jueves, marzo 31, 2011

"Piedra de sol", de Octavio Paz




La treizième revient...c'est encor la première;
et c'est toujours la seule—ou c'est le seul moment;
car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?

Gérard de Nerval (Arthémis)

un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
                                un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos los veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de una piel más dorada y transparente,

tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,

escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido,
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, los sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son sus pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
                          yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
                          no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
—¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
—esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
                                       ¿hacía planes
para el verano? —y todos los veranos—
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
«no pesa el aire, aquí siempre es octubre»,
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto —siempre un cuarto—
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños —"ya es muy tarde"
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
                                             nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
                            cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
                                                se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
                                              el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
"déjame ser tu puta", son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
                                            mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
                                                 el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
—y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas (el sol nace,
morir es despertar: "Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida"),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
—el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos—,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacados en la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima...
                                                    son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima...
                                                          ¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

—no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muertos están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

—¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida —pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos—,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
                                                vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
                                                  abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser: abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias...

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre.









México, 1957









miércoles, marzo 30, 2011

“Estampas de luz. Diario de un condenado a muerte (1941-1942)”, de Enrique Barberá

Mañana del jueves





El patio está desamparado, el robusto cuerpo de Corona ya no llena el pequeño frontón, ni escuchamos los juiciosos razonamientos de Albero ni gozamos de la jovial compañía de Antonio García. Deambulamos por su corto espacio, ociosos y doloridos hasta que la comunicación nos prepara para ahorrar pesares a los nuestros. Paquita hoy está imposible, procuro reanimarla y apenas lo consigo. Estuvo en la puerta hablando con la ya viuda del malogrado Albero y se hizo propio su dolor, por esto la dejo llorar su justificadísimo llanto.

Nuestra pequeña nos contempla muy triste. ¡Pobres hijitos nuestros! A la edad de comer dulces, beben la hiel que se les sirve.





2003















martes, marzo 29, 2011

"Conversación 'beat' con Allen Ginsberg", de Jorge Teillier




Para encontrarnos con Allen Ginsberg recurrimos al azar, que parece seguir siendo el mejor medio para reunirse con un poeta. Así fue como al pasar un mediodía frente al Hotel Panamericano entramos a preguntar por el líder de la “beat generation”. Mientras nos comunican que debe partir de un momento a otro a Concepción, lo vemos aparecer y nos acercamos a saludarlo. Su aspecto varía entre el de predicador religioso, comerciante ambulante y guerrillero cubano: frondosa barba, melena, desaliñado atuendo y un equipaje consistente en un gran bolso de buhonero y una caja de cartón.

Conversamos en castellano, que Ginsberg habla en forma bastante fluida. Nos explica que lo aprendió durante sus viajes por el Caribe, cuando era marinero mercante, y en su estadía por varios meses en México (Chiapas y Yucatán). Al poco rato, para ilustrar mejor sus palabras, abre la caja de cartón que nos había intrigado, y nos muestra una serie de libros de nuevos poetas y prosistas norteamericanos, y algunas revistas y folletos que nos regala, como un predicador que viene a dejar su Evangelio al sur del Trópico de Capricornio. Es característica, nos parece, en Ginsberg, una actitud de avidez y curiosidad que se exterioriza en un afán de conocer cosas nuevas (apenas llegó a Santiago partió al Zoológico, en donde se hizo amigo del oso hormiguero, y luego visitó el café “Bosco”, en donde trabó amistad inmediata con algunos poetas), o de hacer proyectos como el de estar varios meses en Chile, y luego atravesar a pie la Cordillera. Podríamos llamarlo, sin temor al modismo, un “angurriento”, calificativo criollo que quizás le sería grato, pues durante la charla se autocalificó de “roto choro”.

Nos sorprende la destreza con que Ginsberg amarra nuevamente su equipaje. Nos explica que esto se debe a que durante un tiempo fue dependiente de almacén. Actualmente ha vivido gracias a sus ingresos que le proporciona su libro Howl (8 ediciones y más de 40.000 ejemplares vendidos desde 1956. Recordemos que además en Chile hay una edición de este poema traducido por Fernando Alegría). Además, ha grabado en disco sus poemas, y hace clases de composición en un colegio de San Francisco.

Así ha llegado al éxito terreno este poeta, a los 33 años, después de vivir y escribir en el infierno –como dice William Carlos Williams en el prólogo de Howl– y recorrer un vía crusis en el cual quedaron su madre Naomi, muerta en un Hospital de alienados, y su amigo Carl Solomon, encerrado actualmente en un Hospital de alienados. Su libro –conviene recordarlo– fue perseguido por la policía en nombre de la moral, lo que lo hace emparentarse con Baudelaire y Henry Miller.

De su conversación, asaz fragmentaria, recordamos algunas afirmaciones:

- Mi maestro es el gran poeta William Carlos Williams. Él renovó la poesía norteamericana, rompiendo con la retórica tradicional, al escribir versos medidos de acuerdo a la respiración y no al acento. Completó la revolución iniciada por Whitman, pues Williams escribe en versos cortos, al contrario de los versos de gran aliento de Whitman.

- Admiro profundamente a Jack Kerouac (nuevo Buda de la prosa americana). Su último libro de poemas México Blues es maravilloso. También admiro al prosista William Seward Borrouhs, autor de Naked Lunch, y a los poetas Gregory Corso (autor de Gasoline, John Wieners, autor de Hotel Wentley Poems), y al poeta católico Phillip Lamatia. (Al referirse a este último, Ginsberg nos dice que no es un católico muy ortodoxo, pues su mayor deseo es ser papa. Por su parte, Ginsberg nos dice que a él no le gustaría ser nadie, ni siquiera Ginsberg).

- Mi amigo Carl Solomon permanece aún en el manicomio. Está empeñado en demostrar que es mucho mejor estar enfermo que sano. Lleva cuatro años en esta broma.

- Casi nunca me interesan las novelas. Leo principalmente prosa lírica, escrita de una manera espontánea, y poemas. Tampoco me interesa el género de la “science–fiction”.

- Detesto la política cuando veo que las grandes naciones no hacen más que armarse. El verdadero camino de la salvación es el de transformar el alma de los individuos.

- Me gustaba Fidel Castro, pero me parece mal que haya prohibido fumar marihuana.

Sobre el tema de los narcóticos, Ginsberg demuestra sentir extraordinario interés. Averigua cuáles se pueden encontrar en Chile. Le recomendamos el chamico (“datura estramonio”) que V. P. Rosales señala en su Historia como estupefaciente usado por los mapuches durante sus ceremonias mágicas.

Ginsberg demuestra especial interés por indicarnos que él y los miembros del Grupo de San Francisco, además de otros muchos jóvenes poetas de EE.UU. están empeñados en escribir en forma “espontánea”, sin limitaciones retóricas. Así el último poema largo de Ginsberg “Kaddish” dedicado a la memoria de su madre, fue escrito en una sola noche; John Wieners escribió sus poemas del Hotel Wently como una especie de diario de vida. Le indicamos a Ginsberg que hay cierta similitud con la escritura automática preconizada por el surrealismo, pero él la niega. De todos modos, es evidente cierta semejanza. Hay similares procedimientos de ataque a la literatura y al modo de vida oficial, y es así como mientras los surrealistas editaban “la revista más escandalosa del mundo”, Big Tagle, revista de la cual es uno de los directores Allen Ginsberg fue confiscada por escandalosa de acuerdo a una orden judicial. Por otra parte, hay mucha admiración por Antonin Artaud –Michel Mc Clure ha publicado un libro de poemas en su honor recientemente–, y por Jacques Prévert, especialmente en su primera época.

Una modalidad original de estos poetas es la de unir la poesía a la música de jazz. Kerouac y Ferlinghetti la iniciaron, grabando poemas con singular éxito.

Es interesante el interés existente en el grupo de Ginsberg por lo latinoamericano. En el último número de la revista Yugens se publica un poema de César Vallejo, con una nota en la cual se dice que es el mayor de los poetas de Sudamérica. Se anuncia para este año la publicación de los Antipoemas de Nicanor Parra, por City Lights –la misma editorial que publicó Aullido (Howl). Cuando triunfó la revolución cubana, varios poetas, Kerouac entre ellos, publicaron un homenaje colectivo a Fidel castro. Mientras conversábamos, llegó Lawrence Ferlinghetti, quien nos entregó un poema dedicado a pedir la renuncia de Eisenhower.

Anunciar que va a partir el bus que llevará a Los Cerrillos a los poetas. Ginsberg se despide, anunciándonos que volverá a Santiago por algún tiempo. Se echa su bolso al hombro, y parte a difundir al sur de Chile el evangelio de la “beat generation”.







en Ultramar, Santiago, N°3, de abril de 1960












lunes, marzo 28, 2011

“Corresponsal extranjero”, de B. Traven







Hubo un tiempo en que creí seriamente poder llegar a ser un gran corresponsal extranjero, si se me daba una oportunidad. Escribí, por lo tanto, una elegante carta en finísimo papel a cierto diario importante de mi tierra, detallando mis grandes habilidades y mi vastísima experiencia, para terminar solicitando, con mucha modestia, el trabajo que tanto ansiaba.

El editor, sin duda un hombre muy ocupado, aunque muy amable, contestó como sigue: "Mándeme reportaje sangriento, bien jugoso, al rojo vivo y si es posible referente a algún episodio en que el matasiete Pancho Villa tenga el papel principal. Pero tiene que ser sensacional, candente, incendiario".

Esto me cayó bien, pues ya varias veces había sido prisionero de guerra de Villa y en tres ocasiones hasta se me había advertido que se darían órdenes de que fuese fusilado a la mañana siguiente, si persistía en ser un "entrometido importuno e indeseable, y además por andar husmeando lo que no me importaba". Sin embargo, nunca había presenciado episodio alguno con mucha sangre, al menos la bastante como para complacer al sediento editor.

Era a mediados de 1915, después de la toma de Celaya, cuando yo me encontraba en la industriosa ciudad de Torreón.

Una mañana estaba parado en la banqueta muy cerca de la entrada del Hotel Principal, donde me había hospedado la noche anterior. Salí a ver cómo estaba el tiempo y a llenarme los pulmones de aire fresco mientras llegaba la hora del desayuno.

Pues bien, ahí estaba yo parado contemplándome las manos y pensando que las uñas ya aguantarían una recortadita. Mientras tenía las manos extendidas con las palmas para abajo, una espesa gota roja salpicó mi mano izquierda. En seguida otra gota igual, roja y gruesa, cayó sobre mi mano derecha.

Miré hacia arriba para ver de dónde podría venir esa pintura, pero antes de poder descubrir algo, cayeron sobre mis ojos, cegándome temporalmente, unas cuantas gotas más, extraordinariamente gruesas, que rebotaron en mi nariz. Usé mi pañuelo para limpiarme los ojos, y al ver el suelo noté que ya había seis charquitos de esa espesa pintura roja tan repugnante.

Una vez más miré hacia arriba y vi que, precisamente sobre mi cabeza, había una especie de balcón. Eso me convenció de que algún obrero debía de estar pintando la barandilla de dicho balcón y que el tal tipo desde luego debía ser un sujeto bastante descuidado.

Empujado por mi deber cívico, caminé hacia la calle, hasta cerca de la mitad, desde donde podía ver mejor el balcón y gritarle al tal pintor que tuviera más cuidado con su trabajo, pues podía fácilmente arruinar los trajes nuevos de las damas que salieran del hotel.

No era pintor alguno que trabajara en el balcón. Tampoco era pintura la que caía tan libremente sobre los huéspedes del hotel que entraban y salían. Era algo que yo no esperaba ver tan temprano y en una mañana tan hermosa y apacible.

La barandilla estaba hecha de hierro forjado en un estilo *** y bellamente trabajado. Sobre cada uno de los seis picos de hierro de dicha barandilla estaba ensartada una cabeza humana, acabada de cortar. El hotel tenía cuatro balcones iguales, a cada uno de los cuales se podía llegar por una ventana estilo francés que daba desde el cuarto, y cada balcón tenía seis picos de hierro y cada uno lucía un adorno igual.

Horrorizado me precipité hacia adentro a ver al dueño del hotel, esperando encontrarlo desmayado o en agonía. Solamente se encogió de hombros y dijo con displicencia:

—Eso no es nada nuevo, amigo. Si no hubiera nada que ver esta mañana, eso sería una gran novedad. Pero eche una mirada al otro lado de la calle. ¿Qué ve? Sí, un restaurante, y muy cerca de los ventanales, Pancho y sus jefes están desayunando. Panchito, sabe usted, es de muy buen diente, pero no se le abre el apetito si no tiene esta clase de adorno ante sus ojos. Fíjese en ese coronel de bigotes que ve ahí. Se llama Rodolfo. Fierro. Él es quien cuida que el adorno siempre esté listo al momento de sentarse Panchito a desayunar.
—¿Quiénes son esos pobres diablos ensartados allá arriba? —pregunté.
—Generales y otros oficiales de los bandos opuestos, que tuvieron la mala suerte de perder alguna escaramuza y caer prisioneros. Siempre hay un par de cientos en la lista de espera, así es que Pancho puede estar seguro de su buen apetito todos los días.
—Bueno, pues eso sí que es noticia para enviar a la gente de allá del otro lado del río —contesté:—, pero, óigame, noté una cabeza que a mi parecer no es la de un nativo, sino más bien como la de un extranjero, un inglés o algo por el estilo.
—No, no es la cabeza de un inglés la que vió —dijo el hotelero con su fuerte acento norteño, al mismo tiempo que se me acercaba tanto que su cara estaba casi pegada a la mía mientras hablaba—o No, no es un inglés. No se equivoque usted, amigo. Es la de un cabrón tal por cual corresponsal de un periódico americano. ¿Por qué tiznados tienen estos gringos que meter sus mugrosas narices en nuestros asuntos? Es lo que quiero yo saber. Por lo que yo he visto, ellos tienen en casa bastante cochinada y podredumbre, tanta, que ya mero se ahogan en ella. Pero estos malditos gringos nunca se ven su cola. Siempre andan metiéndose en los líos de otros. ¿Qué tiznados hacen aquí? Si quiere saber, amigo, le diré que bien merecido se lo tiene ese ensartado allá arriba. Que sirva aquí de algo útil; nosotros siquiera los usamos para aperitivos de Pancho. Es para lo que sirven. Sí, señor; esa es mi opinión sincera.

Pulí esta historia cuidadosamente, la escribí a máquina en el papel más caro que pude encontrar, y la mandé por correo esa misma tarde al editor aquel tan amable.

A vuelta de correo tenía su respuesta. También mi reportaje devuelto. En lugar de adjuntar la acostumbrada nota impresa rehusándolo, se había tomado la molestia de escribir unas cuantas líneas personalmente como acostumbran hacer los editores amables para hacerle sentirse a uno mejor.

Aquí están. Las líneas, quiero decir, no los editores amables. "Su reportaje no tiene interés para nuestros lectores. Le falta jugo, sangre, y no es movido. Peor todavía, Pancho ni siquiera toma parte activa en él. Por mi larga experiencia como editor le sugiero olvidarse de llegar a ser corresponsal extranjero. De Ud. atentamente, El Editor".

Seguí el honrado consejo de ese editor tan amable y me olvidé completamente de llegar a ser corresponsal extranjero para un periódico americano, y creo que esta es la razón por la cual todavía conservo mi cabeza sobre los hombros, siendo que Pancho tiempo ha que fue a su último descanso sin la suya.





en Canasta de cuentos mexicanos, 1956















domingo, marzo 27, 2011

"Aparición", de Stéphane Mallarmé

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio





La luna se entristecía. Serafines en lágrimas
Soñando, el arco en los dedos en la calma de las flores
Nebulosas, arrancaban de violas moribundas
Blancos sollozos deslizándose por el azul de las corolas.
—Era el bendito día de tu primer beso.
Mi fantasía que ama atormentarme
Se embriagaba sabiamente de perfume de tristeza
Que incluso sin pesar y sin disgusto deja
El recogimiento de un Sueño al corazón que lo recogió.
Erraba, pues, con el ojo clavado en el pavimento envejecido
Cuando, con el sol en los cabellos, en la calle
Y al atardecer, te me apareciste riendo,
Y creí ver al hada del sombrero de luz
Que en otro tiempo pasaba por mis bellos sueños de niño
Mimado, dejando siempre de sus manos mal cerradas
Nevar blancos ramos de estrellas perfumadas.




1863




 


Retrato de Édouard Manet, 1876




Apparition


La lune s’attristait. Des séraphins en pleurs/ Rêvant, l’archet aux doigts, dans le calme des fleurs/ Vaporeuses, tiraient de mourantes violes/ De blancs sanglots glissant sur l’azur des corolles./ C’était le jour béni de ton premier baiser./ Ma songerie aimant à me martyriser/ S’enivrait savamment du parfum de tristesse/ Que même sans regret et sans déboire laisse/ La cueillaison d’un Rêve au cœur qui l’a cueilli./ J’errais donc, l’œil rivé sur le pavé vieilli/ Quand avec du soleil aux cheveux, dans la rue/ Et dans le soir, tu m’es en riant apparue/ Et j’ai cru voir la fée au chapeau de clarté/ Qui jadis sur mes beaux sommeils d’enfant gâté/ Passait, laissant toujours de ses mains mal fermées/ Neiger de blancs bouquets d’étoiles parfumées.//




sábado, marzo 26, 2011

“Intimidad”, de Richard Ford






Esto ocurrió en una época en que mi matrimonio todavía era feliz.

Vivíamos en una gran ciudad del noreste. Era invierno. Febrero. El mes más frío. Yo, por cierto, seguía intentando escribir, y mi mujer trabajaba de traductora para una pequeña editorial especializada en ensayos científicos checoslovacos. Llevábamos diez años casados, y aún disfrutábamos de la extraña y excitante ilusión de haber superado las peores dificultades de la vida.

El apartamento que alquilábamos se hallaba en una antigua zona de fábricas al sur de la ciudad, y constaba sólo de una habitación grande y vacía con altas ventanas en la parte de delante y la de atrás, y casi sin iluminación eléctrica. La luz natural era lo que contaba allí. Un famoso director teatral de vanguardia había vivido en aquel apartamento, donde escenificaba sus obras agresivas y nihilistas, por lo que las paredes estaban pintadas de negro, y en una de ellas aún se alineaban unos asientos de plástico para su público escaso y poco entusiasta. Nuestra cama -la mía y de mi mujer- estaba en un oscuro rincón, donde, para proteger la intimidad, habíamos colocado parte de las cortinas negras que servían de telón. Aunque, por supuesto, nadie la amenazaba.

Cada noche, cuando mi mujer volvía de trabajar, salíamos a las frías y relucientes calles y buscábamos un restaurante donde cenar. Luego nos quedábamos una hora en algún bar y nos tomábamos un café o un coñac, y hablábamos apasionadamente de las traducciones en las que mi mujer estaba trabajando, aunque nunca (por fortuna) del trabajo en el que yo estaba fracasando.

Nuestro deseo, no hace falta que lo diga, era permanecer fuera del apartamento el mayor tiempo posible. Pues no sólo casi no había luz en él, sino que cada noche, a las siete, el propietario del edificio apagaba la calefacción, por lo que a las diez -en nuestra planta, la última- hacía tanto frío que el único lugar en el que se podía estar era la cama, enterrados bajo tantas mantas que casi no podíamos movernos. Mi mujer, en aquella época, trabajaba muchas horas y siempre estaba fatigada, y aunque a veces volvíamos a casa con una copa de más y hacíamos el amor en la oscuridad, bajo las mantas, lo normal era que se derrumbara inmediatamente en la cama y comenzara a roncar antes de que yo me metiera a su lado.

Y así, durante numerosas noches de aquel invierno, en aquella habitación, fría, grande y casi vacía, permanecí despierto, a menudo con los ojos como platos a causa del fuerte café que habíamos bebido. Y a menudo me ponía a caminar de una ventana a otra, y contemplaba la calle desierta o el cielo espectral, que ardía con la titilante luminosidad de los edificios de la ciudad, edificios que ni siquiera podía ver. A menudo me echaba una manta, y a veces dos, sobre los hombros, y me ponía unos calcetines de lana basta y gruesa que había conservado de cuando era un chaval.

Fue en una de esas frías noches -a través de las ventanas que había en la parte posterior de nuestro piso, ventanas por las que primero se veía el callejón que había abajo, luego el solar dejado por una fábrica de alambre al ser demolida y más allá los edificios de la calle paralela a la nuestra- cuando vi, dentro de un apartamento alargado e iluminado por una luz amarilla, la figura de una mujer que se desvestía lentamente y a la que, por lo que parecía, tanto le daba lo que hubiera más allá del cristal de su ventana.

Debido a la distancia, no pude verla bien ni con claridad; sólo vi que era de poca estatura y aparentemente delgada, de pelo muy corto y moreno: una mujer menuda en todos los sentidos. La luz amarilla que la rodeaba parecía arder, y daba a su piel un tono bronceado y reluciente; sus movimientos, vistos a través de la ventana, resultaban estilizados y levemente irreales, como los de una silueta o los de un personaje de una película antigua.

Yo, sin embargo, solo en aquella gélida oscuridad, envuelto con mantas que me cubrían la cabeza como si fueran un chal, con mi esposa durmiendo, sin darse cuenta de nada, a unos pocos pasos..., bueno, me quedé extasiado ante aquella visión. Al principio me acerqué al cristal de la ventana, tanto, que sentí su frío en las mejillas. Pero luego, intuyendo que a aquella distancia se me podría ver, retrocedí hacia el interior del cuarto. Finalmente, me fui hasta el rincón, donde mi mujer tenía una lamparilla junto a la cama, y la apagué, de modo que quedé totalmente oculto en la oscuridad. Y al cabo de un par de minutos más abrí un cajón y saqué unos anteojos plateados que el director de teatro se había dejado, me acerqué de nuevo a la ventana y observé a la mujer a través de la oscuridad y desde mi propia oscuridad.

No recuerdo en qué pensaba. Sin duda, estaba excitado. Sin duda, estaba emocionado por el misterio de observar en la oscuridad. Sin duda, me encantaba que fuera algo ilícito, y que mi mujer durmiera al lado y no se enterara de lo que estaba haciendo. También es posible que incluso me gustara el frío que me rodeaba, tan absoluto como la propia noche, y puede que incluso sintiera que la visión de aquella mujer -a la que imaginaba joven y carente de cautela o discreción me tenía como paralizado, me aislaba y hacía que el mundo se detuviera y resultara perfectamente expresable como dos polos conectados por mi línea de visión. Ahora estoy seguro de que todo eso tenía que ver con la sensación de haber fracasado que se cernía amenazadora sobre mí.

Nada más pasó. Pero en las noches siguientes me quedé despierto para observar a la mujer, y dejé que mi esposa, fatigada, durmiera. Cada noche, durante la semana siguiente, la mujer apareció en la ventana y se desnudó lentamente en su habitación (una habitación que jamás intenté imaginarme, aunque en la pared que había a su espalda parecía haber el dibujo de un ciervo saltando). Una vez se había despojado de su ropa y mostraba sus hombros huesudos, sus pequeños pechos, sus finas piernas, su estrecha caja torácica y su estómago menudo y redondeado, la mujer se paseaba un rato por la habitación sumida en aquella luz color bronce, de una ventana a otra, escenificando lo que me parecía una especie de lánguida danza ritual o una serie de movimientos, posiblemente teatrales, levantando, doblando y extendiendo los brazos, arqueando el cuello, mientras sus manos ejecutaban unos elegantes y cadenciosos gestos que no entendía ni intentaba entender, absorto como estaba en su desnudez y en la esporádica visión de la oscura mata de vello entre sus piernas. Todo aquello era excitante, misterioso, ilícito, y nada más.

Como ya he dicho, eso duró una semana, y luego lo dejé. Una noche, simplemente, me envolví de nuevo con las mantas, fui a la ventana con mis anteojos y vi las luces al otro lado del espacio vacío. Durante un rato no apareció nadie. Y entonces, sin ninguna razón concreta, di media vuelta y me metí en la cama con mi mujer, que estaba calentita y olía a coñac y sudor y sueño bajo las mantas, y me quedé dormido. No se me ocurrió volver a mirar por la ventana.

Sin embargo, una tarde, una semana después de haber dejado de mirar por la ventana, me levanté del escritorio en un momento de frustración y vana desesperación, y salí al sol de invierno, y pasé por delante de una hilera de elegantes locales, pues los viejos edificios fueron renovados y ahora había en ellos tiendas de moda y prósperas galerías de arte. Caminé hasta el río, en el que flotaban grandes bloques de hielo gris. Seguí hasta la zona universitaria, cerca de donde mi mujer trabajaba a aquella hora. Y luego, cuando comenzó a caer la tarde, emprendí el camino de regreso con la cara rígida de frío, la espalda agarrotada y mis manos sin guantes congeladas y rojas. Al doblar una esquina para tomar un atajo hasta mi casa, me encontré con que, de manera inesperada, iba a pasar frente al edificio que había espiado durante una semana. Algo hizo que lo reconociera, aunque no era consciente de haber pasado por delante de él ni de haberlo visto a la luz del día. Y justo en aquel momento se disponía a entrar por la alta puerta principal del edificio la mujer que había contemplado todas aquellas noches, y que me había proporcionado satisfacción y un indudable y secreto consuelo. Reconocí su cara, desde luego: pequeña, redonda y, por lo que pude ver, impasible. Y para mi sorpresa, aunque no para mi pesar, resultó ser vieja. Tendría quizá setenta años, o más. Era china, y vestía unos finos pantalones negros y una delgada chaqueta gris, y dentro de esas prendas debía de tener tanto frío como yo. De hecho, debía de estar helada. Colgándole de los brazos y en las manos llevaba bolsas de plástico que contenían comestibles. Cuando me detuve y la miré, giró la cabeza y me devolvió la mirada desde lo alto de los escalones que conducían a la entrada con una expresión que ahora sólo puedo considerar de indiferencia mezclada con un levísimo sentimiento de temor. Era una anciana, al fin y al cabo. Yo habría podido sentir el repentino impulso de atacarla, y habría podido hacerlo con facilidad. Pero, desde luego, no era esa mi intención. La anciana volvió la vista hacia la puerta, y me pareció que metía la llave en la cerradura con muchas prisas. Giró la vista otra vez en dirección a mí, y oí el ruido apagado del cerrojo al descorrerse. No dije nada, ni siquiera volví a mirarla. No quería que pensara que había en mi mente lo que había, y tampoco lo que no había. Y entonces seguí andando; me sentía traicionado, lo cual me parecía extraño, aunque, por otra parte, no me sorprendía en lo más mínimo, y, simplemente, acabé de recorrer la calle camino de mi habitación y de mis propias puertas, y mi vida entró en aquel momento en lo que sería su primer y largo ciclo de deprimente frustración.



en Pecados sin cuento, 2002














viernes, marzo 25, 2011

"Himnos de la noche", de Novalis

Fragmento II



¿Ha de volver siempre la mañana? ¿No tendrá nunca fin el poder de la tierra? Siniestra agitación devora el vuelo celestial de la noche que se acerca. ¿No va a arder para siempre la ofrenda secreta del amor? Los días de la luz están contados; pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la noche. El sueño dura eternamente. Sagrado sueño — no escatimes la felicidad a los que en esta jornada terrena se consagran a la noche. Sólo los insensatos te ignoran y no conocen otro sueño que el de la sombra que tú, compasiva, arrojas sobre nosotros en el crepúsculo de la noche verdadera. Ellos no te sienten en el dorado mosto de las uvas — ni en el aceite milagroso del almendro, ni en la parda savia de la amapola. No saben que eres tú la que envuelve los pechos de la tierna muchacha y convierte su regazo en un edén — no sospechan siquiera que tú, desde antiguas historias, sales a nuestro encuentro abriéndonos las puertas del cielo, trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados, silenciosa mensajera de infinitos misterios.










1798







Traducción de Rodolfo Hässler









jueves, marzo 24, 2011

"¿Se atreve?", de Vladimir Mayakovski







Yo emborroné el mapa de lo vulgar
vertiendo la pintura de un vaso.
En un plato de gelatina mostré
los pómulos oblícuos del océano.

En las escamas de un pe de hojalata
leí la llamada de nuevos labios.
Y usted
¿se atreve
a tocar un nocturno
en la flauta de los canalones?




1913















miércoles, marzo 23, 2011

"Una temporada en el infierno", de Arthur Rimbaud

Inicio / © Traducción de Juan Carlos Villavicencio




En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos fluían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. Y la insulté.

Me armé contra la justicia.

Huí. ¡Oh brujas, miseria, odio, a ustedes fue confiado mi tesoro!

Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría, para estrangularla, di el sordo brinco de la bestia feroz. Llamé a los verdugos para morder las culatas de sus fusiles mientras moría. Llamé a las plagas para ahogarme con la arena, con la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el barro. Me sequé con el aire del crimen. Y le he jugado buenas manos a la locura.

Y la primavera me trajo la espantosa risa del idiota.

Ahora bien, muy recientemente, encontrándome a punto de dar el último ¡cuac!, soñé con buscar la llave del viejo festín, donde tal vez recobre el apetito.

La caridad es esta llave. - ¡Esta inspiración prueba que soñé!

"Tú seguirás siendo una hiena, etc...", exclamó el demonio que me coronó con tan amables amapolas. "Llega a la muerte con todos tus apetitos y tu egoísmo y todos los pecados capitales."

¡Ah! Ya ha sido demasiado: –¡Pero, querido Satán, te conjuro con una pupila menos irritada! Y aguardando las escasas y pequeñas cobardías que faltan, para ti que amas en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco algunas repugnantes hojas de mi carnet de condenado.






1873





Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.// Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux. - Et je l'ai trouvée amère. -Et je l'ai injuriée.// Je me suis armé contre la justice.// Je me suis enfui. Ô sorcières, ô misère, ô haine, c'est à vous que mon trésor a été confié!// Je parvins à faire s'évanouir dans mon esprit toute l'espérance humaine. Sur toute joie pour l'étrangler j'ai fait le bond sourd de la bête féroce.// J'ai appelé les bourreaux pour, en périssant, mordre la crosse de leurs fusils. J'ai appelé les fléaux, pour m'étouffer avec le sable, avec le sang. Le malheur a été mon dieu. Je me suis allongé dans la boue. Je me suis séché à l'air du crime. Et j'ai joué de bons tours à la folie.// Et le printemps m'a apporté l'affreux rire de l'idiot.// Or, tout dernièrement, m'étant trouvé sur le point de faire le dernier couac! j'ai songé à rechercher le clef du festin ancien, où je reprendrais peut-être appétit.// La charité est cette clef. - Cette inspiration prouve que j'ai rêvé!// "Tu resteras hyène, etc...", se récrie le démon qui me couronna de si aimables pavots. "Gagne la mort avec tous tes appétits, et ton égoïsme et tous les péchés capitaux."// Ah! j'en ai trop pris: -Mais, cher Satan, je vous en conjure, une prunelle moins irritée! et en attendant les quelques petites lâchetés en retard, vous qui aimez dans l'écrivain l'absence des facultés descriptives ou instructives, je vous détache des quelques hideux feuillets de mon carnet de damné.





martes, marzo 22, 2011

“Neal Cassady en White Sands, Nuevo México”, de Pedro Damián Bautista







Madre: si de pequeño tú me hubieras abandonado en una canasta
en las puertas de la iglesia del condado
yo te lo perdonaría
te lo hubiera perdonado, por Dios
Madre: si yo regresara de la guerra y tú no me abrieses la puerta
yo te lo hubiera perdonado;
si ebrio te buscara para derramar sobre tu falda roja mis lágrimas
de ave
y tú huyeras asustada corriendo por la orilla del río,
yo te lo perdonaría
-mi pandilla me iba a abandonar y yo regresaría a mi cuadra solo
y desangrándome-
Si no fueras a mi boda yo te lo perdonaría;

Te perdonaría también si me entregaras a la policía –un acierto
en tu ofuscación-
yo me subiría a la pánel con mis zapatones de doblesuela
manchados de barro y con la camisa que tú me hiciste y que
yo estrené el veinticuatro de mayo de mil novecientos
sesentaycinco…

Madre: he andado perdido todos estos años,
perdóname tú ahora






en Revista La zorra vuelve al gallinero, México, invierno 2009














lunes, marzo 21, 2011

"Peligros de la 'intervención humanitaria' en Libia", de Robert Fisk





Conque vamos a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles libios, ¿cierto? Lástima que no se nos haya ocurrido hace 42 años. O 41 años. O… bueno, ustedes saben el resto. Y no nos dejemos engañar sobre lo que en realidad significa la resolución del Consejo de Seguridad. Una vez más, será el cambio de régimen. Y así como en Irak –para usar una de las únicas frases memorables de Tom Friedman en ese tiempo–, cuando el último dictador se vaya, ¿quién sabe qué clase de murciélagos saldrán de la caja?

Y luego de Túnez y de Egipto, tenía que ser Libia, ¿verdad? Los árabes de África del norte demandan libertad, democracia, no más opresión. Sí, eso es lo que tienen en común. Pero otra cosa que esas naciones tienen en común es que fuimos nosotros, los occidentales, quienes alimentamos a sus dictaduras década tras década. Los franceses acurrucaron a Ben Alí, los estadunidenses apapacharon a Mubarak y los italianos arroparon a Gadafi hasta que nuestro glorioso líder fue a resucitarlo de entre los muertos políticos.

¿Sería por eso, me pregunto, que no habíamos sabido de lord Blair de Isfahán en fechas recientes? Sin duda debería haber estado allí, aplaudiendo con júbilo ante una nueva intervención humanitaria. Tal vez sólo está tomando un descanso entre episodios. O tal vez, como los dragones en La reina de las hadas, de Spenser, está vomitando en silencio panfletos católicos con todo el entusiasmo de un Gadafi en pleno impulso.

Abramos el telón apenas un poco y observemos la oscuridad que hay detrás. Sí, Gadafi es un orate absoluto, un lunático del nivel de Ajmadineyad de Irán o Lieberman de Israel, quien una vez, por cierto, se puso a fanfarronear con que Mubarak podía irse al infierno, pero se puso a temblar de miedo cuando Mubarak fue en verdad lanzado en esa dirección. Y existe un elemento racista en todo esto.

Medio Oriente parece producir estos personajes… en oposición a Europa, que en los 100 años pasados sólo ha producido a Berlusconi, Mussolini, Stalin y el chaparrito aquel que era cabo en la infantería de reserva del 16 regimiento bávaro y que de plano perdió el seso cuando resultó elegido canciller en 1933… pero ahora estamos volviendo a limpiar Medio Oriente y podemos olvidar nuestro propio pasado colonial en este recinto de arena. Y por qué no, cuando Gadafi dice a la gente de Bengasi: “iremos zenga, zenga (callejón por callejón), casa por casa, cuarto por cuarto”. Sin duda es una intervención humanitaria que de veras, de veritas es una buena idea. Después de todo, no habrá tropas en tierra.

Desde luego, si esta revolución fuese suprimida con violencia en, digamos, Mauritania, no creo que exigiéramos zonas de exclusión aérea. Ni en Costa de Marfil, pensándolo bien. Ni en ningún otro lugar de África que no tuviera depósitos de petróleo, gas o minerales o careciera de importancia en nuestra protección de Israel, la cual es la verdadera razón de que Egipto nos importe tanto.

Enumeremos algunas cosas que podrían resultar mal; demos una mirada de soslayo a esos murciélagos que aún anidan en el reluciente y húmedo interior de su caja. Supongamos que Gadafi se aferra en Trípoli y que británicos, franceses y estadunidenses destruyen sus aviones, vuelan sus aeropuertos, asaltan sus baterías de vehículos blindadas y misiles y él sencillamente no desaparece. El jueves observé cómo, poco antes de la votación en la ONU, el Pentágono comenzaba a ilustrar a los periodistas sobre los peligros de toda la operación, precisando que podría llevar días instalar una zona de exclusión aérea.

Luego está la truculencia y villanía de Gadafi mismo. Las vimos este viernes, cuando su ministro del Exterior anunció el cese del fuego y el fin de todas las operaciones militares, sabiendo perfectamente, por supuesto, que una fuerza de la OTAN decidida al cambio de régimen no lo aceptaría y que eso permitiría a Gadafi presentarse como un líder árabe amante de la paz que es víctima de la agresión de Occidente: Omar Mujtar vive de nuevo.

¿Y qué tal si sencillamente no llegamos a tiempo, si los tanques de Gadafi siguen avanzando? Entonces enviamos mercenarios a ayudar a los rebeldes. ¿Nos instalamos temporalmente en Bengasi, con consejeros, ONG y la acostumbrada palabrería diplomática? Nótese cómo, en este momento crítico, no hablamos ya de las tribus de Libia, ese curtido pueblo guerrero que invocamos con entusiasmo hace un par de semanas. Ahora hablamos de la necesidad de proteger al pueblo de Libia, ya sin registrar a los senoussi, el grupo más poderoso de familias tribales de Bengasi, cuyos hombres han librado gran parte de los combates. El rey Idris, derrocado por Gadafi en 1969, era senoussi. La bandera rebelde roja, blanca y verde –la vieja bandera de la Libia prerrevolucionaria– es de hecho la bandera de Idris, una bandera senoussi.

Ahora supongamos que los insurrectos llegan a Trípoli (el punto clave de todo el ejercicio, ¿no es así?): ¿serán bienvenidos allí? Sí, hubo protestas en la capital, pero muchos de esos valientes manifestantes venían de Bengasi. ¿Qué harán los partidarios de Gadafi? ¿Se disgregarán? ¿Se darán cuenta de pronto de que siempre sí odiaban a Gadafi y se unirán a la revolución? ¿O continuarán la guerra civil?

¿Y si los rebeldes entran en Trípoli y deciden que Gadafi y su demente hijo Saif al-Islam deben recibir su merecido, junto con sus matones? ¿Vamos a cerrar los ojos a las matanzas de represalia, a los ahorcamientos públicos, a tratos como los que los criminales de Gadafi han infligido durante tantos años? Me pregunto. Libia no es Egipto. Una vez más, Gadafi es un chiflado y, dado su extraño desempeño con su Libro Verde en el balcón de su casa bombardeada, es probable que de cuando en cuando también monte en cólera.

También está el peligro de que las cosas salgan mal de nuestro lado: las bombas que caen sobre civiles, los aviones de la OTAN que pueden ser derribados o estrellarse en territorio de Gadafi, la súbita sospecha entre los rebeldes/el pueblo libio/los manifestantes por la democracia de que la ayuda de Occidente tiene, después de todo, propósitos ulteriores. Y luego hay una aburrida regla universal en todo esto: en el segundo en que se emplean las armas contra otro gobierno, por mucha razón que se tenga, las cosas empiezan a desencadenarse. Después de todo, los mismos rebeldes que la mañana del jueves expresaban su furia ante la indiferencia de París ondeaban banderas francesas la noche de ese día en Bengasi. ¡Viva Estados Unidos! Hasta que…

Conozco los viejos argumentos. Por mala que haya sido nuestra conducta en el pasado, ¿qué debemos hacer ahora? Es un poco tarde para preguntar eso. Amábamos a Gadafi cuando llegó al poder en 1969 y luego, cuando mostró ser un orate, lo odiamos; después lo volvimos a amar –hablo de cuando lord Blair le estrechó las manos– y ahora lo odiamos de nuevo. ¿Acaso Arafat no tuvo un similar historial de altibajos para los israelíes y los estadunidenses? Primero era un superterrorista que anhelaba destruir a Israel, luego un superestadista que estrechó las manos de Yitzhak Rabin, y luego de nuevo se volvió un superterrorista cuando se dio cuenta de que había sido engañado sobre el futuro de Palestina.

Algo que podemos hacer es ubicar a los Gadafi y Saddam del porvenir que alimentamos hoy, los futuros dementes sádicos de la cámara de torturas que cultivan a sus jóvenes vampiros con nuestra ayuda económica. En Uzbekistán, por ejemplo. Y en Turkmenistán, Tayikistán, Chechenia y otros por el estilo. Hombres con los que tenemos que tratar, que nos venderán petróleo, nos comprarán armas y mantendrán a raya a los terroristas musulmanes.

Todo es tan conocido que fastidia. Y ahora estamos de nuevo en ello, dando puñetazos en el escritorio en unidad espiritual. No tenemos muchas opciones, a menos que queramos ver otro Srebrenica, ¿verdad? Pero un momento: ¿acaso aquello no ocurrió mucho después de que impusimos nuestra zona de exclusión aérea en Bosnia?










en The Independent, luego en La Jornada, marzo 2011


Ilustración de Allan Macdonald


Traducción: Jorge Anaya










domingo, marzo 20, 2011

"Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte", de Francisco de Quevedo







Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monto quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa, vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé otra cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.




en Antología de la poesía universal, 1968















sábado, marzo 19, 2011

"Una advertencia al mundo", de Amy Goodman





Al describir la devastación en una ciudad de Japón, un periodista escribió: "Parece como si una aplanadora gigante hubiera pasado por encima y arrasado con todo lo que allí existía. Escribo estos hechos... como una advertencia al mundo". El periodista era Wilfred Burchett, que escribía desde Hiroshima, Japón, el 5 de septiembre de 1945. Burchett fue el primer periodista de Occidente que llegó a Hiroshima luego de que allí se lanzara la bomba atómica. Informó acerca de una extraña enfermedad que seguía matando a la gente, incluso un mes después de ese primer y letal uso de armas nucleares contra seres humanos. Sus palabras podrían perfectamente estar describiendo las escenas de aniquilación que acaban de tener lugar en el noreste de Japón. Debido al empeoramiento de la catástrofe en la central nuclear de Fukushima, su grave advertencia al mundo sigue estando hoy más que vigente.

El desastre se profundiza en el complejo nuclear de Fukushima tras el mayor terremoto de la historia de Japón y el tsunami que lo sucedió, que dejó miles de muertos. Las explosiones en los rectores números 1 y 3 liberaron radiación a un nivel tal que fue medida por un buque de la Armada estadounidense desde una distancia de 160 kilómetros, lo que obligó al buque a alejarse de la costa. Una tercera explosión sucedió en el reactor número 2, provocando que muchos especularan que el contenedor primario, donde se mantiene el uranio sometido a fisión nuclear y que es de vital importancia, se había dañado. Poco después se incendió el reactor número 4, a pesar de que no estaba funcionando cuando el terremoto azotó el país. Cada reactor también ha tenido que utilizar el combustible nuclear almacenado en su interior, y ese combustible puede provocar grandes incendios, liberando más radiación al aire. Todos los sistemas de enfriamiento fallaron, así como también los sistemas de seguridad adicionales, y una pequeña delegación de valientes trabajadores permanece en el lugar, a pesar de la peligrosa radiación, que podría ser letal, tratando de bombear agua del mar a las estructuras dañadas para enfriar el combustible radiactivo.

El Presidente Barack Obama asumió la iniciativa de liderar un "renacimiento nuclear" y propuso nuevas garantías de préstamos federales por 36.000 millones de dólares para promover el interés de las empresas de energía en la construcción de nuevas plantas nucleares (lo que se suma a los 18.500 millones de dólares que habían sido aprobados durante el gobierno de George W. Bush). La primera empresa de energía que esperaba recibir esta dádiva pública fue Southern Company, por dos reactores anunciados para Georgia. La última vez que se autorizó y logró llevarse a cabo la construcción de una nueva planta de energía nuclear en Estados Unidos fue en 1973, cuando Obama estaba en séptimo grado en la Escuela Punahou en Honolulu. El desastre de Three Mile Island en 1979 y el de Chernóbil en 1986 efectivamente clausuraron la posibilidad de avanzar en nuevos proyectos de energía nuclear con objetivos comerciales en Estados Unidos. Sin embargo, este país sigue siendo el mayor productor de energía nuclear comercial del mundo. Las 104 plantas nucleares habilitadas son viejas, y se acercan al fin de su vida útil originalmente proyectada. Los propietarios de las plantas están solicitando al gobierno federal extender sus licencias para operar.

La Comisión Reguladora Nuclear (NRC, por sus siglas en inglés) está a cargo de otorgar y controlar estas licencias. El 10 de marzo, la NRC emitió un comunicado de prensa “acerca de la renovación de la licencia operativa de la Planta de Energía Nuclear Vermont Yankee cerca de Brattleboro, Vermont, por veinte años más. Está previsto que el personal de la NRC pronto expida la licencia renovada”, decía el comunicado de prensa. Harvey Wasserman, de NukeFree.org, me dijo: "El reactor número 1 de Fukushima es idéntico al de la planta de Vermont Yankee, que ahora está a la espera de renovar su licencia y que el pueblo de Vermont pretende cerrar. Es importante tener en cuenta que este tipo de accidente, este tipo de desastre, podría haber ocurrido en cuatro reactores en California, si el terremoto de 9.0 grados de la escala Richter hubiera azotado el Cañón del Diablo en San Luis Obispo o San Onofre entre Los Ángeles y San Diego. Podríamos perfectamente ser ahora testigos de la evacuación de Los Ángeles o San Diego, si este tipo de cosa hubiera sucedido en California. Y, por supuesto, Vermont tiene el mismo problema. Hay 23 reactores en Estados Unidos que son idénticos o casi idénticos al reactor 1 de Fukushima". La mayoría de los habitantes de Vermont, entre ellos el gobernador del Estado, Peter Shumlin, apoya el cierre del reactor Vermont Yankee, diseñado y construido por General Electric.

La crisis nuclear en Japón ha tenido repercusiones a nivel mundial. Hubo manifestaciones en toda Europa. Eva Joly, miembro del Parlamento Europeo, dijo en una manifestación: "La idea de que esta energía es peligrosa pero podemos manejarla se ha desechado hoy. Y sabemos cómo eliminar las plantas nucleares: necesitamos energía renovable, necesitamos molinos, necesitamos energía geotérmica y necesitamos energía solar". Suiza detuvo sus planes de renovar las licencias de sus reactores, y 10.000 manifestantes en Stuttgart exhortaron a la Canciller alemana Angela Merkel a que ordene el cierre inmediato de las siete plantas nucleares alemanas construidas antes de la década del ’80. En Estados Unidos, el diputado demócrata de Massachusetts, Ed Markey, dijo "Lo que está sucediendo en Japón en este momento da indicios de que también en Estados Unidos podría ocurrir un grave accidente en una planta nuclear".

La era nuclear se inició no muy lejos de Fukushima, cuando Estados Unidos se convirtió en la única nación de la historia de la humanidad que lanzó bombas atómicas sobre otro país, dos bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki y mataron a cientos de miles de civiles. El periodista Wilfred Burchett fue el primero que describió la “plaga atómica”, como la llamó: “En estos hospitales encuentro gente que cuando cayeron las bombas no sufrió ninguna lesión, pero ahora están muriendo a causa de las secuelas. Su salud comenzó a deteriorarse sin motivo aparente”. Más de 65 años después de que se sentara en los escombros con su vapuleada máquina de escribir Hermes y escribiera su advertencia al mundo, ¿qué hemos aprendido?











en Democracy Now!, 17 de marzo 2011













viernes, marzo 18, 2011

“A bordo de una barca mientras leo los poemas de Yüan Chen”, de Po Chü-I








Tomo tus poemas en mis manos
             y los leo a la luz del candil.
La lectura ha terminado,
             la luz está baja,
             el alba aún no llega.
Siento escozor en los ojos;
             apago el candil
             y permanezco a oscuras
Escuchando las olas que
             impulsadas por el viento
             baten con fuerza la proa.





en Poetas Chinos de la Dinastía T’ang, 1961














jueves, marzo 17, 2011

"El viaje", de Carlos de Rokha





C
uando volví a aquel pueblo en que viví de niño
todo estaba lo mismo que en los días perdidos.
Nadie vino a esperarme a la estación dormida
Yo traía en mis ojos equipajes de sombras
Las casas bostezaban llenas de polvo umbrío.
No encontré a los vecinos
que hablaban con mi abuelo
en la paz de la tarde cuando se acaba el día.
Todos, todos yacían en sus nichos helados.
Sólo unas rojas loicas jugaban en alambres
que muy breves medían la extensión del villorio.
En el viejo molino
nadie movía ahora la ya gastada rueda.
Los campanarios mudos, las plazas casi secas
sin sus rondas de niños y de pájaros.
Los labriegos lejanos consumían sus manos
trabajando la tierra como en el tiempo antiguo.
Visiones olvidadas, telarañas heridas, puertas todas en sombras
me hablaban de un pasado de remotas anuencias.
Quise llorar entonces,
pero volví mi rostro
y un silencio de asombro me acompañó al regreso
cuando volví del pueblo en que viví mi infancia.










en Pavana del gallo y el arlequín, 1967









Contribución a Dscntxt de Juan Camilo Lorca,
que considera que Jorge Teillier leyó este poema antes
de comenzar a escribir como lo haría desde 1965.








miércoles, marzo 16, 2011

“El compromiso”, de Friedrich Dürrenmatt

Fragmento





En todas las historias de misterio otro tipo de fraude es perpetrado. No me refiero al hecho de que el criminal tiene su castigo predeterminado. Los cuentos de hadas son moralmente necesarios, supongo. Están en la misma línea que otras mentiras que ayudan a preservar el Estado, como la piadosa frase que el crimen no paga, cuando uno solamente tiene que mirar a la sociedad para encontrar cuanta verdad existe en eso... No, lo que realmente me molesta es el argumento. Aquí el fraude se vuelve demasiado crudo y sin vergüenza. Construyes tus argumentos lógicamente, como un juego de ajedrez; aquí el criminal, aquí la victima, aquí el cómplice, aquí la mente maestra. El detective sólo necesita saber las reglas y jugar la partida de nuevo, y tiene al criminal atrapado, ha ganado una victoria para la justicia. Esta ficción es frustrante. La realidad puede ser sólo parcialmente atacada por la lógica.




1958














martes, marzo 15, 2011

"Fahrenheit 451: ¿El fin de la literatura?", de Arcadio Bolaños





¿Cuál es el futuro de la literatura? ¿Su fin está acerca? Estas interrogantes marcan el inicio de la entrevista [de Michael Pfeiffer] con Rafael Argullol. Indagar sobre el destino de la literatura parece ser una tarea esencial. Argullol considera que se corre el riesgo de caer en conclusiones ingenuas; responder cuál es el destino de la literatura es, en cierto modo, como intentar absolver una de las preguntas sin respuesta que él plantea. Por otro lado, Martha Nussbaum también cuestiona el propósito —ese otro fin— de la literatura en comparación con el texto filosófico. En lugar de un interrogante abstracto y general, lo más indicado para abordar la problemática literaria es elegir un texto literario, y sobre la base del mismo, intentar responder a las preguntas que ambos autores se plantean.

De acuerdo con Nussbaum, cuando uno escribe busca ser comprendido por otros, y eso hace que uno mismo, al escribir, asuma en cierto modo el papel de un filósofo. También, ciertas verdades de la vida humana pueden expresarse mejor a través del arte narrativo, de lo literario. Tanto el filósofo como el escritor, por tanto, comunican su propia visión del mundo, su forma de entender la vida. Nussbaum lo explica de este modo:

«The second claim is that certain truths about human life can only be fittingly and accurately stated in the language and forms characteristic of the narrative artist» (La segunda reivindicación consiste en que ciertas verdades sobre la vida humana pueden sólo ser como es debido y con exactitud cuando son declaradas mediante el lenguaje y forman parte característica del artista de narrativa).

De este modo, la literatura no es una simple fuente de entretenimiento; se trata de algo trascendente, imprescindible para vislumbrar la variedad y complejidad de la vida humana. Y, por esto mismo, cuesta adaptarse al diagnóstico que plantea Argullol; según este autor español, hoy en día se leen menos libros que antes, y lo más grave es que la gente recurre cada vez más a libros que son meros simulacros; las palabras de Argullol crean preocupación sobre el futuro de la literatura.

En la novela Fahrenheit 451, del escritor estadounidense Ray Bradbury, se plantea un posible, y terrible, futuro: la gente es prisionera de un régimen totalitario y tirano, y los libros, como tantas veces ha ocurrido en el pasado, son objetos subversivos que deben ser eliminados a toda costa. En este ámbito las ideas de Argullol y Nussbaum aportan un valioso enfoque. La ciencia-ficción como género, por ejemplo, recupera validez a partir de las palabras de Argullol: «el poeta es aquel que desarrolla o expresa todas las posibilidades de lo que pudiera pasar»; y eso es, precisamente, lo que se encarga de hacer el escritor norteamericano con esta narración. Para Argullol la tarea del escritor es muy clara: «lo propio del artista, en este caso del escritor, es indagar no en una sola dirección sino en todas las direcciones posibles». Para Nussbaum, lo literario es una forma de alcanzar una verdad más profunda; lo importante es «the complexity and variety revealed to us in literature» (la complejidad y variedad revelada a nosotros por la literatura).

Es en este mundo alternativo, o posible, donde se desenvuelve la vida del protagonista, Guy Montag. Se trata de un sujeto cualquiera, incluso su propio nombre parece resaltar su condición de hombre común y corriente (guy: tipo, sujeto, hombre, en inglés) Es bombero y su trabajo consiste en quemar libros. De esta manera, el lector está frente a un habitante más de ese mundo, pero que así como desempeña una labor destructiva, es también capaz de cambiar y renovarse a sí mismo, como una persona cualquiera.

Del mismo modo que Nussbaum reflexiona sobre cómo debe vivir uno, Montag empieza a hacerse la misma pregunta a raíz de su encuentro con una adorable chica, Clarisse. Nada nos hace más humanos que el contacto real con otro ser humano. Y Clarisse es quien humaniza al protagonista, y lo obliga a cuestionar la validez ética de su propia existencia. No le tiene miedo y lo enuncia de la siguiente manera: «Tanta gente tiene miedo. De los bomberos quiero decir. Pero usted es sólo un hombre...». Vale la pena señalar que cualquier régimen, por cruel e inhumano que sea, está justamente constituido por personas «comunes y corrientes, igual que el protagonista de esta historia, personas que encarnan la noción griega de deinós; es decir, son capaces de provocar asombro y a la vez pavor; asombro, cuando son capaces realizar nobles empresas, y pavor cuando demuestran todo el poder destructivo y el odio que residen en el espíritu humano. Clarisse lo sabe, o al menos lo intuye, y con ella empieza un irreversible cambio en la vida de Montag, porque ahora estará más cerca al asombro que al miedo. Todo se manifiesta con una simple pregunta: «¿Leyó alguna vez alguno de los libros que quema?». La duda empieza a gestarse en el personaje, y al final su respuesta no puede ser más reveladora: «—piensas demasiadas cosas— dijo Montag, incómodo». Pensar demasiado puede ser percibido, en efecto, como algo negativo. La sociedad en la que ambos viven hace mucho que ha entrado en un profundo letargo; hace falta despertar en los demás la capacidad de pensamiento. Tal como el mismo Sócrates se comparaba con un tábano que picaba y despertaba a la polis, Clarisse se convierte en ese tábano para Montag, es ella quien lo despierta.

Pero pensar significa darse cuenta de lo que ocurre, observar lo que antes se pasaba por alto; una actividad muy poco placentera para el bombero. Es así como acepta la adicción de su mujer por las píldoras para dormir, un hecho que se hace innegable cuando la encuentra fría y sin pulso a causa de una sobredosis. El problema se arregla rápidamente: «No es necesario un médico para estos casos; bastan dos ayudantes; lo arreglan todo en media hora». Hay demasiados casos de suicidio accidental, cada vez más personas mueren en accidentes de tránsito provocados por ellos mismos o por tomar, sin darse cuenta, demasiadas pastillas para dormir.

La verdad ética es observada en este capítulo. Nussbaum señala lo siguiente: «In short, one’s beliefs about the ethical truth shape one’s view of literary forms, seen as ethical statements» (En síntesis, uno cree que la verdad ética forma nuestro punto de vista sobre las formas literarias, observadas como declaraciones éticas). En estas páginas, Ray Bradbury hace una declaración ética, y expresa su rechazo por este tipo de sociedades que deshumanizan y destruyen a sus habitantes aunque estos no se percaten de nada. Por ejemplo, Mildred, la esposa de Guy Montag, le dedica todas las horas posibles a sus tres gigantescas paredes de televisión (el home theater llevado al extremo); y no ve nada de malo en ello.

Montag sostiene numerosas conversaciones con Clarisse, y es así como se va forjando una gran amistad entre ambos; ella es, en cierto modo, una marginada: «Dicen que soy insociable. No me mezclo con la gente. Es raro. Soy muy sociable realmente. Todo depende de lo que se entienda por social ¿no es cierto? Para mí ser social significa hablar con usted de cosas como éstas». Nussbaum comprende que la percepción es una habilidad ética; se trata de discernir con precisión los rasgos principales de una situación particular; e indica textualmente lo siguiente: «The Aristotelian conception argues that this ability is at the core of what practical wisdom is» (La concepción aristotélica argumenta que esta capacidad está en el corazón de lo que es la sabiduría práctica). Clarisse es, por lo tanto, alguien de gran sabiduría práctica, y es esta sabiduría de la cual contagia al bombero. Ella lo lleva a cuestionarse, una y otra vez, el mundo que los rodea: «Me gusta la gente. Pero no creo que ser sociable signifique reunir un montón de gente y luego prohibirles hablar, ¿no es cierto?... En fin, ya sabe cómo es eso. Nunca hacemos preguntas, o por lo menos casi nadie las hace». Lo interesante es que la prohibición nunca es explícita, la gente está tan acostumbrada a conectarse a sus inmensas pantallas de televisión y a consumir incansablemente los productos constantemente anunciados por doquier, que ha olvidado lo que significa el diálogo, a tal punto que sin la televisión de por medio, dos personas no son capaces de convivir en el mismo espacio por un tiempo determinado.

La sociedad de consumo ha llegado a su máxima expresión. La prueba está en la conclusión a la que llegan ambos personajes; Clarisse afirma que la gente no habla de nada, cuando Montag quiere refutar, ella responde «No, no, de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente...». Es notable la similitud entre lo que Bradbury vislumbraba en la década del cincuenta con lo que todos vivimos hoy en día, palabras como consumismo han pasado a formar parte del vocabulario universal; y el consumismo es una experiencia que se vive, con mayor o menor intensidad, al menos en todos los países occidentales. Nussbaum escribe lo siguiente: «Built into the very structure of a novel is a certain conception what matters» (Incorporada en la estructura misma de una novela es una cierta concepción que importa). Para Bradbury lo que importa es la relación entre las personas, la comunicación humana; se opone firmemente al dominio de lo material, su auténtica pesadilla es ese mismo futuro que describe en su novela, un futuro en el que existen «un millón de libros prohibidos».

A través de la ficción, uno es capaz de visualizar situaciones que muy difícilmente podrían tener lugar en la realidad cotidiana. Nussbaum lo explica del siguiente modo: «we have never lived enough. Our experience is, without fiction, too confined and too parochial» (Nunca vivimos lo suficiente, nuestra experiencia es, sin ficción, demasiado confinada y demasiado parroquial). Es por eso que, cuando una mujer intenta defender su biblioteca, el lector se enfrenta a una escena conmovedora, que lo saca de los angostos límites de lo real; la mujer ya ha perdido su libertad individual y está por perder sus libros, es una pérdida tan grande que siente que ha perdido su vida y, por lo tanto, se sacrifica en las llamas. Beatty, el capitán de los bomberos, exclama lo siguiente: «Además, estos fanáticos son siempre suicidas». Todo está cambiando para Montag, ya no es el mismo hombre de las primeras páginas. Ahora su reacción es violar la ley y ocultar libros en su casa, aunque esté construyendo así su propia hoguera.

Tal vez el momento más triste de la novela tiene un impacto especial sobre el lector por la forma en que está narrado. La muerte de Clarisse llega como una noticia en diferido, con varios días de atraso, y es así como Montag debe asumirla, como un hecho ya consumado que quizá intuía en el fondo de su corazón pero que se negaba a aceptar; y es uno de esos momentos en los que uno se pregunta si es posible encariñarse con un personaje de ficción. Nussbaum estudia la relación entre la novela, las emociones y el público lector: «Certainly the novel as form is profoundly committed to the emotions; its interaction with its readers takes place centrally through them» (Ciertamente, la novela como forma está profundamente comprometida hacia las emociones; su interacción con sus lectores ocurre en el centro de ellas). Es indudable que algunos momentos de Fahrenheit 451 despiertan muchas emociones en el lector, sobre todo a medida que Montag va redescubriendo sus propios sentimientos y pulsiones vitales: «y de pronto todo le pareció tan falso que empezó a llorar, no ante la idea de la muerte, sino ante la idea de no llorar la muerte».

Montag está sumamente intrigado, los libros han dejado de ser un objeto sin sentido y se han transformado en algo más que él mismo no es capaz de definir ni comprender: «Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para que una mujer se deje quemar viva. Tiene que haber algo. Uno no muere por nada». Los libros encierran, quizá, la única verdad conocida sobre el ser humano. Para Argullol la creación implica una reflexión sobre las verdades fundamentales de la vida: «El ensayo es tentativa, pero el poema también es tentativa y la narración también es tentativa. En todos los casos hay una aproximación, si se quiere fantasmagórica, al problema de la verdad». Tiene que haber algo en los libros, en efecto, pero algo valioso y a la vez tan peligroso que diversos gobiernos autoritarios se hayan sentido amenazados o incordiados por ellos. Montag continúa reflexionando: «Y pensé en los libros. Y por primera vez comprendí que detrás de cada libro hay un hombre. Un hombre que tuvo que pensarlo. Un hombre que empleó mucho tiempo en llevarlo al papel». Cada libro representa a un hombre o a una mujer; y, sobre todo, un intento de aproximación al problema de la verdad; al reconocer la validez de la literatura, el protagonista reconoce la importancia de la vida de los demás; a través de la literatura y de lo que ella representa, se da cuenta, por así decirlo, de la fragilidad del bien: «Y a algún hombre le costó quizá una vida entera expresar sus pensamientos y de pronto llego yo y, ¡bum! y en dos minutos todo ha terminado».

Otro momento de gran relevancia filosófica en la novela es la charla entre el capitán Beatty y Montag, en la que se explica cómo nació y se fortaleció el totalitarismo reinante; es especialmente interesante comparar los puntos de vista del autor estadounidense y del español: estas son las ideas que expresa el personaje de Beatty: «Luego las películas cinematográficas, a principios del siglo veinte. La radio, la televisión. Las cosas comenzaron a ser masas». Se está hablando de medios masivos de comunicación, que actualmente incluirían internet; del peso que estos medios ejercen sobre todo lo demás, en especial sobre la palabra escrita. Argullol, en relación a esto, aclara lo siguiente: «Ahora bien, creo que los que nos movemos con la palabra escrita, deberíamos ser muchísimo más cautos y más audaces en nuestra relación con lo que llamamos cultura de la imagen. En primer lugar, porque esta relación ya es irreversible en el siglo XX gracias por ejemplo a la cinematografía». Ambos llegan a una misma conclusión: la imagen, lo visual, es masivo, y definitivamente influye sobre la literatura. Cómo influye es ya un asunto diferente; para Bradbury, la relación más bien parece ser negativa, mientras que para Argullol no es ni buena ni mala, simplemente es. En consecuencia, para Beatty la masificación es sinónimo de simplificación: «—Y como eran masa, se hicieron más simples— dijo Beatty— En otro tiempo los libros atraían la atención de unos pocos, aquí, allá, en todas partes. Podían ser distintos. Había espacio en el mundo. Pero luego el mundo se llenó de ojos, codos y bocas. Doble, triple, cuádruple población». Se reconoce, aunque incómodamente, el horror a la sobrepoblación, quizá una de las tantas amenazas que podrían perturbar el porvenir de las naciones.

La visión de Beatty es muy clara: «La vida es lo inmediato, sólo el trabajo importa. Divertirse, sí, pero después de las horas de trabajo». Lo inmediato, de esta manera, se opone firmemente a lo trascendente, es decir el trabajo y la diversión (o el consumo) se han convertido en mortales enemigos de todo aquello que busque trascendencia, como la literatura. Argullol medita sobre este hecho: «Un escritor, en una obra literaria, debe vincularse a los signos de su tiempo, pero a su vez tiene una voluntad secreta, consciente o inconsciente de trascendencia». Por lo tanto, el mundo de Montag está condenado a desechar todo lo literario, y por tanto, todo lo artístico, para vivir ciegamente en un presente que carece de significado.

De acuerdo con Nussbaum, el antiguo debate entre poetas y filósofos giraba en torno a un solo tema: «The subject was human life and how to live it» (El sujeto era la vida humana y cómo vivirla). Para el capitán Beatty, que es el epítome de la sociedad descrita en la novela, la vida humana debe ser vivida de una sola manera: sin pensar demasiado, teniendo en cuenta solamente lo inmediato, y consumiendo productos. El deseo de renunciar al pensamiento se presenta, incluso, como algo atractivo: «Deportes al alcance de todos, espíritu de grupo, diversión y no hay que pensar, ¿eh?». En este futuro, la inteligencia es una desagradable amenaza: «la palabra intelectual se convirtió en la interjección que merece ser. Uno siempre teme las cosas insólitas. Recuerdas seguramente a un compañero de escuela excepcionalmente brillante... ¿y no era este mismo compañero al que golpeabas y torturabas al salir de la escuela?». Una población con un mismo nivel intelectual es siempre más fácil de manejar y someter, esta idea ya está presente en obras como 1984 de George Orwell o en novelas gráficas como V de Vendetta de Alan Moore, en las que la falta de cultura es una de las mayores debilidades del pueblo sojuzgado. Pero a Beatty no le preocupan estas cuestiones: «No nacemos libres e iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales. Todo hombre es la imagen de todos los demás, y todos somos así igualmente felices». El carácter subversivo de los libros es innegable; y así lo entiende Beatty: «La conclusión es muy sencilla. Un libro, en manos de un vecino, es un arma cargada». El arma debe ser neutralizada, quemada; y en eso consiste la labor esencial de los bomberos, en salvaguardar la sociedad.

¿Cuál es la vida buena que las personas deben vivir? La búsqueda ética sin duda incluye a la felicidad, pero para Beatty la autocomplacencia es el reemplazo perfecto de la felicidad: «¿Qué queremos en este país, por encima de todo? Ser felices, ¿no es verdad? ¿No lo has oído centenares de veces? Quiero ser feliz, dicen todos. Bueno, ¿no lo son? ¿No los entretenemos, no les proporcionamos diversiones?». En la República, [Platón describe cómo] Sócrates discute sobre la polis ideal; en un momento, se plantea una ciudad en la que todos sus habitantes estén constante y correctamente alimentados, vestidos apropiadamente, calzados cómodamente, con medicinas y todo lo necesario para el cuidado del cuerpo; existe la tentación de creer que esa es la ciudad perfecta, pero Sócrates señala el error, esa ciudad se diferencia muy poco de un corral de cerdos, la ausencia de civilización y de cultura hace a la humanidad más animal y más primitiva; es la cultura y el arte lo que muchas veces nos ayuda a encontrar sentido a la existencia, y Sócrates es consciente de ello. La ciudad en la que vive Montag es idéntica a la que es criticada por el filósofo griego.

Y es precisamente la ruptura con la tradición, con la civilización que los ha precedido lo que defiende el capitán de los bomberos: «No aflijamos a los hombres con recuerdos. Que olviden». La virtud del fuego es purificar y destruir todo, y estos bomberos consideran que su actividad es indispensable para el buen funcionamiento de la urbe.

Cuando Aristóteles afirmaba que todos los hombres tienden al saber estaba en lo correcto, por lo menos desde una perspectiva ética. Aquellos que no tienden al saber dejan de ser hombres, es decir, se deshumanizan, y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la población entera de la nación estadounidense de esta historia: «No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. El que pueda instalar en su casa una pared de TV, y hoy cualquiera puede hacerlo, es más feliz que aquel que pretende medir el universo, o reducirlo a una ecuación». Beatty es sumamente persuasivo, intenta convencer a Montag de la importancia de su labor, y demuestra al mismo tiempo lo fácil que resulta manipular a las personas: «Somos un dique contra esa pequeña marea que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías».

Montag quiere leer un libro con su mujer, piensa que es una manera para escapar: «Tenemos que salir de algún modo, averiguar qué nos pasa, a ti con tus medicinas para la noche y el automóvil, y a mí con mi trabajo. Vamos hacia el abismo, Millie». Aquí hay un claro indicio de lo que preocupa al autor, es decir, el destino no solamente del libro sino de la humanidad entera. Nussbaum habla de encontrar «a sense of what life is and what has value» (un sentido de lo que es la vida y cuál es su valor); y es en estas páginas en las que el escritor hace evidente que la vida no es la actividad rutinaria a la que se ha visto reducida la existencia de la gente, sino aquello que de verdad tiene valor y que se encuentra del todo ausente en esa sociedad ensimismada.

Faber, único amigo de Montag, es un personaje que representa la renuncia voluntaria a la libertad: «Vi el camino que tomaban las cosas, hace tiempo. No dije nada… no hablé y me convertí así en otro culpable más». Aquí se comprueba la irresistible tentación de ser cómplices del régimen existente; porque es siempre más fácil rendirse antes que luchar. Savater ha analizado este fenómeno: la gente, a menudo, opta por perder su libertad; la libertad se convierte en una responsabilidad y una carga tan pesada que pocos están dispuestos a sobrellevarla. También Faber señala un hecho sintomático: «No olvide que los bomberos trabajan poco. El público mismo abandonó la lectura espontáneamente». George Steiner hablaba del fin del libro, y eso es lo que ocurre, literalmente, en este desesperanzador futuro.

Al final de la novela, Montag ha huido de la ciudad y se encuentra con un grupo de vagabundos que guardan un gran secreto: «Somos quemadores de libros también. Los leemos y los quemamos, temiendo que los descubran... Mejor guardar los libros en las viejas cabezotas, donde nadie puede verlos ni sospechar de su existencia». Tal vez este sea uno de los más hermosos desenlaces en una novela de Bradbury. Queda, incluso en ese aciago futuro, un hálito de esperanza. Los libros existirán en tanto vivan personas que los lean. Los libros no existen por sí mismos, existen por y gracias a los lectores.

El espacio vacío, un actor y un espectador, eso es todo lo que se necesita para que exista el teatro, nada más; al menos así lo entiende Peter Brook. Del mismo modo, para la literatura se requiere únicamente de un libro y un lector, y en última instancia, a diferencia del teatro, solamente del lector. El libro reside en la mente, es la mente del lector la que interpreta, asimila y comprende el libro. Resulta imposible hablar de literatura sin tener en cuenta a los lectores. Por eso la solución que el grupo de nómades intelectuales ha encontrado es la mejor posible.

Montag presta mucha atención a las frases de este grupo de gente : «Pero eso es lo maravilloso en el hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo». Es el noble ideal que está presente en el poema “If” de Rudyard Kipling, en el que la idea principal es que si uno puede observar el rompimiento de las cosas a las que dio su vida, e inclinarse a reconstruirlas, si puede arriesgarlo todo y perderlo todo, y empezar de nuevo, entonces uno podrá alcanzar la gloria como individuo. La humanidad se acerca a una extinción que ella misma ha creado, pero Montag, junto con innumerables refugiados esparcidos a lo ancho del continente americano, guardan en sus mentes los libros, conservan la esperanza de transmitir esa literatura en un futuro menos nefasto.

El éxito de Bradbury no radica en presentar una sociedad monstruosa, sino en subrayar la apatía generalizada de la población, que ve televisión, gana y gasta dinero, y prefiere vivir ensimismada antes que entrar en contacto con el otro. El totalitarismo, en Bradbury, no empieza con una gran explosión ni con el Apocalipsis nuclear. No. Empieza cuando la gente deja de leer, o tal vez, cuando solamente lee libros de autoayuda y aparta de su vida al arte, en todas sus vertientes. Empieza con algo, así de sutil, así de insignificante, y es por eso que cuando Argullol nos recuerda que cada día se leen menos libros y que lo que más lee la gente es libros simulacro, puede uno empezar a preocuparse por lo que ocurrirá en el futuro.

Argullol, define la literatura como «experiencia más experimento». Y en Bradbury el experimento alcanza un nivel superior, el mundo que crea en Fahrenheit 451 puede ser visto como una probabilidad lejana pero paradójicamente cercana. A menudo, profundas reflexiones filosóficas pueden ser halladas en obras de estricto carácter literario; y es así como lo entiende Nussbaum cuando, al referirse a las preguntas y problemas afirma lo siguiente: «The fact that by far the most natural and also fruitful way to pursue them seemed to me to be, then as now, to turn to works of literature» (El hecho que de lejos era el más natural y también el más fructífero me parece, entonces como ahora, volver a los trabajos literarios).

La lectura de la entrevista permite enlazar al escritor de ciencia-ficción con lo más avanzado en el terreno de la literatura, porque es la literatura de lo posible, la literatura del borde del conocimiento, la literatura que se dedica a especular sobre todo tiempo (no sólo pasado y futuro, sino todas las líneas temporales posibles) y todo espacio (la galaxia, los sistemas planetarios, los universos paralelos, etc.)

La exploración y la investigación como sustentadoras del acto literario están muy presentes en Bradbury; su capacidad de prospectiva es innegable, estamos en cierta forma viviendo en un mundo de ciencia-ficción, que se relaciona con las tecnologías creadas o imaginadas primero en relatos de ciencia-ficción y luego plasmadas en nuestra realidad; la tecnología y la ciencia se han ligado definitivamente a la humanidad, y el acierto del escritor es abarcar no sólo la realidad construida sino la realidad a construirse, y convertirla en el objeto de pensamiento esquivo pero presente en las definiciones que Argullol proporciona en la entrevista.

Finalmente, la literatura tiene como único fin las preguntas. No es una fuente de respuestas, su único deber es hacer que el lector se cuestione sobre la condición humana y despertar en él su capacidad de asombro.







Bibliografía
:: Bradbury, Ray. FAHRENHEIT 451. 1953. Trad. Francisco Abelenda. Buenos Aires: Ediciones Minotauro, 1958
:: Brook, Peter. THE EMPTY SPACE. Middlesex: Penguin Books, 1972
:: Carvallo Rey, Constantino. DIARIO EDUCAR. Lima: Aguilar, 2005
:: Kipling, Rudyard. OBRAS ESCOGIDAS. Madrid: Aguilar, 1967
:: Pfeiffer, Michael. Entrevista con Rafael Argullol. EL DESTINO DE LA LITERATURA. Barcelona: El Acantilado, 1999. 13-36
:: Nussbaum, Martha C. INTRODUCTION: FORM AND CONTENT, PHILOSOPHY AND LITERATURE
:: Love’s Knowledge. Essay on Philosophy and Literature. New York: Oxford University Press, 1990
:: Platón. LA REPÚBLICA. c. 370 AC. Madrid: Alianza Editorial, 2000
:: Savater, Fernando. ÉTICA PARA AMADOR. 1991. Bogotá: Editorial Ariel, 1993