sábado, diciembre 31, 2011

"Si alguna vez", de Jorge Teillier




Si alguna vez
mi voz deja de escucharse
piensen que el bosque habla por mí
con su lenguaje de raíces.





en En el mudo corazón del bosque, 1997










viernes, diciembre 30, 2011

“La pesadilla del matemático”, de Bertrand Russell






La visión del profesor Squarepunt
Explicación preliminar



Mi recordado amigo el profesor Squarepunt, el eminente matemático, fue durante toda su vida amigo y admirador de sir Arthur Eddington. Sin embargo, existía un punto en las teorías de sir Arthur que siempre turbaba al profesor Squarepunt, y era aquel el poder místico, cósmico, que sir Arthur confería al número 137. Si las propiedades que a dicho número se le suponían hubieran sido meramente aritméticas, no habría surgido dificultad alguna. Pero era, sobre todo en física, donde el 137 mostraba toda su virtualidad, la cual no era desemejante a la atribuida al número 666. Resulta evidente que las conversaciones con sir Arthur influyeron en la pesadilla del profesor Squarepunt.

El matemático, agotado por un día completo de estudio de las teorías de Pitágoras, se durmió finalmente en un sillón, donde un singular drama visitó sus dormidos pensamientos. Los números, en este drama, no eran las inermes categorías que él había considerado previamente, sino seres vivos, con aliento, dotados de todas las pasiones que estaba acostumbrado a comprobar en sus colegas, los matemáticos. En su sueño, se hallaba él en pie en el centro de una infinidad de círculos concéntricos. El primer círculo contenía los números del 1 al 10; el segundo, del 11 al 100; el tercero, del 101 al 1.000, y así sucesivamente, sin límite alguno, sobre la superficie infinita de una llanura sin confines. Los números impares eran varones, los pares hembras. Junto a él, en el centro, se hallaba Pi, el maestro de ceremonias. El rostro de Pi estaba enmascarado, pues era sabido que nadie podía mirarlo y sobrevivir; pero ojos penetrantes miraban a través del antifaz, inexorables, fríos y enigmáticos. Cada número tenía su nombre claramente señalado sobre su uniforme. Las diferentes clases de números tenían diferentes uniformes y diferentes formas: los cuadrados eran tejas, los cubos eran dados, los números redondos eran bolas, los primos indivisibles cilindros, y los números perfectos llevaban corona. Además de la diferencia de formas, los números eran también diferentes en cuanto a color. Los siete primeros círculos concéntricos poseían los siete colores del arco iris, excepto los formados por el 10, 100, 1.000, y así sucesivamente, que eran blancos, mientras el 13 y el 666 eran negros. Cuando un número pertenecía a dos de estas categorías —por ejemplo si, como el 1.000, era a la vez número redondo y cubo— llevaba un uniforme más honroso, y los más honorables eran los más escasos entre el primer millón de números.

Los números bailaban alrededor del profesor Squarepunt y de Pi un vasto y complicado ballet. Los cuadrados, los cubos, los primos, los números piramidales, los números perfectos y los redondos, se agitaban, entretejiendo cadenas, en una danza infinita y abrumadora; y mientras bailaban entonaban una oda a su propia grandeza:

Somos los números finitos.
Somos la materia del mundo.
Cualquier confusión que aflija a la Tierra
por nosotros es resuelta.
Reverenciamos a nuestro maestro Pitágoras
y profundamente despreciamos a las brujas y a los asnos.
Ni la bruja de Endor, ni al monte de Balaam
reconocemos como fuentes de sabiduría.
Mas, circularmente, en inacabable ballet
nos movemos, como cometas vistos por Halley.
Y honrados por el inmortal Platón
no creemos en la grandeza posterior de ningún mortal
Seguimos las leyes
sin una pausa,
pues somos los números finitos.


A una señal de Pi cesó el ballet, y, uno por uno, los números fueron presentados al profesor Squarepunt. Cada uno hizo un breve discurso, explicando sus méritos peculiares.

1: Soy el padre de todos, el padre de infinita progenie. Ninguno existiría sin mí.
2: No te estires tanto. Sabes que se necesitan dos para hacer más.
3: Soy el número de los triunviros, de los sabios orientales, de las estrellas del cinturón de Orión, de los Hados y de las Gracias.
4: Pero sin mí nada tendría cuatro esquinas; en el mundo no habría honestidad. Soy el guardián de la Ley Moral.
5: Soy el número de los dedos de una mano. Hago pentágonos y pentagramas. Sin mí, el dodecaedro no podría existir, y, como sabe todo el mundo, el universo es un dodecaedro. Así, sin mí, no habría universo.
6: Soy el número perfecto. Sé que tengo rivales advenedizos: el veintiocho y el cuatrocientos noventa y seis pretenden a veces ser iguales a mí. Pero están situados demasiado abajo en la escala jerárquica para contar contra mí.
7: Soy el número sagrado: el número de los días de la semana, el número de las Pléyades, el número de los candelabros de siete brazos, el número de las iglesias de Asia y el número de los planetas, pues no reconozco a ese blasfemo de Galileo.
8: Soy el primero de los cubos, exceptuado el pobre viejo Uno, que hoy día ya no se usa.
9: Soy el número de las musas. Todos los encantos y refinamientos de la vida dependen de mí.
10: Bien está, miserables unidades, que alardeéis; pero soy el dios-padre de las infinitas mesnadas que me siguen. Toda unidad me debe su nombre, y sin mí reinaría el desorden en vez de una estricta jerarquía.
En este momento el matemático, aburrido, se volvió hacia Pi y le dijo:
—¿No cree usted que el resto de las presentaciones deberían darse como efectuadas?
Ante esto, se elevó un griterío general:
11: Sí, yo he sido el número de los apóstoles, después de la defección de Judas.
12, que exclamó:
—Fui el dios-padre de los números en tiempo de los babilonios, y fui un dios-padre superior a ese miserable Diez, que debe su posición a un accidente biológico antes que a excelencia aritmética.
13: Soy el señor de la adversidad. Si se muestra grosero conmigo, le pesará.

Se elevó tal alboroto que el matemático se tapó los oídos con las manos y dirigió una implorante mirada en dirección a Pi. Éste agitó su vara de mando y gritó con voz de trueno:

—¡Silencio!, u os trocaréis en números inconmensurables.

Todos se pusieron lívidos y se sometieron.

Mientras duró el ballet, el profesor había estado observando un número, entre los primos, el 137, que parecía indómito y remiso a aceptar su sitio dentro de la serie. Repetidamente, intentó colocarse delante del 1, del 2 y del 3, haciendo gala de una agresividad que amenazaba destruir la armonía del ballet. Lo que pasmó al profesor Squarepunt aún más que esta desordenada conducta fue la aparición del confuso espectro de un caballero de Arturo, el cual insistía murmurando al oído del 137:

—¡Vamos, ve! ¡Ponte a la cabeza!

Si bien los nebulosos rasgos del espectro hacían difícil la identificación, el profesor reconoció al fin la oscura figura de su amigo sir Arthur. Esto le hizo simpatizar con el 137, pese a la hostilidad de Pi, que trataba de reducir al rebelde número primo.

Por fin, el 137 exclamó:

—Es una maldición el exceso de burocracia que hay aquí. Lo que yo deseo es la libertad para el individuo.

La máscara de Pi contrajo el entrecejo, pero el profesor intercedió diciendo:

—No sea demasiado severo con él. ¿No ha observado que está regido por un Familiar? Conocí en vida a este Familiar y, por lo que veo, puedo garantizar que es él quien inspira los sentimientos antigubernamentales del Ciento Treinta y Siete. En cuanto a mí, me gustaría oír lo que el Ciento Treinta y Siete tenga que decir.

Un tanto recelosamente, Pi dio su consentimiento. El profesor Squarepunt dijo:

—Dime, Ciento Treinta y Siete: ¿cuál es el motivo de tu rebelión? ¿Es una protesta contra la desigualdad lo que te inspira o simplemente que tu ego se ha desbordado por las alabanzas de sir Arthur? ¿O se trata, como intuyo a medias, de una profunda repulsa ideológica de la metafísica que tus colegas han absorbido de Platón? No temas decirme la verdad. Haré de intermediario con Pi, acerca de quien sé tanto, por lo menos, como él de sí mismo.

Ante éstas, el 137 prorrumpió en vehemente discurso:

—¡Tiene usted razón! Es su metafísica lo que no puedo soportar. Pretenden aún ser eternos cuando su propia conducta muestra que no creen en tal cosa. Todos nosotros encontrábamos triste el cielo de Platón y decidimos que gobernar el mundo sensible sería mucho más interesante. Desde que bajamos del Empíreo hemos sentido emociones semejantes a las vuestras: Cada número impar ama a su correspondiente número par, y cada uno de éstos se comporta con afecto hacia los impares, pese a encontrarlos muy extraños. [1]

Nuestro imperio, ahora, es de este mundo, cuya suerte será también nuestra suerte.

El profesor se halló de completo acuerdo con el 137, pero todos los demás, incluyendo a Pi, le consideraron un blasfemo, y se abalanzaron sobre ambos, número y profesor. La infinita hueste, que se extendía en todas direcciones más allá de lo que la vista podía alcanzar, se precipitó también sobre el profesor, con un furioso zumbido. Por un momento se sintió aterrorizado, pero después se recobró, y reuniendo súbitamente su reanimada sabiduría, gritó con voces estentóreas:

—¡Atrás! ¡No sois más que convivencias simbólicas!

Con un lamento de premonición y muerte, el conjunto de la vasta hueste se disipó en la niebla. Al despertarse, el profesor se oyó a sí mismo las siguientes palabras:

—¡Y otro tanto digo de Platón!





Nota

[1] Juego de palabras intraducible. Odd, impar en inglés, significa también raro, extraño. (N. del T.)






en Pesadillas de personas eminentes, 1954
















jueves, diciembre 29, 2011

"Por qué escribo", de George Orwell

Fragmento contenido en El león y el unicornio y otros ensayos



Dejando a un lado la necesidad de ganarse la vida, creo que son cuatro los grandes motivos que hay para escribir, al menos prosa. Existen los cuatro en distintos grados en cada escritor, y en cualquier escritor varía la porción según el momento en que se halle y el ambiente en que viva. Son los siguientes:

1. Egoísmo puro y duro. Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse de los adultos que abusaron de uno en su niñez, etc., etc. Es una falsedad fingir que éste no es un motivo, porque además es de los más potentes. Los escritores tienen en común esta característica con los científicos, los artistas, los políticos, los abogados, los soldados, los empresarios de éxito, esto es, con lo más granado del género humano. La gran mayoría de los seres humanos no tiene un egoísmo agudo. Pasados los treinta, renuncian a la ambición individual –en muchos casos, abandonan casi del todo la idea de ser individuos- y viven sobre todo para los demás, o bien quedan aplastados por el tedio y la monotonía. Pero hay además una minoría de personas dotadas, voluntariosas, obstinadas incluso, decididas a vivir su propia vida hasta el final, y a esta clase pertenecen los escritores. Los escritores serios, debiera decir, son en conjunto más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque el dinero les interesa menos.

2. Entusiasmo estético. La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y su adecuada disposición. El placer ante el impacto de un sonido u otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno considera de gran valor, que entiende que no debe perderse nadie. El motivo estético es muy feble en muchos escritores, pero incluso el panfletista o el autor de manuales tendrán palabras y expresiones predilectas, las que le atraen por motivos en modo alguno utilitario. Puede tener también inclinación hacia la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Por encima del nivel de una guía ferroviaria, ningún libro es del todo ajeno a las consideraciones estéticas.

3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son, de cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad.

4. Propósito político. Empleo la palabra “político” en el sentido más amplio que sea posible. Es el deseo de propiciar que el mundo avance en una dirección determinada, de alterar la idea que puedan tener los demás sobre la clase de sociedad a la que conviene aspirar. No hay un solo libro que sea ajeno al sesgo político. La opinión de que el arte nada tiene que ver con la política, ni debe tener nada que ver, es en sí misma una actitud política.

Bien se ve que estos impulsos diversos han de estar en guerra unos con los otros, y cómo han de fluctuar de una persona a otra, de una época a otra. Por naturaleza -tomando por “naturaleza” el estado que uno alcanza cuando se hace adulto-, soy una persona en la cual los primeros tres motivos pesan mucho más que el último. En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros ornamentados o meramente descriptivos, y podría haber seguido siendo ajeno a mis lealtades políticas. Tal como son las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero pasé cinco años dedicado a una profesión totalmente inapropiada (la Policía Imperial de la India, en Birmania). Luego, experimenté la pobreza y el fracaso. Esto incrementó mi odio natural por la autoridad, y me llevó a tener conciencia plena de la existencia de la clase obrera. Mi trabajo en Birmania me había dado cierta comprensión de la naturaleza del imperialismo, pero esas experiencias no fueron suficientes para dotarme de una orientación política precisa. Llegaron entonces Hitler, la Guerra Civil española, etc.
Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 fue creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una rematada tontería, en una época como la nuestra, pensar siquiera que se puede evitar el escribir sobre tales asuntos. De un modo u otro, en la forma que sea, todos escribimos sobre ellos. Sólo es cuestión elegir bando y posición. Cuanto más consciente es uno de su sesgo político, mayores posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad intelectual.




 en Observer, 9 de mayo, 1948





miércoles, diciembre 28, 2011

“Final de año”, de Jorge Luis Borges







Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.



en Fervor de Buenos Aires, 1923










martes, diciembre 27, 2011

Carta de James Joyce a su esposa Nora Bernacle

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.
 

Querida mía:

Debería empezar por pedirte perdón, tal vez, por la extraordinaria carta que te escribí anoche. Mientras la estaba escribiendo tu carta yacía frente a mí y mis ojos estaban fijos, como lo están incluso ahora, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. El sonido de aquel también es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico. Querida, no te ofendas por lo que te he escrito. Me agradeces por el hermoso nombre que te di. Sí, querida, es un lindo nombre “¡Mi hermosa flor salvaje de los setos! ¡Mi azul y oscura flor empapada por la lluvia!”. Ya ves que aún me queda un poco de poeta. Te estoy dando también un adorable libro como regalo: y es un regalo de poeta para la mujer que ama. Pero, de lado a lado y dentro de este amor espiritual que tengo por ti hay además una bestia salvaje -como ansiosa por cada pulgada de tu cuerpo, por cada secreta y vergonzosa parte de él, por cada olor y acto de él. Mi amor por ti me permite rezar al espíritu de la belleza y ternura eterna reflejado en tus ojos o arrojarte bajo mío sobre aquel suave vientre tuyo y culiarte por atrás, como un cerdo monta una cerda, glorificando el terrible mal olor y sudor que sale de tu culo, glorificando la abierta forma de tu vestido dado vuelta y tus blancos calzones de niña y en la confusión de tus ruborizadas nalgas y enredado pelo. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor ante cualquier palabra leve, temblar de amor por ti ante el sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarse haciendo un sesenta y nueve contigo sintiendo tus dedos acariciando y haciéndole cosquillas a mis bolas o aferrándote a mí y tus labios calientes chupando mi verga mientras mi cabeza está encajada entre tus gordos muslos, mis manos agarrando firmes los redondos cojines de tu culo y mi lengua lamiendo vorazmente tu maloliente concha roja. Te he enseñado casi a desvanecerte al escuchar mi voz cantando o murmurando a tu alma la pasión y el dolor y el misterio de la vida y al mismo tiempo te he enseñado a hacerme señales indecentes con tus labios y lengua, para provocarme con toques y ruidos obscenos, e incluso a hacer en mi presencia el acto más vergonzoso e indecente del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te levantaste la ropa y me dejaste acostar abajo mirándote mientras lo hacías? Después te daba vergüenza incluso mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, mía! Te amo. Todo lo que he escrito arriba es sólo un momento o dos de locura brutal. La última gota de semen ha sido difícilmente rociada en tu concha antes que termine y mi verdadero amor por ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos por tus extraños y atractivos ojos, viene soplando sobre mi alma como un viento de especias. Mi verga está todavía caliente y dura y temblorosa de la última brutal embestida que te ha dado cuando un tenue himno se escucha creciendo en una tierna y lastimera adoración hacia ti desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel amada, mi pícara colegiala de ojos dulces, se mi puta, mi amante, tanto como quieras (¡Mi pequeña y puta amante! ¡Mi pequeña puta de mierda!). Siempre eres mi hermosa flor salvaje de los setos, mi azul y oscura flor empapada por la lluvia.



Jim








I ought to begin by begging your pardon, perhaps, for the extraordinary letter I wrote you last night. While I was writing it your letter was lying in front of me and my eyes were fixed, as they are even now, on a certain word of it. There is something obscene and lecherous in the very look of the letters. The sound of it too is like the act itself, brief, brutal, irresistible and devilish. Darling, do not be offended at what I wrote. You thank me for the beautiful name I gave you. Yes, dear, it is a nice name ‘My beautiful wild flower of the hedges! My dark-blue, rain-drenched flower!’. You see I am a little of the poet still. I am giving you a lovely book for a present too: and it is a poet’s present for the woman he loves. But, side by side and inside this spiritual love I have for you there is also a wild beast-like craving for every inch of your body, for every secret and shameful part of it, for every odour and act of it. My love for you allows me to pray to the spirit of eternal beauty and tenderness mirrored in your eyes or fling you down under me on that softy belly of yours and fuck you up behind, like a hog riding a sow, glorying in the very stink and sweat that rises from your arse, glorying in the open shape of your upturned dress and white girlish drawers and in the confusion of your flushed cheeks and tangled hair. It allows me to burst into tears of pity and love at some slight word, to tremble with love for you at the sounding of some chord or cadence of music or to lie heads and tails with you feeling your fingers fondling and tickling my ballocks or stuck up in me behind and your hot lips sucking off my cock while my head is wedged in between your fat thighs, my hands clutching the round cushions of your bum and my tongue licking ravenously up your rank red cunt. I have taught you almost to swoon at the hearing of my voice singing or murmuring to your soul the passion and sorrow and mystery of life and at the same time have taught you to make filthy signs to me with your lips and tongue, to provoke me by obscene touches and noises, and even to do in my presence the most shameful and filthy act of the body. You remember the day you pulled up your clothes and let me lie under you looking up at you while you did it? Then you were ashamed even to meet my eyes. // You are mine, darling, mine! I love you. All I have written above is only a moment or two of brutal madness. The last drop of seed has hardly been squirted up your cunt before it is over and my true love for you, the love of my verses, the love of my eyes for your strange luring eyes, comes blowing over my soul like a wind of spices. My prick is still hot and stiff and quivering from the last brutal drive it has given you when a faint hymn is heard rising in tender pitiful worship of you from the dim cloisters of my heart. // Nora, my faithful darling, my seet-eyed blackguard schoolgirl, be my whore, my mistress, as much as you like (my little frigging mistress! My little fucking whore!) you are always my beautiful wild flower of the hedges, my dark-blue rain-drenched flower. 










lunes, diciembre 26, 2011

"Despidiéndose de una dama porque amanecía", de Lope de Vega






Soneto 26


En el sereno campo de los cielos
entraba el sol, pisando las estrellas
sus caballos flamígeros, y dellas
limpiando el manto de color de celos.

Ya cuanto vive en últimos desvelos
pasaba de su sueño a sus querellas;
sale la abeja entre las flores bellas,
las aves por el aire esparcen vuelos.

Vase en el mundo dilatando el día
en cercos de oro y arreboles rojos,
y en las hojas las perlas del rocío;

mas cuando tan hermoso el sol salía,
anocheció para mis tristes ojos,
porque, como él salió, se puso el mío.



en Rimas, 1609








domingo, diciembre 25, 2011

"Fantasmas de Navidad", de Charles Dickens

Fragmento de "Un árbol de Navidad"




Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deberíamos hacerlo.

Deberíamos volver a casa en vacaciones, cuanto más largas mejor, desde el internado en el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritméticas, para así descansar. Viajamos hasta casa a través de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas chispeantes; y así hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos, con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen más grandes tras las ventanas, y las filas de árboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el día, a intervalos, una liebre asustada ha salido corriendo a través de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo distante de un rebaño de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado también, por un minuto, con el silencio. Si pudiéramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos, brillarían ahora como las gotas heladas de rocío sobre las hojas; pero están inmóviles, y todo está callado. Y así, las luces se van haciendo más grandes, y los árboles se apartan hacia atrás ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra espalda, como impidiéndonos la retirada, y llegamos a la casa.

Probablemente huele todo el tiempo a castañas asadas y otras cosas buenas y reconfortantes, pues estamos contando historias de Navidad, historias de fantasmas, o más vergonzosas para nosotros, alrededor del fuego de Navidad, y no nos hemos movido salvo para acercarnos un poco más a él. Pero dejemos eso.

Llegamos a la casa y es una casa antigua, repleta de grandes chimeneas en las que la leña arde en el hogar sobre viejas tenazas, y retratos horrendos (algunos de ellos con leyendas también horrendas) miran con saña y desconfianza desde el entablado de roble de las paredes. Somos un noble de edad mediana y damos una generosa cena con nuestro anfitrión y anfitriona y sus invitados, es Navidad y la vieja casa está llena de invitados, y después nos vamos a la cama. Nuestra habitación es muy antigua. Está recubierta de tapices. No nos gusta el retrato de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con una enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras también grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que tenía el barón en el parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos importa. ¡Todo bien! Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos sentamos delante del fuego vestido: con el camisón, meditando en muchas cosas.

Finalmente, nos metemos en la cama.  No podemos dormir. Damos vueltas y más vueltas, pero no podemos dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y dan a la habitación un aspecto fantasmal. No podemos evitar escudriñar, por encima del cobertor, las dos figuras negras y el caballero... ese caballero vestido de verde y de apariencia perversa. Con la luz parpadeante dan la impresión de avanza y retroceder: lo cual, a pesar de que no seamos en absoluto un noble supersticioso, no resulta agradable.  Nos ponemos nerviosos... más y más nerviosos. Decimos: «esto es una verdadera estupidez, pero no podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien».

 Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra una mujer joven, de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza hasta la chimenea, y se sienta en la silla que hemos dejado allí, frotándose las manos. Nos damos cuenta entonces de que su ropa está húmeda. La lengua se nos pega al velo del paladar y no somos capaces de hablar, pero la observamos con precisión. Su ropa está húmeda, su largo cabello está salpicado de barro húmedo, va vestida según la moda de hace doscientos años, y lleva en su ceñidor un
manojo de llaves oxidadas.  Se sienta allí y ni siquiera podemos desmayarnos del estado en el que no encontramos. Entonces ella se levanta y prueba todas las cerraduras de la habitación con las llaves oxidadas, sin que encuentre ninguna que vaya bien; después fija la mirada en el retrato del caballero vestido de verde y con una voz baja y terrible exclama: «¡El hombre lo sabe!» Después se vuelve a frotar las manos, pasa junto al borde de la cama y sale por la puerta. Nos apresuramos a ponernos la bata, cogemos las pistolas (siempre viajamos con ellas) y la seguimos, pero encontramos la puerta cerrada. Damos la vuelta a la llave, miramos en el pasillo oscuro y no hay nadie. Lo recorremos tratando de encontrar a nuestro criado. No es posible.

Recorremos el pasillo hasta que despunta el día y luego regresamos a nuestra habitación vacía, caemos dormidos y nos despierta nuestro criado (nunca hay nada que le hechice a él) y el sol brillante.  Tomamos un desayuno terrible y todos dicen que tenemos un aspecto extraño. Después del desayuno paseamos por la casa con nuestro anfitrión, y le conducimos hasta el retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Se comportó con falsedad con una joven ama de llaves unida en otro tiempo a esa familia, y famosa por su belleza, que se ahogó en un lago y cuyo cuerpo fue descubierto al cabo de mucho tiempo porque los ciervos se negaban a beber el agua. Desde entonces se ha dicho entre susurros que ella atraviesa la casa a medianoche (pero que va especialmente a esa habitación, en donde acostumbraba a dormir el caballero vestido de verde) probando las viejas cerraduras con las llaves oxidadas. ¡Bien! Le contamos a nuestro anfitrión lo que hemos visto, y una sombra cubre sus rasgos tras lo que nos suplica que guardemos silencio; y así se hace. Pero todo es cierto; y lo contamos, antes de morir (ahora estamos muertos) a muchas personas responsables.

Es infinito el número de casas antiguas con galerías resonantes, dormitorios lúgubres y alas encantadas cerradas durante muchos años, por las cuales podemos pasear, con un agradable hormigueo subiéndonos por la espalda y encontrarnos algunos fantasmas, pero quizá sea digno de mención afirmar que se reducen a muy pocos tipos y clases generales; pues los fantasmas tienen poca originalidad y «caminan» por caminos trillados. Sucede, por ejemplo, que en una determinada habitación de un cierto salón antiguo en donde se suicidó un malvado lord, barón, o caballero, hay en el suelo algunas tablas de las que no se puede borrar la sangre. Raspas y raspas, como el actual dueño ha hecho, o cepillas y cepillas; como hizo su padre, o friegas y friegas, como hizo su abuelo, o quemas y quemas con ácidos fuertes, como hizo el bisabuelo, pero la sangre seguirá estando allí, ni más roja ni más pálida, ni en mayor ni en menor cantidad;
siempre igual. En otra de esas casas hay una puerta encantada que nunca se abrirá; u otra que nunca se cerrará; o un sonido de una rueda de hilar, o un martillo, o unos pasos, o un grito, o un suspiro, un galope de caballos o el rechinar de unas cadenas. O hay un reloj que a medianoche da trece campanadas cuando va a morir el cabeza de familia, o un carruaje sombrío, negro e inmóvil que ve siempre en esos momentos alguien que aguardaba cerca de las amplias puertas del patio del establo. O sucede, como en el caso de Lady Mary, que fue a visitar una casa situada en los Highlands escoceses, y como estaba fatigada por su largo viaje se retiró pronto a la cama y a la mañana siguiente dijo con toda inocencia en la mesa del desayuno:
-¡Me resultó muy extraño que celebraran una fiesta a una hora tan tardía anoche en este remoto lugar y no me hablaran de ella antes de que me acostara!

Entonces todos preguntaron a Lady Mary lo que quería decir. Y ésta contestó:
-Bueno, anoche todo el tiempo oí carruajes que daban vueltas y más vueltas alrededor de la terraza, bajo mi ventana.

Entonces el dueño de la casa se puso pálido, lo mismo que su señora, y Charles Macdoodle de Macdoodle hizo señas a Lady Mary de que no dijera más, y todos guardaron silencio. Tras el desayuno, Charles Macdoodle le contó a Lady Mary que según una tradición de la familia era un presagio de muerte que los carruajes dieran vueltas por la terraza. Y así fue, pues dos meses más tarde moría la señora de la casa. Y Lady Mary, que era doncella de honor en la Corte, contó a menudo esta historia a la Reina Charlotte; y es por esto que el viejo rey decía siempre: «¿Cómo, cómo? ¿Qué, qué? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No existen, no existen!» Y no dejaba de decir esa frase hasta que se iba a la cama.

Y ahora bien, un amigo de alguien al que casi todos conocemos, cuando era un joven que estaba cursando estudios tenía un amigo especial con el que había hecho el pacto de que, si era posible que el espíritu retornara a esta tierra después de separarse del cuerpo, aquel de los dos que muriera primero se le aparecería al otro. Nuestro amigo se olvidó de ese pacto con el curso del tiempo; los dos jóvenes habían progresado en la vida, habían tomado camino; divergentes y se
habían separado. Pero una noche muchos años después, estando nuestro amigo en el norte de Inglaterra, y quedándose a pasar la noche en una posada de Yorkshire Moors, miró desde la cama hacia fuera; y allí, bajo la luz de la luna, apoyado en un buró cercano a la ventana, y mirándole fijamente, vio a su antiguo compañero de estudios. Cuando éste se dirigió con solemnidad hacia la aparición, ésta respondió en una especie de susurro pero bien audible:
-No te acerques a mí. Estoy muerto. He venido aquí para cumplir mi promesa. ¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos!

En ese momento empezó a volverse más pálido y se fundió, por así decirlo, con la luz de la luna, desapareciendo en ella.

O está el caso de la hija del primer ocupante de la pintoresca casa isabelina, tan famosa en nuestra vecindad. ¿Ha oído hablar de ella? ¿No? Bueno, la hija salió una noche de verano en el momento del crepúsculo; era una joven muy hermosa, de diecisiete años de edad, y se disponía a coger flores del jardín: pero de pronto llegó corriendo, aterrada, hasta el salón donde estaba su padre, a quien le dijo:
-¡Ay, querido padre, me he encontrado conmigo misma!

Él la cogió en sus brazos y le dijo que todo era una fantasía, pero ella replicó:
-¡Oh, no! Me encontré conmigo en el camino ancho, y yo estaba pálida, y recogía flores marchitas, y giraba la cabeza y las levantaba!

Y aquella noche murió la joven; y se empezó a hacer un cuadro con su historia, pero no se terminó nunca, y dicen que ha estado hasta hoy en algún lugar de la casa, con el rostro vuelto hacia la pared.

O la historia del tío de la esposa de mi hermano, que volvía a casa cabalgando al atardecer de un hermoso día y en una calle arbolada cercana a su casa vio a un hombre de pie ante él en el centro mismo de la estrecha calzada.

«¿Qué hace ese hombre del manto ahí parado?», pensó. «¿Quiere que pase con el caballo por encima de él?»

Pero la figura no se movió. Al verlo tan quieto tuvo una sensación extraña, pero siguió avanzando, aunque aflojando el trote. Cuando estuvo tan cerca que llegó a tocarlo casi con el estribo el caballo se asustó y la figura se deslizó hacia arriba, hasta la acera, de una manera curiosa y nada natural: hacia atrás, sin que pareciera utilizar los pies, hasta que desapareció. El tío de la esposa de mi hermano exclamó:
-¡Por el Dios de los cielos! ¡Si es mi primo Harry, el de Bombay!

Espoleó el caballo, que de pronto se había puesto a sudar profusamente, y extrañándose de tan rara conducta dio la vuelta para dirigirse hacia la fachada de su casa. Cuando llegó allí vio la misma figura, que pasaba en ese momento junto a la alargada ventana francesa de la sala de estar, en la planta baja. Le pasó las bridas a un criado y se dirigió presurosamente hacia la figura. Allí estaba sentada su hermana, a solas.

-Alice, ¿dónde está mi primo Harry?
-¿Tu primo Harry, John?
-Sí, el de Bombay. Acabo de encontrarme con él ahora en la avenida, y le vi entrar aquí hace un instante.

Pero nadie había visto a nadie; y tal como después se supo, en ese mismo instante moría en India aquel primo.

O está la historia de esa sensible y anciana dama soltera que murió a los noventa y nueve años de edad manteniendo sus facultades hasta el último momento y vio realmente al chico huérfano. Es una historia que a menudo se ha contado incorrectamente, pero de la que la verdad auténtica es ésta, lo sé porque en realidad es una historia de nuestra familia, y ella era amiga de la casa.

Cuando tenía unos cuarenta años de edad, y seguía poseyendo una hermosura poco común (su amado murió joven, razón por la cual ella nunca se casó, a pesar de tener numerosas ofertas), fijó su residencia en un lugar de Kent, que su hermano, un comerciante con India, había comprado recientemente.

Se contaba la historia de que en otro tiempo aquel lugar estuvo a cargo del tutor de un joven; que ese tutor sería el segundo heredero y que mató al muchacho con su tratamiento duro y cruel. Ella nada sabía de tales cosas. Se ha dicho que en el dormitorio de ella había una jaula en la que el tutor solía encerrar al muchacho. Es falso. Sólo había un gabinete. Ella se acostó, no hizo
llamada alguna durante la noche, pero por la mañana le dijo con toda tranquilidad a la doncella cuando ésta entró:
-¿Quién es ese guapo mocito de aspecto abandonado que estuvo mirando hacia fuera desde el gabinete toda la noche?

La doncella contestó lanzando un fuerte grito y echando a correr al instante. La dama se sorprendió de aquello, pero era una mujer de notable fuerza mental, por lo que se vistió ella sola, bajó las escaleras y acudió a reunirse con su hermano:
-Walter, toda la noche me ha estado inquietando un guapo mocito de aspecto abandonado que constantemente miraba hacia fuera desde el gabinete que hay en mi habitación, y que no puedo abrir. Ahí debe haber algún truco.
-Me temo que no, Charlotte -contestó el hermano-, pues es la leyenda de la casa. Es el huérfano. ¿Qué es lo que hizo?
-Abrió la puerta con suavidad y miró hacia fuera. A veces penetraba uno o dos pasos en la habitación. Entonces yo le llamaba, para animarle, y él se encogía, se estremecía y volvía a meterse de nuevo, cerrando la puerta.
-Charlotte, el gabinete no tiene comunicación con ninguna otra parte de la casa, y está cerrado con clavos.

Aquello era indudablemente cierto y dos carpinteros necesitaron una mañana entera para abrir la puerta y poder examinar el gabinete. Sólo entonces Charlotte quedó convencida de que había visto al huérfano. Pero lo terrible de la historia es que fue visto sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, todos los cuales murieron jóvenes. En cada ocasión, el niño enfermaba, regresaba a casa con fiebre, doce horas antes de la muerte, y le decía a su madre que había estado jugando bajo un cierto roble que había en un prado con un chico extraño, un chico de buen aspecto, pero que parecía abandonado, que era muy tímido y le hacía señas. A partir de esa experiencia fatal los padres llegaron a saber que se trataba del huérfano, y que el destino del niño al que había elegido como compañero de juegos estaba seguramente fijado.








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sábado, diciembre 24, 2011

“La Navidad de Entonces y la de Hoy”, de H. P. Blavatsky






Estamos alcanzando la época del año en que todo el mundo cristiano se está preparando para celebrar la más notable de sus solemnidades, el nacimiento del Fundador de su religión. Cuando este artículo llegue a sus suscriptores occidentales habrá festividad y regocijo en cada casa. En Europa Noroccidental y en Estados Unidos el acebo y la hiedra decorarán cada hogar y las iglesias estarán cubiertas con siemprevivas, una costumbre derivada de las antiguas prácticas de los druidas paganos “cuyos espíritus silvestres podían reunirse en las siemprevivas y permanecer intocados por la helada hasta una estación más templada”. En los países católicos romanos grandes multitudes se reúnen durante toda la tarde y la noche de la “Víspera de  Navidad” en las iglesias, saludan imágenes de cera del Divino Niño y de su Madre Virgen, en su atavío de “Reina del Cielo”. Para una mente analítica, este desafío de rico oro y encaje, bordado de perlas, satén,  terciopelo, y la cuna enjoyada, parecerá bastante paradójico. Cuando uno piensa en el pobre, carcomido, sucio pesebre de la posada en que, si damos crédito al Evangelio, el futuro “Redentor” fue colocado en su nacimiento por carecer de un refugio mejor, no podemos dejar de sospechar que, ante los ojos deslumbrados del sencillo devoto, el establo de Belén desaparece completamente. Para ponerlo en términos suaves, esta llamativa exhibición parece inapropiada de los sentimientos democráticos y el desprecio realmente divino por las riquezas del “Hijo del Hombre” quien no tenía “en donde apoyar su cabeza”. Se vuelve más difícil para el cristiano medio considerar la declaración explícita de que “es más fácil para un camello pasar a través del ojo de una aguja, que para un hombre rico entrar en el reino de los cielos”, como cualquier otra cosa que una amenaza retórica. La Iglesia Romana actuaba sabiamente al prohibir con severidad a sus feligreses leer o interpretar por sí mismos los Evangelios y dejando al Libro, imaginando que esto fuese posible, proclamar sus verdades en latín: “la voz que clama en el desierto”. En esto ha seguido a la sabiduría de las edades, la sabiduría de los antiguos arios quienes también son “justificados por sus niños”; pues, como ni el moderno devoto hindú entiende una palabra del sánscrito, ni el moderno parsi una sílaba del zend, así para el católico medio el latín no es más que jeroglíficos. El resultado es que los tres –el alto sacerdote brahmánico, el mobed zoroastriano, y el pontífice católico-, tienen ilimitadas oportunidades para desarrollar nuevos dogmas religiosos salidos de las profundidades de sus propias suposiciones, para beneficio de sus respectivas iglesias.

Para anunciar este gran día se hacen repicar alegremente las campanas a la medianoche, a través de Inglaterra y del continente. En Francia e Italia, después de la celebración de la Misa en iglesias magníficamente decoradas, “es habitual que los festejantes participen de una colación (réveillon) para que puedan soportar mejor la fatiga de la noche”, dice un libro que trata de los ceremoniales de la iglesia papista. Esta noche de ayuno cristiano recuerda a uno, el Sivarâtri, de los seguidores del dios Siva, el gran día de tristeza y ayuno, en el undécimo mes del año hindú. Solamente en este último la larga noche de vigilia es precedida y seguida por un estricto y rígido ayuno. Nada de réveillons ni compromisos para ellos. En verdad, ellos son los perversos “paganos” y por lo tanto su camino hacia la salvación debe ser diez veces más duro.

Aunque ahora es universalmente observado por las naciones cristianas como el aniversario del nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre no era originalmente aceptado como tal. De los más móviles entre los días festivos cristianos, durante las primeras centurias, la Navidad era frecuentemente confundida con la Epifanía, y celebrada en los meses de abril y mayo. Como nunca existió algún registro auténtico, o prueba de su identificación, tanto en la historia secular como en la eclesiástica, la selección de aquel día permaneció durante mucho tiempo siendo opcional, y fue solamente durante el cuarto siglo que, impulsado por Cirilo de Jerusalén, el Papa (Julio I) ordenó a los obispos que hicieran una investigación, y así es como finalmente se llegó a un cierto acuerdo sobre la fecha presumible de la natividad de Cristo. ¡Su opción recayó en el 25 de diciembre, y desde entonces se ha probado que ha sido la más desafortunada elección! Fue Dupuis, seguido por Volney, quienes asestaron los primeros golpes a este natalicio. Probaron que durante incalculables períodos antes de nuestra era, basados en datos astronómicos muy claros, casi todos los pueblos antiguos habían celebrado el nacimiento de sus dioses solares en ese mismo día. “Dupois dice que el signo celestial de la Virgen y el Niño existía desde varios millares de años antes del nacimiento de Cristo” –comenta Higgins en su Anacalypsis [1]. Como Dupois, Volney y Higgins pasaron todos a la posteridad como infieles y enemigos del Cristianismo, y bien podemos citar también, en esta relación, las confesiones del obispo cristiano de Ratisbona, “el hombre más instruido que produjo la Edad Media” –el dominico Alberto El Magno. “La señal de la virgen celestial se eleva sobre el horizonte en el momento en el cual fijamos el nacimiento del señor Jesucristo”, afirma [2]. También Adonis, Baco, Osiris, Apolo, etc., nacieron todos el 25 de diciembre. La Navidad llega en el momento del solsticio de invierno; los días entonces son más cortos, y es mayor la Oscuridad sobre la faz de la tierra. Se creía que todos los dioses solares nacían anualmente en esta época, porque desde ese momento en adelante la Luz disipaba cada vez más la oscuridad a medida que se sucedían los días, y el poder del Sol comenzaba a aumentar.

De este modo puede ser que, las festividades de Navidad que fueron llevadas a cabo por los cristianos durante casi quince siglos, hayan tenido un carácter particularmente pagano. Incluso, tememos que las actuales ceremonias de la Iglesia difícilmente puedan escapar al reproche de estar copiadas casi literalmente de los misterios de Egipto y Grecia, realizadas en honor de Osiris y Horus, Apolo y Baco. Tanto Isis como Ceres fueron llamadas “Vírgenes Santas” y un Niño Divino puede ser encontrado en cada religión “pagana”.

Ahora dibujaremos dos cuadros de Feliz Navidad; uno que retrata los “buenos viejos tiempos”, y otro, el estado presente de la adoración cristiana. Desde los primeros días de su establecimiento como Navidad, el día fue considerado desde la doble óptica de una sagrada conmemoración y de una festividad más alegre: fue igualmente determinada como de devoción, mérito y significado desmesurados. “Entre los divertimentos de la estación navideña estaban los banquetes denominados de tontos y de asnos, grotesca saturnalia, que eran designadas las ‘liberalidades de diciembre’, en que todo aquello que fuese serio era satirizado, el orden de la sociedad subvertido, y sus decencias ridiculizadas”, dice un compilador de antiguas crónicas. “Durante la Edad Media fue célebre por el espectáculo fantásticamente alegre de los misterios dramáticos ejecutados por personajes con máscaras grotescas y trajes singulares. El show era usualmente representado por un niño en una cuna, rodeado por la Virgen María y San José, por cabezas de toros, querubines, Magos de Oriente (los Mobeds de antaño) y múltiples ornamentos.” La costumbre de entonar cánticos navideños, llamados carolas, era para recordar las canciones de los pastores en la natividad. “Los obispos y el clero se unían a menudo al populacho al entonar carolas, y las canciones eran estimuladas por danzas, y por la música de tambores, guitarras, violines y órganos…”. Podemos constatar que aún en los tiempos presentes, durante los días que preceden la Navidad, tales misterios están siendo representados por marionetas y muñecos, en el sur de Rusia, Polonia y Galicia, siendo conocidas como el Koliadovki. En Italia, los trovadores calabreses descienden de sus montañas hacia Nápoles y Roma, y se aglomeran en las capillas de la Virgen María, alegrándolas con su música salvaje.

En Inglaterra, los festejos iniciaban usualmente en la víspera de la Navidad y continuaban frecuentemente hasta la Fiesta de las Candelas (2 de febrero) siendo cada día feriado hasta la décima segunda noche (6 de enero). En las casas de los grandes nobles era designado un “señor de la confusión”, o “abad de la locura”, cuyo deber era hacer el papel de bufón. “La despensa era llenada con capones, gallinas, pavos, gansos, patos, carne de vaca, cordero, cerdo, tortas, pasteles, nueces, ciruelas, azúcar y miel”. “Un fuego intenso, hecho de grandes troncos, el principal de los cuales era designado ‘tronco de Yule’, o bloque de Navidad, el que podía arder hasta la víspera de la Fiesta de las Candelas, resguardaba del frío del exterior; y la abundancia era compartida por los súbditos del señorío en medio de la música, conjuros, enigmas, berberechos calientes, bromas de campo, chanzas, risas, juergas, juegos de prendas y danzas”.

En nuestros tiempos modernos, los obispos y los clérigos no se mezclan más con el populacho en carolas y danzas abiertas; y las fiestas de “tontos y asnos” son realizadas más en la sagrada privacidad que a la vista de los peligrosos reporteros de ojos agudos. Con todo, las festividades destinadas al comer y al beber se preservan a través del mundo cristiano; y, más muertes súbitas son causadas sin duda alguna por la glotonería y la intemperancia durante las fiestas de Navidad y Pascua, que en cualquier otro momento del año. Aun así, la adoración cristiana se torna cada año más y más un falso pretexto. La insensatez de este palabrerío fue denunciada innumerables veces, pero nunca, pensamos, con un toque más pleno de realismo que en un encantador cuento de ensueños que apareció en el diario New York Herald en la última Navidad: un viejo hombre, mientras presidía una reunión pública, dijo que aprovecharía la oportunidad para comentar una visión de que fuera testigo la noche anterior.

…Él visualizó que se encontraba en el púlpito de la catedral más deslumbrante y magnífica que hubiese tenido oportunidad de ver. Ante él estaban el padre o pastor de la iglesia, y a su lado un ángel con una tableta y un lápiz en sus manos, cuya misión era hacer el registro de todo acto de adoración u oración que aconteciera en su presencia y que ascenderían como una ofrenda aceptable al trono de Dios. Cada uno de los bancos estaba ocupado con adoradores de ambos sexos ricamente ataviados. La música más sublime que jamás haya descendido sobre su embelesado oído llenó el aire con su melodía. Transcurrió todo el bello ritual del servicio de la Iglesia, inclusive un enaltecedor y elocuente sermón del talentoso ministro ya había acontecido, a costa de mucho sudor, ¡y el ángel registrador no había hecho aún ninguna anotación en su tableta! La congregación ya se despedía, dispensada por el pastor con una prolongada y bella oración, seguida por una bendición, ¡y el ángel aún no anotaba siquiera un signo! ...Siendo aun observado por el ángel, el orador dejó el salón por la puerta posterior de la iglesia, retirándose de la congregación ricamente ataviada. Una pobre y desarrapada mendiga estaba parada en la cuneta al lado de la acera, con su pálida y famélica mano extendida, implorando silenciosamente por limosna. En cuanto los ricamente vestidos feligreses de la iglesia pasaban delante de ella, esquivaban a la pobre Magdalena, y las señoras corrían a un lado sus trajes de seda, sus mantos adornados con joyas, para que no los tocase y no fuesen contaminados por su roce… Fue entonces que apareció un marinero borracho que venía tambaleándose por la vereda de enfrente. En cuanto llegó a la altura de la pobre y abandonada muchacha, cruzó la calle hasta donde estaba parada, y, sacando algunos centavos de su bolsillo, él los depositó en su mano, acompañándolos con la siguiente exclamación: "¡Aquí, pobre abandonada, toma esto!". Un brillo celestial iluminó entonces la faz del ángel registrador que inmediatamente volcó en su tableta el acto de condolencia y caridad del marinero y partió llevándolo como sacrificio a dios.

Una concreción, alguien podría decir, de la historia bíblica del juzgamiento de la mujer acusada de adulterio.  Pero aún cuando así sea, con todo retrata con mano maestra el estado de nuestra sociedad cristiana.

Según la tradición, en la Víspera de Navidad los bueyes siempre pueden ser encontrados sobre sus rodillas, como estando en oración y devoción; y “había un famoso espino en el patio de la iglesia de la Abadía de Glastonbury que siempre brotaba en el día 24 y florecía en el día 25 de diciembre"; lo que, considerando que el día fue escogido por los padres de la iglesia al azar, y que el calendario se ha cambiado del antiguo al nuevo, ¡demuestra una perspicacia notable del animal y del vegetal! También hay una tradición de la iglesia, preservada hasta nosotros por Olaus, el arzobispo de Upsala, según la cual, en el festival de Navidad, "los hombres que viven en las localidades frías del norte, repentina y extrañamente se transforman en lobos; y que una multitud enorme de ellos se reúne en un lugar designado y se enfurecen ferozmente contra la humanidad, y que en esta época ella sufre más de sus ataques que de los lobos naturales". [3] Observado metafóricamente, esto parece ser, más que nunca, el caso de los hombres, y ahora particularmente de las naciones cristianas. No parece haber ninguna necesidad de esperar hasta la Víspera de Navidad para ver naciones enteras transformadas en "bestias salvajes"—especialmente en tiempos de guerra.




Notas

[1] [Vol. I, p. 313].
[2] Este pasaje proviene del Anacalypsis de Godfrey Higgins, Vol. I, p. 314, donde atribuye estas palabras a Albertus Magnus y da como referencia el “Lib. De Univers.” – Compilador.
[3] [Olaus Magnus, A Compendious History of the Goths, Swedes and Vandals, and other Northern Nations. Traducido del original en latín, Londres, 1653. —Compilador].





en The Theosophist, Vol. I, No. 3, 1879