miércoles, mayo 15, 2013

"La noche de San Jorge", de Lorenzo Peirano





No falta mucho para que dejemos este pueblo
(el pueblo de nuestros padres, de nuestras madres); caserío y voces
juzgando apenas anochece; aunque es grato su pequeño cementerio:
aquel saludar interminable. Los veranos en la memoria, los veranos
que recién han transcurrido; brasas en la cara a las cuatro de la tarde
y cigarras que distraen, que invaden la lectura.
No falta mucho para que nosotros, los que no tuvimos un pueblo
(a pesar de nuestra sangre, nos sienten extranjeros), abandonemos
el valle, la tierra trabajada o la distancia. Sólo nos importan los detalles,
el vidrio empañado tras el cual se adivina una muchacha, la conversación,
un tintinear de espuelas, los fardos, la bodega,
el alacrán cerca del pie
                                          descalzo de la infancia.


                            *


Nosotros, los que no tuvimos un pueblo,
estamos sentados a la mesa, y alguien nos sonríe.
Es un hombre delgado, de estatura media.
Nos sonríe y nos pregunta por Rolando, por Álvaro, por Gabriel,
por su hermano Iván, por el silencio de Mauricio.
¿Qué decirle? El otoño pronuncia versos sueltos.
¿Qué decirle? Conocemos esos nombres.

Yo escucho hablar a mi amigo,
escucho su voz inocente en la paz
perdida de una casa.
No puedo decir nada, no puedo mover
mis manos y él no me ve, todavía

              no me ve.

Yo escucho aquella voz cercana
y hace diez años ausente de las cosas.
¿Qué día es hoy?
Un dragón cae vencido en las tinieblas;
una noche demasiado triste

              se resigna.


                            *


El don, obsequio de un viento dividido,
rompe la bolsa del dinero y te hace hablar
                                                                              sólo de ti mismo.
Recuerdas al amigo,
tienes presente la noche de su velatorio, la noche de San Jorge.
Pero marchas con otros seres; desde la muerte
partes a la vida (aunque debes regresar).

El último paseo: piedras verdes en el estero claro;
saltamontes bajo el sol, sobre las hojas caídas del venturoso otoño.

El último paseo: álamos y tiempo. La complicidad de las personas buenas.

Concluyes: Verdaderamente, querido amigo,
                    hoy día nos entenderíamos mejor.

Y sigues:
Usted yacía lejos, ausente,
en aquel campo de canales secos,
en un recinto que no puedo imaginar.


La gran sombra de los cerros en la noche de San Jorge.


                            *


“La noche era un trozo de carbón a punto de arder.”
Me rompe el alma una casa lejana allá en Santiago;
el vaso de vino y la queda conversación
sobre tangos, libros y la dura tarea de vivir.
A un poeta no se le puede hacer daño, usted me aseguraba.
Usted, acorralado por momentos insufribles,
indulgente y sabio. Notable desde la memoria y el paisaje.

A veces, quienes le conocimos, nos referimos a sus poemas,
a su vida; lo intentamos.
A veces hablamos demasiado. Usted sonreiría.

Escribo en verso después de recorrer un campo desde cuya tierra
            brota sangre,
sangre y luz en la atmósfera invadida por innombrables pájaros nocturnos.

Cuántas veces le hablé de este lugar.
En las calles musgosas del invierno de Santiago, cuántas veces le hablé de
            este lugar;
y usted partía a las tierras de La Ligua, áridas y misteriosas voces;
            las muchachas
de sus sueños. Usted se despedía para pronto volver en aquellos días entrañables.

Hay algo que decir cuando el campo, al atardecer,
              hace un “recuerdo de la muerte”.









en Quisiera haber dicho, 2010













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