viernes, octubre 16, 2009

Entrevista a Stella Díaz Varín, de Claudia Donoso





En la calle Los Jazmines, de la Villa Olímpica, vive Stella Díaz Varín, poeta de voz contundente y presencia avasallante. Viene llegando de Coquimbo, donde la invitaron los poetas de la zona, entre cuyos jóvenes cachorros esta reina de la noche tiene una verdadera corte. Viene con un pie esguinzado: son los gajes del oficio y para eso está, a la vuelta de la esquina, el consultorio Rosita Renard, donde la atienden gratis. Porque esta hija ilustre de La Serena, su ciudad natal, califica como indigente: sólo tiene que mostrar la colilla del cheque de 60 mil pesos de su pensión al mérito.

En ese consultorio, en el bar restorant Venecia, en la Sociedad de Escritores de Chile y en varias sesiones bajo los árboles cercanos al bloque de su departamento, tuvieron lugar una serie de conversaciones con esta artista peso pesado por cuyas obras suspira más de un editor. Sus primeros libros -Razón de mi ser (1949), y Sinfonía del hombre fósil (1953)- son hoy inencontrables. Sólo Los dones previsibles, publicado por Cuarto Propio, en 1992, circula entre los lectores de poesía. Pero ella no ha parado de producir y guarda más de una carta bajo la manga. Premio Pedro de Oña, también ganó en 1993 el del Consejo Nacional del Libro. Ahora está preparando un conjunto de poemas titulado Decálogo para desacralizar a Parra, más un volumen de prosa y poesía llamado Crónicas y fábulas y, además, De cuerpo presente, sus memorias.

Vienes llegando de Coquimbo donde te festejaron los poetas. ¿Cómo lo pasaste?
Bien, pero se enojaron mucho en La Serena.

¿Por qué?
Porque soy Hija Ilustre y no me convidaron. Resulta que ahí hay un piérdeteuna que se llama Rosasco. Este sujeto inventó una feria del libro infantil y como él sabe muy bien ganarse la vida con acento en la o, tenía todo armado para que lo fotografiaran en Puerto Velero vestido de marinero. Y claro, yo no soy autora de libros infantiles, pero hace poco organizó otra feria en Ñuñoa y tampoco me incluyó. Ahí me vio el alcalde que me dijo: “¿Y usted por qué no está arriba del escenario?” “Porque su limpiapiés, que es Rosasco, no me ha invitado pues”, le dije.

Rosasco figuraría por lo tanto en tu lista negra...
Fíjate que no, porque el tipo será pinochetista pero es pintoresco. Es un Sancho. Yo le he dicho en su cara los horrores más grandes y él se muere de la risa. Es decir, es como impermeable.

De La Serena te viniste a los 17 años a Santiago ¿cómo fue tu llegada?
Llegué directamente al diario El Extra en tren de trocha angosta y con una de esas maletas antiguas de cartón. Nada de mochila ni cosa parecida: con maleta de cartón. Todavía la tengo. No me atrevo a botarla.

La tuya fue la generación del 50, la del Parque Forestal, el café Iris, El Bosco y el Bellas Artes. Al escuchar relatos de esa gente da la impresión de que todos se la llevaban actuando, haciendo mimos, recitando...
Es que éramos poetas, artesanos, pintores, éramos mimos, éramos bailarines, trasnochadores y no éramos borrachos. Éramos seres que creíamos en cosas, pero sempiternas oye, aunque la palabra sea del año de la pera. En realidad vivíamos completamente alienados y era una locura muy hermosa, preciosa, bellísima. Por supuesto que había mucha canallada, lógicamente, pero la realidad era real, no era una realidad virtual.

Y tú eras más bien una mujer entre hombres ¿o no?
Sí, sí. Había muy pocas mujeres.

Y mujeres creadoras de ese tiempo, mayores claro que tú, como la Bombal o María Carolina Geel tuvieron vidas bastante trágicas. ¿Por qué crees tú Stella que sería así?
Porque eran mujeres que se saltaron todos los cánones y las dos se parecen bastante en la vida personal. Yo me agarro a combos pero ellas se agarraban a disparos. Con muertos y heridos. La María Carolina Geel fue una mujer talentosa, estudiosa, un lujo. Pero eran mujeres muy solas, escribían en la soledad más espantosa y eran dramáticas y eran histéricas y fracasadas en los amores.

Todo eso es bien tremendo...
Claro que es feroz, pues. A mí me salvó toda esta compañía extraordinaria de la gente de mi generación y de gente más vieja como Pancho Coloane, Tomás Lago, Neruda mismo, De Rokha; todos estos taitas geniales y mayores que nosotros. Pero no creas que con ellos fuéramos dóciles, sino que estábamos siempre enmendándoles la plana.

Te apodaron La Colorina, por tu pelo, y todos estaban enamorados de ti, porque, además de tremebunda, eras preciosa. Jodorowsky ha dicho que eres su “mujer cumbre”. ¿Cómo era esa sintonía y cómo fue ese amor?
Es que todos estábamos sintonizados y además todos éramos lindos y todos éramos coquetos. Lo que pasa es que Jodorowsky era un genio porque nos mantenía a todos despiertos este hombre. Y en condiciones paupérrimas, sin un veinte. Entonces él me miraba y yo le contestaba lo que él estaba pensando. Nos sentábamos, por ejemplo, en un banco y yo decía: “ese hombre va caminando de tal modo porque tiene un problema”. “Síii”, decía Jodorowsky. ¿Y cuál es ese problema? Es tal y cual.

¿Y el tatuaje ése de la calavera que tienes en el brazo?
Lo hicimos en el Club del Ciclista, en la calle Puente.

¿Quiénes?
Todos. Es que íbamos a ajusticiar a González Videla por traidor. Entonces el tatuaje fue para sellar el pacto que hicimos porque González Videla, después de ser elegido, mostró la hilacha de la forma más siniestra y se comportó como era no más: como un pobre y triste pequeño burgués serenense, hijo de despachero y trepador de pirámides.

Dentro de la fauna de esa época, imposible no nombrar a Teófilo Cid. ¿En qué consistía su encanto?
El encanto de Teófilo Cid era su satanismo, porque si hay un poeta maldito en este país ése es Teófilo Cid. Con todas las de la ley.

¿Y tuviste amores con Lihn?
¿Quién?

Tú. Con Enrique Lihn.
Noooo. Hubo una relación muy linda, pero yo era amiga de estos gallos. Y Jorge Teillier una vez me lo dijo: “¿Sabes por qué te queremos tanto Estela?, ¿Sabís por qué nunca vamos a pelear? Porque nunca te metiste a la cama con ninguno de nosotros”.

¿Cómo entiendes eso tú?
Porque claro, porque las mujeres somos como más posesivas, se generan odios y los hombres se aburren, sobre todo los poetas. Además son neuróticos y una también es neurótica y no hay hombre que la aguante a una tampoco.

¿No hay hombre que te haya aguantado?
No, córtala. ¡Ninguno!

¿Te sobraría un señor que te hiciera el desayuno y que en una de ésas pagara hasta las cuentas de la luz?
Sí, me sobraría. Es que todo eso es imposible. No lo hice cuando joven y menos va a pasar ahora, a estas alturas que tenís charchas, que tenís que ponerte los dientes, que pa’qué decís mierda. Tendría que ser un caballero. Enseguida tendría que tener un buen aspecto, no te voy a decir un lolo, pero un hombre joven entonces ya es imposible, pues oye. Además tendría que ser un hombre inteligente. Y con sensiblidad y no un patán que se suene con los calcetines.

¿Y cómo has resuelto esto de quedarte sola?
Sin ningún problema. Hace mucho tiempo que me hice el ánimo de no tener nunca a nadie que me rasque la cabeza y me diga“no te preocupes, esto lo soluciono yo”. Eso no existe, así es que apechugo no más.

En todo caso, tienes buena compañía con los alumnos de tus talleres de poesía.
¿Y quieres que te diga? Yo no creía para nada en los talleres porque no puedes enseñarle a nadie a ser poeta. Pero pensé que, por último, uno puede decirle al cabro “mira no escribai mamá con hache”. Y resulta que es toda gente maravillosa, salida de cuarto año de literatura, de ingeniería de la Chile, muchachos de la Fech.

O sea que estás rodeada de jóvenes. No está mal como resultado, ¿no te parece?
Y de poetas, porque entre ellos hay cuatro buenísimos. Es verdaderamente increíble para mí que soy una vieja que va para los 80 años. Y se me acurrucan los tipos. Se acurrucan y yo los abrazo y también los reto. Entonces que anden conmigo por las calles, que me vayan a buscar, que se angustien porque estoy enferma, que me inviten a sus casas para celebrarme el cumpleaños y que sus mamás me hagan la torta son cuestiones en realidad tan gratificantes como tú no podrías tener idea.

¿Y qué hace falta para ser poeta?
No hace falta nada, uno es no más.

¿Cómo está tu ánimo para escribir?
Estoy pasando por un tiempo de un cierto desgano.

Es que no faltan cosas de las que reponerse...
Mira. Yo creo que todavía no me repongo del cataclismo que fue el golpe militar. Es una cosa ridícula, ridícula. Porque yo creía, yo creía a pie juntillas y una no ha estado nunca en palco sino que siempre metida en el ojo del huracán.

Aparte de lo general y de lo que sabemos, ¿te pasó a ti algo en particular?
Pero si a mí me tiraron una camioneta encima y me dejaron como osobuco para cazuela. ¿Por qué crees que tengo este dolor perpetuo en las rodillas? Estuve un año y medio enyesada hasta la cintura. Aprendí a andar de nuevo.

¿Y cuándo te tiraron la camioneta encima?
En marzo del 74. Esa camioneta estuvo quince días con un sapo adentro esperándome. Como yo no me atrevía a salir me pasó a buscar una amiga para llevarme a su casa y nos atropellaron a las dos. La vida se la debo a la Ester Matte porque a ella la llamó desesperada mi amiga desde la posta para contarle: “A la Estelita la han matado, la han matado y se la llevaron”. Y sabes tú que la Ester llorando le dice su mamá: “¿Usted se acuerda de mi amiga querida, la Estelita?, ¿se acuerda que le hacía huevitos? La tienen en la posta”. Y yo no estaba en la posta. Estaba en la morgue.

¿En la morgue?
En la morgue, abajo, porque ahí me dejaron, con los muertos, sí. Y habían para el mundo. Me haces acordarme de eso y te juro que se me pone la piel de gallina. Y la madre de la Ester Matte habló con no sé qué fulana y le dijo: “Voy a la posta a buscar a la amiga de mi hija que fue atropellada anoche”. Y yo, cuando desperté, me encontré con la cara hecha papa, drogada, ciega, con un tec cerrado y sin dientes.

Sobreviviste...
No sé si soy de acrílico o extragaláctica.

Por suerte todo eso ya pasó.
Sí: espérate a ver si pasó. ¿Y las secuelas? Y las secuelas. Porque además de los horrores están las secuelas. Yo lo siento tanto por esta generación perdida que dice que no está ni ahí y es cierto que no están ni ahí porque este país se ha enlumpecido: para que la gente de las poblaciones que era gente dispuesta a dar la vida por ideales, se haya colocado lavinezca ...

Te resulta chocante...
Es que está todo lleno de desmentidos. Está bien la caída del muro, pero resulta que ahora viene el mismísimo Papa a decir que no existe el infierno ni el paraíso. Pero qué les pasa, por favor. No existe el marxismo, no existe Satán ni existe Dios, ni existe nada. Entonces vamos pecando. Y la gente está agarrando papa, oye. Los jóvenes viven en la realidad virtual, en la virtualidad, en una espantosa inmediatez y no tienen sueños ...

Me impresiona que te hayan volado los dientes.
Una vez con Jorge Teillier, saliendo de la Unión Chica, decidimos que el que se ponía los dientes era un traidor. Además que toda la vida le he tenido terror a la silla de los dentistas. Verdadero terror.

Como Germán Arestizábal que, cuando no le quedó otra, entró así con las manos arriba donde la dentista y le dijo: “confieso que nunca me he lavado los dientes”.
Es que le tengo un miedo pánico a esa silla. Y la gente de la Sociedad de Escritores me los quiere poner de todos modos. Con decirte que he tenido que arrancarle a una tipa de apellido Melgarejo que me perseguía -porque además quería mandarse las partes conmigo por hacerme el favor- y que me decía (imita una voz de pito): “si esto es gratis, si no le voy a cobrar nada”. He dejado a medio mundo con la silla puesta, esperándome. Porque me da miedo.

¿Y exámenes médicos?
No me he hecho nunca en mi vida. Porque no necesito. Yo sé que nunca voy a tener cáncer. Estoy segura.

¿Y de qué crees tú que te vas a morir?
De repente.

¿Estás trabajando en algo concreto en este momento?
Pero ¿qué te has creído?, ¿has entrado a mi pieza?, ¿has visto los papeles que tengo arriba de mi cama? Si estoy escribiendo como ñauñausensen.

Tu poesía tiene que ver con el simbolismo, con Rimbaud que hermanó al poeta con el vidente...
Yo creo que todos los poetas somos un poco videntes y además premonitorios y anticipadores.

¿Y tú te consideras maldita?
¿Pero por qué maldita?

Porque te gusta meter los dedos en el enchufe...
Sí, pero yo tengo un desorden completamente ordenado. Es un desorden organizado que yo he practicado toda mi vida. Si he roto cánones ha sido sin mayor espanto, porque es algo que está en uno. Entonces para mí los raros siempre han sido los demás.

Pero lo que está claro es que tú no estás en el orden.
No. Nunca he estado y no podría estar en el orden. No podría estar en una fila. Pero el desorden cuesta muy caro, así como la irreverencia. El desorden y la irreverencia son los lujos que yo me he podido dar. Yo soy capaz de robarme la carta de triunfo en un solitario porque no soy buena perdedora, claro que de repente te encuentras con los imponderables, como el macetero que se te cae en cabeza, aunque uno también haya puesto de su parte.

O sea, admites que también te la buscas.
Claro: llamando el desaguisado, la contingencia, el enfrentamiento, la contrapartida. Y ¿por qué anda uno buscando eso? Porque si no sería muy estúpido. Sería una monotonía espantosa. ¿Cómo vas a no estar viva? Si la vida implica riesgos, pero la gente que pertenece a las razas asustadas no sólo no los busca, sino que les hace el quite.

¿Y no te pasa que, dependiendo del estado de ánimo, te encuentras una súper fracasada y en otro momento todo lo contrario?
Es que, mirado desde el punto de vista estrictamente burgués, claro que soy un fracaso rotundo. Y han estado también los imponderables, el macetero canalla, transgresor, que no sólo se me cae arriba de la cabeza sino que me persigue y me ataca con saña (risas).

¿Cuál sería entonces tu triunfo?
Mi triunfo es ser tal cual soy y eso sí que es irrebatible. A lo mejor me equivoqué porque la cuestión puede que haya estado por otro camino, es posible, pero resulta que ésta es mi opción y a ella me apego. Y tampoco me interesa que trascienda porque no soy una vedette.

Pero algo tienes.
Pero resulta que mi vida ha sido hecha prácticamente de intemperie y creo que incluso me siento demasiado considerada. Sobre todo cuando la gente se entusiasma y habla de mí como le pasó a Quezada, que dijo a grito pelado que yo era superior a la Gabriela Mistral en una presentación y yo me llegué a poner colorada de vergüenza. Porque no se trata de que yo sea mejor o peor, sino que esa mujer es una estatua cagada de pájaro que hay que mirar desde el pedestal para arriba. Yo no.

¿Cómo ha sido tu relación con la poesía de la Mistral?
La vine a leer de vieja, porque le tenía terror a la contaminación bíblica, porque fuera de muchas otras cosas, ella es la biblia contada a su manera. Esa mujer sí que era vidente. Y profeta. Y esas condiciones que tenía la llevaron a escribir, no otras. Ella, antes que poeta, fue una ¿cómo te dijera? una especie de sacerdotisa pero de un culto judeo cristiano-pagano. Tiene, además, todo el perfil de una sefardita.

Oye, así es que no tienes televisión ¿por qué?
Por miedo. Por miedo a que me acostumbre. Por eso no juego en la hípica. Te juro. Yo adoro las carreras de caballo porque yo los conocí de niña y anduve a caballo hasta los doce años y galopaba como un caballo (risas). Entonces yo no juego a los caballos porque me voy a acostumbrar y voy a tener que vender el departamento.

Ahí está la compulsión ...
Tú sabes que Jorge Tellier jugaba todas las semanas. Pero era tan medido el tipo que perdía poco.

Era un vicio controlado.
Completamente controlado, como el de las viejitas que van a sacar monedas del casino, una chauchitas y creen que es miel sobre hojuelas (risas).Y creen que se ganan la colorada ¿me entiendes tú? Y resulta que una de estas viejas chuñecas y absurdas casi me voló el edificio.

¿Por qué?
Porque dejó el gas encendido y cuando llegó el lunes toda perdida -porque lo había perdido todo- voló medio edificio y ella quedó con las puras cejas quemadas.

Y a lo largo de tu vida ¿necesitaste alguna religión?, ¿tienes alguna veta mística?
Sí, tenía, en la adolescencia. Pero yo creo que eso es común a todas las muchachas. Conozco gente, sí, que ha tenido atisbos fuertes, medio teresianos y hasta con visiones. Pero después descubrieron, por ejemplo, que una de esas personas tenía un trastorno bipolar, así es que no todo es tan sublime como parece. Yo creo en el espíritu del hombre y también en el de las piedras y para entender eso hay que leerse La santa materia, de Subercaseaux.

¿De Benjamín Subercaseaux?
Sííí. La santa materia es un libro que se ha subvalorado y que hay que volver a publicar porque es un libro sabio, es un ensayo extraordinario, es un libro verdadero que enriquece la mente de cualquier muchacho de tercero o cuarto medio. Pero ¿qué le han pedido a mi nieto? Mugres.

¿Qué le pidieron?
Rebobinar. ¿Sabís cuanto me costó? Y yo llegué con el libro y mi nieto me dice: “No me pongas esa cara abuela: se trata de un siete o de un uno”.

Tus nietos que viven contigo, te encuentran total y te dan todo el crédito del mundo. Te tienen como parámetro.
Del desorden. Tú sabes que para mí la vida es bestia estúpida, la puerta cuando no cierra es bestia estúpida, ellos son bestia estúpida. Es mi expresión y así le puso Alvarito a su grupo de rock: Bestia Estúpida. Porque para ellos yo soy el desorden y eso es lo que ellos quieren. Porque están en contra de esta sociedad de consumo y se espantan, pero también tienen que convivir con sus amigos. Entonces me los llevan para que yo dictamine. Me dicen: “¿Qué te pareció fulano, abuela?”. Y yo los miro hasta por debajo de la lengua a los chiquillos entonces les doy mi opinión y me dicen: “Tienes toda la razón, abuela”.

Y en medio del desorden, ¿no te sientes de repente agobiada?
Sí. Es que yo no sé. Es que no es tan simple y a mí no me gusta decir cosas para la exportación ni cuento mentiras. Miento, eso es verdad, pero no fundamentalmente. Son mentirijillas y no piadosas. No piadosas, sino ¿cómo te dijera?, defensoras. Porque uno tiene su jueguito escondido, tiene otra vuelta de tuerca. Sí señora.

Hay que defenderse.
Hay que defenderse de Satanás.

¿Y te atrae Satanás?
Me encanta Satanás. Pero, puchas que le he hecho el quite ( risas). Porque te engrupe y te vende la pomada y uno usa la pomadita y quedai con una alergia para toda la vida.

Se paga.
Pero bueno: de eso se trata. ¿O estás sobreviviendo? Porque condición sine qua non para morirse es estar vivo pues. Eso es irredargüible. (risas)

Me contaste que para el Año Nuevo habías escrito un poema que tenía que ver con el color blanco.
Sí, con el blanco profundo. Porque para mí la muerte no es negra ni tampoco la oscuridad. Para mí la oscuridad verdadera es el ojo blanco del ciego. La muerte también es blanca como el ojo de los ciegos. El horror que le tengo al blanco me viene, creo yo, de cuando leí Las aventuras de Arthur Gordon Pymm... Es un miedo pánico y te lo digo verdaderamente. La nieve a mí me hace daño síquicamente. Y yo creo que hay una razón prenatal. Algo debe haber pasado porque cómo es posible que yo desde tan niña... porque yo tengo una memoria muy, muy...

Excepcional, lo que es un tremendo privilegio
Pero también es una memoria dirigida y opcional porque yo pude haber optado por no tener memoria que es mucho más cómodo y mucho más fácil, pero que también es espantoso. Yo lo sé y creo que de lo único que no he sufrido es de falta de memoria. Y ése es el costo que tienes que pagar: el costo de la memoria.












En Paula, abril de 2000.









Fotografía de Paz Errázuriz






jueves, octubre 15, 2009

“Fabulilla de Dánae”, de José Lezama Lima






El omnipotente dios de la semilla
escondido entre la tierra
puede ascender la lluvia
y penetrar por las puertas más cerradas.
El oráculo anuncia, pero no pudo
servir de escudo, habla
desde las cuatro ventanas de la torre.
Los perros guardianes lamen
las puertas de bronce, arrancan
las tachuelas que como ojos
avisan el amante y su sorpresa.
Júpiter llega con la lluvia
y dilata el vientre de Dánae.
Su presencia está en la lluvia
que barre las baldosas del palacio
y muestra la avidez de la semilla.
Todos los ojos de Argos fueron burlados.
Por eso en un lluvioso paseo matinal,
podemos ver en una plaza de Florencia
el gracioso Perseo,
hijo de Júpiter oculto en una gota.






en Fragmentos a su imán, 1978











miércoles, octubre 14, 2009

"Demogorgon", de Álvaro de Campos

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





En la calle llena de sol vago hay casas detenidas y gente caminando.
Una tristeza llena de pavor me enfría.
Presiento un suceso del lado de las fachadas y de los movimientos.

¡No, no, eso no!
¡Todo menos saber lo que es el Misterio!
¡Superficie del Universo, oh Párpados Abatidos,
No se levanten nunca!
¡La mirada de la Verdad Final no debe poder soportarse!

¡Déjenme vivir sin saber nada, y morir sin ir a saber nada!
La razón de haber un ser, la razón de haber seres, de haber todo,
debe ocasionar una locura mayor que los espacios
entre las almas y las estrellas.

¡No, no, la verdad no! Déjenme estas casas y esta gente;
así mismo, sin nada más, estas casas y esta gente...
¿Qué aliento horrible y frío toca mis cerrados ojos?
¡No los quiero abrir a la vida! ¡Oh Verdad, olvídate de mí!







12 de abril, 1928












Demogorgon

Na rua cheia de sol vago há casas paradas e gente que anda. / Uma tristeza cheia de pavor esfria-me. / Pressinto um acontecimento do lado de lá das frontarias e dos movimentos. // Não, não, isso não!/ Tudo menos saber o que é o Mistério! / Superfície do Universo, ó Pálpebras Descidas, / Não vos ergais nunca! / O olhar da Verdade Final não deve poder suportar-se! // Deixai-me viver sem saber nada, e morrer sem ir saber nada! / A razão de haver ser, a razão de haver seres, de haver tudo, / Debe trazer uma loucura maior que os espaços / Entre as almas e entre as estrelas. // Não, não, a verdade não! Deixai-me estas casas e esta gente; / Assim mesmo, sem mais nada, estas casas e esta gente… / Que bafo horrível e frio me toca em olhos fechados? / Não os quero abrir de viver! Ó Verdade, esquece-te de mim!






martes, octubre 13, 2009

"Valle Vallejo", de Gerardo Diego







Alberto Samain diría Vallejo dice
Gerardo Diego enmudecido dirá mañana
y por una sola vez Piedra de estupor
y madera dulce de establo querido amigo
hermano en la persecución gemela de los
sombreros desprendidos por la velocidad de los astros.
Piedra de estupor y madera noble de establo
constituyen tu temeraria materia prima
anterior a los decretos del péndulo y a la
creación secular de las golondrinas

Naciste en un cementerio de palabras
una noche en que los esqueletos de todos los verbos intransitivos
proclamaban la huelga del te quiero para siempre siempre siempre
una noche en que la luna lloraba y reía y lloraba y
volvía a reír y a llorar
jugándose a sí misma a cara o cruz
Y salió cara y tú viviste entre nosotros.

Desde aquella noche muchas palabras apenas
nacidas fallecieron repentinamente
tales como Caricia Quizás Categoría Cuñado Cataclismo
Y otras nunca jamás oídas se alumbraron sobre la tierra
así como Madre Miga Moribundo Melquisedec Milagro
y todas las terminadas en un rabo inocente.

Vallejo tú vives rodeado de pájaros a gatas
en un mundo que está muerto requetemuerto y podrido

Vives tú con tus palabras muertas y vivas
Y gracias a que tú vives nosotros deshauciados acertamos
a levantar los párpados
para ver el mundo tu mundo con la mula y
el hombre guillermosecundario y la tiernísima niña y
los cuchillos que duelen en el paladar

Porque el mundo existe y tú existes y nosotros probablemente
terminaremos por existir
si tú te empeñas y cantas y voceas
en tu valiente valle Vallejo.





Madrid, abril 1930













lunes, octubre 12, 2009

"El cuento de la isla desconocida", de José Saramago





Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.

El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas,

También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.

Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnét de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.

La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir a por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.

No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estáte tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.

Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.

En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.

Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debíais haberos quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No sois marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Podéis iros, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.












1998









domingo, octubre 11, 2009

"Por el río Wawashang", de Martha Leonor González







Aferrada a la tierra
voy por el río
descubro los tonos del verde y azul
la pericia de esta mujer
de manejar el bote río arriba
gritarle al viento y desafiarlo
busco en ella a Simona
india de piel y pelo,
celosa leona,
de ojos fijos sobre el fotógrafo
brava y ausente
tan bravucona
puede ser la abuela matrona del bote
la Mayagna que me conduce
sobre el verde Wawashang
donde otras de mi raza
de legendaria tristeza
ardieron en fiebre
parieron como conejas
y sobre estas aguas
no soñaron con abrazar muñecas rubias.

Soy el río con ella
la Mayagna
que me habla en silencio
sobre los niños del río Kum Kum,
que lloran bajo el agua,
abrazan raíces en la noche engrillada
y espían truenos.

Soy agua
que habla el lenguaje de los árboles
india Mayagna,
nieta de hija de india
india hija de india
que amarra su pelo a los troncos,
y come carne de Danto, cuzuco y congo
sobre el río
entre los límites del cielo.






en La casa de fuego, 2008












sábado, octubre 10, 2009

"El silencio del Kremlin", de Tom Clancy

Fragmento




- Deseaba tanto esto..., recuperar lo que hemos perdido. Regresar a los tiempos en que la Unión Soviética actuaba y las demás naciones reaccionaban, en que nuestra ciencia, nuestra cultura y nuestro ejército eran la envidia del mundo. Ahora supongo que ése no era el modo de lograrlo.

-Ministro Dogin -manifestó Orlov-, no se podría haber logrado. De haber construido su nueva unión, se habría desmoronado. El mes pasado, cuando regresé al centro espacial en Kazajstán, vi los excrementos y las plumas de pájaro en las escaleras y los cohetes cubiertos de plásticos que a su vez estaban llenos de polvo. Y me dolió volver al pasado, a la era de Gagarin y la época en que nuestras lanzaderas espaciales, los Buranos, iban a permitirnos colonizar el espacio. No podemos impedir la evolución ni la extinción, Ministro. Y una vez que ha sucedido, no podemos cambiarla.

- Quizás, pero está en nuestra naturaleza combatirla. Cuando un hombre está muriendo, no preguntas si el tratamiento es demasiado caro o demasiado peligroso. Haces lo que crees que debes hacer. Sólo cuando el paciente muere y la razón sustituye a la emoción, te das cuenta de lo imposible de la tarea -añadió sonriendo-. Y, sin embargo, Serguéi..., sin embargo debo admitir que por un momento pensé que iba a lograrlo.

- De no haber sido por los norteamericanos...

- No, no fueron los norteamericanos. Fue sólo un norteamericano, un agente del FBI en Tokio que disparó al avión y nos obligó a trasladar el dinero. Piénselo, Serguéi. Es humillante pensar que un alma sencilla cambió el mundo mientras los poderosos fracasaban.











1998










viernes, octubre 09, 2009

“La Tumba”, de Georges Bataille






I


Inmensidad criminal
agrietada vasija de la inmensidad
ruina sin límites

inmensidad que me abruma blanda
yo, blando
el universo es culpable

la locura alada mi locura
desgarra la inmensidad
y la inmensidad me desgarra

estoy solo
ciegos leerán estas líneas
en interminables túneles

caigo en la inmensidad
que cae dentro de sí
más negra es que mi muerte

negro es el sol
la belleza de un ser es el fondo de las cavernas
un grito de la noche definitiva

lo que ama en la luz
el escalofrío que la hiela
es el deseo de la noche

miento
y queda clavado el universo
en mis mentiras dementes

la inmensidad
y yo
nos descubrimos uno a otro nuestras mentiras

la verdad muere
y grito
que la verdad miente

mi cabeza azucarada
que agota la fiebre
es el suicido de la verdad

el no-amor es la verdad
y todo miente en la ausencia de amor
nada existe que no mienta

comparado al no-amor
el amor es cobarde
y no ama

el amor es parodia del no-amor
parodia la verdad de la mentira
el universo un suicidio alegre

en el no-amor
la inmensidad cae dentro de sí
sin saber qué hacer

todo está en paz para otros
los mundos giran majestuosos
con monótona calma

está en mí el universo como en sí mismo
ya nada de él me separa
me enfrento con él dentro de mí

en el calmo infinito
al que las leyes lo encadenan
se desliza hacia lo imposible inmensamente

horror
de un mundo que gira sobre su eje
el objeto del deseo está más allá

la gloria del hombre consiste
por grande que sea
en desear otra

estoy
está conmigo el mundo
expulsado fuera de lo posible

no soy sino la risa
y la noche pueril
donde cae la inmensidad

soy el muerto
el ciego
la sombra sin aire

como los ríos en la mar
sin cesar ruido y luz
en mí se pierden

soy el padre
y la tumba
del cielo

el exceso de tinieblas
es el fulgor de la estrella
el frío de la fosa un dado

la muerte echó los dados
y la profundidad de los cielos exulta
por la noche que sobre mí se desploma





II


El tiempo me oprime caigo
y me deslizo de rodillas
palpan la noche mis manos

adiós arroyos de luz
no me queda más que las sombras
los pozos la sangre

espero la campanada
por donde lanzando un grito
me adentraré en las sombras





III


Un lento pie desnudo sobre mi boca
un lento pie contra el corazón
eres mi sed mi fiebre

pie de whisky
pie de vino
pie loco de subyugar

oh fusta mía dolor mío
talón que de tan alto me sojuzga
lloro porque no muero

oh sed
insaciable sed
desierto sin salida

súbita borrasca de muerte en la que grito
ciego de rodillas
y vacías las órbitas

corredor donde me río de una noche sin sentido
corredor donde me río entre portazos
en el que una flecha adoro





IV


Más allá de mi muerte
un día
la tierra gira en el cielo

estoy muerto
y las tinieblas
sin cesar se alternan con el día

cerrado está para mí el universo
en él permanezco ciego
semejante a la nada

la nada no es sino yo mismo
el universo no es sino mi tumba
el sol no es sino la muerte

mis ojos son el ciego rayo
mi corazón es el cielo
donde estalla la tormenta

en mí mismo
al fondo de un abismo
el universo inmenso es la muerte

soy la fiebre
el deseo
soy la sed

el gozo que despoja del vestido
y el vino que hace reírse
de no estar ya vestido

en una copa de ginebra
una noche de fiesta
las estrellas caen del cielo

trago el rayo a largos sorbos
voy a reírme a carcajadas
con el rayo en el corazón






en Lo arcangélico y otros poemas, 1987













jueves, octubre 08, 2009

"Coraje", de Jacques Baron






Un cambio de rumbo nos conducirá a la vida mortal
Seres extraños alrededor de bebidas claras
hacen signos increíbles que se tomarían por nubes
me echo a reír
para no dar lástima
Me siento mal como una gota de sangre sobre una lanza de plata
Reír es espléndido

Hombre que se eleva gris y sucio
danzará todo el día
para igualar a Dios
Ha contado los polvillos que produce el sol
Es necesario vivir
sólo a causa del amor
el deseo

Estamos limpios
La riqueza colosal no es lo mismo que la imbecilidad literaria
Yo saludo a amigos extraños
Día sereno de mi memoria

Un trasatlántico de silencio se desliza por mi corazón
Construcción hecha de lianas que alcanzan el paraíso
Todo ha terminado
hasta el suicidio de los seres inteligentes
Las lágrimas de tinta
Deseo
de todas las cosas.











en L’Allure poétique, 1924










Pintura de Jacek Yerca






miércoles, octubre 07, 2009

"Los trazos de la canción", de Bruce Chatwin

Fragmento






El lodo chorreaba de sus muslos, como la placenta de un recién nacido. Luego, como si aquél fuera el primer vagido del niño, cada Antepasado abrió la boca y gritó: 'Yo soy!' (...) Y este primer '¡Yo soy!', este acto primigenio de imposición de nombre, fue definido, entonces y por siempre jamás, como el dístico más secreto y sacrosanto de la Canción del Antepasado.

Cada Patriarca (...) estiró el pie izquierdo y pronunció un segundo nombre. Designó el pozo de agua, los cañaverales, los eucaliptos... Designó a diestro y siniestro, engendrándolo todo mediante la imposición de nombres y entretejiendo los nombres en versos.

Los Patriarcas hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. (...) Fueran donde fueren, sus pisadas dejaban un reguero de música.

Envolvieron el mundo íntegro de una malla de música; y finalmente, cuando la Tierra hubo sido cantada, se sintieron exhaustos. (...) Algunos se hundieron en el suelo allí donde estaban. Otros se metieron a gatas en cuevas. Otros se arrastraron hasta sus 'moradas eternas', hasta los pozos de agua ancestrales que los habían parido.

Todos ellos volvieron 'dentro'.






1988














martes, octubre 06, 2009

"A la entrada del café", de Konstantinos Kavafis





Algo que dijeron al lado mío
dirigió mi atención a la entrada del café.
Y vi el hermoso cuerpo que parecía
como si el Amor lo hubiese forjado con su más consumada experiencia
plasmando sus armoniosas formas con alegría,
elevando esculturalmente la estatura;
plasmando con emoción el rostro
y dejando a través del tacto de sus manos
un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios.












Traducción de Miguel Castillo Didier








lunes, octubre 05, 2009

“Los amantes”, de Juan Rodolfo Wilcock







Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.







en El estereoscopio de los solitarios, 1998













domingo, octubre 04, 2009

"El final de la imaginación", de Arundhati Roy

Fragmento



Estoy dispuesta a arrastrarme, a humillarme abyectamente, porque en estas circunstancias el silencio sería insostenible. De modo que os digo a todos los que no queráis callar: cojamos nuestro guión, pongámonos los vestidos que ya habíamos desechado e interpretemos nuestros papeles de segunda mano en esta triste obra de segunda mano. Pero no olvidemos que lo que está en juego es descomunal. Nuestro cansancio y nuestra vergüenza podrían significar nuestro fin. El fin de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. De todo aquello que amamos. Tenemos que buscar en lo más íntimo de nuestro ser y encontrar la fuerza para pensar. Para luchar.

Una vez más, vamos lamentablemente por detrás de los tiempos.











1998










sábado, octubre 03, 2009

“La base moral del vegetarianismo”, de Mahatma Gandhi

Discurso de Gandhi en una reunión social organizada por la Sociedad Vegetariana de Londres el 20 de noviembre de 1931






Señor presidente, compañeros vegetarianos y amigos:

No tengo que decirles qué tan complacido estuve cuando recibí la invitación para estar presente en esta reunión, pues reviví viejos recuerdos y agradables reminiscencias de amistades que establecí con vegetarianos. Me siento especialmente distinguido al encontrar a mi derecha al señor Henry Salt. Fue el libro del señor Salt Una petición por el vegetarianismo, el que me mostró por qué, aparte de un hábito heredado y de la adhesión a un voto que me fue impartido por mi madre, tenía razones para ser vegetariano. Me enseñó por qué era un deber moral concerniente a los vegetarianos el no vivir por la muerte de nuestros amigos los animales. Por tal motivo, para mí es de mucho agrado tener al señor Salt entre nosotros.

No pretendo ocupar su tiempo expresándoles mis experiencias con el vegetarianismo, ni tampoco quiero hablarles de la gran dificultad que enfrenté en el propio Londres para permanecer firme en él, pero sí me gustaría compartir con ustedes algunos de los pensamientos que he desarrollado con respecto a éste. Hace cuarenta años solía mezclarme libremente con vegetarianos. En ese momento había apenas un restaurante vegetariano en Londres que no había visitado. Y me propuse por curiosidad, y para estudiar las posibilidades del vegetarianismo y de los restaurantes vegetarianos en Londres, visitar cada uno de ellos. Naturalmente, entré en estrecho contacto con muchos vegetarianos. Al estar en las mesas, me di cuenta que la conversación trataba, en su mayor parte, sobre la alimentación y las enfermedades. También pude ver que los vegetarianos que se esforzaban para mantenerse en su vegetarianismo, encontraban muy difícil hacerlo desde el punto de vista de la salud.

No sé si hoy en día ustedes tengan ese tipo de debates, pero yo acostumbraba a asistir en esa época a discusiones sostenidas entre los propios vegetarianos, y entre vegetarianos y no-vegetarianos. Recuerdo un debate similar entre el Dr. Densmore y el fallecido Dr. T. R. Allinson. En ese entonces, los vegetarianos tenían el hábito de hablar nada más que sobre la alimentación y las enfermedades. Yo considero que esa es la peor manera de ocuparse de este asunto. También veo que aquellas personas que se vuelven vegetarianas porque están padeciendo alguna enfermedad o algo parecido —es decir, solamente desde el punto de vista de la salud—, son las que se retiran en mayor medida. Descubrí que para permanecer firme en el vegetarianismo, un hombre requiere una base moral.

Para mí, ese fue un gran descubrimiento en mi búsqueda de la verdad. A temprana edad, en el curso de mis experimentos, me di cuenta que una base egoísta no serviría para conducir a un hombre hacia lo más alto en los caminos de la evolución. Lo que se requería era un propósito altruista. También me di cuenta que la salud no era un monopolio exclusivo de los vegetarianos. Encontré que muchas personas no se inclinaban hacia una u otra dirección, y que los no-vegetarianos mostraban, generalmente hablando, una buena salud. Igualmente pude observar que para algunos vegetarianos era imposible seguir siéndolo porque habían hecho de la comida un fetiche y porque pensaban que volviéndose vegetarianos podrían comer tantas lentejas, judías, fríjoles y queso como quisieran. Pero desde luego, aquellas personas quizá no podrían mantenerse saludables.

Al observar a lo largo de estas líneas, me percaté que un hombre debe comer con moderación y de vez en cuando ayunar. Ningún hombre o mujer comió realmente con moderación o consumió simplemente aquella cantidad que el cuerpo requiere y nada más. Fácilmente caemos víctimas de las tentaciones del paladar y, por consiguiente, cuando algo sabe delicioso, no nos importa tomar uno o dos bocados más. Pero ustedes no pueden mantenerse saludables bajo esas circunstancias. Por lo tanto, descubrí que para mantener la salud, sin importar lo que comieran, era necesario reducir la cantidad de alimento y el número de comidas. Vuélvasen moderados: fallen en el lado de lo menos, en vez de hacerlo en el lado de lo más. Cuando invito amigos a participar de mis comidas nunca los presiono para que tomen algo, excepto lo que ellos exijan. Al contrario, les digo que no tomen algo si no lo desean.

Lo que quiero que comprendan es que los vegetarianos necesitan ser tolerantes si quieren convertir a otros al vegetarianismo. Tengan un poco de humildad. Debemos apelar al sentido moral de las personas que no están de acuerdo con nosotros. Si un vegetariano enfermara y un doctor le prescribiera caldo de carne, entonces no lo llamaría un vegetariano. Un vegetariano se hace de un material más fuerte. ¿Por qué? Porque es para la edificación del espíritu y no del cuerpo. El hombre es más que carne. El espíritu del hombre es lo que nos interesa. Por lo tanto, los vegetarianos deberían tener esa base moral, porque un hombre no nació como un animal carnívoro, sino que nació para vivir de las frutas y las hierbas que la tierra produce. Sé que todos debemos cometer errores. Yo dejaría la leche si pudiera, pero no puedo. Lo he intentando cientos de veces. Después de una seria enfermedad no pude recobrar mis fuerzas a menos que volviera a tomar leche. Ésa ha sido la tragedia de mi vida. Pero la base de mi vegetarianismo no es física, sino moral. Si alguien dijera que voy a morir si no como caldo de carne o carne de cordero, incluso por consejo médico, preferiría morir. Ésa es la base de mi vegetarianismo.

Me gustaría opinar que todos aquellos que nos autonombramos vegetarianos deberíamos tener esa base. Había miles de carnívoros que no continuaron comiendo carne. Debe haber una razón clara para que hagamos ese cambio en nuestras vidas, para que adoptemos hábitos y costumbres diferentes a los de la sociedad, aunque a veces ese cambio pueda molestar a nuestros más allegados y queridos. Por nada del mundo deberían sacrificar un principio moral. Por consiguiente, la única base para tener una sociedad vegetariana y para proclamar un principio vegetariano es, y debe ser, una base moral. No voy a decirles, según lo que he visto y he recorrido por el mundo, que los vegetarianos, en general, disfruten de una mejor salud que los carnívoros. Pertenezco a un país que en su mayoría es vegetariano por hábito o por necesidad. Por lo tanto, no puedo declarar que eso demuestre una mayor resistencia, un mayor ánimo, o una mayor inmunidad contra las enfermedades, ya que eso es algo particular y personal. Requiere obediencia, y una escrupulosa obediencia, a todas las leyes de higiene. De hecho, pienso que lo que los vegetarianos deben hacer es no destacar las implicaciones físicas del vegetarianismo, sino observar las implicaciones morales. Aunque todavía no hemos olvidado que tenemos muchas cosas en común con los animales, no tenemos completamente en cuenta que hay ciertas cosas que nos diferencian de ellos. Claro está que tenemos animales vegetarianos como la vaca y el toro —los cuales son mejores vegetarianos que nosotros—, pero hay algo mucho más noble que nos llama al vegetarianismo. Por consiguiente, pensé darle énfasis únicamente a la base moral del vegetarianismo durante los pocos minutos en que tendría el privilegio de hablarles. Y diría que he comprobado por mi propia experiencia y por la experiencia de miles de amigos y compañeros, que ellos encuentran satisfacción, hasta donde concierne al vegetarianismo, de la base moral que han escogido para mantenerlo. Para terminar, les agradezco a todos por venir aquí y permitirme ver personas vegetarianas cara a cara. No puedo decir que solía reunirme con ustedes hace 40 ó 42 años. Supongo que los rostros de la Sociedad Vegetariana de Londres han cambiado. Hay muy pocos miembros que como el Señor Salt pueden afirmar que su relación con la Sociedad se extiende por más de 40 años.

El Señor Henry S. Salt fue Maestro Auxiliar en Eaton entre 1875 y 1884, Secretario Honorario de la Liga Humanitaria entre 1891 y 1919. Ha sido vegetariano por más de 50 años y nunca ha tenido razón para dudar de la superioridad de esta dieta. Tenía ochenta años en el momento del discurso de Gandhi y era una escritor cuya opinión de la actual «civilización» puede apreciarse en el título de su libro Setenta años entre salvajes.






en European Vegetarian Union News, Número 1/1998













viernes, octubre 02, 2009

"Sólo le pido a Dios", de León Gieco / Mercedes Sosa





Sólo le pido a Dios
que el dolor no me sea indiferente
que la reseca muerte no me encuentre
vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
que lo injusto no me sea indiferente,
que no me abofeteen la otra mejilla
después que una garra me arañe la suerte.

Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.

Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea indiferente,
si un traidor puede más que unos cuantos
que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea indiferente,
desgraciado es el que tiene que marchar
para vivir una cultura diferente.

Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
























jueves, octubre 01, 2009

“El arte del cuento”, de Flannery O'Connor








Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.

Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.

No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "cómo se escribe un cuento".

Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.

Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.

Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.

En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En realidad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.









en El negro artificial y otros escritos, 2000














miércoles, septiembre 30, 2009

"Limericks", de Edward Lear

Traducciones de Jorge Teillier y Juan Carlos Villavicencio




I

Esta era una vieja persona de Chile
Cuya conducta era penosa y estúpida;
Sentado en una escalera comía manzanas y peras
Esta vieja e imprudente persona de Chile.


Traducción de Jorge Teillier


II

Había un Viejo con su barba,
Que decía, “¡Es tal como temí-
Dos Búhos y una Gallina,
Cuatro Alondras y un Gorrión,
Todos construyeron sus nidos en mi barba!”.




III

Había un Viejo con un gong
Al que golpeaba todo el día;
Pero ellos le dijeron: ¡Oh, Señor!
¡Usted es un odioso viejo pelmazo!”
Así hicieron pedazos al Viejo con un gong.




IV

Había un Viejo en un bote,
Que decía, “¡Estoy a flote, estoy a flote!”
Cuando ellos le dijeron “¡No! ¡No lo estás!”
Estaba listo para desmayarse,
Aquel infeliz Viejo en un bote.


Traducción de Juan Carlos Villavicencio










I// There was an Old Person of Chili,/ Whose conduct was painful and silly;/ He sate on the stairs, Eating apples and pears,/ That imprudent Old Person of Chili.// II// There was an Old Man with a beard,/ Who said, “It is just as I feared!-/ Two Owls and a Hen,/ Four Larks and a Wren,/ Have all built their nests in my beard!”// III// There was an Old Man with a gong,/ Who bumped at it all day long;/ But they called out, “O law!/ You're a horrid old bore!”/ So they smashed that Old Man with a gong.// IV// There was an Old Man in a boat,/ Who said, “I'm afloat, I'm afloat!”/ When they said, “No! you ain't!”/ He was ready to faint,/ That unhappy Old Man in a boat.//








martes, septiembre 29, 2009

"Stop making sense", de Egor Mardones






A
l volante de un viejo automóvil
ruedo atropelladamente arriba abajo por la citi
al desamparo de la noche americana
toda ella iluminada de neones por lo alto:
PORNO SHOW - MIRAMAR HOTEL - VIDEO CLUB
BAR TERMINAL - MC DONALD'S CENTER - CAFÉ VIRTUAL
NIETSZCHE DISCOTHEQUE.


Me siento lo mejor de lo peor
bajo este polvo fatuo de estrellas.


Una estación de radio
que ya debería estar hace mucho fuera del dial
vomita solitaria Stop Making Sense,
de Talking Heads.


EL RESTO ES SILENCIO ES SILENCIO ES SILENCIO


O dicho a la manera del Filósofo Bailarín:
en un estilo que ya nadie estila por aquí:
"No estamos en el mundo, pasa
que estamos en Night Citi:
La predestinación para el laberinto.
La experiencia de siete soledades".








en Taxi driver, 2009















lunes, septiembre 28, 2009

«Una ballena ve a los hombres», de Antonio Tabucchi




Siempre tan ajetreados, y con largas extremidades que agitan con frecuencia. Y qué poco redondos son, sin la majestuosidad de las formas consumadas y suficientes, pero con una minúscula cabeza móvil en la que parece concentrarse toda su extraña vida. Llegan deslizándose sobre el mar, pero no nadando, como si fueran pájaros, e infieren la muerte con fragilidad y grácil ferocidad. Permanecen largo rato en silencio, pero luego gritan entre ellos con repentina furia, con un galimatías de sonidos que apenas varían y que carecen de la perfección de nuestros sonidos esenciales: reclamo, amor, llanto de duelo. Y qué penoso debe de resultarles amarse: e híspido, casi brusco, inmediato, sin una mullida capa de grasa, favorecido por su naturaleza filiforme que no prevé la heroica dificultad de la unión ni los magníficos y tiernos esfuerzos para conseguirla.

No les gusta el agua, y la temen, y no se entiende por qué vienen tan a menudo. También ellos van bancos, pero no llevan hembras, y se adivina que están en otra parte, pero son siempre invisibles. A veces cantan, pero sólo para ellos, y su canto no es un reclamo sino una forma de lamento desgarrador. Enseguida se cansan, y cuando cae la noche se reclinan sobre las pequeñas islas que los transportan y tal vez se duermen o contemplan la luna. Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes.





en Donna di Porto Pim e Altre Storie, 1983



















domingo, septiembre 27, 2009

"Mar adentro", de Ramón Sampedro







Mar adentro,
mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo,
es como penetrar al centro del universo.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos
hasta vernos reducidos
en un único deseo.

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras
'más adentro', 'más adentro'
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto,
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos.





en Cartas desde el infierno, 1996