sábado, octubre 31, 2009

"Kiñe troy", de Paulo Huirimilla Oyarzo








En el frondoso bosque
junto al río de la luna
la lluvia se detiene.
Me levanto aclarando el día
escucho el lenguaje de las aves
viajo.
Observo el sembrado
de los otros
enmudezco con mi pequeña huerta.
En rogativa
danzan treiles con sus caras
con piedra mayo pintadas.
Mujeres cantan
como si llamaran a sus hijos
que miran el cielo.
Arder el sol
como el fuego
y la memoria.
Me llaman las ancianas
y los viejos me gritan
danzar como el viento
treile como avestruz.
Danzo por las cuatro
partes del mundo
a los árboles
como los pájaros y el aire.







en Antología de poesía indígena latinoamericana, 2008














viernes, octubre 30, 2009

"La observación de los pájaros", de Roberto Fontanarrosa






Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quieta, como si no pasara nada. Y no pasa nada, hermano, no pasa nada. Si después de todo, es apenas un partido más. Un partido más entre los miles de partidos que han jugado los clásicos equipos rosarinos. ¿O acaso uno piensa o alguien se acuerda de cómo salieron en el primer partido del año 75? ¿O en el segundo? Ni uno mismo lo sabe. Ni se acuerda. Son emociones momentáneas, pasajeras. Intensas pero fugaces. Un dolor profundo, una alegría enceguecedora pero que al día siguiente ya se va, desaparece sin dejar huellas físicas visibles, como la varicela. Seguro que no hay casi nadie en la cancha. Casi vacío el Parque. Mañana dirá el diario que el partido concitó poco público. Que la campaña irregular de los sempiternos rivales, la promesa de un mal partido y la amenaza de un nuevo empate alejó a las parcialidades, por supuesto. No tiene importancia el partido. Si se pierde, habrá un chisporroteo urticante durante un rato, alguna cargada extemporánea, una mirada sobradora, pero nada más. Nada más. Pero será un empate. Quedan 45 minutos apenas, si es que ya ha empezado el segundo tiempo. 45 minutos. Pero ¿cómo es posible que tarden tanto en pasar 45 minutos? ¿Cómo puede ser que se transformen en una eternidad inacabable? La cosa es no mirar el reloj. No mirarlo nunca. Entonces, de pronto, cuando uno en un reflejo natural y entendible de animal urbano mira el cuadrante, ya han pasado 40 minutos o 43, no queda nada. Dos minutos apenas, un suspiro, una minucia de tiempo, un preámbulo mísero al gesto altivo del árbitro que levanta la mano derecha y muestra a los jugadores, a la tribuna y al mundo, que adiciona dos minutos solamente, que le importa un carajo que haya habido ocho de demora por choques y turbamultas y que está dispuesto a cortar el clásico lo antes posible con la tranquilidad de haber sacado el partido sin problemas mayores ni expulsiones injustas. Es así. Pero lo más jodido son los primeros 20 del segundo tiempo, eso es lo jodido, uno cavila. Allí todavía los equipos quieren llevarse los dos puntos y el local especialmente, carajo, se lanzará al ataque obligado por su condición de dueño de casa. ¡Y los nuestros son tan boludos que siempre se desconcentran en los primeros minutos! Entran dormidos, no encuentran las marcas, les meten goles imbéciles tras un rebote. Goles boludos... ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Un bocinazo! ¡Hay un gol! ¡Alguien festeja! Si se escucha otra bocina no quedan dudas, ya se celebra... Pero no hay nada. Vuelve el silencio. Uno camina y percibe un golpeteo sordo, un tam-tam opresivo desde el lado de adentro del pecho. La boca pastosa ¿cómo mierda pueden tardar tanto en pasar 45 minutos? Si uno va a comer por ejemplo, o a tomar un café y esta allí, al pedo, charlando, mirando a la gente, distraído y de pronto cuando mira el reloj, ya se le ha pasado más de una hora ¿Cómo es posible esa diferencia de densidad en el tiempo? Es más, hace muy poco, digamos ayer sin ir más lejos, uno estaba en el patio de su casa jugando a los soldaditos y ahora, de golpe y porrazo, ya tiene la edad que tiene y se le ha caído el pelo de la cabeza. Hace horas prácticamente, se reunía con los compañeros de la secundaria festejando la finalización del quinto año, estrechaba la mano de Podestá, jodía con Carelli y de pronto, en un soplo, está aquí, caminando por las calles del barrio como un prófugo, como un linyera, como un fugitivo, tratando de que pase de una buena vez por todas ese puto clásico con el resultado que sea. Eso mismo. El resultado que sea. Victoria, empate o derrota. Incluso derrota. Porque la derrota, cuando se acepta, cuando se instala, invade el cuerpo como una medicina amarga pero relajante, resignada. Lo que a uno lo destruye es la ansiedad. Dos semanas, tres semanas, cuatro, esperando que llegue el día preanunciado. Séptima fecha de las revanchas. Y lo inapelable de lo indefectible. Esa bola en el estómago que se va formando en los comentarios previos, durante el partido con Vélez, durante el partido con Ferro, durante el partido con Boca, en torno al clásico que se acerca. La fiesta de la ciudad... ¡justamente! Se van a la concha de su madre con la fiesta de la ciudad. Feliz es ese perro que cruza la calle. Se oyen incluso las pisadas acolchadas de sus patas sobre el empedrado, tal es el silencio de la siesta. No sabe nada del fútbol, no sabe nada del clásico, no le importa un sorete el resultado ¿Y eso? Alguien gritó. Sí. Alguien gritó. En una casa cercana se elevó un grito. ¿Hombre o mujer? Si es mujer puede que no haya pasado nada. Un reproche a su hijo tal vez. Si es de un hombre puede ser un gol. Aunque hay mujeres terriblemente fanáticas también. Es más. Son las peores con las cosas que les gritan a los jugadores en la cancha. La casa es humilde. Puede ser gol de Central, entonces. El barrio es un reducto canalla. Pero ahora está todo muy mezclado. Antes los verduleros eran de Central y los oligarcas leprosos. Pero ahora uno ve conchetos que son canallas y unos grones impresionantes que son leprosos. Se ven incluso niños con la rojinegra muchas veces. No hay seguridad por lo tanto de que ese grito de alborozo provenga de un centralista. De todos modos, no se repite. Uno mira hacia el entorno como un indio. Olfatea el aire, para las orejas, gira la cabeza buscando indicios en el aire. No se puede sufrir tanto. Tal vez sea mejor ir a la cancha. Uno esta allí in situ, en el lugar propiamente dicho de los hechos. Enclavado en medio de la popu, mirando lo que pasa, sin necesidad de adivinar nada ni de que se lo cuenten. Pero hay que ir muy temprano, cuando empieza la reserva. Y pararse y sentarse, y pararse y sentarse y pararse y sentarse cada vez que hay una situación de gol hasta que al fin se paran todos para siempre y se termina esa historia. Hay que estar más entrenado que los jugadores, carajo. Estrujado, además, por la sudorosa multitud bajo el sol inclemente del estío. Y ver el insufrible espectáculo de los lepras cubiertos de banderas gigantescas, saltando y gritando como demonios en la bandeja de enfrente. Porque no se puede ir a las plateas y correr el riesgo de quedar sentado junto al enemigo. Y después, la otra, la verdad: de visitante, sea en la Bombonera, en el Gasómetro o en el Monumental, es muy pero muy probable que te rompan el culo. Históricamente ha sido así. Y el regreso es duro. Pero lo peor es la radio. Es mucho peor que ir a la cancha. Es como pelearse con un tipo en una habitación a oscuras. Los relatores asumen la responsabilidad frente a sus oyentes, y más que nada frente a sus anunciantes, de dotar de dramatismo al espectáculo, esa verdadera fiesta del fútbol rosarino. Por lo tanto, los remates siempre salen rozando los maderos, las atajadas siempre revisten la condición de milagrosas y los ataques en profundidad despiden invariablemente un definitivo aroma a gol. Hay que guiarse entonces por el estallido de la tribuna, allá, en el fondo. El rumoreo de la indiada como telón de fondo del tipo que transmite. Uno escucha el "Uhhh" que se transforma en "Ahhh" cuando todavía el relator no ha alcanzado a gritar que esa pelota se viene como balazo para el marco, y uno ya entiende que nos salvamos de pedo o que volvimos a perder una ocasión irrepetible. Uno escucha el estallido lejano cuando el tipo aún está anunciando que llega el centro y ya sabe que el grandote de ellos saltó y te la mandó a guardar. En la cancha al menos, uno ve dónde está el wing, dónde se fue esa pelota y a qué distancia real del arco se desarrolla la jugada. Aunque también está el recurso de escuchar otro partido y esperar la conexión con Rosario. River-San Lorenzo por ejemplo, que conectará a cada momento con la emoción que se vive en el Parque Independencia en otra edición de uno de los clásicos más antiguos de nuestro fútbol. Pero allí la cosa suele ser peor. El corazón está inerme ante el sablazo fatal de la noticia. Antes por lo menos, con Fioravanti —un caballero de la radiofonía deportiva— alguien te anunciaba: "Atento Fioravanti". "¡Atento Fioravanti!" llamaba un tipo. Entonces uno se agarraba de las almohadas, por ejemplo —si estaba tirado en la catrera— daba una vuelta carnero sobre el lecho, mordía la sábana y aguardaba, como un pelotudo, como un cordero ante la destreza final del matarife, el golpe artero. Podía ser que llamaran desde otra parte, supongamos, desde Platense en Manuela Pedraza y Cramer, después de todo. O bien desde el coqueto estadio de Atlanta, para anunciar un gol de un ignoto puntero izquierdo. A veces uno, antes, un segundo antes, percibía detrás de aquel llamado cobardemente anónimo el corto e inusual estallido del público, de algún público, más parecido al sonoro griterío de los locales que al apagado de los visitantes y entonces intuía, detectaba, temía, que el llamado fuese desde Rosario. Y para colmo, Fioravanti demoraba la conexión comentando, preciso y atildado, que en esos momentos, los bravos muchachos azulgranas estaban armando la barrera, la empalizada, el valladar, el muro de contención... Pero aquel anuncio, el "¡Atento Fioravanti!", alertaba el espíritu, prevenía la psiquis y disponía el terreno para recibir el dolor supremo o la alegría enceguecedora. En cambio ahora no. Ahora, de buenas a primeras descaradamente, crudamente, ferozmente, un desaforado se mete en la transmisión vociferando "¡Gol de Boca!" y a la mierda. Uno queda aterido, trémulo, abofeteado, pensando que en esas tres palabras pudo haber cambiado el sentido de la vida, el eje del movimiento del mundo y el sentido mismo de nuestra existencia sobre la Tierra. Por eso, por preservación tal vez, uno puede decidir que no quiere saber absolutamente nada sobre el partido. No quiere verlo ni escucharlo, ni siquiera enterarse del resultado hasta el momento exacto del pitazo final. ¿Por qué? Porque uno sabe que todo sufrimiento tiene un límite, que su cansado corazón no podrá aguantar el trámite, que la angustiosa transmisión radial se sumará a la tensión propia hasta alcanzar ribetes intolerables y que prefiere, en suma, conocer el marcador ya puesto de un impacto seco, un manotazo duro, un golpe helado. Sin embargo encerrarse en un ropero, en la piecita chica de la terraza, puede ser ocioso. El sonido radial es finito, incisivo, líquido y se filtra por las paredes. Usted conoce que su vecino suele estallar en un mugido estremecedor ante los goles. Y están también las lejanas bombas de estruendo. Y las bocinas... El cine puede ser. El cine es una opción. Pero siempre habrá en la platea casi desierta del domingo a la siesta, filas más atrás, otro cobarde con una radio portátil incrustada en el oído. Uno, sensibilizado como un animal en carne viva, pese a las tinieblas lo ha visto y asume desde ese mismo momento, que Sharon Stone podrá ponerse en bolas una y mil veces, que Michael Douglas podrá agarrarse los huevos contra una puerta en repetidas ocasiones, pero que, a uno solo lo tendrá sobre ascuas ese mínimo canturreo oscilante y rápido que más que escuchar, adivina y que proviene de la radio del hijo de mil putas de la fila de atrás que hubiese podido elegir otro cine para refugiarse. Por eso, ahora uno está en la calle. Intentó ver televisión y fue lo mismo. Tomó café, dio vueltas por la cocina pero el tiempo se había detenido en la casa como aquel tiempo que diseñara Bioy Casares en La invención de Morel. De pronto hubo una explosión, clara, inequívoca. Una bomba de estruendo. ¡Aquello era un gol, sin duda alguna! Se levantó de la silla y giró varias veces en torno a la mesa, cautivo del infernal desasosiego. En la cocina la radio, apagada, muda, lo esperaba ¡Podía ser un gol de Central y uno estaba ahí, como un boludo, sufriendo al pedo! Y si era gol de Newells mala suerte. La resignación, sabía, habría de invadirlo como una melaza reparadora. Hubo que correr hasta la radio y encenderla. El dial capturaba un programa musical, insensible a los problemas medulares de la sociedad. Uno buscó locamente con el dial. Apareció una propaganda gritona y vertiginosa ¡Era allí! "Vamos a la boca del túnel" indicó un tipo. Atrás, el rumoreo. No había excitación en los comentaristas, no había exaltación ni clamoreo. "El empate está bien, hasta el momento" sentenció otro. Era el entretiempo y cero a cero. Algún pelotudo descerebrado había hecho explotar aquella bomba perturbando a la gente en su descanso, atentando contra la vecindad inocente. Uno apagó la radio, casi con rabia ante su ataque de debilidad. Cuarenta y cinco minutos nomás para el final del suplicio. No se podría aguantar allí adentro. La adrenalina recorría el cuerpo como uno de esos carritos multicolores que suben y bajan, endemoniados, por las Montañas Rusas. Había que salir. Caminar. Hacer algo. Ya deben ir como 20 del segundo. Ya seguro los equipos se conforman con el empate. Más vale no arriesgar, quedarse en el molde, cuidar atrás. Un punto es negocio para los dos, ni vencedores ni vencidos, la ciudad tranquila. Todos contentos. Pasa, veloz, un auto. Su conductor lleva el gesto adusto ¡Puede ser otro hincha de Central que está escuchando el resultado tan temido! Sí, a uno le parece haber visto el péndulo de un escarpín azul y amarillo colgando del espejito... ¡Suena una bocina varias veces! Puede ser el inicio de un festejo u, ojalá, el anuncio fatal de un accidente... ¡Ladra un perro! Tal vez se alarmó ante el salto gozoso de su amo, lepra insigne... ¡Atruena el escape abierto de una moto! ¿O son petardos? ¿Hay gol de alguien? ¿Será alborozo ajeno o fuego propio? Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros ancestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la actitud de los animales, a bucear respuestas en los indicios de la naturaleza, en la interpretación del vuelo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de cabeza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vibración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo empate? Uno es un radar, es una antena, es el cervatillo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió —catastróficamente— un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un comportamiento errático y equívoco revolcándose, aparatosos, sobre sus propias heces. Deben ir, uno calcula, 30 minutos, media hora. Que todo siga así, en calma chicha, que no cambie ¡Otra vez una explosión, otra de estruendo! ¡Que la corten con eso, pelotudos! Ya se la hicieron correr una vez y era mentira. Tiran por tirar. Para hacerlo cagar a uno en las patas, nada más. Aunque sabe que si se confirma un gol de Central lo va a gritar. Solo y en la calle, como un pavote, seguro que pega un salto y se lo grita. Sí señor. Es toda una avalancha de presión que tiene acá, en la boca de la garganta, esperando salir, atragantada. Dobla lentamente un auto, el conductor lo mira y va hacia uno. Es el Negro Mario. ¿Qué quiere este boludo? ¿Por qué aminora la marcha, por qué lo mira? Mario saca media cabeza por la ventana, la menea y sonríe con una mueca triste. "¡Qué verga que somos, hermano!" dice. Un estilete de hielo le baja a uno desde el pecho hasta la entrepierna. "¿Qué pasa? ¿Perdemos?" pregunta. "Uno a cero". "Qué va a hacer" dice uno, supuestamente filosófico, medio como si no le importara, como si hubiera salido a caminar porque quiere reflexionar tranquilo sobre el devenir humano en el próximo milenio. Mario acelera y se va. Uno está destruido, pulverizado. Un hachazo feroz lo ha partido por el medio. "Qué va a hacer" se repite ¡Una mierda "Qué va a hacer"! ¡Mañana y pasado y toda la semana viendo en la televisión ese gol puto! Y el festejo, y el salto interminable de los lepra, y la pila de jugadores rojinegros celebrando. Y eso si es un solo gol, después de todo. Porque por ahí Central se va a la desesperada a buscar el empate y se come cuatro. Decí que falta poco... Y aguantarse la cargada de Marini. La cara de sobrador del pelado Vega. Los mil chistes malos que brotan como hongos después de cada derrota. El "¿Sabes cómo le dicen a Central?". Hay que meterse en la cama y no salir por 20 días. Eso hay que hacer, la puta madre que lo reparió ¿Para qué carajo uno se pone esa remera mugrienta, la blanca con el dibujo del oso panda, que lo acompañara en tres victorias? ¿Para qué mierda se la pone uno? De ahora en adelante, no los ayuda más, así de claro. No los ayuda más. Después de todo ¿qué tiene que ver uno con ellos, con el equipo? ¿Juega acaso? ¿Uno entra a la cancha y juega, acaso? Son once muchachos medianamente conocidos y a la mierda. Nada más. Apenas eso. Hay cosas más importantes en la vida. Si a uno se le estuviera muriendo la madre en este momento, poco y nada de bola le daría al clásico. Un clásico que no pasará a la historia, de eso no hay duda. Uno de tantos. ¿Cuánto va? Ya debe estar por terminar, casi seguro. Ahora sí, que pase algo. Alguna otra explosión, algún otro dato que permita aferrarse a una ilusión momentánea por lo menos. Aunque después resulte otro gol de Ñuls, mirá lo que te digo. Un dos a cero no es goleada, un dos a cero... ¡Hay otra explosión, otra bomba de estruendo! ¡Y ahora otra, y otra más! Terminó. No cabe duda. Se acabó el clásico y nos ganaron. La reputísima madre que lo reparió. Y bueno, ya pasó. Hay cosas peores. Seguimos arriba, de todos modos, en la estadística. Se oscureció la tarde, está nublado. Ojalá que llueva y se arruine todo. Que nadie ande por la calle. Sale un chico de una casa y después otro. El primero, en cueros grita "¡Vamos Central, todavía!". Un relampagueo de flash lo ilumina a uno por dentro. Se le seca la garganta. Balbuceante alcanza a preguntar, "¿Terminó?". "Uno a uno" dice el chico, "empató Central sobre la hora". Uno camina, ahora aterido, por inercia, por instrumental. ¡Central sobre la hora, carajo! ¡Central sobre la hora! No grita. No hace un gesto. No levanta la mano. El grito le explota adentro como una bomba de profundidad ¡Vamos los canallas, todavía! Parece mentira. Uno hubiese pensado que iba a saltar, desencajado; brincar sobre una verja, treparse a un árbol como un simio, escalar por un balcón hasta una terraza. Pero no. No es para tanto. No era tan terrible, después de todo. Tal vez no tan importante. Pero una sensación de lasitud, de calidez, de infinita paz interior lo va invadiendo cordialmente. Ya está a una cuadra de su casa. Tiene hambre, tiene ganas de ver a su madre, de estar con sus amigos, de acariciar la cabeza de los niños que juegan en la vereda, futuro de la Patria. La tarde está clara, plena de sol y hasta más fresca. Uno se detiene un momento antes de entrar a abrir la puerta y cruza un par de frases con su vecina. Le pregunta por las flores que está regando, por la dimensión insólita que ha alcanzado la enamorada del muro. Comprende, de pronto que esa vieja hinchapelotas y mal llevada, no es tan mala. Por lo contrario, es muy simpática. Entra por fin y va hasta el baño, antes de prender la radio para oír, de punta a punta, los comentarios finales. Orina. Se lava las manos, se mira en el espejo. Tiene más de mil nuevas canas en las sienes. Hay dos arrugas novedosas y profundas en la frente. Las ojeras se han tornado más oscuras. Uno ha envejecido cinco años otra vez, igual que siempre. Todo por un clásico, apenas. Un partido de fútbol, simplemente.











en La mesa de los galanes y otros cuentos, 1995












jueves, octubre 29, 2009

“Un mensaje imperial”, de Franz Kafka






El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.

Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimentos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.






1919













miércoles, octubre 28, 2009

"Isla", de Virgilio Piñera





Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte, veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?










en Isla en peso, 1979






martes, octubre 27, 2009

“El Sol”, de David Villagrán







Lustro la imagen de un bronce, vacío
bruño su forma de vientre y espejo.
Es bruma la certeza del estío,
lluvia viene y va tras su reflejo.

Ojos ciegos, ven por mí siendo de oro,
busco un brillo, oigo un río, un barullo.
Lustro y bruño el sonido que no intuyo,
mudo, cojo, cierto e incoloro.

Llamaradas de esta penumbra aviva
un viento que con mis cabellos teje
cual si fuera un lento y preciso escriba
el amor, la luz siempre adherida
a puerta que jamás cierra su eje.

Entra, ven a ver si ves tu vida.






Inédito, 2009














lunes, octubre 26, 2009

“Las causas de la caída del Estado socialista alemán (1989-90) y sus lecciones para América Latina”. Entrevista a Hans Modrow, de Heinz Dieterich






Para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es vital entender, por qué los poderosos Estados del Socialismo histórico europeo cayeron como castillos de naipes, a fines de los 80, comienzos de los 90. Tres casos son de particular relevancia: 1. La República Democrática Alemana (RDA), cuyo alto nivel de vida -mucho más alto que el de cualquier país latinoamericano actual- y avanzados sistemas de educación y salud, no fueron suficientes para impedir la implosión del sistema; 2. Polonia, porque ni el recurso a las Fuerzas Armadas pudo impedir el derrumbe; y, 3. La Unión Soviética, donde ni la radical destrucción de las fuerzas y clases sociales opositoras, por parte de Stalin, ni el centralismo político-económico absoluto del sistema, pudieron garantizar su sobrevivencia a mediano plazo.

En esta primera parte dialogamos sobre: 1. La importancia de la propiedad sobre los medios de producción; 2. el rol de las Fuerzas Armadas en la transición al capitalismo, y, 3. la imposibilidad de construir el socialismo sin democracia participativa real.


¿Cuáles son las principales causas de la caída de la RDA?
Hay factores internos, principalmente dentro del sistema político, y factores externos que tuvieron un doble efecto.

Mientras los países aliados de la Segunda Guerra Mundial todavía colaboraban entre sí, había cierta tolerancia entre ambos lados. Sin embargo, cuando comenzó la Guerra Fría, se manifestó con el uso de las armas nucleares de Estados Unidos contra Japón y se concretizó en Alemania en la división de dos Estados de postguerra.

El factor de la división fue un factor político y personal en casi todas las familias y el conflicto entre los sistemas y la confrontación entre ambas superpotencias fue una carga y una limitante permanente para la RDA. El 13 de agosto de 1961, cuando se construyó el muro de Berlin, es una clara expresión de esta situación.

¿Qué papel jugó el centralismo político?
En su inicio, bajo el Presidente Walter Ulbricht, la RDA tenía todavía una dirección caracterizada por su exilio en la URSS y la influencia de la Internacional Comunista (Komintern). Pese a esto, se procuró hacer reformas económicas en los años 60, que fueron cancelados por completo bajo el sucesor de Ulbricht, Erich Honecker.

Un sistema socialista necesita un proceso permanente de reformas y de renovación, que fue imposible en la RDA hasta octubre de 1989. Las causas principales de esta situación fueron el rígido sistema político jerárquico y su centro de poder absoluto. Este sistema no permitió ninguna innovación espiritual o práctica desde las bases de la sociedad.

¿Qué papel asumieron las Fuerzas Armadas ante la transición?
Los ejércitos de ambos Estados alemanes eran elementos importantes dentro de los bloques militares de la OTAN y del Pacto de Varsovia. La principal preocupación del Comandante en Jefe del Pacto de Varsovia, General del Ejército Luschew, consistió en garantizar la integridad militar de la Nationalen Volksarmee (NVA, Ejército Nacional Popular de la RDA) y el mantenimiento de la estabilidad interna de la RDA, para impedir conflictos violentos entre el Ejército soviético y las fuerzas opositoras.

Todavía hoy hay un debate acerca de que sí en el otoño de 1989 hubo un cambio en la RDA, si hubo una revolución pacífica o una contrarrevolución. Independientemente de la evaluación que se haga, hay dos momentos que son de importancia decisiva.

No se produjo violencia con derramamiento de sangre y el ejército soviético nunca estuvo ante la disyuntiva de intervenir militarmente. Por lo mismo es falso declarar que Gorbatchev haya evitado algo. La verdad histórica es que él nunca tuvo una concepción políticamente madura para la unificación de los dos Estados alemanes y que nunca luchó por los intereses de la Unión Soviética, ni de los ciudadanos de la Alemania socialista.

Dentro de las Fuerzas Armadas socialistas (NVA), se instalaron "mesas redondas", en las cuales se discutía sobre cuestiones de una reforma militar y la responsabilidad del liderazgo militar. El ejército siempre fue leal frente al gobierno.

¿Qué importancia tiene la propiedad estatal y qué lugar deberían ocupar las diferentes formas de propiedad en una sociedad socialista?
La cuestión de la propiedad sobre los medios de producción es para todo sistema social, como se ha visto hasta el día de hoy, la base de su existencia y de su funcionamiento. En la RDA, la intención era concentrarse en dos formas de propiedad social: la estatal y las cooperativas. Las experiencias indican, sin embargo, que también en una evolución socialista debería haber diferentes formas de propiedad. Esto es de mayor importancia para la eficiencia de la economía y, sobre todo, para alcanzar una amplia alianza social.

Las industrias claves, el transporte y las comunicaciones, la educación y el sistema de la salud deberían ser propiedad del pueblo, administrada por el Estado. Para las cooperativas, particularmente en la agricultura y en el sector de la vivienda, al igual que para la pequeña y mediana empresa privada, los artesanos y las pequeñas tiendas, el Estado debe definir las condiciones en un marco de referencia. El objetivo tiene que ser un suministro seguro de bienes y servicios, la innovación y el crecimiento de la economía. Los intentos de un desarrollo de este tipo llegaron demasiado tarde. Cuando se trató de realizarlos, el tiempo ya se había acabado.

Todos los empeños de una transformación económica con carácter socialista requieren la unidad de poder político y participación democrática amplia, profunda y multifacética. En ese sentido, las elecciones son importantes, pero sólo son un elemento. Formas de democracia básica y de cogestión en las empresas pueden ser aún más importantes para impedir un centralismo unilateral.








en www.rebelion.org










domingo, octubre 25, 2009

Carta perdida a Carlos de Rokha, de Pablo De Rokha







Todo lo lloro en ti, Carlos de Rokha, hijo querido mío: la vida heroica, acumulada, grandiosa y terrible que hiciste, y tu muerte súbita. Traías sobre la frente escrita, con significado trágico, la estrella roja y sola de los predestinados geniales. Y cuando mamabas la leche maternal, ya estabas chupando en el pecho de lirio de la niña divina y maravillosa, sol y mar y flor de la gran poesía de Latinoamérica, el sentido y el destino mortal, la total congoja de la Humanidad irredenta: el sello del genio de Winétt de Rokha, te persiguió, como una gran águila de fuego, desde la cuna a la tumba, pero no te influyó, porque no te influyó nadie, encima del mundo.

Perdóname el haberte dado la vida.

Entre el rumor de panal de abejas del universo de la poesía iluminada y popular de tu madre, toda de oro, y el carro de fuego que arrastra entre las masas humanas, atropellándose, mi estilo, forjaste un lenguaje tuyo y puro, de metales grandes y delgados como cuchillos de sol, único en América, y para lograrlo enfrentaste y desafiaste, como un niño héroe, la locura y el infinito. Pero mi sombra rugiente te hacía daño, te hería, te envenenaba a ti, tan bueno y tan alto como eras, porque los poetas como tú y yo, no únicamente no deberíamos ser hijos de nadie, Carlos de Rokha, hijos de nadie, padres de nadie, abogados del género humano, engendrados por partenogénesis. Esta tan tremenda situación de interdependencia literaria, la comprendías tú, y yo comprendía que tú la comprendías: pero cuando uno de la tiniebla en la literatura, o el amigo desleal te lo planteó, queriendo echar espanto o ceniza de maldición, entre padre e hijo, padre e hijo los abofetearon en todo lo hondo del pantano personal; es que te corría sangre de mártires y héroes por las arterias y tu orgullo era tan grande como tu modestia y como tu grandeza.

Tu propio arte, como un mar furioso, te inundó el corazón, y si te admiré tanto como cuando hoy te admiro, fue porque enorme como tu heroísmo, fue tu sacrificio de toda y cualquiera forma de felicidad a los pies de aquel inmenso monstruo y mito social ardiendo, que es la Belleza, por la decisión irremediable de lanzarte al abismo del estilo en gestación, hasta ver ganada la batalla, por el sentido de llegar hasta el suicidio del destino y el bienestar de las comodidades literarias, para extraer del caos y el desorden de la naturaleza bestial, la vital euritmia de tus cantos de platino y de rubíes incendiados.

Como para todo gran poeta, lo bello fue rigor colosal y oscuro, en tus ocupaciones de artista, y fuiste artista en todos los hechos y los sueños, exactamente como tu madre, de quien trajiste la inmensa imagen grecolatina y el vikingo en los Anabalones y los Sánderson, y el español mundial, alucinado y quemante, con "Dios" adentro, en los Díaz y los Loyola, gentes de fuerte envergadura y místicos de la realidad dramática. Como el hijo mayor de un gran amor, nosotros nos volcamos convulsionados en ti, con todo el dolor, con todo el placer, con todo el horror del amor, del amor por encima de todas las palabras y las leyes humanas, y, con la tremenda problemática de la naturaleza adentro de la naturaleza, nos estrellábamos con la naturaleza y la vida mágica, contigo en los brazos entre peripecias y epopeyas, en condición de artistas pobres, que no quisieron ser pobres artistas, y de creadores de lenguajes, abominables para los abominables y las feroces y tercas bestias negras de las literaturas amarillas. Abriste, pues, entonces, los ojos a la realidad categórica con una inmensa carga de complejos y de sollozos y una gran paloma de humo en la imaginación ardida. Tu madre y yo nacimos con el hermoso y desventurado y grandioso y épico país de Chile bañado de sangre, ensangrentado y crucificado de horrores, por el asesinato de Balmaceda, que aún bramaba en la República traicionada por la oligarquía nacional y el gran capital extranjero; tú, Carlos de Rokha, que te tomaste al abordaje la realidad del mundo a la orilla de "la gran Mar-Océano" de Valparaíso, naciste entre clarines medio a medio del "Año Veinte", pero como a aquellos toros de pellejos rojos que bramaban en el corazón del pueblo los degolló la traición ultramontana y reaccionaria, a tu infancia de creador chileno la presidió "un redoble de tambores enlutados", que, resonando con espanto, venía de las épocas remotísimas, y un sol enarbolado de coronas caídas: un enlutamiento general nos saludó en la cuna y nos va siguiendo, como un perro de hierro tremendo, que aúlla hacia la tumba.

Por eso, amigo del alma, la construcción metafórica de tu lírica tan enardecida era, que era popular en sus contradicciones victoriosas, y es hecha de tierra, con gallos, con pájaros y sepulturas, con trigales y chacarerías en sus vocabularios de finura de florete o de filo de espada de batalla. Y existe aquella fuerza soberbia del átomo en desintegración en tu estilo de selección caballeresca, de caballería popular y escudo de armas de pueblo-pueblo-pueblo, porque, como pueblo, es del pueblo, de donde emergen todas las formas de la energía de la golondrina y del águila, que son equivalentes cruzando los océanos de Continente a Continente, o las altas montañas del mundo, abalanzándose con vuelo épico.

Te quemaste el corazón de gozador goloso de la vida en el oficio irreparable, del poema irreparable, de catástrofe en catástrofe. Ni Mallarmé, ni Rimbaud, ni Baudelaire ni el terrible y genial Isidoro Ducasse, mal nombrado Conde de Lautréamont, te influyen. Son tus predecesores y tus compañeros de jornada, es decir, estás en la línea de ellos y de todos los otros demonios-dioses de lo arcangélico-demoniaco-heroico, en la creación estética, pero tú eras tú, y tu poema es tuyo. Y así vivías y así creabas. Gozaste de mujeres y vinos y saboreaste las comidas y las bebidas de Chile, como yo mismo y tus antepasados, desbordándote de abundancia y elocuencia pasional, derramándote y suicidándote en cualquier instante, para reconstruirte en la contradicción dialéctica. Por eso aquellos que atribuyeron tu gran bondad natural y el sentido de la hospitalidad chilena a ingenuidades engendradas en lo poético, se engañaban ruidosamente, porque el complejo del resentimiento los fue matando. Había una gran fuerza en tu carácter, ella surgía y rugía de tu vocación irreductible de artista que se realizaba victoriosamente, solo, y saliendo de adentro del pueblo, padre del hombre, de adentro del pueblo para quien escribe, quien escribe responsablemente. Eras y eres una lección de honor y de pasión heroica por lo bello logrado y lo sublime, y tu carácter consistía precisamente en carecer del carácter por el carácter, que es el amparo de los desamparados de su espíritu.

Ahora, e indiscutiblemente, como la sociedad da el contenido y el artista da la forma, y contenido y forma dan la unidad del arte, los grandes artistas son los héroes y son los líderes de la expresión, creadores de lenguaje, expresadores del idioma social de todos los pueblos, del idioma vital de la humanidad, revolucionarios, insurgentes y combatientes, todas las formas del arte expresan la misma materia, -la literatura, la escultura, la arquitectura, la música, la pintura y las artesanías populares- y el pueblo entrega a los héroes y a los líderes artísticos la tarea descomunal de dar idioma y estilo, estilo e idioma, "voz de Dios", a la batalla y a la victoria, a la cual lo conducen los héroes y los líderes políticos. Por todo aquello la gran faena política del creador estético es la gran faena artística. Son inmensamente complejos los pueblos, no sencillos, el hambre que recorre el mundo desde la Biblia, la Grecia antigua y la Mesopotamia, el hambre y la lucha de clases los encadenaron a una técnica estratégica de la personalidad popular épica, que implica todos los modos de la astucia para la guerra social, y la guerra social por la felicidad humana, les engendró su problemática rugiente; andan las masas echando llamas y son muchas las maneras de cantar que poseen, y que unifica la belleza sublimándolas. Lenguaje de imágenes, sí, lenguaje de imágenes en la montaña de las metáforas, que son la realidad estética. Tú sabías esto tan serio y universal, y lo sabías desde que naciste por la intuición poética, que es la sabiduría colosal y subterránea de los hacedores de imágenes, lo sabías porque lo sentías y lo hacías dirigiéndote furiosamente, dirigiéndote con ímpetu de huracán hacia tu destino: dar idioma a tu interpretación dialéctica de la naturaleza; y como te jugabas todo en la empresa maravillosa, te creían desordenado y sin método; por eso, Carlos de Rokha, por eso te estalló el corazón, como me va a estallar a mí, o como debió estallarme, debió estallarme y ser yo el muerto en este instante, y como le estalló a la estupenda y popular-poetisa americana de todos los tiempos y los pueblos que fue tu madre a través de otros modos hondos de la misma tragedia.

Tus crisis épicas hallaron, desde los tiempos heroicos de Winétt, la idolatrada, a toda la familia rodeándote de cariño y de estupor emocionado, y fuiste el eje familiar y el "centro de tormenta" de un núcleo de creadores de lenguaje estético, creadores de lenguaje artístico, por modos diversos, a cuya cabeza patriarcal tu madre y tu padre, yo, padecíamos, arrastrando peñascos desolados, o mordidos de rufianes y de ladrones de la literatura.

Ahora se azota tu memoria contra el resplandor de aurora de oro de la era cósmica que la gran U.R.S.S. y la gran China Popular capitanean, y seguramente se remece tu ataúd, aclamando con espanto a Cuba heroica y líder de líderes, cuya gran victoria definitiva no viviste, porque moriste a la ribera misma del levantamiento general de todos los pueblos, después de haber contribuido con himnos líricos fundamentales, al levantamiento general de todos los pueblos, desde el enorme pueblo de Chile; por lo tanto, tu canto de santo de la poesía es un peñasco en los cimientos reivindicatorios, sin proponértelo tú siquiera; toda tu obra te coloca en la insurgencia revolucionaria porque la retrata, desde tu ángulo, a la caída de una época para la venida de otra época, la época de la victoria de los explotados y los expoliados sociales.

La existencia la viviste como quisiste, la viviste con la glotonería superior de la imaginación de un Rabelais, y esto te compensa de "El Terror de Existir", que planteó tu madre y yo deploro en "Morfología del Espanto" o, viviste apasionadamente, o acaso, desaforadamente, desde el vértice del instante en que te filiaste revolucionario con el ejemplo "descomunal y soberbio", según las palabras de don "Alonso Quijano, el bueno", y adentro del cual huracanabas las vías públicas del Gran Santiago, con tus hermanos y hermanas, clamando "Bandera Roja" y "Multitud", o estabas encalabozado, recio como reo político, hasta la última vez que llegaste desde todo lo hondo de la noche tronada de aquel septiembre lluvioso y horrendo.

Rodeado de compañeros y amigas muy queridas, que seguramente te amaron admirándote y perdonándote, como es menester ser amado, y que te acompañaron con emoción estremecida hasta la caída en el gran sueño inmóvil de la nada, paladeaste esta contradicción negra y gozosa de ser, en la cual nos hundimos azotándonos: el amor humano, humanamente humano, fue tu ley "divina", y la amistad fue tu ley humana. Te mató, entonces, la superabundancia emocional, no apolínea, furiosamente dionisiaca, y el deslumbramiento inmortal del arte. Se escucha llorar en tu recuerdo un llanto herido de grandeza, esta familia nuestra de los De Rokha, recibió la conmoción, horrorizada, y pasarán largos y muchos años en que estés siempre presente entre nosotros, toda tu obra se va volviendo piedra, tu madre te recibe de muerto a muerto, eterna en la materia maravillosa y criminal, y yo abrazo tu sombra clamante.

Después de haber muerto tu madre épica, Winétt de Rokha, la heroína de las poetisas mundiales, y después de haber muerto tú, al cual llamaban "el Rimbaud chileno" viví en París, en Moscú, en Pekín, en toda la inmensa gran República Popular china, Carlos de Rokha, y me acordé de ustedes desde los atardeceres tremendos a los amaneceres tremendos y el día clásico.

Ahora, tú sabias que nosotros, los viejos andados, golpeados, licoreados por el destino social de los héroes, no nos arrepentimos de nuestros errores, nos arrepentimos de nuestras virtudes, no de lo que hicimos y pudimos hacer, sino de lo que no hicimos y pudimos hacer y debimos porque quisimos hacer, y como yo aludo a mujeres y vinos, que tu madre me perdone, grandiosa, el enorme y gran afán colosal de las capitanías en todas las formas de todas las cosas viriles; por eso escribo estos renglones póstumos, entre póstumos; escucha, en la tumba, entonces, no la emoción de París, la conmoción de París, la conmoción de Moscú, la conmoción de Pekín, que tu padre, tu anciano padre, enfurecido contra la vida caída, te transmite de las tres ciudades tentaculares, que tanto hubieras tú amado en el recuerdo inmortal de Winétt, la gran amiga mía.

Adiós, Carlos de Rokha, hasta la hora en que no nos volvamos a encontrar jamás, en todos los siglos de los siglos, aunque sean vecinos de vestigios, los átomos desesperados que nos hicieron hombres.







Santiago de Chile, junio-julio de 1965












sábado, octubre 24, 2009

“En Egipto”, de Paul Celan





Tú debes decir al ojo de la extranjera: ¡Sé el agua!
Tú debes, a ésas que sabes en el agua, buscarlas en el ojo
            de la extranjera.
Tú debes llamarlas del agua: ¡Ruth! ¡Noemi! ¡Miriam!
Tú debes adornarlas, si tú yaces con la extranjera.
Tú debes adornarlas con los cabellos en nube de la extranjera.
Tú debes decir a Ruth a Miriam y Noemi:
Vean, ¡yo duermo con ella!
Tú debes a la extranjera junto a ti ornar del modo más bello.
Tú debes ornarla con el dolor por Ruth, por Miriam y Noemi.
Tú debes decir a la extranjera:
Ve, ¡yo dormí con éstas!







Traducción de Miguel Muñoz






Paul Celan, "In Aegypten", poema dedicado a Ingeborg Bachmann
(manuscrito autógrafo).
Österreichische Nationalbibliotek, Wien
(Reproducido de ANTEREM, Nº 78, Verona, 2009)








viernes, octubre 23, 2009

“Infinitos Corpúsculos”, de Rebeca Yanke

Tres poemas







MUSGO CATARATA

posé todas mis ficciones en un muro
y se agolparon todas mis personalidades
en un recoveco del hemisferio izquierdo
recordé que soy puente,
quiero decir fuerte,
esto es, fuente









AUREVOIRE

tengo un agujero de árbol
en el estante más bajo
de mi desagrado.
sirven para explicarlo
las dos acepciones de oquedad
y también esta manía persecutoria
de la última vocal hacia su otredad.
esto no es esto, es aquello, esto
no es agua, es hielo, esta mano
no me pertenece, no soy mi dueño,
la fiebre no me duele, sólo vibra
en el oído izquierdo el absoluto
derrumbamiento de lo que considero,
sencillamente, bueno









ET IN ESPARTA EGO

debería leer más crítica literaria,
menos salvajadas, más cuentos
inocentes, más hadas e historias
con colores, más italianos, Dino
Buzzati, por ejemplo, o incluso
Giorgio Bassani.
Recuerdo haber leído
Manhattan Transfer pero no el
argumento, había Cuatro Plumas
y una biblioteca de pequeños
volúmenes verde oliva.
No hay Dios, rezaba uno de ellos
y por eso decidí leerlo.
¿Qué es este sacrilegio en hogar
católico, apostólico y romano?
Se fue la fe y la ideología
para poder ser lo que
me imponía el cuerpo.
El devenir inconcluso como
único espectro, la asunción de
mi lugar en el mundo como yo
en los otros. (Si no puedes querer
a unos, quiere a otros).






Inédito, 2009











jueves, octubre 22, 2009

"La casa del aliento, * ", de Juan Luis Martínez

casi la pequeña casa del (autor)


a Isabel Holger Dabadie
a Luis Martínez Villablanca



(Interrogar a las ventanas
sobre la absoluta transparencia
de los vidrios que faltan).




a.  La casa que construiremos mañana
      ya está en el pasado y no existe.


b.  En esa casa que aún no conocemos
      sigue abierta la ventana que olvidamos cerrar.


c.  En esa misma casa, detrás de esa misma ventana
      se baten todavía las cortinas que ya descolgamos.











* "Quizás una casita en las afueras
donde el pasado tiene aún que acontecer
y el futuro hace tiempo que pasó".

                                (De T. S. Eliot, casi).











en La nueva novela, 1977












miércoles, octubre 21, 2009

"El amante bilingüe", de Juan Marsé





Cuaderno 1: El día que Norma me abandonó



U
na tarde lluviosa del mes de noviembre de 1975, al regresar a casa de forma imprevista, encontré a mi mujer en la cama con otro hombre. Recuerdo que al abrir la puerta del dormitorio, lo primero que vi fue a mí mismo abriendo la puerta del dormitorio; todavía hoy, diez años después de lo ocurrido, cuando ya no soy más que una sombra del que fui, cada vez que entro desprevenido en ese dormitorio, el espejo del armario me devuelve puntualmente aquella trémula imagen de la desolación, aquel viejo fantasma que labró mi ruina: un hombre empapado por la lluvia en el umbral de su inmediata destrucción, anonadado por los celos y por la certeza de haberlo perdido todo, incluso la propia estima.

Para guardar memoria de esa desdicha, para hurgar en una herida que aún no se ha cerrado, voy a transcribir en este cuaderno lo ocurrido aquella tarde. Un dormitorio pequeño, íntimo. Cama baja con las sábanas revueltas. Ya he hablado de mí mismo reflejado en el espejo, al entrar. Norma se ha refugiado en el cuarto de baño, cerrando la puerta por dentro. Lo segundo que veo es la caja de betún sobre la moqueta gris y el tipo casi desnudo sentado al borde de la cama y frotando diestramente con el cepillo un par de mis mejores zapatos. Lo único que lleva puesto es un sobado chaleco negro de limpiabotas. Tiene las piernas peludas y poderosas. Surcos profundos le marcan la cara.

—¿Qué diablos hace usted con mis zapatos? —pregunto estúpidamente.

El hombre no sabe qué hacer ni qué decir. Masculla con acento charnego:

—Pues ya lo ve uzté...

En realidad, yo tampoco sé cómo afrontar la situación.

—Es indignante, oiga. Es la hostia.
—Sí, sí que lo es...
—Es absurdo, es idiota.

Parado al pie de la cama, mientras se forma un charquito de agua alrededor de mis pies, observo al desconocido que sigue frotando mis zapatos y le digo:

—Y ahora qué.
—M'aburría y me he disho: vamos a entretenernos un ratillo lustrando zapatos...
—Ya lo veo.
—E que zoi limpia, ¿zabusté? Pa zervile.
—Ya.
—Bueno, me voy.
—No, no se vaya. Por mí puede quedarse.
—No se haga uzté mala zangre —me aconseja en tono de condolencia—. Porque uzté es el marío de la zeñora Norma, supongo...

Sigue lustrando el zapato por hacer algo, con gestos mecánicos. Pero emplea en su absurdo cometido una atención desmedida.

—Estoy calmado —me digo a mí mismo—. Estoy bien.
—M'alegro.
—¿No puede dejar de frotar este zapato?
—Lo mío es sacarle lustre al calzado, ¿zabusté? Pero será mejor que me vaya, con su permizo.

De pronto me aterra quedarme a solas con Norma. Sé que la voy a perder.

—Espere un poco —le digo—. Está lloviendo mucho...

Ya se está poniendo los calzoncillos, algo aturullado. Veo fugazmente su sexo oscilando entre las piernas. Es oscuro, notable. Apresuradamente se pone los pantalones y luego busca los calcetines en el suelo. En su cara un poco bestial no se ha borrado el susto, parece abrumado con su papel de amante ocasional de la señora de la casa pillado in fraganti por el marido. No me sorprende que sea un vulgar limpiabotas, probablemente analfabeto, reclutado en algún bar de las Ramblas y con pinta de cabrero. Cuando empecé a sospechar que Norma me engañaba, pensé en Eudald Ribas o en cualquier otro señorito guaperas de su selecto círculo de amistades, pero no tardé en descubrir que su debilidad eran los murcianos de piel oscura y sólida dentadura. Charnegos de todas clases. Taxistas, camareros, cantaores y tocaores de uñas largas y ojos felinos. Murcianos que huelen a sobaco, a sudor, a calcetín sucio y a vinazo. Guapos, eso sí. Aunque éste no parece tan joven ni tan irresistible. Un tipo de unos cuarenta años, moreno, de nariz ganchuda, pelo rizado y largas patillas. Un charnego rematado que no se atreve a mirarme a los ojos.

Y yo sigo sin saber qué hacer.

—Hosti, tú —susurro pensativo en catalán, mirando al suelo—. I ara qué?
—No se haga uzté mala zangre —insiste el hombre—. Mecachis en la mar...

Siento que voy a estallar. Abro el armario ropero y saco mis otros zapatos, más de media docena de pares, y también los de Norma, y los voy arrojando todos sobre la cama con una furia compulsiva.

—Tenga, aquí tiene más zapatos. ¿No es usted limpiabotas? ¡¿No es eso lo que ha dicho, que es usted limpiabotas?! ¡Pues frótelos bien! —grito para que Norma me oiga—. ¡Dele al cepillo!
—Zí, zeñó.

Se apresura a ordenar los zapatos sobre la cama, emparejándolos, y coge uno y empieza a frotarlo con el cepillo.

—Eso es. Frote, frote...

Miro la puerta del cuarto de baño esperando ver salir a Norma. Pero ella no sale. Veo sobre la mesilla de noche sus gafas de gruesos cristales. Se está vistiendo al palpo, me digo, sin verse en el espejo. Yo sí la veo, la oigo, la huelo. Nuestro apartamento de Walden 7 es pequeño y de tabiques delgados, puedo oír a Norma vistiéndose en el cuarto de baño, ahora se está poniendo las medias, me llega el roce de la seda en sus piernas, oigo el chasquido de la liga en su piel.

Me noto sin fuerzas. Me quito la gabardina mojada y me siento al otro lado de la cama. La lluvia sigue golpeando los cristales de la ventana. Una tarde de perros.

—¿Es la primera vez? —pregunto, y el tono tranquilo de mi voz me sorprende—. Conteste. ¿Es la primera?
—Zí, zeñó.
—No me mienta.
—Lo juro por mis muertos.
—Pero conoce a la señora hace tiempo.
—Qué va, no hará ni dos meses que le lustré los zapatos por primera vez, de cazualidá... Bueno, me voy.
—Calma.

El limpiabotas hunde la cabeza sobre el pecho y suspira como si le doliera el alma:

—¡Ay, Jezú Dios mío!
—¿Dónde trabaja usted?
—En las Ramblas.
—¿Cómo se conocieron?
—En el bar del hotel Manila. Paso las tardes allí. No sea uzté mu severo con la zeñora, y deje que me vaya...
—Usted quieto. El que se va soy yo.

Pero ni uno ni otro. Será Norma la que se largue, y además para siempre. Sale del cuarto de baño vestida con una ceñida falda gris y un jersey azul de cuello alto, tranquila y distante, atusándose el pelo con los dedos, y, sin dirigir una sola mirada a ninguno de los dos, coge de la mesilla de noche sus gafas de gruesos cristales y se las pone, luego saca del armario su cazadora de piel y un pequeño paraguas, abre la puerta del dormitorio y se va, cerrando de golpe.

Todavía hoy resuena esa puerta en mis oídos. Todavía hoy no he reaccionado. Veo mi colección de zapatos colocados en batería sobre la cama. A Norma le encantaba comprarme zapatos, los mejores zapatos. Están relucientes, impecables, mirándome desde su risueña y banal simetría. Empuñando uno de ellos, el limpiabotas lo frota suavemente con el cepillo.

—Tiene uzté unos zapatos mu elegantes...
—Se preguntará usted —digo sin hacerle caso, sin apartar los ojos de la puerta por donde se ha ido Norma—cómo una mujer de su clase pudo casarse con un don nadie como yo...
—No, zeñó, yo no me pregunto na.
—También yo me lo pregunto a veces.
—Miruzté, cada cual se sabe lo suyo... Ya va siendo hora de que me vaya.
—Calma. Quisiera contarle algo. Acerca mí y de esta señora que acaba de irse. Norma Valentí. Nos conocimos hace cuatro años. Yo tenía treinta y siete y ella veintitrés. Fue un milagro lo que nos juntó...

Yo me crié en lo alto de la calle Verdi, le expliqué, con los golfos sin escuela que merodeaban por el parque Güell y el Guinardó, en los duros años de la posguerra. Norma era hija única del difunto Víctor Valentí, fabricante de cinturones de cuero y artículos de piel que en los años cuarenta hizo una fortuna al obtener contratos en exclusiva del ejército. La chica se crió entre algodones en una fantástica torre del Guinardó rodeada por un inmenso parque. Vivía con sus padres y dos tías solteronas. Cuando tenía quince años, sus padres murieron en Montserrat en un desgraciado accidente de automóvil. Habían parado el coche en una cuesta para admirar el paisaje. No se apearon. Estaban contemplando el Cavall Bernat y el coche se desfrenó y retrocedió lentamente, sin que ellos se dieran cuenta, y se precipitó montaña santa abajo...

—El negocio quedó en manos de tío Luis, el hermano de don Víctor, y con el tiempo Norma acabaría heredando unas rentas superiores al mejor sueldo que yo hubiera podido soñar jamás en toda mi vida, y mire usted que he soñado...
—Zoñar e güeno, pero no conviene perdé el sentío de la realidá —me advierte muy sabiamente el limpiabotas.
—¿Quiere usted saber por qué dichoso azar o extraña casualidad llegaron a conocerse y enamorarse una muchacha rica y un pelanas como yo, hijo de una ex cantante lírica alcohólica y del Mago Fu-Ching, un pobre artista de varietés? Se lo contaré...

Nos conocimos en la sede de los Amigos de la Unesco, le conté, en la calle Fontanella, durante una huelga de hambre contra el régimen organizada por un grupo de abogados e intelectuales de izquierda. Yo caí en medio de todos ellos como llovido del cielo... Fue en diciembre de mil novecientos setenta. Por esa época yo era un buen aficionado a la fotografía y solía acudir a exposiciones y muestras. Una tarde, saliendo del cine, entré en el local de los Amigos de la Unesco para ver las fotos de una exposición. Era casi la hora de cerrar y había en la sala unas veinte personas charlando animadamente, sin dedicar la menor atención a las fotografías. No tardaría en averiguar que estaban allí para otra cosa. Al no irse nadie, no advertí que ya habían cerrado el local, dejándonos a todos dentro: se iba a iniciar una huelga de hambre en protesta por los procesos de Burgos, en los que se dictaron nueve penas de muerte, y todos los que estaban allí lo sabían menos yo. Además de abogados, había en el grupo estudiantes, médicos y algún escritor y periodista, comandados por una impetuosa abogada de ojos verdes. No recelaron de mi presencia; como algunos no se conocían entre sí, pensaron que yo también era uno de ellos y nadie me preguntó nada. Todos tenían la consigna de juntarse allí a la misma hora y dejar que cerraran el local, negándose a salir. Me di cuenta de la situación al oír comentarios, y sobre todo al hablar con una joven universitaria que me preguntó de parte de quién venía. Era Norma. Le di el nombre de un colectivo teatral catalán que en esa época se distinguía por su antifranquismo. Norma me fascinó y por ella decidí sumarme a la huelga. Fueron cuatro días inolvidables. No comíamos nada, sólo bebíamos agua con un poco de azúcar, y fumábamos mucho. Recuerdo que Norma encendía los cigarrillos con cerillas del Bocaccio, el mítico local de la calle Muntaner que fue nido de progresistas... Nos proporcionaron mantas y dormíamos en el suelo, vestidos. Norma y yo nos hicimos inseparables durante todo el encierro. Recibimos adhesiones de comités obreros clandestinos y nos visitó la televisión sueca. Desde la primera noche, Norma durmió a mi lado. En la madrugada del cuarto y último día, cuando la policía forzó la puerta para desalojarnos, yo tenía la mano entre los muslos de Norma, debajo de la manta. No olvidaré nunca la seda caliente aprisionando mi mano, ni la mezcla de placer y de miedo en los ojos de Norma mientras la puerta cedía y la policía franquista irrumpía en la sala... Nos llevaron a todos a Jefatura, Norma y yo cogidos de la mano.

—Una hiztoria mu bonita, zí, zeñó...
—Estudiaba filología catalana en la universidad y era una chica romántica y progre —sigo machacando al apabullado limpia—. No me pregunte cómo se enamoró de mí, cómo ocurrió el milagro. Usted pensará, como hicieron en su momento las tías de Norma y sus amistades, que me casé con ella por dinero. Pero yo mismo lo dudo, a juzgar por cómo me comporté después... La historia de Juan Marés es triste, amigo. Es la historia de un hombre que a los treinta y siete años dio un braguetazo y que luego no supo comportarse. He sido un braguetero sin convicción...
—En el fondo, uzté e güeno.
—Vivimos unos meses con las dos viejas tías solteronas en Villa Valentí, la fabulosa torre del Guinardó. No he olvidado sus cúpulas doradas al atardecer ni su plácido estanque de aguas verdes. Y después, siguiendo la moda de muchas parejas progres, Norma adquirió un apartamento en Walden 7, el controvertido edificio del arquitecto Bofill en Sant Just, este en el que ahora nos encontramos usted y yo sentados en una cama llena de zapatos...
—Termine ya, haga er favó.

El hombre deja los zapatos, se levanta, guarda el cepillo y las cremas en la caja y se queda mirándome, la caja de betún en la mano, esperando que termine de hablar.

—Yo estaba sin empleo —proseguí, inmisericorde—. Puesto que no tenía que ganarme la vida, al faltarme el incentivo, acabé abandonando mis tentativas de trabajo. Antes de conocer a Norma estuve empleado en una antigua tienda de guantes y sombreros del barrio gótico, y esporádicamente actuaba en agrupaciones teatrales de aficionados en Gràcia. Por aquel entonces mi madre ya había muerto, no me quedaba ningún otro familiar (mi padre, el ilusionista, se fue de casa cuando yo tenía doce años) y vivía con una actriz poco conocida en un pisito oscuro que ella tenía en la calle Tres Señoras. Con Norma, en este apartamento, todo fue distinto. Norma y yo formamos un matrimonio romántico, carnal y desastroso: una unión que no podía durar porque ninguno de los dos sabíamos qué diablos era lo que debíamos hacer durar, además de los revolcones en la cama...

—No llore uzté, por el amor de Dios.
—Norma no tardó en confundir la independencia económica con la emocional e inauguró un ciclo de depresiones que hace cosa de un año la llevó a vivir un par de sórdidas aventuras, la primera con un camarero y la segunda con un taxista.
—Un tropezón lo da cualquiera en la vida, ¿zabusté?
—Y ahora con un limpiabotas que ha recogido por ahí, en un bar... ¡Cielo santo, cielo santo!
—No se fíe uzté de las apariencias. Su mujé le quiere a uzté.
—Y termino. Durante estos cuatro años de casado, me he acostado temprano y he vuelto a soñar. Desde muy niño soñaba con irme lejos, lejos del barrio y de mi casa, del ruido de la Singer que pedaleaba mi madre y de sus rancias canciones zarzueleras, de sus borracheras y de sus astrosos amigos de la farándula. Lo conseguí con Norma. Y ahora sé que todo lo he perdido.
—Me tengo que ir, oiga. Ya no llueve...
—Quédese un poco más.
—No estaría bien, no, zeñó. Aquí le dejo tos sus zapatos limpios.

Observo fascinado los zapatos lustrados y alineados sobre la cama. Parecen sonreír. Se me ocurre que debería pagarle algo por su trabajo. Él ya está en la puerta.

—Creo que debería pagarle algo por su trabajo...
—No zea uzté capullo, hombre.
—Qué otra cosa puedo hacer, además de pegarme un tiro.
—No diga barbaridades. ¡Hala, quede uzté con Dios! Lo mejó que pué hacer es ir a buscar a su mujé.

Pero yo no me movería de allí durante horas y Norma no volvería nunca al apartamento de Walden 7. Se fue a Villa Valentí a vivir con sus tías y al día siguiente mandó a una criada a recoger su ropa y sus cosas. Conseguí hablar con ella por teléfono un par de veces, pero no pude convencerla para que volviera a casa. Me dijo que podía quedarme en Walden 7 el tiempo que quisiera —el piso aún hoy está a su nombre—, que no pensaba echarme a la calle. Después de eso, no quiso volver a saber nada de mí.

Se va el paciente y amable limpiabotas y oigo la puerta del piso cerrándose por segunda vez, ahora con sigilo. Al mismo tiempo, otra puerta se abre ante mí: la que ha de dar paso a la miseria y al fracaso de mi vida, a mi caída vertiginosa en la soledad y la desesperación.







1990












martes, octubre 20, 2009

Entrevista a George Harrison, de Anthony Decurtis






Llegué a Henley-on-Thames, el lugar en el que Harrison vivía, en tren, una tarde de sábado del mes de junio. Su esposa Olivia me había dicho que alguien me recogería en la estación, así que me quedé en la plataforma esperándolo. Cuando vi que no quedaba más nadie, oí una voz detrás de mí que decía: “Pareces ser la única persona en este lugar que viene de Nueva York.” Me di vuelta y allí, sonriendo, estaba George Harrison.

Un rato después, estaba sentado en el asiento del acompañante de su Ferrari 275 GTB negro, mientras él me llevaba a su propiedad, llamada Friar Park. Mientras manejaba, me miraba. “Así que ayer hablaste con Paul. ¿Qué está haciendo?” Esto es en lo que se convirtieron The Beatles, pensé: George Harrison tiene que preguntarme a mí qué está haciendo Paul McCartney.

Cuando pasamos por la entrada de Friar Park, la espectacular mansión de Harrison comenzó a divisarse entre los árboles. Parecía algo salido de un cuento de hadas. Mientras yo miraba boquiabierto, Harrison estacionó en una de las casas de invitados, en donde realizamos la entrevista. Nos sentamos en la mesa de madera del comedor, fumamos y hablamos durante dos horas, hasta que el cielo del final de la tarde se cubrió de nubes.


¿Hubo un momento específico en el que tuviste claro que la gente veía a The Beatles como algo que le daba sentido a su vida?
Cuando comenzamos a tener éxito en Inglaterra, la prensa se fijaba en cómo nos vestíamos, lo cual, supongo, estaba cambiando la imagen de la juventud. Fue algo que definió a la época. Para mí, 1966 fue el momento en que el mundo entero se abrió y tuvo mayor sentido. Pero eso fue un resultado directo del LSD.

¿Cómo te afectó consumir LSD?
Fue como abrir una puerta, realmente, y antes, uno ni siquiera sabía que esa puerta existía. Me abrió una conciencia nueva, distinta, incluso aunque estuviera, como dijo Aldous Huxley, en las maravillosos pliegues de los pantalones de gamuza gris. Desde ese mínimo concepto, hasta el hecho de que cada brizna de pasto y cada grano de arena son algo vibrante y latente.

¿Te hizo sentir que tu vida podía ser muy diferente de cómo era?
Sí, pero eso también presentaba un problema, porque empecé a cuestionarme si era tan bueno ser famoso y ser solicitado, pero, sabés, eso es algo ridículo, realmente. Desde entonces, nunca disfruté la fama. Cuando desapareció la novedad -cerca de 1966-, se convirtió en un trabajo pesado.

Parece como si esa época hubiera estado increíblemente comprimida. ¿Tenías esa sensación de compresión?
Ese año -podría nombrar cualquier año entre 1965 y los 70- fue como “no puedo creer que hayamos hecho tanto”. Pero esos años parecieron durar como cientos. El tiempo se estiró. A veces siento como si tuviera 100 años.

¿Fue en ese momento que tu identidad como uno de The Beatles comenzó a hacérsete opresiva?
Sí, absolutamente. De vuelta, con la comprensión que tenía después del ácido lisérgico. Esa cosa tenía un poder increíble. Y era difícil ser capaz de manejar el hecho de que toda esa gente pensaba que uno era algo maravilloso. Era difícil lidiar con el ego. Yo sentía una especie de nada.

¿La decisión de parar de hacer giras en 1966 fue parte de repensar sus vidas como The Beatles?
Bueno, de hecho yo quería parar de hacer giras desde 1965, porque me estaba poniendo muy nervioso. Ellos seguían planeando esas presentaciones en San Francisco para ser grabadas y yo decía: “Yo no quiero hacer eso de ninguna manera”. Estaba esa película The Manchurian Candidate [El embajador del miedo, acerca de un héroe de guerra que regresa a casa programado para realizar un asesinato político]. Yo pienso que a la luz de la historia uno puede ver que cuando la gente se hace muy importante, es muy posible que algo así suceda. Aunque esa época fue muy anterior a todo este terrorismo. Solíamos ir y venir de Beirut y lugares así todo el tiempo. Ahora no podrías ni soñar con ir de gira a los lugares a los que nosotros fuimos. Especialmente, con sólo dos managers de gira: un tipo que se ocupaba de los equipos, que constaba de tres amplificadores, tres guitarras y una batería, y un tipo que se ocupaba de nosotros y de nuestros trajes.

¿Tu interés por la meditación trascendental y otras disciplinas espirituales te ayudó?
¿Con todo el pánico y la presión? ¡Sí! Absolutamente, creo. Aunque hasta que probé LSD nunca me había dado cuenta de que había algo más allá de este estado de conciencia. Pero la presión era tanta que, como dicen, “debe haber alguna manera para salir de esto”. Para mí, definitivamente fue el LSD. La primera vez que tomé, estalló todo. Tuve una sensación de bienestar tan sobrecogedora, que sentí que había un Dios, y que yo podía verlo en cada brizna de pasto. Fue como ganar cientos de años de experiencia en 12 horas. Me hizo cambiar, y no había modo de volver a lo que era antes.











1987




lunes, octubre 19, 2009

“Yoko”, de Víctor Quezada

Tres poemas






[tras ti el cielo avanza] Me gustaría escribir: un rayo tibio penetra la ventana, y es aquí cuando despierto, perpetro una presencia. Lo cierto es que un rayo definido penetra la ventana y aquel rayo no es el comienzo, el primer esfuerzo por verme, sobrepasado de luz, en otro cuerpo. La historia hubiese querido ser así, suceder en lo otro. De haber nacido yo diferentes tiempos, estas líneas serían fácilmente la declaración de los derechos del hombre, el discurso inaugural del Louvre, tal vez el primer manifiesto surrealista. Sin embargo hay otra falsedad, otro malentendido (nota: modificar todo presente por un pasado perfecto. Nada tiene que ver el orden narrativo con el orden de la experiencia): esta historia no debería tratar de mí. Así debo anularme, desaparecer hasta perderme, sobrevivirme en cada cosa, en la disposición que la costumbre le facilita a la memoria, que la memoria a la ficción facilita, e imaginar los vacíos. Pues el rayo, el rayo condujo a la pared, sobre la pared estaba el dibujo de Yoko, su retrato que tracé para no olvidarla: si la dibujo -pensé- tendría que convertirla en imagen, llenar sus vacíos, los vacíos de las cosas, de la costumbre. A fin de cuentas, los vacíos de la visión. Y ese dibujo me llevó al cuerpo vivo y verde de mi planta, su rebosante sanidad en nada parecida al amor que le profeso. Y la luz alcanzaba a penetrar sus hojas: el haz claro, cuando más claro el envés, siempre. Me hubiese gustado escribir esto pero es inaceptable.







[yoko] Y quisiera fueras también la eterna presencia de la amada ausente. Hasta amar lo que he creado y dejarás de ser. La Eterna; quien fue Lady Rowena, Rebecca en Ivanhoe, Leonora en Poe. Quien serás: la amada de hombros rudos de amplio cuello que me parezca.







[afuera] Las fuentes de soda, las comidas al paso los pequeños mercados de las carreteras. Viajeros se reúnen alrededor de una mesa: lomitos, completos, churrascos, aglomeraciones de pan palpitante la cocaína, otra infinitud de estrellas en medio del desierto. Esto veo ahora que limpio de vaho la ventana fría. Camioneros de enormes vientres redondos, bolivianos pusilánimes, curepas, cholos maleantes, hijos o padres de padres o hijos acabados por el alcohol, el dinero embrutecidos. Yo no quería esto. Yo quería un poema que comenzara con cierto pasaje del Quijote, que terminara con ciertos versos de Vallejo, contuviera algunas líneas, robadas de Sterne -como todo lo anterior está robado de Sterne, Macedonio, Cervantes principalmente. Pero los hombres descienden de galantes naves, entre dados misteriosos y vasos de cerveza (nada lírica o nerviosa). Se objetará que mi relación con las cosas no va más allá de un ajuste ideológicamente sublimado, que se hace patente la imposibilidad del regreso. Coincido.






Inédito, 2009














domingo, octubre 18, 2009

"Pastoreo", de João Rui de Sousa

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Es en las escarpadas colinas –y tal vez en un claro de luna–
que acompaño el ganado (la figura
de las palabras) del que a veces soy dueño
y soy pastor.

Bien junto a él, y vislumbrado en la distancia
ruinas y caminos, huertos y matorrales
(y hasta un cuerpo en llamas de guitarra),
reencuentro el hilo de frases y poemas
–sus corrales.








Pastoreio

É em íngremes serranias –e talvez ao luar–/ que acompanho o gado (o vulto/ das palavras) de que às vezes sou dono/ e sou pastor.// Bem junto a ele, e vislumbrando ao longe/ ruínas e caminhos, hortejos e silvedos/ (e mesmo um corpo em chamas de guitarra),/ reencontro o fio das frases e os poemas/ –seus currais. //








sábado, octubre 17, 2009

"Carreras de galgos", de Richard Ford







Mi mujer se acababa de largar hacia el oeste con un mozo del canódromo local, y yo estaba por casa a la espera de que las cosas se aclarasen, con intención de coger el tren de Florida para tratar de cambiar mi suerte. Incluso tenía ya el billete en la cartera.

Era la víspera del día de Acción de Gracias, y a lo largo de toda la semana había habido vehículos de cazadores aparcados ante la verja: furgonetas y un par de viejos Chevys —la mayoría con matrículas de otros estados— vacíos durante todo el santo día. De cuando en cuando, de pie junto a su coche, dos hombres tomaban café y charlaban. No les había prestado la más mínima atención. Gainsborough, mi casero —estaba pensando seriamente en irme sin pagarle el alquiler—, me había dicho que no me enemistase con ellos, que les dejase cazar a menos que disparasen cerca de la casa; en tal caso debía llamar a la policía del estado y dejar que fuera ella quien tomara las medidas oportunas. Nadie había disparado en las cercanías de la casa, aunque había oído disparos allá atrás en el bosque, y visto cómo uno de los Chevys salía de él todo gas con un ciervo en la baca, pero pensé que no había motivo para preocuparse.

Quería marcharme antes de que llegaran las nieves, y antes de que empezaran a llegar las facturas de la electricidad. Mi mujer había vendido el coche antes de fugarse, así que no iba a resultarme fácil arreglar mis asuntos. Aunque la verdad es que tampoco había podido dedicarles mucho tiempo.

Minutos después de las diez de la mañana llamaron a la puerta. Fuera, de pie en el césped helado, había dos mujeres gordas con un ciervo muerto.

—¿Dónde está Gainsborough? —preguntó una de las gordas.

Llevaban ropa de cazador. Una vestía zamarra de leñador a cuadros rojos, y la otra guerrera y pantalones verdes de camuflaje. Las dos llevaban un pequeño cojín naranja de esos que se cuelgan de la presilla trasera del cinturón y se calientan cuando te sientas encima. Las dos llevaban escopeta.

—No está aquí —dije—. Ha vuelto a Inglaterra. Algún problema con el gobierno. No estoy muy al corriente.

Ambas mujeres me miraban fijamente, como si trataran de enfocar mejor mi persona. Llevaban la cara pintada de un potingue de camuflaje verde y negro, y parecía que tenían algo en mente. Yo aún estaba en albornoz.

—Queríamos invitarle a Gainsborough a una chuleta de ciervo —dijo la de la zamarra roja de leñador, que era la que había hablado antes. Se volvió y miró hacia el ciervo muerto, que tenía la lengua fuera, a un costado de la boca, y ojos como de ciervo disecado—. Nos deja cazar, y queríamos agradecérselo de este modo —dijo.
—Podían dejármela aquí, la chuleta de ciervo —dije—. Se la guardaría hasta que vuelva.
—Sí, supongo que sí —dijo la que hablaba siempre. Pero la otra, la que llevaba el traje de camuflaje, le dirigió una mirada que decía que si me la daban no llegaría jamás a manos de Gainsborough.
—¿Por qué no pasan? —dije—. Haré un poco de café y podrán entrar en calor.
—La verdad es que tenemos bastante frío —dijo la de la zamarra a cuadros frotándose las manos—. Si a Phyllis no le importa...

Phyllis dijo que no tenía ningún inconveniente, aunque parecía dejar bien claro que aceptar una taza de café no suponía en absoluto desprenderse de la chuleta de ciervo.

—Phyllis es en realidad la que lo ha mata —dijo la gorda agradable; estaban sentadas en el sofá cama con sendos tazones apretados entre las manos rollizas. Luego explicó que se llamaba Bonnie y que eran del otro lado de la frontera del estado.

Eran mujeres grandes, cuarentonas y de cara obesa, y su ropa daba un aspecto enorme a todos y cada uno de sus volúmenes corporales. Las dos eran alegres; incluso Phyllis, en cuanto se olvidó de las chuletas de ciervo y volvió a tener algo de color en las mejillas. Parecían llenar la casa y crear en ella cierta atmósfera festiva.

—Corrió unos sesenta metros después de que ésta le pegara el tiro, y cayó a tierra al saltar la cerca —dijo Bonnie, en tono de entendida en la materia—. Fue un tiro en el corazón, y a veces ésos tardan en tumbar al bicho.
—Corría como un perro escaldado —dijo Phyllis—, y cayó como un saco de mierda.

Phyllis tenía el pelo rubio y corto, y una boca dura que parecía diseñada para decir ordinarieces.

—También vimos una gama herida —dijo Bonnie, y pareció irritarse al recordarlo—. Esas cosas la ponen a una hecha una furia.
—Puede que el cazador le estuviese siguiendo el rastro —dije—. Puede que fuera un error. Nunca se sabe con estas cosas.
—Eso sí que es verdad —dijo Bonnie, y miró a Phyllis, esperanzada, pero Phyllis no levantó la mirada. Traté de imaginarlas arrastrando el ciervo muerto fuera del bosque, y no me resultó difícil.

Fui a la cocina a sacar un pastel que había puesto en el horno, y cuando volví las encontré cuchicheando. Pero parecía un cuchicheo afable, y les ofrecí el pastel sin mencionarlo. Me alegraba tenerlas allí conmigo. Mi mujer es delgada y menuda, y se compraba toda la ropa en la sección infantil de los grandes almacenes, y dice que es la mejor ropa que se puede comprar porque es la más resistente. Pero nunca se hizo notar gran cosa en la casa; lo que había de ella no bastaba para llenar todo el espacio. No es que la casa fuera enorme; de hecho era muy pequeña —una casa prefabricada que Gainsborough había traído hasta allí en un tráiler—. Pero aquellas mujeres parecían llenarlo todo, y hacer como si hubiera ya llegado el día de Acción de Gracias. Ser así de grande nunca me había dado la impresión que tuviera su lado bueno, pero ahora mi opinión era diferente.

—¿Va alguna vez al canódromo? —preguntó Phyllis, con un trozo de pastel en la boca y otro flotando en el tazón.
—Sí —dije—. ¿Cómo lo sabe?
—Phyllis dice que cree haberle visto allí unas cuantas veces —dijo Bonnie, y sonrió.
—Yo sólo apuesto a la quiniela —dijo Phyllis—. Pero Bon apuesta a cualquier cosa, ¿no, Bon? Triples, dobles diarias, cualquier cosa. Le da igual.
—Por supuesto. —Bon volvió a sonreír, y se quitó el cojín termógeno naranja de debajo de las nalgas para ponerlo encima del brazo del sofá cama—. Phyllis dice que cree haberle visto allí una vez con una mujer. Una mujer pequeña, muy menuda y muy guapa.
—Puede ser —dije.
—¿Quién era? —dijo Phyllis con brusquedad.
—Mi mujer —dije.
—¿Está aquí? —preguntó Bon, mirando con gracia en torno como si alguien se hubiera escondido detrás de una silla.
—No —dije—. Está de viaje. Se ha ido al oeste.
—¿Qué pasó? —dijo Phyllis en tono hostil—. ¿Ha perdido toda la pasta en las carreras de galgos y ella se le ha largado?
—No.

Phyllis me gustaba infinitamente menos que Bon, pero en cierto modo parecía más de fiar llegado el caso (aunque no creía que tal caso pudiera llegar nunca). No me agradaba, sin embargo, que Phyllis fuera tan sagaz, pese a no acertar de pleno en el asunto del dinero. Mi mujer y yo dejamos la ciudad y nos vinimos a vivir a esta comarca. Tenía en mente el negocio de vender publicidad de las carreras le galgos en restaurantes y gasolineras, y distribuir cupones de descuento para pasar la velada en el canódromo que harían ganar a todo el mundo algún dinero. Había empleado mucho tiempo en el asunto, e invertido todo mi capital. Y ahora tenía un sótano lleno de cajas de cupones que nadie quería, que no estaban pagados. Mi mujer llegó un día riendo y me dijo que mis ideas no servían ni para enfriar el hielo, y al día siguiente se largó en nuestro coche y no volvió. Días después llamó un tipo para preguntarme si tenía las fichas de mantenimiento del coche; no las tenía, claro, pero es así como supe que lo habían vendido y con quién se había fugado mi mujer.

Phyllis se sacó un botellín de plástico de algún bolsillo interior de la guerrera, le desenroscó el tapón y me lo tendió por encima de la mesa. Era temprano, pero —pensé— qué diablos. Era la víspera del día de Acción de Gracias. Estaba solo y a punto de dejarle a deber a Gainsborough el alquiler. Poco podía importar que echara un trago.

—Esto está hecho una leonera —dijo Phyllis. Le devolví el botellín y lo examinó para comprobar la magnitud del trago—. Parece la guarida de una fiera muerta de hambre.
—Necesita la mano de una mujer —dijo Bon, y me guiñó un ojo. En realidad no era fea, aunque sí un tanto adiposa. La pasta de camuflaje de la cara le daba un aire de payaso, pero no me impedía ver que tenía una cara agraciada.
—Estoy a punto de dejar la casa —dije, y alargué la mano para coger el botellín, pero Phyllis volvió a metérselo en la guerrera—. Ahora me he puesto a reorganizar las cosas ahí atrás.
—¿Tiene coche?
—Le están poniendo anticongelante —dije—. Lo tengo ahí en BP. Es un Camaro azul. Seguro que lo han visto al pasar. ¿Están casadas, chicas? —dije, aliviado al desviar la conversación hacia otros temas.

Bon y Phyllis intercambiaron una mirada de fastidio, y ello me desalentó. Me causaba desaliento cualquier asomo de disgusto que ensombreciera las bonitas facciones redondas de Bon.

—Estamos casadas con dos vendedores de goma elástica de Petersburg. Eso está justo al otro lado de la frontera del estado —dijo Phyllis—. Un auténtico par de micos, ya sabe lo que quiero decir.

Traté de imaginarme a los maridos de Bonnie y Phyllis: dos sujetos enjutos con chaquetas de nylon, dando apretones de manos en el oscuro aparcamiento de un centro comercial, frente a una bolera-bar. No lograba imaginarme nada más.

—¿Qué piensa de Gainsborough? —dijo Phyllis.

Bon ahora se limitaba a sonreírme.

—No lo conozco bien —dije—. Me contó que era descendiente directo del pintor inglés. Pero no le creo.
—Ni yo —dijo Bonnie, y volvió a guiñarme el ojo.
—Es de los que mean colonia —dijo Phyllis.
—Tiene dos hijos que vienen por aquí a fisgar de vez en cuando —dije—. Uno es bailarín y trabaja en la ciudad. El otro repara computadoras. Creo que lo que quieren es venirse a vivir a esta casa. Pero tengo un contrato de arrendamiento.
—¿Piensa marcharse sin pagarle? —dijo Phyllis.
—No —dije—. Jamás le haría eso. Se ha portado bien conmigo, aunque a veces invente cuentos.
—Mea colonia —dijo Phyllis.

Phyllis y Bonnie intercambiaron una mirada de inteligencia. A través del pequeño ventanal vi que estaba nevando; era apenas un velo fino, pero inconfundible.

—Tengo la sensación de que usted no le haría ascos a un buen revolcón —dijo Bon, y me dedicó una gran sonrisa que dejó al descubierto sus dientes. Tenía una dentadura pequeña, blanca, impecable. Phyllis dirigió a Bonnie una mirada inexpresiva, como si hubiera oído la frase otras veces—. ¿Qué opina? —dijo Bonnie, y adelantó un poco el torso sobre sus gruesas rodillas.

Al principio no supe qué pensar. Pero luego pensé que no sonaba nada mal, por mucho que Bonnie fuera un tanto voluminosa. Le dije que me parecía perfecto.

—Ni siquiera sé cómo se llama —dijo Bonnie. Se levantó y miró la triste salita en busca de la puerta que daba al fondo de la casa.
—Henderson —mentí—. Lloyd Henderson. Y llevo aquí seis meses.

Me levanté.

—No me gusta Lloyd —dijo Bonnie. Ahora podía verme de pie, en albornoz, y me miró de arriba abajo—. Creo que te llamaré Curly, porque tienes el pelo rizado [1]. Tan rizado como el de los negros —dijo, y lanzó una carcajada que le sacudió el corpachón bajo la zamarra.
—Puedes llamarme como quieras, dije. Me sentí estupendamente.
—Si vais a meteros en el cuarto, me pondré a limpiar un poco todo esto —dijo Phyllis. Y dejó caer una mano enorme sobre el brazo del sofá cama, como si esperara hacer saltar una nube de polvo—. No te importa que lo haga, ¿verdad, Lloyd?
—Curly —dijo Bonnie—. Llámale Curly.
—No, claro que no dije, y miré la nieve a través de la ventana. Ahora empezaba a caer sobre los campos, al pie de la colina. Era como una estampa navideña.
—Pues no os preocupéis si hago un poco de ruido —dijo Phyllis, y se puso a recoger los tazones y los platos de la mesa.

Bonnie, desnuda, no estaba tan mal. Tenía infinidad de pesadas capas carnosas, pero sabías que en su interior, detrás de todas ellas, era una mujer generosa y amante y tan buena como la mejor que un hombre pueda desear. Era gorda, sí, aunque probablemente no tan gorda como Phyllis.

Quité las ropas amontonadas encima de mi cama y las dejé en el suelo. Pero cuando Bon se sentó en la colcha su trasero fue a caer sobre un alfiler de corbata y varias monedas. Soltó un grito y se echó a reír, y ambos reímos. Me sentía estupendamente.

—Siempre que vamos de caza esperamos que nos suceda algo como esto —dijo Bonnie entre risitas—. Encontrar a alguien como tú.
—Y yo igual —dije.

La toqué, y la sensación no estaba nada mal; blandura por todas partes. Siempre había pensado que las mujeres gordas eran quizá mejores que las otras porque no tienen tantas ocasiones de hacerlo.

—¿Sabes muchos chistes de gordos? —me preguntó.
—Unos cuantos —dije—. Antes sabía un montón.

Oía a Phyllis en la cocina, abriendo el grifo y revolviendo los cacharros en la pila.

—El que más me gusta es el del camión —dijo Bonnie. No lo conocía.
—Ese no lo sé —dije.
—¿No sabes el del camión? —dijo ella, con asombro.
—No, lo siento —dije.
—Puede que te lo cuente algún día, Curly —dijo—. Te partirás de risa.

Pensé en los dos maridos con chaquetas de nylon, dando apretones de manos en el oscuro aparcamiento, y me dije que les traería sin cuidado si hacía el amor con Bonnie o con Phyllis; o que, si les importaba, se iban a enterar cuando yo estuviera ya en Florida y tuviera un coche. Así, Gainsborough podría contarles luego todo el asunto, explicando con ello por qué me había largado sin pagar el alquiler ni las facturas de la casa. Y ellos quizá hasta le dieran un par de guantazos antes de volverse a Petersburg.

—Eres un hombre guapo —dijo Bonnie—. Hay muchos hombres gordos, pero tú eres delgado. Tienes brazos de olímpico de la silla de ruedas.

Me gustó lo que me dijo. Me hizo sentir bien. Hizo que me sintiera audaz; como si hubiera matado un ciervo, como si tuviera montones de ideas que ofrecer al mundo.

—He roto un plato —dijo Phyllis cuando Bonnie y yo volvimos a la sala—. Seguramente oísteis el ruido. Pero he encontrado pegamento en un cajón y me ha quedado como nuevo. Glínsborotigh ni se dará cuenta.

Phyllis, en nuestra ausencia, lo había limpiado casi todo, y fregado hasta el último plato de la pila. Pero, se había vuelto a poner la guerrera de camuflaje y parecía lista para despedirse. Estábamos los tres de pie en medio de la sala, y me dio la sensación de que la colmábamos hasta las mismísimas paredes. Yo seguía en albornoz, y me apeteció pedirles que se quedaran a dormir. Pensé que con el tiempo podría llegar a hacer mejores migas con Phyllis, y que a lo mejor comíamos ciervo el día de Acción de Gracias. La nieve, fuera, lo cubría todo. Aún era pronto para las primeras nieves. Presentí el comienzo de un mal invierno.

—Eh, chicas, ¿por qué no os quedáis pasar la noche? —dije, y les sonreí esperanzado.
—No puede ser, Curly —dijo Phyllis.

Estaban en la puerta. A través de la triple cristalera vi el ciervo sobre la hierba. La nieve se fundía en la oquedad de sus entrañas. Bonnie y Phyllis se habían echado ya al hombro las escopetas. Bon parecía compungida de veras ante su inminente partida.

—Tendrías que verle los brazos —estaba diciéndole a su amiga. Luego me envió un último guiño. Llevaba su zamarra de leñador y su cojín naranja colgándole del cinturón—. A primera vista no parece fuerte. Pero lo es. ¡Santo cielo! Deberías verle los brazos —dijo.

Estaba en la puerta, despidiéndolas, y las miré. Tenían agarrado el ciervo por los cuernos, y lo arrastraban por el camino en dirección al coche.

—Cuídate, Lloyd —dijo Phyllis.

Bonnie miró hacia atrás y me sonrió.

—Lo haré, no te preocupes —dije—. Podéis contar conmigo.

Cerré la puerta. Luego fui hasta el pequeño ventanal y me quedé mirando cómo bajaban por el camino de entrada hacia la valla, tirando del ciervo a través de la nieve y dejando un surco a su espalda. Después las vi arreglárselas para pasar el ciervo por debajo de la valla de Gainsborough, y reír junto al coche, y levantar el ciervo hasta el maletero, y depositarlo en su interior y atar la puerta del maletero con cuerdas. La cabeza del ciervo sobresalía por la abertura para facilitar una eventual inspección. Bonnie y Phyllis se irguieron y miraron hacia la ventana y me dijeron adiós con la mano; las dos, con grandes movimientos de abanico de los brazos. Una en zamarra de leñador y la otra en traje de camuflaje. Les devolví el saludo desde el ventanal. Luego subieron al coche, un Pontiac rojo nuevo, y se alejaron.

Pasé en la sala casi todo el resto de la tarde, echando de menos la televisión, contemplando la caída de la nieve, alegrándome de que Phyllis lo hubiera arreglado todo y de no tener que hacerlo yo antes de dejar la casa. Y pensando en cuánto me habría gustado comerme una tajada de aquel ciervo. Y en Tina, rumbo a Phoenix con un tipo que de lo único que entendía en la vida era de galgos.

Al rato empezó a parecerme magnífica la idea de marcharme: llamar a un taxi, irme en él hasta la estación, subir al tren de Florida y olvidarme de todo lo demás. Pero cuando fui al comedor a coger mi cartera para echarle un vistazo al billete, lo único que encontré en ella fue algo de cambio y unos cuantos estuches de cerillas. Y comprendí que no era sino el comienzo de una nueva racha de mala suerte.



[1] Curly hair: pelo rizado. (N. del T.)







en Rock springs, 1987