nosotros, con necia confianza, seamos alimento a vuestra traición. Ni es verdad que nosotros somos vuestra semejanza, porque, conservándonos en la Patria que nos dio la naturaleza, defendemos lo que es nuestro, conservamos la libertad, no la robamos, Ofrecéisnos socorro contra el rey de España, cuando confesáis le habéis quitado el Brasil, que era suyo. Si a quien nos quitó las Indias se las quitáis, ¿cuánta mayor razón será guardarnos de vosotros que dél? Pues advertid que América es una ramera rica y hermosa, y que, pues fue adúltera a sus esposos, no será leal a sus rufianes. Los cristianos dicen que el Cielo castigó a las Indias porque adoraban a los ídolos, y los indios decimos que el Cielo ha de castigar a los cristianos porque adoran a las Indias. Pensáis que lleváis oro y plata y lleváis invidia de buen color y miseria preciosa.

Quitáisnos para tener que os quiten: por lo que sois nuestros enemigos, sois enemigos unos de otros. Salid con término de dos horas deste puerto, y si habéis menester algo, decidlo, y si nos queréis granjear, pues sois invencioneros, inventad instrumento que nos aparte muy lejos lo que tenemos cerca y delante de los ojos, que os damos palabra que con éste, que trae a los ojos lo que está lejos, no miraremos jamás a vuestra tierra ni a España. Y llevaos esta espía de vidrio, soplón del firmamento, que, pues con los ojos en vosotros vemos más de lo que quisiéramos, no le habemos menester. Y agradézcale el sol que con él le hallaste la mancha negra, que si no, por el color intentárades acuñarle y de planeta hacerle doblón.













Capítulo XXXVI en La hora de todos y la fortuna con seso, 1636









jueves, noviembre 12, 2009

“Mañana difunta”, de Ciro Alegría







Tal vez llegarían mejores tiempos. Porque todo tiene su hora justa y nadie debe quedarse sin su ración de bienandanza. Los momentos buenos llegan de pronto, llegan algún día. Nítido cielo azul arriba. Esplendían los techos rojos y pardos de las casas. Un pájaro cruzó raudamente, con su antigua sabiduría de avión edénico, volando hacia las zonas de la dicha. Por la ventana entraba un aire diáfano. De la de una vecina, colgaban ropas de niño puestas a secar. Amarillas, verdes, violetas, blancas. Un niño se llamaba Charlito. Había llorado la noche pasada pero ahora todo estaba en silencio. Y la paz tenía esa tranquilidad germinal de las mujeres grávidas. Algo anunciaba la propicia donación que, en un lugar impreciso, preparaba la vida. Esa antena de radio, fina y gallarda, debía saber. Tenían un gesto atento sus oídos metálicos. Lo callado se hacía en ellos voz. Porque el hombre conoce únicamente cierta parte de la vida de la materia. Debe estar llena de energías y voces ocultas, latentes, que no se esquivan y sólo esperan que el índice presione el botón exacto, que la mano acierte con el nítido pulso de sus venas y el oído descubra el ritmo de su maravilloso corazón.

Mientras tanto, ella sabe y da. Conjugando todas sus fuerzas, las aprehensibles e inaprehensibles, en alguna latitud, quizá a la vuelta de la esquina, estaría gestando su bello presente. Para el cuerpo y para el alma. Para el cuerpo y el alma de Nicolás Rivera. Para él. Sin duda para él mismo, como para tantos. En verdad, siempre había esperado vagamente eso y sin duda ahora iba a llegar. Lo sentía en el ambiente, en el hálito luminoso y potente de los anchos espacios y en el fácil ritmo de su sangre. También en la hebilla del cinturón y en los botones del chaleco y en el nudo de la corbata. (Se encontraba vistiéndose). Su buen humor obedecía seguramente a una razón. El corazón tiene, a veces, adivinaciones inexplicables. Y además estuvo silbando alegremente. Silbando alegremente un aire viejo y nuevo siempre y siempre renovado como el oxígeno del aire. No podía recordar si fue acaso el Preludio VIII de Bach. La brisa llevaba un grato olor a jabón. Toda la vida se había levantado y estaba limpia y apta. Iniciábase un magnífico día. Adelante, Nicolás Rivera. Salió.

En la esquina, el mismo diario le dijo que el mundo continuaba siendo el mismo. Por las calles trotaban los mismos tranvías ahítos y desvencijados. En la oficina, el mismo libro de cuentas le mostró los mismos números insospechablemente rígidos. ¿Qué fue de lo sorprendente, lo bueno y lo hermoso? Nicolás Rivera vaciló. Sus ojos aún buscaron sobre la mesa. Después, con el gesto de quien se rinde, cogió la pluma y se puso a alinear cifras mudas. Así murió una promisora mañana.






en Siete cuentos quirománticos, 1978











miércoles, noviembre 11, 2009

"Invierno para beber", de Vicente Huidobro

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





El invierno ha llegado invitado por alguien
Y las miradas migran hacia el calor conocido
Esta noche el viento arrastra sus bufandas de viento
Mis queridas aves tejen un techo de cantos en las avenidas

Oigan crepitar el arcoíris mojado
Se ha sometido bajo el peso de las aves

La amargura teme a las inclemencias del tiempo 
Pero nos queda un poco de ceniza del atardecer 
Cómo te duelen las golondrinas de mi pecho 
Sacudiendo todavía ese silencio vegetal

Seducciones de vestíbulo en grados de aguardiente 
Vamos a alejarnos del carruaje de las nieves
Bebo tus miradas lentamente en exactas calorías

El salón se infla con el vapor de las bocas 
Cuelgan de la lámpara las miradas congeladas 
Y hay moscas
En los suspiros petrificados

Los ojos están llenos de un líquido viajero
Y cada ojo tiene un perfume especial
El silencio es una planta que crece desde el interior 
Si el corazón mantiene constante el calor que emana

Afuera se acerca el carruaje de nieve 
Llevando su termómetro de ultratumba
Y me duermo con el ruido del piano lunar 
Cuando las nubes se retuercen y la lluvia cae

Cae

Nieve con gusto a universo 
Cae
Nieve que huele a alta mar
Cae

Nieve perfecta de los violines 
Cae
La nieve sobre las mariposas

Cae
Nieve hecha de copos de olores 
La nieve en un tubo inconsistente

Cae
Nieve al paso de una flor
Está nevando nieve en todos los rincones del tiempo

Simiente de sonidos de campanas
En los naufragios más lejanos 
Reconforten sus lamentos en los bolsillos 
Porque el cielo peina sus nubes antiguas 
Siguiendo los gestos de nuestras manos

Lágrimas astrológicas sobre nuestras miserias
Y sobre la cabeza del patriarca guardián del frío 
El cielo pinta de blanco nuestra atmósfera
Entre las palabras a mitad de camino congeladas

Ahora que el patriarca duerme
La nieve se desliza 
                                                     se desliza
De su refinada barba






en Automne régulier, 1925



Traducción en Una tumba en otro mar
Descontexto Editores, 2023













martes, noviembre 10, 2009

“Autorretrato”, de Pablo Neruda







Por mi parte, soy o creo ser duro de
nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos
en la cabeza, creciente de abdomen,
largo de piernas, ancho de suelas,
amarillo de tez, generoso de amores,
imposible de cálculos, confuso de
palabras, tierno de manos, lento de
andar, inoxidable de corazón,
aficionado a las estrellas, mareas,
maremotos, administrador de
escarabajos, caminante de arenas,
torpe de instituciones, chileno a
perpetuidad, amigo de mis amigos,
mudo de enemigos, entrometido entre
pájaros, mal educado en casa, tímido
en los salones, arrepentido sin objeto,
horrendo administrador, navegante de
boca, y yerbatero de la tinta, discreto
entre los animales, afortunado de
nubarrones, investigador en mercados,
oscuro en las bibliotecas, melancólico
en las cordilleras, incansable en los
bosques, lentísimo de contestaciones,
ocurrente años después, vulgar
durante todo el año, resplandeciente
con mi cuaderno, monumental de
apetito, tigre para dormir, sosegado en
la alegría, inspector del cielo nocturno,
trabajador invisible, desordenado,
persistente, valiente por necesidad,
cobarde sin pecado, soñoliento de
vocación, amable de mujeres, activo
por padecimiento, poeta por maldición
y tonto de capirote.







en Antología Fundamental, 1988












lunes, noviembre 09, 2009

"La conspiración del Gobierno de Chile", de Elicura Chihuailaf





Quisiera haberles conversado respecto de mis impresiones de un recorrido por las réplicas de las carabelas con las que Colón hizo sus viajes en búsqueda de nuevos mercados para el imperialismo español. Más allá de las funestas consecuencias de los mismos (y sabiendo que el navegante genovés que por varias décadas se preocupó de informarse de los resultados de los viajes precedentes de islandeses y holandeses y así, entre otros “detalles”, antes de iniciar la navegación hacia el “nuevo” continente tuvo la certeza de que la Tierra era en verdad redonda pero que luego se equivocó de destino..., bochorno bien disimulado hasta ahora): mi admiración por la osadía aventurera de los seres humanos. En el punto de salida de las carabelas en Puerto de Palos ya no hay mar. Parado frente al fango, bajo el sol abrasador del otoño europeo, me imagino la incertidumbre en esas frágiles embarcaciones en medio del océano.

Ahora, bajo la persistente lluvia y el frío de la primavera nuestra (el galopante cambio climático), a la hora de los Sueños, pienso en Ernesto “Che” Guevara y en Miguel Enríquez, seres humanos maravillosos, asesinados un día de octubre por las tropas horrendas del capitalismo.

Pero la historia nos sigue remeciendo de manera terrible en nuestro país Mapuche. Niñas y niños heridos, ancianas y ancianos heridos, mujeres y hombres heridos por las huestes rabiosas del Estado chileno. No hay casi palabras para describir lo que ha venido sucediendo en estos días / en estos años de pretendido mandato “democrático” de los “implícitamente derrocados” y explícitamente derechizados gobiernos de la Concertación.

En Chile y en Argentina se insiste hoy con más fuerza en la continuidad de las denominadas “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña del desierto”. Se solazan -con prepotencia de siglos- latifundistas y estancieros y grandes empresarios de la banca, de las forestales, de la minería, de las hidroeléctricas, etc. Como lo denuncian Darío Aranda en Diario Pagina/12 y Bartolomé Clavero (miembro del Foro Permanente de Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas), no sólo recurren a sus monopolios de comunicación y a su “vinculación” con los tribunales de justicia, sino que pretenden usar -como aval en sus abusos- a investigadores y a centros universitarios.

En Argentina, el caso del “historiador” patagónico Rodolfo Casamiquela que fue contratado por un estanciero como “perito” en un juicio por usurpación de tierra a un anciano mapuche. En Chile, como señala Clavero, “el último paso realmente sorpresivo se ha producido finalizando octubre con la suscripción formal de un Convenio entre el Ministerio de la Secretaría General de la Presidencia y un centro universitario de realización del catastro de tierras y registro de aguas mapuche (Centro de Ciencias Ambientales –EULA- de la Universidad de Concepción) para evaluar disponibilidades, de forma que prácticamente se traslada la capacidad decisoria sobre tales recursos del primero al segundo, del ámbito político al ámbito académico (...)”. “No hay modo de salir de la sorpresa. Lo primero que establece el propio Convenio 169 para su puesta en práctica es que debe hacerse mediante consulta con la parte indígena. Más todavía (artículo 6), a partir de la entrada en vigor que ya se ha producido del Convenio, ‘cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarles directamente’ a indígenas, aléguese o no el Convenio, haya o no haya previsión en el mismo sobre el asunto del caso, debe procederse a la consulta previa”.

Continúan los montajes policiales y judiciales y los allanamientos a nuestras comunidades y a casas y oficinas de nuestra Gente. Claro, no hay intención ni menos voluntad de consultar. En su escrito “Lo violento de vivir en Araucanía”, Fernando Ulloa V. (magíster en historia) nos está diciendo: “¿Es ésa la sociedad que queremos? ¿Ése era el progreso que entró a Ngulumapu (Araucanía), junto con el tren que pasó por el Viaducto del Malleco que Balmaceda inauguró? ¿Ésa es la civilización que el diputado Vicuña Mackenna promovía (además de la incorporación de Rapa Nui)?” “Nuestra sociedad de lo instantáneo se ufana celebrando los últimos doscientos años; cuando acá hay gente que lleva más de 13 mil (y es lo que hemos podido encontrar, el resto podría estar bajo el mar)”. “Cuando niños nos llenaron la cabeza -con el respeto que merecen los historiadores de lo occidental- de dinastías egipcias, de formaciones romanas, de señores feudales y castillos, cuando en América las sociedades fueron tanto o mayormente complejas. Nada de historia del barrio, nada de Historia Regional”. “Durante el período republicano no se ocupó la palabra “Chile” hasta 1824, por decreto. Al año siguiente se firmó el Tratado de Tapihue que reconocía Autonomía del Biobío al Sur. Eso no es un país dentro de otro, eso es ‘la ropa sucia se lava en casa’. “Lo violento de vivir en Araucanía es tener que ver en el kiosko de la esquina prensa que ha sido cómplice del despojo”. “Lo violento de Araucanía es que mañana por decir esto, yo podría ser acusado de ser el autor de todos los hechos de violencia de la zona, de poner bombas y de ser ‘indigenista’ por preocuparme de aprender otro idioma (el mapuzugun) tan válido como el inglés o el chino mandarín”.








Santiago, 06 de noviembre de 2009






en El periodista







Fotografía de Héctor González de Cunco










domingo, noviembre 08, 2009

"Mi nombre", de Briceida Cuevas Cob







Mi nombre,
pellejo disecado,
de boca en boca es mordido,
es masticado por los colmillos de la gente.
Me he despojado del ropaje de mi nombre
así como la serpiente de su piel.
¿Por qué no llaman prostituta a la luna?
Ella acostumbra caminar por las noches,
acostumbra apostar su cuerpo,
acostumbra ocultar su vergüenza,
acostumbra sumergirse en la oscuridad
porque ya detesta su claridad.
Porque ella es una hermosa alimaña blanca.
Mi nombre
es chicle prohibido para los niños.
Mi nombre
ha sido pisoteado por el desprecio.
Ahora ya no tengo nombre.
Soy un duende que le revuelve la cabellera al amor.








en Las lenguas de América (Carlos Montemayor, comp.), 2005














sábado, noviembre 07, 2009

Entrevista(s) a Bill Murray

Fragmentos de las entrevistas hechas por Beatrice Sartori -para Luna de metrópoli- y por Diego Lerer -para El Clarín-.



I

¿Qué es Flores rotas, una comedia triste o una película de carretera?
Yo diría más bien que se trata de una historia psicológica de detectives. Mi personaje, el solterón millonario Don Johnston, no sabe qué hacer con su vida hasta que le llega la noción de la existencia de un hijo del que nunca supo. Sigue su pista a través de las amantes que usó y abandonó años atrás. Le resulta difícil salir en busca de su pasado y reencontrar a los amores de su vida. Le afecta el daño que causó pero también, y quizá más, descubrir el amor verdadero que dejó pasar.

Sus últimos trabajos sorprenden por su minimalismo interpretativo y su lacónica ironía. Muy lejos de los tiempos de Los cazafantasmas...
Le agradezco esta alta valoración, pero quizá lo que me está ocurriendo es que ese minimalismo procede directamente de la progresiva pérdida de mis habilidades y talento interpretativos. Bueno, quizá la razón de todo esto es que aprecio más sugerir que parlotear. Creo que las emociones son más fuertes cuando se transmiten con gestos, con las miradas más que con las palabras.

Wes Anderson, Sofia Coppola y ahora Jim Jarmusch. Trabaja con los más prestigiosos directores vanguardistas.
No se trata de un plan preconcebido sino de películas que deseo hacer. Wes me sedujo con Rushmore y ahora es un viejo amigo, casi no nos tenemos que hablar cuando trabajamos. A Sofia le costó muchísimo convencerme, de hecho sus amigos me comentaban que había escrito Lost in Translation inspirándose en mí, hasta su padre me habló de ello y yo me resistía. Ella me convenció, sin saberlo, cuando vi Las vírgenes suicidas. Y Jim...

¿Cómo le propuso Jarmusch el proyecto?
Bueno, la cuestión fue que me planteó otra película. Me gusta mucho cambiar impresiones con los directores y a través de nuestras charlas comenzar a hacernos confidencias sobre nuestras historias amorosas y aventuras sentimentales. Un día, me llamó para decirme que tenía otra historia, Flores rotas. Me entusiasmó ese hombre vacío que se comienza a cuestionar todo, que empieza a vivir en la duda permanente. Don Johnston no cesa de interrogarse acerca de su pasado y su presente, acerca de las mujeres que amó. El camino que transita es muy interesante y no hay respuestas definitivas. Creo que la película logra preservar un lado misterioso.

Como en Life Aquatic, su personaje vuelve a plantearse la búsqueda y naturaleza de la paternidad.
Bueno, eso es cosa de Wes y Jim. Yo nací en medio de una familia de nueve hermanos, seis chicos y tres chicas, y a mi vez tengo seis hijos, todos varones. Pero son exactamente la paternidad y las preguntas que me hago acerca del legado que puedo dejar a mis hijos lo que informa a mis personajes. Y pienso en mi padre Edward, que murió muy joven, a los 46 años, dejando una enorme progenie detrás. Para películas como Flores rotas uso mis propias dudas acerca de qué es lo mejor que puedo legar a mis hijos. Y fue una idea de Jim que mi hijo mayor Homer aparezca en la última secuencia de la película. Creo que le proporciona un gran efecto.

En este personaje, ¿hay algo de usted, un «toque Bill Murray»?
Lo que Jim me permitió fue un espacio de gran libertad y tiempo. Eso me permite trabajar los progresos del personaje a medida que avanza la película. Es mi condición, que nunca negocio.

¿Es cierto que no tiene agente y que hay que enviarle los guiones a una cabina telefónica que usted designa a través de un contestador automático?
No tengo agente ni publicista. No necesito intermediarios. Y, mire, siendo una persona pública, a veces me veo fastidiosamente molestado por personas a las que no conozco. Hay otras que conozco y aprecio, otras que aprecio pero olvido fácilmente y otras, definitivamente pestíferas. Y sé cómo protegerme. Es por eso que vivo en Nueva York y no en California. No hay nada peor que estar rodeado por gente del negocio del entretenimiento con enormes fortunas.

Usted se educó en el Colegio Loyola de los jesuitas en su localidad natal y más tarde estudió en La Sorbona. ¿Cuáles son los beneficios de una educación europea?
Siempre me he sentido muy afín a la cultura y forma de vivir europeas... desde mi infancia en el colegio jesuita. Y, sí, estudié en La Sorbona durante cuatro años durante los 80 e, incluso, uno de mis hijos nació en París. Me siento uno de los norteamericanos más europeos de mi país. Y me parece nefasto el aislamiento en el que el presidente Bush Jr. nos hace vivir hacia el resto del mundo, una prepotencia a menudo basada en la ignorancia. Y lamento profundamente la guerra contra Irak.

Un cuarto de siglo ya en el cine, además de su carrera en la televisión. ¿Cuáles elegiría como sus momentos favoritos?
Hhhhhh-mmmmmmm... el maquillaje blanco-kabuki para Tim Burton en Ed Wood, los dos mordiscos que me propinó la marmota durante el rodaje de El día de la marmota y cuando le rompí la nariz por accidente a Robert De Niro durante una toma de Perro Bravo y Gloria.



II

Se sabe que la fama te incomoda...
Cuando alguien me dice que su sueño en la vida es ser rico y famoso yo le digo: 'Primero preocúpate por ser rico'. Eso alcanza. Tener dinero cubre casi todas las necesidades. No hay ningún lado malo en ser rico, a lo sumo te piden plata tus parientes. Ser famoso, en cambio, es un trabajo de 24 horas al día. Yo probé de todo: dejé de dar autógrafos por un año, pero nada sirve. A una ameba la puedes pinchar diez veces y se reconstituye, pero si la pinchas mil veces la célula colapsa y se convierte en nada. Ser famoso es eso. Cuando la gente te para por la calle y te dice ¡Ey! cien veces por día, te transformas...

¿Y cómo haces para manejarlo?
Mientras la gente es amable, está todo bien. Si es ruda o agresiva, ahí empiezan los problemas.
...
El día de la marmota se convirtió en un clásico. ¿Cuál crees que es la razón?
Es un guión brillante, uno de los más brillantes de la era moderna, de una percepción extraordinaria. Si no cambias, vas a vivir todos los días el mismo día. Hay mucha gente que se ha sentido muy tocada por ese film. Gente que ha sentido que es una mirada moderna a una búsqueda muy profunda y espiritual. Janet Reno, la Fiscal General de los Estados Unidos, me contó que en su oficina, cuando contratan gente, le dicen: 'Aquí, hoy es El día de la marmota y mañana va a ser El día de la marmota. Acostúmbrense. Y si no les gusta, lárguense'.











2005, 2004










viernes, noviembre 06, 2009

Aforismos, de César Vallejo

Selección hecha por la Revista UNAM. Abril, 1992






*

He visto a tres obreros trabajar y hacer un perno; eso es socialismo de la producción. He visto a cuatro compartir una mesa y un pan: eso es socialismo de consumo.


*

Los intelectuales son rebeldes, pero no revolucionarios.





*

La sicología burguesa de un comunista y la sicología comunista de un burgués.




*

Hay la revolución en literatura (que no es necesariamente revolución en política: Proust, Girardoux, Morand, Stravinsky, Picasso) y hay la revolución en literatura (que es necesariamente revolución en política: Prokofiev, Barbusse, Diego Rivera). Esta última revolución es de temas y, a veces, va acompañada de técnica. La primera es de técnica y, a veces, va acompañada de temas. En Rusia sólo se tiene en cuenta o, al menos, se prefiere, la revolución temática. En París, la revolución técnica.




*

Los bandidos religiosos, al ser regenerados, devienen todos sin dios.




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Para las almas de absoluto, la muerte es una desgracia intemporal, una desgracia vista de aquí, de allá, del mundo, del cielo, del instante y del futuro y del pasado. Para los seres materialistas, ello no es más que una desgracia vista de este mundo: como ser pobre, caerse, ponerse en ridículo, etc.




*

Mi metro mide dos metros; mi kilo pesa una tonelada.





*

La risa por cosquillas y la risa por alegría moral. Rabelais.





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El amor me libera en el sentido que puedo dejar de amar. La persona a quien amo debe dejarme la libertad de poder aborrecerla en cualquier momento.




*

La aviación en el aire, en el agua y en el espíritu. Sus leyes en los tres casos son diversas. El espíritu vuela cuando pesa y se hunde más en sí mismo. Más grávido es un espíritu, más alto y más lejos vuela.




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La mecánica es un medio o disciplina para realizar la vida, pero no es la vida misma. Esa debe llevarnos a la vida misma, que está en el juego de sentimientos o sea en la sensibilidad. Walt Whitman, Vallejo.




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Yo amo a las plantas por la raíz y no por la flor.





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La naturaleza crea la eternidad de la substancia. El arte crea la eternidad de la forma.




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Las artes (pintura, poesía, etc.) no son sólo éstas. Artes son también comer, beber, caminar: todo acto es un arte. Resbalón hacia el dadaísmo.




*

Escribí un verso en que hablaba de un adjetivo en el cual crecía la hierba. Unos años más tarde, en París, vi una piedra del cementerio de Montparnasse un adjetivo con hierba. Profecía de la poesía.




*

Mi anarquía simple, mi gran dolor compuesto de alegrías.






*

¡Cuidado con la substancia humana de la poesía!






*
Si no ha de ser bonita la vida, que se lo coman todo.













jueves, noviembre 05, 2009

"La libertad del espíritu", de Paul Valéry

Inicio




Es un signo de los tiempos, y no muy bueno, que hoy sea necesario -y no sólo necesario, sino incluso urgente- interesar a los espíritus en la suerte del Espíritu, es decir en su propia suerte.

Esta necesidad surge al menos en hombres de cierta edad (cierta edad es, desgraciadamente una edad demasiado cierta), en hombres de cierta edad que han conocido una época completamente diferente, que han vivido una vida completamente diferente, que han aceptado, sufrido, examinado los males y bienes de la existencia en un medio completamente diferente, en un mundo muy diferente.

Admiraron cosas que ya casi no se admiran; vieron vivas verdades que están casi muertas; especularon, en fin, acerca de valores cuyo descenso o derrumbe es tan claro, tan manifiesto y tan ruinoso para sus esperanzas y sus creencias, como el descenso o el derrumbe de los títulos y las monedas que consideraban, como todo el mundo, valores inquebrantables.

Asistieron a la bancarrota de la confianza que habían tenido en el espíritu, confianza que fue para ellos el fundamento y, de alguna manera, el postulado de su vida ¿pero qué espíritu, y qué entendían por esa palabra?...

Esa palabra es infinita, ya que evoca el origen y el valor de todas las demás. Pero los hombres de los que hablo le adjudicaban una significación particular: tal vez entendían por espíritu una actividad personal pero universal, actividad interior, actividad exterior -que da a la vida, a las fuerzas mismas de la vida, al mundo y a las reacciones que el mundo suscita en nosotros-, un sentido y un uso, una aplicación y una expansión del esfuerzo, o expansión de acción, muy diferentes de los que están adaptados al funcionamiento normal de la vida ordinaria, a la mera conservación del individuo.

Para comprender bien este punto, tenemos que entender aquí por el término «espíritu» la posibilidad, la necesidad y la energía de distinguir y desarrollar las reflexiones y los actos que no son necesarios para el funcionamiento de nuestro organismo o que no tienden a una mejor economía de ese funcionamiento.

Pues nuestro ser vivo, como todos los seres vivos, exige la posesión de una capacidad, una capacidad de transformación que se aplica a las cosas que nos rodean en tanto nos las representamos.

Esta capacidad de transformación se prodiga para resolver los problemas vitales que nos impone nuestro organismo y nos impone nuestro medio.

Somos ante todo una organización de transformación más o menos compleja (conforme a la especie animal), ya que todo lo que vive está obligado a prodigar y recibir de la vida, hay un intercambio de modificaciones entre el ser vivo y su medio.

Sin embargo, una vez satisfecha la necesidad vital, una especie, la nuestra, especie positivamente extraña, cree su deber crearse otras necesidades y otras tareas además de la de conservar la vida: otros intercambios la preocupan, otras transformaciones la requieren.

Sea cual sea el origen, sea cual sea la causa de esta curiosa desviación, la especie humana se ha empeñado en una inmensa aventura... Aventura cuyo objetivo ignora, como ignora su término e incluso cree ignorar sus límites.

Se empeñó en esta aventura, y lo que llamo el espíritu le ha provisto a la vez la dirección instantánea, el aguijón, la punta, el empuje, el impulso, como le ha provisto los pretextos y todas las ilusiones que necesita para la acción. Esos pretextos e ilusiones variaron, además, de época en época. La perspectiva de la aventura intelectual es cambiante...

Esto es pues, aproximadamente, lo que quise decir con mis primeras palabras.















1939









miércoles, noviembre 04, 2009

“La muerte de Isolda”, de Horacio Quiroga







Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera.

Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro –aun bien hermoso–, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

–Se conocen –me dije– y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

–Final de idilio –me dije melancólicamente.

El no volvió más, y el palco quedó vacío.

...

–Sí, se repiten –sacudió largo rato la cabeza–. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto como usted a esa obra, y acaso más... No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa... Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y... precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!...

Óigame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces –en lo bueno únicamente, por suerte–. Y segundo, porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Óigame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte–a–téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

–¿Qué tienes? –me dijo.
–Nada –le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

–¡Es evidente!... –murmuró.
–¿Qué? –le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

–¡Que ya no me quieres! –articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.
–Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo –respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

–¡Esteban!
–¿Qué? –torné a repetir.

Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud –no veía en ella más que injusticia– acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

–Yo creía que no íbamos a tener más escenas –le dije paseándome.

No me respondió, y agregué:

–Pero que sea ésta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

–Como quieras.

Pero enseguida cayó sollozando sobre el sofá:

–¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!
–¡Nada! –le respondí–. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

–Como quieras.

Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder.

–Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió, y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia: y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

–¡Es claro! –apoyé brutalmente–. Porque de mí no has tenido queja ¿no? ... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.

Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado, es la más bella luz que
pueda inundar un corazón de hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala, y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

–¡Inés! –dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor –¡esa vez, sí, inmenso amor!

–No, no... –me respondió–. ¡Es demasiado tarde!

...

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

–Me creerá –reanudó Padilla– si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí, al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada –única entre todas las mujeres–, habían sido mías, bien mías, porque me había sido entregada con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

–¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

–No, no... ¡Es demasiado tarde!....






en Cuentos de amor, de locura y de muerte, 1917











martes, noviembre 03, 2009

"Los flamencos", de Alberto Blanco





Aquella larga noche
mi sueño me llevó a la alberca
de las luces profundas y los flamencos
prendidos como rosas eléctricas
en el interior de una aguamarina.

Y en la soledad de aquel paraje
comprendí ─dentro del sueño─
que eran otros pájaros
los que soñaban minuciosamente
a los flamencos encendidos.

Vi también a aquellos otros pájaros
que desde un sueño inenarrable
desplegaban la forma de este sueño
acunados en sus plumas de agua.

Y no puedo decir de qué manera,
pero vi que aquellos pájaros soñadores
eran soñados a su vez
─de un modo incomprensible para mi─
por unos pájaros transparentes
en el silencio de la noche,
y que todas estas visiones
cristalizaban en otra luz más blanca.










de El corazón del instante, (1973-1993), 1998.










lunes, noviembre 02, 2009

“Heráclito”, de Amado Nervo






Mira todas las cosas curioso, embelesado,
mas sin querer asirlas: como ves el reflejo
de la luna en las aguas del estero encantado;
como la sombra trémula de una nube en un prado;
como la imagen móvil de un rostro en un espejo.

Y acertarás, sin duda, porque nada se plasma
fuera de ti; ninguna forma realidad es,
y aun cuando su ilusoria corporeidad te pasma,
si vas resueltamente a su encuentro, el fantasma
te dejará que pases de su engaño a través.







en El estanque de los lotos, 1919













domingo, noviembre 01, 2009

"A un poeta menor de la antología", de Jorge Luis Borges





¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

El río numerable de los años
los ha perdido; eres una palabra en un índice.

Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
de ti sólo sabemos, oscuro amigo,
que oíste al ruiseñor, una tarde.

Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

Sobre otros arrojaron los dioses
la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera
            las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
contigo fueron más piadosos, hermano.

En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.










en El otro, el mismo, 1964










sábado, octubre 31, 2009

"Kiñe troy", de Paulo Huirimilla Oyarzo








En el frondoso bosque
junto al río de la luna
la lluvia se detiene.
Me levanto aclarando el día
escucho el lenguaje de las aves
viajo.
Observo el sembrado
de los otros
enmudezco con mi pequeña huerta.
En rogativa
danzan treiles con sus caras
con piedra mayo pintadas.
Mujeres cantan
como si llamaran a sus hijos
que miran el cielo.
Arder el sol
como el fuego
y la memoria.
Me llaman las ancianas
y los viejos me gritan
danzar como el viento
treile como avestruz.
Danzo por las cuatro
partes del mundo
a los árboles
como los pájaros y el aire.







en Antología de poesía indígena latinoamericana, 2008