–De joven yo era muy tímida, hasta el punto que
resultaba doloroso. En el colegio, cuando tenía que salir de mi habitación para
ir a clase, me ponía literalmente enferma. La sola idea de tener que estar con
gente, o de que me vieran, de hablar con ellos, me desesperaba. Creo que por
eso tuve todos aquellos eczemas y manchas en la piel. Era debido a los nervios.
Si estaba enferma podía quedarme a solas, envuelta en vendas. De ese modo la
gente me dejaba en paz.
–¿Y no te sentías muy sola?
–No mucho. Me gustaba leer, escuchar la radio e
imaginar cosas. No necesitaba dormir para entrar en otro mundo donde no tuviese
miedo de conocer gente, de que me miraran y opinaran sobre mí. Vendada de
aquella manera me sentía mejor, más segura. Las vendas eran mi escudo, mi
protección.
–El Príncipe Valiente tiene un escudo.
–Me gusta esta canción, Roy. Escucha, subiré el
volumen; es Dean Martin cantando Ain't
Love a Kick in the Head. Parece que canta muy relajado, como si se
estuviera duchando. Siempre tuve la sensación de que en realidad Dean Martin
era tímido, como yo, que aparentaba ese estilo tan seguro y relajado sólo para
disimular sus verdaderos sentimientos. Ése era su escudo.
–¿Todavía estamos en Indiana?
–Sí, Roy. Pronto llegaremos a Indianápolis. Esta noche
dormiremos allí.
–Indiana no se acaba nunca.
–A veces da esa impresión. Mira por la ventana. A lo
mejor ves un granjero.
–Mamá, ¿en Indiana todavía hay indios?
–Creo que no, hijo. Se fueron todos.
–Entonces ¿por qué lo siguen llamando Indiana, si ya no
quedan indios?
–Pues, porque antes los había. Por todo el país había
indios, de muchas tribus diferentes.
–Los indios montaban a caballo; no tenían automóviles.
–Algunos tuvieron automóvil después.
–¿Después de qué?
–De que viniera gente de Europa.
–¿Trajeron los automóviles de Europa?
–Sí, pero aquí también se fabricaban. Los indios
compraban automóviles americanos, como cualquier ciudadano del país.
–Aquí no hay tantos caballos como en Florida.
–Es posible que no.
–Mamá.
–¿Qué, Roy?
–Tú todavía te pones muchas vendas, algunas veces.
–Cuando tengo un ataque de eczema, para tapar la pomada
que me pongo en las llagas y no dejarlo todo pringado.
–¿No quieres que nadie vea las llagas?
–Una vez, poco después de casarme con tu padre, tuve un
ataque tan fuerte que la piel se me puso roja y negra y tuve que estar un mes
entero en el hospital. Las llagas me sangraban. La piel de los brazos, las
manos y la cara apestaba debajo de las vendas. No podía lavarme y olía fatal.
Cuando las enfermeras me cambiaban las vendas, el olor me daba ganas de
vomitar. Un día, tu tío Bruno, el hermano de tu papá, estuvo presente cuando
las enfermeras me quitaron el vendaje. Bruno dudaba que yo estuviera enferma,
no sé por qué, pero quería verlo con sus propios ojos. A tu padre le estaba costando
mucho dinero cuidar de mí, tenerme ingresada en una clínica privada. Cuando me
retiraron las vendas, Bruno se quedó de piedra. No pudo resistir el olor ni la
visión de mi piel, y salió corriendo de la habitación. Supongo que le
preocupaba el dinero que tu padre estaba gastando por mi culpa. Debía pensar
que yo me hacía la enferma. Después de aquello, Bruno le dijo a tu papá: «Antes
Kitty era muy guapa. ¿Qué le ha pasado?».
–Pero si tú eres guapa, mamá.
–En ese tiempo no, hijo, cuando estaba enferma no era guapa.
Tenía muy mal aspecto. Pero Bruno supo que yo no fingía. Grité cuando la
enfermera me arrancaba las vendas, la piel se me iba con ellas. Bruno me oyó
gritar. Quería que tu padre se deshiciera de mí, le causaba demasiados
problemas.
–¿Y papá quería deshacerse de ti?
–No, hijo… nos separamos por otros motivos.
–¿Yo fui uno de esos motivos?
–No, cariño, claro que no. Tu padre te quiere más que a
nada en el mundo, igual que yo. No pienses en eso. El conflicto entre tu papá y
yo no tuvo nada que ver contigo. En realidad, tú eres lo más precioso que
tenemos, él y yo.
–¿Cuándo llegaremos a Chicago?
–Mañana por la tarde.
–¿Dónde nos hospedaremos? ¿En casa de la abuelita?
–No, hijo, nos quedaremos en el hotel, como la última
vez. ¿Recuerdas cuánto te gustó el helado de chocolate que sirven en el
restaurante del hotel?
–Uy, sí... ¿Podremos desayunar en ese reservado grande
que hay junto a la ventana?
–Claro, hijo.
–¿Puedo desayunar helado de chocolate?
–Pero sólo una vez, ¿está bien?
–Está bien, mamá...
–¿Qué?
–¿Yo tengo nervios?
–¿Qué quieres decir? Todo el mundo los tiene.
–Quiero decir, ¿alguna vez tendrán que vendarme de arriba
abajo por culpa de los nervios?
–No, Roy. Tú no eres nervioso como yo de joven. Todavía
me ocurre a veces, sólo que no tanto como entonces. A ti no te pasará nunca. No
te preocupes.
–Te quiero, mamá. Ojalá no tengas llagas nunca más y no
tengan que vendarte de arriba abajo.
–Eso espero yo también. Y recuerda, hijo, te quiero más
que a nada en el mundo.
en Wyoming, 2002
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