jueves, octubre 24, 2013

“La guerra santa”, de René Daumal









Voy a escribir un poema sobre la guerra.
Tal vez no sea un verdadero poema, 
pero será sobre una verdadera guerra.
No será un verdadero poema 
porque el verdadero poeta no está aquí.
Si estuviera, cesaría el ruido entre la multitud, 
se haría primero un gran silencio,
un silencio pesado, un silencio preñado de mil truenos.
Veríamos al poeta y palidecerían nuestras pobres sombras.
Lo odiaríamos por ser tan real, nosotros 
          los débiles, los enojados.
Estaría aquí, agotado por los mil truenos 
          de la multitud de enemigos que contiene
–porque los contiene y los satisface cuando quiere- , 
          incandescente de dolor
y de sagrada cólera pero tan tranquilo como un pirotécnico,
Y abriría en el gran silencio una pequeña canilla,
la muy pequeña canilla del molino de palabras.
De allí saldría un poema, un poema tal, 
          que uno se pondría verde.

Lo que voy a hacer no será un verdadero 
          poema poético de poeta,
porque si la palabra “guerra” fuese pronunciada 
          en un verdadero poema,
esa guerra, la verdadera guerra de la que hablaría el poeta, 
          la guerra sin piedad,
la guerra sin pactos ni compromisos
se encendería definitivamente en nuestros corazones.

Tampoco será un discurso filosófico, porque para ser filósofo, 
para amar la verdad más que a mí mismo, 
hay que estar muerto para el error, 
hay que haber matado a las traidoras complacencias 
          del sueño y de la cómoda ilusión. 
Pero eso es la meta y el fin de la guerra,
y la guerra apenas ha comenzado, 
hay todavía traidores para desenmascarar.

Tampoco será obra de ciencia, porque para ser científico, 
para ver y amar las cosas tal cual son, hay que ser uno mismo, 
y amar verse tal cual uno es. 
Hay que haber roto los espejos mentirosos, 
haber matado con mirada implacable los fantasmas insinuantes. 
Pero eso es la meta y el fin de la guerra, 
y la guerra recién ha comenzado, 
hay todavía máscaras que arrancar.

No será tampoco un canto entusiasta, 
ya que el entusiasmo sólo es estable 
          cuando el dios se ha levantado, 
          cuando los enemigos no son más que fuerzas sin formas, 
          cuando el estruendo de la guerra repica a todo trapo. 
Pero la guerra apenas ha comenzado y nosotros todavía 
no hemos arrojado al fuego nuestro juego de cama.

Todavía no será una invocación mágica, 
porque el mago dice a su dios: “Haz lo que me gusta” 
y rehúsa hacer la guerra a su peor enemigo, 
          si el enemigo le gusta.
Ni será un ruego de creyente, 
porque el creyente dice a su dios: “Haz lo que quieras” 
y para eso se ha tenido que meter el hierro 
y el fuego en las entrañas de su más querido enemigo. 
Y eso es el hecho de la guerra. 
Pero la guerra apenas ha comenzado.

Será un poco todo eso, un poco de esperanza 
y un esfuerzo hacia todo eso 
y también será un llamado a las armas. 
Un llamado que el juego de los ecos podrá devolverme 
y que otros, tal vez escucharán.

Ahora pueden adivinar de qué guerra quiero hablar.

De las otras guerras, de las que sufrimos, no hablaré. 
Si hablara de ellas sería literatura común, un sustituto, una excusa. 
Así como empleé la palabra “terrible” 
          cuando aún no tenía la piel de gallina. 
Así usé la expresión “reventar de hambre” 
          cuando aún no había llegado a robar en los escaparates. 
Como hablé de “locura” antes de haber intentado mirar el infinito 
por el ojo de la cerradura. Así como hablé de la muerte 
antes de haber sentido en mi lengua el gusto de sal de lo irreparable. 
Como hablan de pureza algunos que siempre 
          se consideraron superiores al cerdo doméstico. 
Así como quienes adoran y repintan sus cadenas 
hablan de libertad y algunos que sólo aman la sombra de sí mismos 
hablan de amor, o de sacrificio 
          quienes por nada se cortarían el dedo más pequeño. 
O de conocimiento quienes se disfrazan ante sus propios ojos. 
Así como nuestra gran enfermedad es hablar para no ver nada.
Sería un sustituto impotente, como los viejos y los enfermos 
que hablan con gusto de los golpes que dan 
          o reciben los jóvenes elegantes.

¿Tengo entonces el derecho de hablar de la otra guerra 
mientras no está, quizás, definitivamente encendida en mí?
Sí, tal vez no tenga el derecho, pero “no tener el derecho” 
puede significar “tener el deber” y, sobre todo, “la necesidad”, 
ya que nunca tendré demasiados aliados.

Intentaré, entonces, hablar de la guerra santa.

¡Pueda ella estallar de manera irreparable! 
 Cada tanto se enciende, pero nunca por mucho tiempo. 
Ante los primeros signos de victoria me admiro en el triunfo, 
me hago el generoso y pacto con el enemigo. 
Hay traidores en la casa, pero tienen cara de amigos. 
¡Sería tan desagradable desenmascararlos! 
Ocupan su lugar junto al fuego, tienen sus sillones y sus pantuflas; 
vienen cuando estoy somnoliento, me hacen un cumplido, 
me cuentan una historia palpitante o divertida, 
me traen flores o golosinas o algún hermoso sombrero de plumas. 
Hablan en primera persona, creo escuchar mi voz, 
es mi voz que creo emitir: “Yo soy... yo sé... yo quiero...”.
Mentiras. Mentiras metidas en mi carne, 
abscesos que me gritan: “ ¡No nos revientes! 
          ¡Tenemos la misma sangre!”; 
pústulas que lloriquean: “Somos tu único bien, tu único ornamento, 
sigue nutriéndonos, no te cuesta tanto!”.
Son muchos, son encantadores y lastimeros, 
son arrogantes y me chantajean, hacen alianzas... 
esos bárbaros no respetan nada –nada verdadero, quiero decir, 
ya que delante de todo lo demás se retuercen de respeto. 
Gracias a ellos tengo forma, ocupan el lugar 
y tienen la llave del cajón de las máscaras. 
Me dicen: “Nosotros te vestimos; 
¿cómo harías sin nosotros para aparecer en el mundo?”.

¡Oh, antes mejor ir desnudo como un gusano!

Para combatir a esos ejércitos sólo tengo una pequeña espada 
apenas perceptible; corta como una navaja, es verdad, 
          y es muy asesina. 
Pero es tan pequeña que la pierdo a cada rato.  
Nunca sé dónde la guardé. Y cuando por fin la encuentro, 
me parece muy pesada de llevar y muy difícil de manejar, 
mi mortífera pequeña espada.

Yo sé decir apenas algunas palabras, que son más bien vagidos, 
en cambio ellos hasta saben escribir.
Hay siempre uno en mi boca que acecha mis palabras 
cuando quiero hablar. Las escucha, guarda todo para sí 
y habla en mi lugar, con las mismas palabras 
          pero con su inmundo acento. 
Y gracias a él se me respeta y se me juzga inteligente 
(pero los que saben no se equivocan; ¡pueda yo escuchar a los que saben!).
Esos fantasmas me roban todo. Y después pretenden que los compadezca. 
“¡Nosotros te protegemos, te expresamos, 
          te hacemos valer y tú quieres asesinarnos!  
 Te destrozas a ti mismo cuando nos tratas mal, 
cuando golpeas con maldad nuestra sensible nariz, la nuestra, 
          la de tus buenos amigos”.
Y la sucia piedad con todas sus tibiezas viene a debilitarme.   
¡Contra todos ustedes, fantasmas, toda la luz!   
Bastará que encienda la lámpara para que callen, 
          que abra un ojo para que desaparezcan.
Porque están esculpidos de vacío, envejecidos por la nada.   
¡Contra ustedes, la guerra hasta el final!  
Ninguna piedad, ninguna tolerancia.   
Un sólo derecho: el derecho de no ser más.

Pero ahora, otra es la canción. Se sienten señalados  
y se muestran conciliadores: 
“Sí, tú eres el amo. ¿Pero qué es un amo sin servidores?  
 Déjanos permanecer en nuestros modestos lugares, 
prometemos ayudarte. Imagina, por ejemplo, 
          que quieras escribir un poema. ¿Qué harías sin nosotros?”. 
Sí, rebeldes, un día volveré a ponerlos en vuestros sitios. 
Los doblegaré bajo mi yugo. 
Los alimentaré con henos y les pegaré todas las mañanas.  
Mientras succionen mi sangre y roben mis palabras, 
¡Oh, más vale no escribir poemas!

Esa es la maravillosa paz que me proponen. 
Cerrar los ojos para no ver el crimen. 
Que me agite de la mañana a la noche para no ver a la muerte 
          con la boca siempre abierta. 
Que me crea victorioso antes de haber luchado.  ¡Paz de mentira!
Que me acomode en las propias cobardías, 
ya que todo el mundo se acomoda.   
¡Paz de vencidos!
Un poco de mugre, un poco de embriaguez, 
un poco de blasfemia bajo palabras espirituales. 
Una mascarada de virtud, un poco de pereza y ensoñación, 
o mucha, si uno es artista, un poco de todo eso 
y alrededor muchas palabras hermosas. 
Esa es la paz que proponen.  ¡Paz de vendidos!
Y para salvaguardar esa paz vergonzosa, uno hará de todo, 
          también la guerra a sus semejantes. 
Porque existe una vieja y segura receta para conservar esta paz: 
acusar siempre a los otros  ¡Paz de traición!

Ahora saben que quiero hablar de la guerra santa. 
Aquel que se haya declarado esta guerra,  
ése está en paz con sus semejantes. 
Y aunque todo en él sea campo de la más violenta de las batallas, 
en el fondo  del fondo de sí mismo reinará una paz más activa 
          que todas las guerras. 
Y cuanto más reine la paz en el interior de sí, 
en el silencio y la soledad central, 
con mayor rabia se abatirá la guerra contra el tumulto de las mentiras, 
contra la gran ilusión.

En ese vasto silencio envuelto en gritos de guerra, 
escondido del afuera por el huyente espejismo del tiempo, 
el eterno vencedor escucha las voces de otros silencios. 
Solo, después de haber roto la ilusión de no estar solo, 
          ya no está solo por estar solo.
Pero estoy separado de él por ejércitos de fantasmas 
          que quiero aniquilar.   
¡Pueda yo un día instalarme en esa ciudadela!  
 Sobre las murallas, ¡sea destrozado hasta el hueso 
          para que el tumulto no llegue a la cámara real!
“¿Mataré?”, pregunta Arjuna, el guerrero. 
“Mata” se le responde, “si eres un matador no tienes elección”.   
Pero si tus manos enrojecen con la sangre de los enemigos, 
no dejes que ni una sola gota salpique la cámara real, 
donde espera el vencedor inmóvil.

“¿Pagaré el tributo al César?”, preguntó otro. 
“Paga” se le responde. 
Pero no dejes al César echar una sola mirada sobre el tesoro real.

Y yo, que en el mundo del César no tengo otra arma que la palabra,
Yo, que en el mundo del César no tengo otra moneda que la palabra,
¿Hablaré?
Hablaré, para llamarme a la guerra santa.
Hablaré, para denunciar a los traidores que he alimentado.
Hablaré, para que mis palabras avergüencen a mis acciones,
Hasta el día en que una paz acorazada de truenos reine 
          en la cámara del eterno vencedor.

Y porque he empleado la palabra “guerra” 
–y esa palabra “guerra” hoy no es más que un simple ruido 
que las gentes instruidas hacen con sus bocas- 
y esa palabra es ahora una palabra seria y cargada de sentido. 
Sabrán que hablo seriamente 
          y que no son vanos ruidos los que hago con mi boca.



Primavera de 1940



























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