viernes, octubre 23, 2026

«Noches blancas», de Fiódor Dostoievski

Inicio / Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Noche primera


Era una noche de cuentos, amigo lector, una de esas noches que quizás sólo pueden darse durante nuestra juventud. El cielo estaba tan lleno de estrellas, tan despejado, que al levantar uno la vista, no cabía –incluso sin proponérselo– sino preguntarse: «¿Es posible que bajo un cielo como este puedan vivir todo tipo de gente malvada y caprichosa?». Esta es también una pregunta muy propia de la juventud, amigo lector; Dios quiera que se la haga usted muy a menudo. A propósito de hombres malvados y por varios motivos caprichosa, no pude dejar de pensar en mi buena conducta durante todo el día. Desde la mañana, me sentí carcomido por una inquietud sorprendente. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo; sí todos me daban la espalda. Claro, en este punto, cualquiera tiene derecho a preguntar: ¿quiénes son esos «todos»? Porque llevo ya ocho años viviendo en San Petersburgo y no he logrado entablar prácticamente ninguna relación. ¿Pero qué me importa a mí relacionarme con alguien? Porque sin tener alguna, ya conozco todo San Petersburgo: por eso tuve la impresión de que todos me abandonaban, cuando Petersburgo se levantó como un solo hombre, para dirigirse de repente a sus casas de campo. Me invadió el espanto de quedarme solo, por lo que vagué tres días por la ciudad sumido en una profunda perturbación, sin comprender nada de lo que me ocurría. Fui a la avenida Nevski, fui al Jardín, me paseé por los muelles; no encontré ni uno solo de los rostros que solía encontrar siempre en el mismo lugar y a la misma hora, todo el año. Ellos no me conocen a mí, claro está, pero yo sí a ellos. Los conozco de cerca, casi me he aprendido sus expresiones; los contemplo cuando los veo alegres y me entristezco cuando se consternan. Casi me he convertido en amigo de un viejito con quien me encontraba todos los días, a una hora precisa, en la Fontanka. Tiene una expresión muy seria, meditativa; siempre caminaba murmurando entre dientes y agitando el brazo izquierdo, mientras blandía un largo bastón nudoso con empuñadura de oro. Incluso él también se percató de mí, y creo que nuestras almas coinciden. Estoy convencido de que se pondría triste si por ventura yo no pasara a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. Por eso, de vez en cuando, nos saludamos con un gesto de cabeza, sobre todo cuando estamos de buen humor. No hace mucho, tras dos días sin vernos nos reencontramos, y casi nos llevamos la mano a nuestros sombreros, pero afortunadamente reaccionamos a tiempo, hemos bajado el brazo y nos hemos cruzado haciendo un gesto de mutua comprensión. Conozco incluso las casas. Cuando voy por la calle, cada una parece salir a mi encuentro, me miran con todas sus ventanas y casi me dicen: «Buenos días, señor; ¿cómo está usted? Yo también, gracias a Dios, voy bien, salvo que en mayo me añaden un piso». O bien: «¿Cómo está su salud? A mí, mañana, me harán reparaciones». O también: «Por poco me quemo; qué buen susto me llevé». Y así cosas por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas; una de ellas tiene intención de someterse a un tratamiento este verano con un arquitecto. Iré a verla expresamente cada día para que la cura no resulte peor que la enfermedad, ¡Dios nos libre! Nunca olvidaré la historia de esta casa tan pequeña y preciosa de color rosa claro. Era una casa bonita, de piedra; con tanta amabilidad y contemplaba con tanto orgullo a sus vecinas, tan desgarbadas, que mi corazón se llenaba de alegría cuando pasaba frente a ella. De repente, la semana pasada, cuando bajé por esa calle y miré a mi amiga, oí un grito de desesperación: «¡Me van a pintar de amarillo!». ¡Monstruos! ¡Bárbaros! No tuvieron piedad de nada, ni siquiera de las columnas o las cornisas; y dejaron a mi amiga toda amarilla, amarilla como un canario. En ese instante, casi me dio un ataque de ictericia por lo que, hasta ahora, no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desdichada, teñida del color nacional del Imperio del Medio.

Así comprenderá usted, lector, de qué manera conozco toda la ciudad de San Petersburgo.

Ya he dicho que durante tres días enteros una inquietud me tuvo atormentado hasta que por fin averigüé su causa. Sentía un malestar en la calle («aquel no está, este tampoco; ¿adónde habrá ido aquel otro?»), e incluso me sentía extraño en mi propia casa, como fuera de lugar. Durante dos días hice el esfuerzo por comprender: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me costaba tanto permanecer ahí? Miraba perplejo las paredes verdes cubiertas de hollín, cubierto el techo de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a revisar todos mis muebles, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que se mueva una sola de mis sillas, para que las cosas dejan de tener sentido); miraba por la ventana, pero todo era en vano: no tuve alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por las telarañas y, en general, por la falta de limpieza; pero ella se limitó a mirarme con aire de sorpresa y me dio la espalda sin decir palabra, de modo que las telarañas siguen reinando tranquilamente en su sitio. Por fin esta mañana logre averiguar lo que estaba pasando. Pues nada; todos me abandonan, todos se marchan al campo. Pido perdón esta expresión vulgar, pero es que tengo preocupaciones más importantes que cuidar el estilo… porque, así como suena, todo San Petersburgo ya se había marchado al campo. Resulta que todos aquellos caballeros de aspecto serio, al detener un coche ante mis propios ojos, se convertía al instante en un buen padre de familia que, después de cumplidas sus obligaciones laborales, se dirigía —sin más preámbulos— al seno de su hogar, a su dacha; resulta que cada transeúnte mostraba ahora un aire particular, un aire que casi le decía a todo congénere con quien se cruzaba: «Sólo estamos aquí de paso, señores; nos vamos dentro de un par de horas al campo». Se abrió una ventana en la que unos deditos delgados y blancos como el azúcar tamborileaban, y apareció la cabeza de una linda muchacha, que llamaba al vendedor ambulante de flores, al punto que, inmediatamente, me pareció que estas flores no las compraban para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación de la ciudad, sino porque todos se iban pronto y querían llevarse las flores en el equipaje al campo. Además, ya había adquirido tal destreza en este nuevo y personal tipo de descubrimientos que podía saber, sin riesgo de equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, quién se estaba instalando en qué dacha. Los habitantes de las islas Kamenny y Aptekarski o los del camino de Peterhoff se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, sus vestimentas de verano a la última moda y los espléndidos carruajes en que venían a la ciudad. Los habitantes de Pargolov, y los de aún más lejos, «impresionados» desde el primer momento por su comportamiento y su dignidad; los de la isla Krestovski destacaban por su continente invariablemente alegre. Tuve la suerte de tropezar a veces con una larga procesión de coches, con sus conductores avanzando con las riendas en la mano muy perezosamente al lado de sus ocupantes, cargados con verdaderas montañas de muebles de todo tipo, mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otras basuras domésticas que muy a menudo venían a coronar, como extra, sentada en la cumbre misma de la montaña, una cocinera flaca, que velaba por el bienestar de sus amos, así como por la niña de sus propios ojos. Veía pasar, cargadas hasta el tope de trastos familiares, las barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta el río Negro o hacia las islas; los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por cien ante mis ojos; parecía que todo se había levantado, que todo se había puesto en movimiento, que todo se trasladaba al campo en caravanas, a las dachas; me parecía que Petersburgo amenazaba convertirse por completo en un desierto, hasta el punto de que terminé sintiéndome humillado, ofendido, triste. En realidad, no tenía ningún lugar en el campo ni ninguna razón para ir ahí, pero estaba dispuesto a irme con cualquier coche, con cualquier señor de aspecto respetable que contratara un cochero. Nadie, sin embargo, nadie me invitó. Era como si me hubieran olvidado, como si de verdad fuera un extraño para ellos.

Caminé mucho, durante tanto tiempo, hasta que —como me suele ocurrir— perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mí me encontré de pronto a las puertas de la ciudad. De súbito, sentí que me inundaba la felicidad; crucé la cerca y me adentré por los sembradíos y las praderas sin parar, olvidando el cansancio y sintiendo, en todo mi ser, un peso se desprendía de mi alma. Los transeúntes me miraban con tanta benevolencia, que se diría que de verdad les faltaba poco para saludarme. No sé por qué estaban felices y todos —del primero al último— fumaban puros. Yo también estaba alegre, como nunca lo había estado en mi vida. Era como si, de repente, me hubiera trasladado a Italia, tal había sido el efecto de la naturaleza sobre un habitante de la ciudad, enfermizo y medio asfixiado entre los muros urbanos.

Hay algo indescriptiblemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a principios de la primavera, despliega de pronto todo su poder—todas esas fuerzas que le otorga el cielo— se engalana y se tiñe con los mil colores de las flores. Es como si, sin pretenderlo, me recordara a aquella joven endeble y enfermiza a la que uno mira a veces con pesar, a veces con una especie de amor compasivo y, en ocasiones, en la que ni siquiera se repara; pero que, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, como sin querer, se muestra hermosa —pero hermosa de una manera indescriptible, prodigiosa—, dejándonos atónitos y deslumbrados, y nos lleva a hacernos la pregunta, casi sin querer: ¿Qué fuerza hace brillar con tal fuego esos ojos meditativos y tristes? ¿Qué ha hecho que vuelva la sangre a esas mejillas pálidas y hundidas?, ¿Qué inunda de pasión los tiernos rasgos de ese rostro? ¿Por qué se agita así ese pecho? ¿Qué ha traído de repente vida, vigor y belleza al rostro de esta joven? ¿Qué la ha hecho resplandecer esa sonrisa, cobrar vida con esa risa deslumbrante que centellea? Miras a tu alrededor, buscas a alguien, sospechas algo. Pero el instante pasa y, tal vez ya mañana, vuelvas a encontrar esa misma mirada vaga y pensativa de antes, ese mismo rostro pálido, esa misma humildad y torpeza en los movimientos —incluso remordimiento—, los rastros de no se sabe qué angustia mortal, de irritación por haberse entregado a su pasión fugaz. Y tú lamentas que su belleza efímera se haya marchitado de manera tan rápida y sin retorno; que haya brillado ante ti de un modo tan vano, tan engañoso… lamentas ni siquiera haber tenido tiempo de amarla…

Y sin embargo mi noche fue más hermosa que el día. He aquí por qué:

Regresé a la ciudad muy tarde; ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Tuve que recorrer el muelle de un canal donde, a esas horas, no se encuentra ni un alma viviente, aunque verdad vivo en uno de los barrios más alejados de la ciudad. Iba cantando, porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que no tiene amigos ni conocidos y que, en ese instante de alegría, no tiene con quien compartirla. De pronto, me sucedió la más inesperada de las aventuras.




1848














No hay comentarios.: