sábado, marzo 17, 2007

"Santuario", de William Faulkner

Fragmento



Primero por la senda arcillosa y luego por la arena, Popeye condujo velozmente, pero sin dar sensación ni de apresuramiento ni de huida. Temple iba a su lado, con el sombrero encajado en la coronilla; el cabello se le escapaba por debajo del ala arrugada, en bucles apelmazados. Mientras se balanceaba mansamente con el traqueteo del coche, su rostro parecía el de una sonámbula. Cuando al fin se derrumbó contra Popeye en uno de los baches, se limitó a alzar una mano con gesto mecánico. Sin soltar el volante, Popeye la apartó con el codo.

—Enderézate —dijo—, Vamos. Tienes que dominarte.

Antes de llegar al árbol se cruzaron con la mujer. Estaba a un lado del camino, con el borde del vestido doblado sobre la cara del niño; los miró tranquilamente desde debajo de la cofia desteñida, y entró y salió del campo de visión de Temple sin moverse, sin hacer el menor signo.

Cuando llegaron al árbol, Popeye giró el volante y el coche abandonó el camino; luego, aplastando la maleza y la copa del árbol caído, en medio de un continuo ruido de cañas quebradas, similar a una ráfaga de fusilería a lo largo de una trinchera, volvió otra vez a la senda sin disminuir la velocidad en absoluto. El automóvil de Gowan seguía tumbado junto al árbol. Temple lo miró con ojos desprovistos de toda expresión mientras desaparecía a sus espaldas.

Popeye volvió inmediatamente a los surcos arenosos. Pero no era la acción de alguien que huye: la realizó con cierta perversa petulancia, nada más. Tenía un coche muy potente. Incluso sobre la arena iba a cuarenta millas por hora, y siguió a la misma velocidad cañada arriba, hasta llegar a la carretera, donde Popeye tomó la dirección norte. Sentada junto a él, tratando de mantenerse erguida a pesar de unos baches que ya habían dado paso al suave murmullo de la grava, Temple miraba sin expresión hacia adelante, mientras la carretera que había recorrido el día anterior se deslizaba hacia atrás bajo las ruedas como un hilo que se rebobinase, sintiendo todo el tiempo en sus entrañas cómo la sangre rezumaba lentamente. Permanecía inerme en el rincón del asiento, contemplando el continuo retroceso de la tierra —bosques de pinos en espacios abiertos salpicados de cornejos marchitos; juncias; campos verdeantes de algodón recién florecido, tan desprovistos de todo movimiento, tan llenos de paz como si el domingo fuese una propiedad de la atmósfera, de la luz y de la sombra— con las piernas muy juntas, escuchando el rezumar caliente de su sangre y repitiéndose monótonamente a sí misma, Todavía estoy sangrando, todavía estoy sangrando.

Era un día templado y luminoso; una mañana exuberante, con ese increíble resplandor del mes de mayo, repleto de promesas de calor y de mediodías perfectos, con nubes redondas como pellas de nata montada, flotando sin esfuerzo como si no fueran más que imágenes en un espejo, mientras sus sombras se deslizaban serenamente sobre la carretera. Había sido una primavera de color lavanda. Los árboles frutales, los de flores blancas, tenían ya hojas pequeñas cuando se abrieron los capullos; nunca lograron la blancura brillante de la primavera anterior, y también los cornejos habían florecido después de tener hojas, con un retroceso verde antes del crescendo blanco. Pero las lilas, las glicinas y los ciclamores e incluso los árboles del paraíso, siempre tan insignificantes, nunca habían parecido más hermosos ni más refulgentes, con un aroma intensísimo que el aire inquieto de abril y de mayo empujaba hasta una distancia de cien yardas. Las buganvillas de la veranda, a pesar de ser tan grandes como cestos, se sostenían con ingravidez de globos, y, con la mirada vacía en la cuneta que pasaba a toda velocidad, Temple se puso a gritar.

Empezó por un gemido, que fue creciendo en intensidad y se vio repentinamente truncado por la mano de Popeye. Con las suyas sobre el regazo, muy erguida, Temple gritó —el sabor acre de sus dedos en la boca mientras el coche frenaba con un chirrido de neumáticos sobre la grava— sintiendo el rezumar de la sangre en sus entrañas. Luego él la agarró del cogote y ella se quedó inmóvil, la boca redonda y abierta como una diminuta cueva vacía. Popeye la zarandeó.

—Cállate —dijo—, cállate —obligándola a guardar silencio con la presión de los dedos—. Mírate aquí.

Con la otra mano ladeó el espejo del parabrisas, y Temple pudo ver su propia imagen, el sombrero echado hacia atrás, el cabello apelmazado y la boca abierta. Comenzó a buscar en los bolsillos del abrigo sin dejar de mirarse en el espejo. Popeye la soltó, ella sacó la polvera, la abrió y se miró en el espejo, gimiendo un poco. Se empolvó la cara, se pintó los labios y se enderezó el sombrero, gimiendo con los ojos fijos en el espejo diminuto que tenía sobre el regazo mientras Popeye la observaba.

—¿No te avergüenzas de ti misma? —dijo él, encendiendo un cigarrillo.

—Sigo sangrando —gimió ella—. Lo noto.

Con la barra de carmín en la mano, lo miró y abrió la boca de nuevo, Popeye la agarró del cogote.

—Ya está bien. ¿Te vas a callar?

—Sí —gimió ella.

—A ver si es verdad. Vamos. Serénate.

Temple guardó la polvera. Popeye arrancó de nuevo.




XVIII, 1931.

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