miércoles, septiembre 01, 2010

“La biblioteca neoconceptual”, de Carlos Almonte






Un río de fuego procedía y salía delante de él;
millares de millares le servían,
y miríadas de miríadas asistían delante de él;
el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.

Daniel 7.10




De la palabra a la biblioteca

Las palabras más antiguas fueron escritas sobre sustancias resistentes, tales como piedra, mármol, tierra cocida, metal o madera. Pronto harían su aparición las superficies reductibles (que pueden ser dobladas o plegadas), como el papiro, la piel o los tejidos. Con el afán de usar elementos más manejables (aunque menos resistentes), se llegó a las tabletas de cera. Otros elementos como los cilindros de terracota o las tablillas de arcilla o de madera, servían para soportar la inscripción, pero no eran propiamente libros. Sólo con la llegada del papiro egipcio, el escriba comenzó a tomar relieve social. Del papiro se llegó al pergamino, del pergamino al papel, del papel al libro, y del libro, lógicamente, se llegó a la biblioteca (que otros llaman El universo).


Discriminación neoconceptual

La discriminación neoconceptual es una selección realizada con fines específicos; son estos fines los que determinan el tipo de selección que se llevará a cabo. Es decir, lo primero a tener en cuenta, incluso antes de la selección, es conocer el fin específico para el que será utilizado el corpus seleccionado.

Una buena selección no está conformada por los "mejores" libros existentes en la biblioteca, sino que por aquellos textos (suficientes en número y diversidad), que vayan en ayuda de conseguir el objetivo planteado en un comienzo.

Una buena selección dependerá, en buena medida, de tres factores. En primer lugar, del “conocimiento específico” del sujeto que selecciona. Por ello es aconsejable poseer una buena cantidad de horas de lectura, también de escritura creativa, al momento de abordar un ejercicio neoconceptual cualquiera. Asuntos subsidiarios, como son la teoría literaria o la crítica, no son del todo desaconsejables. En definitiva, mientras mayor sea el número de enfoques utilizados por el neoconceptualizador, las probabilidades de un resultado ineficaz disminuirán.

Por otra parte, el corpus a seleccionar (a discriminar) debe ser pertinente. Aun cuando la pertinencia de un corpus elegido no es comprobable, ni siquiera después de obtenidos los resultados (siempre quedará la duda de haber obtenido un resultado mejor con una selección diferente), nuevamente, el “conocimiento” del autor neoconceptual, determinará una mayor cercanía al ideal en la pertinencia del corpus elegido.

Además, hay que tener en consideración que el material disponible para realizar una selección es restringido (en espera de la existencia probable de un corpus ideal, absoluto y digitalizado), y que la pertinencia del corpus se verá inevitablemente delimitada por este hecho. Si la biblioteca se compone de tres revistas de moda y dos diccionarios, difícilmente se podrá generar, neoconceptualmente, un texto policial de aceptable coherencia.

Umberto Eco, en El nombre de la rosa, lo dice del siguiente modo: “No me asombré de que el misterio de los crímenes girase en torno a la biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones”. El Neoconceptualismo se relaciona con la biblioteca de manera directa. Niega la posibilidad del escondrijo, adecuando sus propios saberes al contexto escrito frente al que se expone. De ahí la importancia fundamental de la biblioteca en el ejercicio de la técnica neoconceptual.

Para el neoconceptualizador, la biblioteca es el corpus del que puede-debe extraer información que sirva para la producción de nuevos textos neoconceptuales (que a su vez extenderán el volumen de la biblioteca). El neoconceptualizador está, desde su origen, condenado (y/o restringido) al uso de la biblioteca, así como ésta tiene en aquél, a su más fiel albacea.

Es en la biblioteca donde el neoconceptualizador perpetra su asalto. Allí, rodeado de libros que facilitan su labor recopilatoria y re-combinatoria, se completa el círculo (¿vicioso?). En base a préstamos, citas, plagios, hurtos o robos, según se prefiera. De seguro, el ejercicio neoconceptual cae en, al menos, una de estas figuras, si es que no en todas.

En definitiva, si el Neoconceptualismo es un asalto en descampado a la biblioteca y a los autores que la componen, nadie podrá negar que se trata de un robo bien planificado, altamente especializado y con años de dedicación casi exclusiva. Un acto deleznable o distinguido, prepotente o laudatorio, basado desde siempre en el estudio y producción de un texto. El Neoconceptualismo sin la biblioteca no podría existir. Al revés, se podría suponer, sucede igual.





2001













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