En mi casa no hay lugar
para la incompetencia. He perdido.
Hace años, en la clase de cerámica,
mis amigos moldeaban estatuas
asimétricas con barro;
las llamaban arte puro, decoración abstracta.
Hice platos, un vaso para los cepillos,
un joyero con su tapa.
No me reten, incluso los tornillos
en mis paredes cargan más peso
que lo previsto. En internet
encontré videos de mi casa
convertida en un museo de la ausencia.
Mi antigua cocina ahora es un esqueleto,
con sus huesos desnudos
de cemento y alambres de cobre. Aún así,
no maldigo a la revolución, ni a la guerra,
ni a los ladrones ni al régimen; sólo me maldigo
a mí misma – todos estos azulejos rotos
y el probable riesgo de morir
electrocutada por el pan nuestro
de un solo día.

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