lunes, abril 04, 2011

"La Divina Comedia. Canto III del Infierno", de Dante Alighieri

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Por mí se llega a la ciudad doliente;
por mí se llega hasta el dolor eterno,
por mí se va entre la perdida gente.

Movió justicia a mi hacedor supremo:
hiciéronme divinas potestades,
el saber sumo y el amor primero.

Antes de mí, no fue cosa creada,
sino lo eterno, y yo eterno perduro:
¡Dejad toda esperanza los que entran!

Estas palabras de color oscuro
en lo alto vi escritas de una puerta;
y dije: «Maestro, su sentido es grave».

Y aquel a mí, cual persona cauta:
«Conviene dejar aquí todo recelo;
tu cobardía conviene que aquí muera.

Al lugar que te he dicho hemos venido
en que verás las gentes dolorosas,
que perdieron el bien del intelecto.»

Y luego que en mi mano posó él otra,
con rostro alegre que alentar me hizo,
entrome dentro en las secretas cosas.

Allí gemidos, llantos y suspiros
resonaban por el aire sin estrellas,
por lo que me eché a llorar al escucharlo.

Diversas lenguas, hórridas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
roncas voces al son de manotazos,

formaban un tumulto, el cual gira
siempre en la tinta atmósfera y eterna,
como la arena que el ciclón respira.

Con el horror ciñendo mi cabeza
dije: «Maestro, qué es esto que oigo?
¿Qué gente es ésa que el dolor abate?»

Y aquél a mí: «Tal miserable suerte
tienen las tristes ánimas de aquellos
que fueron sin infamia y sin elogio.

Mezcladas están con el perverso coro
de ángeles que, sin ser rebeldes,
ni fieles al Señor, lo fueron a sí mismos.

Los echa el cielo, porque desmerece
y ni el profundo infierno se les abre,
pues a los caídos alguna gloria podrían dar.»

Y yo: «Maestro, ¿qué les es tan grave
que a ellos lamentarse hace tan fuerte?»
Y respondió: «Te lo diré en breve.

Éstos no tienen esperanza de la muerte,
y su ciega vida es tan rastrera,
que envidiosos están de cualquier suerte.

Ya no tiene memoria de ellos el mundo,
la piedad los desdeña y la justicia;
no hablemos de ellos, sino mira y pasa.».

Y volviendo a mirar yo vi una insignia,
que girando corría tan ligera,
que de reposo le creyera indigna.

Y venía detrás tan larga fila
de gente, que creído nunca hubiera
que la muerte destrozara así a tanta.

Y tras haber reconocido a alguno,
vi y conocí la sombra de aquél que
por cobardía hizo aquella gran renuncia.

Al punto comprendí y fui yo cierto,
que aquella era la secta de mezquinos
a Dios y a sus contrarios displacientes.

Estos tristes, que nunca fueron vivos,
iban desnudos y azuzados siempre
por avispas y moscones de aquel sitio.

Ellos de sangre el rostro les bañaban,
que, a sus pies y con lágrimas mezcladas,
recogían gusanos asquerosos.

Y luego que a otros yo mirara,
vi gentes a orillas de un gran río
y yo dije: «Maestro, hora hazme gracia

que me digas quiénes son, y qué designio
les hace que a cruzar así se apronten,
como discierno por estas escasas luces.»

Y él repuso: «Sabrás esas razones
cuando los dos hayamos cerrado nuestros pasos
sobre la triste ribera de Aqueronte.»

Ahora con los ojos ya bajos de vergüenza,
temiendo molestarle con mi hablar
hasta llegar al río me callé.

Y he aquí que hacia nos venía en una barca
un viejo cano por antiguo pelo,
gritando así: «¡Ay de vosotras, perversas almas!

No esperéis más volver a ver el cielo;
a llevaros vengo a la otra orilla,
a la eterna tiniebla, al fuego y al hielo.

Y tú que aquí te encuentras, alma viva,
aparta de éstos otros, que están muertos.»
Mas cuando vio que yo no me movía,

dijo: «Por otras vías y otros puertos
verás la playa, no por aquí:
te ha de llevar un leño más ligero».

Y el guía a él: «Caronte, no te irrites:
así se quiere allá donde se logra
lo que se quiere, y más no me preguntes.»

Las peludas mejillas se aquietaron
al barquero del lívido pantano,
que ojos tenía rodeados de llamas.

Mas las almas cansadas y desnudas,
rechinando los dientes palidecieron
tan pronto oyeron las palabras crudas.

Blasfemaban de Dios y de sus padres,
del ser humano, el lugar, el tiempo y del semen
de su semilla y su nacimiento.

Todas juntas después se recogieron
llorando fuerte a la maldita playa,
que aguarda a todo aquel que a Dios no teme.

El demonio Caronte, con ojos de fuego,
haciendo una señal a todos recogía;
con el remo golpea a los que tardan.

Cual las hojas de otoño van cayendo
una después de otra, hasta que la rama
a tierra sus despojos ha devuelto,

de este modo de Adán las malas siembras
se arrojan de la orilla de una en una,
a la señal, cual pájaro al reclamo.

Así se alejan sobre el agua oscura,
y aún antes de saltar a la otra orilla,
ya un nuevo tropel se había formado.

«Hijo mío —cortés dijo mi guía—,
los que en la ira del Señor han muerto
aquí de toda tierra es su venida:

y a traspasar el río están ansiosos,
pues la justicia celestial los espolea,
tanto que su temor se hace deseo.

Por aquí no cruza nunca un alma buena,
por lo cual, si Caronte de ti se enoja,
comprenderás qué significa ya su hablar.»

Y dicho esto, la oscuridad de la campiña
tembló tan fuerte, que de aquel espanto
mi frente el sudor baña todavía.

De la lagrimosa tierra brotó un viento
que provocó un relámpago rojizo,
el cual venciome todos los sentidos
y caí cual un hombre que se duerme.





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5 comentarios:

Anónimo dijo...

tremendo

R.

Natalia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Etienne St Clair dijo...

¿Qué le parece la traducción de Julio Úbeda Maldonado? Su introducción a la obra es digna de ser leída.

ernesto Abus dijo...

la traducción es excelente y este canto es lo mejor... lo cita marx, y hay pasajes mejores.

Fernando Martínez Periset dijo...

Estoy orgulloso de decir que Julio Úbeda Maldonado fue mi bisabuelo y un gran escritor a quien me hubiera encantado conocer. Desde mi posición como joven autor, prometo ayudar a la promoción de su trabajo.

fmperiset.blogspot.com