martes, abril 07, 2026

«La destrucción de Palestina es la destrucción de la tierra», de Andreas Malm

Prefacio / Traducción de Vicente Lane



Sin límites

Las páginas de este libro corresponden al manuscrito de una conferencia realizada medio año después del comienzo del genocidio en Gaza, el 4 de abril de 2024, en la Universidad Americana de Beirut. A medida que se acerca el aniversario de Tufan al-Aqsa –comúnmente traducido como «la inundación de al-Aqsa», aunque «tufan» también puede significar diluvio o tormenta (es raíz de la palabra tifón)– una cosa queda clara: no existen límites para lo que el Estado de Israel puede cometer impunemente. Los datos más recientes al momento de escribir, el 17 de julio de 2024, indican un total de 38.794 personas asesinadas; pero estos son sólo los cuerpos que han llegado a los hospitales. Se estima que otros 10.000 se encuentran enterrados bajo escombros. De los muertos identificados, 16.172 son niños y niñas; otros 34 más han muerto de hambre, ante la impotencia de los médicos. La ocupación ha cavado siete fosas comunes dentro de los recintos hospitalarios que han tomado por asalto. De estas fosas se han recuperado 520 cadáveres tras la retirada de los soldados. Dos millones de personas han tenido que abandonar sus hogares. Casi todos ellas –1.737.524– han padecido al menos una enfermedad contagiosa en su paso por campamentos o escuelas inimaginablemente hacinadas; 162 de aquellos refugios para personas desplazadas han sido bombardeados. Un total de 150.000 unidades de vivienda han sido completamente destruidas, al igual que 115 escuelas y universidades, 610 mezquitas, 3 iglesias, 206 sitios arqueológicos y patrimoniales, y tierras agrícolas cuya extensión no se registra en este conteo particular. A esto debe añadirse todas las estructuras dañadas más allá de cualquier posibilidad de reparación.[1] Pero, por supuesto, estas cifras ya pertenecen al pasado, mientras el trabajo de destrucción continúa incansable e implacable, día tras día. Una vez más, no hay límites para lo que el Estado de Israel puede cometer impunemente. 

En efecto, gran parte de este genocidio se ha desplegado por medio de una flagrante y estridente transgresión de límites: al principio, los recintos hospitalarios eran considerados zonas inmunes y protegidas de los ataques del ejército de ocupación (al menos a ojos de algunos). Los repetidos ataques al Hospital al-Ahli en la Ciudad de Gaza a finales de 2023 suscitaron alegato y clamor (aunque débil). La ocupación respondió avanzando hacia el Hospital al-Shifa, sitiándolo y destruyéndolo varias veces. Luego hizo lo mismo con el Hospital Indonesio, el Hospital al-Quds, el Hospital al-Amal y otros, hasta que la destrucción sistemática de hospitales y las masacres de sus pacientes y personal se han convertido en una característica completamente normalizada de la muerte en Gaza. La primera masacre de un grupo de palestinos hambrientos en espera de camiones cargados de harina generó indignación (al menos en algunos sectores). La ocupación reaccionó rápidamente llevando a cabo más masacres contra exactamente el mismo grupo de gente, hasta que ese límite también fue borrado; lo mismo ocurrió con las bombas que cayeron sobre familias refugiadas en tiendas de campaña, los videos publicados de soldados jactándose de hacer estallar hogares de civiles y las imágenes de los mismos jugando con la ropa interior de mujeres palestinas. Por cada atrocidad, por cada ultraje, cualquier tipo de reprimenda o censura ha sido contrarrestada con la repetición del acto, hasta el punto en que el Estado de Israel ha prevalecido una vez más: nadie tiene la capacidad de imponerle límites a sus acciones sobre el pueblo palestino. Por supuesto, esta no es la primera vez que el Estado se comporta de esta manera. Tampoco es la primera vez que una entidad colonial actúa así. «El colono es un exhibicionista. Su deseo de seguridad lo lleva a recordar en alta voz al colonizado que: 'Aquí el amo soy yo'», escribe Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.[2] Cada límite propuesto frente al poder destructivo del Estado colonial de asentamiento es recibido como un cuestionamiento a su dominio ilimitado, y por ende, responde con una reincidencia desbocada. El libre despliegue de esta dinámica sólo puede terminar con la devastación de la tierra en Gaza y más allá. 

Hubo un momento en la primavera de 2024 en el que el amo del amo, los Estados Unidos de América, impuso la demarcación de un límite. El ejército de ocupación aún no había entrado en Rafah. Más de un millón de palestinos habían sido empujados a este estrecho laberinto de campos de refugiados que datan de 1948, en el extremo sur del enclave, y todos sabían que una invasión cambiaría el orden de magnitud de la catástrofe: todas estas personas, que ya habían sido convertidas en refugiados tres, seis o incluso diez veces antes, tendrían que huir una vez más; habría una masacre masiva de niñas y niños; se detendría el escaso flujo de alimentos y asistencia. El presidente Joe Biden declaró: «Dejé claro que si entran en Rafah –todavía no han entrado en Rafah–, si entran en Rafah, no les proporcionaré el armamento», sin el cual una operación de este tipo, como el genocidio en su conjunto, no podría ejecutarse.[3] Rafah era la «línea roja».[4] Rafah no debía ser pulverizada como el resto de Gaza. «Incluso el apoyo inquebrantable del presidente Joe Biden tiene límites», comentó CNN bajo el titular: «La advertencia de Biden sobre Rafah hace remecer la política global y doméstica».[5] Pero luego, por supuesto, la ocupación efectivamente avanzó sobre Rafah, con sus tanques, bulldozers y aviones de combate, expulsando a la población, llevando a cabo la serie habitual de masacres y arrasando sistemáticamente con los campamentos. Al momento de escribir esto, más del 70% de la infraestructura del distrito –pozos de agua, carreteras, alcantarillado, mercados – ha sido destruida.[6] Y, por supuesto, el armamento proporcionado por Estados Unidos continuó fluyendo tan naturalmente como agua por un acueducto. Benjamin Netanyahu acaba de dar un discurso frente al Congreso de dicho país, interrumpido por cuarenta y cuatro ovaciones de pie ante declaraciones como:

       «Esto no es un conflicto entre civilizaciones. Es un conflicto entre la barbarie y la civilización. Es un conflicto entre quienes glorifican la muerte y quienes santifican la vida. Para que las fuerzas de la civilización triunfen, Estados Unidos e Israel deben mantenerse unidos [...] Nuestros enemigos son sus enemigos, nuestra lucha es su lucha y nuestra victoria será su victoria».[7]

Él y Biden se han vuelto a reunir en persona para discutir los detalles de cooperación y coordinación: el amo de la tierra jamás frenará al amo de Palestina. 

Por exasperante e indignante que sea –o debiese ser –, aquello se encuentra en perfecta consonancia con los desarrollos en otro frente también abordado por el presente manuscrito: el clima. No hay límites en la cantidad de combustibles fósiles que se pueda extraer. Todavía no se ha impuesto ninguno al despojo de este planeta. Un nuevo informe demuestra que el frenesí por los combustibles fósiles de la década de 2020 sigue en aceleración. Las empresas están invirtiendo más dinero en la producción de petróleo y gas hoy que en cualquier momento desde la firma del Acuerdo de París, un documento en el que el mundo se comprometió a limitar el calentamiento global a 1,5°C. En 2023, la temperatura mundial alcanzó justamente ese límite. Estados Unidos respondió emitiendo un récord de 758 nuevas licencias de proyectos petrolíferos y gasíferos para tan sólo ese año, casi tantas como durante la totalidad de los tres años anteriores, y 2024 podría terminar con aún más. Estados Unidos ahora extrae más petróleo y gas que cualquier otro país en la historia, y las curvas en las proyecciones siguen apuntando hacia arriba. Durante los cuatro años de la administración Biden, Estados Unidos otorgó 1.453 nuevas licencias, una quinta parte más que durante el primer mandato de Trump, y la mitad del total global hasta ahora en la década de 2020. Este frenesí lo encabeza el mundo angloamericano con sus petroestados colonos: el Reino Unido, Australia, Canadá, pero sobre todo Estados Unidos, además de Noruega. Cinco países acaudalados concentran más de dos tercios de las licencias otorgadas en el curso de esta década.[8] Mientras tanto, huracanes sin precedentes arrasan el Caribe, las inundaciones devastan a Brasil, olas de calor han puesto a Asia sobre un brasero, y la marea de sufrimiento climático en el Sur Global no deja de crecer. Todo el mundo sabe que la extracción sostenida y descontrolada llevará la catástrofe a nuevas magnitudes, y sin embargo, las licencias siguen emitiéndose con el mismo afán compulsivo e ilimitado que el respaldo otorgado a la ocupación, el mismo afán destructivo completamente desbocado. 

¿De qué forma podemos reflexionar sobre la relación entre estos dos procesos? Las siguientes páginas se vuelcan sobre esa pregunta, aunque apenas logran rozar su superficie. No hay aquí una investigación exhaustiva. El texto busca abordar Palestina como un microcosmos de procesos más amplios, centrándose en un momento histórico acontecido en 1840 que, en mi opinión, tiene una importancia particular. Sin embargo, la historia de aquellos eventos sólo se relata de manera breve. Existen abundantes fuentes primarias y secundarias –en especial en árabe– que habría que explorar para que surja un panorama más acabado. El trabajo en otros proyectos me ha impedido ofrecer algo más que un relato aproximado (y ligeramente referenciado). El texto se publicó por primera vez en el blog de Verso –a la presente edición se le aplicaron tan sólo cambios mínimos – y provocó algunas objeciones, no sobre la narrativa histórica, sino sobre las posiciones expuestas en torno a la resistencia palestina y el lobby israelí. Al texto principal le siguen mis réplicas a dichas objeciones. La primera, sobre la resistencia, también se publicó en el blog de Verso y ha sido ligeramente ampliada; la segunda, sobre el lobby, aparece aquí por primera vez.

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París, 25 de julio de 2024





Publicado por LOM Ediciones, 2025


Fotografía original de Sergi Alcàzar 






[1] Oficina de Prensa de Gobierno, Franja de Gaza, actualización estadística, 17 de Julio de 2024, Middle East Observer.

[2] Frantz Fanon, The Wretched of the Earth (Broadway: Grove, 2004 [1963]), 17.

[3] Kevin Liptak, «Biden Says He Will Stop Sending Bombs and Artillery Shells to Israel if it Launches Major Invasion of Rafah», CNN, 9 de mayo de 2024.     

[4] Carlo Martuscelli, «Biden Warns of “Red Line” for Israel over Gaza», Político, 10 de marzo de 2024.

[5] Stephen Collinson, «Biden’s Rafah Warning SendsImmediate Shockwaves through US and Global Politics», CNN, 9 de mayo de 2024.

[6] The Mayor of Rafah, Dr Ahmed Al-Sufi, 24 de julio de 2024, Middle East Observer.

[7] «We’re Protecting You: Full Text of Netanyahu’s Address to Congress», Times of Israel, 25 de julio de 2024; Jacob Magid, «Netanyahu Checked All the Boxes on His US Trip – Except One», Times of Israel, 28 de julio de 2024.

[8] Oliver Milman y Nina Lakhani, «Revealed: Wealthy Western Countries Lead in Global Oil and Gas Expansion», Guardian, 24 de julio de 2024.











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