domingo, septiembre 05, 2010

“El corazón a contraluz”, de Patricio Manns

Fragmento






Cosmogonía de los olvidados y agonía de los redescubiertos. Según Drimys Winteri, la historia entera de la raza selk´nam podía dividirse en nueve largos períodos. Eventualmente, alguno de tales períodos concernía también a la raza qáwaskar o a la raza yámana, cuando no a ambas. Cada uno de ellos fue designado desde antiguo con la definición genérica de Época del mito, salvo el último. Así, los selk´nam reconocen al primer período como Época del mito de las montañas reencarnadas, el que engloba un lapso de tiempo durante el cual los montes, las montañas, las sierras y las cordilleras dejaron de ser accidentes geográficos para convertirse en los primeros miembros de la raza selk´nam. Esto parece querer explicar el gigantismo de su pueblo, porque en el origen eran mucho más grandes: el tiempo los fue desgastando hasta reducirlos a proporciones normales, aun cuando un selk´nam fuera siempre más alto, más fuerte y más sabio que el resto de los hombres que ya pasaban entonces por allí. Sin embargo, todos están de acuerdo para reconocer que la raza no nació en Tierra del Fuego, sino en la Patagonia.

Como los hombres, los animales eran de gran tamaño, y existieron especies a las que cataclismos milenarios extinguieron poco a poco. Una vez, media docena de selk´nam de ambos sexos persiguió una manada de guanacos gigantes que escapaba hacia el sur, huyendo del furor ígneo de ciertos volcanes. El llamado "estrecho de Magallanes" no existía y los dos océanos sólo se unían mucho más abajo, tras el peñón que ahora los navegantes de todo el mundo conocen con el nombre de Cap d´Horn. Hallándose los seis selk´nam en Tierra del Fuego se desencadenó una nueva catástrofe telúrica, por causa de la cual nació un abismo que dio su forma al límite norte de la gran isla fueguina. El mar ocupó el hueco así abierto, y los selk´nam que perseguían a los guanacos quedaron atrapados para siempre al sur del estrecho, pues no fueron un pueblo marino y se confesaron incapaces de reatravesar hacia el norte el grande y correntoso brazo de mar.

Los selk´nam aislados al sur eran cuatro mujeres y dos hombres. Esta mayoría femenina dio origen al segundo período, denominado Época del mito del gobierno de las mujeres. Winteri sostenía que los mayores secretos de la raza había quedado en manos -o en la memoria- de las hembras, y que, manejándolos con muchas precauciones, lograron dominar a os hombres por algunos milenios. En aquel entonces existían sólo las chamanas. Una chamana, en tiempos de hambruna, podía varar mediante un grito especial dos o más ballenas y alimentar así, durante la etapa crítica, a todos los selk´nam. Poseía también el poder -como castigo permanente o pasajero- de cancelar la sexualidad de cualquiera de los maridos, pues a la sazón, las hembras eran mayoritarias, y todas disponían de varios cónyuges que cazaban para ellas y sus hijos, turnándose en el lecho mediante un sencillo procedimiento llamado "la capa caliente": la capa de piel con que se cubría una pareja estaba siempre tibia, porque cuando un hombre abandonaba su cobija para salir de caza, era reemplazado por otro, que volvía con un guanaco muerto, un trozo de carne de ballena o una brazada de pescados. Este período terminó con el "Mná-Maten", el episodio sangriento y decisivo de la rebelión de los hombres, durante el cual los machos dieron cuenta de por lo menos tres cuartas partes de las hembras y transformaron, invirtiéndolas, las relaciones de poder.

Cronológicamente, sigue la llamada Época del mito de los héroes fornicadores, caracterizada por la supremacía de los hombres, el surgimiento de los primeros chamanes masculinos y la educación de los hijos varones a cargo del padre, que transmitía los grandes secretos a la progenie de su sexo. Los hombres estaban sedientos de venganza a causa de la dilatada crueldad ejercida contra ellos por las hembras, antes del "Mná-Maten". Así, cuando una de ellas faltaba a su pueblo o a su marido, era ejecutada mediante el castigo conocido como "Isse-Ohone", que consistía en que toda la comunidad masculina se turnaba ininterrumpidamente, día y noche, sobre el cuerpo de la culpable hasta darle muerte. En estos casos se trataba de un ajusticiamiento por sobredosis de esperma. Winteri sostenía que los selk´nam aborrecen desde siempre la visión de la sangre humana.

Durante la Época del mito de la subida al cielo del Sol, éste abandonó el hemisferio sur, limitándose a brillar sólo en la parte norte de la Tierra, probablemente debido a un cambio transitorio en el eje de rotación del planeta. Pero en los hechos, cuando el Sol regresó ya no volvió a trepar al cenit, sino que cumplió su periplo diurno girando en torno de los hombres sin abandonar la línea del horizonte. Así, había días y noches de veinticuatro horas. En aquel tiempo reculado se formó el continente antártico, sobre una tierra que hasta entonces estaba siempre llena de flores, y encima de la cual retozaban miles de especies animales. Ciertas canciones selk´nam del período dan cuenta de ese fenómeno. Las razas que habitaban allá regresaron a Tierra del Fuego a bordo de gigantescos iceberg, que se formaban durante los inviernos y se desprendían de la masa de hielo polar, abandonando las costas antárticas y navegando hacia el norte a la deriva. Encima de la lisa superficie del iceberg, a veces de dos o tres kilómetros de largo por uno o dos de ancho, construían sus toldos, practicaban deportes, cazaban aves y capturaban animales marinos que subían a cubierta.

A continuación, llega la Época del mito de los que trepaban hasta Kuanip, durante la cual el Sol se esconde y surge con mayor frecuencia, dando origen a noches y días más cortos. Aparecen diversas y numerosas especies de pájaros y animales y el guanaco se vuelve salvaje. Por el contrario, otra raza que probablemente constituía un injerto de zorro (vulpeja) y lobo acepta la domesticación y se convierte, de día, en compañero de caza del selk´nam, y de noche, en su almohada. Los chamanes viajan al final de la tierra, el Cabo de Hornos, para ellos "El Falso Ushcuf", donde, trepando hasta la cima de una montaña muy elevada, pueden consultar a Kuanip, el que les proporciona gradualmente algunas leyes de organización tribal, escritas en tabletas de escarcha. El chamán tenía justo el tiempo de memorizarlas antes que la temperatura más elevada de las tierras bajas derritiera la tableta, con ella el secreto que guardaba.

La Época del mito de la cotorra que predijo un mal milenio corresponde al tiempo en que enrojecieron las hojas durante el otoño, se endureció el pasto, algunos ríos se negaron a descender hasta las llanuras, formando lagos cerca de la cumbre de las montañas, dejaron de crecer la papa y el ajo, y la tierra selk´nam se cubrió de hielo.

A este período sigue la llamada Época del mito de los coleccionistas de prepucios, en la cual el clima mejoró ostensiblemente, surgieron espacios tropicales o microclimas, y llegaron desde el poniente miles de canoas trayendo a bordo cierta raza que huía de un archipiélago al que los volcanes rindieron inhabitable. Esta raza negociaba en prepucios, estos es, trocaba arcos y flechas de una extraordinaria factura por prepucios fueguinos y patagónicos. Un prepucio correspondía al valor del arco y la flecha. Es así que durante un milenio, selk´nam, qáwaskars y yámanas se convirtieron en pueblos circuncisos. Para los extranjeros venidos en las canoas, era considerado en seguridad aquel de entre ellos que conservaba una respetable cantidad de prepucios a buen recaudo. Quien reunía un centenar gozaba de no desdeñable prestigio. Normalmente el jefe era quien poseía más, y sobre todo, si en su colección figuraban prepucios de tamaños y colores diferentes. Los selk´nam creen recordar entre las historias explicativas narradas por ese pueblo acerca de su inhabitual afición, que antaño, en el curso de las guerras, los vencedores cortaban el prepucio al enemigo vencido, porque aquél ocupa en el cuerpo del hombre -pensaban- el lugar privilegiado donde se origina la vida, y además, es capaz de realizar un viaje repetido al interior de la mujer, viaje pleno de misterio y de goce que puede multiplicar a voluntad. El final de este período está marcado por el retorno de ese pueblo a su archipiélago originario y la desaparición de las costumbres circuncidantes entre los pueblos del austro. Por lo demás, ya habían aprendido a fabricar sus propios arcos y flechas, sus boleadoras, sus lanzas y sus cuchillos de sílice.

El esplendor de los selk´nam alcanzó su apogeo en aquel período conocido como Época del mito de la cabeza ambulante, durante el cual aparecieron en el seno de la comunidad los grandes doctores, o "kones", que desarrollaron y perfeccionaron muchas leyes tácitas y enseñaron a los selk´nam a recordar cada pasaje de su historia recitándolos noche a noche al calor de las fogatas, más que nada para que las generaciones jóvenes se impregnaran de aquel pasado pleno de inocencia y de paz, pasado que, salvo algunos episodios aislados y la célebre rebelión del "Mná-Maten", en que muchas mujeres murieron, no conoció jamás la guerra. Hasta que el tiempo les trajo el último período, la Época de los ríos de sangre y de los racimos de orejas, que obligó a los selk´nam a combatir por sus vidas y por sus tierras. Antes de conocer aquella forma de muerte violenta, un selk´nam vivía largo tiempo. Cuando sentía próximo su fin, se despedía de la familia y de los amigos cercanos y emprendía un viaje solitario y lento, internándose en los bosques. Una vez seguro de haber alcanzado el lugar de su reposo, se acostaba a dormir en posición fetal. Así emprendía el ascenso hasta las altas cordilleras del cielo. No cumplía ninguna ceremonia más.

La primera sangre nacida de la violencia llegó con la ya mencionada expedición de Hernando de Magallanes, y desde entonces, el rojo río no volvió cambiar el color de su curso. Pero aquella expedición, que había sido organizada con el propósito de volver a descubrirlos -pues a lo largo del tiempo los selk´nam fueron descubiertos y olvidados varias veces-, les enseñó rápida y certeramente muchas cosas acerca de la bestialidad de los visitantes, a quienes jamás confundieron con demonios ni con dioses. Los antiguos selk´nam tuvieron el triste privilegio de asistir al ajusticiamiento y descuartizamiento, por orden de Magallanes, de los capitanes Gaspar de Quezada y Luis de Mendoza. El bárbaro acto tenía como propósito reintroducir la disciplina entre las tripulaciones de las cuatro naves expedicionarias. El Capitán General abandonó poco después, en una isla del Estrecho, probablemente Dawson, al capitán Juan de Cartagena y al capellán de la nave San Antonio, Bernardo Calmeta.

Según Winteri, ningún selk´nam atentó contra la vida de los dos españoles abandonados, porque, como acostumbraba insistir, su raza no atacó jamás a un enemigo enfermo, dormido, desamparado, desarmado, herido o fornicando.





1996














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