lunes, agosto 31, 2009

"XLI. El puerto", de Charles Baudelaire

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



Un puerto es una encantadora morada para un alma cansada de las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, el colorido cambiante del mar, el centelleo de los faros, son un prisma adecuado maravillosamente para distraer los ojos sin cansarlos jamás. Las formas esbeltas de los navíos de aparejo complicado, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el alma el gusto del ritmo y la belleza. Y además, sobre todo, hay una suerte de placer misterioso y aristocrático para el que ya no tiene curiosidad ni ambición, en contemplar, tendido en la azotea o apoyado en el muelle, todos los movimientos de los que se van y de los que vuelven, de los que aún tienen fuerza para querer, el deseo de viajar o enriquecerse.







en Pequeños poemas en prosa o Spleen de París, 1862












Le port

Un port est un charmant séjour pour une âme fatiguée des luttes de la vie. L'ampleur du ciel, l'architecture mobile des nuages, les colorations changeantes de la mer, le scintillement des phares, sont un prisme merveilleusement propre à amuser les yeux sans jamais les lasser. Les formes élancées des navires, au gréement compliqué, auxquels la houle imprime des oscillations harmonieuses, servent à entretenir dans l'âme le goût du rythme et de la beauté. Et puis surtout, il y a une sorte de plaisir mystérieux et aristocratique pour celui qui n'a plus ni curiosité, ni ambition, à contempler, couché dans le belvédère ou accoudé sur le môle, tous ces mouvements de ceux qui partent et de ceux qui reviennent, de ceux qui ont encore la force de vouloir, le désir de voyager ou de s'enrichir.











domingo, agosto 30, 2009

“El diario de un loco”, de Lu Xun






Dos hermanos, cuyos nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el liceo, pero después de una larga separación, perdí sus huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba gravemente enfermo y, como iba en viaje hacia mi aldea natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Sólo encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era su hermano menor el que había estado mal.

- Le estoy muy agradecido de que haya venido a visitarlo -dijo-. Pero ya está sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra provincia, donde ocupa un puesto oficial.

Buscó dos cuadernos que contenían el diario de su hermano y me lo mostró riendo. Me dijo que a través de ellos era posible darse cuenta de los síntomas que había presentado su enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo comprendí que mi amigo había estado atacado de "delirio de persecución". El escrito, incoherente y confuso, contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en él fecha alguna y sólo por el color de la tinta y las diferencias de la letra se podía comprender que había sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando que podrían servir como elementos para trabajos de investigación médica. No he cambiado una palabra a este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque se trate de campesinos completamente ignorados del mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su autor le dio después de su curación.


2 de abril de 1918





I

Esta noche hay una luna muy hermosa.

Hacía más de treinta años que no la veía, de modo que me siento extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he pasado estos treinta últimos años en medio de la niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a mirar dos veces?

Tengo mis razones para temer.



II

Esta noche no hay luna. Yo sé que esto va mal.

Esta mañana, cuando me arriesgué a salir con precauciones, Chao Güi-weng me miró con un fulgor extraño en los ojos: se habría dicho que me temía o que tenía deseos de matarme. Había además siete u ocho personas que hablaban de mí en voz baja, con las cabezas muy juntas: tenían miedo de que las viera. La más feroz de todas mostró los dientes al reírse mientras me miraba, lo que me hizo estremecer de pies a cabeza, porque ahora sé que sus maquinaciones están a punto.

No obstante, continué mi camino sin miedo. Ante mí había un grupo de niños que discutían también sobre mi persona; sus miradas tenían el mismo fulgor que la de Chao Güi-weng y en sus rostros había la misma palidez de acero. Me pregunté qué clase de odio podían tener los niños contra mí para obrar también de esta manera. No pudiendo contenerme, grité: "¡Díganmelo!", pero ellos huyeron.

He reflexionado. ¿Qué razones tienen Chao Güi-weng y los hombres de la calle para detestarme? Hace veinte años di un pisotón por error en un viejo libro de cuentas del señor Gu Chiu [1], lo que le produjo gran contrariedad. Aunque Chao Güi-weng no conoce al señor Gu, ha debido oír hablar de este asunto y quiere sacar la cara por él; por ello se ha puesto de acuerdo contra mí con los hombres de la calle. Pero ¿por qué los niños? Cuando ocurrió este incidente ni siquiera habían nacido; entonces, ¿por qué me han mirado con ese aire extraño que revelaba miedo o deseos de matar? Todo esto me espanta, me intriga y me desconsuela.

¡Ahora comprendo! Han sabido el asunto por sus padres.



III

En la noche no consigo dormir. Para comprender las cosas, es preciso reflexionar en ellas.

Estos hombres han sido engrillados por el magistrado, abofeteados por el señor del lugar, han visto a sus mujeres apresadas por los alguaciles de la Corte de Justicia y a sus padres y madres suicidarse para escapar a los acreedores..., pero nunca mostraron rostros tan espantosos, tan feroces como los que les vi ayer.

Lo más extraño de todo fue esa mujer que le pegaba a su hijo en plena calle, gritándole: "¡Muchacho cochino! ¡Debería comerte unos cuantos pedazos para que se me pasara la rabia!" Al decir esto me miraba a mí. Me sobresalté, incapaz de dominar mi emoción, mientras la banda de rostros lívidos y colmillos aguzados estallaba en risas. El viejo Chen llegó de prisa y me condujo por la fuerza a la casa.

En casa, los miembros de la familia fingieron no reconocerme; sus miradas eran semejantes a las de la gente de la calle. Entré en el escritorio y ellos echaron el cerrojo, igual que cuando se encierra en el gallinero a una gallina o un pato. Este incidente es aun más inexplicable; verdaderamente no sé lo que pretenden.

Hace algunos días, uno de nuestros arrendatarios de la aldea de los Lobos, al venir a informar sobre la sequía que reina en el campo, contó a mi hermano mayor que los campesinos habían dado muerte a un conocido malhechor del lugar. Luego algunos hombres le arrancaron el corazón y el hígado, los frieron y se los comieron, para criar valor. Los interrumpí con una palabra y mi hermano y el labrador me lanzaron muchas miradas raras. Hoy comprendo que sus miradas eran absolutamente iguales a las de los hombres de la calle.

Sólo de pensar en ello me estremezco de la cabeza a los pies.

Si comen hombres, ¿por qué no habrían de comerme a mí?

Evidentemente esa mujer que "quería comerse unos cuantos pedazos", la risa del grupo de hombres lívidos con colmillos aguzados, y la historia del arrendatario, son índices secretos. Sus palabras están envenenadas, sus risas cortan como espadas y sus dientes son hileras de resplandeciente blancura; sí, son dientes de comedores de hombres.

Yo no creo ser un mal sujeto, pero desde que me metí con el libro de cuentas de la familia Gu, no estoy seguro de nada. Se diría que guardan algún secreto que yo no acierto a adivinar. Por otra parte, cuando están contra alguien, no tienen dificultad en declararlo malo. Recuerdo que cuando mi hermano me enseñaba a disertar, por más perfecto que fuera el hombre sobre el cual tenía yo que hablar, bastaba que expusiera algún argumento contra él para ganar un "bien"; y cuando era capaz de encontrar excusas para un hombre malo, mi hermano decía: "Además de originalidad, tienes un verdadero talento de litigante". Entonces, ¿cómo puedo saber lo que piensan, sobre todo en el momento en que se proponen devorar al hombre?

Para comprender las cosas es preciso reflexionar en ellas. Creo que en la antigüedad era frecuente que el hombre se comiera al hombre, pero no estoy muy seguro de esta cuestión. He cogido un manual de historia para estudiar este punto, pero el libro no contenía fecha alguna; en cambio, en todas las páginas, escritas en todos sentidos, estaban las palabras "Humanitarismo", "Justicia" y "Virtud". Como de todas maneras me era imposible dormir, me puse a leer atentamente y en medio de la noche noté que había algo escrito entre líneas: dos palabras llenaban todo el libro: ¡"devorar hombres"!

Los tipos del libro, las palabras de nuestros arrendatarios, todos, sonreían fríamente, mirándome de un modo extraño. ¡Yo también soy un hombre y quieren devorarme!



IV

Esta mañana pasé un buen rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de comedores de hombres. Después de probar algunos bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité con asco.

Dije:

- Mi viejo Chen, anda a decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera salir a pasear por el jardín.

El viejo Chen se alejó sin responder, pero un poco después volvió a abrirme la puerta.

No me moví, preguntándome qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.

- Tienes un aspecto magnífico -me dijo mi hermano.
- Sí -respondí.
- Le he pedido al señor Jo que viniera a examinarte -siguió diciendo.

Respondí:

- ¡Que lo haga! -¡pero yo sabía muy bien que ese viejo no era otro que el verdugo disfrazado!

So pretexto de tomarme el pulso quería calcular mi grado de corpulencia y seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como carne humana, me creo más valiente que esos caníbales. Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el pulso, permaneció un instante silencioso y luego, abriendo los ojos diabólicos, dijo:

- No se deje llevar por su imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y se repondrá.

¡No dejarse llevar por la imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente, cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a "reponerme"? A esos caníbales les gusta comer hombres, pero obran en secreto, tratando de salvar las apariencias, y no se atreven a actuar directamente. ¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme, me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron, aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía gala.

Pero justamente porque soy valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi habitación y apenas se habían alejado un poco, dijo a mi hermano en voz baja: "Engullirlo en seguida". Mi hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú estás también en esto! Este extraordinario descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de la banda de caníbales que quería devorarme!

¡Mi hermano es un comedor de hombres! ¡Soy hermano de un comedor de hombres! ¡Podré ser devorado por los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un comedor de hombres!



V

Estos días he vuelto a mis reflexiones. Aunque ese viejo no fuera el verdugo disfrazado, aun si fuera verdaderamente un médico, no es por eso menos un comedor de hombres. En el libro sobre las virtudes de las hierbas, escrito por uno de sus predecesores, Li Shi-cheng, ¿no dice acaso con todas sus letras que la carne humana puede comerse frita? Entonces, ¿cómo podría rechazar el título de caníbal?

En cuanto a mi hermano, también tengo mis razones para acusarlo. Cuando me enseñaba los clásicos, yo lo oí decir con sus propios labios: "Cambiaban sus hijos para comérselos". Otra vez que se trataba de un hombre muy malo, dijo que merecía no sólo ser muerto, sino aun que "se comieran su carne y se acostaran sobre su piel". Yo era pequeño en esa época y al oír tal cosa mi corazón se puso a saltar muy fuerte durante largo rato. Cuando anteayer el arrendatario de la aldea de los lobos le contó que el corazón y el hígado de un hombre habían sido comidos, mi hermano no manifestó ningún asombro, limitándose a aprobar con la cabeza. Está claro que sus sentimientos no han cambiado. Si se admite que es posible "cambiar sus hijos para comérselos", ¿qué es lo que no se podría cambiar entonces? ¿Y qué es lo que no se podría comer? Antes me había limitado a escuchar esas explicaciones sin tratar de profundizarlas, pero ahora sé que cuando me daba sus lecciones, en el borde de sus labios brillaba grasa humana y que su corazón estaba lleno de sueños caníbales.



VI

Todo está negro, no sé si es de día o de noche. De nuevo el perro de la familia Chao se ha puesto a ladrar.

Tiene la ferocidad del león, la cobardía de la liebre, la astucia del zorro...



VII

Conozco sus maniobras: no quieren ni se atreven a matarme directamente por temor de las consecuencias; por ello se las arreglan para tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es poco más o menos segura: quieren que me saque el cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus deseos secretos; esto los llenará de contento y les provocará una especie de risa plañidera. O bien, me dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los dejará satisfechos.

¡Sólo comen carne muerta! He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada horrible y aspecto espantoso llamada "hiena". Esta bestia come carne muerta y es capaz de triturar los huesos más grandes, que se engulle después de molerlos minuciosamente. ¡De sólo pensar en esto da terror! La hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la familia de los perros. El hecho de que el perro de la familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer, demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.

Lo más lastimoso es mi hermano. El también es un hombre; ¿no tiene miedo tal vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre, encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que sabe que es malo?

Será el primero de los comedores de hombres a quienes maldeciré; será también el primero de los hombres a quienes trataré de curar del canibalismo.



VIII

En el fondo, deberían saber esto desde hace tiempo...

De pronto entró un hombre. Tenía unos veinte años y una cara muy sonriente, cuyos rasgos no distinguí bien. Me saludó con la cabeza y vi que su sonrisa tenía un aire falso. Le pregunté:

- ¿Es justo comer hombres?

Siempre sonriendo, respondió:

- ¿Por qué comer hombres, cuando no se tiene hambre?

Comprendí de inmediato que formaba parte del clan de los que aman la carne humana. Esto azuzó mi coraje e insistí neto:

- ¿Es justo?
- ¡Para qué hacer tales preguntas! Verdaderamente... a usted le gusta bromear... ¡Está muy hermosa la noche!

Estaba muy hermosa la noche, la luna estaba muy brillante, pero yo le pregunté:

- ¿Es justo?

Tomó un aire de desaprobación y, sin embargo, respondió con voz no muy clara:

- No...
- ¿No? Entonces, ¿por qué los comen?
- Eso no puede ser...
- ¿No puede ser? Bueno, ¿acaso no los comen en la aldea de los Lobos? Además, está escrito en todas partes en los libros, ¡es claro como el día!

Su faz cambió de color, poniéndose pálido como un muerto. Con los ojos fuera de las órbitas, dijo:

- Tal vez tenga usted razón, esto se ha hecho siempre...
- ¿Es por ello justo?
- No quiero discutir ese tema con usted. ¡Usted no debería hablar de esto, no tiene razón para hacerlo!

Di un salto, con ambos ojos muy abiertos, pero el hombre había desaparecido y yo estaba completamente mojado con el sudor. Este hombre es mucho más joven que mi hermano y ya forma parte de su clan. Seguramente se debe a la educación de sus padres. Quizás ha enseñado ya esto a su hijo. Por lo cual hasta los niños pequeños me miran con odio.



IX

Quieren devorar a los otros y temen ser devorados a su vez; por esto se estudian recíprocamente con miradas cargadas de sospechas...

Si abandonaran estos pensamientos se sentirían a sus anchas en el trabajo, en el paseo, en la comida, en el sueño. Para franquear este obstáculo sólo hay que dar un paso: pero el padre y el hijo, el hermano y el hermano, el marido y la mujer, el amigo y el amigo, el profesor y el estudiante, el enemigo y el enemigo, y hasta los desconocidos, forman un clan, se aconsejan y se retienen mutuamente para que a ningún precio alguien dé este paso.



X

Temprano en la mañana fui en busca de mi hermano, que miraba el cielo desde la puerta del salón. Llegué por detrás, me situé en el alféizar de la puerta y le dije con mucha calma y cortesía:

- Hermano, tengo algo que decirte.

Se volvió rápidamente y asintió con un movimiento de cabeza.

- Habla.
- Se trata sólo de algunas palabras, pero no sé cómo expresarlas. Hermano, es probable que en los tiempos primitivos los salvajes hayan sido en general algo caníbales. Al evolucionar sus sentimientos, algunos dejaron de devorar hombres, pugnaban por progresar y se convirtieron en hombres, en verdaderos hombres. Sin embargo, aún quedan devoradores de hombres... Es como entre los insectos; algunos han evolucionado, se han transformado en peces, pájaros, monos y finalmente en hombres. Ciertos insectos no han querido progresar y hasta hoy continúan en estado de insectos. ¡Qué vergüenza para un caníbal si se compara con el hombre que no come a sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo peor que la del insecto frente al mono.

"Yi Ya [2] cocinó a su hijo para dar de comer a los tiranos Chie y Chou; este hecho pertenece a la historia antigua. ¿Quién habría dicho que después de la separación del cielo y la tierra por Pan Gu [3], los hombres se iban a devorar entre ellos hasta el hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü Si-ling [4] y desde Sü Si-ling hasta el malhechor arrestado en la aldea de los Lobos el hombre se comería al hombre? El año pasado, cuando se ejecutaba a los criminales en la ciudad, había un tuberculoso que iba a mojar el pan en su sangre, para lamerla [5].

"Quieren comerme, y por cierto que solo no puedes nada contra ellos. Pero ¿por qué unirte a ellos? Los devoradores de hombres son capaces de todo. Si son capaces de comerme, también serán capaces de comerte. Hasta los miembros de un mismo clan se devoran entre sí. Pero basta con dar un paso, basta con querer dejar esta costumbre y todo el mundo quedará en paz. Aunque este estado de cosas dura desde siempre, tú y yo podríamos empezar desde hoy a ser buenos y decir: "Esto no es posible". Yo creo que tú dirás que no es posible, hermano, puesto que anteayer cuando nuestro arrendatario te pidió que le rebajaras el alquiler, tú le respondiste que no era posible.

Al comienzo sonreía con frialdad, luego pasó por sus ojos un resplandor feroz y cuando puse al desnudo sus pensamientos secretos, su rostro se tornó lívido. En el exterior de la puerta que daba a la calle había un verdadero grupo; Chao Güi-weng se hallaba allí con su perro y todos estiraban el cuello para ver mejor. Yo no alcanzaba a distinguir los semblantes de algunos, pues se hubiera dicho que estaban velados; los otros tenían siempre el mismo tinte lívido y esos colmillos agudos y esos labios con una sonrisa afectada. Comprendí que pertenecían todos al mismo clan, que todos eran devoradores de hombres. Sin embargo, yo sabía también que existían sentimientos muy diferentes. Algunos pensaban que el hombre debe devorar al hombre porque así se ha hecho siempre. Otros sabían que el hombre no debe devorar al hombre, pero de todos modos lo hacían, temerosos de que sus crímenes fueran denunciados; por eso al oírme se llenaron de cólera, pero se limitaron a apretar los labios esbozando una sonrisa cínica.

En ese instante mi hermano adoptó un aspecto terrible y gritó con voz fuerte:

- ¡Salid todos! ¡Para qué mirar a un loco!

Muy pronto comprendí su nuevo juego. No solamente se negaban a convertirse, sino que estaban preparados de antemano para abrumarme con el epíteto de loco. De este modo, cuando me comieran, no sólo no tendrían disgustos, sino que aun les quedarían agradecidos. El arrendatario nos dijo que el hombre devorado por los campesinos era un mal hombre; es exactamente el mismo sistema. ¡Siempre el mismo estribillo!

El viejo Chen entró también, muy encolerizado; pero ¿quién podría cerrarme la boca? Tengo absoluta necesidad de hablar a esos hombres.

- ¡Convertíos, convertíos desde el fondo del corazón! ¡Sabed que en el futuro no se permitirá vivir sobre la tierra a los devoradores de nombres! Si no os convertís, todos vosotros seréis devorados también. ¡Por más numerosos que sean vuestros hijos, serán exterminados por los verdaderos hombres, como los lobos son exterminados por los cazadores, como se extermina a los insectos!

El viejo Chen hizo salir a todo el mundo y luego me rogó que volviera a mi habitación. Mi hermano había desaparecido no sé dónde. El interior del cuarto estaba completamente negro. Las vigas y maderas se pusieron a temblar sobre mi cabeza; luego al cabo de un instante crecieron y se amontonaron sobre mí.

Pesaban mucho, yo no podía moverme. Querían matarme, pero yo sabía que ese peso era ficticio. Me debatí, pues, y me liberé, el cuerpo cubierto de sudor. Sin embargo, deliberadamente repetí:

-¡Convertíos en seguida! ¡Convertíos desde el fondo del corazón! ¡Sabed que en el futuro no se permitirá que sobrevivan los devoradores de hombres!...



XI

El sol no aparece más, la puerta sólo se abre dos veces al día, cuando me traen mis comidas.

Mientras tomaba los palillos, volví a pensar en mi hermano mayor; ahora yo sé que fue él el causante de la muerte de mi hermana pequeña. Tenía cinco años y era tan linda que enternecía. Veo de nuevo a nuestra madre sollozando sin cesar y a mi hermano consolándola. Tal vez sentía arrepentimiento porque era él quien se la había comido. Si es todavía capaz de experimentar ese sentimiento.

Nuestra hermana ha sido devorada por mi hermano; no sé si mi madre llegó a darse cuenta de ello.

Pienso que mi madre lo sabía; si en medio de sus lágrimas no dijo nada, probablemente fue porque lo encontraba muy natural. Recuerdo que un día que me hallaba tomando el fresco ante la puerta del salón -en esa época tendría unos cuatro o cinco años- mi hermano me dijo que un hijo debe estar dispuesto a cortar un trozo de carne de su cuerpo, echarlo a cocer y ofrecerlo a sus padres si éstos caen enfermos, pues es así como obra un hombre honesto. Mi madre no protestó. Si es posible comer un trozo de carne humana, evidentemente es posible comerse a un hombre entero. No obstante, cuando vuelvo a pensar en sus sollozos de entonces, no puedo evitar que el corazón se me apriete. Qué extraña cosa...



XII

Ya no puedo pensar más en ello.

Solamente hoy me doy cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo. Nuestra hermanita murió justamente en el momento en que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá mezclado su carne con nuestros alimentos para que la comiéramos sin saber que lo hacíamos?

¿Acaso sin quererlo he comido carne de mi hermana? Y ahora me llega el turno...

Si tengo una historia que cuenta cuatro mil años de canibalismo -al principio no me daba cuenta de ello pero ahora lo sé-, ¡cómo podría esperar encontrar a un hombre verdadero!



XIII

Tal vez existan niños que aún no han comido carne de hombre.

¡Salvad a los niños!...




Abril de 1918





Notas


[1] Gu Chiu significa antigüedad. Aquí el autor alude a la larga historia de la opresión feudal en China. (N. de los T.).
[2] Cocinero célebre en la Antigüedad por haber matado a su hijo para servirlo como manjar a un tirano. (N. de los T.).
[3] El primer hombre, de quien se dice separó el cielo de la tierra. (N. de los T.).
[4] Revolucionario que, hacia fines de la dinastía Ching, asesinó al gobernador de Anjui. Fue cortado en pedazos y su corazón y su hígado ofrecidos en holocausto al hombre que lo mató. (N. de los T.).
[5] Se trata de una superstición antigua existente en el pueblo: dice que la sangre humana es capaz de curar la tisis; por esa razón se solían comprar a los verdugos panes mojados en sangre cuando éstos ejecutaban a un condenado. (N. de los T.).










sábado, agosto 29, 2009

"Borges y yo", de Jorge Luis Borges





Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.













en El hacedor, 1960








viernes, agosto 28, 2009

“La esperanza”, de Roberto Bolaño






Las nubes se bifurcan. Lo oscuro
se abre, surco pálido en el cielo.
Eso que viene desde el fondo
es el sol. El interior de las nubes,
antes absoluto, brilla como un muchacho
cristalizado. Carreteras cubiertas
de ramas, hojas mojadas, huellas.
He permanecido quieto durante el temporal
y ahora la realidad se abre.
El viento arrastra grupos de nubes
en distintas direcciones.
Doy gracias al cielo por haber hecho el amor
con las mujeres que he querido.
Desde lo oscuro, surco pálido, vienen
los días como muchachos caminantes.





en La universidad desconocida, 2007











jueves, agosto 27, 2009

“De las imágenes de los dioses”, de Porfirio




Introducción, de Stéphane Fèye

Desafortunadamente, sólo nos quedan fragmentos muy breves del tratado Peri Agalmaton (‘Acerca de las imágenes de los dioses’) de Porfirio. Le debemos al helenista J. Bidez, de la Universidad de Gante, el haberlos reunido en su Vida de Porfirio [1]. Su fuente principal proviene del tercer libro de La preparación evangélica de Eusebio de Cesárea. Este autor, a pesar de no estar alejado de Porfirio más que una generación, está lejos de darnos una fiel transcripción del Peri Agalmaton, y ello por dos motivos:

En primer lugar, La preparación evangélica es una obra de polémica, destinada a denunciar el culto a la naturaleza sensible. En segundo lugar, el mismo Eusebio dice en varios lugares que ha abreviado el texto. Efectivamente, «se adivinan lagunas y las frases tienen una sequedad, una dureza, un ritmo entrecortado que, sin duda, no son debidos a Porfirio».[2]

Sea como fuere, le debemos a este apologista cristiano el haber transmitido a la posteridad una pequeña parte de una obra sin duda muy importante (según las dimensiones de sus demás libros) que, probablemente, fue quemada por el emperador Teodosio II en una época de sectarismo intolerante.

No es difícil entender el celo que los cristianos han puesto en censurar sistemáticamente la corriente neoplatónica que representa nuestro autor. En efecto, la religión pagana por sí misma no constituía ya en esta época (siglos II y IV) un gran peligro para las ideas cristianas, ya que, víctima de asfixia, moría por sí misma, hundida en la ignorancia y en una idolatría evidentes. Los únicos que podían comprometer seriamente la ascensión de un cristianismo de tipo popular [3] eran los eruditos, quienes, por medio de argumentos válidos se esforzaban en reanimar la religión de los antiguos y se arriesgaban a tranquilizar a los paganos en sus prácticas. Esto es lo que hace Porfirio a lo largo del Peri Agalmaton: devuelve a las imágenes de los dioses y a los ritos usados, la luz tradicional necesaria para su comprensión filosófica.

Era necesario, pues, que Eusebio llegara a demostrar que la enseñanza misma de Porfirio preconizaba la idolatría; esta tarea le era fácil, ya que en todos los fragmentos que cita, el autor del Peri Agalmaton no parece dar de los dioses y de sus atributos más que una interpretación astrológica; así pues, éstas sólo podrían significar la naturaleza sensible.

Dejarse convencer por tales argumentos sería hacer poco caso de la primera frase del tratado: «Hablaré a quienes está destinado: profanos, cerrad vuestras puertas.»

Por otra parte, sería inútil volver a abrir aquí el dossier de esta polémica estéril, que no tiene por origen más que un malentendido sobre unas palabras, si no fuera para situar correctamente el clima de la redacción de la obra. No obstante, añadiría que para tener una idea clara y objetiva de esta disputa habría que estar en posesión de la totalidad del Tratado contra los cristianos, que, -¿es necesario decirlo?- también fue destruido durante el reinado de Teodosio.

El Peri Agalmaton es de un interés considerable para el buscador. Lo guía con seguridad a través del laberinto inextricable de la antigüedad pagana.

Para ciertas palabras, las exégesis que propone son a veces sorprendentes y bastante alejadas de las etimologías racionales de la lingüística. Lo mismo ocurre en las interpretaciones de los símbolos. Sin embargo, como bien dice el mismo autor respecto a sus comentarios de Homero, «No se debe creer que tales interpretaciones sean forzadas ni ver en ellas más que hipótesis de espíritus sutiles, sino que hay que considerar la sabiduría antigua.»[4]

[Addendum: El nombre de poemas órficos se atribuye a una serie de himnos escritos en parte durante el siglo VI a. C. por los poetas, y en parte durante los primeros siglos del cristianismo por los filósofos neo-platónicos de Alejandría.]



De las imágenes de los dioses, de Porfirio

1. «Hablaré a quienes está destinado; profanos, cerrad vuestras puertas.»[5] Pues desvelo nociones de una sabiduría teológica; es Dios y las potencias de Dios lo que los hombres han revelado mediante estas nociones.

Lo han hecho a través de imágenes apropiadas a los sentidos, imprimiendo las cosas invisibles en las otras visibles, para aquellos que han aprendido a descifrar en las representaciones lo que se encuentra grabado referente a los dioses, de la misma manera que se haría en los libros.

Además, nada hay de extraño en que los más desprovistos de instrucción tomen a las estatuas por bloques de piedra o de madera, exactamente como aquellos que no saben leer no ven en las estelas, las tablas o los libros más que piedras, maderas o papiro encuadernado.

2. Ya que la Divinidad es parecida a la luz, que permanece en un derramamiento circular de fuego etéreo y que es invisible a los sentidos que se ocupan de la vida mortal. Era mediante una materia brillante y transparente, como el cristal, la piedra de Paros o el marfil, que hacían concebir su luz; por otra parte, a través del oro daban la noción del fuego y de su pureza, ya que el oro está exento de toda mancha. Pero muchos han empleado también una piedra negra a fin de expresar la invisibilidad de su esencia.

Y si representaban a los dioses bajo forma humana es porque la Divinidad está dotada de logos, logicon; si los formaban bellos es porque la belleza en ellos está intacta. Si les han dado apariencias, tamaños o vestiduras diferentes, si los han hecho sentados o de pie, masculinos o femeninos, muchachas, adolescentes o bien casados, es para señalar sus diferencias.

Por ello, todo lo que es blanco se ha atribuido a los dioses celestes; la esfera y lo esférico fue reservado al cosmos, al sol y a la luna pero también en muchas ocasiones a la fortuna y a la previsión; el círculo y lo que es circular al eón y al movimiento del cielo así como a los cinturones y a los círculos celestes; las porciones de círculo a las fases de la luna; las pirámides y los obeliscos a la esencia del fuego y por consiguiente a los dioses del Olimpo, al igual que el cono al sol y el cilindro a la tierra mientras que se ha atribuido el falo a la semilla y a la generación y también el triángulo a causa del sexo femenino.

3. Pero veamos la sabiduría de los griegos examinándola bajo este aspecto. Por ejemplo, los autores de los poemas órficos. En efecto, está sobreentendido que Zeus es el alma, nous, del mundo, que, conteniéndolo, ha creado lo que contiene, y en sus teologías han transmitido, refiriéndose a él, lo siguiente:

Zeus fue el primer engendrado, Zeus del rayo resplandeciente de blancura es el último.
Zeus es la cabeza, Zeus es el centro, todo ha recibido el ser de Zeus.
Zeus nació macho, Zeus inmortal nació Ninfa.
Zeus es el fundamento de la tierra así como del cielo estrellado [6]
Zeus es rey, Zeus mismo es el primer genitor de todas las cosas.
Ha nacido fuerza única, daimón único, gran jefe de todo.
Cuerpo real único, en el cual giran todas las cosas:
el fuego, el agua, la tierra y el éter, la noche y el día
y la Sabiduría, primera genitora y el Eros encantador.
En efecto, todo esto se halla en el gran cuerpo de Zeus.
Al verlo, su cabeza y su bello rostro
son el cielo resplandeciente en el que flotan por todas partes
las magníficas cabelleras de oro de los astros brillantes.
Son dos cuernos de toro de oro por una y otra parte,
son el levante y el poniente, caminos de los dioses celestes.
Sus ojos son el sol y la luna que están frente a él.
Su Nous verídico y real es el éter incorruptible,
al cual todo obedece y por el cual todo se expresa.
No hay ningún sonido, ninguna voz, ningún ruido, ningún oráculo
que escape a la oreja de Zeus Omnipotente, hijo de Cronos.
Así, inmortal es su cabeza al igual que su pensamiento.
Su cuerpo, ¡oh, cómo irradia a su alrededor!, es inmenso, y no es compacto.
Intrépido, de miembro robusto; por esto es omnipotente.
Los hombros, su amplio pecho, la ancha espalda del Dios, es un aire vital
que se esparce a lo lejos; le han crecido unas alas con las cuales vuela a todas partes.
Su vientre sagrado, es la tierra madre de todo, con las cimas elevadas de las montañas.
Su cintura es el medio, es la hinchazón del mar sonoro y pesado océano.
Su base extrema son las raíces en el interior de la tierra,
el Tártaro enmohecido y los últimos confines de la tierra.
Después de haber escondido allí todas las cosas, proyectó producirlas
de nuevo de su seno hacia la alegre luz, realizando cosas semejantes
a los dioses.

Así pues, Zeus es el cosmos entero, ser vivo entre los seres vivos y dios entre los dioses; Zeus, en tanto que Nous, produce todas las cosas y las crea mediante sus pensamientos.

Tal como los teólogos exponían la doctrina relativa al dios, no era, evidentemente, posible confeccionar una imagen equivalente a la que indicaba el discurso, y aun admitiendo que se hubiera pensado en ello, no se habría podido expresar con la esfera los aspectos vivificante, pensante y providencial de dios.

Pero hicieron la representación de Zeus antropomórfica, ya que creaba según el Nous y por medio de palabras espermáticas perfeccionaba todas las cosas [7]. Además, está sentado, lo cual hace alusión a la estabilidad de su potestad. Su parte superior está desnuda porque es luminoso [8] en los [seres] pensantes, noerois, y en las partes celestes del cosmos, mientras que su parte anterior está cubierta porque es invisible en las cosas de abajo.

Sostiene un cetro con su mano izquierda, lo que quiere decir que entre las partes del cuerpo, la que predomina más y la que tiene que ver más con el Nous: noerotaton, o sea, el corazón, se esconde en sus entrañas. Pues el Nous creador es rey del mundo.

En su mano derecha extendida, sostiene o bien un águila, ya que domina sobre los dioses que andan en el aire, como el águila sobre las aves de las alturas, o bien una victoria, pues él mismo ha vencido todas las cosas.

4. Se considera a Hera la compañera de Zeus, dominando Hera la potestad del éter y del aire. Pues el éter es el aire más sutil.

5. Pero es en general la potestad del aire, la que ha recibido de la palabra «aire» su nombre, Hera. Mientras que el aire iluminado y oscurecido por la luna tiene como símbolo a Leto: es, en efecto, olvido, letho, dicen, a causa de la ausencia de los sentidos durante el sueño y porque el olvido de lo divino acompaña a las almas nacidas bajo la luna. Es también por este motivo que Leto es la madre de Apolo y Artemisa, causantes de la iluminación de la noche.

6. En cuanto a la principal de las potestades subterráneas, la han denominado Hestia; su estatua de muchacha está instalada sobre el fuego del hogar, estias. Al ser su potestad fecunda se representa con los rasgos de una mujer de pecho desarrollado, mientras que Rea es el nombre que daban a la potestad que fabrica las piedras y el suelo de las montañas, y Deméter es la potestad de la tierra fértil de las llanuras. Deméter es, sin embargo, parecida a Rea en todos los aspectos, con la diferencia de que Zeus engendra a Core, o sea el germen, koron, que proviene de las semillas de la maleza. Por esta razón su estatua ha sido coronada de espinas; en cuanto a las amapolas que le rodean, simbolizan su fecundidad.

7. Y ya que en las semillas sembradas en la tierra hay también un poder que es atraído por el sol cuando en el momento del solsticio de invierno llega al hemisferio inferior, esta potencia seminal es precisamente Core; pero el sol que va bajo tierra y que da la vuelta al mundo invisible en el solsticio de invierno es Plutón, y dicen de él que se apodera de Core y que Deméter la añora porque está escondida bajo tierra.

La potestad de los frutos y de los vegetales en general, se denomina Dioniso.

Pero veamos también cuáles son las imágenes de estos dioses:

Core, efectivamente, lleva los símbolos de la germinación de lo que crece y se cosecha sobre la tierra. Dioniso, al igual que Core, lleva cuernos; además, tiene aspecto femenino, lo cual indica la potencia hermafrodita de la generación de los frutos.

Plutón, el raptor de Core, lleva un casco, símbolo del hemisferio invisible, y su cetro truncado es el signo de su realeza sobre las cosas de abajo. Su perro (kuon), muestra la formación (kuesin) de las plantas dividida en tres partes, a saber, la siembra (katabolen), la recepción (upodochen) y la digestión (anadosin). Si es llamado kuon, ‘perro’, no es porque tenga los destinos (keras) por alimento (boran) [9], lo que indica las almas (psuchas), sino a causa del verbo «llevar en su seno» y a lo que hace Plutón, el Corego, cuando rapta a Core.

Atis y Adonis se refieren ambos a las plantas. Pero Atis simboliza las flores que aparecen en primavera y se disipan antes de llegar a la madurez; desde entonces se le ha atribuido la castración, ya que estas plantas no consiguen acabar su maduración seminal.

Adonis, por el contrario, es el símbolo de la cosecha de los frutos maduros.

En cuanto a la agitación del aire que se mezcla con el todo en una gran proporción, es simbolizada por Sileno. Su calvicie y el brillo de su cabeza significan la bóveda celeste y, en cambio, los pelos que recubren su parte inferior demuestran la opacidad terrestre con respecto del aire.

Y por fin, sabiendo que existía un poder que participaba en la potestad adivinatoria, se ha denominado Temis a esta facultad de decir lo que ha ocurrido y ocurre a cada uno.

Así pues, es sin lugar a dudas la potestad terrestre que, enseñada a través de todos estos símbolos, es objeto de culto. Bajo los rasgos de virgen Hestia se honra a la potestad central; como madre, es la potestad nutritiva; cuando Rea, produce piedras y montañas; cuando Deméter, aporta el verdor; cuando es Temis, es la potestad adivinatoria, y el logos fecundante que desciende en ella está representado por Príapo. Logos, del cual lo que se refiere a las plantas secas se llama Core y lo que se refiere a las plantas jugosas y a las frutas se llama Dioniso. Core, raptada por Plutón, el sol que va bajo tierra, simboliza la siembra, mientras que Dioniso representa la joven fuerza generadora que empieza a germinar bajo tierra. Atis simboliza la frágil fuerza de floración y Adonis la de la cosecha cuando todo está maduro; la virtud neumática que penetra todas las cosas está modelada en Sileno. Y la fuerza que provoca el extravío del espíritu fuera de sí mismo hasta el éxtasis tiene como símbolo una Bacante. También existen los Sátiros, que representan la excitación del ardor en los placeres del amor. Se ve que a través de estos símbolos es desvelada la potestad terrestre.

8. En cuanto a la potestad que produce el agua, considerada en su conjunto, se la ha llamado Océano, y se ha dado a su símbolo el nombre de Tetis. De esta potestad general, la que compone las aguas potables es llamada Aqueloo, la de las aguas del mar Poseidón y, de nuevo, la que produce el mar, en tanto que generadora, es Anfitrita. También hay las virtudes particulares de las aguas dulces denominadas Ninfas y las de los mares llamadas Nereidas.

Por otra parte, se ha denominado Hefaistos la potestad del fuego y el ídolo que se ha hecho de él es antropomórfico; se le ha atribuido un gorro azul oscuro para simbolizar la bóveda celeste, allí donde se encuentra lo principal y lo más puro del fuego. Pero el fuego que desciende del cielo a la tierra es más lánguido y necesita un sostén y un soporte material (ules). Esta es la razón por la cual Hefaistos cojea, ya que necesita la materia como apoyo.

El sol, sobreentendiendo su gran potestad, ha sido denominado Apolo, a causa de la vibración, palsis, que viene de palloo, de sus rayos. Para acompañarle cantando, tiene nueve musas, es decir, la esfera sublunar más las siete esferas de los planetas, más una para los fijos. Le ha sido atribuido el laurel en primer lugar por que este vegetal está lleno de fuego y por consiguiente es odiado por los demonios, luego porque al quemarse balbucea, para significar la profecía divina.

Además, al ser el sol el conservador de las cosas terrestres, se le ha llamado Heracles, ya que con el contacto del aire (aera: era) se debilita, kilasthai, yendo del oriente al poniente. Según el mito, soporta doce pruebas; este símbolo proclama el reparto en el cielo de los doce signos del Zodíaco. De sus atributos, la maza y la piel del león, siendo uno el símbolo de la desigualdad, anomalias, y el otro el de la fuerza de este signo del Zodíaco.

En cuanto a su virtud salvadora es representada por Asclepios. Le ha sido otorgado el bastón, símbolo del apoyo y de la resurrección de los enfermos; alrededor de este bastón se enrolla una serpiente, que significa la salvación del cuerpo y del espíritu, puschen; pues este animal es muy espiritual, pneumaticotaton, y se deshace de la enfermedad de su cuerpo. Parece ser el más apto para curar, pues ha encontrado el remedio de la vista aguda y la leyenda dice de él que conoce una hierba que hace resucitar.

A la virtud ígnea que causa el movimiento de danza circular y periódica, y que por este medio hace crecer los frutos, se le ha llamado Dioniso, por otro motivo que la potestad sobre los frutos jugosos; proviene o bien del verbo dinein, ‘hacer girar’ o bien porque el sol acaba, dianuein, su revolución en el cielo. Además, al girar el sol alrededor de las estaciones, oras, del mundo y al hacer los tiempos y los instantes, kairon, se le ha denominado Horus, Oros. Además, el símbolo de su potestad sobre los cultivos, por los cuales otorga la riqueza, ploutos, es Plutón. Sin embargo, al tener también una fuerza destructora, por este motivo se asocia Plutón a Sarapis, cuya túnica púrpura se escoge para simbolizar la luz enterrada bajo tierra. Su cetro mutilado significa la potestad infernal y su signo de la mano, el paso hacia lo invisible.

En cuanto a Cerbero, si tiene tres cabezas es porque el sol tiene tres posiciones en el cielo: el levante, el mediodía y el poniente.

9. Sobreentendiendo que la luna, Selene, viene de la palabra, selas, ‘luz’, se le ha dado el nombre de Artemisa, que se parece a Aerotemisa, ‘partiendo el aire’; y si Artemisa, aunque sea virgen, gobierna los partos, es porque es la virtud de la luna nueva la que favorece el parto.

Lo que Apolo es al sol, Atena es a la luna. En efecto, es el símbolo del pensamiento, pues es Atrena, ‘pensamiento’. Hécate, que también es la luna, simboliza las fases de la influencia de cada una. Por ello, su potestad es triple. Como símbolo de la luna nueva lleva el vestido blanco, las sandalias de oro y las antorchas encendidas [10]. La canasta que lleva sobre la cabeza simboliza el crecimiento de las plantas, que hace crecer a medida que su luz aumenta. La luna llena es representada con sandalias de bronce. Y, ciertamente, por su ramillete de laurel se puede comprender que se trata de su aspecto ígneo. En cuanto al símbolo de la amapola, designa su fecundidad y a su vez la multitud de las almas, psuchon que van a residir en ella como en una ciudad, ya que la amapola es el símbolo de la ciudad.

Refiriéndose a Eileitia, es la misma, y simboliza la fuerza generadora. Al igual que Artemisa, lleva flechas; es debido a la intensidad de los dolores del parto. Las Parcas también se refieren a estas potestades: Cloto a su potestad generadora, Laquesis a su virtud nutritiva y Atropo está al servicio de la inflexibilidad divina. Se le asocia también la virtud genética de las plantas, o sea Deméter, que está incluida en ella. La luna contiene también a Core. Se le asocia incluso a Dioniso porque a ambos les crecen cuernos y a causa del lugar de las nubes que está sometido a las partes inferiores.

Teniendo en cuenta que la virtud de Cronos era pesada, lenta y fría, se le ha atribuido la potestad del tiempo, cronon, y se le representa de pie, con los cabellos canosos, para expresar que el tiempo envejece.

Como símbolos de los instantes, chairon, están las Curetes, que hacen pacer al tiempo, pues el tiempo camina a través de los instantes.

En cuanto a las Horas, las del Olimpo pertenecen al Sol, abren las puertas del aire, mientras que las de los infiernos pertenecen a Deméter. Llevan la canasta llena de flores, símbolo de la Primavera, o de frutos, símbolo del Verano.

Al haber comprendido que la potestad de Ares era ígnea, le hicieron el causante de la guerra y sanguinario, capaz de perjudicar o de ser útil.

Y al haber observado que la estrella de Afrodita incitaba a la generación y que era responsable de la pasión de la procreación, la representaron con los rasgos de una mujer, dada su potestad generadora; de una mujer bella, por cierto. «El Astro de la noche, el más bello que hay en el cielo.» [11]

Le añadieron Eros para asistirla, en razón del deseo; esconde sus senos y su sexo, pues su virtud es la causa de la generación y de la nutrición; y si sale del mar, del elemento húmedo y caliente que se mueve en todos los sentidos, provocando espuma, afriontos, (de afros) [12], es para dar a entender veladamente que se trata de la semilla.

En lo referente al Logos que crea y expresa todas las cosas, es representado por Hermes. El Hermes en erección demuestra su vigor; indica también que el Verbo seminal penetra a través de todas las cosas. Además, el Logos resume el logos en el sol, que es Hermes, al igual que el logos es la luna que es Hécate y el logos en el todo que es Hermopan. En efecto, para todos ellos, es aquel que crea y que fecunda. Lo mismo ocurre con el dios semi griego de los Egipcios, Hermanubis. Y como el logos pertenece también a la potestad del amor, eroses, ésta se expresa por Eros. Por esta razón Eros es el hijo de Hermes y si es un niño es por la agilidad que demuestra para abalanzarse sobre las pasiones.

De Pan se ha hecho el símbolo del todo, pantos; los cuernos que le ponen son símbolos del sol y de la luna, y su piel de cervatillo indica las estrellas en el cielo o la variedad del todo.

10. El creador, que los egipcios denominan Knef, es representado por un hombre; tiene la piel oscura, lleva un cinturón, zonen, un cetro y alrededor de la cabeza una pluma real; todo ello indica que el logos es difícil de encontrar, ya que está escondido y no es luminoso, que es creador de vida, zoopoios, que es rey y que, finalmente, se mueve como el Nous, noeros. Por esto le crece, fusis, la pluma sobre la cabeza.

Dicen que este dios hace salir de su boca un huevo, del cual nace un dios que ellos llaman Ptah y los griegos Hefaistos. Enseñan que este huevo es el mundo. Se le consagra a este dios una vaca, ya que los antepasados bebían leche.

Hicieron la siguiente representación del mundo: es la estatua de un hombre que tiene los pies juntos y que está envuelto de la cabeza a los pies por un abrigo de colores variados; sobre la cabeza lleva una bola de oro; esto explica que no cambie de sitio, que la naturaleza de los astros es variada y que el mundo es esférico.

Algunas veces simbolizan el sol mediante un hombre en una barca; esta barca está colocada sobre un cocodrilo, krokos, ‘amarillo’. La barca indica el movimiento en lo húmedo mientras que el cocodrilo representa el agua potable en la cual el sol es llevado. De esta manera se representaba al sol haciendo un movimiento rotatorio a través de un aire húmedo y suave.

En cuanto a la virtud de la tierra, tanto celeste como infernal, la llamaron Isis a causa de la igualdad, isoteta, de la cual proviene el derecho. Según dicen, la celeste es la luna y la infernal es la que da fruto, aquella en la cual vivimos.

Deméter tiene el mismo poder para los griegos que Isis para los egipcios. Además, Core y Dioniso en Grecia son Isis y Osiris en Egipto. Es Isis quien nutre y educa lo que crece sobre la tierra. Y Osiris, para los egipcios, representa la fuerza fertilizante con la que uno se concilia mediante los cantos fúnebres, trenos, cuando desaparece en la tierra en el momento de la siembra y que nosotros asimilamos para nuestra nutrición.

También se le concibe como la potencia fluvial del Nilo, mas cuando se trata de representar la tierra infernal se le considera la potestad que produce los frutos; y si se trata de representar la tierra celeste, entonces Osiris es el Nilo, que se supone desciende del cielo. Los egipcios lo lloran también, dirigiendo buenas palabras a su potestad cuando decae y se pierde.

Isis, que se une a Osiris según los mitos, es la tierra de Egipto porque entonces la iguala, isoutai, concibe y produce los frutos; por ello la tradición enseña que Osiris es esposo, hermano e hijo de Isis.

En la ciudad de Elefantina se honra una estatua que representa un hombre; está sentado, es de color azul marino. Tiene una cabeza de carnero, una diadema real con cuernos de macho cabrío, coronada con un disco. Cerca de él se encuentra un jarro de arcilla, sobre el cual da forma a un hombre. El hecho de que tenga un rostro de carnero y cuernos de macho cabrío demuestra la conjunción del sol y de la luna en Aries. Es de color azul marino, ya que la luna en conjunción trae agua.

Se honra la segunda fase de la luna en la ciudad de Apolo. Está simbolizada por un hombre con cabeza de halcón que con su venablo abate a Tifón, representado él mismo por un hipopótamo. La estatua es de color blanco, lo que indica que la luna está iluminada. Su rostro de halcón muestra que su luz y su soplo provienen del sol. En efecto, los egipcios dedican el halcón al sol y lo convierten en el símbolo de la luz y del soplo a causa de la velocidad de su movimiento y porque se eleva hacia las alturas, allí donde está la luz. En cuanto al hipopótamo, indica el polo, polon, del poniente, ya que engulle a aquellos que permanecen a su alrededor, peripolountas. El dios que se honra en esta ciudad es, por cierto, Horus.

La ciudad que consagra un culto a la tercera fase es Eileitia: la estatua representa un buitre en pleno vuelo cuyas alas están compuestas por piedras preciosas; su forma de buitre simboliza la luna en su aspecto de generadora de espíritus, pues para ellos el buitre, que sólo representa hembra, es concebido del espíritu.

En los misterios de Eleusis, el hierofante está representado por la imagen del demiurgo, aquel que lleva la antorcha de la imagen del sol, aquel que está sobre la plataforma de la luna y el heraldo sagrado de la de Hermes.

Los egipcios admiten incluso un hombre en los cultos sagrados. De hecho, hay en Egipto una aldea llamada Anabis donde se honra a un hombre. En su honor se le ofrece un sacrificio y se queman víctimas en los altares; después de ello se ponen a comer lo que ha sido preparado para él como para un hombre.

De ningún modo tomaban a los animales por dioses, pero hacían de ellos imágenes y símbolos de los dioses. La prueba estriba en que inmolaban bueyes a los dioses en muchos lugares durante sus fiestas mensuales y sus cultos. Ya que no hay duda de que consagraban bueyes al sol y a la luna.

En Heliópolis, el buey que se consagra al sol se denomina Mnevis. Es mayor que los otros y es totalmente negro, principalmente porque la abundancia del sol ennegrece los cuerpos humanos. En comparación con otros bueyes tiene la cola y todo el cuerpo erizados tal y como el sol realiza su recorrido en el sentido inverso a las agujas del reloj, polo.

Tiene unos testículos muy grandes, porque el deseo pasional nace bajo la acción del calor y se dice que el sol fecunda la naturaleza.

Los egipcios han dedicado a la luna un toro que denominan Apis; también es negro aunque más que los otros, y si lleva los emblemas del sol y de la luna es, de nuevo, porque la luz de la luna proviene del sol. El signo del sol es la negrura de su cuerpo, así como el nudo bajo su lengua; el símbolo de la luna es que tiene dos protuberancias (en el lomo) divididas en dos partes.












Notas

[1] J. Bidez. Vida de Porfirio, Gante, Lib. Cient. E. van Goethem, 1913. Reimpresión: Hildesheim, 1964.
[2] J. Bidez, Op. cit. p. 146.
[3] Pues bien, parece que ha habido dos clases de cristianismo: el más antiguo, elítico y secreto, sin contradicción con los ritos griegos de iniciación; el otro, posterior, popular y oficial, de una intolerancia total hacia todo lo que era pagano. Es lo que afirma P. Saintyves cuando dice a propósito de la cueva del Gólgota: «Los ritos de Adonis, me refiero al Adonis gnóstico, bajo su forma primitiva e iniciática, se perpetuaron de un modo verosímil hasta el reinado de Constantino, y cuando san Jerónimo nos dice que Adriano estableció allí el culto de Venus o de Astarté, hay que entenderlo como una protección concedida a una «secta cristiana» en detrimento de «otra», una «admitiendo» la gnosis, la iniciación secreta y los sacrificios sangrientos, «rechazándolos la otra» (P. Santyves Ensayo sobre las cuevas en los cultos mágico-religiosos y en la simbología primitiva, París, Emile Nourry, 62, rue des Écoles, 1918).
[4] Porfirio, Del antro de las ninfas en la Odisea, rec. A. Nauck, Teubner, 1886, p. 81. Filósofo de la escuela de Alejandría, Porfirio (233-304 d. de C.) fue discípulo de Plotino. Escribió la vida de Plotino, la de Pitágoras y numerosos libros contra los cristianos (véase Le Fil d’Ariane número 2, p.21).
[5] Turas d’epiteste bebeloy. Esta sentencia encabeza varios poemas órficos bajo la forma de Epiteste bebeloys. Se traduciría entonces: «Cerrad las puertas a los profanos», lo que sería más lógico.
[6] Después de este verso, Godfried Hermann inserta dos que no están en el Peri Agalmaton. «Zeus es un soplo ligero, Zeus es un impulso de fuego infatigable.» «Zeus es raíz del mar, Zeus es sol y luna.» Orphica recensuit, Godofredus Hermannus, Fritsch, Lipsiae,1805.)
[7] Cf. Louis Cattiaux: «La creación es como la imaginación de Dios coagulada por el Verbo» El Mensaje Reencontrado, Ed. Sirio, 1987, libro XVIII, versículo 21.
[8] E. des Places no lee phanos, ‘luminoso’, sino faneros, ‘visible’.
[9] Keras boran, de aquí su nombre Cer-bero. Ker significa: ‘destino’.
[10] Es extraño que la luna nueva reciba atributos tan luminosos. Quizá lo entenderíamos mejor con la ayuda de Dom Pernety: «es propiamente la materia al blanco, color que aparece en la obra antes que el rojo...» (voz: Diana del Diccionario Mito-hermético, Denoël, 1972). Quizá tengamos aquí la prueba de que Porfirio no habla de la naturaleza exterior.
[11] Homero, Ilíada; XXII, 318.
[12] Es además de la palabra ‘espuma’, afros, que proviene el nombre de Afrodita .












Colaboración a Dscntxt de Miguel Muñoz











miércoles, agosto 26, 2009

“Dogville: corregir y castigar”, de Carlos Almonte





Si un perro lame su propio vómito, yo lo azoto.
The Big Man




Lo que a simple vista aparece como un bizarro ejercicio de autoridad (desde la historia, desde la escenografía, desde el encierro), a vista esforzada lo parece todavía más. No sólo eso, hacia el final, cuando el relato se despliega (se des-intriga), el importante diálogo llevado a cabo al interior de un viejo cadillac (un espacio incluso menor al ya delimitado entorno natural dogvilleano) nos instruye acerca del pensamiento ético de algunas sociedades, del poder, de la libertad y del abuso (quién se aprovecha de quién; quién es títere y quién titiritero; etc.). Todos lineamientos básicos de cualquier individuo, grupo o sociedad, por inusual que a-parezca. Si ella hubiera tenido que vivir así, sería como ellos, asegura el narrador, mediando el condicionamiento como excusa vital probable. “Medir a todos con la misma vara”, es la receta del padre de Grace Margaret Mulligan. “Medir a cada uno según la vara que le corresponde”, es su propia-primera conclusión (no olvidar el carácter contestatario de la que parece ser una niña mimada, recelosa y obstinada, hija de un Big Man).

Grace no sólo se incluye en una sociedad en-cerrada, regida por leyes de moral absurda, plagada de vicios y taras de todo tipo (una sociedad a la manera del Dünwich de Lovecraft), sino que momentáneamente la acepta, la tolera y hasta llega a entenderla y justificarla. No sólo se trata de un acto de rebeldía u obstinación, se trata de un convencimiento real producto de una historia forzada y de un entorno en extremo irreal. Las grosellas están dibujadas. El escritor no escribe. Las puertas no existen, aunque todos actúan como si existieran. En la avenida principal, de nombre Olmo, no hay, ni nunca hubo un Olmo. La montaña intenta explicitar su condición de cartón piedra. La entrada a la mina hace como que desciende, pero no desciende (aunque Grace espera en aquel descenso la primera sentencia del pueblo).

Y sin embargo, y a pesar de todo esto, algo sucede –traición mediante-. Llegan los hombres a rescatar-secuestrar-recobrar a Grace, ella discute con su padre, reflexiona y de pronto todo se ilumina, una luna igual de falsa deja al descubierto los errores de todo el pueblo, tanto estructurales, como humanos. Grace decide que en caso de ver un error, y tener la oportunidad, es necesario castigar y corregir. Entonces regresa al viejo cadillac y acepta el ofrecimiento de su padre. Ambos, Grace y su padre, juegan a ser dioses. Superiores naturales de una tropa de imbéciles que viven sus vidas de manera incorrecta. Discuten sobre seres inferiores, sobre motivaciones y orígenes. Deciden qué está bien y qué está mal. Juzgan desde el entendimiento –también desde el sobre entendimiento-.

Usar a la gente no es encantador, se defiende débilmente Tom Edison* (es exactamente lo que ellos han hecho con Grace), cuando ya ve que todo está perdido, o variado, o que las cosas ya no son como eran, y que el poder ha cambiado de mano. Desde este aspecto, Dogville recuerda algunos ejercicios anteriores, el show de Truman, el decorado, la demarcación, el Big Brother, los juegos de poder, la discusión ética, Greenaway, etc. Dogville nos impone límites, de espacio, de poder, de eugenesia, de narración incluso. Dogville nos impone discusión.

Grace desciende a vivir entre extraños seres. Grace no habla de su madre. Sólo tiene padre, visible al menos (lo que expone aún más claramente su carácter unigénito). Grace es humillada, engrillada, sometida a crueles vejámenes (en el vía crucis dogvilleano carga sus propias cadenas para desplazarse), todos le dan la espalda, incluso su discípulo bastardo Tom; y en el borde de lo soportable, es hallada por su padre e invitada -a subir- a ocupar el sitial de poder que le corresponde. Grace retira la gracia de aquella comunidad, destinándola a su desaparición. Algo así como Juan 3:16 pero al revés. Nadie cree en ella. Todos creen en sí mismos y en su comunidad. La Hija es hallada falsa y destinada a la confinación y los maltratos, provocando la definitiva desgracia de aquel lugar.

La virtualidad de la existencia se hace explícita, insoportablemente explícita. Una persona más, una persona menos, de nada importa. Un pueblo más, un pueblo menos, de nada importa… Lo que realmente importa es la salida ética. La discusión –el intelecto- y el poder. Grace purifica el mundo. Y en ese acto de purificación, nos involucra a todos. Nos decide a todos, incluido Moisés, el perro, que en la referencia directa es salvado de las aguas, y en la presente actualización es salvado de la estupidez –de acción o reacción- y conducido, potencialmente, a una vida libre, iluminada e inteligente.





* Es esperable hacer explícita la filiación directa que existe con Thomas Edison, el genial inventor norteamericano, quien, entre un millar de cosas, inventó el Kinetograph (1891), una rudimentaria cámara de cine que incluía un ingenioso mecanismo para asegurar el movimiento intermitente de la película. Más aún, cabe decir que, en 1894, Edison abrió el Kinetoscope Parlor en Broadway, Nueva York, donde un solo espectador se sentaba frente a una mirilla en una cabina de madera para ver la película, que se iluminaba desde atrás por una lámpara eléctrica (cualquier similitud con el ejercicio final de Dogville, obviamente, no es casualidad).














martes, agosto 25, 2009

"El mensajero sideral", de Galileo Galilei

Extracto



Grandes sin duda son las cosas que en este breve tratado propongo a la contemplación de los estudiosos de la naturaleza. Grandes, digo, sea por la excelencia de la materia misma, sea por su inaudita novedad, sea, en fin, por el instrumento en virtud del cual esas cosas se han desvelado a nuestros sentidos.

Grande cosa es sin duda añadir a la numerosa multitud de las estrellas fijas que hasta nuestros días se han podido observar con la facultad natural otras innumerables nunca vistas con anterioridad, exponiéndolas patentemente ante los ojos en un número más de diez veces superior al de las antiguas ya conocidas.

Bellísima cosa es y sobremanera agradable a la vista, poder contemplar el cuerpo lunar, apartado de nosotros casi sesenta diámetros terrestres, tan próximo como si se hallase tan sólo a dos de tales medidas, de manera que su diámetro aparezca casi treinta veces mayor, la superficie casi novecientas y el volumen, por tanto, aproximadamente veintisiete mil veces mayor que cuando se observa sólo a simple vista. Gracias a ello, cualquiera puede saber con la certeza de los sentidos que la Luna no se halla cubierta por una superficie lisa y pulida, sino áspera y desigual, y que, a la manera de la faz de la Tierra, háyase recubierta por doquier de ingentes prominencias, profundas oquedades y anfractuosidades.

Otrosí, haber puesto fin a las disputas atinentes a la Galaxia o Vía Láctea, descubriendo a los sentidos y no ya al intelecto su esencia, no creo que haya de tenerse por cosa baladí. Asimismo bellísimo y grato será demostrar ostensiblemente que la naturaleza de aquellas estrellas que hasta el presente los astrónomos han denominado Nebulosas es muy otra de lo que hasta ahora se ha pensado.

Mas lo que supera con mucho todo lo imaginable y que principalmente nos ha movido a llamar a la vez la atención de astrónomos y filósofos, es precisamente haber descubierto cuatro estrellas errantes que nadie antes que nosotros ha conocido ni observado, las cuales, a semejanza de Venus y Mercurio en tomo al Sol, presentan sus propios períodos en tomo a una estrella insigne que se cuenta entre las conocidas, ora precediéndola, ora siguiéndola, no alejándose jamás de ella fuera de ciertos límites. Cosas todas ellas por mí observadas y descubiertas no ha muchos días, mediante un anteojo de mi invención, previamente iluminado por la divina gracia.

Otras cosas tal vez más importantes serán descubiertas con el tiempo por mí o por otros con ayuda de un instrumento similar, cuya forma y diseño, así como las circunstancias de su invención, recordaré primero con brevedad, para dar luego cuenta de la historia de las observaciones que he realizado.

Cerca de diez meses hace ya que llegó a nuestros oídos la noticia de que cierto belga había fabricado un anteojo mediante el que los objetos visibles muy alejados del ojo del observador se discernían claramente como si se hallasen próximos. Sobre dicho efecto, en verdad admirable, contabanse algunas experiencias a las que algunos daban fe, mientras que otros las negaban. Este extremo me fue confirmado pocos días después en una carta de un noble galo, Jacobo Badovere, de París, lo que constituyó el motivo que me indujo a aplicarme por entero a la búsqueda de las razones, no menos que a la elaboración de los medios por los que pudiera alcanzar la invención de un instrumento semejante, lo que conseguí poco después basándome en la doctrina de las refracciones. Y, ante todo, me procuré un tubo de plomo a cuyos extremos adapté dos lentes de vidrio, ambas planas por una cara, mientras que por la otra eran convexa la una y cóncava la otra. Acercando luego el ojo a la cóncava, vi los objetos bastante grandes y próximos, ya que aparecían tres veces más cercanos y nueve veces mayores que cuando se contemplaban con la sola visión natural. Más tarde me hice otro más exacto que representaba los objetos más de sesenta veces mayores. Por último, no ahorrando en gastos ni fatigas, conseguí fabricar un instrumento tan excelente que las cosas con él vistas parecen casi mil veces mayores y más de treinta veces más próximas que si se observasen con la sola facultad natural. Sería ocioso enumerar la cantidad e importancia de las ventajas de dicho instrumento tanto en los asuntos terrestres como en los marítimos. Mas, desestimando las cosas terrenales, me entregué a la contemplación de las celestes, observando primero la Luna tan de cerca cual si se hallase a una distancia de apenas dos semidiámetros terrestres. Después de ella, observé repetidamente las estrellas, tanto fijas como errantes, con increíble deleite de mi ánimo, y viendo tanta abundancia de ellas, comencé a pensar en el método con que poder medir sus distancias, hallándolo al fin, por lo que cumple informar del mismo a cuantos deseen emprender observaciones de tal naturaleza.























lunes, agosto 24, 2009

"Sibila insomne", de Andrés Morales







Ha caído este reloj y tú dormías,
la torre ha despeñado a las palomas.
Un trueno anocheció, el mar ha muerto,
el hábito del sol se desmorona.

Mientras tanto en la faz del hemisferio
los ángeles se agitan desgarrados,
los niños con sus ojos más abiertos,
el trueno de la bomba aún más seco
no suena, no despierta, ya no grita.

Habrá que desandar o desnudarse,
quebrar o fracturar,
abrir el cráneo
de aquel que aún descansa en esa paz
idiota o imposible,
desgranada,
ingenuo entre las luces de un otoño
y vientos en el mar hacia el levante.







en Los cantos de la Sibila, 2009














domingo, agosto 23, 2009

"El crepúsculo", de Matilde Ladrón de Guevara (1910 - 2009)





a mi esposo Marcial Arredondo Lillo


Fuego dormido, pausa del ocaso.
Dorada miel del trabajo vuelo.
Vencida sangre, enternecido celo,
vino de abismo en el profundo vaso.

Sabia desesperanza en el fracaso,
pupila firme en el activo cielo,
frente a la noche, desprendido vuelo
que hacia la muerte nos incita el paso.

Y esperanza también o despedida
que se prende a los soles de la vida
con garras de naufragio y de delirio.

Besas en el crepúsculo la rosa.
Quemas la frente en la ebriedad fogosa,
y alzas en llama el último martirio.













Fotografía: Eduardo Vargas














sábado, agosto 22, 2009

“La cuarta alarma”, de John Cheever





E
stoy sentado al sol bebiendo ginebra. Son las diez de la mañana. Domingo. La señora Uxbridge se ha ido a algún sitio con los niños. La señora Uxbridge es nuestra ama de llaves. Prepara las comidas y se ocupa de Peter y de Louise.

Estamos en otoño. Las hojas han cambiado de color. Es una mañana sin viento, pero las hojas caen de los árboles a centenares. Para poder ver cualquier cosa —una hoja o un tallo de hierba—, uno tiene que conocer, me parece, la vehemencia del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi mujer se ha marchado, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo del pueblo) no está casi nunca de humor en estos días, de manera que, si no me equivoco, voy a perder parte de la mañana, como si esta hora tuviese un umbral o una serie de umbrales que no soy capaz de cruzar. Hacer pases con un balón de fútbol americano podría ser la solución, pero Peter es demasiado pequeño, y el único de mis vecinos que juega al fútbol va a la iglesia los domingos por la mañana.

Bertha, mi mujer, volverá el lunes. Viene de Nueva York los lunes y se marcha otra vez los martes. Bertha es una mujer joven y bien parecida con una figura espléndida. Creo que tiene los ojos un poco demasiado juntos y a veces se deja dominar por el mal genio. Cuando los chicos eran muy pequeños, Bertha tenía una manera muy malhumorada de castigarlos.

—Si no te comes el desayuno tan rico que mamaíta te ha preparado antes de que cuente tres —decía—, te mandaré a la cama. Uno. Dos. Tres...

A la hora de la cena se lo oía repetir:

—Si no te comes la cena tan rica que mamaíta te ha preparado antes de que cuente tres, te mandaré a la cama con la tripa vacía. Uno. Dos. Tres...

Aún volvía a oírlo de nuevo:

—Si no recoges los juguetes antes de que mamaíta cuente tres, mamaíta te los tirará todos a la basura. Uno. Dos. Tres...

Y así seguía durante el baño, y cuando llegaba el momento de irse a la cama, uno, dos, tres era su nana. A veces se me ocurría que Bertha debía de haber aprendido a contar cuando era muy pequeña y que al llegar su último instante también utilizaría el uno, dos, tres con el ángel de la muerte. Si ustedes me lo permiten, iré a buscarme otra copa de ginebra.

Cuando los niños tuvieron edad suficiente para ir al colegio, Bertha consiguió un empleo de profesora de estudios sociales para alumnos de sexto grado. Eso la hacía sentirse ocupada y feliz, y decía que siempre había querido dedicarse a la enseñanza. Consiguió crearse una reputación de persona muy estricta. Llevaba ropa oscura, se peinaba con mucha sencillez, y exigía contrición y obediencia a sus alumnos. Para dar un poco más de variedad a su vida, se hizo miembro de un grupo teatral de aficionados. Interpretó la doncella de Angel Street y la vieja arpía de Desmonds Acres. Sus amistades del teatro eran todas personas muy agradables, y yo disfrutaba acompañándola a sus fiestas. Es importante saber que Bertha no bebe. Acepta un Dubonnet por cortesía, pero no disfruta bebiendo.

Por medio de sus amigos del teatro, se enteró de que se buscaban intérpretes para un espectáculo de desnudo integral llamado Ozamanides II. Bertha me contó esto y todo lo que vino después. Su contrato como profesora le daba derecho a diez días de baja por enfermedad, y con el pretexto de estar enferma se fue una mañana a Nueva York. Ozamanides estaba probando actores en el despacho de un empresario en el centro de la ciudad, y Bertha se encontró allí con una cola de más de cien hombres y mujeres en espera de ser entrevistados. En seguida sacó una factura sin pagar del bolso y agitándola como si fuera una carta, se saltó la cola, diciendo:

—Perdóneme, haga el favor, perdóneme, tengo una cita...

Nadie protestó, y Bertha se colocó en un momento a la cabeza de la fila, donde una secretaria apuntó su nombre, su número de la Seguridad Social y todo lo demás. Le dijeron que entrase en una cabina y que se desnudara. Después la pasaron a un despacho donde había cuatro hombres. La entrevista, teniendo en cuenta las circunstancias, fue muy prudente. Le explicaron que actuaría desnuda durante todo el espectáculo. Entre sus obligaciones figuraba simular o realizar el coito dos veces durante la representación e intervenir en una experiencia sexual múltiple con participación del público.

Recuerdo la noche en que me contó todo esto. Fue en el cuarto de estar. Los niños ya estaban acostados. Bertha era muy feliz. Sobre eso no había la menor duda.

—Allí me tenías, desnuda —dijo—, pero sin sentirme en absoluto avergonzada. La única cosa que me preocupaba era que se me ensuciaran los pies. Era un sitio de aspecto anticuado, con programas de funciones puestos en marcos colgando de las paredes, y una fotografía muy grande de Ethel Barrymore. Allí estaba yo, desnuda delante de aquellos desconocidos y sintiendo por vez primera en mi vida que me había encontrado a mí misma. Me había encontrado a mí misma en mi desnudez. Me sentía como una mujer nueva, como una mujer mejor. Estar desnuda sin avergonzarme delante de unos desconocidos ha sido una de las experiencias más estimulantes que he tenido nunca...

Yo no supe qué hacer. En esta mañana de domingo sigo sin saber qué es lo que debería haber hecho. Imagino que tendría que haberle pegado. Dije que no podía hacer eso. Ella dijo que no podría impedírselo. Saqué a relucir a los niños y dijo que aquella experiencia haría de ella una madre mejor.

—Cuando me quité la ropa —dijo—, sentí como si me hubiese librado de un montón de pequeñeces y de mezquindades.

Entonces yo dije que no la contratarían debido a la cicatriz de la operación de apendicitis. Pocos minutos después, sonó el teléfono. Era el empresario ofreciéndole un papel.

—¡Qué feliz me siento! —dijo—. Qué maravillosa, espléndida y extraña puede ser la vida cuando una deja de representar los papeles que tus padres y tus amigos han escrito para ti. Me siento como una exploradora.

Lo acertado de lo que hice entonces o, más bien, de lo que dejé sin hacer es un punto que aún no he resuelto. Bertha renunció a su puesto de profesora, se asoció a Equity, y empezó los ensayos. En cuanto estrenaron Ozamanides, contrató a la señora Uxbridge y alquiló un apartamento en un hotel cerca del teatro. Yo le pedí que me concediera el divorcio. Bertha dijo que no veía ninguna razón para divorciarse. El adulterio y la crueldad mental tienen unas vías de acción muy claramente establecidas, pero ¿qué puede hacer un hombre cuando su mujer quiere salir desnuda al escenario? Cuando era más joven, conocí a chicas que trabajaban en espectáculos de variedades con números eróticos, y algunas de ellas estaban casadas y tenían hijos. Sin embargo, ellas sólo hacían los sábados en el espectáculo de las doce de la noche lo que Bertha iba a hacer todos los días, y por lo que recuerdo, sus maridos eran cómicos de tercera clase y sus hijos parecían estar siempre hambrientos.

Al día siguiente más o menos fui a ver a un abogado especialista en divorcios. Dijo que mi única esperanza era el consentimiento mutuo. No existen precedentes de simulación de relaciones carnales en público como motivo de divorcio en el estado de Nueva York, y ningún abogado acepta un caso de divorcio sin un precedente. La mayoría de mis amigos se mostraron muy discretos sobre la nueva vida de Bertha. Imagino que en su mayoría fueron a verla, pero yo tardé por lo menos un mes. Las entradas eran caras y costaba trabajo conseguirlas. Nevaba la noche que fui al teatro o, más bien, a lo que había sido un teatro. El arco del proscenio había sido derruido, el decorado era una colección de neumáticos usados, y la única cosa familiar eran las butacas y los pasillos que había entre ellas. El público de los teatros siempre me desconcierta. Supongo que se debe a que uno encuentra una incomprensible diversidad de tipos reunidos en lo que, esencialmente, es un interior doméstico y exageradamente ornamentado. Había todo tipo de gentes allí aquella noche. Estaban tocando música rock cuando entré. Era el ensordecedor y anticuado tipo de rock que solían tocar en sitios como Arthur. A las ocho y media se apagaron las luces, y los actores —catorce en total— avanzaron por los pasillos hacia el escenario. Como era de esperar, iban todos desnudos con la excepción de Ozamanides, que llevaba una corona.

No soy capaz de describir el espectáculo. Ozamanides tenía dos hijos, y creo que los asesinaba, pero no estoy seguro. Había sexo por todas partes. Hombres y mujeres se abrazaban entre sí y Ozamanides abrazaba a varios hombres. En un momento dado, un extraño que se hallaba sentado a mi derecha me puso una mano en la rodilla. Yo no quería hacerle reproches por una inclinación perfectamente humana, pero tampoco deseaba darle ánimos. Retiré la mano de mi rodilla experimentando una profunda nostalgia por los inocentes cines de mi juventud. En el pueblo donde me crié había uno, el Alhambra. Mi película favorita se llamaba La cuarta alarma. La vi por primera vez un martes al salir del colegio, y me quedé a la sesión de la noche. Mis padres se preocuparon al ver que no iba a casa a cenar y me riñeron. El miércoles hice novillos, pude ver el programa dos veces y estar en casa a la hora de la cena. El jueves fui al colegio, pero me metí en el cine nada más terminar las clases y me quedé hasta la mitad de la sesión de la noche. Mis padres debieron de llamar a la policía, porque un agente entró en el cine y me obligó a irme a casa. Se me prohibió ir el viernes, pero me pasé el sábado en el cine, y el domingo cambiaron de película. El filme trataba de la sustitución por automóviles de coches de bomberos tirados por caballos. Intervenían cuatro equipos de bomberos. En tres casos ya se había llevado a cabo la sustitución, y los desgraciados caballos habían sido vendidos a gentes sin escrúpulos. Quedaba aún uno de los equipos, pero sus días estaban contados. La tristeza se había apoderado de los hombres y de los caballos. Luego, de repente, estallaba un gran fuego. Se veía salir a toda velocidad hacia el incendio al primer coche, luego al segundo, y después al tercero. En el cuartel de los bomberos las cosas tenían muy mal aspecto para el equipo que aún conservaba los caballos. Luego sonaba la cuarta alarma —era su señal—, e inmediatamente entraban en acción: enjaezaban a los animales y cruzaban la ciudad al galope. Eran ellos los que apagaban el fuego y salvaban la ciudad, y como premio el alcalde les concedía el indulto. Ahora, en el escenario, Ozamanides estaba escribiendo una obscenidad en las nalgas de mi mujer.

¿Era posible que la desnudez —su emoción— hubiese aniquilado su sentido de la nostalgia? A pesar de sus ojos demasiado juntos, la nostalgia era uno de los principales encantos de mi mujer. Bertha tenía el don de trasladar airosamente a otro tiempo verbal el recuerdo de algunas experiencias. ¿Se acordaba quizá, al verse montada en público por un desconocido en cueros, de cualquiera de los sitios donde habíamos hecho el amor, de las casas alquiladas cerca del mar, donde uno oye en el estrépito de un chaparrón de verano las promesas prehistóricas del amor, del humor y de la serenidad? Era agradable volver a casa después de una fiesta mientras caía la nieve, pensé. La nieve se precipitaba contra los faros y creaba la impresión de que íbamos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Era muy agradable volver a casa después de una fiesta con la nieve cayendo. Luego los intérpretes se colocaron en fila y nos pidieron —nos ordenaron, de hecho— que nos desnudásemos y nos reuniéramos con ellos.

Aquello parecía ser mi deber. ¿De qué otra manera podía hacer un intento de entender a Bertha? Siempre he sido capaz de desnudarme muy de prisa, y así lo hice entonces. Sin embargo, surgió un problema. ¿Qué hacer con la cartera, con reloj de pulsera y con las llaves del coche? No era nada seguro dejar aquellas cosas con la ropa. De manera que, desnudo, eché a andar por el pasillo con mis cosas de valor en la mano. Al acercarme donde estaba la acción, un joven desnudo hizo que me detuviera y gritó, cantando:

—Abandona tus posesiones; las posesiones son impuras.
—Pero son mi cartera y mi reloj y las llaves del coche —dije.
—Abandona tus posesiones —cantó.
—Pero tengo que ir en coche a casa desde la estación —expliqué—, y llevo sesenta o setenta dólares en efectivo.
—Abandona tus posesiones.
—No puedo, de verdad que no puedo. Tengo que comer y beber e ir a casa.
—Abandona tus posesiones.

Entonces, todos ellos, uno a uno, Bertha incluida, se fueron apropiando del conjuro. Los actores, en conjunto, empezaron a salmodiar:

—Abandona tus posesiones, abandona tus posesiones.

Sentirme rechazado me ha resultado siempre extraordinariamente penoso. Supongo que algún médico sabría explicarlo. La sensación es retrospectiva y da la impresión de incorporarse como un nuevo eslabón a una cadena formada por todas las experiencias similares. Los actores cantaban con fuerza y tono despreciativo, y allí estaba yo, completamente desnudo, en medio de la gran ciudad y sintiéndome rechazado, recordando jugadas fallidas de fútbol, peleas perdidas, el desdén de los extraños, el sonido de risas detrás de puertas cerradas. Yo sostenía los objetos de valor con la mano derecha, cosas que representaban, literalmente, mi identidad. Ninguno de ellos era irremplazable, pero tirarlos hubiera parecido como una amenaza a mi esencia, a la sombra de mí mismo que veía proyectada sobre el suelo, a mi nombre.

Volví a mi localidad y me vestí. Era difícil hacerlo en un sitio tan estrecho. Los actores seguían gritando. Subir por el pasillo en declive de lo que había sido un teatro resultaba evocador en extremo. Yo había ascendido la misma suave pendiente después de El rey Lear y de El jardín de los cerezos. Salí a la calle.

Aún seguía nevando. Daba la impresión de ser una verdadera tormenta. Un taxi se había quedado atascado delante del teatro, y recordé que mi automóvil llevaba puestos los neumáticos para la nieve. Aquello me provocó una sensación de seguridad y de éxito que hubiese repugnado a Ozamanides y a sus desnudos cortesanos; pero yo no tenía la sensación de haber puesto al descubierto mis represiones, sino, más bien, de haber encontrado una parte de mí mismo maravillosamente práctica y obstinada. El viento me arrojaba la nieve contra la cara, de manera que, cantando y haciendo tintinear las llaves del coche, fui andando hasta el tren.






en La geometría del amor, 2002
Originalmente en Esquire, 1973