viernes, mayo 16, 2008

“La vida y la muerte de Marcelino Iturriaga”, de Javier Marías





I

El 22 de noviembre de 1957 fue un día muy nublado. Las nubes, formando una masa inerte, compacta e inexpugnable, cubrían el horizonte, y la tormenta amenazaba constantemente con desencadenarse.

Aquel día tenía un especial significado para mí. Hacía un año exactamente que había abandonado a los míos para no volver jamás. Era el primer aniversario de mi muerte. Por la mañana había venido Esperancita, mi mujer, y me había traído un ramo de flores, que me había colocado con mucho cuidado encima. No me gustaba que hiciera esto, ya que las flores me estorbaban y no podía ver bien, pero el día 22 de cada mes venía a renovármelas, trayendo consigo, una vez sí y otra no, a los chicos. Aquel mes les tocaba haber venido, pero supongo que Esperancita, por ser el primer aniversario, habría preferido venir sola. Por esta misma razón el ramo de claveles era más abundante que de costumbre, y me dificultaba la visión más que nunca. Aun así, pude observar bien a Esperancita. Estaba un poco más gorda que el mes pasado e indudablemente ya no era aquella chica ágil, esbelta y graciosa que tanto me había gustado antaño. Se movía con cierta pesadez y dificultad, y el luto, que todavía guardaba, le sentaba muy mal. Así vestida me recordaba a mi suegra enormemente, porque además el pelo de Esperancita ya no tenía aquel color negro puro, sino que empezaba a blanquearle sobre la frente y en las sienes. En aquel momento recordé cómo era la última vez que la vi con los ojos abiertos, y al hacerlo se me presentó claramente la escena que había ocurrido hacía un año en mi piso de Barquillo y, al mismo tiempo, toda mi vida.


II

Yo nací en Madrid en 1921, en un pequeño piso de la calle de Narváez. Mi padre era dueño de una farmacia que estaba bajo nuestro piso, y en cuya parte superior había un letrero que decía: «ITURRIAGA. FARMACIA», y un poco más abajo, y en letras más pequeñas se leía: «También se venden caramelos», y era por esta razón por la que mi hermano y yo pasábamos la mayor parte del día en el establecimiento. La otra parte del día la invertíamos en estar encerrados en una vieja y sucia clase del colegio cercano, donde un solo profesor nos daba clase, a catorce chicos, de todas las asignaturas existentes entonces. Eran unas clases aburridas, en las que nos dedicábamos a dormitar o a tirarnos bolitas de papel.

Mi madre era una mujer regordeta y apacible, que siempre nos ayudó a mi hermano y a mí cuando teníamos algún problema o cuando mi padre, tras un mal día de venta, descargaba su furia sobre nosotros.

Mi padre era, por el contrario, muy irascible, sobre todo cuando estaba de mal humor, y siempre creí que hubiese sido mucho más propio de él el ser carnicero o algo parecido en vez de farmacéutico.

Estuve en aquella escuela de Narváez hasta los quince años, y entonces empezó la guerra, que pasó por mí como una cosa más en la vida. No me trajo grandes pérdidas ni a mí ni a mi familia. Mi hermano estuvo en el frente, pero salió indemne, y vino cargado de un patriotismo y un orgullo por la victoria de las derechas que yo nunca compartí. Entonces empecé la carrera de Económicas, que tardé en acabar ocho años, ante el disgusto de mi padre, al que no le hubiese gustado verme repetir cursos. Sin embargo creo que a pesar de todo aquellos ocho años de carrera fueron los más felices y alegres de mi corta vida. En ellos me divertí, estudié poco y conocí a Esperancita. Era una chica bastante tímida con los chicos, pero no por eso dejaba de mostrarse afectuosa y servicial. Íbamos juntos al cine, al circo o a pasear, para acabar haciéndolo casi todas las tardes. Dos años después de finalizada la carrera le pregunté a Esperancita si quería casarse conmigo. Accedió; y a los dos años vino mi primer hijo, Miguel, y dos años más tarde Gregorito, nombre que a mí no me gustaba, pero al que hube de acceder, por empeñarse en ello mi suegra, que se llamaba Gregoria. Además, siempre creí que Gregorito Iturriaga Aguirre era un nombre demasiado largo y con demasiadas erres.

Ahora que lo pienso, creo que no me casé con Esperancita por amor o cosa equivalente, sino porque creí que me sería muy útil para ayudarme en mi trabajo del Banco. Luego no me fue de gran ayuda, ya que se tomaba demasiado en serio las cosas de los niños y estaba todo el día con ellos. Aunque no fui muy feliz con ella, tampoco puedo decir que fuese muy desdichado.

Vivían con nosotros mi suegra y mi padre, que no se podían ver, y como tenían que hacerlo, dado que la casa era bastante pequeña, todo el día estaban peleando y discutiendo sobre cosas estúpidas y de las cuales no podían —mejor dicho, no debían— discutir, ya que sabían muy poco de ellas. Esto, añadido a los gritos de Esperancita a Manuela, la criada, y a los llantos de los niños, hacía de mi casa un lugar insoportable, así que a mí el Banco me parecía el paraíso. Hacía horas extra con gusto, ya que, además de tener que alimentar a siete personas, gozaba de más ratos de tranquilidad.

Mi madre murió cuatro años después de finalizada la guerra, y creo que fue la única persona por la que tuve un gran cariño. Sentí mucho más su muerte que la de mi padre, al cual nunca profesé un verdadero amor filial.


III

Mi muerte fue algo bastante inesperado para todos. En agosto de 1956 empecé a experimentar unos fuertes y agudos dolores en el pecho. Alarmado, consulté a mi hermano, que era médico. Me tranquilizó diciéndome que sería algún pequeño constipado o anginas que habría cogido.

Me dio una receta para tomar unas píldoras, y el dolor dejó de molestarme hasta el 16 de noviembre, en que me atacó con más furia que en agosto. Volví a tomar las píldoras, pero esta vez no me aliviaron en nada, y el día 21 estaba en la cama, con mucha fiebre, un cáncer de pulmón y ninguna esperanza de vivir.

Aquel día fue algo angustioso. Los dolores eran horribles y nadie podía hacer nada para remediarlos. Veía nubladamente a Esperancita, que lloraba arrodillada junto a mi cama, mientras mi suegra, doña Gregoria, le daba golpecitos afectuosos y consoladores en la espalda. Los niños estaban quietos sin acabar de comprender lo que ocurría. Mi hermano y su esposa, sentados, parecían esperar el momento de mi muerte para poderse marchar de aquel lugar tan aburrido y melodramático. Mi jefe y algunos de mis compañeros, en la puerta, me miraban compasivamente, y cuando veían que los observaba me dirigían una amistosa sonrisa muy forzada. A las seis de la tarde del día 22, cuando empezaba a subirme la fiebre de nuevo, intenté levantarme y después caí sobre la almohada, muerto. Sentí que todos mis dolores y angustias se desvanecían al momento de expirar, y quise decirles a mi familia y amigos que ya no sentía dolor, que estaba vivo y bien, pero no pude. No podía hablar, ni moverme, ni abrir los ojos, a pesar de que veía y oía perfectamente lo que ocurría a mi alrededor. Mi suegra dijo:

—Ha muerto.
—Que Dios lo tenga en su gloria —contestaron los demás.

Vi cómo mi hermano y su esposa, tras decirle a Esperancita que ellos se encargarían del entierro, que sería mañana, se retiraban. Poco a poco toda la gente se fue y me quedé solo. No sabía qué hacer. Pensaba, veía y oía, luego existía, luego vivía, y mañana me iban a enterrar. Luché para moverme, pero no pude. Entonces me di cuenta de que estaba muerto, de que detrás de la muerte no había nada, y que lo único que me quedaba era quedarme en mi tumba para siempre, sin respirar, pero viviendo; sin ojos, pero viendo; sin oídos, pero oyendo.

Al día siguiente me metieron en un ataúd negro, y después en un coche, que me llevó hasta el cementerio. No fue mucha gente al entierro. No duró mucho y después todos se fueron. Me quedé solo. Al principio no me gustó el lugar, pero ahora que me he acostumbrado, me gusta porque es un sitio donde hay silencio. Veo a Esperancita cada mes y a los chicos cada dos, y esto es todo: esta es mi vida y mi muerte, donde no hay nada.









en Mientras ellas duermen, 1990 (edición ampliada)














jueves, mayo 15, 2008

"Decisión i condena de Ulises Nimrod u Odiseus L’Clerk", de Juan Carlos Villavicencio





Tinieblas o el frío del viento ante olas reiteradas asediando la torre que se yergue. La mirada forastera va bajando como sombra la escalera ausente donde ese fuego ya no reitera las pinturas del ayer –nostalgia de los mares anteriores– i el azote de cada uno de los mascarones alejados, aún latiendo en horizontes ahora esquivos, sin respiro, ni ansiedad, donde ya no cabe cielo para él.









2006-2008









miércoles, mayo 14, 2008

"La historia de la fiebre", de Carlos Almonte






Céline entre aldeanos que lo ahogan, el calor, la humedad, las ranas gigantes, la cabaña se viene abajo, la comida se ha terminado y la que queda está podrida -los aldeanos se la arrebatan de las manos-. El cuerpo duele. La piel duele. Los sueños se confunden con la realidad. Afto, su ayudante, reaparece como un hechicero y extrae una cuchilla desde su tobillo. Los demás salen corriendo, pero vuelven a los pocos segundos. Céline yace postrado como un leproso terminal. Su apariencia es la de quien lleva muerto varios meses. Maldice al cielo y al infierno. Pide a gritos que alguien le dispare en la cabeza, pero su destino ha sido el de tocar las puertas del eterno fuego sin tener respuesta. Le tocó el destino, no la suerte, exclamaría el poeta. No queda más que esperar la muerte lenta. Seguir sufriendo, horadando el alma poco a poco, como siempre ha sido, desde que su memoria es memoria, desde que el tiempo es tiempo.













martes, mayo 13, 2008

"Grave fractura en Bolivia", de Rodrigo Montoya Rojas



¿Sabían ustedes lectoras y lectores que la primera constitución de Bolivia (1825) fue redactada por Bolívar y sus amigos en Lima, antes de haber puesto un pie en el territorio de lo que entonces se llamaba “Alto Perú”? Prácticamente en todos los países de América Latina, quienes hicieron las constituciones fueron los criollos descendientes de españoles y portugueses. En países como Ecuador, Bolivia y Perú, no fueron invitados al banquete los llamados indios que representaban cuatro quintas o tres cuartas partes de la población. Por esta exclusión de principio nacieron los estados naciones con un estado, una nación, una lengua, una religión, ignorando por completo a los habitantes originarios. Tampoco los pueblos indígenas estuvieron en condiciones de exigir una invitación ni de presentarse al banquete republicano porque a la derrota de la primera revolución nacional indígena dirigida por Túpac Amaru y Túpaq Katari, en 1781, le siguió el exterminio de cada uno de los miembros de las familias de ambos líderes y la liquidación de todos los indígenas que habían aprendido a leer y a escribir y que podrían haber seguido su ejemplo.

Cuando Evo Morales fue candidato a la presidencia de Bolivia, los pueblos indígenas y la multitud urbana organizada le dijeron, desde El Alto: si el Movimiento al Socialismo, MAS, no nacionaliza los hidrocarburos y si no convoca a una Asamblea Constituyente te retiraremos el apoyo y exigiremos en las calles que abandones la presidencia como lo hicimos antes con los presidentes González de Lozada y Meza. Una vez elegido presidente, Evo Morales cumplió su compromiso. Logró que el Estado boliviano reciba el 82% de lo producido por las grandes empresas y que éstas se conformen con el 18% restante. Invirtió las proporciones porque antes de su gobierno las empresas multinacionales se llevaban el 82 % y al Estado le quedaba solo el 18 %. Por esa osadía política los neoliberales que controlan gran parte de los medios de comunicación en el continente anunciaron la inminente catástrofe y desaparición de Bolivia. Por su lado, los dueños de Santa Cruz y el oriente boliviano amenazaron con dividir el país. Luego de la nacionalización de los hidrocarburos, las empresas multinacionales no se fueron del país, se quedaron porque con el simple 18% sus negocios siguen siendo rentables.

El segundo compromiso del gobierno fue convocar a una nueva Constituyente para que por primera vez en la historia republicana de Bolivia la carta nacional sea aprobada con la participación de los pueblos indígenas y exprese plenamente sus derechos. Si desde 1825 hasta hoy la constitución sólo representa a una de las naciones bolivianas, el momento había llegado para que Bolivia sea definida como un Estado Multinacional en el que todas las naciones del país -aimara, quechua, guaraní y otras de la Amazonía- sean tomadas en cuenta y se respete sus derechos colectivos. En otras palabras, con una constitución nueva de ese tipo, terminaría el omnímodo poder de los “q’aras” (españoles y criollos) o calatos de la derecha boliviana que siempre tuvieron el poder.

Por estas dos grandes decisiones políticas la derecha boliviana quiere que el “indio” Evo Morales, ese “indio maldito” como lo llaman en Santa Cruz y en Tarija, pague su atrevimiento, sea echado de la presidencia y “se muera” si las circunstancias lo permiten. Hasta ese punto de fractura llegan el viejo racismo colonial y la política reaccionaria de la derecha sin medias tintas ni hipocresías.

Conviene recordar que a diferencia de todos los presidentes de América Latina en ejercicio de sus cargos Evo Morales ganó en primera vuelta con el 54% de los votos. Esa es una mayoría sin atenuantes. Al convocar a la Constituyente, el MAS cometió el error de sobre valorar sus fuerzas y establecer que la nueva constitución sería aprobada por un 80% de los votos de la Asamblea y, luego, confirmada por un referéndum en todo el país. Nunca antes en la historia de Bolivia, alguna de sus 18 constituciones tuvo una participación indígena y una aprobación superior a 50%. Hubiera sido suficiente que la regla fuese 50 % más uno de los votos para que sea la constitución más representativa de toda su historia. Ese pequeño gran error ha sido la tabla de salvación para que la derecha boliviana reflote tratando de bloquear la aprobación formal de la nueva Constitución y forzando una consulta popular para afirmar la “autonomía” de Santa Cruz.

Obligada por el éxito político de los pueblos indígenas, la derecha boliviana dejó atrás su viejo argumento de “una Bolivia” -la parte q’ara, blanca, o europea del país, su Bolivia- para hablar de la nación camba, en oposición a la nación aymara, admitiendo en los hechos que en Bolivia hay varias naciones y no sólo una. La revolución de 1952, destruyó el latifundismo en las tierras altas, acabando con los hacendados coloniales y con los siervos de hacienda, pero, al mismo tiempo, creó un nuevo latifundismo en el oriente al entregar grandes extensiones de tierras a los colonos que hoy son dueños de Santa Cruz y dicen pertenecer a una “nación camba”. Camba es el nombre de los colonos y habitantes de Santa Cruz, en el oriente, en oposición al Kolla o habitante andino[1]. Hace veinte años no se oía hablar de una “nación camba”; en otras palabras, la lógica parece haber sido la siguiente: “¿Si los aimaras tienen una nación, por qué nosotros los cambas no tendríamos la nuestra?”. En Santa Cruz están los pozos de petróleo y en Tarija los pozos de gas, que son los recursos más importantes del país. Antes, la “rosca”, viejo nombre de la derecha boliviana, disfrutó de la plata, el estaño y otros minerales y las grandes haciendas. Cuando la mina maravillosa de Potosí agotó sus reservas después de más de cuatro siglos de explotación continua, los Andes ya no cuentan, sólo importan la Amazonía y Tarija para seguir disfrutando de la riqueza y del poder. Esos llamados “indios malditos” fueron importantes como obreros mineros, y ahora ya no los quieren y preferirían que se queden solos con sus lenguas, sus culturas, sus pobrezas y su capital, La Paz, que está a 3,600 metros de altura.

Un acontecimiento político que precipitó el repentino interés de la derecha de Santa Cruz por su autonomía y/o división fue una nueva reforma agraria decretada por el gobierno de Evo Morales para expropiar las tierras sin uso de los latifundios en la Amazonía boliviana. Una vez más, se trata de defender sus intereses.

El concepto de autonomía está en el centro del debate político. Se puede tener autonomía dentro de un mismo estado multinacional, tal como lo establece la nueva constitución boliviana y se puede reclamar autonomía como pretexto para dividir un estado y crear otro, tal como quieren los cruceños que ya no se sienten bolivianos. Por ese camino, el concepto de autonomía sería sinónimo de división y si así fuera se trata de un contrasentido conceptual. Rubén Costas, el prefecto de Santa Cruz, dijo en la celebración de de la victoria, el domingo 4 de mayo:

Hoy iniciamos el camino hacia una nueva República, hacia un moderno Estado que en principio se formará con los cuatro departamentos autónomos hasta convertir a Bolivia en el Estado unitario más representativo de toda América Latina… Con el voto se ha consolidado el inicio de la reforma estructural de mayor trascendencia en nuestra patria. Las urnas han dado su veredicto; los emisarios del mal no pudieron imponer su rencor y su odio. Hoy hemos logrado una página gloriosa en la memoria nacional para construir una patria nueva con responsabilidad, con unidad. Debemos felicitarnos por haber reafirmado nuestro compromiso con la democracia. Citado por el periodista boliviano Alex Contreras en su artículo “Bolivia dividida” (ALAI, América Latina en Movimiento, 2006.05.’5).

Con el lenguaje de Bush este prefecto cree que Evo Morales y su gobierno son parte del “eje del mal”. Los ángeles del bien serían los rebeldes de Santa Cruz que anuncian una nueva república, guardando para sí el nombre de Bolivia, su Bolivia, y esperando que los pueblos andinos busquen otro nombre o se llamen algo así como 'Bolivia 2' o 'Bolivia kolla'. Hace tres años, oí en Santa Cruz y en La Paz las primeras versiones sobre una posible división del país: los extremistas cambas decían que Brasil podría anexar Santa Cruz y Argentina recuperaría Tarija. No me parece políticamente serio creer que los gobiernos de Brasil y Argentina estén dispuestos a tal despropósito. Tal vez, el objetivo mayor de la derecha boliviana sea sacar a Evo Morales de la Presidencia antes que dividir el país. Hay, por su puesto, fracciones de derecha en La Paz, Cochabamba o Sucre que están en el centro del conflicto, del mismo modo que hay un pueblo en la media luna amazónica con firmes lazos de parentesco con los Kollas de las tierras altas. Ya sabemos que las fronteras y los territorios de los países no son definitivas, que se provoca guerras para cambiar los mapas y se asesina presidentes para despejar el camino de quienes se niegan a perder el poder que tienen o de quienes tratan de recuperar el poder que perdieron.

Este es el conflicto profundo que vive Bolivia: de un lado, una derecha -reaccionaria y racista hasta la médula- que quiere seguir disponiendo de la riqueza y del poder sin aceptar que los pueblos indígenas existen y tienen derechos que defender; del otro, un pueblo indígena y no indígena que reclama sus derechos y exige que Bolivia sea también su país. El germen de la división, sembrado desde la invasión española, se expande y multiplica. ¿Qué voluntad de diálogo puede haber si se afirma que los otros son parte del eje del mal? La unidad y el entendimiento dependen del respeto de los otros. En tiempos de graves fracturas sociales el respeto no tiene por donde aparecer.








[1] Hay una doble lectura sobre la orientación de los brazos de la enorme estatua de Cristo que los católicos pusieron en Santa Cruz: ”Collas, no tienen sitio aquí”, y, “Collas, pasen, bienvenidos”. El domingo pasado el arzobispo de la Paz votó por “la autonomía”.







Lima, 8 de mayo, 2008




Colaboración a Dscntxt de Juan Cristóbal






lunes, mayo 12, 2008

“Sobrepoblación, el mayor de todos los desastres”, de Michel Houellebecq






El problema de este mundo es que hay demasiada gente. El espacio se va estrechando, las ciudades se aprietan, las calles están cada vez más atestadas, los edificios, las habitaciones...

El exceso de personas, por otro lado, conduce a un aumento en el gasto de energías, de combustibles, de alimentos, de agua y de otros insumos, tanto básicos como suntuarios (con las dificultades innegables para definir unos y otros). Distinto sería si cada individuo portara un dínamo (o algún sistema generador a través del movimiento) y produjera su propia energía (origen y solución del problema), convocando en aquel acto, en apariencia mínimo, la arista más patética de la vida postmoderna.

Así las cosas, el problema es evidente, pero la solución –real e inmediata- no lo es tanto; o bueno, sí lo es, pero no es nada amable. Si el problema es que existe demasiada gente, la solución directa es recortar el número de sujetos. Así de simple. Pero como no es tan sencillo reducir el número de sujetos, la única vía parece ser la regulación de la natalidad, a nivel personal y gubernamental. Corrijo, si esperamos solucionar el problema, la implementación de las normativas que tiendan a dosificar la natalidad, debiera ser urgente e inmediata. Algunos sociedades y gobiernos ya han experimentado limitando la natalidad teniendo resultados eficaces, incluso exitosos.

Ahora bien, como todos sabemos, hay ciertos temas, o actitudes, que la gente practica pero no comenta (como por ejemplo la elección de los sujetos para su reproducción); por esto será imposible normar la “calidad” de los sujetos a nacer, aunque esa “calidad” sí se aplique (y todos lo aceptemos sin mayor reparo) al momento de elegir al sujeto con el cual queremos aparearnos. Esto sería, en varios sentidos, lo ideal, pensando sobre todo en el envejecimiento de la población, con la consecuente necesidad de contar con individuos fuertes y hábiles para hacer frente a esta situación desmejorada.

Por otro lado, se debiera llamar a la población a tomar conciencia urgente acerca de la necesidad de limitar la reproducción humana, antes de regular por ley la autorización de tener un hijo por familia (o el número que se estime conveniente, no mayor a dos, salvo casos de excepción), so pena de reconvenciones formales y por escrito, multas en dinero, llegando incluso, si el caso lo requiere, a la quirurgia inhabilitadora.

Sé que suena exagerado, por el momento, pero llegará el día (y ese día es más cercano de lo que la mayoría piensa) en que estos temas serán tratados en cada parlamento y centro de debate, en cada país del mundo. La sobrepoblación, unida a efectos climáticos y desastres naturales (ambos, ciertamente, en cercana relación de acción y reacción), amenazan, hoy por primera vez en cientos de años (desde las pestes de alcance mundial en el medioevo que no estábamos expuestos a una potencial masacre como ésta) con un final abrupto y miserable, sociedades empobrecidas, guerras por el agua, desiertos que avanzan sin contrapeso y el alzamiento del océano, producto del derretimiento de los polos; provocando la muerte de millones de personas (en el mejor de los casos) y el desaparecimiento de todo rastro de vida (en el peor).

Es decir, las consecuencias están a la vista. Mi propuesta, simple, directa y desprovista del cinismo natural del ser humano, es adelantarse a los hechos, tender a la disminución en vez de al aumento descontrolado; a la racionalización de los recursos en vez de al disparate. Insisto, la única vía posible es que la población humana disminuya. No hay otra manera. Y para esto se debe aconsejar a la sociedad, primero, y hacerle ver de las inconveniencias de aumentar el número de la población; regular la natalidad, después, y por último (sé que es una medida impopular, pero es lo suficientemente razonable) se debe llegar a la eliminación discriminada de sujetos.

En la antigüedad, esta función depuradora la cumplían las guerras, las pestes y las bajas expectativas de vida, (por enfermedades, exceso de trabajo, etc.); pero hoy, la responsabilidad (y por lo tanto la conciencia) recae en el mismo ser humano, sin excusas (como es el caso de una guerra). Hoy las guerras no tienen los efectos devastadores, en términos demográficos, que tenían antes. Las pestes han sido relativamente controladas, y las pocas enfermedades que no cuentan con una cura rápida y certera, han sido, lamentablemente, manipuladas casi hasta su solución total. Infelizmente las expectativas de vida del ser humano han aumentado, provocando el mayor desastre, natural o artificial, de todos los tiempos en la historia del planeta: el exceso de población.

El disminuir la población concientemente es una medida extrema, sin duda, aunque valiente y honesta; pero llegará el tiempo en que nos veremos obligados a hacerlo. La elección de los sujetos para llevar a cabo esta medida, es más difícil e impopular aún. Se debiera considerar, inicial y tentativamente, el ofrecimiento voluntario; sin embargo, y en caso de ser insuficiente la respuesta a este primer llamado, supongo que lograré algún consenso al proponer a los sujetos-parásitos de nuestra sociedad para continuar, incluyendo acá a pedófilos y violadores. El número de sujetos que componen estos grupos no es menor y este porcentaje ayudaría en algo a satisfacer de mejor manera las necesidades del resto de la población. Después de llevado a cabo este ejercicio, el asunto se pone más difícil, y el consenso se hace aún más improbable. Pero al menos ya habremos comenzado.

Este tema (y solución) debiera ser parte de cada seno familiar, de amistades, de camaradas, de compañeros de trabajo; debiera nacer desde cada individuo y, de esta manera, no vernos expuestos a esta coyuntura terrible que parece avanzar sin más voces contrarias que un par de periodistas llenos de ideales y otro par de ecologistas alienados, quienes parecen estar más obsesionados con retratarse saltando a barcos balleneros que con soluciones de corte real.

Basta ya. Es la hora de corregir esta situación. Aún queda tiempo para hacerlo, poco pero queda. Es la hora de pensar y decidir qué es lo que queremos: un mundo con hora de final, o una reactivación social, un profundo cambio, una nueva sociedad, una esperanza en el futuro. Está en cada uno, y en la suma de los unos, el destino de esta presente forma de vida.







2008










domingo, mayo 11, 2008

«Bartleby y Compañía» (II), de Enrique Vila-Matas

Parte 27






Voy a hacer una tercera excepción con suicidas, voy a hacerla con Chamfort. En una revista literaria, un artículo de Javier Cercas me ha puesto en la pista de un feroz partidario del No: el señor Chamfort, el mismo que decía que casi todos los hombres son esclavos porque no se atreven a pronunciar la palabra «no».

Como hombre de letras, Chamfort tuvo suerte desde el primer momento, conoció el éxito sin el menor esfuerzo. También el éxito en la vida. Le amaron las mujeres, y sus primeras obras, por mediocres que fueran, le abrieron los salones, ganando incluso el fervor real (Luis XVI y María Antonieta lloraban a lágrima viva al término de las representaciones de sus obras), entrando muy joven en la Academia Francesa, gozando desde el primer instante de un prestigio social extraordinario. Sin embargo, Chamfort sentía un desprecio infinito por el mundo que le rodeaba y muy pronto se enfrentó, hasta las últimas consecuencias, con las ventajas personales de las que disfrutaba. Era un moralista, pero no lo de los que estamos acostumbrados a soportar en nuestros tiempos, Chamfort no era un hipócrita, no decía que todo el mundo era horroroso para salvarse él mismo, sino que también se despreciaba cuando se miraba al espejo: «El hombre es un animal estúpido, si por mí se juzga.»

Su moralismo no era una impostura, no buscaba con su moralismo el prestigio de hombre recto. «Nuestro héroe —escribió Camus sobre Chamfort— irá aún más lejos, porque la renuncia a las propias ventajas nada supone y la destrucción de su cuerpo es poca cosa (se suicidó de un modo salvaje), comparada con la desintegración del propio espíritu. Esto es, finalmente, lo que determina la grandeza de Chamfort y la extraña belleza de la novela que no escribió, pero de la que nos dejó los elementos necesarios para poder imaginarla.»

No escribió esa novela —dejó Máximas y pensamientos, Caracteres y anécdotas, pero nunca novelas—, y sus ideales, su radical No a la sociedad de su tiempo, le abocaron a una especie de santidad desesperada. «Su extremada y cruel actitud —dice Camus— le condujo a esa postrera negación que es el silencio.»

En una de sus Máximas nos dejó dicho: «M., a quien se quería hacer hablar de diferentes asuntos públicos o particulares, fríamente contestó: Todos los días engrosó la lista de las cosas de las que no hablo; el mayor filósofo sería aquel cuya lista fuera la más extensa.»

Esto mismo le conducirá a Chamfort a negar la obra de arte y esa fuerza pura de lenguaje que, en sí misma y desde hacía mucho, trataba de comunicar una forma inigualable a su rebeldía. Negar el arte le condujo a negaciones aún más extremas, incluida esa «postrera negación» de la que hablaba Camus, que, comentando por qué Chamfort no escribió una novela y, además, cayó en un prolongadísimo silencio, dice: «El arte es lo contrario del silencio, constituyendo uno de los signos de esa complicidad que nos liga a los hombres en nuestra lucha común. Para quien ha perdido esa complicidad y se ha colocado por entero en el rechazo, ni el lenguaje ni el arte conservan su expresión. Ésta es, sin duda, la razón por la cual esa novela de una negación jamás fue escrita: porque, justamente, era la novela de una negación. Y es que existen en ese arte los principios mismos que debían conducirle a negarse.»

Por lo que se ve, Camus, artista del Sí donde los haya, se habría quedado algo paralizado —él, que tanto creía que el arte es lo contrario del silencio— de haber conocido la obra, por ejemplo, de Beckett y otros consumados discípulos recientes de Bartleby.

Chamfort llevó el No tan lejos que, el día en que pensó que la Revolución Francesa —de la que había sido inicialmente entusiasta— le había condenado, se disparó un tiro que le rompió la nariz y le vació el ojo derecho. Todavía con vida, volvió a la carga, se degolló con una navaja y se sajó las carnes. Bañado en sangre, hurgó en su pecho con el arma y, en fin, tras abrirse las corvas y las muñecas, se desplomó en medio de un auténtico lago de sangre.

Pero, como ha quedado ya dicho, todo esto no fue nada comparado con la salvaje desintegración de su espíritu.

«¿Por qué no publicáis?», se había preguntado a sí mismo, unos meses antes, en un breve texto, Productos de la civilización perfeccionada.

Entre sus numerosas respuestas he seleccionado éstas:

Porque el público me parece que posee el colmo del mal gusto y el afán por la
denigración.

Porque se insta a trabajar por la misma razón que cuando nos asomamos a la ventana deseamos ver pasar por las calles a los monos y a los domadores de osos.

Porque temo morir sin haber vivido.

Porque cuanto más se desvanece mi cartel literario más feliz me siento.

Porque no deseo hacer como las gentes de letras, que se asemejan a los asnos coceando y peleándose ante su pesebre vacío.

Porque el público no se interesa más que por los éxitos que no aprecia.







2000








sábado, mayo 10, 2008

"Tokio blues (norwegian wood)", de Haruki Murakami

Fragmento




Lo siento —dijo Naoko tomándome del brazo cariñosamente. Sacudió varias veces la cabeza—. No pretendía herirte. No hagas caso de mis palabras, ¿eh? Lo siento muchísimo. Sólo estaba enfadada conmigo misma.
—Quizás aún no te comprenda —afirmé—. No soy muy inteligente y me cuesta entender las cosas. Pero, con un poco de tiempo, llegaré a entenderte. Y no habrá nadie en el mundo que te comprenda mejor que yo.

Nos detuvimos un momento y aguzamos el oído en el silencio que nos envolvía. Con la punta del zapato hice rodar los restos de las cigarras y unas piñas, contemplé el cielo a través de las ramas de los pinos. Naoko permanecía absorta con las manos en los bolsillos, sin mirar nada en concreto.

—Watanabe, ¿me quieres?
—Claro —respondí.
—¿Puedo pedirte dos favores?
—Incluso tres.

Naoko sacudió la cabeza sonriendo.

—Con dos es suficiente. El primero es que te agradezco que vengas a verme. Estoy muy contenta y me... me ayuda mucho. Quizá no lo parezca, pero es así.
—Volveré a venir —dije—. ¿Y el otro?
—Que te acuerdes de mí. ¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?
—Me acordaré siempre.

Ella prosiguió la marcha sin más, en silencio. La luz del otoño se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre los hombros de su chaqueta. Volvió a oírse el ladrido del perro, ahora más cercano. Naoko subió un ligero promontorio parecido a una colina pequeña, salió del pinar y bajó la suave pendiente a paso ligero. Yo la seguía dos o tres pasos detrás.

—Ven. El pozo puede estar por aquí cerca —le advertí a sus espaldas.

Naoko se detuvo, me sonrió y me tomó del brazo. Recorrimos el resto del camino el uno junto al otro.

—¿No me olvidarás jamás? —me pregunta en un susurro.
—Jamás te olvidaré. No podría hacerlo.

Pero lo cierto es que mi memoria se ha ido alejando de aquel prado y son ya muchas las cosas que he olvidado. Al escribir así, persiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible. ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?

Esto es cuanto puedo conseguir por ahora: asir con fuerza dentro de mi pecho unos recuerdos incompletos que ya han palidecido y siguen palideciendo a cada instante que pasa, y escribir estas líneas con la desesperación de un hombre que va chupándose la médula de los huesos. Ésta es la única forma de mantener la promesa que le hice a Naoko.

Tiempo atrás, cuando todavía era joven y mis recuerdos eran mucho más nítidos que ahora, intenté escribir varias veces sobre Naoko. Pero entonces fui incapaz de escribir una sola línea. Era consciente de que una vez que brotara la primera frase, las restantes fluirían espontáneamente, pero ésta jamás brotó. Todo era demasiado nítido, y yo nunca supe cómo moldearlo. El mapa más detallado puede no servirnos en algunas ocasiones por esta misma razón. Pero ahora lo sé. En definitiva —así lo creo—, lo único que puedo verter en este receptáculo imperfecto que es un texto son recuerdos imperfectos, pensamientos imperfectos. Y cuanto más ha ido palideciendo el recuerdo de Naoko, más capaz he sido de comprenderla. Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria la borraría algún día. Por eso me lo pidió: «¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?».

Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable. Porque Naoko jamás me amó.













viernes, mayo 09, 2008

"Utopía", de Thomas Morus

Fragmento


Los utópicos creen de esta forma que la naturaleza ordena una vida feliz, o se de placer, como fin de nuestras obras, y define la virtud como vivir según sus ordenanzas. Si la naturaleza aconseja a los hombres una vida más fácil ayudándose, cosa que se realiza con buenos motivos, pues nadie está tan por encima de la suerte de la humanidad que la naturaleza únicamente deba ocuparse de él, ya que siente igual afecto por todos los seres de idéntica especie y los fortalece en una misma comunión, claro está que te avisa constantemente que no debes buscar tu felicidad a costa del infortunio de los demás.

Por ello opinan que deben ser observados no sólo los pactos que se establecen entre particulares, sino las leyes públicas, tanto si fueran ordenadas por un buen gobernante como si el pueblo las hubiera aprobado de común acuerdo, sin pesar sobre él cualquier asomo de tiranía o engaño, y que trata del reparto de los dones de la vida, que quiere decir de lo que es objeto de placer.

Desear el propio interés sin infringir las leyes, es razonable; querer, además, el bienestar general es humano; pero arruinar la felicidad del prójimo para alcanzar la de uno mismo, es una acción inmoral, y, en cambio, despojarse de algo muy provechoso para beneficiar a otros es una acción caritativa. Verdaderamente, este acto es tal que jamás priva de tanto bien como complace, pues la conciencia de obrar con generosidad, el agradecimiento de los que la reciben satisface más al espíritu que el goce que obtendría el cuerpo si se abstuviera. Para terminar, es fácilmente comprensible para cualquiera que crea en alguna religión que Dios recompensa con una alegría inmensa el sacrificio de un placer corporal y breve. Así, pues, de todo ello los utópicos infieren que debemos considerar nuestras acciones y las virtudes como encaminadas al placer y a la felicidad.






1516







jueves, mayo 08, 2008

“La epopeya ya no está de moda”, de Robert Graves





Petronio hizo lo que pudo. En el fondo, no era mala persona, aunque tenía la mente más sucia de toda Roma y bebía como un camello; y hasta tal punto era un experto en el arte de vivir a lo moderno que el emperador jamás se atrevía a comprarse un jarrón o una estatua, o siquiera catar un añejo desconocido, sin antes consultar con él.

Una noche en que Petronio cenaba casualmente en el palacio, le ofrecieron una salsa de aspecto verdaderamente repulsivo, cuyos principales ingredientes parecían ser benjuí y ajo. En vista de que el sirviente esperaba que la vertiera sobre un precioso lenguado asado a la parrilla, Petronio le preguntó a Nerón con voz zalamera:

—Mi querido César, ¿crees que es eso exactamente lo que andabas buscando?

Nerón se puso de mil colores; y es que por sus miradas impacientes y ansiosas resultaba evidente que él mismo había inventado la salsa, y si Petronio hubiese sido lo suficientemente débil como para aprobarla, pronto cada mesa noble de Roma hubiese apestado a aquel mejunje. Todos se lo agradecimos de corazón.

Mi cuñado Lucano carecía notoriamente del aplomo de Petronio, y sin embargo se creía muy listo. Yo siempre había lamentado el matrimonio de mi hermana. Lucano, hijo de provincianos españoles ricos, nunca dejó de ser forastero, aunque su tío Séneca, el tutor de Nerón, había ascendido ahora al rango de cónsul y se había convertido en el escritor y dramaturgo más destacado de su día. Séneca adoraba a Lucano, un niño prodigio que sabía hablar el griego a los cuatro años, que se sabía la Ilíada de memoria a los ocho, y que antes de cumplir los once ya había escrito un comentario histórico sobre la Anábasis de Jenofonte y había traducido a Ibico en pareados elegíacos ovidianos. Tenía ahora veinticinco años, dos años más que Nerón, quien había hecho de él su modelo literario. Lucano le pagó esta amabilidad con un estupendo discurso adulador en el festival Neronia. Pero cuando aquella misma noche Petronio visitó nuestra casa —Lucano estaba pasando una temporada con nosotros— bajo el pretexto de darle la enhorabuena, yo sospeché que se traía algo más entre manos. Así que mandé salir a los esclavos, y entonces confesó.

—Sí, Lucano, un discurso de lo más pulido, y soy demasiado discreto para preguntarle hasta qué punto era sincero. Pero..., corre el rumor de que estás trabajando sobre un importante poema histórico.
—Correcto, amigo Petronio —contestó, complaciente, Lucano.
—Por el amor de Baco, ¿no será que por fin te has decidido a escribir sus Conquistas de Alejandro, verdad?
—No, eso lo deseché, con excepción de unos cuantos bellos pasajes.
—Muy sabio de tu parte. Corría el riesgo de inspirar a nuestro patrón imperial y hacer que entre con sus tropas en Partia para emular al macedonio. A pesar de su genio militar innato, etcétera, etcétera; dudo mucho de que el ejército hubiese estado a la altura de la empresa. Aquellos arqueros partos, ya sabes...

La voz se le fue apagando.

—No, pues ya que preguntas, el tema es el de las Guerras Civiles.

Petronio levantó las manos.

—Eso es lo que oí decir, ¡Y no te imaginas cuánto me alarmó, hijo mío! Es un tema tan sumamente delicado, incluso después de cien años. Al menos dos terceras partes de las familias nobles que sobrevivieron, lucharon en el bando derrotado. Puede ser que complazca al emperador —repito puede ser y lo subrayo—, pero con toda seguridad va a herir los sentimientos de muchos. ¿Es muy largo el poema?
—Una epopeya en doce libros. Nueve ya están escritos.
—iUna epopeya, señor!
—Una epopeya.
—¡Pero si las epopeyas están pero que muy pasadas de moda!
—La mía no quedará anticuada. Yo hago que mis guerreros utilicen armas modernas, excluyo toda absurda intervención personal de los dioses, y animo la narrativa con anécdotas horripilantes, con metáforas que le dejan a uno sin aliento, y con todo tropo retórico que encuentro a mano. ¿Quieres que te lea unos cuantos versos?
—Si insistes.

Cuando Lucano se ausentó para ir a buscar el rollo de pergamino, Petronio me tiró de la manga:

—Argentario, tienes que poner fin a este disparate, de algún modo... ¡cómo sea! El emperador acaba de preguntarme tímidamente: «¿Qué te parecieron aquellos versos titulados La Batalla del Accio que te enseñé la otra noche? ¿Estabas acaso demasiado borracho para asimilarlos?». «No, César —le aseguré—, tus magníficos hexámetros me quitaron la cogorza de golpe». «Así pues, ¿estás de acuerdo en que soy mejor poeta que Lucano?». A lo cual respondí: «¡Cielo santo, no hay comparación!». Debió de tomárselo bien, porque su próximo comentario fue: «Me alegro, porque aquellos versos forman parte de mi gran epopeya moderna».

De nuevo entró Lucano. Petronio cortó la frase de golpe y cogió el pergamino. Lucano le observaba mientras leía. Después de un incómodo cuarto de hora, Petronio dejó a un lado el pergamino y declaró:

—Esto se tendrá que pulir mucho, Lucano. No digo que no sea bueno, pero tiene que estar mucho, muchísimo mejor antes de poderlo entregar a los copistas. Guárdalo unos años en un cajón. En mi opinión (que no puedes permitirte menospreciar) la epopeya moderna es un estilo literario con el que únicamente deberían intentar escribir los hombres de estado retirados o los jóvenes emperadores.

Lucano palideció.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—No tengo nada que añadir a la dicho —respondió Petronio, y le dijo adiós con la mano.

Por cierto que Petronio estaba tan borracho que casi parecía estar sobrio.

A la mañana siguiente temprano, en la Vía Sacra, Lucano quiso fingir no conocer a Petronio, pero éste le condujo por la fuerza al cuarto trasero de una tienda de vinos.

—¡Escucha, imbécil! —dijo Petronio—. Nadie niega que eres el mejor poeta del mundo, con una sola excepción, pero esta excepción te ha husmeado tu proyecto, y se va a enfadar muchísimo si intentas competir con él. Por el amor de Vulcano, ¡enciende el horno con aquel maldito papiro! En lugar de él, escribe un libro de cocina en verso —te ayudaré con muchísimo gusto— o más de esos epigramas tuyos amorosos sobre negras de piernas lascivas y cabello como el vellocino negro del carnero lafistio de Zeus... ¿Y por qué no una eulogía pindárica sobre la destreza del emperador como áuriga? Todo lo que quieras... ¡menos una epopeya sobre las guerras civiles!
—Nadie tiene derecho a refrenar mi Pegaso.
—Esas fueron las célebres últimas palabras de Belerofonte —le recordó Petronio—. El dios del Trueno envió entonces un tábano que picó a Pegaso debajo de la cola, y Belerofonte salió disparado y se hizo mucho daño.

Lucano se puso furioso.

—¿Quién eres tú para hablar de prudencia? Tú satirizas a Nerón en el personaje de Trimalción, en tu novela satírica, ¿no es verdad? Nadie podría confundir su retrato: sus bromas sin gracia, su forma disparatada y divagante de hablar, su gusto tan tremendamente vulgar, su enternecedora compasión de sí mismo. No es más que un bizco, un lujurioso, un analfabeto, un atontado, un megalómano... ¡Y una desequilibrada mole de carnes!

Petronio se levantó.

—Desde luego, español, ¡creo que he de despedirme de ti! Hay ciertas cosas que no es decente decir delante de nadie.
—Pero sin embargo yo las he dicho, ¡Y las volveré a decir!

Resultó ser su último encuentro. Un mes más tarde Lucano invitó a unos cuantos amigos a un banquete privado, en el cual, después de los postres, recitó los primeros doscientos o trescientos versos de su epopeya. Empezaba describiendo las guerras civiles como la mayor vergüenza jamás sufrida por Roma, y diciendo que a pesar de ello habían merecido de sobras la pena, ya que garantizaron a la larga la sucesión de Nerón. A continuación prometía a Nerón que, a su fallecimiento, subiría derecho a las estrellas, como el divino Augusto, y se transformaría en un dios más divino de lo que ya era, pudiendo elegir entre convertirse en Júpiter y empuñar el cetro olímpico, o en Apolo y subirse al carro celestial del sol. Hasta ahí todo fue muy bien, pero luego se vio la otra cara de la moneda. Han de comprender que Petronio había salido impune de la sátira de Trimalción porque era un artista, tuvo la precaución de no meterse con ninguna patochada o vulgaridad concreta, de las que iban de boca en boca, y sólo se burlaba del tipo de comportamiento que (en voz baja, naturalmente) llamábamos neronianismos. Nerón jamás hubiese reconocido al nouveau—riche Trimalción como mi propio retrato y, naturalmente, nadie se hubiese atrevido a abrirle los ojos. Pero Lucano no era un artista. Pronto dejó que su elogio heroico—cómico degenerara hasta convertirse en una caricatura desmañada; le rogó al Nerón deificado que no privase a Roma de su total resplandor colocándose en las regiones árticas del cielo o en el trópico del sur, pues desde allí la mirada de sus afortunados rayos sólo allegaría torcida, y que tuviera la amabilidad de apoyarse pesadamente sobre cualquier parte del éter por temor a que su peso divino inclinara el eje celestial hasta descentrarlo, y así dislocar todo el Universo. Y el muy idiota acentuaba cada punto con esa horrible sonrisa, causando tanto desconcierto en todos que el banquete se disolvió confusamente.

En realidad, Nerón sólo oyó un vago rumor sobre este asunto, pero lo suficiente como para hacerle preguntar a Petronio si había advertido a Lucano con la intrusión en el coto imperial. Petronio respondió sin vacilar:

—Sí, Cesar. Le expliqué que seria ridículo que compitiese con su maestro en literatura.

Así que Nerón mandó a dos oficiales de la guardia a casa de Lucano con este breve mensaje: «¡No escribirás más poesía hasta nuevo aviso!».

La secuela es de sobras conocida. Lucano persuadió a unos cuantos extremistas para que se unieran a su conspiración de asesinar al emperador en nombre de la libertad artística. Falló. Sus amigos fueron detenidos, y a Lucano le abrió las venas un cirujano en el consabido baño caliente, donde recitó un fragmento trágico de sus Conquistas de Alejandro, donde un soldado de Alejandro moría desangrado.

Naturalmente, el padre de Lucano tuvo que seguir su triste ejemplo, y también lo hizo el viejo Séneca (¡eso sí que fue un poco duro para mi pobre hermana!). Además, Lucano había dejado una carta grosera para el emperador, si es que la palabra «grosera» es lo bastante fuerte para describirla, y por cierto calificando a Petronio de cobarde por morderse la lengua en la descripción de Trimalción. Así que a Petronio también le iban a dar...

Pero yo había echado a correr desde el banquete hasta Ostia —unos buenos veinte kilómetros— con todo el oro que había podido meter en una bolsa, y había tomado un barco rumbo a Efeso. Allí me teñí el pelo. Me cambié el nombre y no asomé la cabeza durante tres o cuatro años, hasta que Vespasiano eso tuvo bien investido con la púrpura. ¡Menos mal que en el colegio era torpe y nunca sentí ninguna ambición literaria en absoluto! De todos modos, como corredor de fondo nadie en Roma pudo jamás alcanzarme…












miércoles, mayo 07, 2008

"Bolivia: Mal momento para 'errores inocentes' ", de Roberto Bandini




El 28 de junio pasado fue detenida en el aeropuerto de La Paz la estadounidense Donna Thi, de 20 años y proveniente de Miami, por intentar ingresar con 500 cartuchos calibre 45 que había declarado en la aduana como "queso". En la terminal aérea la esperaba la esposa del coronel James Campbell, jefe del grupo militar de la embajada de Estados Unidos en Bolivia.

El representante diplomático norteamericano, Philip Goldberg, intervino inmediatamente para gestionar la libertad de la mujer y declaró que se trataba de "un error inocente". La munición, dijo el funcionario, estaba destinada para "deporte y entrenamiento".

La directora nacional de Migración, Magaly Zegarra, no opinó igual que el embajador. Para ella, "el hecho que una ciudadana norteamericana esté relacionada a la embajada, portando proyectiles en una aeronave norteamericana procedente de Miami, ciudad donde viven protegidos por el gobierno terroristas procedentes de diversas partes de Latinoamérica, en especial el 'maestro' de ellos, como llaman estos terroristas a Posada Carriles, y burlando todos los mecanismos, es cuestionable".

En estos días, los agentes de migración y los policías bolivianos se muestran sensibles con los pasajeros provenientes de la Unión Americana. En marzo de 2006 otro ciudadano estadounidense, Triston Jay Amero, alias Lestat Claudius, un californiano de 25 años al que se le hallaron 15 documentos de identidad distintos, hizo detonar 300 kilos de dinamita en dos hoteles de La Paz. Y el 8 de diciembre de ese año, cuando se efectuó en Cochabamba la Reunión Cumbre de la Comunidad Suramericana de Naciones, los servicios de seguridad detectaron la presencia de dos falsas periodistas estadounidenses que fotografiaban los vehículos presidenciales.

Philip Goldberg es apodado en la esfera diplomática Boliviana como "el embajador de la limpieza étnica", es un experto en impulsar separatismos. Entre 1994 y 1996 fue asistente especial del embajador Richard Holbrooke, uno de los estrategas de la desintegración de Yugoslavia. También promovió la separación de Serbia y Montenegro y estuvo en Kosovo, donde fogoneó conflictos entre fuerzas serbias y albanesas.

Uno de los cabecillas autonomistas es el terrateniente croata Branco Marinkovic, partidario de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, miembro de la Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz, el Banco Económico y la Cámara de Exportadores. Marinkovic también es accionista de la compañía de Transporte de Hidrocarburos Transredes, cuyo 50 por ciento pertenece a Enron y Shell y opera gasoductos y oleoductos de 6.000 kilómetros que llegan a Argentina, Brasil y Chile.

La acción de Estados Unidos, que maneja todos los hilos de la guerra sucia y la desestabilización, es permanente, sin tregua. Esto se agravó aún más con el envío a ese país del embajador Philip Goldberg, un reconocido atizador de fuegos para separatismos y guerras fraticidas. Tenía el terreno abonado por su antecesor el ex embajador David.N.Greenlee, cuya historia en dos períodos en Bolivia es un tratado de injerencias, impunidades y crímenes.

Goldberg reconocido como un experto en agudizar conflictos étnicos o raciales y por su intervención y experiencia en las luchas étnicas desde Bosnia hasta después de la separación de la ex Yugoslavia, iba a ser clave para Bolivia. Nadie dudó de que su mano estaría detrás del intenso proceso separatista de Santa Cruz de la Sierra, escenario propicio para los planes de su gobierno, exacerbando los elementos de racismos y odios contra la población indígena, el esclavismo que impera y que fueron la base de las dictaduras y las imposiciones neoliberales, finalmente derrotadas por el pueblo boliviano en una lucha heroica en los últimos años.

En el pasado diplomático del embajador figuran sus asesorías en el departamento de Estado, entre ellas en el caso Haití y otras y su paso por Sudáfrica, Colombia, y Paraguay. Después de ser Ministro Consejero de la Embajada en Santiago de Chile del 2001 al 2004, Goldberg fue otra vez a los Balcanes al frente de la misión en Kosovo, donde trabajó para la separación de los Estados de Serbia y Montenegro hasta 2006.

Cuando llegó a Bolivia, en Santa Cruz los empresarios croatas allí afincados (sus amigos) ya tenían conformado el movimiento "Nación Camba", uno de cuyos principales dirigentes- con lazos empresariales en Chile y otros países- Branco Marinkovic, terminó dirigiendo el Comité Cívico del lugar, el mayor promotor de la desestabilización, con fuerte influencia en el resto de la Media Luna donde se concentran las mayores riquezas del país.

El embajador no oculta su apoyo a los empresarios que pretenden la insólita autonomía gubernamental de Santa Cruz de la Sierra , Beni, Pando y Tarija, al oriente del país. Conocidos como la "media luna", estos cuatro departamentos suman 685.095 kilómetros cuadrados, más de la mitad de la superficie boliviana. Concentran la mayor parte de la riqueza gasífera, agroindustrial y ganadera, y absorben la mitad de la inversión extranjera.


El año pasado el presidente Morales denunció las conspiraciones de Estados Unidos y la oligarquía de su país contra su gobierno, durante la XVII Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile

Se dijo también que "las hipótesis más atendibles sobre la identidad de los promotores de esa iniciativa conduce a Industriales y terratenientes que actuarían con el apoyo de algunos políticos de los departamentos de Santa Cruz, Beni y Pando". Quedaron al desnudo los entretelones de encuentros de los líderes golpistas de Bolivia con el Partido Popular de España para apoyar la "guerra sucia". También se denunció el apoyo a esta conspiración de fascistas españoles y otros europeos, bajo el impulso muy evidente del ex presidente José María Aznar.

También hubo serias denuncias con datos concretos sobre la participación de la Agencia de Estados Unidos para Desarrollo Internacional (Usaid) y la National Endowment Foundation (NED), según datos de los servicios de inteligencia del Estado Boliviano y de otros analistas, en los planes golpistas lo que significó el reparto de millones de dólares a organizaciones de todo tipo, incluyendo estudiantiles, periodistas, partidos políticos, intelectuales, empresarios y otros, con objetivos precisos para hacer fracasar la Asamblea Constituyente , utilizando incluso fuerzas de choque, propiciar enfrentamientos, movimientos por las autonomías, paros "cívicos", movilizaciones permanentes en las siete regiones del país, "violencia callejera" y otros hasta llevar al derrocamiento del gobierno.

Golpear a Bolivia es crucial para el gobierno de George W.Bush, cuando es visible su derrota en Irak, después de cinco años de sembrar el terror (más de un millón de muertos) en ese país y cuando la situación económica en Estados Unidos es de extrema gravedad en un año eleccionario.

Esto es notable en la mayoría de los medios de comunicación masiva, activos protagonistas de las nuevas contrainsurgencias, que impulsan un enfrentamiento interno y una intervención externa.











Contribución a Dscntxt de Juan Cristóbal








martes, mayo 06, 2008

“Soledad mexicana”, de Jack Kerouac





Soy un extraño sin felicidad
caminando las calles de México,
recordando…

Mis amigos se han muerto,
mis amantes desaparecieron,
mis putas fueron proscritas,
mi cama apedreada
y sacudida por los terremotos
y no tengo hierba santa para volar
a la luz de las velas y soñar
con humo de autobuses…

Sólo eso, tormentas de polvo, y las mucamas
que me espían a través de un agujero
ahí en la puerta,
taladrado secretamente para observar
las almohadas con que hacen el amor los masturbadores.

Yo soy la gárgola de Nuestra Señora,
soñando en el espacio
sueños grises y brumosos.
Mi rostro apunta a Napoleón,
no tengo forma.

La libreta en la que anoto las direcciones postales
está plagada de "Que en paz descanse".
No creo en el valor del vacío,
me siento cómodo sin honor.

Mi único amigo es un viejo marica
que no posee una máquina de escribir.
Que, si fuera mi amigo,
Intentaría sodomizarme.
Queda algo de mayonesa,
una no deseada botella de aceite,
campesinos lavando el tragaluz;
un loco con quien comparto el mismo cielorraso
hace gárgaras en el baño contiguo
unas cien veces por día.

Si me emborracho tengo sed,
si camino mi pie se rompe,
si sonrío mi máscara es una farsa,
si lloro sólo soy un niño,
si recuerdo miento,
si escribo, ya todo fue escrito,
si muero, la muerte llega a su fin,
si vivo, la muerte recién comienza,
si espero, la espera es más prolongada,
si parto, la partida ya no existe,
si me duermo la dicha suprema es pesada,
la dicha pesa sobre mis párpados;
si voy a cines baratos me comen las chinches.
No tengo dinero para cines lujosos


Si no hago nada,
nada lo hace.









lunes, mayo 05, 2008

"Ulises o no", de Benito Escobar

Fragmento de la Escena VII




ULISES: Basta de demoras. El horizonte se está llenando de naves enemigas, de moscardones, de hombres en celo. Vienen por nosotros.

DON FRANCÍCLOPE: Bien. Resulta que ahora eres valiente. ¿Vas a matarme?

ULISES: Quiero un close up. Quiero toda mi vida en pantalla.

DON FRANCÍCLOPE: ¿Qué vas a decir? ¿Que te obligué a este viaje? ¿Que no te agrada firmar autógrafos? ¿Que has visto los naufragios de toda la flota naval de la república? ¿Qué dirás?

ULISES: Que me confundí de bando. Que maté a diestra y siniestra. Que hoy me buscan por todos lados y yo tardo en volver a casa.

DON FRANCÍCLOPE: ¿Respuesta definitiva?

ULISES: Que no sé cómo es mi hijo. No conozco el color de su pelo ni el tono de su llanto. Debo volver, pero la casa ya no es la que dejé. Han muerto muchos. La patria se borra con el paso del tiempo.

DON FRANCÍCLOPE: ¿Respuesta definitiva?

ULISES: Que mi esposa está con otros, que mi esposa es mi hija y mi madre. Que la han confundido. Que en las calles los soldados disparan. Que en las casas los televisores se prenden para escuchar los discursos. Que hace un frío de los mil demonios y yo no estoy ahí. Que los niños leen la historia inexacta del viaje de mi vida y que por los vidrios rotos de las salas de clases entra el humo de las bombas. Que mi esposa se acuesta con otros, que la han violado, que sus hijos han ido a parar a manos del enemigo.

DON FRANCÍCLOPE: ¿Ésa es tu maldita respuesta definitiva? ¡Vamos! ¡Por Zeus!

ULISES: Diré que entré en la ciudad y gané la guerra. Diré que me subieron a esos aviones y me drogaron. Disparé a algún sitio y luego nada. Diré que el pueblo clamaba por las balas, por los fusiles. Diré que las gentes murieron. Que las ciudades se vaciaron, y que ya nadie vive allí, que es todo falso, una recreación para los turistas, para los que nunca serán viajeros. Diré que mi cuerpo fue cremado y lanzado a las aguas del mar. Diré que mi cuerpo fue embalsamado y hecho una estatua para el museo de la victoria. Diré que mi cuerpo no apareció. Que lo enterraron los miserables y que no apareció. Diré que abrieron mi cuerpo y lanzaron mis vísceras al mar. Diré que mi cuerpo olvidó, que tiene amnesia, que camina por otros sitios y no sabe que es él. Que alguien escribe mi historia y que inventa los hechos. Dirá que ahora hay un impostor. Un Ulises falso que nunca salió del horroroso Ítaca, que nunca salió de ningún sitio. Que quizás yo soy el impostor, pero…

DON FRANCÍCLOPE: Vaya boicot lingüístico. Boicot de todos estos temerosos pelafustanes que no han visto una tormenta ni en la televisión. Amotinados a más no poder y con control de la torre de mando. Y ahora se confunden y dicen Isla Quiriquina, Isla Dawson, Isla Creta, archipiélagos innumerables. ¿Qué hacemos con estos traidores Contres, Krasnoff, Moren Brito? Peleles amedrentados con el peso de la mitología. No son dignos de que entren en tu casa, pero una palabra tuya… ¿Qué significa todo ese rosario tuyo?

ULISES: Significa que estoy leyendo el canto 24 de la historia. Que esto es Ítaca, un maldito programa en vivo. Que nunca he salido de estas paredes. Que nunca mojé mis pies en ningún mar. Que no volveré a casa, porque mi casa no existe. Esto es Ítaca. Una escenografía. Puro material de deshecho. Bellavista, Inés Matte Urrejola, Homecenter, barracas de hierro. Los obreros sostienen los paneles de la patria. Detrás de cada macizo cordillerano hay miles de carpinteros famélicos con el sueldo mínimo. Corten, corten esta escena. Hagan zapping. ¿Qué hacen los niños a esta hora viendo este programa? ¿Qué hacen los fotógrafos con sus flashes aturdidores? ¿Qué hace mi familia? Que venga alguien a quitarme el disfraz de héroe. Que apaguen las luces de este set. Mi papel se ha arruinado y ya no seré el mejor actor.





2006








domingo, mayo 04, 2008

“Cielo”, de Leonard Cohen





Los grandes pasan sin tocarse,
pasan sin mirarse;
cada uno sumido en el gozo,
cada uno en su propio fuego.

No tienen necesidad el uno del otro,
aunque tienen la más profunda de las necesidades.

Los grandes pasan,
registrados en algún cielo múltiple,
grabados en alguna risa sin fin;
pasan como estrellas de diferentes estaciones,
como meteoros de diferentes siglos.

Fuego inalterado por el fuego que pasa.
Risa inatacada por el confort;
se pasan los unos a los otros sin tocarse,
sin mirarse;
necesitando saber tan sólo
que los grandes pasan.









sábado, mayo 03, 2008

"El perfume", de Patrick Süskind

Fragmento



Grenouille permaneció varios minutos ante la portezuela abierta del carruaje, sin moverse. El lacayo que estaba a su lado se había puesto de hinojos y se fue inclinando cada vez más hasta adoptar la postura que en Oriente es preceptiva ante el sultán o ante Alá. E incluso en esta actitud temblaba y se balanceaba y hacía lo posible por inclinarse más, por tenderse de bruces en la tierra, por hundirse, por enterrarse en ella. Hasta el otro confín del mundo habría querido hundirse como prueba de sumisión. El oficial de la guardia y el teniente de policía, ambos hombres de impresionante físico, cuyo deber habría sido ahora acompañar al condenado al cadalso y entregarlo al verdugo, ya no eran capaces de ningún movimiento coordinado. Llorando, se quitaron las gorras, volvieron a ponérselas, las tiraron al suelo, cayeron el uno en brazos del otro, se desasieron, agitaron como locos los brazos en el aire, se retorcieron las manos, se estremecieron e hicieron muecas como aquejados del baile de san Vito.

Los notables de la ciudad, que se encontraban un poco más lejos, demostraron su emoción de modo apenas más discreto. Cada uno dio rienda suelta a los impulsos de su corazón. Había damas que al ver a Grenouille se llevaron los puños al regazo y suspiraron extasiadas; otras se desmayaron en silencio por el ardiente deseo que les inspiraba el maravilloso adolescente (porque como tal lo veían). Había caballeros que saltaron de su asiento, volvieron a sentarse y saltaron de nuevo, respirando con fuerza y apretando la empuñadura de su espada como si quisieran desenvainarla, y apenas iniciaban el ademán, volvían a guardarla con ruidoso rechinamiento de metales; otros dirigieron en silencio los ojos al cielo y juntaron las manos como si orasen; y monseñor, el obispo, como si tuviera náuseas, inclinó el torso y se golpeó la rodilla con la frente hasta que la birreta verde le resbaló de la cabeza; y no es que sintiera náuseas, sino que se entregó por primera vez en su vida a un éxtasis religioso, porque había ocurrido un milagro ante la vista de todos, el mismo Dios en persona había detenido los brazos del verdugo al dar apariencia de ángel a quien parecía un asesino a los ojos del mundo. Oh, que algo semejante ocurriera todavía en el siglo XVIII. Qué grande era el Señor. Y qué pequeño e insignificante él mismo, que había lanzado un anatema sin estar convencido, sólo para tranquilizar al pueblo. Oh, qué presunción, qué poca fe. Y ahora el Señor obraba un milagro. Oh, qué maravillosa humillación, qué dulce castigo, qué gracia, ser castigado así como obispo de Dios.

Mientras tanto, el pueblo del otro lado de la barricada se entregaba cada vez con más descaro a la inquietante borrachera de sentimientos ocasionada por la aparición de Grenouille. Los que al principio sólo habían experimentado compasión y ternura al verle, estaban ahora invadidos por un deseo sin límites, los que habían empezado admirando y deseando, se encontraban ahora en pleno éxtasis. Todos consideraban al hombre de la levita azul el ser más hermoso, atractivo y perfecto que podían imaginar: a las monjas les parecía el Salvador en persona; a los seguidores de Satanás, el deslumbrante Señor de las Tinieblas; a los cultos, el Ser Supremo; a la doncella, un príncipe de cuento de hadas; a los hombres, una imagen ideal de sí mismos. Y todos se sentían reconocidos y cautivados por él en su lugar más sensible; había acertado su centro erótico. Era como si aquel hombre poseyera diez mil manos invisibles y hubiera posado cada una de ellas en el sexo de las diez mil personas que le rodeaban y se lo estuviera acariciando exactamente del modo que cada uno de ellos, hombre o mujer, deseaba con mayor fuerza en sus fantasías más íntimas.

La consecuencia fue que la inminente ejecución de uno de los criminales más aborrecibles de su época se transformó en la mayor bacanal conocida en el mundo después del siglo segundo antes de la era cristiana: mujeres recatadas se rasgaban la blusa, descubrían sus pechos con gritos histéricos y se revolcaban por el suelo con las faldas arremangadas. Los hombres iban dando tropiezos, con los ojos desvariados, por el campo de carne ofrecida lascivamente, se sacaban de los pantalones con dedos temblorosos los miembros rígidos como una helada invisible, caían, gimiendo, en cualquier parte y copulaban en las posiciones y con las parejas más inverosímiles, anciano con doncella, jornalero con esposa de abogado, aprendiz con monja, jesuita con masona, todos revueltos y tal como venían. El aire estaba lleno del olor dulzón del sudor voluptuoso y resonaba con los gritos, gruñidos y gemidos de diez mil animales humanos. Era infernal.

Grenouille permanecía inmóvil y sonreía, y su sonrisa, para aquellos que la veían, era la más inocente, cariñosa, encantadora y a la vez seductora del mundo. Sin embargo, no era en realidad una sonrisa, sino una mueca horrible y cínica que torcía sus labios y reflejaba todo su triunfo y todo su desprecio. Él, Jean–Baptiste Grenouille, nacido sin olor en el lugar más nauseabundo de la tierra, en medio de basura, excrementos y putrefacción, criado sin amor, sobreviviendo sin el calor del alma humana y sólo por obstinación y la fuerza de la repugnancia, bajo, encorvado, cojo, feo, despreciado, un monstruo por dentro y por fuera... había conseguido ser estimado por el mundo. ¿Cómo, estimado? Amado. Venerado. Idolatrado. Había llevado a cabo la proeza de Prometeo. A fuerza de porfiar y con un refinamiento infinito, había conquistado la chispa divina que los demás recibían gratis en la cuna y que sólo a él le había sido negada. Más aún. La había prendido él mismo, sin ayuda, en su interior. Era aún más grande que Prometeo. Se había creado un aura propia, más deslumbrante y más efectiva que la poseída por cualquier otro hombre. Y no la debía a nadie –ni a un padre, ni a una madre y todavía menos a un Dios misericordioso–, sino sólo a sí mismo. De hecho, era su propio Dios y un Dios mucho más magnífico que aquel Dios que apestaba a incienso y se alojaba en las iglesias. Ante él estaba postrado un obispo auténtico que gimoteaba de placer. Los ricos y poderosos, los altivos caballeros y damas le admiraban boquiabiertos mientras el pueblo, entre el que se encontraban padre, madre, hermanos y hermanas de sus víctimas, hacían corro para venerarle y celebraban orgías en su nombre. A una señal suya, todos renegarían de su Dios y le adorarían a él, el Gran Grenouille.

Sí, "era" el Gran Grenouille. Ahora quedaba demostrado. Igual que en sus amadas fantasías, así era ahora en la realidad. En este momento estaba viviendo el mayor triunfo de su vida. Y tuvo una horrible sensación.

Tuvo una horrible sensación porque no podía disfrutar ni un segundo de aquel triunfo. En el instante en que se apeó del carruaje y puso los pies en la soleada plaza, llevando el perfume que inspira amor en los hombres, el perfume en cuya elaboración había trabajado dos años, el perfume por cuya posesión había suspirado toda su vida... en aquel instante en que vio y olió su irresistible efecto y la rapidez con que, al difundirse, atraía y apresaba a su alrededor a los seres humanos, en aquel instante volvió a invadirle la enorme repugnancia que le inspiraban los hombres y ésta le amargó el triunfo hasta tal extremo, que no sólo no sintió ninguna alegría, sino tampoco el menor rastro de satisfacción. Lo que siempre había anhelado, que los demás le amaran, le resultó insoportable en el momento de su triunfo, porque él no los amaba, los aborrecía. Y supo de repente que jamás encontraría satisfacción en el amor, sino en el odio, en odiar y ser odiado.








1985








viernes, mayo 02, 2008

“Fe de erratas”, de Juan Gelman






donde dice “salió de sí como de un calabozo” (página tal verso cual)
podría decir “el arbolito creció creció” o alguna otra equivocación
a condición de tener ritmo
ser cierta o verdadera

así escribió sidney west estas líneas que nunca lo amarán
en el frescor de un pozo ciego y oscuro
arriba de la tierra deslumbrada por el sol
o sol o sol o sol

donde dice “si fuéramos o fuésemos/como rostros humanos”
(página tal verso cual) es como el buey que allí se aró
no podrido por la pena o la furia
disimulando el mucho rato en soledá

¡ah sidney west! aquí terminan (ojalá)
tus repechazos áspimos y pésimos
qué poca por alrededor de este hombre
y adentro qué animal

a sidney west se lo comieron todos los pájaros que supo inventar
la ponina y el nino especialmente
golosos de su estado y pasión
abierta dulce como inútil

donde dice “un día pasó lo que sigue” (página tal verso cual)
había pasado antes la tristeza
y eso es fatal para el poeta
fue fatal para el peno de west

¡ea bichitos tábanos fulgores que saludaban en el
cementerio de Oak!
allí lo pusieron a sidney west que duerma
donde dice “que duerma duerma duerma” (página tal verso cual)
debe decir que duerma y más nada

así que west con el amor primero
fue para sidney marinero
sidney el último en historia
giró con west como burro de noria

que duerma y nada más debe decir (página tal verso cual)
y más nada que duerma y no otra cosa
que duerma duerma duerma
que duerma duerma duerma sidney west

hasta que alen por favor los pieses
que duerma sidney west
hasta que bien nos amoremos
que duerma duerma duerma









en Los poemas de Sidney West, 1969










jueves, mayo 01, 2008

"Canción última", de Miguel Hernández






Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.







De El hombre acecha, 1938-1939.








miércoles, abril 30, 2008

“El pobre novio de Aurelia”, de Mark Twain





L
os detalles del caso de que ahora voy a daros cuenta llegaron a conocimiento mío a través de la carta de una muchacha que vive en la hermosa ciudad de San José, una muchacha que me es completamente desconocida y que firma sencillamente Aurelia María, usando tal vez un nombre que no es el suyo.

Pero dejemos a un lado todo esto y vayamos al grano: esa pobre chica tiene casi deshecho el corazón a causa de las desgracias que ha tenido que padecer, y se halla en una indecisión tan grande ante los consejos opuestos de amigos despistados y enemigos astutos, que no sabe ahora qué camino seguir para desenredarse de la red de problemas en que parece casi irreparablemente envuelta. En su tribulación, se dirige a mí en busca de apoyo y me pide que la oriente y aconseje, con una dramática elocuencia capaz de derretirle el corazón a una estatua. Oíd su triste historia.

Dice Aurelia María que, cuando tenía dieciséis años, conoció y amó, con todo el afecto de su carácter sano y apasionado, a un muchacho de Nueva Jersey llamado Williamson Breckinridge Caruthers, más o menos seis años mayor que ella. Así que se hicieron novios, con el espontáneo consentimiento de todas sus amistades y parentelas, y durante cierto tiempo pareció que su vida estaba llamada a singularizarse por una inmunidad contra la mala suerte que sobrepasaba el cupo de que habitualmente disponen las personas.

Finalmente, cambió la estrella de su buena racha. El joven Caruthers contrajo unas viruelas de la peor especie, y, cuando la enfermedad lo dejó, tenía la cara llena de hoyos, como un molde para flan, y su atractivo personal se había esfumado para siempre.

Aurelia pensó durante el primer momento en romper su compromiso, pero, compadecida de su desventurado novio, optó solamente por retrasar una temporada la fecha de la boda y ponerlo a prueba.

La víspera misma de la ceremonia y extasiado en la contemplación de un globo, Breckinridge se cayó a un pozo, se quebró una pierna malamente y tuvieron que cortársela por encima de la rodilla. Otra vez su Aurelia sintió deseos de romper el compromiso y ahora del todo, pero otra vez triunfó el amor. Hubo un nuevo aplazamiento de la boda y, con él, una nueva oportunidad a Breckinridge para que se rehiciera.

Mas de nuevo sorprendió la desdicha al desgraciado galán. Una desdicha de doble sello patriótico e industrial, ya que el prematuro disparo de un cañón que conmemoraba el 4 de Julio le hizo perder un brazo, y tres meses más tarde una cardadora mecánica le arrancaba el otro. El corazón de Aurelia María quedó casi triturado a causa de estas últimas calamidades. La entristecía hondamente ver cómo iba perdiendo a su amado a pedacitos, y dándose cuenta, como se la daba, de que él no podría resistir indefinidamente tan galopante proceso de reducción, aunque no sabía cómo detener su espantable carrera. En su acongojante desesperación, la chica, como los corredores de Bolsa que por esperar pierden, casi llegó a arrepentirse de no haberse adueñado de su Breckinridge al principio, antes de que hubiera sufrido tan alarmantes depreciaciones. Pero, así y todo, su animoso corazón la sostuvo y decidió aguantar un poco más las antinaturales tendencias del ser amado.

Nuevamente se aproximó el día de la boda y nuevamente fue ensombrecido por un vistoso contratiempo: Caruthers cayó con la erisipela y perdió enterito uno de sus ojos. Entonces, los amigos y los parientes de la novia, decidiendo que la muchacha ya había tolerado más de lo que razonablemente se podía esperar de ella, insistieron ahora en que se deshicieran para siempre el compromiso y el noviazgo. Sin embargo, y al cabo de unas breves dudas, Aurelita, con la generosidad que la caracterizaba, declaró que lo había pensado muy bien y que no hallaba muestras de que pudiera culparse a Breckinridge de nada.

De manera que fue aplazada una vez más la fecha de la boda, y poco después el novio se rompió la otra pierna.

Fue realmente un día muy duro para la pobre muchacha aquel en que presenció cómo los cirujanos se llevaban el saco cuyo uso ya conocía por experiencia previa, y en que se le reveló la triste verdad de que una porción más de su amado acababa de marcharse para siempre. Sintió que el campo de sus amores se iba reduciendo de día en día. Pero, una vez más, se mostró enérgica con sus parientes y renovó su compromiso.

Muy poco antes del nuevo día fijado para el casorio, sucedió otro desastre. Todos recordaremos que, el año pasado, los indios bravos del río Owens no arrancaron la cabellera más que a un hombre; pues bien, ese hombre era Williamson Breckinridge Caruthers, natural de Nueva Jersey. Se dirigía presurosamente a su casa, llevando la felicidad en el pecho, cuando perdió el pelo para siempre: hora de verdadera amargura en la que casi maldijo la equivocada compasión que había respetado su cabeza.

Aurelia María, por fin, se encuentra seriamente perpleja sobre lo que ha de hacer. Ama todavía a su Breckinridge —me escribe— con auténtica ternura femenina; ama lo que aún queda de él. Pero sus padres se oponen rotundamente a la boda porque el fragmento carece de bienes y está incapacitado para el trabajo, y porque ella no cuenta con los suficientes medios como para sostenerse ambos con decoro.

«¿Y ahora qué hago?», me pregunta con afligida ansia.

Sé que se trata de un asunto delicado, de un asunto que decide para toda su vida la felicidad de una mujer y la de casi las dos terceras partes de un hombre. Me doy cuenta, pues, de que hacer algo más que una simple sugerencia sobre el asunto, significaría tomar demasiada responsabilidad en el caso.

¿Y si se proveyese al hombre de cuanto le falta? Si Aurelia puede pagárselos, que proporcione a su mutilado amante brazos de madera, piernas de madera, un ojo de cristal y una buena peluca, y que lo ponga a prueba nuevamente, ¿no?

«Dele usted otros noventa días, ni uno más, y si no se desnuca en ese plazo, cásese con él y corra ese riesgo. No me parece, Aurelia, que de todos modos sea demasiado riesgo, ya que si él se obstina en su curiosa propensión a averiarse cada vez que encuentra manera de hacerlo, su próximo experimento deberá estar destinado a acabar con él del todo, y entonces, casada o soltera, quedará usted libre. Si al ocurrir eso ya estuviera usted casada, las piernas y brazos de madera y otros artículos análogos que de valor posea, han de pasar a la viuda, así que, como puede comprobar, no se expone a perder más que la querida fracción de un noble pero desdichadísimo esposo, que luchó honradamente por portarse como está mandado pero cuyos extraordinarios instintos estaban en su contra. Inténtelo, Aurelia María. He pensado mucho y detenidamente sobre el asunto y creo que es lo único que puede usted hacer. Verdaderamente, hubiera sido una feliz idea, por parte de Breckinridge Caruthers, empezar por el cuello y haberse desnucado de entrada. Pero, ya que le ha parecido más adecuado escoger una política distinta y prolongarse durante el mayor tiempo posible, no creo que debamos reprochárselo, si eso le divierte. Hagamos lo que podamos, dadas las circunstancias, y procuremos no impacientarnos con él».