jueves, diciembre 31, 2009

"19 de diciembre de 1971", de Roberto Fontanarrosa





Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.

Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!

Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.

Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría, el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él había estado detrás del Valija y el Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el "Ciudad de Rosario" y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".

Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa", o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale.

El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntás, "¿Cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. Él iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano, que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.

Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar".

Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.

La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.

¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodia Miguelito— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.

Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.

Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.

Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta años no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un turro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él viviendo como un bacán, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Monaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.

El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros, y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos ñubelistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda!... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o si no aguantarse que quince, veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano, te juro.

El que organizó la "Operación Eichmann", como la llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba para ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L. "Organización Canalla Anti Lepra". Son un grupo de ñatos como el Ku-KIux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.

Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos, los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.

Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el "Selecciones" y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatrocientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.

Entonces, el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.

Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía "Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la vichara.

La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".

Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe". Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.

Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá hermano, y créeme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refusilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menutti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; "¡Qué importa!" ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.














en Nada del otro mundo y otros cuentos, 1987














miércoles, diciembre 30, 2009

Entrevista a María Luisa Bombal, de Carmen Merino






María Luisa Bombal ha regresado a Chile después de diecinueve años de ausencia. Su nombre no ha sido olvidado en la literatura chilena, a pesar de que las ediciones de La amortajada y La última niebla, han desaparecido hace años de las librerías del país. El tiempo no ha pasado por María Luisa. Su voz, siempre de tono dulce, va entregando las respuestas de la entrevista, con viveza y sinceridad.

¿Cuál es el motivo de su viaje a Chile, después de tantos años de ausencia?
Hace más o menos dos años escribí para la Revista de Viña del Mar, unas breves páginas sobre mi recuerdo de esa ciudad. Y resulta que a medida que fuera escribiendo, me iba acometiendo una gran nostalgia de Viña, mi pueblo natal, como se dice. Nostalgia que siguió enseguida trabajándome hasta convertirse en una nostalgia de talle entero, de su cordillera y de su gente, de sus escritores y poetas, de sus álamos que tiemblan al hablarnos, de mis amigos, de mi madre… en fin, nostalgia que en inglés se llama to be homesick… Pero no es esta razón de puro lujo sentimental, el único motivo de mi viaje. He venido además a conversar con don Carlos (Carlos George Nascimento) acerca de la reedición de mis libros que están totalmente agotados desde hace años. Por breve que sea mi obra literaria, no quisiera verla morir conmigo un día de éstos…

¿Qué impresión recibe de Chile, después de tantos años de alejamiento?
Una primera, mi impresión fue la de descanso: el gran descanso que da el trato con gente inteligente. Y luego la “alegría de vivir” que da moverse en un ambiente en donde la música, arte, literatura y espíritu, son considerados como una primera necesidad, una necesidad de orden vital. También me conmueve el comprobar que no se me ha olvidado completamente, ni como escritora ni como persona.

María Luisa sonríe. Recuerda que a su llegada se acercaron a ella amigos y los admiradores de sus obras. Las nuevas generaciones que habían oído hablar de la escritora chilena e incluso en los cursos de literatura chilena, habían sido aconsejadas a leer sus obras, que inútilmente buscaban en las librerías, se acercan para conocerla. Este homenaje lo recibe María Luisa con sorpresa, emocionada.

¿Qué obra nueva va a publicar en Chile?
Una novela que don Carlos (Nascimento) aguardaba desde hace años, El Canciller. Una tragedia de hoy, y, sin embargo, romántica. Una historia terrible, y sin embargo constructiva. Por lo menos así lo siento, y creo haber logrado expresarla.

En reiteradas ocasiones se ha afirmado que María Luisa deseaba nacionalizarse norteamericana. Esto le daría privilegios en el país en que reside.

¿Por qué no se ha nacionalizado norteamericana?
Bueno, admiro, respeto y creo en los Estados Unidos como nación, además me arraigan a ella tantos lazos… Mi marido, mi hija son norteamericanos. Pero no me he nacionalizado por la sencilla razón de que soy chilena, y bastante orgullosa de serlo.

La hija de María Luisa, Brigitte, que recién cumple 17 años, estudia investigaciones científicas en la Universidad de Cornell. La autora, que describe ambientes tan espirituales, que lindan en la fantasía de las sensaciones, tiene una hija que ha obtenido las mejores notas en matemáticas y ciencias, en todo el Estado de Nueva York.

La pureza de estilo que María Luisa posee en sus escritos, es lo que ha hecho que Universidades como B. Mawr, Vassar, Cambridge, Middlebury, Nueva York y Puerto Rico, entre otras, usen sus textos para la enseñanza del idioma castellano. Puede ser el secreto que dará perduración a su obra, para que “no muera un día de éstos”, como dice la escritora.







La Nación. Santiago de Chile. 31 de diciembre de 1961












martes, diciembre 29, 2009

"Fragmentación, maximalismo y virus", de David G. Torres

A propósito de la fotografía y la pintura
Fragmento




La placa fotográfica [demuestra] la mecánica visual del ojo humano y, aún más, [consigue] descomponer la continuidad de la visión que da unidad al movimiento en diferentes instantáneas. La fotografía detenía el movimiento mostrando las fases consecutivas de las patas en la carrera de un caballo o el desarrollo de los pasos de una bailarina; Degas hizo miles de estas fotografías, las utilizó como estudios y las copió para diferentes cuadros y dibujos. La tentativa impresionista de captar la instantaneidad de las cosas era una idea fotográfica de representación de la realidad que de forma inmediata afectaba al tipo de encuadre de la pintura. El recorte de lo real que provocaba esta mirada era fotográfico, de tal forma que los nuevos recortes que ofrecían las pinturas impresionistas eran en su origen fotográficos. Algunos elementos formales definitorios del impresionismo provenían y pertenecían de lleno a la fotografía: impresión de luz, representación del instante, detención del movimiento y plasmación de sus diferentes fases y encuadre.

Este nuevo encuadre fotográfico no iba a ser sólo un mero elemento formal de la pintura, iba a cambiar la percepción de la realidad y acto seguido su concepción como res extensa. Paralelo a su perfeccionamiento técnico una fiebre fotográfica invadiría el mundo a partir de los años cincuenta. Además de las expediciones arqueológicas, militares o etnográficas, siempre acompañadas de algún fotógrafo, se empezarían a hacer expediciones propiamente fotográficas. El resultado sería una infinidad de imágenes que buscaban retratar el mundo por entero, con una intención a medio camino entre lo ingenuo y lo pedagógico. El paso siguiente fue retratarlo desde ángulos inusuales: por ejemplo, Nadar se hizo célebre por sus tomas aéreas en globo. De un lado la fotografía de lo grande, la ciudad desde el aire, y del otro la fotografía de lo pequeño, de las vetas de la madera, huellas de la mano o estructura microscópica de los objetos. A partir de la década de los setenta Marey utilizaría el <(fusil-fotográfico, para impresionar sobre una misma placa las diferentes fases del movimiento humano, al mismo tiempo Edward Muybridge comenzaba sus famosas series Animals in Motion y The Human Figure in Motion. El mundo quedaba perforado por la fotografía, lo real ya no podía ser considerado una unidad continua sino que aparecía disperso; las cosas descubrían aspectos insospechados, variables y mudables según el momento y el lugar de la toma fotográfica. El mundo estaba fragmentado y roto.

Toda mirada será parcial e implicará la reconstrucción de lo real instante a instante. Si el impresionismo había mirado a través del objetivo fotográfico, el cubismo recogerá los trozos de mundo que la fotografía ha despedazado. Buscará cómo retratar una realidad calidoscópica. En un principio, Picasso y Braque sumaban todas las miradas posibles de un objeto en el cuadro, todas sus tomas fotográficas. Sumar fragmentos era una opción de representación: una posibilidad infinita e inabarcable. La otra, visto que no hay continuidad ni unión entre las cosas ni siquiera dentro de sí mismas, es aislar algunos aspectos destacados, recomponer el mundo a partir de trozos significativos.

En el otro extremo de lo real, la abstracción no responde a un mito de la evasión frente a la fidelidad fotográfica, antes al contrario fue la fotografía la que descubrió que el mundo era también abstracto. La huida hacia la abstracción sólo fue posible en la medida en que la fotografía había descubierto en los mundos de lo diminuto y lo telescópico, en las tomas aéreas y microscópicas, una realidad que no era figurativa, que mostraba relaciones entre superficies y líneas o entre diferentes campos cromáticos. Pese a la enorme distancia formal y conceptual que pueden separar las producciones de distintas opciones abstractas, simplificando, más allá de los postulados antagónicos de las propuestas de la abstracción geométrica y expresionista o lírica, ambos hundían sus raíces en la nueva mirada que sobre lo real había desvelado la fotografía. Una mirada que veía abstracción en lo que hasta ahora era sólo figurativo y reconocible. En definitiva, la abstracción no se situaría en oposición a la figuración, sino en su interior. La fotografía había roto los anteriores esquemas visuales y ofrecía la posibilidad de una mirada aguda, que penetraba en lo sensible para reconocer cualidades abstractas.

Sólo a partir de esa agudeza visual, bajo la nueva realidad que ofrecía la fotografía, podrían desarrollarse las futuras apuestas abstractas.

La realidad rota que los pintores cubistas reordenaban y su aislamiento en trozos significativos, más la mirada aguda que daría lugar a la abstracción, conduciría también al empleo profuso que de la fotografía hicieron los surrealistas. Estrella de Diego ha señalado en su texto para el catálogo de la exposición Los cuerpos perdidos cómo la fotografía fue un útil importantísimo en el surrealismo. Asimismo Rosalind E. Krauss, en Los fundamentos fotográficos del surrealismo, se preguntaba por qué en esta vanguardia tan volcada hacia el sueño y el inconsciente fue tan importante la fotografía, un género que se dedica al registro de la realidad. En ambos casos una respuesta idéntica aparece en relación con los conceptos antropológicos de lo Mismo y lo Otro. Si la fotografía había descubierto la abstracción en lo real, una mirada análoga iba a desvelar en lo Mismo rastros de la alteridad. Un objeto o un recorte de la realidad aislada por la fotografía era susceptible de mostrar un aspecto sorprendente y desencadenar asociaciones mentales insospechadas que, sin duda, pertenecían al inconsciente. Con la fotografía, lo conocido podía ser desconocido, lo mismo también era lo otro y lo real surreal. Pero esto sólo era posible en la medida en que había permitido con su fragmentación del mundo una mirada que podía aislar determinados trozos.

La función del fotógrafo surrealista era encontrar esos fragmentos, realizar un verdadero ejercicio de agudeza visual, sólo que esa agudeza no dependía de una realidad que encierra sus tesoros y es preciso buscarlos, no se trataba de encontrar una aguja en un pajar sabiendo que está; sino que, todo el pajar son agujas, es decir, toda la realidad es susceptible de ser usada. En última instancia la fotografía, el recorte, depende exclusivamente de una decisión personal.










www.davidgtorres.net








lunes, diciembre 28, 2009

"Luxumei", de Cecilia Vicuña






Necesito decir
que mi atavío natural
son las flores
aunque me vestiré
de un modo increíble
con plumas
dientes de loco
y manojos de cabellera
de Taiwan y Luxumei.
Cada vez que estornudo
se llena el cielo de chispas
hago acrobacias
y piruetas endemoniadas
cada noche
me sale una espalda adyacente.
Soy de cuatro patas
preferentemente,
las ramas
me saldrán por la piel,
estoy obligada a ser
un ángel con la pelvis
en llamas.




en Luxumei o el traspié de la doctrina, 1983












domingo, diciembre 27, 2009

"Elogio de la sombra", de Jorge Luis Borges





La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.












1969












sábado, diciembre 26, 2009

“Rock Springs”, de Richard Ford






Edna y yo salimos de Kalispell camino de Tampa-St. Pete, donde todavía me quedaban algunos amigos de los buenos tiempos, gente que jamás me entregaría a la policía. Me las había arreglado para tener algunos roces con la ley en Kalispell, todo por culpa de unos cheques sin fondos, que en Montana son delito penado con la cárcel. Yo sabía que a Edna le rondaba la cabeza la idea de dejarme, porque no era la primera vez en mi vida que tenía líos con la justicia. Edna también había tenido sus problemas, la pérdida de sus hijos y evitar día tras día que Danny, su ex marido, se colara en su casa y se lo llevara todo mientras ella trabajaba, que era el verdadero motivo por el cual me fui a vivir con ella al principio; eso y la necesidad de darle a mi hija Cheryl una vida algo mejor.

No sé muy bien qué había entre Edna y yo; tal vez eran unas corrientes confluyentes las que nos habían hecho acabar varados en la misma playa. Aunque —como sé muy bien— a veces el amor se construye sobre cimientos aún más frágiles. Y cuando aquella tarde entré en casa, me limité a preguntarle si quería venirse a Florida conmigo y dejarlo todo tal como estaba, y ella me dijo: «¿Por qué no? Tampoco tengo la agenda tan llena».

Edna y yo llevábamos juntos ocho meses, viviendo más o menos como marido y mujer, y aunque parte de ese tiempo yo estuve en paro, durante unos meses trabajé de subalterno en el canódromo y pude ayudar a pagar el alquiler y tranquilizar a Danny cuando se presentaba. Danny me tenía miedo porque Edna le había dicho que estuve en la cárcel en Florida por haber matado a un hombre. Aunque no era cierto. Una vez me metieron en chirona en Tallahassee por robar neumáticos, y otra vez me metí en una pelea de granjeros en la que un tipo perdió un ojo. Pero no fui yo quien hizo el daño, y Edna sólo pretendía hacer más graves mis culpas para que Danny no hiciese locuras y la obligase a quedarse de nuevo con los niños, porque Edna finalmente se había acostumbrado a no tenerlos, y yo ya tenía conmigo a Cheryl. No soy una persona violenta; jamás le arrancaría un ojo a nadie, ni mucho menos le mataría. Helen, mi ex esposa, estaría dispuesta a venir desde Waikiki Beach para atestiguarlo. Nunca hubo violencia entre nosotros, y soy partidario de cruzar la calle para alejarme de los líos. Pero Danny no lo sabía.

Estábamos ya a mitad de Wyoming, camino de la I-80. Nos sentíamos muy bien, pero de pronto la luz del aceite del coche que había robado empezó a parpadear, y supe que era una pésima señal.

Me hice con un buen coche, un Mercedes color arándano que encontré en el aparcamiento de un oftalmólogo, en Whitefish, Montana. Me pareció muy cómodo para un viaje tan largo, porque pensé que tendría un buen kilometraje —lo cual resultó falso— y porque nunca había tenido un buen coche —sólo viejos cacharros Chevrolet y camionetas usadas— desde que era un niño y recogía limones entre cubanos.

El coche nos levantó el ánimo aquel día. No paré de subir y bajar las ventanillas, y Edna contó chistes y nos hizo muecas. A veces era muy divertida. Se le encendían las facciones como si fuera un faro, y era entonces cuando se veía su belleza, en absoluto corriente. Todo esto me dejó como mareado. Bajé directamente hasta Bozeman, y luego crucé el parque hasta Jackson Hole. Alquilé la suite nupcial del Quality Court de Jackson, dejamos a Cheryl y a su perrito Duke durmiendo y Edna y yo nos fuimos en coche a un merendero y estuvimos bebiendo cerveza y riendo hasta después de media-noche.

Para nosotros era como comenzar de nuevo; dejar atrás los malos recuerdos y abrirnos a un nuevo horizonte. Llegué a estar tan eufórico que hice que me tatuaran en el brazo TIEMPOS GLORIOSOS, y Edna se compró un sombrero indio con plumas, y un brazalete de plata y turquesas para Cheryl, e hicimos el amor en el asiento del coche, en el aparcamiento del Quality Court, justo cuando el sol encendía el Snake River y todo parecía ser el final del arco iris.

Fue precisamente ese entusiasmo, de hecho, lo que me llevó a conservar el coche un día más en lugar de empujarlo al fondo del río y robar otro, que es lo que tendría que haber hecho, y lo que siempre hacía.

En el lugar donde el coche empezó a fallar no había ni pueblo ni casa alguna a la vista, sólo unas montañas bajas a unos setenta kilómetros —o quizá el doble— de distancia, una valla de alambre de espinos en ambas direcciones, una extensión de pradera yerma y unos cuantos halcones cazando insectos en el cielo de la tarde.

Bajé para echarle una ojeada al motor, y Edna se apeó con Cheryl y el perro para que hicieran pipí junto al coche. Miré el agua, comprobé la varilla del aceite, y todo estaba en orden.
—¿Qué significa esa luz, Earl? —preguntó Edna.

Se había acercado al coche y llevaba el sombrero puesto. Trataba de calibrar cómo estaban las cosas.

—Sería mejor que no siguiéramos con él —dije—. Al aceite le pasa algo.

Edna se volvió a mirar a Cheryl y a Duke que hacían pipí uno junto al otro sobre el asfalto, como un par de muñecos, y después miró hacia las montañas, que iban ennegreciéndose y perdiéndose a lo lejos.

—¿Qué podemos hacer? —dijo Edna.

Aún no estaba preocupada, pero quería saber mi opinión. —Voy a probarlo otra vez.

—Buena idea —dijo ella, y nos montamos todos en el coche.

Cuando le di a la llave de contacto, el motor se puso en marcha en el acto, la luz roja se apagó y no se oyó ningún ruido sospechoso. Lo dejé un momento en punto muerto; luego pisé un poco el acelerador sin perder de vista el testigo del aceite. Pero no se encendió ninguna luz roja, y empecé a preguntarme si no habría soñado que la había visto, o si no habría sido el sol reflejado en los cromados de la ventanilla, o si no estaría yo asustado por algo sin saberlo.

—¿Qué le pasa, papá? —preguntó Cheryl desde el asiento trasero.

Me volví y la miré. Llevaba puesto su brazalete de turquesas y el sombrero de Edna encajado en la coronilla, y tenía sobre el regazo su perrito Heinz blanco y negro. Parecía una pequeña vaquera de película.

—Nada, cariño, ya está todo arreglado —respondí
—Duke ha hecho pis en el mismo sitio que yo —dijo Cheryl, y se echó a reír.
—Menudo par —comentó Edna sin volverse. Edna solía tratar bien a Cheryl, pero yo sabía que ahora estaba cansada. Habíamos dormido poco y Edna se ponía irritable cuando no dormía—. Tendríamos que deshacernos de este maldito coche a la primera oportunidad.
—¿Dónde será esa primera oportunidad? —pregunté, porque Edna había estado estudiando el mapa.
—Rock Springs, Wyoming —dijo Edna con decisión—. A cincuenta kilómetros de aquí, por esta misma carretera. —Señaló hacia el frente.

Se me había metido en la cabeza la idea de llegar con aquel coche hasta Florida; lo habría considerado una gran hazaña. Pero sabía que Edna tenía razón, que no debíamos correr riesgos estúpidos. Había llegado a pensar que era mi coche, y no el del oftalmólogo, y así es como uno acaba atrapado en estas cosas.

—Entonces creo que deberíamos ir a Rock Springs y hacernos con otro coche —dije. Pretendía mostrarme animoso, como si todo nos estuviera saliendo a pedir de boca.
—Me parece una gran idea —dijo Edna y se inclinó hacia mí y me besó con fuerza en los labios.
—Me parece una gran idea —repitió Cheryl—. Vayámonos de aquí ahora mismo.

Recuerdo aquel crepúsculo como el más hermoso que haya visto en toda mi vida. En el momento mismo de tocar el sol el borde del horizonte, el aire se incendió súbitamente en joyas y lentejuelas, en un estallido que jamás había visto y que jamás he vuelto a ver desde entonces. Nada como el Oeste para los crepúsculos; son superiores incluso a los de Florida, pues aunque tiene fama de ser un estado llano la mitad de las veces los árboles te impiden ver el horizonte.

—Es la hora del cóctel —dijo Edna al rato de rodar por la carretera—. Tenemos que tomar un trago festejar algo, cualquier cosa.

Se sentía mejor pensando que nos íbamos a desprender del coche. Aquel Mercedes ocultaba sin duda un fallo mecánico, y más valía abandonarlo cuanto antes.

Edna sacó una botella de whisky y unos vasos de plástico, y se puso a igualar niveles sobre la tapa de la guantera. A Edna le gustaba beber, y le gustaba beber cuando iba en coche, algo bastante corriente en Montana, donde no estaba penado por la ley, pero donde, en cambio, un cheque sin fondos bastaba para que te pasaras un año entere tras las rejas de la cárcel de Deer Lodge.

—¿Te he contado que una vez tuve un mono? —preguntó Edna mientras dejaba mi vaso sobre el salpicadero para que pudiera cogerlo cuando me apeteciera. Estaba otra vez animada. Edna era así, pasaba de la alegría a la depresión en un instante.

—Me parece que no me lo has contado —respondí—. ¿Dónde vivías entonces?
—En Missoula —dijo Edna. Puso un pie descalzo sobre el salpicadero y apoyó el vaso sobre sus pechos—. Estaba de camarera en el club de veteranos de guerra. Fue antes de conocerte. Un día llegó un tipo con un mono. Un mono araña. Y yo, bromeando, le dije: «Te lo juego a los dados.» Y el tipo propuso: «¿A una tirada?» Y yo le respondí: «Vale.» El tipo dejó el mono en la barra, cogió el cubilete, tiró y le salieron doce puntos. Luego tiré yo, y saqué tres cincos. Y me quedé mirando al tipo. No era más que alguien que iba de paso, un veterano, supongo. Vi que se le había puesto una expresión rara en la cara, aunque seguro que menos rara que la mía, pero parecía triste y sorprendido y satisfecho, todo al mismo tiempo. «Podemos tirar otra vez», le dije. «No. Nunca tiro dos veces los dados. Por nada.» Se sentó y se bebió una cerveza y estuvo hablando de esto y de aquello durante un buen rato, de la guerra nuclear y de construir una fortaleza en lo alto de las Bitterroot, dondequiera que eso esté, mientras yo miraba el mono y me preguntaba qué iba a hacer con él cuando aquel tipo se fuera. Y al fin se puso en pie y dijo: «Bueno, adiós, Chipper», porque era así como se llamaba el mono. Y se fue sin darme tiempo a decirle nada. Y el mono se quedó sentado en la barra toda la noche. No sé por qué me he acordado de esto, Earl. Qué extraño. Mis pensamientos vagan sin rumbo fijo.

—Me parece perfecto —le dije.

Tomé un sorbo de mi vaso.

—Yo nunca tendría un mono —añadí poco después—. Son unos bichos asquerosos. Pero estoy seguro de que a Cheryl le encantaría tener uno, ¿verdad que sí, bonita? —Cheryl estaba hundida en el asiento, jugando con Duke. En aquella época se pasaba el día hablando de monos—. ¿Qué diablos hiciste con ese mono? —pregunté mientras echaba una ojeada al velocímetro.

Convenía ir más despacio, porque la luz roja parpadeaba a veces. Lo único que conseguía apagarla era reducir la velocidad. Íbamos a menos de sesenta; faltaba una hora para que anocheciera, y confiaba en que Rock Springs no estuviese demasiado lejos.

—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó Edna.

Me lanzó una mirada rápida y luego volvió la vista al desolado paisaje, como si el desierto le diera que pensar. —Claro —dije.

Seguía animado. Pensé que más valía que sólo yo me preocupara por el posible fallo mecánico, y que los demás siguieran disfrutando.

—Lo tuve una semana. —De pronto Edna pareció ponerse triste, como si empezara a ver cierto aspecto de la anécdota que hasta entonces se le había escapado—. Me lo llevé a casa, e iba con él de casa al bar y del bar a casa todos los días. Y no me creó ningún problema. Le puse una silla al fondo del bar para que se sentara, y a la gente le gustaba. Hacía un clic-clic muy gracioso. Le pusimos de nombre Mary, porque el encargado del bar dijo que era una hembra. Pero nunca me sentí realmente a gusto teniéndolo en casa. Hasta que un día vino un tipo que había estado en Vietnam y aún llevaba la guerrera de faena, y me dijo: «¿No sabes que un mono puede matarte? Tiene más fuerza en los dedos que tú en todo el cuerpo». Contó que hubo soldados en Vietnam que murieron a manos de los monos. Que los bichos salían a merodear en grandes grupos mientras la gente dormía, y te mataban y te tapaban con hojas. No me creí ni media palabra pero cuando llegué a casa me desnudé y me puse a mirar a Mary. Estaba en su silla, al otro extremo del cuarto, mirándome. Y me entró pánico. Y al cabo de un rato me levanté y me fui al coche, cogí un rollo de alambre de tender la ropa, volví a casa y até a Mary al tirador de la puerta después de pasarle el alambre por el collar plateado, y luego intenté conciliar el sueño otra vez. Y supongo que me dormí como un leño, aunque yo no lo recuerde, porque al despertar me encontré con que Mary había tirado la silla al suelo y se había ahorcado con el alambre de tender. Le había dejado un cabo demasiado corto.

Edna parecía muy afectada por lo que había contado, y se hundió en el asiento hasta que no pudo ver por encima del salpicadero.

—¿No te parece horrible, Earl? ¿No es horrible lo que le pasó a aquel pobre mono?
—¡Veo un pueblo! ¡Veo un pueblo! —empezó a gritar Cheryl desde el asiento trasero, y al instante Duke se puso a ladrar y todo el coche se llenó de estrépito. Y, en efecto, Cheryl acababa de ver algo que yo no había visto, y era Rock Springs, Wyoming, al fondo de una larga ladera; una diminuta joya rutilante en medio del desierto, con la I-80 en su lado norte y el vasto y negro desierto a su espalda.
—Ahí está, cariño —le dije—. Es ahí adonde vamos. Has sido la primera en verlo.
—Tenemos hambre —dijo Cheryl—. Duke quiere algo de pescado, y yo espaguetis.

Me rodeó el cuello con los brazos y me apretó contra su pecho.

—Pues eso es lo que vais a comer —dije—. Podrás tomarte lo que quieras. Y lo mismo Edna y el pequeño Duke. —Volví la mirada, sonriendo, hacia Edna, pero ella me miraba con ojos llenos de ira—. ¿Qué pasa? —pregunté.
—¿No te importa un rábano esa cosa horrible que me pasó?

Tenía los labios apretados, y sus ojos miraban con fiereza hacia Cheryl y Duke, como si se hubieran pasado toda la tarde fastidiándola.

—Claro que me importa —dije—. Pienso que fue espantoso.

No quería que Edna estuviese triste. Estábamos a punto de llegar, y muy pronto podríamos sentarnos ante una buena comida de verdad sin preocuparnos por que nadie pudiera hacernos daño.

—¿Quiere> saber qué hice con el mono? —dijo Edna.
—Claro que sí —dije.
—Metí a Mary en una bolsa verde de basura, la puse en el maletero del coche, me fui hasta el vertedero y la tiré a la basura.

Me miraba con expresión sombría, como si la historia tuviera para ella un significado realmente importante; algún sentido que sólo ella podía ver y que nos convertía en estúpidos al resto de los mortales.

—Me parece horrible —dije—. Pero no veo qué otra cosa habrías podido hacer. No quisiste matarla. Si hubieses querido matarla, lo habrías hecho de otro modo. Luego tuviste que librarte del cuerpo, no te quedaba otra alternativa. Lo de tirarla puede que a alguien le parezco poco piadoso, no lo niego, pero no a mí. A veces no te queda otro remedio, y no debes preocuparte por lo que piensen los demás. —Traté de sonreírle, pero la luz roja se encendía por poco que pisara el acelerador, y traté de calibrar las posibilidades que teníamos de descender en punto muerto hasta Rock Springs antes de que el coche se nos quedara parado por completo. Miré otra vez a Edna—. ¿Qué más puedo decirte? —le dije.
—Nada —dijo ella, y volvió a mirar hacia el oscuro asfalto—. Debería haberme imaginado que pensarías de ese modo. Tienes un carácter que olvida ciertas cosas, Earl. Hace mucho que lo sé.
—Pero aquí estás —le dije—. Y no te va mal. Las cosas podrían ir mucho peor. Al menos, estamos los tres juntos.
—Las cosas siempre pueden ir mucho peor —dijo Edna—. Podrían llevarnos mañana mismo a la silla eléctrica.
—Exacto —le dije—. Y puede que a alguien, en algún lugar, le suceda eso. Pero no a ti.
—Tengo hambre —dijo Cheryl—. ¿Cuándo vamos a comer? Busquemos un motel. Ya estoy cansada. Y Duke también lo está.

El coche dejó de deslizarse cuesta abajo a cierta distancia de la ciudad; desde donde estábamos divisábamos el claro perfil de la autopista interestatal en la oscuridad, y Rock Springs iluminando el cielo mas atrás. Nos llegaba el ruido de los grandes traileres al pisar las juntas de dilatación del paso elevado, y al reducir la marcha para iniciar el ascenso hacia las montañas.

Apagué los faros.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo Edna en tono irritado, dirigiéndome una mirada rencorosa.
—Es lo que trato de pensar —dije—. Sea lo que sea, no va a ser tan terrible. Tú no tendrás que hacer nada.
—Eso espero —dijo Edna, y miró hacia otro lado.

Al otro lado de la carretera y de un arroyo seco, a unos cien metros de distancia, había una especie de camping, y contigua a él una fábrica o refinería muy iluminada y en plena actividad. Había luces encendidas en muchas de las caravanas, y coches que circulaban por una carretera de acceso que terminaba cerca del paso elevado de la autopista, un kilómetro más allá. Las luces de las caravanas se me antojaron amistosas, y supe al instante lo que tenía que hacer.

—Baja —dije, abriendo mi puerta.
—¿Vamos a andar? —dijo Edna.
—Vamos a empujar el coche.
—Yo no voy a empujar nada.

Edna alzó la mano y cerró su puerta con el seguro.

—De acuerdo —dije—. Basta con que lleves el volante.
—¿Piensas empujarnos hasta Rock Springs, Earl? No parece que esté a más de cinco kilómetros.
—Yo empujaré —dijo Cheryl desde atrás.
—No, cariño. Ya empuja papá. Tú baja del coche con Duke y hazte a un lado.

Edna me miró con aire amenazador, como si hubiera pretendido pegarle. Pero cuando me bajé del coche, se deslizó hasta mi asiento, cogió el volante y se quedó mirando fija y airadamente hacia una fronda de álamos que se alzaba a escasos metros.

—Edna no sabe conducir este coche —dijo Cheryl desde la oscuridad del asiento trasero—. Se le irá a la cuneta.
—Claro qué sabe, cariño. Tan bien como yo. Y hasta mejor.
—No, no sabe —dijo Cheryl—. No sabe.

Me pareció que estaba a punto de echarse a llorar.

Le dije a Edna que dejase el contacto puesto para que no se trabara la dirección, y que condujera hacia los álamos con las luces de posición encendidas, para pode, ver un poco. Y cuando empecé a empujar, Edna dirigió el coche hacia los álamos, y yo seguí empujando hasta que nos adentramos en el bosquecillo unos veinte metros y los neumáticos se hundieron en la arena blanda y ya nadie podía vernos desde la carretera.

—¿Dónde estamos ahora? —dijo Edna, se atada al volante. Hablaba con voz dura y cansada, y comprendí que estaba muerta de hambre. Edna era dulce de carácter, y hube de admitir que lo que nos estaba sucediendo no el a culpa suya sino mía. Pero me habría gustado que pudiera ser más optimista.
—Quédate aquí. Voy a ir hasta esas caravanas y pediré un taxi por teléfono —le dije.
—¿Un taxi? —dijo Edna, con la boca fruncida, como si fuera la primera vez en la vida que oía tal cosa.
—Habrá taxis —dije, e intenté sonreírle—. En todas partes hay taxis.
—¿Y qué piensas decirle al taxista cuando llegue? ¿Que el coche que robamos se ha averiado y necesita nos que nos lleve a algún sitio para agenciarnos otro? Será fantástico, Earl.
—Ya me encargaré yo de hablar con él —dije—. Tú escucha la radio unos diez minutos y luego vete andando hasta la carretera como si no ocurriese nada raro. A ve si Cheryl y tú lo sabéis hacer. Ella no debe saber nada de este coche.
—Como si no fuéramos ya bastante sospechosos. —Edna alzó la vista hacia mí en la cabina iluminad a del coche—. No piensas correctamente, ¿lo sabes, Earl? Cree que el mundo es estúpido y tú eres muy inteligente. Pero no es así. Me das pena. Podrías haber llegado a ser alguien, pero las cosas se te torcieron en alguna parte.

Pensé un instante en el pobre Danny. Era veterano de guerra y estaba loco como un cencerro, y me alegré de que se hubiese librado de todo aquello.

—Mete a la niña en el coche —dije, tratando de ser paciente—. Estoy tan hambriento como tú.
—Estoy cansada de todo esto —dijo Edna—. Ojalá me hubiese quedado en Montana.
—Pues vuelve a Montana mañana por la mañana —le dije—. Te compraré el billete y te acompañaré al autobús. Pero mañana, no antes.
—Sigue así, Earl.

Se hundió en el asiento, apagó las luces con un pie y conectó la radio con el otro.

Aquella comunidad de caravanas era la mayor que había visto en mi vida. Debía de hallarse vinculada de algún modo a la planta industrial que seguía iluminada más abajo, pues de cuando en cuando algún coche salía de una de las calles formadas por las caravanas, torcía en dirección a la fábrica y finalmente, muy despacio, accedía a su interior. Todo en aquella fábrica era blanco, y las caravanas —idénticas todas ellas— también eran blancas. Un zumbido grave salía de la fábrica, y al ir acercándome pensé que no me habría gustado trabajar en ella.

Me encaminé directamente a la primera caravana iluminada, y llamé a la puerta metálica. En la gravilla, al pie de los peldaños de madera, había unos cuantos juguetes desperdigados. La televisión, que instantes antes había oído en el interior, cesó de pronto. Luego una mujer dijo algo, y después se abrió la puerta.

En el umbral, ante mí, había un rostro ancho y amistoso. Me sonrió y se adelantó, como si fuera a salir, pero se detuvo en el escalón de arriba. Un niño negro asomaba tras sus piernas y me miraba con ojos entrecerrados. En la caravana flotaba como un aura de que no hubiera nadie más en su interior, un algo casi imperceptible que a lo largo de la vida yo había llegado a conocer bien.

—Siento molestar —dije—. Pero parece que esta noche tengo una racha de mala suerte. Me llamo Earl Middleton.

La mujer me miró; luego miró hacia la noche, en dirección a la autopista, como si lo que acababa de decirle fuera algo que ella pudiera ver con los ojos.

—¿Qué clase de mala suerte? —dijo, mirándome de nuevo.
—Se me ha averiado el coche en plena carretera —dije—. No puedo arreglarlo solo, y quería saber si sería tan amable de dejarme utilizar un segundo su teléfono.

La mujer me dirigió una sonrisa perspicaz.

—Ya no sabemos vivir sin coche, ¿no es eso?
—Tiene usted toda la razón —dije yo.
—Son casi como nuestro corazón —dijo ella. La cara le brillaba a la débil luz de la bombilla que había al lado de la puerta—. ¿Dónde se le ha quedado el coche?

Me volví y miré hacia la oscuridad, pero no pude ver nada: el coche estaba oculto entre los álamos.

—Por allí —dije—. Desde aquí no puede verse; está muy oscuro.
—¿Cuántos son? —dijo la mujer—. ¿Está con usted su esposa?
—Se ha quedado en el coche con la niña y el perrito —dije—. Mi hija se ha dormido. Si no, me habrían acompañado.
—No debería dejarlas solas con esta oscuridad —dijo la mujer, y frunció el ceño—. Hay mucho indeseable suelto.
—Lo mejor será que vuelva cuanto antes. —Traté de parecer sincero, pues todo lo que había dicho, salvo que Cheryl dormía y que Edna era mi esposa, era verdad. La verdad puede resultarte útil si permites que lo sea, y yo quería servirme de ella—. Le pagaré la llamada —le dije a la mujer—. Si me trae el teléfono a la puerta, puedo llamar desde aquí mismo.

La mujer volvió a mirarme como si buscara su propia verdad sobre el asunto, y luego miró otra vez hacia la noche. Parecía tener unos sesenta y tantos años, aunque no podría asegurarlo.

—¿Verdad que no va a robarme, señor Middleton? —Sonrió, como si se tratara de una broma entre nosotros.
—Esta noche no —dije, y le dediqué una sonrisa genuina—. Esta noche no estoy en ello. Quizá en otra ocasión.
—En tal caso, supongo que Terrel y yo podemos dejarle usar el teléfono aunque no esté papá en casa, ¿no crees, Terrel? Señor Middleton, le presento a mi nieto, Terrel Junior. —Puso la mano sobre la cabeza del niño y le miró—. Terrel no habla. Pero si supiese hablar le diría que puede usted usar nuestro teléfono. Es un encanto de niño.

La mujer abrió la puerta de tela metálica y me invitó a pasar.

Era una caravana grande, con una alfombra y un sofá nuevos y una sala de estar tan amplia como la de una casa común y corriente. De la cocina llegaba un aroma apetitoso y dulce; el ambiente general no era el de un acomodo temporal sino el de un hogar nuevo y confortable. Yo he vivido en caravanas, pero eran remolques de mala muerte con una sola habitación y sin retrete, y siempre me parecieron exiguos y tristes, aunque a veces he pensado que quizá era yo quien se sentía desdichado en ellas.

Había un gran televisor Sony y un montón de juguetes esparcidos por el suelo. Vi un autocar Greyhound como el que le había comprado a Cheryl. El teléfono estaba junto a un sillón nuevo de cuero, y la mujer me indicó con un gesto que me sentara para llamar, y me dio el listín de teléfonos. Terrel se puso a jugar con sus cosas y la mujer se sentó en el sofá, mirándome y sonriendo.

Había tres empresas de taxis: tres series de números con una sola cifra diferente. Marqué los números por orden y no obtuve respuesta hasta el último, que contestó con el nombre de la segunda empresa. Expliqué que estaba en la carretera, más allá del paso elevado de la interestatal, y que necesitaba antes de nada llevar a mi esposa e hija a la ciudad, y que de contratar una grúa me ocuparía más tarde. Mientras explicaba el lugar donde me encontraba, busqué el nombre de un servicio de grúa para decírselo al taxista en caso de que me lo preguntara.

Cuando colgué, la negra me miraba con los mismos ojos con que había mirado antes a la noche; una mirada que parecía exigir la verdad de lo mirado. Sin embargo, sonreía. Debía de recordarle algo que le era grato recordar.

—Tiene una casa preciosa —dije, y me eché hacia atrás en el sillón, que era tan confortable como el asiento del conductor del Mercedes y en el que no me habría importado arrellanarme un rato.
—Esta no es nuestra casa, señor Middleton —dijo la negra—. Todas estas caravanas son de la empresa. Nos las dejan gratis. Tenemos nuestra propia casa en Rockford, Illinois.
—Maravilloso —dije.
—Estar lejos de la propia casa no es nunca maravilloso, señor Middleton; aunque sólo llevamos aquí tres meses y todo será más fácil cuando Terrel Junior empiece a ir a esa escuela especial. Mire, nuestro hijo murió en la guerra, y su mujer se largó sin llevarse a Terrel Junior. Pero no se preocupe usted. El no nos entiende. Su almita no sufre. —La mujer entrelazó las manos sobre el regazo y sonrió con expresión satisfecha. Era atractiva, y llevaba un vestido floreado azul y rosa que la hacía parecer más grande de lo que en realidad era: la mujer adecuada para el sofá donde se había sentado. Era la estampa de la bondad, y me alegré de que fuera capaz de vivir con aquel nieto aquejado de alguna dolencia cerebral en un lugar donde nadie en su sano juicio soportaría vivir un solo minuto—. ¿Dónde vive usted, señor Middelton? —dijo en tono cortés, sonriendo con la misma afabilidad de siempre.
—Mi familia y yo estamos de paso —dije—. Soy oftalmólogo, y ahora volvemos a Florida, donde nací. Voy a abrir un consultorio en algún pueblo donde haga buen tiempo todo el año. Todavía no he decidido dónde.
—Florida es precioso —dijo la mujer—. Creo que a Terrel le gustaría.
—¿Me permite que le pregunte una cosa? —dije.
—Claro que sí —dijo la mujer. Terrel se había puesto a empujar su Greyhound por la pantalla del televisor, arañó el cristal e hizo una raya que no podía dejar de verse— Deja de hacer eso, Terrel Junior —dijo sin alterarse la mujer. Pero Terrel siguió empujando su autobús por el cristal, y ella volvió a sonreírme como si ambos entendiéramos algo triste. Pero yo sabía que Cheryl nunca estropearía un televisor. Respetaba las cosas bonitas, y me dio lástima aquella mujer que había de soportar que Terrel no supiera respetarlas—. ¿Qué quería preguntarme? —dijo la mujer.
—¿Qué es lo que hacen en esa especie de fábrica? ¿En ese sitio iluminado que hay detrás de las caravanas?
—Oro —dijo la mujer, y sonrió.
—¿Cómo dice?
—Oro —dijo la negra, sonriendo tal como venía haciendo casi todo el rato desde mi llegada—. Es una mina de oro.
—¿Quiere decir que sacan oro de ese sitio? —dije, señalando con el dedo.
—Día y noche —dijo con sonrisa satisfecha.
—¿Trabaja ahí su marido? —dije.
—Es el ensayador —dijo ella—. Controla la calidad. Trabaja tres meses al año, y el resto del tiempo lo pasamos en nuestra casa de Rockford. Hemos esperado mucho tiempo para conseguir esto. Nos alegra tener aquí a nuestro nieto, pero no puedo decir que vaya a lamentar que tenga que dejarnos. Queremos empezar una nueva vida. —Me dirigió una abierta sonrisa, y después sonrió a Terrel, que la miraba maliciosamente desde el suelo—. Ha dicho que tenía una hija —dijo la negra—. ¿Cómo se llama?
—Irma Cheryl —dije—. Como mi madre.
—Muy bonito. Y es una niña sana. Lo noto en su cara —dijo mirándome. Miró a Terrel Junior de forma compasiva.
—Puedo considerarme afortunado —le dije.
—Hasta ahora lo es. Pero los niños traen pesares del mismo modo que traen alegrías. Nosotros fuimos infelices durante mucho tiempo, antes de que mi marido consiguiera este empleo en la mina de oro. Ahora, cuando Terrel empiece a ir a esa escuela, volveremos a ser niños. —Se puso en pie—. No vaya a perder el taxi, señor Middleton —dijo dirigiéndose hacia la puerta, aunque sin forzarme a marcharme. Era demasiado cortés para hacer algo semejante—. Si nosotros no podemos ver el coche, lo más probable es que el taxista tampoco pueda verlo.
—Cierto. —Me levanté del sillón sobre el que había pasado un rato tan cómodo—. Nosotros no hemos cenado aún, y su comida me recuerda lo hambrientos que debemos de estar todos.
—En la ciudad hay buenos restaurantes, ya los encontrará —dijo la negra—. Siento que no haya conocido a mi esposo. Es un hombre maravilloso. Lo es todo para mí.
—Dígale que agradezco lo del teléfono —dije—. Me han salvado ustedes.
—No ha sido difícil —dijo la mujer—. A todos nos pusieron en la tierra para que salváramos a nuestros semejantes. No he hecho más que ayudarle a seguir hacia lo que le está esperando.
—Esperemos que algo bueno —dije, adentrándome de espaldas en la noche.
—Confío en ello, señor Middleton. Terrel y yo confiamos en ello.

Le hice adiós con la mano mientras caminaba hacia el Mercedes oculto en la tiniebla de la noche.

Cuando llegué, el taxi estaba ya esperando. Había visto sus pequeños pilotos rojos y verdes desde el otro lado del arroyo seco, y ello me hizo temer que Edna estuviera ya diciendo algo que pudiera meternos en un lío, algo acerca del coche o del lugar de donde veníamos, algo que pudiera hacer que el taxista sospechara de nosotros. Entonces pensé que nunca llegaba a planear bien las cosas. Siempre se abría un abismo entre mis planes y los hechos; yo me limitaba a reaccionar ante las cosas a medida que se iban produciendo, o a confiar en que me ahorraría los problemas. A los ojos de la ley, yo era un delincuente. Pero yo siempre había visto las cosas de otro modo: a mis ojos no era un delincuente. Ni tenía intención de serlo, lo cual era verdad. Pero tal como leí una vez en una servilleta, entre la idea y el acto hay todo un mundo. Y yo había tenido siempre dificultades con mis actos, que con frecuencia eran actos delictivos, y mis ideas, tan buenas como el oro que sacaban en aquella mina iluminada en medio de la noche.

—Estábamos esperándote, papá —dijo Cheryl cuando crucé la carretera—. El taxi ya ha llegado.
—Ya lo veo, cariño —dije, y la abracé con fuerza. El taxista, sentado al volante, fumaba con las luces interiores encendidas. Edna estaba apoyada en el maletero, entre las dos luces de posición, y llevaba puesto su sombrero—. ¿Qué le has dicho? —dije cuando estuve cerca de ella.
—Nada —dijo ella—. ¿Qué iba a decirle?
—¿Ha visto el coche?

Edna echó una ojeada en dirección a los álamos donde habíamos escondido el Mercedes. En la negrura reinante no podía verse nada, pero oí a Duke husmeando en el sotobosque; seguía alguna pista, y su pequeño collar tintineaba en la oscuridad.

—¿Adónde vamos? —dijo Edna—. Estoy tan hambrienta que podría desmayarme.
—Edna está enfadadísima —dijo Cheryl—. Hasta me ha dado un cachete.
—Todos estamos muy cansados, cariño —dije—. Así que trata de ser más amable.
—Ella no es nunca amable —dijo Cheryl.
—Corre a buscar a Duke —dije—. Y vuelve en seguida.
—Parece que las preguntas que yo hago son las menos urgentes —dijo Edna.

Le pasé el brazo por los hombros.

—Eso no es cierto.
—¿Has encontrado en las caravanas a alguien con quien te hubiese gustado quedarte? Has tardado mucho.
—¿Por qué dices eso, Edna? —dije—. Sólo pretendía hacer que todo pareciese normal; no quiero que nos metan en la cárcel.
—Que te metan, querrás decir.

Edna rió con una risita que no me gustó.

Exacto. Para que no me metan. Soy yo el que acabaría en chirona. —Me quedé mirando hacia aquel enorme complejo de edificios blancos y luces blancas del que ascendían penachos de humo blanco hacia el despiadado cielo de Wyoming, y todo aquel montaje de edificios parecía un castillo inverosímil que emitiera un zumbido en un sueño deformado—. ¿Sabes lo que son esos edificios? —le dije a Edna, que no se había movido y que parecía no sentir el más mínimo deseo de moverse nunca más.

—No. Pero la verdad es que me da igual, porque no es un motel ni un restaurante.
—Es una mina de oro —dije, mirando hacia la mina, la cual, según sabía ahora, estaba mucho más lejos de nosotros de lo que parecía; pero la veíamos gigantesca y próxima, recortada contra el cielo helado. Pensé que, en lugar de aquellas luces y espacios sin vallar, lo lógico habría sido que hubiera un muro y guardias de seguridad. Daba la sensación de que cualquiera podía entrar y llevarse lo que le viniera en gana, del mismo modo que yo me había acercado hasta el remolque de la mujer negra y usado su teléfono. Pero se trataba, corlo es lógico, de una impresión desatinada.

Edna, en aquel momento, se echó a reír. No con la risa malévola que no me gustaba, sino con una risa en la que había algo de afectuoso, la risa abierta que celebra una broma, la risa con la que reía cuando la vi por vez primera, en el East Gate Bar de Missoula, en 1979, una risa que reíamos los dos juntos cuando Cheryl aún vivía con su madre y yo tenía un empleo fijo en el canódromo y no me dedicaba a robar coches y a pasar cheques sin fondos en las tiendas. Un tiempo mejor en todos los sentidos. Y por alguna razón me hizo reír el simple hecho de oír la risa de Edna, y reímos juntos, y nos quedamos allí en la oscuridad, detrás del taxi, riéndonos de aquella mina de oro en pleno desierto, yo con el brazo sobre sus hombros y Cheryl correteando con Duke y el taxista fumando en el taxi y nuestro Mercedes Benz robado —que tan bien nos habría venido a todos en Florida— hundido hasta los ejes en la arena, en un rincón donde ya jamás volvería a verlo.

—Siempre me he preguntado cómo sería una mina de oro —dijo Edna, aún riendo, secándose una lágrima de un ojo.
—Yo también —dije—. Siempre me picó la curiosidad.
—Menudo par de tontos estamos hechos, ¿eh, Earl? —dijo ella, incapaz de dejar de reír totalmente—. Somos tal para cual.
—Podría ser una buena señal, esa mina ¿No crees? —dije.
—¿Una buena señal? Imposible. No es nuestra. No tiene autoservicio para llevarnos lo que nos apetezca. —Seguía riendo.
—Al menos la hemos visto —dije, señalándola—. Está ahí mismo. Puede significar que estamos acercándonos. Hay gente que ni siquiera ve una en toda su vida.
—¿Y nosotros la hemos visto, Earl? Y un cuerno —dijo ella—. Y un cuerno.

Y dio media vuelta y subió al taxi.

El taxista no preguntó nada sobre el coche, ni se interesó por dónde estaba; no parecía haber notado nada extraño. Ello me hizo pensar que habíamos logrado zafarnos del Mercedes, y que no podrían relacionarnos con él hasta mucho más tarde, si es que llegaban a hacerlo. Mientras conducía, el taxista nos habló largo y tendido de Rock Springs; dijo que la mina de oro había atraído a mucha gente en los últimos seis meses, gente de todas partes, hasta de Nueva York, y que la mayoría de ella vivía en las caravanas. La marea de prosperidad, dijo, había hecho que llegaran prostitutas de Nueva York —«chicas de vida alegre», dijo—, y por las calles de la ciudad pululaban todas las noches Cadillacs con matrícula de Nueva York llenos de negros con grandes sombreros, los chulos de las chicas. Explicó que, en los últimos tiempos, todo el que subía a su taxi quería saber dónde estaban esas chicas, y que cuando recibió nuestra llamada estuvo a punto de no venir a recogernos, porque algunas de las caravanas eran burdeles que la propia mina proporcionaba a ingenieros y técnicos de ordenador a los que el trabajo había alejado de sus casas. Dijo que estaba harto de ir y venir del campamento para aquel indigno asunto. Dijo que 60 minutos hizo incluso un programa sobre Rock Springs que dio lugar a un gran escándalo en Cheyenne, pero que nada podía hacerse mientras durase el boom.

—Es el fruto de la prosperidad —dijo el taxista—. Yo prefiero ser pobre, y ser como soy me parece una suerte.

Dijo después que los precios de los moteles estaban por las nubes, pero tratándose de una familia iba a llevarnos a uno aceptable y de precio módico. Pero yo le dije que queríamos un hotel de primera en donde aceptaran anímales, y que el dinero no importaba porque habíamos tenido un día muy duro y queríamos terminarlo a lo grande. Yo sabía que la policía busca ante todo en hoteles mínimos y anónimos y que es en ellos donde acaban encontrándote. A la gente con problemas que he conocido siempre la detenían en hoteles baratos y albergues turísticos de los que nadie ha oído hablar en su vida. Nunca, en cambio, en un Holiday Inn o un TraveLodge.

Le pedí que primero nos llevara hasta el centro para que Cheryl pudiera ver la estación de ferrocarril, y mientras estábamos allí vi un Cadillac rosa con matrícula de Nueva York y antena de televisión, conducido por un negro con un gran sombrero, deslizándose despacio por una calle estrecha en la que únicamente había bares y un restaurante chino. Una imagen singular, algo absolutamente inesperado.

—Ahí tienen, el elemento criminal en estado puro —dijo el taxista con aire triste—. Siento que personas como ustedes tengan que ver algo así. Tenemos una ciudad bonita, pero hay quienes la quieren arruinar. Antes había formas de eliminar a la gentuza y a los criminales, pero esos tiempos se fueron para siempre.
—Usted lo ha dicho —dijo Edna.
—No deje que eso le deprima —dije yo—. Hay más gente como usted que como ellos. Y la habrá siempre Usted es la mejor publicidad de esta ciudad. Sé que Cheryl lo recordará a usted y no a ese tipo, ¿verdad, Cheryl? —Pero Cheryl se había ya dormido para entonces, con Duke en los brazos.

El taxista nos llevó al Ramada Inn de la autopista interestatal, no lejos de donde habíamos tenido que abandonar el coche. Al pasar bajo la marquesina del Ramada sentí cierta punzada de pesar: me habría gustado hacerlo en un Mercedes color arándano y no en un castigado y viejo Chrysler conducido por un taxista quejumbroso. Aunque sabía que era preferible de aquel modo. Estábamos mejor sin aquel coche; es más, cualquier coche era mejor que aquel Mercedes, pues fue en él donde la suerte nos dio la espalda.

Me registré con nombre supuesto y pagué la habitación en metálico para que no me hicieran preguntas. En el recuadro donde ponía «Empresa» escribí «Oftalmólogo», y añadí «doctor» delante de mi nombre. Me gustó cómo quedaba, aunque no fuera mi nombre.

Al llegar a la habitación, que como había pedido daba a la parte de atrás del edificio, dejé a Cheryl en una de las camas y a Duke a su lado, para que durmieran juntos. Cheryl no había cenado, pero no importaba demasiado; por la mañana despertaría hambrienta, y podría comer cuanto le viniera en gana. A ningún niño le sucede nada por quedarse sin comer de cuando en cuando. Yo perdí muchas comidas en mi infancia, y no he salido tan mal parado.

—Vamos a comer pollo frito —le dije a Edna cuando salió del baño—. Los Ramada tienen un pollo frito estupendo, y he visto que aún tienen abierto el restaurante. Podemos dejar aquí a Cheryl, durmiendo tranquilamente, hasta que volvamos.
—Creo que ya no tengo apetito —dijo Edna. Estaba junto a la ventana, mirando hacia la noche. Más allá de su cuerpo alcancé a ver en el cielo un resplandor como de niebla amarillenta. Por espacio de un instante pensé que era la mina de oro que iluminaba el cielo nocturno a lo lejos, pero no era más que la autopista.
—Podemos pedir que nos lo suban —dije—. Lo que te apetezca. Hay una carta encima de la guía de teléfonos. Podrías tomar sólo una ensalada.
—Come tú —dijo ella—. Yo ya no tengo hambre. —Se sentó en la cama junto a Cheryl y Duke y les miro con dulzura y puso la mano en la mejilla de Cheryl como para comprobar si tenía fiebre—. Bonita —dijo Edna—. Todo el mundo te quiere, pequeña.
—¿Qué quieres hacer? —dije—. Yo quiero comer. A lo mejor pido que me suban algo de pollo.
—Claro, por qué no —dijo ella—. Es tu plato favorito. —Y me sonrió desde la cama.

Me senté en la otra cama y marqué el número del servicio de habitaciones. Pedí pollo, ensalada verde, patata asada y un panecillo, y una ración de tarta de manzana caliente y té con hielo. Caí en la cuenta de que no había comido en todo el día. Cuando colgué el teléfono vi que Edna estaba mirándome, no con odio o con amor, sino como si hubiera algo que no entendiera y fuera a pedirme que se lo explicara.

—¿Desde cuando es tan ameno mirarme? —dije, y le sonreí. Intentaba mostrarme amistoso. Sabía lo cansada que debía estar. Eran más de las nueve.
—Estaba pensando en lo odioso que se me hace estar en un motel sin coche propio. ¿No es gracioso? Me empecé a sentir así anoche, al pensar que el Mercedes no era mío. Creo que ese coche color púrpura me pus o los pelos de punta, Earl.
—Uno de esos coches que hay ahí fuera es tuyo —dije—. Míralos bien desde la ventana y elige.
—Ya lo sé —dijo Edna—. Pero no es lo mismo, ¿no crees? —Alargó el brazo y cogió su sombrero Bailey azul, se lo puso y se lo echó hacia atrás, a lo Dale Evans. Estaba adorable—. Antes me gustaba ir a los moteles —dijo—. Son lugares secretos, y libres. Yo nunca pagaba, claro. Pero me sentía a salvo de todo y libre de hacer lo que quisiera, porque había tomado la decisión de estar allí y pagar ese precio, y lo demás era lo bueno. Joder y todo eso, ya me entiendes.

Me dirigió una sonrisa bondadosa.

—¿Y no son así las cosas ahora?

Estaba sentado en la cama, mirándola, sin saber qué era lo que iba a contestarme.

—Yo diría que no, Earl —dijo, y se quedó mirando a través de la ventana—. Tengo treinta y dos años y voy a tener que dejar de ir a moteles. Ya no puedo seguir alimentando fantasías.
—¿No te gusta esto? —dije, y miré a mi alrededor. Me agradaban los cuadros modernos y la cómoda y el televisor de pantalla grande. Me parecía un lugar francamente bueno, teniendo en cuenta los otros donde habíamos estado.
—No, no me gusta —dijo Edna con convicción—. Pero de nada sirve que me enfade contigo por eso. La culpa no es tuya. Haces todo lo que puedes por todo el mundo. Pero en todos los viajes aprendes algo. Y yo he aprendido que tengo que dejar de ir a moteles antes de que me ocurra alguna desgracia. Lo siento.
—¿A qué te refieres? —dije, porque en realidad no sabia lo que pretendía hacer, aunque debería haberlo adivinado.
—Me parece que sacaré ese billete de que hablabas antes —dijo Edna, y se puso en pie y se quedó de cara a la ventana—. Puedo salir mañana. De todos modos, no tenemos coche.
—Vaya, estupendo —dije, sentado en la cama. Me sentía como sí acabara de sufrir una conmoción. Quería decirle algo, discutir con ella, pero no se me ocurría nada apropiado. No quería enfurecerme, pero estaba furioso.
—Tienes derecho a enfadarte conmigo, Earl —dijo ella—, pero en realidad no creo que puedas reprochármelo.

Se volvió hacia mí y se sentó en el alféizar, con las manos en las rodillas. Alguien llamó a la puerta, y yo grité que dejaran la bandeja en el suelo y me lo cargaran en la cuenta.

—Me temo que te lo reprocho dije, y estaba furioso. Pensé que habría podido desaparecer en aquel campamento de caravanas y no lo había hecho; que había regresado para salvar aquel contratiempo y había tratado de tomar las riendas de la situación cuando las cosas se ponían feas para todos.
—Pues no lo hagas. Preferiría que no lo hicieras —dijo Edna, y me sonrió como si quisiera que la abrazase—. Todo el mundo tendría que poder elegir, ¿no crees, Earl? Aquí estoy, en mitad de un desierto que no conozco en absoluto con un coche robado, en una habitación de hotel bajo nombre supuesto, sin un céntimo, con una criatura que no es mía, con la policía sobre mis pasos. Y tengo la posibilidad de librarme de todo eso con sólo tomar un autobús. ¿Qué harías en mi lugar? Sé exactamente lo que harías.
—Crees que lo sabes —dije. Pero no quise empezar una discusión sobre el asunto y decirle lo que yo podía haber hecho y no había hecho. Porque no habría servido para nada. Cuando se llega al terreno de las discusiones, ha quedado ya atrás la posibilidad de lograr que alguien cambie de opinión, aunque suela pensarse que es justo lo contrario, y tal vez lo sea para cierto tipo de gente, pero nunca con la gente que yo trato.

Edna me sonrió, cruzó el cuarto y me rodeó con sus brazos sin que yo me hubiera levantado de la cama. Cheryl se dio la vuelta hacia un costado, nos miró y sonrió; luego cerró los ojos y la habitación quedó en silencio. Y yo empezaba a pensar en Rock Springs del modo en que —sabía— habría de pensar ya siempre: una ciudad envilecida, plagada de delincuencia y de prostitución y de desencantos, el lugar en donde una mujer me había dejado, y no el lugar en donde logré encarrilar mi vida de una vez por todas, el lugar en donde vi una mina de oro.

—Cómete el pollo que has pedido, Earl —dijo Edna—. Luego nos meteremos en la cama. Estoy cansada, pero quiero hacer el amor contigo. No se trata de que no te quiera, y lo sabes.

Avanzada ya la noche, mucho después de que se durmiera, me levanté y salí al aparcamiento. Podía ser una hora cualquiera, porque la luz de la autopista seguía helando el cielo bajo y el gran rótulo rojo del Ramada aún zumbaba inmóvil en la noche y no había ni la menor luminosidad en el este que indicase una posible proximidad del alba. El aparcamiento estaba atestado de coches aparcados en batería; había unos cuantos con maletas atadas a las bacas y los maleteros vencidos por el peso de las pertenencias que sus dueños llevaban consigo a algún lugar, a un hogar nuevo o a un centro de recreo en las montañas. Me había quedado largo rato tendido en la cama después de que Edna se durmiera, viendo a los Atlanta Braves en la televisión, tratando de no pensar en lo que sentiría al día siguiente cuando viese partir el autocar, en cómo me sentiría al volverme y ver allí a Cheryl y a Duke, sin nadie salvo yo para cuidar de ellos a partir de entonces; pensando en que lo primero que tendría que hacer sería conseguir un coche y cambiarle las placas de la matrícula, y luego desayunar y emprender viaje hacia Florida; y todo ello en un máximo de un par de horas, porque era obvio que el Mercedes estaría menos oculto de día que de noche, y las noticias corren a velocidad vertiginosa. Siempre, desde que la tengo conmigo, he cuidado a Cheryl personalmente. Jamás tuvo que hacerlo ninguna de mis compañeras. A la mayoría de ellas ni siquiera parecía gustarles, aunque a mí siempre me cuidaron y así yo pude cuidar de Cheryl. Y sabía que en cuanto Edna se fuera todo sería más duro. Aunque mi mayor deseo era no pensar en ello de momento, tratar de que mi mente dejara de estar en vilo a fin de hacer acopio de fuerzas para enfrentarme a lo que me esperaba. Pensé que la diferencia entre una vida con éxito y una vida fracasada, entre yo en aquel instante y los propietarios de aquellos coches perfectamente aparcados en el aparcamiento, y quizá entre yo y aquella mujer de la caravana del campamento junto a la mina de oro, estaba en el grado de aptitud para alejar de la mente cosas como éstas, para lograr que no te abrumaran, y tal vez también en el número de problemas con que tenías que enfrentarte a lo largo de tu vida. Por azar o por voluntad, ellos se habían enfrentado a un menor número de problemas, y por su propio carácter los habían olvidado antes. Y era eso lo que yo quería. Menos problemas, menos recuerdos de problemas.

Me acerqué a un coche, un Pontiac con matrícula de Ohio, uno de los que llevaban bultos y maletas atados en la baca y otra tanta carga en el maletero, a juzga por las traseras hundidas. Miré al interior por la ventanilla de volante. Había mapas y libros de bolsillo y gafas de sol y soportes de plástico para las latas de bebida en las ventanillas. En el asiento trasero vi juguetes y cojines y un cesto con un gato que me miraba fijamente como si yo fuera la luna. Todo aquello me resultaba familiar; eran exactamente las cosas que habría habido en mi coche si hubiera tenido coche. Nada me pareció asombroso, nada difería de mi idea. Pero en aquel preciso instante me asaltó una sensación extraña y me volví y alcé los ojos hacia las ventanas de la fachada trasera del motel Todas estaban oscuras salvo dos: la mía y otra. Y me pregunté —porque la situación se me antojó extraña— qué pensaría cualquier mortal de un hombre a quien viera en mitad de la noche mirando el interior de los coches aparcados en un Ramada Inn. ¿Pensaría que pretendía sólo aclarar un poco sus ideas? ¿Pensaría que trataba de prepararse para un día en el cual se abatiría sobre él un gran problema? ¿Pensaría que le estaba a pinto de dejar su amiga? ¿Pensaría que tenía una hija? ¿Pensaría que era un hombre como cualquier otro mortal, como él mismo?





en Rock Springs, 1987