martes, agosto 21, 2018

“La pesadilla de los city tours”, de Leila Guerriero





«Pero si allí no hay nada, señorita. ¿Qué quiere ver usted allí?», decía el chofer del taxi. «Es mejor que vaya a Xochimilco. ¿Ha estado usted en Xochimilco?».

Xochimilco es una suerte de vivero con góndolas y mariachis flotantes en Ciudad de México. Yo no había estado ahí —ni quería estar, ni estuve nunca— pero quería ir al mercado de Sonora, unos cuantos kilómetros de puestos en los que se vende de todo, desde estatuas de la Santa Muerte hasta hierbas afrodisíacas o el cotillón para el cumpleaños del hijo más pródigo. «Hay tanto en Ciudad de México, señorita —insistía el hombre—. Tiene usted el Zócalo, los museos, el Palacio de Azulejos. Qué puede encontrar en este sitio. No va mucho turismo y no hay nada para ver».

Finalmente me llevó, y estuve un par de horas caminando entre aquella nada, que era mucha: animales vivos y muertos, huevos de todas las razas, películas pornográficas, ropas, tortillas, ollas, ajíes, bragas. Los vendedores voceaban con entusiasmo: «Cómo qué busca, cómo qué le damos, güerita», el olor a frito se pegaba en la ropa y yo entendí el espanto del taxista: mi paseo por Sonora era una afrenta. ¿Con qué derecho le miraba yo así los calzones a México? ¿Por qué no me comportaba como una turista decente? ¿Por qué no me entregaba a un recorrido organizado de la mano de un guía? ¿Por qué me interesaba más en las lechugas, en las bragas pobres y en los santos profanos que en el mural de Diego Rivera o en las carteras de Fendi del barrio de Polanco? ¿Por qué me negaba a ver la ciudad sobre esa alfombra desinfectada en la que paseaban los turistas sin ensuciarse las suelas: un city tour?

Un viaje es un gesto anacrónico —bello, inútil—, una patria sin horarios ni planes ni futuro. Yo viajo para vagabundear, para leer, para no tener que escribir, y para estar sola. En el extremo opuesto, los city tours imponen horarios fijos, ómnibus refrigerados, guías adormecidos, valijas con meditas y una multitud de adultos inoculados por el virus de la obediencia, dispuesta a escuchar sin asomo de protesta datos inútiles que olvidarán en los próximos diez metros. Los city tours son la excrecencia inofensiva de una ciudad a la que se le ha quitado lo feo, lo sucio, lo desprolijo, para que reinen (como en una cárcel) el tedio, la rutina, la ortopedia, la obediencia, la multitud y la organización.

De todas las atrocidades que desde el señor Thomas Cook se inventaron en nombre del turismo, esta es una de las más extendidas. Cook (Gran Bretaña, 1808-1892) fue un hombre de negocios que con la ayuda de su hijo John Mason hizo fortuna. Fundó en 1865 su primera agencia y vendió viajes por precios accesibles a personas de clase media y obrera, que pudieron conocer sitios tan alejados de su brumosa isla como Francia, Egipto y Suiza. Pero esos primeros periplos, quizás inspirados en que el mundo es ancho pero no tiene por qué ser ajeno, derivaron en temibles deformaciones: cruceros masivos por el Caribe, paquetes de once días y ocho noches por siete países de Europa y, por supuesto, los city tours, esos paseos según los cuales una ciudad —antes que un ente muíante en (de)formación permanente— es un puñado de piedras y monumentos que alcanzan para entender una idiosincrasia entera.

Hace tiempo, en el Check Point Charlie de Berlín (el punto de control creado en 1961 por Estados Unidos, después de la construcción del muro, y que fuera hasta 1990 el único sitio de paso para los extranjeros que iban del oeste al este de la ciudad) cientos de turistas se tomaban fotos frente a tres disfrazados que posaban en la antigua caseta de control: un símil de soldado alemán, un símil de soldado ruso, un símil de soldado americano. Detrás de aquellas camaritas digitales nadie parecía pensar en las complejidades de una sociedad que, ahí donde tantos lo habían pasado tan mal, propiciaba esos fantoches a tres euros la foto. Pero si la realidad indica que las ciudades existen más allá de sus lugares comunes —que Salvador de Bahía es bastante más que el Pelourinho, que Manhattan tiene sitios mejores que las tiendas del Soho y que en Madrid se consiguen espacios más interesantes que la Plaza Mayor— en Planeta City Tour, Berlín, Manhattan, Salvador y Madrid son distintas versiones de lo mismo: ciudades con su plaza principal, su casa de gobierno, su catedral, su barrio elegante, su monumento con reminiscencia trágica. Su fantoche a tres euros la foto.

Todo viaje es el invento de una ruta propia, pero el city tour es siempre la ruta de otro: algo diseñado por la apatía ajena para aplastar la curiosidad de un contingente.

El joven escocés William Dalrymple, a mediados de los años 80, se lanzó a Mongolia en busca de Xanadú, el palacio de Kublai Khan. Al llegar a Beijing en tren escribió esto, que se reproduce en el libro La ruta de la seda, una serie de relatos de viajes recopilados por el argentino Christian Kupchick: «Todos los diplomáticos, la mayoría de los corresponsales e incluso bastantes turistas se quejan de que Beijing es una ciudad poco atractiva, llena de pasos elevados y hoteles de cristal. Puede que ésta sea la reacción lógica si se llega de Nueva York o Tokio. Pero viniendo de Takla Makan parecía tristemente sofisticado. Es cierto que no se parecía en nada al ideal de Fu Man Chú que yo tenía de la ciudad china. No había prostitutas con farolillos de papel ni gángsters en guaridas llenas de opio; no había contrabandistas jugando a las cartas, ni agentes americanos con gabardinas de Burberry, no había fuegos artificiales. Sin embargo, parecía un lugar enorme y emocionante».

En las antípodas de esos ojos bien abiertos, el city tour es una maquinaria presta a confirmar prejuicios: los del turista que espera encontrar en París una ciudad romántica —y no otra cosa—, en Roma una ciudad histórica —y no otra cosa— y en Buenos Aires la ciudad más europea de Latinoamérica —y no otra cosa. Y aunque París no sea tan romántica y a Buenos Aires le quede poco de europea, el city tour hará sus mejores esfuerzos (mentir antiguos esplendores, ocultar lo feo, lo sucio, lo viejo) para confirmar al viajero en su prejuicio tranquilizador y devolverlo al hotel convencido de que París era, en efecto, una ciudad romántica, Roma una ciudad histórica y Buenos Aires, oh, tan europea.

En diciembre de 2001 una crisis voraz se desató en la Argentina, donde vivo. Se sucedieron muchos presidentes en poco tiempo, hubo muertos, heridos, calles encendidas. De a poco, el dolor de todos se convirtió en la suerte de pocos: el dólar se hizo favorable al extranjero y ciudadanos del Primer Mundo, amantes de lo latinoamericano, se calzaron su disfraz de viajero comprometido (sandalias de cuero, un bolso indígena, camisa de bambula) y llegaron a Buenos Aires, ávidos por ver cómo era esto. Algunos tomaron city tours «alternativos» para conocer barrios pobres, convivir con cartoneros y comer junto a gente que de veras no tenía qué comer. Todos volvieron a casa con el espíritu sangrando de emoción y la cámara llena de polaroids de la miseria ajena. Algunos hicieron lo mismo en las favelas de Río y de Sao Paulo.

Los city tours promueven, también, estas —y algunas otras— perversiones.

Buenos Aires es el único lugar del mundo que conozco bien. Sé que la ciudad late más y mejor fuera de la Recoleta y de los locales for export donde los turistas aplauden pensando que el tango es eso: lentejuelas y un macho engominado. Guiados en obediente rebaño, nunca llegan al caótico barrio de Once donde judíos muy ortodoxos y coreanos muy orientales atienden negocios que venden de todo: botones, telas, comida kosher y soutiens. De la mano de sus guías, revuelven con ahínco anticuarios en San Telmo o pagan fortunas para comer carne mala en restaurantes peores de Puerto Madero, pero no van al barrio coreano del Bajo Flores donde hasta los kioscos anuncian sus productos en ideogramas, ni a las estaciones de ferrocarril de Retiro, donde los aromas de fritanga para el almuerzo se funden con esa arquitectura indomable de cuando este país soñaba con alguna cosa que podía llamarse futuro.

Buenos Aires by city tour debe justificar su carácter de exportación —su fama de ser francesa— y por eso se deja dibujar con límites claros: la majestuosa plaza San Martín, el barrio vanguardista de Palermo, el seguro cliché de Caminito en La Boca, el Teatro Colón, el Café Tortoni. Más allá están las grietas, los sitios donde la gente se emborracha, se muere y come barato. Pero nadie, nunca, incluirá algo de todo eso en un city tour.

La razón es fácil, es pueril.

Nací en un pueblo chico, donde crecí bajo el influjo venenoso de la frase «no sólo hay que serlo: hay que parecerlo». Así, si alguien parecía pedófilo, aunque no lo fuera, tenía su fama merecida (y lo peor, claro, era la viceversa). Los city tours ejercen la misma ética que los pueblos chicos: mostrar lo que no es, pero parece. Y son, también, infames por eso. Por promover una forma baja del engaño. Una que no se considera grave. No la mentira, sino la omisión.



en SoHo, abril de 2005











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