viernes, noviembre 30, 2018

“Mal educada”, de Leila Guerriero





Leí últimamente -por algún motivo que desconozco- varios artículos acerca de cómo conviene despertar la sensibilidad de los niños en torno a la música, la literatura, el cine, el teatro, el arte en general. Descubrí, leyéndolos, que he sido pésimamente educada: que he visto y leído y escuchado cosas que, al parecer, no ayudan a desarrollar la sensibilidad de ningún niño. Es cierto que esos artículos tampoco dicen lo contrario: que esas cosas que vi, leí y escuché no ayuden o impidan desarrollarla. Más bien, no las mencionan.

Esos artículos recomiendan poner al alcance de los niños La isla del tesoro, de Stevenson; El libro de la selva, de Rudyard Kipling; adaptaciones de cuentos de Chejov; Alicia en el país de las maravillas. Aconsejan hacerles escuchar a Debussy, llevarlos a ver La flauta mágica y conciertos de grupos de música antigua. Me parece bien. Son cosas lindas, finas. Pero una lombriz oscura y mugrienta se retuerce dentro de mí y se pregunta si esas cosas no parecen pensadas para diseñar, antes que seres sensibles, seres capaces de sostener la clase de conversación que se escucha en un cóctel de embajada: "Qué notable la novela de Sándor Márai que acaba de publicarse". "Uhú. Notable".

Si acotamos la "sensibilidad" a la sensibilidad literaria, ¿nadie la desarrolló leyendo, como yo lo hice cuando era chica, no solo pero también todo aquello que suele llamarse "mala literatura": best sellers de Wilbur Smith (África febril y violenta), libros de Arthur Hailey: Aeropuerto, Hotel. La biblioteca de la casa de mis padres estaba repleta de libros así, que convivían con Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El perseguidor, de Cortázar; la poesía de sor Juana y Quevedo y Lorca; la obra completa de Horacio Quiroga; los cuentos de Bradbury y de Poe. No había nada tan extremo como libros de Corín Tellado, hay que decirlo. Pero sí de Frederick Forsyth, de Morris West, de Mario Puzzo. Todo eso circulaba entremezclado con historietas de aventuras -D'Artagnan, El Tony, Fantasía, Asterix y Obelix, El Corto Maltés, El Eternauta, La pequeña Lulú-, Víctor Hugo y Gabriel García Márquez.

La primera vez que decidí escribir algo largo fue después de leer La noche de los tiempos, de René Barjavel, un mega best seller de la época que, en términos de estimulación, fue el equivalente a una sobredosis tóxica. Yo leía a Kipling, Mark Twain, Poe y Quiroga, pero, también, el Reader's Digest. Y lo hacía con la misma naturalidad con que escuchaba a Serrat, José Luis Perales, Abba, Wagner, Beethoven, María Elena Walsh y Les Luthiers, y con la que veía películas de vaqueros, de Orson Welles y de la Hammer. ¿Nadie más hacía eso? ¿Todo el mundo "desarrolló su sensibilidad" leyendo a Shakespeare para niños?

Cada vez que leo esos artículos que aconsejan iniciar a los infantes en la literatura con La historia interminable, de Michael Ende, o en el cine con la película -encantadora- El viaje de Chihiro, me recuerdo a mí misma en el cine aullando de placer con El hombre cobra, y sentada a la mesa de la cocina de mi casa, la nariz hundida en una novela de James Bond, de Ian Flemming.

¿En qué consiste el gusto por leer (o de escuchar música o de ir al cine) sino, antes que nada, en ese ensimismamiento total, en ese borramiento del mundo? ¿Y se puede obtener y desarrollar eso a los 9 años leyendo a Chejov? Sí. Pero les pasa a pocos. La sensibilidad es un músculo que se entrena, y empezar a entrenarlo con una rutina para atletas puede aniquilar las ganas para siempre. Podía ver esa sensación de impotencia y fracaso en el rostro de mis compañeros de colegio, cuando tocaba leer, por ejemplo, a Góngora. Gente que nunca se había topado con un poema se encontraba de pronto con esa salvajada, ese retorcimiento sublime. Quedaban humillados, abominaban la poesía para siempre jamás.

Supongo que es poco correcto decirle a un padre que, para que su hijo lea, lo mejor que puede hacer es regalarle una pila de cómics y otra de los buenos y viejos best sellers de los años 70. Supongo, también, que subyace el temor a que, si un chico empieza leyendo a Morris West, permanezca leyendo a Morris West toda la vida. Ese no debería ser, en principio, un temor: alguien que lee a Morris West toda la vida puede pasarlo supremamente bien, mucho mejor que alguien que no lee nada en absoluto. Pero, además, quedarse toda la vida leyendo a Morris West no es lo que suele suceder. De muy chica me atormentaba esta pregunta: ¿cómo iba a darme cuenta, por las mías, de qué libros eran mejores que otros? Estaba claro que Bradbury no era lo mismo que Wilbur Smith, que Lovecraft no era lo mismo que Ian Flemming. Pero, ¿por qué no eran lo mismo? Mis padres estaban ahí para aclarar las dudas -eran críticos literarios con frases muy cómicas: Stevenson era "bueno, pero pesado"; Dickens era "medio lento"-, pero insistían en que yo me iba a dar cuenta sola. Que, con el tiempo, iba a adquirir criterio propio, iba a desarrollar mi propia sensibilidad. Y, en efecto, muy pronto libros que me habían parecido fascinantes empezaron a parecerme infumables.

No funciona igual en todas las disciplinas artísticas. El método de consumirlo todo -lo bueno, lo malo y la basura-, está, por ejemplo, muy bien visto entre los cineastas que, para hablar de su prehistoria cinematográfica, suelen mentar con orgullo toneladas de cine clase B y películas que son el equivalente fílmico del Big Mac. Pero la gran mayoría de los escritores parece haber empezado a leer por La montaña mágica, de Thomas Mann. Para decirlo corto: un día, a los 14 años, yo llegué a Flaubert. Pero jamás lo hubiera hecho si me hubieran obligado a empezar por él.



en Frutos extraños, 2009











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