domingo, octubre 31, 2010

"Cazado en el centro de un parque silencioso", de Francisco Véjar








Cazado en el centro de un prado silencioso
pienso que nada puede permanecer igual
ni las flores que tú cortaste, ni las nubes
vistas como paisajes nevados.

Cazado en el centro de un parque silencioso
intento encontrar un trébol de cuatro hojas
o un diamante perdido en el pasto
para ver fluir de las avenidas
tan lejano como si fuera el fin del mundo.

Cerca mío alguien lee el diario
se habla de una calle y una inundación.
Alguien que murió sin explicarse por qué.

Cazado en el centro de este parque silencioso
soy uno más en el universo del texto
que sólo trata de dar claridad a sus interrogantes.






en Fuegos en el umbral del milenio (ocho poetas chilenos), 1998
















sábado, octubre 30, 2010

"La una y la otra quebradas", de Christian Formoso








1

Seguirás creyendo en mí cuando me parta, cuando me vuele la cabeza por ti. Tengo sueño todo el día por tus manos, dilatadas mis pupilas con tus ojos, a un costado de tu casa abrir mis venas, y vaciar toda mi sangre a tus pies; me desvelo pensando con quien sueñas, el calor del río de la sangre, es poco persistente y doloroso.




2

Que encuentres tú mi cadáver, que no sea tu madre la bandera ondulada, que el viento no me lleve sin que me veas tú, porque por ti me hice el muerto, como un perro, y eso el olvido no merece.




3

Me recogiera tu mano y me sembrara, al fondo de tu patio y tu ventana, y me regaras con tu llanto por mí, por mí lloraras día y noche sin parar, y mi semilla fuera fértil en tus venas, y naciera en ti mi sueño y mi memoria, y tu sueño fuera yo dentro de ti, el sueño, el cementerio más hermoso, por nacer regado de tu llanto.





en El cementerio más hermoso de Chile, 2008














viernes, octubre 29, 2010

"Señales de Ruta de Juan Luis Martínez", de Enrique Lihn / Pedro Lastra





La nueva novela, libro inabordable para las empresas editoriales chilenas, fue publicado por su autor en 1977, después de larga sedimentación. Sin ser un objeto de lujo, en la medida en que sigue siendo un libro, se resiste sin embargo y por todos los medios técnicos y formales a una definición genérica. La nueva novela y La poesía chilena (1978) -obra ésta que prescinde ya de los caracteres atribuidos a y esperables de un libro- son las partes salientes del iceberg impredecible que es el trabajo inédito de Juan Luis Martínez, poeta de Valparaíso nacido en 1942: el decano de los poetas jóvenes y no reconocido mentor y orientador de estos sondeos de la nueva ruptura, instancia que Eduardo Llanos reconoce como Neovanguardia, atendiendo a sus tácticas de ocupación de la escena; pero el caso de Juan Luis Martínez es incompatible con esa conducta extrovertida: la suya es más bien la de un "sujeto cero" que se hace presente en su desaparición, y que declara e inventa sus fuentes, borgeanamente.

El sistema de citas y referencias de Juan Luis Martínez no es sólo lingüístico sino semiológico en un sentido amplio; abundan entre ellas las que provienen de la fotografía, de la gráfica propia y ajena, del diseño anónimo con fines didácticos, de la iconografía popular de personajes célebres, etc.

Todo libro es temporal, en la medida en que lo datan sus referentes culturales, y es durable mientras lo actualicen las lecturas sucesivas. Nos parece que La nueva novela es el proyecto utópico de escapar a la temporalidad, manipulando esos referentes de las maneras más contradictorias, entre las cuales anotamos:

- la declaración de referentes canónicos, hiperreconocidos;
- el elitismo y la sofisticación de otros;
- el pasaje por las culturas y por las épocas;
- el emplazamiento del sujeto de los textos en el centro móvil de una circunferencia -el libro- de gran amplitud de radios. Las coordenadas también son móviles. Resultado: la imposibilidad de precisar el punto de intersección de las líneas que constituyen esa trama.

La amplitud y complejidad de las referencialidades produce la reducción voluntaria del corpus de lectores, destinados a integrar un tipo de cofradía como la de los sabios de Tlön, que repiten su identidad de generación en generación.

La producción de dicho tipo de lectores forma parte de este imposible designio de escapar a las lecturas distanciadas que pueden sorprender la temporalidad a la que el libro se niega, acentuándose en su calidad de generador de espejismos. Si la cofradía de lectores producida por el tejido que es La nueva novela se repite a sí misma en el tiempo, se congela la temporalidad del libro. Pero también podría ser que el autor apelara a un lector histórico, atento a los índices temporales, confundiéndolo con trucos de prestidigitador, bombardeándolo con efectos de intemporalidad, forzándolo a reajustar sus fechas una y otra vez.

Quienes descreemos de la eternidad -nos contamos entre ellos- tendríamos que trabajar arduamente para contextualizar y temporalizar La nueva novela. Nos limitaremos sólo a ciertas sugerencias.

Parece indudable que las lecturas y saberes de los que se alimenta Juan Luis Martínez se extienden a todos los campos en los que el lenguaje fragiliza los criterios de verdad y de realidad, por encima de la presunción de verosimilitud. "No es su verdad sino su aire de verdad lo que constituye el valor de ciertas obras de arte" (M. Riffaterre): Esto -que es demasiado obvio en lo que concierne a algunos falsos silogismos, herencia de la antipoesía inglesa de la que se derivaron productos irregulares en la poesía surrealista- accede a la mayor sutileza cuando J.L.M. responde como un arquero afgano ante su presa vertiginosa y da justo en el jabalí. Es entonces cuando "construye un mundo coherente a partir de NADA, sabiendo que: YO = TU y que TODO es POSIBLE" (p. 33).

Dos o tres poemas sobre desapariciones, dispersos en distintas secciones del libro, pero que remiten unos a otros, son el tema de lo que sigue:
"La desaparición de una familia", que adelanta en la página 121 del libro tres notas y la promesa de un epígrafe, emerge varias páginas después desde un apartado que cumple la promesa del "Epígrafe para un libro condenado: La política", en la ironía cortante de Francis Picabia: "El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la Patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos" (p. 135).

Existiría una relación de suplemento entre el texto y el epígrafe en el sentido derridiano: el epígrafe es lo que le sobra y le falta al texto. Picabia se refiere a la Patria como madre inmoladora, imagen que desaparece en el poema y es conmutada por la casa. "La desaparición de una familia" hace de la casa lo que Picabia hace de la Patria, otorgándole un derecho a muerte que, en términos fotográficos, acercaría el negativo a lo real más que el revelado. Todas las características que hacen de la casa un lugar cerrado, acotado y protector, y los trayectos rituales de sus moradores, se espectralizan guardando sus formas. La casa es el mundo como lugar abierto, desprotegido y amenazante, que en lugar de sustraer de los peligros de la existencia los condensa y los especializa, señalándole a cada uno el modo y el lugar específicos de su desaparición.

Para mayor abundancia, digamos que la inestabilidad de las señales de ruta (que se borran, se olvidan, se confunden, no se oyen, siendo que en una casa esas señales forman parte de un código arquitectónico) la desconstruyen conservándola fantasmáticamente intacta.

Las impresiones que estamos reuniendo se confirman por las dos voces que se leen -sin producir ningún efecto de oralidad- como textos de un "estilo fantasmal": funcionalmente anacrónicos. La primera vez es como la de un narrador omnisciente de una novela tradicional; la segunda materializa la figura del padre, cuyo registro verbal combina el tono didáctico, asertivo, de mentor y guía, con la inutilidad de un saber paradójico que no resuelve nada (todos desaparecen a pesar de sus advertencias).

El efecto de desaparición recorre el poema temática y estilísticamente. En este último nivel, la textura marmórea y sin relieve de la "escritura que habla" refuerza ese efecto.

Nos parece que una de las felicidades de este poema disfórico proviene de la energía de "bricoleur" de su autor, experto en el arte combinatoria y en la frecuentación submarina de las escrituras con-sagradas y de las literaturas sumergidas. En el teatro de sombras que es esta casa se entrevén las presencias de Dante, Lewis Carroll, Jean Tardieu, N. Parra. J. Cortázar, los surrealistas, los filósofos del lenguaje y, sin duda, otras que se nos escapan.

Esto en lo que se refiere a los autores de occidente, que aportan sus índices de familiaridad; pero parece obvio que el norte de Martínez es el oriente, no sólo por las paráfrasis y citas falsas o verdaderas del budismo Zen, sino por la aplicación de lo que Fenollosa consideraba el método científico de la poesía y del sistema ideográfico de los chinos, por oposición a las abstracciones del pensamiento occidental. El trabajo de J. L. M. está animado por una noción de la "ciencia oriental" que redunda en su forma de hacer poesía occidental: la "nosimismidad" ensimismada del sujeto que habla, que proviene de la oposición "sí mismo"/"no sí mismo". Buda opone la ilusión de la individualidad -el sí mismo, condenada a percibir ilusoriamente el mundo- al no sí mismo como una manera de acceder a la iluminación o a la verdadera sabiduría (en un comentario de esta doctrina se lee que "mientras hay luces y sombras, el principio de la individualidad nos abruma"). De aquí el efecto de transtemporalidad que produce la escritura de J. L. M.: la tentación de lo innombrale, la conciencia de las polaridades, el simultaneísmo de los opuestos, el desasimiento emotivo, la escenificación de la coexistencia de los tiempos como enseña el Avatamsaka (ilustrada en "La casa del aliento").

La propuesta de Martínez es la de una autoría transindividual, que quiere superar desde el oriente la noción de intertextualidad según se ha entendido en occidente, donde los textos de base están presentes en las transformaciones del texto que los reprocesa; pero en Martínez ella parece resolverse en la negación de la existencia de las individualidades en la literatura, al hacer fluir bajo nombres distintos una misma corriente, que es y no es él. Recuérdese una frase clave de "Observaciones sobre el lenguaje de los pájaros": "...la eternidad incesantemente recompuesta de un jeroglífico perfecto, en el que el hombre jugaría a revelarse y a esconderse a sí mismo..." (p. 126).

Esa frase pertenece a la nota 5 del apartado "Notas y referencias", que tiene por objeto comentar el poema "Observaciones relacionadas con la exuberante actividad de la 'confabulación fonética' o 'lenguaje de los pájaros' en las obras de J.P. Brisset, R. Roussel, M. Duchamp y otros".

En la tesitura del mismo "método científico de la poesía", que hace irrisión de los métodos descriptivos de la ciencia occidental, se elabora una teoría de la comunicación que se pone en duda a sí misma y que socava todo intento de hacer comunicable esa teoría (nos gustaría recordar al lector, en este punto, los versos de Martín Adán que socaban a su vez la comunicabilidad de la poesía: "Poesía se está de fuera: / Poesía es una quimera / Que oye ya a la vez y al dios. / Poesía no dice nada: / Poesía se está callada, / Escuchando a su propia voz". La piedra absoluta.

Si tuviéramos que racionalizar el poema de Martínez, diríamos que el ardid del texto consiste en el empleo de las nociones de lenguaje y de signo retirándole al lenguaje su dimensión semántica y, consecuentemente, al signo uno de sus dos elementos constitutivos: el significado. La transparencia de los signos, dicha en el poema, alude al hecho de que el significante no cubra ningún significado. Recuérdese que la metáfora de F. de Saussure para referirse a los dos constituyentes del signo (significante y significado) es la del anverso y el reverso de una misma lámina. El signo al que se refiere J.L Martínez es un anverso que carece de reverso, y el "lenguaje vacío" es un lenguaje asemántico. Adviértase la complementación contradictoria entre la inanidad del "canto de los pájaros" con la descripción de un lenguaje como sistema cerrado, coherente: malla que es transparente porque carece de significado, pero que es irrompible porque tiene las propiedades de un sistema.

Entendemos este poema como una poética referida a todas las artes cuyo lenguaje no es literalmente descifrable: la pintura, la música, la poesía misma, pues lo que dice el poema está en lo que convoca el lenguaje (discurso retórico) y no en su lectura referencial. El poema es una confabulación en la que el lenguaje de la ciencia occidental, oblicuamente empleado, se entreteje con ese orientalismo que hemos mencionado, en un juego de efecto humorístico que explora subliminalmente su problema: decir y no decir. Ante los reclamos de un discípulo de Buda que ha recibido de él las escrituras en unos ejemplares en blanco, Buda responde: "No es necesario que grites. Esos rollos en blanco son las verdaderas escrituras, pero como veo que sois demasiado ignorantes, no habrá más remedio que escribir algo en ellos" (cf. Mariano Antolín y Alfredo Embid, Introducción al budismo Zen: Enseñanzas y textos, Barcelona, Barral Editores, 1974, p. 30. Del mismo libro proceden todas las citas que hemos coleccionado y que agotan nuestro conocimiento del tema).











1987












jueves, octubre 28, 2010

“Despedida”, de Jorge Luis Borges








Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo…
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.






en Fervor de Buenos Aires, 1923














miércoles, octubre 27, 2010

"A un viejo púgil", de Jorge Teillier





Revistas color sepia, programas de matches estelares,
el par de guantes firmados por el Presidente
cuando ganó el Campeonato
colgados junto al retrato de la Difunta
lo hacen buscar la gloria del Álbum amarillento
y mientras hierve el agua en el anafe
va recordando la cara del público y sus rivales
a quienes el tiempo les ha contado diez.

La tarde cuelga frente a su ventana
como una raída y sucia bata de combate,
y él vuelve a bailotear en el ring,
siente ovaciones en la tarde muerta.

No crean que está solo
mientras prepara el café
y hace guantes frente al espejo
que le muestra su nariz rota y sus orejas de coliflor.

Todas las tardes regresan sus admiradores
que en la estación se empujan para llevarlo en hombros
a la vuelta de su gira triunfal
y lo dejan en la primavera del césped de pez—castilla
donde —como le prometió a su madre—
sueña que ha esquivado —sin despeinarse— los golpes del olvido.










en Cartas para reinas de otras primaveras, 1985.











martes, octubre 26, 2010

“Eleonora”, de Edgar Allan Poe







Sub conservatione formæ specifícæ salva anima. [1]
Raimundo Lulio



Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi» [2].

Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.

La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.

Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.

Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.

Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.

Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.

La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.

Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.

Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.

Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.

Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez -¡ah, pero sólo una vez!- me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.

Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.

Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.

Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:

«¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora».




Notas

[1] Bajo una conservación específica el alma está a salvo.
[2] Peligrosos son los mares de las tinieblas porque en ellos está lo que se ha de explorar.



1841

Traducción de Julio Cortázar














lunes, octubre 25, 2010

"El sueño de la hora más oscura", de Álvaro Henríquez




Llueven pétalos negros
en la ciudad.
Mojan lo más seco
de mi soledad.

Me duele muy profundo
no volver a verte más,
se apagó tu voz para mí,
la mía para ti.


Llueven pétalos negros
en la ciudad.
Mojan lo más seco
de mi soledad.

Me duele muy profundo
no volver a verte más,
se apagó tu voz para mí,
la mía para ti.


Se apagó tu voz para mí, la mía para ti.









en Se remata el siglo, 1993



















domingo, octubre 24, 2010

"Los nadies", de Eduardo Galeano







Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida,
            jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja
            de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.





en El libro de los abrazos, 1989














sábado, octubre 23, 2010

"Vargas Llosa y Arguedas", de Juan Cristóbal



José María Arguedas


En 1996 Vargas Llosa escribió un libro de ensayo literario titulado La utopía arcaica, donde trataba de deslindar posiciones finales con el indigenismo literario, cuya cabeza visible, notoria y motora, a pesar de muerto, era José María Arguedas, al lado de Ciro Alegría, el recordado novelista de El mundo es ancho y ajeno. Pero el ataque de VLL enfilaba más hacia Arguedas.

Durante la lectura del ensayo pareciera que el autor quiere terminar con la presencia del indigenismo y de su cabeza visible, aduciendo que, al ser una zona arcaica, incluso no real en las horas actuales, ya no existe. Llevándose de paso en su crítica al propio José María, ya que no tendría, en su obra literaria, una base cultural existente. De esta forma, desde las orillas del cosmopolitismo capitalista, VLL deslegitima un área importante de la cultura latinoamericana: la zona andina y su expresión literaria, el indigenismo.

La tesis central de VLL es que el indigenismo y Arguedas han sido inútiles, incluso han tenido una posición reaccionaria, ante el avance de la modernidad y del capitalismo, pues desean regresar –según VLL- al pasado incaico, prehispánico. Lo cual no es cierto. En ninguna de las obras de Arguedas se aprecia ello. La que Arguedas denuncia es siempre la explotación imperial, tanto como la feudal.

Arguye, VLL, igualmente, que el indigenismo es racista y anticapitalino, pues ataca al blanco, al mestizo y a Lima, de esta forma ese mundo arcaico sería la expresión más nítida de la oposición al progreso. Por eso es que VLL señala, irónicamente, que Arguedas ha escrito, si bien con importantes méritos literarios “una realidad que no existe, confundiendo en ella las experiencias de su vida, los avatares de la sociedad en que vivió y los anhelos generosos que lo inspiraban, …cuando en verdad edificaba un sueño”.

En realidad, lo que VLL plantea en este libro, o por lo menos así se deja interpretar y entender, es que Arguedas no existe ya más y que el único autor importante y vigente es él, al comprender la complejidad de la historia y la realidad del país.

Pero a VLL habría que decirle algunas cosas. Arguedas no se refugia en un mundo arcaico, sino que trata de dialogar y de humanizar el mundo en que él vive y vivió, trata de incluir ese mundo y engarzarlo al mundo que nos formó la conquista española. O sea que Arguedas no trata de llevarnos al pasado, sino de enrumbarnos al futuro que sería, según su famosa frase, de “todas las sangres”. Cuestión que VLL no entiende o no quiere, perversamente, entender.

Otra respuesta final a VLL sería que él sí considera que el Perú está dividido en dos mundos en pugna y antagónicos entre sí: el mundo serrano y el mundo occidental o costeño. Donde el serrano constituye el atraso, la barbarie, la anticivilización. Mientras el costeño sería el progreso, la civilización, la modernidad. Cuestión que Arguedas no reconoce en sus novelas finales, sino que, como hemos dicho, trata de construirlas en un país único con todas esas contradicciones en su interior.

Finalmente, VLL plantea que la nación andina es pasadista, es reacia a los cambios. Y eso es falso. Al contrario, la cultura andina es una cultura viva y móvil, como dijera Mariátegui, pues siempre está en proceso de contextualización, pero cuidando sus bases y raíces frente a la ofensiva globalizadota del capitalismo salvaje. Y este proceso lo realiza a través de la asimilación, adaptación y recreación de nuevas formas culturales, como una continuidad histórica. Por eso VLL pudo suscribir, con toda facilidad y felicidad del gobierno de turno, el Informe de Uchuraccay, condenando a los comuneros a ser los autores de la matanza y exculpando a los militares costeños.











28 de abril, 2003










viernes, octubre 22, 2010

"La fuga de los cisnes", de Augusto Winter







Reina en el lago de los misterios tristeza suma:
los bellos cisnes de cuello negro terciopelo,
y de plumaje de seda blanca como la espuma,
se han ido lejos porque el hombre tiene recelo.

Aún no hace mucho que sus bandadas eran risueños
copos de nieve, que se mecían con suavidad
sobre las ondas, blancos y hermosos como los sueños
con que se puebla los amores de la bella edad.

Eran del lago la nota alegre, la nota clara,
que al panorama prestaba vida y animación;
ya fuera un grupo que en la ribera se acurrucara,
ya una pareja de enamorados en un rincón.

¡Cómo era bello cuando jugaban en la laguna
batiendo alas en los ardientes días de sol!
¡Cómo era hermoso cuando vertía la clara luna
sobre los cisnes adormecidos su resplandor!

El lago amaban donde vivían como señores
los nobles cisnes de regias alas; pero al sentir
cómo implacables los perseguían los cazadores,
buscaron tristes donde ignorados ir a vivir.

Y poco a poco se han alejado de los parajes
del Budi hermoso, que ellos servían a decorar,
yéndose en busca de solitarios lagos salvajes
donde sus nidos, sin sobresaltos, poder salvar.

Más, desde entonces fue su destino, destino aciago
ser el objeto de encarnizada persecución:
vióseles siempre de un lado a otro cruzar el lago,
huyendo tímidos de la presencia del cazador.

Y al fin, cansados los pobres cisnes de andar huyendo,
se reunieron en una triste tarde otoñal,
en la ensenada, donde solían dormirse oyendo
la cantinela de los suspiros del totoral.

Y allí acordaron, que era prudente tender el vuelo
hacia los sitios desconocidos del invasor;
yendo muy lejos, tal vez hallaran bajo otro cielo
lagos ocultos en un misterio más protector.

¡Y la bandada gimió de pena, sintiendo acaso
tantos amores, tantos recuerdos dejar en pos!
¡Batieron alas; vibró en el aire el frú-frú de raso
que parecía que era un sollozo de triste adiós!

Reina en el lago de los secretos tristeza suma,
porque hoy no vienen sobre sus linfas a retozar,
como otras veces, los nobles cisnes de blanca pluma
nota risueña que ya no alegra su soledad.

Si, por ventura, suelen algunos cisnes ausentes,
volver enfermos de la nostalgia, por contemplar
el lago amado de aguas tranquilas y transparentes,
lo hallan tan triste que, alzando el vuelo, no tornan más.





en Poesía universal (sel. María Romero), 1965














jueves, octubre 21, 2010

"Navegando a Bizancio", de William Butler Yeats

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




I

Aquél no es país para viejos. Los jóvenes
Tomados del brazo, los pájaros en los árboles
-Aquellas generaciones que se mueren- cantando,
Las cascadas de salmón, los mares atestados de verdeles,
Pescado, carne, o aves, elogian todo el verano
Todo lo engendrado, nace y muere.
Atrapado en esa música sensual descuida todo
Monumentos de intelecto que no envejece.



II

Un hombre de edad no es más que una cosa miserable,
Un abrigo andrajoso sobre un palo, a menos que
El alma aplauda y cante, y cante más fuerte
Por cada arruga en su vestido mortal,
Ni hay escuela de canto sino el estudio de
Monumentos de magnificencia única;
Y por eso he navegado los mares y he venido
A la sagrada ciudad de Bizancio.



III

Oh sabios erguidos en el santo fuego de Dios
Al igual que en el dorado mosaico de un muro,
Vengan del fuego sagrado, giren en un círculo,
Y sean los maestros del canto de mi alma.
Extingan mi corazón; enfermo de deseo
Y atado a un animal que va a morir
No sabe lo que es; y llévenme
Al artificio que es la eternidad.



IV

Una vez fuera de la naturaleza jamás tomaré
Mi forma corpórea de ninguna cosa natural,
Sino una forma como la que los Herreros griegos hacen
De oro martillado y esmalte dorado
Para mantener despierto a un somnoliento Emperador;
O ponerse sobre una rama dorada para cantar
A los señores y damas de Bizancio
Sobre lo que ha pasado, o lo que pasa, o lo que vendrá.






1928





Sailing to Byzantium

I/ That is not a country for old men. The young/ In one another's arms, birds in the trees/ -Those dying generations- at their song,/ The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,/ Fish, flesh, or fowl, commend all summer long/ Whatever is begotten, born, and dies./ Caught in that sensual music all neglect/ Monuments of unageing intellect.// II// An aged man is but a paltry thing,/ A tattered coat upon a stick, unless/ Soul clap its hands and sing, and louder sing/ For every tatter in its mortal dress,/ Nor is there singing school but studying/ Monuments of its own magnificence;/ And therefore I have sailed the seas and come/ To the holy city Byzantium.// III// O sages standing in God's holy fire/ As in the gold mosaic of a wall,/ Come from the holy fire, perne in a gyre,/ And be the singing-masters of my soul./ Consume my heart away; sick with desire/ And fastened to a dying animal/ It knows no what it is; and gather me/ Into the artifice of eternity.// IV// Once out of nature I shall never take/ My bodily form from any natural thing,/ But such a form as Grecian goldsmiths make/ Of hammered gold and gold enamelling/ To keep a drowsy Emperor awake;/ Or set upon a golden bough to sing/ To lords and ladies of Byzantium/ Of what is past, or passing, or to come.//




miércoles, octubre 20, 2010

"Los limones", de Eugenio Montale







Escúchame, los poetas laureados
se mueven solamente entre las plantas
de nombres poco usados: bojes ligustres o acantos.
Yo, para mí, amo los caminos que van a parar a los herbosos
fosos donde en charcos
medio secos los muchachos agarran
cualquier flaca anguila:
los senderos que atraviesan los cerros
descienden entre los copetes de las cañas
y se meten en los huertos, entre los limoneros.

Mejor si las algazaras de los pájaros
tragadas por el azul se apagan:
más claro se escucha el susurro
de las ramas amigas en el aire que casi no se mueve,
y los sentidos de este olor
que no sabe desprenderse de la tierra
y en el pecho llueve una dulzura inquieta.
Aquí, de las divertidas pasiones
de milagro calla la guerra,
aquí toca también a nosotros los pobres nuestra parte de riqueza
y es el olor de los limones.
Mira, en estos silencios en los cuales las cosas
se abandonan y parecen vecinas
a traicionar su último secreto,
a veces esperamos
descubrir un error de la Naturaleza
el punto muerto del mundo, el anillo que no guarda,
el hilo para desembrollar que finalmente nos ponga
en medio de una verdad.
La mirada escudriña el entorno
la mente indaga reconcilia desune
en el perfume que inunda
cuando el día más languidece.
Son los silencios en los que se ve
en cada sombra humana que se aleja
alguna disturbada Divinidad.

Pero falta la ilusión y el tiempo nos remite
a las ciudades rumorosas donde el azul se muestra
solamente a pedazos, en lo alto, entre las cimas.
La lluvia cansa la tierra, de después; se adensa
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se hace avara - amarga el alma.
Cuando un día desde un portón mal cerrado
entre los árboles de un patio
se nos muestran los amarillos de los limones;
y el hielo del corazón se deshace
y en el pecho nos hierven
sus canciones
las trompetas de oro de la solidaridad.





en Huesos de sepia, 1925














martes, octubre 19, 2010

"Duke Ellington & John Coltrane", de Carlos Sampayo





Sobre esas pesadillas y anhelos, el polvo también flotaba, acechando. En su ingravidez, era la constatación de nuestra espera, la imagen casi corpórea del éxtasis y la inocencia ávida con que recibimos la novedad de que John Coltrane y Duke Ellington habían grabado un disco juntos. En él, otra vez gracias a los buenos oficios de Bob Thiele, que seguramente se creía el Dios de los monoteístas, se acabarían las discusiones sobre la autenticidad de uno u otro signo. No habría más batallas entre modernistas y clasicistas (llamados tradicionalistas en las playas remotas), ni furibundas miradas ni sabotajes: Ellington, que en los años veinte había sido tan hot como Armstorng o Sidney Bechet, permitía que el primero entre los heterodoxos, un bulímico espiritualista lleno de manías y con la sorpresa de la destrucción encerrada en su cuerpo, entrara en sus aparentemente democráticos dominios para un coloquio entre iguales, paralelos, independientes, superpuestos y complementarios.

Duke Ellington & John Coltrane comienza con un conmovedor “In a Sentimental Mood” donde Duke, inventor de la melodía, perfila mediante una figura repetida, de consistencia frágil, un estado de ánimo que no es exactamente sentimental sino el de la rememoración de otro estado de ánimo. La fórmula de su mano derecha, combinada con las notas largas de Coltrane, es mágica. En esa época el saxofonista tenía la costumbre de calmarse la ansiedad con enormes vasos de agua caliente, sustancia exenta de cualquier significado. Las otras siete piezas del repertorio del disco, ya encaminadas por la primera, ponen al descubierto combinaciones tan extrañas como lo son las que sustentan cualquier amistad profunda o relación de amor entre personas moralmente equilibradas (donde bien puede tratarse de dos inmorales, dos asesinos, dos artistas)... aunque Coltrane y Ellington no eran amigos; más de uno puso en duda que, después del experimento, volvieran a cruzarse más allá que en ocasión de algún festival de jazz. El uno con sus grandes vasos de agua caliente, el otro con sus gotas de codeína en los ojos, en las piadosamente conocidas como “las ojeras de Ellington”.













en Memorias de un ladrón de discos, 1999













lunes, octubre 18, 2010

“Entropía”, de Thomas Pynchon






Boris acaba de hacerme un resumen de sus opi­niones.
Es un profeta del tiempo y dice que éste seguirá siendo malo.
Habrá más calami­dades, más muerte, más desesperación.
En nin­guna parte se observa la más ligera indicación de un cambio...
Debemos ponernos en marcha,
una marcha en filas cerradas hacia la prisión de la muerte.
No hay escapatoria. El tiempo no cambiará.
Henry Miller, Trópico de Cáncer




En el piso de abajo, la fiesta que había dado «Albóndi­ga» Mulligan para celebrar la ruptura de su contrato de arrendamiento entraba en la cuadragésima hora. En el suelo de la cocina, entre botellines de champán vacíos, Sandor Rojas y tres amigos jugaban a cartas y se mantenían des­piertos con Heidseck y píldoras de benzedrina. En la sala de estar, Duke, Vincent, «Arrugas» y Paco se agazapaban sobre un altavoz de cuarenta centímetros atornillado en la parte superior de una papelera, y escuchaban la deficiente versión de La puerta de los héroes en Kíev. Todos llevaban gafas de montura metálica, sus expresiones eran arrobadas y fumaban unos cigarrillos de aspecto curioso que, contra lo que pudiera esperarse, no contenían tabaco sino una forma adulterada de cannabis sativa. Este grupo era el cuarteto Duke di Angelis, que grababa para un sello local llamado Tambú y tenía en su haber un LP de diez pulgadas titulado Canciones del espacio exterior. De vez en cuando, uno de ellos echaba la ceniza de su cigarrillo en el cono del altavoz, para ver cómo bailaba. Albóndiga dormía al lado de la ventana, apretando una botella de dos litros contra su pecho como si fuese un osito de peluche. Varias jóvenes funcionarias que trabaja­ban en lugares como el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia Nacional de Seguridad habían perdido el senti­do en sofás, sillas y, una de ellas, en la pila del lavabo.

Corría febrero de 1957, y en aquel entonces había en Washington, D.C., muchos expatriados americanos que, cada vez que se encontraban contigo, te hablaban de que algún día se irían de veras a Europa, pero de momento trabajaban para el Gobierno. Todo el mundo veía en esto una aguda ironía. Por ejemplo, daban fiestas políglotas en las que no se hacía el menor caso del recién llegado si era incapaz de sostener conversaciones simultáneas en tres o cuatro idiomas. Recorrían charcuterías armenias durante se­manas seguidas y te invitaban a bulghour y cordero en minús­culas cocinas cuyas paredes estaban cubiertas con carteles de toros. Tenían relaciones amorosas con sensuales chicas de Andalucía o del Midi que estudiaban económicas en Georgetown. Su dome era una taberna alemana frecuentada por estudiantes llamada Viejo Heidelberg, en la avenida Wis­consin, y en primavera tenían que contentarse con cerezos en vez de limeros, pero, a su manera letárgica, la clase de vida que llevaban no dejaba de ofrecerles estímulos.

En aquellos momentos, la fiesta de Albóndiga parecía reanimarse. Afuera llovía. La lluvia producía un ruido sordo contra el papel alquitranado del tejado, se quebraba en un fino rocío al chocar con las narices, cejas y ojos de las gár­golas de madera bajo los aleros y se deslizaba como baba por los cristales de la ventana. El día anterior había neva­do, dos días antes soplaron vientos muy fuertes y anterior­mente el sol hizo brillar la ciudad como en abril, aunque según el calendario estaban a principios de febrero. Esta falsa primavera es una curiosa estación en Washington. En ella tiene lugar el aniversario de Lincoln y el Año Nuevo chino, y flota en las calles una sensación de desamparo porque aún faltan semanas para que florezcan los cerezos y, como ha dicho Sarah Vaughan, la primavera llegará un poco tarde este año. En general, las gentes como las que se reúnen en el Viejo Heidelberg las tardes de los días laborables para tomar Würtzburger y cantar Lilí Marlén (por no mencionar La dulzura de Sigma Chi) son inevitable e incorregiblemente románticas y, como sabe todo buen romántico, el alma (spiritus, ruach, pneuma) no es, en sustancia, más que aire, y es natural que las deformaciones en la atmósfera sean recapi­tuladas por quienes la respiran. Así pues, por encima de los componentes públicos —días festivos, atracciones turísticas— existen meandros privados vinculados al clima, como si ese periodo fuese un stretto pasaje en la fuga del año: tiempo azaroso, amores a la deriva, compromisos no predichos; meses que uno puede pasar fácilmente en fuga porque, curio­samente, más adelante los vientos, las lluvias y las pasiones de febrero y marzo nunca se recuerdan en esa ciudad, es como si jamás hubieran existido.

Las últimas notas bajas de La puerta de los héroes retum­baron a través del suelo e hicieron salir a Callisto de un sueño inquieto. De lo primero que tuvo conciencia fue de un pajarillo que había sostenido con suavidad contra su cuerpo. Volvió la cabeza en la almohada para sonreírle. El pájaro hundía en el cuerpo la cabecita azul y la enferme­dad se reflejaba en sus ojos velados. Callisto se preguntó durante cuántas noches más tendría que procurarle su calor antes de que se restableciera. Sostenía así al pájaro desde hacía tres días, pues no conocía otra manera de devolver­le la salud. A su lado, la muchacha se movió y exhaló un gemido, con un brazo sobre la cara. Mezclados con los so­nidos de la lluvia se oían las primeras voces matinales, va­cilantes y quejumbrosas de los otros pájaros, ocultos en filodendros y pequeños miraguanos: retazos de escarlata, amarillo y azul entrelazados en una fantasía como un cua­dro de Rousseau, una jungla de invernadero que Callisto había tardado siete años en crear. Cerrada herméticamente, era un minúsculo enclave de regularidad en el caos urbano, ajeno a los antojos del tiempo, de la política nacional, de cualquier trastorno civil. Gracias al método de ensayo y error Callisto había perfeccionado su equilibrio ecológico, su ar­monía artística con la ayuda de la chica, de modo que las oscilaciones de su vida vegetal, los movimientos de sus pá­jaros y sus habitantes humanos eran todos ellos tan inte­grales como los ritmos de una escultura móvil perfectamen­te ejecutada. Naturalmente, él y la chica ya no podían ser excluidos de ese santuario, pues habían llegado a ser nece­sarios para su unidad. Recibían del exterior lo que necesita­ban. Nunca salían de allí.

—¿Está bien? —susurró la joven.

Yacía como un signo de interrogación atezado, sus ojos de improviso enormes, oscuros y parpadeando lentamente. Callisto deslizó un dedo bajo las plumas en la base del cue­llo del pájaro y lo acarició con suavidad.

—Creo que se repondrá. ¿Ves? Está oyendo que sus ami­gos empiezan a despertarse.

La muchacha había oído la lluvia y los pájaros incluso antes de que se despertara del todo. Se llamaba Aubade: era medio francesa y medio anamita y vivía en su propio planeta curioso y solitario, donde las nubes y el aroma de las poincianas, la aspereza del vino y el contacto accidental de unos dedos con su región lumbar o, ligeros como plu­mas, con sus senos le llegaba inevitablemente reducido a un sonido, una música que surgía a intervalos de una au­lladora oscuridad de discordancia.

—Ve a ver, Aubade —le pidió él.

Obediente, la chica se levantó y fue con pasos lentos y pesados a la ventana, descorrió la cortina y, al cabo de un momento, dijo:

—Dos coma ocho. Sigue siendo dos coma ocho. Callisto frunció el ceño.
—Entonces estamos así desde el martes —comentó—. Nin­gún cambio.

Tres generaciones antes de la suya, Henry Adams había mirado horrorizado al Poder; ahora Callisto se encontraba en una situación muy parecida con respecto a la termodiná­mica, la vida interna de esa energía, y, como su predecesor, se daba cuenta de que la Virgen y la dínamo representan tanto el amor como el poder, que ambos son, en efecto, idénticos y en consecuencia el amor no sólo hace girar al mundo, sino que también es responsable del giro de las bolas en el juego de bochas y la precisión de las nebulosas. Este elemento último o sideral era lo que le inquietaba. Los cosmólogos han predicho la eventual muerte del universo a causa del calor (algo así como el Limbo: abolición de la forma y el movimiento y la energía calorífica idéntica en todos sus puntos); los meteorólogos la impiden a diario, contradiciéndola con un surtido tranquilizador de tempera­turas diversas.

Sin embargo, desde hacía tres días, y a pesar del tiempo cambiante, el mercurio se mantenía a 2,8 grados. Sonrien­do impúdico a los presagios del Apocalipsis, Callisto cam­bió de postura bajo las sábanas. Sus dedos rodearon con más firmeza al pájaro, como si necesitara alguna seguridad palpitante o sufriente de un próximo cambio en la tempe­ratura.

Fue el estrépito final lo que surtió efecto. Cuando se de­tuvo el balanceo sincronizado de las cabezas por encima de la papelera, Albóndiga recobró la conciencia bruscamen­te, con un sobresalto. El siseo final permaneció un instante en la sala y luego se fundió con el susurro de la lluvia.

—¡Aaaagh! —exclamó Albóndiga, rompiendo el silencio, y miró la botella vacía.

Arrugas se volvió lentamente, sonrió y le ofreció un ci­garrillo.

—Es la hora del té, muchacho —le anunció.
—No, no —dijo Albóndiga—. ¿Cuántas veces tengo que decíroslo, tíos? En mi casa no. Deberíais saber que Wa­shington está lleno de agentes federales.

Arrugas adoptó una expresión melancólica.

—Por Dios, Albóndiga —dijo al fin—. ¿Ya no quieres hacer nada más?
—Mi única esperanza para librarme de la resaca es beber un poco más de lo que me ha emborrachado. ¿Queda algo bebible? —Empezó a arrastrarse hacia la cocina.
—No creo que haya champán —dijo Duke—. Encontra­rás una caja de tequila detrás de la nevera.
Pusieron un disco de Earl Bostic. Albóndiga se detuvo en la puerta de la cocina y miró furibundo a Sandor Rojas.
—Limones —dijo, tras pensar unos instantes. Se acercó al frigorífico y sacó tres limones y unos cubi­tos de hielo, encontró el tequila y se dispuso a restaurar el orden de su sistema nervioso. Se hizo un rasguño al cortar los limones y tuvo que emplear las dos manos para expri­mirlos y un pie para desprender los cubitos de la bande­ja, pero al cabo de diez minutos, y gracias a algún mila­gro, tuvo ante su cara sonriente un monstruoso cóctel de tequila.
—Eso parece estar riquísimo —le dijo Sandor Rojas—. ¿Qué tal si me preparas uno?
Albóndiga le miró parpadeando.
Kitchi lofass a shegithe —replicó automáticamente, utili­zando una obscena maldición húngara y se encaminó al baño—. ¡Oye! —exclamó al cabo de un momento, sin diri­girse a nadie en particular—. Hay una chica o algo parecido dormida sobre la pila.

La cogió por los hombros y la sacudió. Ella emitió un murmullo.

—No pareces muy cómoda —le dijo Albóndiga.
—Bueno... —convino ella.

Se dirigió a la ducha tambaleándose, abrió el grifo de agua fría y se sentó bajo el chorro con las piernas cru­zadas.

—Así está mejor —dijo sonriente.
—¡Albóndiga! —gritó Sandor Rojas desde la cocina—. Al­guien intenta entrar por la ventana. Creo que es un atraca­dor, uno de esos ladrones que entran por las ventanas del primer piso.
—¿Por qué te preocupas? —replicó Albóndiga—. Estamos en el segundo.

Regresó rápidamente a la cocina. Un tipo de aspecto des­greñado y abatido estaba en la salida de incendios, arañan­do el cristal de la ventana. Albóndiga la abrió.

—Saúl...
—Estoy un poco mojado —dijo Saúl, y entró por la ven­tana, goteando—. Supongo que te has enterado.
—Miriam te dejó, o algo así. Es todo lo que he oído.

Se oyeron repetidos golpes en la puerta principal y San­dor Rojas gritó que entraran. Eran tres alumnas de filosofía del George Washington, y cada una traía una garrafa de Chianti. Sandor se levantó de un salto y corrió a la sala de estar.

—Hemos oído que había una fiesta —dijo una rubia.
—¡Sangre joven! —gritó Sandor.

Era un húngaro, ex luchador por la libertad, que evi­denciaba fácilmente el peor caso crónico de lo que ciertos críticos de la clase media habían llamado donjuanismo del distrito de Columbia. Purche porti la gonnella, voi sapete quel che Ja. Como el perro de Pavlov: una voz de contralto o una vaharada de Arpège y Sandor empezaba a salivar. Con ojos fatigados, Albóndiga contempló al trío que se encami­naba a la cocina y se encogió de hombros.

—Poned el vino en la nevera y buenos días —les dijo.

El cuello de Aubade trazaba un arco dorado al inclinar­se sobre las hojas de papel de barba en las que garabateaba en la penumbra verdosa de la habitación.

—Cuando era un joven estudiante en Princeton —Callisto le dictaba, mientras daba cobijo al pájaro contra el vello de su pecho—, Callisto aprendió un truco nemotécnico para recordar las leyes de la termodinámica: no puedes ganar, las cosas empeorarán antes de que mejoren, ¿quién dice que van a mejorar? A los cincuenta y cuatro años, enfrentado a la noción de Gibbs del universo, comprendió de repente que aquella jerga estudiantil había sido, al fin y al cabo, oracular. El largo laberinto de ecuaciones se convirtió para él en una visión de la definitiva muerte cósmica a causa del calor. Naturalmente, había sabido desde el principio que nada, salvo una máquina o sistema teóricos, funciona jamás con una eficacia del cien por ciento, y conocía el teorema de Clausius, según el cual, la entropía de un sistema aisla­do siempre va en continuo aumento. Pero no fue hasta que Gibbs y Boltzmann aportaron a este principio los métodos de la mecánica estadística, cuando empezó a comprender el horrible significado de todo ello: sólo entonces se dio cuen­ta de que el sistema aislado —galaxia, motor, ser humano, cultura, lo que sea— debe evolucionar espontáneamente hacia la «condición de lo más probable». Así pues, se vio obligado, en el triste otoño moribundo de la mediana edad, a llevar a cabo una nueva evaluación radical de todo cuan­to había aprendido hasta entonces. Ahora tenía que exami­nar todas las ciudades, estaciones y pasiones accidentales de su vida bajo una luz nueva y elusiva, y no sabía si iba a ser capaz de enfrentarse a la tarea. Era consciente de los peligros de la falacia reductiva y, así lo esperaba, lo bastan­te fuerte para no caer en la elegante decadencia de un fata­lismo enervado. El suyo había sido siempre un tipo de pe­simismo vigoroso, italiano. Como Maquiavelo, aceptaba que las fuerzas de la virtú y la fortuna son, aproximadamente, del 50 por ciento; pero ahora las ecuaciones introducían un factor azaroso que elevaba las probabilidades a una pro­porción inexpresable e indeterminada que él mismo temía calcular.

A su alrededor descollaban vagas sombras de invernade­ro, y el corazón lastimosamente pequeño latía contra el suyo. Como contrapunto a las palabras de Callisto, la mu­chacha oía el gorjeo de los pájaros, espasmódicos bocinazos diseminados por la mañana húmeda y el contralto de Earl Bostic elevándose en agrestes cumbres ocasionales a par­tir del suelo. La pureza arquitectónica del mundo de Aubade estaba constantemente amenazada por tales señales de anarquía: brechas, excrecencias y líneas oblicuas, y un cam­bio de lugar o inclinación de los planos a los que ella tenía que readaptarse continuamente, a fin de evitar que toda la estructura temblara y se transformase en una confusión de señales discretas y carentes de significado. Cierta vez Ca­llisto describió el proceso como una especie de feedback: ella se dormía cada noche con una sensación de fatiga y la des­esperada resolución de no relajar nunca la vigilancia. In­cluso en los breves periodos en que Callisto le hacía el amor, remontándose por encima del arqueo de los nervios tensos en azarosos tonos dobles que suenan en acorde, allí estaba la cuerda vibrante de la determinación de Aubade.

—Sin embargo —continuó Callisto—, encontró en la en­tropía, o la medida de la desorganización en un sistema cerrado, una metáfora adecuada aplicable a ciertos fenóme­nos de su propio mundo. Veía, por ejemplo, a la genera­ción más joven respondiendo a Madison Avenue con el mismo mal humor que la suya reservó en otro tiempo a Wall Street, y en el consumismo norteamericano descubrió una tendencia similar desde lo menos a lo más probable, desde la diferenciación a la uniformidad, desde la indivi­dualidad ordenada a una especie de caos. En una palabra, afirmó de nuevo la predicción de Gibbs, aplicándola a la sociedad, e imaginó una muerte por calor de esta cultura, en la que las ideas, como la energía calorífica, ya no se trans­feriría, dado que, en última instancia, cada uno de sus puntos tendría la misma cantidad de energía y, en consecuencia, cesaría el movimiento intelectual. —Alzó la vista de repen­te—. Compruébalo ahora —pidió a la muchacha, la cual volvió a levantarse y examinó el termómetro.

—Dos coma ocho —dijo—. Ha cesado de llover.

El inclinó apresurado la cabeza y aplicó los labios al ala temblorosa del pájaro.

—Entonces cambiará pronto —comentó, procurando mantener un tono firme.

Sentado en la estufa, Saúl era como una muñeca de trapo contra la que una niña ha descargado una furia in­comprensible.

—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Albóndiga—. Bueno, si es que tienes ganas de hablar.
—Claro que me apetece hablar —replicó Saúl—. Sólo hice una cosa: le di una buena paliza.
—Hay que mantener la disciplina.
—Ja, ja. Ojalá hubieras estado allí. Fue una magnífica pelea, Albóndiga. Acabó lanzándome un manual de física y química, pero falló y alcanzó la ventana, y cuando se rom­pió el cristal creo que también se rompió algo en ella. Salió de casa bruscamente, llorando. Llovía y no se puso imper­meable ni nada.
—Volverá.
—No.
—Bueno... —Tras una pausa, Albóndiga añadió—: Sin duda ha sido por algo muy importante, como por ejemplo, quién es mejor, Sal Mineo o Ricky Nelson.
—Fue por la teoría de la comunicación —dijo Saúl—, lo cual, desde luego, hace que el asunto tenga mucha gracia.
—No sé nada sobre la teoría de la comunicación.
—Mi mujer tampoco. Pero, bien mirado, ¿quién sabe algo? Ahí está la gracia.
Al ver cómo sonreía Saúl, Albóndiga le preguntó si que­ría tomar tequila o alguna otra cosa.
—No. Lo siento de veras. Ese es un terreno en el que puedes perder los estribos, ni más ni menos. Llegas a vigi­lar continuamente por si vienen guardias de seguridad, de­trás de los arbustos, a la vuelta de la esquina. El TECFM es alto secreto.
—¿El qué?
—El Tabulador Electrónico del Campo Factorial Multigrupal.
—Os habéis peleado por eso.
—Miriam ha vuelto a leer ciencia ficción. Eso y Scienti­fic American. Al parecer, está entusiasmada con la idea de los ordenadores que actúan como personas. Cometí el error de decirle que también puedes darle la vuelta a eso y ha­blar de la conducta humana como un programa introduci­do en una máquina IBM.
—¿Por qué no? —le preguntó Albóndiga.
—Claro, ¿por qué no? De hecho, es algo básico para la comunicación, por no mencionar la teoría de la informa­ción. Pero cuando se lo dije, ella se subió por las paredes, se puso como una fiera. Y no imagino el motivo. Si al­guien debiera saberlo, ése soy yo. Me niego a creer que el Gobierno esté desperdiciando conmigo el dinero de los con­tribuyentes cuando tiene tantas cosas importantes y mejo­res en las que gastarlo.

Albóndiga hizo una mueca.

—Quizá tu mujer pensó que actuabas como un científi­co frío, deshumanizado y amoral.
—Por Dios —dijo Saúl, levantando un brazo—. Deshu­manizado. ¿Cuánto más humano puedo ser? Estoy preocu­pado, Albóndiga, de veras. Hoy en día hay europeos que deambulan por el norte de África con la lengua arrancada porque la emplearon en decir lo que no debían. Sin em­bargo los europeos creían que sus palabras eran correctas.
—Barrera de lenguaje —sugirió Albóndiga.

Saúl bajó de la estufa.

—Ese es un buen candidato al peor chiste del año —co­mentó irritado—. No, listo, no es una barrera. En todo caso es una especie de filtración. Dile a una chica: «Te quiero». Los dos elementos implicados, tú y ella, no presentan nin­gún problema, forman un circuito cerrado. Pero con el re­pugnante verbo «querer» has de tener cuidado, pues se presta a la ambigüedad, a la redundancia, incluso irrelevancia, a la filtración. Y eso es ruido. El ruido estropea tu señal, pro­voca la desorganización del circuito.

Albóndiga hizo un gesto desmañado.

—Bueno, bueno, Saúl —musitó—, me parece que, no sé, es como si esperases demasiado de la gente. Quiero decir que... supongo que la mayor parte de las cosas que deci­mos son sobre todo ruido.
—¡Ja! La mitad de lo que acabas de decir, por ejemplo.
—Bueno, a ti te ocurre lo mismo, ¿no?
—Lo sé. —Saúl sonrió sombríamente—. Es desagradable, ¿verdad?
—Supongo que eso es lo que da trabajo a los abogados matrimonialistas. Vaya, perdona, chico.
—Oh, yo no soy sensible, y además —frunció el ceño— tienes razón. Creo que los matrimonios de más «éxito», como el de Miriam y yo hasta anoche, se fundamentan en compromisos. Nunca te desenvuelves con una eficacia ab­soluta, en general no tienes más que una base mínima para funcionar. Creo que la palabra apropiada es «solidaridad».
—Aaaagh.
—Exactamente. Te parece un poco ruidosa, ¿verdad? Pero el contenido del ruido es diferente para cada uno de noso­tros, porque tú eres soltero y yo no. O hasta ahora no lo era. Al diablo con ello.
—Sí, de acuerdo —dijo Albóndiga, tratando de ayudar­le—. Usabais palabras distintas. Por «ser humano» entendías algo que puedes considerar como si fuera un ordenador. Eso te ayuda a pensar mejor en el trabajo, por ejemplo. Pero Miriam entendía algo totalmente diferente...
—Al diablo con ello —repitió Saúl.

Albóndiga se quedó callado.

—Creo que tomaré ese trago —dijo Saúl al cabo de un rato.
Habían abandonado el juego de naipes y los amigos de Sandor se estaban emborrachando lentamente con tequila. En el sofá de la sala de estar, una de las estudiantes y Arru­gas sostenían una conversación amorosa.
—No —decía Arrugas—, no puedo desairar a Dave. De hecho, reconozco los muchos méritos de Dave, sobre todo teniendo en cuenta su accidente.

La sonrisa desapareció del rostro de la muchacha.

—Es terrible. ¿Qué accidente?
—¿No te habías enterado? —replicó Arrugas—. Cuando Dave estaba en el ejército (no era más que un soldado raso), le enviaron en misión especial a Oak Ridge, para algo relacionado con el proyecto Manhattan. Un día estaba ma­nejando material peligroso y recibió una sobredosis de ra­diación, así que ahora tiene que llevar siempre guantes de plomo.

Ella balanceó la cabeza, compasiva.

—Qué horrible suerte para un pianista —comentó.

Albóndiga había dejado a Saúl con una botella de te­quila y estaba a punto de meterse en un armario para dor­mir cuando se abrió la puerta principal e invadieron el piso cinco miembros de la marina norteamericana, todos ellos en diversos grados de abominación.

—Este es el sitio —gritó un gordo y granujiento apren­diz de marinero que había perdido su gorra blanca—. Esta es la casa de putas de la que nos habló ese jefe.

Un alto y delgado segundo contramaestre de tercera clase le hizo a un lado e inspeccionó la sala de estar.

—Tienes razón, Slab, pero no parece gran cosa, ni si­quiera para Estados Unidos. He visto mejores culos en Ná­poles, Italia.
—Eh, ¿cuánto? —atronó un marinero corpulento con ade­noides, que sostenía un pote de vidrio lleno de whisky ca­sero.
—Dios mío —murmuró Albóndiga.

Afuera la temperatura se mantenía constante a 2,8 gra­dos. En el invernadero, Aubade acariciaba distraída las ramas de una joven mimosa y oía el motivo de la savia ascenden­te, el tema áspero, anticipador y no resuelto de las frágiles flores rosadas que, según se dice, garantizan la fertilidad. Esa música se elevaba de una tracería enmarañada: arabes­cos de orden en fuga competitiva con las disonancias im­provisadas de las fiestas en el piso de abajo, que a veces llegaban a un punto máximo con ápices y cimacios de ruido. Esa preciosa proporción entre señal y sonido, cuyo delica­do equilibrio requería todas las calorías de las fuerzas de Aubade, subía y bajaba dentro de su cráneo pequeño y tenue mientras observaba a Callisto, que daba calor al pája­ro. Ahora Callisto intentaba confrontar la idea de la muer­te térmica, mientras acariciaba el plumoso cuerpecillo entre sus manos. Buscaba correspondencias. Sade, desde luego, y Temple Drake, macilento y desesperanzado en su parquecillo parisiense, al final de Santuario. Equilibrio definitivo. El bosque nocturno. Y el tango, cualquier tango, pero quizá más que cualquier otro la triste y enfermiza danza en La histo­ria del soldado, de Stravinsky. Rememoró: ¿Qué fue para ellos la música del tango después de la guerra, qué signifi­cados se le pasaron por alto en todos los autómatas ma­jestuosamente emparejados de los cafés-dansants, o en los metrónomos que oscilaban detrás de los ojos de sus parejas? Ni siquiera los vientos limpios y cortantes de Suiza podían curar la grippe espagnole: Stravinsky la padeció, todos ellos la padecieron. ¿Y cuántos músicos quedaron después de Passchendale, después del Marne? En este caso se reducían a siete: violín, contrabajo. Clarinete, fagot. Corneta, trom­bón. Tímpanos. Casi como si toda la minúscula compañía de saltimbanquis se hubiera puesto a transmitir la misma información que una orquesta completa. Apenas quedaba una dotación entera en Europa. No obstante, con el violín y los tímpanos, Stravinsky logró expresar en ese tango la misma fatiga, idéntica falta de aireación que uno veía en los jóvenes acicalados que trataban de imitar a Vernon Castle, y en sus queridas, a las que sencillamente no les impor­taba. Ma maîtresse. Celeste. Cuando regresó a Niza, tras la segunda guerra mundial, descubrió que aquel café había sido sustituido por una tienda de perfumes que abastecía a los turistas norteamericanos. Y no quedaba ningún vestigio se­creto de ella en los adoquines o en la vieja pensión conti­gua, ningún perfume que armonizara con su aliento, aro­matizado por el dulce vino español que siempre tomaba. Y así, en vez de quedarse allí, compró una novela de Henry Miller, partió hacia París y leyó el libro en el tren, por lo que cuando llegó había recibido por lo menos una adver­tencia previa. Y vio que Celeste y los demás, e incluso Tem­ple Drake, no habían cambiado lo más mínimo.

—Me duele la cabeza, Aubade.

El sonido de su voz generó en la muchacha un frag­mento de melodía como respuesta. Su movimiento hacia la cocina, la toalla, el agua fría y los ojos de Callisto que la seguían formaron un canon extraño e intrincado; y mien­tras ella le aplicaba la compresa en la frente, el suspiro de gratitud que él exhaló parecía señalar un nuevo tema, otra serie de modulaciones.

—No —seguía diciendo Albóndiga—, me temo que no. Esta no es una casa de mala fama. Lo siento de veras.

Slab se mantenía inflexible.

—Pero el jefe dijo... —repetía.

El marinero propuso cambiar el licor casero por una tía buena. Albóndiga miró frenéticamente a su alrededor, como si buscara ayuda. En medio de la sala, el cuarteto Duke di Angelis llevaba a cabo una actuación histórica, Vincent sen­tado y los otros en pie, realizando los movimientos de un grupo musical en plena actuación, pero sin instrumentos.

—¡No te digo! —exclamó Albóndiga.

Duke movió la cabeza varias veces, sonrió levemente, encendió un cigarrillo y por fin vio la expresión de Al­bóndiga.

—Tranquilo, hombre —le susurró.

Vincent empezó a agitar los brazos con los puños ce­rrados; de repente se quedó inmóvil y luego repitió los mo­vimientos. Esto se prolongó durante unos minutos, mien­tras Albóndiga sorbía malhumorado su bebida. La marina se había retirado a la cocina. Por fin, obedeciendo a algu­na señal invisible, el grupo dejó de dar golpecitos con los pies y Duke dijo sonriente:

—Por lo menos hemos terminado juntos.

Albóndiga le miró iracundo.

—¡No te digo! —repitió.
—Es una nueva idea, hombre —dijo Duke— Recuerdas a tu tocayo, ¿no? ¿Recuerdas a Gerry?
—No —respondió Albóndiga—. Recordaré abril, si eso te sirve de algo.
—En realidad era Amor en venta, lo cual demuestra lo mu­cho que sabes —dijo Duke—. La cuestión es que tocaban Mulligan, Chet Barker y aquella gente de entonces, ¿comprendes?
—Saxo barítono —respondió Albóndiga—. Creo que había un saxo barítono.
—Pero nada de piano, chico, nada de guitarra ni acor­deón. Ya sabes lo que significa eso.
—No exactamente —replicó Albóndiga.
—Bueno, primero déjame decirte que no soy Mingus ni John Lewis y la teoría no ha sido nunca mi fuerte. Quiero decir que cosas como leer siempre han sido difíciles para mí y...
—Lo sé —le interrumpió Albóndiga secamente—. Te qui­taron el carnet porque cambiaste el tono de Cumpleaños feliz durante una fiesta en el club Kiwanis.
—El Rotario. Pero, en uno de esos destellos de intui­ción, se me ocurrió que si aquel primer cuarteto de Mulligan no tenía piano, eso sólo podía significar una cosa.
—Ningún acorde —dijo Paco, el bajo de cara infantil.
—Lo que quiere decir es que los acordes no tienen notas fundamentales, nada que escuchar mientras tocas una línea del pentagrama. Lo que uno hace en estos casos es pensar las notas fundamentales.

Albóndiga empezaba a adquirir una comprensión horro­rizada.

—Y el siguiente paso lógico...
—Es pensarlo todo —concluyó Duke con sencilla digni­dad—. Notas fundamentales, líneas, todo.
Albóndiga miró a Duke con admiración.
—Pero...
—Bueno —dijo Duke con modestia—, hay que corregir algunos defectos.
—Pero... —insistió Albóndiga.
—Escucha y lo comprenderás.

Y el grupo entró de nuevo en órbita, presumiblemente en alguna parte alrededor del cinturón de asteroides. Al cabo de un rato, Arrugas aplicó los labios a una embocadura ima­ginaria y empezó a mover los dedos, mientras Duke se lle­vaba una mano a la frente.

—¡Zoquete! —exclamó—. Estamos usando la nueva cabe­za, la que escribí ayer, ¿recuerdas?
—Claro —respondió Arrugas—, la nueva cabeza. Yo entro en el puente. Primero todas vuestras cabezas y luego allá voy.
—Muy bien —dijo Duke—. Si lo sabes, ¿por qué...?
—A ver, dieciséis compases, espero, entro...
—¿Dieciséis? —le interrumpió Duke—. No, no Arrugas. Has esperado ocho. ¿Quieres que lo cante? Un cigarrillo que tiene huellas de pintalabios, un pasaje de avión a luga­res románticos.

Arrugas se rascó la cabeza.

—Te refieres a Esas cosas absurdas.
—Sí —dijo Duke—, sí, Arrugas, bravo.
—No se trata de Recordaré abril —dijo Arrugas.
Minghe morte —replicó Duke en argot napolitano.
—Creía que lo hacíamos un poco lento —se defendió Arrugas.

Albóndiga se echó a reír.

—De vuelta al viejo tablero de dibujo —comentó.
—No, hombre —dijo Duke—. De vuelta al vacío sin aire.

Y arrancaron otra vez, pero parecía que Paco tocaba en sol sostenido mientras que los demás lo hacían en mi bemol, por lo que tuvieron que empezar de nuevo.

En la cocina, dos de las chicas del George Washington y los marineros cantaban Hundámonos todos y Méate en el Forestal. Sobre la nevera tenía lugar un juego de morra bi­lingüe y a dos manos. Saúl había llenado de agua varias bolsas de papel y estaba sentado en la salida de incen­dios, arrojándolas contra los transeúntes. Una joven y gruesa funcionaria, que llevaba una camisa de entrenamiento Bennington, comprometida recientemente con un subteniente destinado al Forrestal, irrumpió de repente en la cocina, con la cabeza baja, y golpeó a Slab en el estómago. Sus com­pinches, imaginando que ésa era una excusa tan buena como cualquier otra para una pelea, entraron atropelladamente. Los jugadores de morra tenían las narices juntas y gritaban trois sette, a voz en cuello. Desde la ducha, la chica a la que Albóndiga había apartado de la pila, anunció que se estaba ahogando. Al parecer, se había sentado sobre el desagüe y ahora estaba con el agua hasta el cuello. El ruido en el piso de Albóndiga había llegado a un crescendo sostenido y atroz.

Albóndiga se limitaba a observar, rascándose perezosa­mente el estómago. Imaginaba que sólo podía hacer frente a aquel desastre de dos maneras: (a) encerrarse en el arma­rio y confiar en que finalmente todos se irían, o (b) inten­tar serenarlos a todos, uno tras otro. La primera alternativa era ciertamente la más atractiva, pero entonces se puso a pensar en aquel armario. Estaba oscuro y lleno de trastos, y se sentiría solo, cosa que no le hacía ninguna gracia. Y luego aquella tripulación del barco Piruleta o como se llamara podría concebir la idea de derribar la puerta del armario a patadas, por pura diversión. Y si ocurría tal cosa, él se sentiría, como mínimo, azorado. La otra manera era más fastidiosa, pero probablemente mejor a la larga.

Así pues, decidió evitar que su fiesta degenerase en un caos total: dio vino a los marineros y separó a los jugado­res de morra, presentó la funcionaria a Sandor Rojas, el cual impediría que se metiera en líos, ayudó a la chica de la ducha a secarse y la acostó en la cama, tuvo otra conversa­ción con Saúl, llamó a un mecánico para que reparase el frigorífico, pues alguien había descubierto que estaba estro­peado. Todo eso fue lo que hizo hasta el anochecer, cuan­do la mayoría de los juerguistas habían perdido el sentido y la fiesta temblaba en el umbral de su tercer día.

En el piso de arriba, Callisto, impotente en el pasado, no notaba que el débil ritmo en el interior del pájaro em­pezaba a disminuir y apagarse. Aubade estaba al lado de la ventana, deslizándose mentalmente por las cenizas de su propio mundo encantador. La temperatura se mantenía fija, el cielo se había vuelto de un gris oscuro uniforme. Enton­ces algo desde abajo, el grito de una muchacha, una silla volcada, un vaso estrellado contra el suelo. Callisto nunca sabría exactamente qué, penetró en aquella deformación pri­vada del tiempo y tuvo conciencia de que el ritmo del pá­jaro fallaba, de la contracción muscular y los leves movi­mientos de la cabeza, y su propio pulso empezó a latir con más intensidad, como si intentara compensar.

—Aubade —llamó débilmente—. Se está muriendo.

La muchacha, ondulante y arrobada, cruzó el inverna­dero para mirar las manos de Callisto. Los dos permanecie­ron así, inmóviles, durante uno o dos minutos, mientras el corazoncillo latía con un airoso diminuendo hasta detener­se por completo. Callisto alzó la cabeza lentamente.

—Le he cogido —protestó, sintiéndose impotente ante el misterio— para darle el calor de mi cuerpo, casi como si le transmitiera la vida, o una sensación de vida. ¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha interrumpido la transferencia de calor? ¿No hay más...? —No concluyó la frase.
—Yo estaba en la ventana —dijo ella.

Callisto se dejó caer en la cama, aterrado. Ella perma­neció un momento más de pie, indecisa. Había percibi­do la obsesión de su compañero tiempo atrás, y de alguna manera se dio cuenta de que aquellos 2,8 grados constantes eran ahora decisivos. Entonces, de improviso, como si viera la única e inevitable conclusión de todo aquello, se acercó con rapidez a la ventana antes de que Callisto pudiera ha­blar, arrancó las cortinas, rompió el cristal con dos manos exquisitas que quedaron sangrando y relucientes de fragmen­tos de vidrio, se volvió hacia el hombre tendido en la cama y esperó con él hasta que llegara el momento del equili­brio, cuando los 2,8 grados prevalecieran fuera, dentro y para siempre, y el inmóvil y curioso factor dominante de sus vidas independientes se resolviera en una tónica oscuri­dad y la ausencia definitiva de todo movimiento.





en Kenyon Reviere, 1960














domingo, octubre 17, 2010

"Los años corren rápidos...", de T'ao Ch'ien





Los años corren rápidos más allá del recuerdo;
Es solemne la paz de esta dulce mañana.
Me vestiré las túnicas para la primavera
Y me iré a las laderas de los montes del Este.
Una neblina cubre el arroyuelo que surca la colina;
Mas es sólo un instante y pronto se disipa.
Luego, el viento del Sur viene a peinar
Los campos donde nace el trigo nuevo.










sábado, octubre 16, 2010

"El hombre que fue Jueves", de Gilbert K. Chesterton

Fragmento del capítulo V






Mientras la conversación seguía su curso, Syme se dedicó a observar mejor a sus compañeros. Y poco a poco sintió que lo embargaba otra vez el sentimiento de horror hacia aquellas excentricidades psíquicas.

Habíale parecido al principio que todos los comensales, con excepción del peludo Gogol, eran personas comunes y corrientes por el aspecto y el traje. Pero al observarlos mejor, comenzó a descubrir en todos y cada uno de ellos lo mismo que había advertido en el que le esperó junto al Támesis: algún rasgo demoníaco. Aquella risa descentrada que desfiguraba de cuando en cuando la hermosa cara del que había sido su guía, era "típica" de todos aquellos "tipos". Todos tenían algo, perceptible tal vez a la décima o a la vigésima inspección; algo que no era del todo normal y que apenas parecía humano. Idea que trató de formularse, diciéndose que todos tenían aspecto y presencia de personas bien educadas, pero con una ligera torsión, como la que produce la falla de un espejo. Esta excentricidad semioculta, sólo podrá definirse describiendo uno a uno todos los tipos. El cicerone de Syme llevaba el título de Lunes; era el secretario del Consejo, y nada era más terrible que su tuerta sonrisa, a excepción de la espantosa y satisfecha risotada del Presidente. Pero ahora que Syme lo observaba más de cerca, advertía en el secretario otras singularidades. Su noble rostro estaba tan extenuado, que Syme llegó a figurarse que lo trabajaba alguna profunda enfermedad; pero, en cierto modo, el mismo dolor de su mirada negaba esta suposición. No: aquel hombre no era víctima de una dolencia física. Sus ojos brillaban con una tortura intelectual, como si el solo pensar fuese su dolencia. Esto era común a toda la tribu; todos tenían alguna anomalía sutil y distinta. Junto al secretario estaba el Martes, el peludo Gogol, cuya locura era más notoria. Después venía el Miércoles: un tal Marqués de San Eustaquio, figura harto característica. A primera vista, nada extraño se notaba en él, salvo que era el único a quien el traje elegante le sentaba como cosa propia. Llevaba una barbilla negra y cuadrada, a la francesa, y una levita negra y todavía más cuadrada, a la inglesa. Syme, muy sensible a tales encantos, pronto percibió que, en torno a este hombre, flotaba una atmósfera rica, tan rica que era sofocante, y que recordaba, quién sabe cómo, los olores soporíferos y las lámparas moribundas de los más tétricos poemas de Byron y de Poe. Al mismo tiempo, parecía que estuviera vestido con materiales no más ligeros, sino más suaves que los demás; el negro de su traje se dijera más denso y cálido que el de las sombras negras que le rodeaban, como si fuera el resultado de algún color vivo intensificado hasta el negro. Su levita negra semejaba negra a fuerza de ser púrpura intensa. Su barba negra negreaba a fuerza de ser azul. Y entre la espesura nebulosa de aquella barba, su boca rojo-oscura era desdeñosa y sensual. De seguro no era francés: acaso judío; tal vez procediera de mayores profundidades, en el profundo corazón del Oriente. En los abigarrados cuadros y mosaicos de Persia, que representan cacerías de tiranos, se ven esos ojos de almendra, esas azulosas barbas, esos crueles labios escarlata.

Syme ocupaba el otro asiento, y después de él venía un hombre muy viejo, el profesor de Worms, que aunque todavía ocupaba el lugar de Viernes, a diario temían que lo dejara vacante por defunción. Estaba en la más completa decadencia senil, a no ser por la inteligencia. Su rostro era tan gris como su larga barba gris; su frente se arrugaba en un surco de amable desesperación. En ninguno, ni siquiera en Gogol, el brillo del traje nupcial producía más penoso efecto de contraste. La flor roja de al solapa exageraba aún más la absoluta palidez plomiza de aquella cara, y el efecto era tan horrible como el de un cadáver vestido por unos dandies borrachos. Cuando se levantaba o se sentaba, lo cual lograba hacer con mucho trabajo y peligro, había en él algo peor que debilidad, algo inefablemente concertado con el horror de aquella escena: no era sólo decrepitud, era corrupción. Una idea abominable cruzó por la excitada mente de Syme: al menor movimiento, aquel muñeco iba a soltar una pierna o un brazo.

En el extremo de la mesa estaba el llamado Sábado: la figura más sencilla y desconcertante. Hombre pequeño, robusto, con una cara llena, oscura, afeitada: un médico llamado Bull. Tenía esa mezcla de desenvoltura y familiaridad cortés que no es raro encontrar en los médicos jóvenes. Llevaba el traje elegante con más confianza que seguridad, y una sonrisa congelada en la cara. Nada había en él notable, sino unos lentes negros y opacos. Tal vez la excitación nerviosa había ido en crescendo, pero ello es que a Syme le dieron miedo aquellos discos negros; le recordaron feas historias, semiolvidadas ya, sobre cierto cadáver en cuyos ojos habían incrustado unos peniques. No podía apartar la mirada de los vidrios negros de aquella máscara ciega. Al moribundo profesor, al pálido secretario, les hubieran sentado mejor. Pero en la cara de aquel hombre gordo y torpe eran un enigma, ocultaban de hecho la clave de la fisonomía. Ya no era posible saber lo que significaban aquella sonrisa y aquella gravedad. En parte por esto, y en parte porque su complexión revelaba una espesa virilidad de que carecían los otros, a Syme le pareció que aquél era el más perverso de la pandilla. Hasta se le figuró que se tapaba los ojos para encubrir su irresistible horror.





1908