En el centro del valle
el desolado Templo
junto a la Montaña del Dolor.
Volvemos a casa desde el otro lado del río.
Solos caminamos entre los árboles
pero descubro en la caricia del viento helado
a mi pequeña hija disfrutando el sendero
delante de nosotros.
Me recuerda una lúdica pintura llamada
La gata blanca de la venganza,
cómo dormía con su cara junto a mí
o se hundía feliz entre los brazos de su madre.
Atardece
y como el sol
su fantasma se pierde allá lejos en el mar.
No hay barca para nosotros.
En el Templo
su hermana duerme el sueño de las flores.
Cae la luna sobre nuestras miradas.
El frío del invierno no rebasa el vacío
que cargamos en el cuerpo.
Así como las aguas no
pueden volver a las nieves,
nunca podrá ella volver a nuestra tierra.
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