jueves, marzo 26, 2009

“El caballo académico”, de Georges Bataille







En apariencia, nada en la historia del reino animal, simple sucesión de metamorfosis confusas, recuerda las determina­ciones características de la historia humana, las transforma­ciones de la filosofía, de las ciencias, de las condiciones eco­nómicas, las revoluciones políticas o religiosas, los períodos de violencia o de aberración... Por otro lado, esos cambios históricos dependen en primer lugar de la libertad convencionalmente atribuida al hombre, único animal al que se le per­miten desvíos en la conducta o en el pensamiento.

No es menos indiscutible que esa libertad, de la que el hombre se cree la única expresión, es también obra de un animal cualquiera, cuya forma particular expresa una opción gratuita entre innumerables posibilidades. En efecto, no im­porta que esa forma sea idénticamente repetida por sus con­géneres: la prodigiosa multiplicidad del caballo o del tigre no invalida en absoluto la libertad de la decisión oscura en la cual podemos hallar el principio de lo que dichos seres propia­mente son. Sólo falta establecer, a fin de eliminar una concepción arbitraria, una medida común entre las divergencias de las formas animales y las determinaciones contradictorias que trastornan periódicamente las condiciones de existencia de los hombres.

Hay alternancias de formas plásticas, ligadas a la evolución humana, análogas a las que presenta en algunos casos la evo­lución de las formas naturales. Así, el estilo académico o clá­sico, y su opuesto, todo lo barroco, demente o bárbaro, cons­tituyen dos categorías radicalmente diferentes que a veces co­rresponden a estados sociales contradictorios. Los estilos po­drían considerarse entonces como la expresión o el síntoma de un estado de cosas esencial y de igual modo las formas animales, que también pueden ser divididas en formas acadé­micas y dementes.

Antes de la conquista, la civilización de los galos era com­parable a la de las actuales tribus del África Central; desde el punto de vista social representaba una verdadera antítesis de la civilización clásica. Resulta fácil oponer a las conquistas sis­temáticas de los griegos o de los romanos las incursiones in­coherentes e inútiles de los galos a través de Italia o Grecia y, en general, a una constante capacidad de organización, la ines­tabilidad y la excitación sin consecuencias. Todo aquello que puede brindar a los hombres disciplinados conciencia de va­lor y de autoridad oficial: arquitectura, derecho teórico, cien­cia laica y literatura hecha por personas cultas, seguía siendo ignorado por los galos que nada calculaban, no concebían progreso alguno y daban rienda suelta a las sugestiones inme­diatas y a cualquier sentimiento violento.

Un hecho de orden plástico puede ofrecerse como correlato exacto de esta oposición. Desde el siglo IV a. C., los galos, que habían utilizado para sus intercambios comerciales algu­nas monedas importadas, comenzaron a acuñar las propias copiando ciertos modelos griegos, en particular unos diseños que tenían en el reverso la representación de un caballo (como las estatuas de oro macedónicas). Pero sus imitaciones no sólo presentan las deformaciones bárbaras habituales que derivan de la torpeza del grabador. Los caballos dementes imaginados por las diversas tribus no dependen tanto de una falla técnica como de una extravagancia positiva, llevando siempre hasta sus consecuencias más absurdas una primera interpretación esquemática.

La relación entre ambas expresiones, griega y gala, resulta tanto más significativa en la medida en que se trata de la forma noble y correctamente calculada de los caballos, ani­males que se cuentan con razón entre los más perfectos, los más académicos. Al respecto, por paradójico que pueda pa­recer, puede afirmarse que sin duda el caballo, situado por una curiosa coincidencia en los orígenes de Atenas, es una de las expresiones más acabadas de la idea, en el mismo gra­do, por ejemplo, que la filosofía platónica o la arquitectura de la Acrópolis. Y puede considerarse que toda representa­ción de ese animal en la época clásica exalta, no sin traslucir una común arrogancia, su profundo parentesco con el genio helénico. En efecto, pareciera que las formas del cuerpo, así como las formas sociales o las formas del pensamiento, tien­den hacia una especie de perfección ideal de la cual procede todo valor; como si la organización progresiva de esas for­mas procurara satisfacer poco a poco la armonía y la jerar­quía inmutables que la filosofía griega solía conferir propia­mente a las ideas, y exteriormente a los hechos concretos. En todo caso, el pueblo que más se sometió a la necesidad de ver qué ideas nobles e irrevocables regían y dirigían el curso de las cosas podía fácilmente traducir su obsesión re­presentando el cuerpo del caballo: los cuerpos repulsivos o cómicos de la araña o del hipopótamo no hubiesen respon­dido a esa elevación espiritual.

Los absurdos de los pueblos bárbaros están en contradic­ción con las arrogancias científicas, las pesadillas con los traza­dos geométricos, las caballos-monstruos imaginados en Galia con el caballo académico.

Los salvajes a quienes se les aparecieron esos fantasmas, inca­paces de reducir una agitación grotesca e incoherente, una suce­sión de imágenes violentas y horribles, a las grandes ideas directri­ces que brindan a los pueblos ordenados la conciencia de la auto­ridad humana, también eran incapaces de discernir claramente el valor mágico de las formas regulares representadas en las mone­das que les habían llegado. Sin embargo, una corrección y una inteligibilidad perfectas, que implicaban la imposibilidad de in­troducir elementos absurdos, se oponían a sus hábitos como un reglamento de policía se opone a los placeres del hampa. De he­cho se trataba de todo aquello que había paralizado necesaria­mente la concepción idealista de los griegos, fealdad agresiva, éx­tasis ligados a la visión de la sangre o al horror, aullidos desmesu­rados, es decir, lo que no tiene ningún sentido, ninguna utilidad, no ocasiona esperanza ni estabilidad, no confiere ninguna autori­dad: gradualmente, la dislocación del caballo clásico, llegando en último término al frenesí de las formas, transgredió la regla y logró realizar la expresión exacta de la mentalidad monstruosa de esos pueblos que vivían a merced de las sugestiones. Los innobles monos y gorilas equinos de los galos, animales de costumbres innombrables y llenos de fealdad, apariciones no obstante gran­diosas, prodigios perturbadores, representaron así una respuesta definitiva de la noche humana, burlesca y espantosa, a las simple­zas y a las arrogancias de los idealistas.

Hay que asimilar a esta oposición, aparentemente limita­da al campo de la actividad humana, las oposiciones equivalentes en el conjunto del reino animal. En efecto, es evidente que algunos monstruos naturales, como arañas, gorilas, hipo­pótamos, presentan una semejanza oscura aunque profunda con los monstruos imaginarios galos, insultando al igual que éstos la corrección de los animales académicos, el caballo en­tre otros. Así, las selvas pútridas y los pantanos cenagosos de los trópicos reiterarían la respuesta innombrable a todo lo que en la tierra es armonioso y reglamentado, a todo lo que procura imponer autoridad mediante un aspecto correcto. Y lo mismo sucedería con los sótanos de nuestras casas donde se esconden y se devoran las arañas, e igualmente con otras gua­ridas de las ignominias naturales. Como si un horror infecto fuese la contrapartida constante e inevitable de las formas ele­vadas de la vida animal.

Y es importante observar al respecto que los paleontólogos admiten que el caballo actual deriva de pesados paquidermos, derivación que puede ser comparada a la del hombre con res­pecto al repulsivo mono antropomorfo. Sin duda, es difícil saber a qué atenerse en cuanto a los ancestros exactos del caba­llo o del hombre, por lo menos en cuanto a su aspecto exte­rior; pero no corresponde poner en duda el hecho de que algunos animales actuales, hipopótamo, gorila, representan formas primitivas en relación con animales bien proporcio­nados. Es posible situar entonces la oposición considerada entre el engendrador y el engendrado, el padre y el hijo, e imaginar como un hecho típico que figuras nobles y delicadas aparez­can al final de una supuración nauseabunda. Si hay que dar un valor objetivo a los dos términos así opuestos, la naturale­za, al proceder en oposición violenta a uno de ellos, debería ser concebida en constante rebelión contra sí misma: tan pron­to el espanto de lo informe y lo indeciso desembocan en las precisiones del animal humano o del caballo, se sucederán, en un profundo tumulto, las formas más barrocas y más repug­nantes. Todos los trastornos que parecen pertenecer propia­mente a la vida humana no serían más que uno de los aspec­tos de esa revuelta alternada, oscilación rigurosa que se levan­ta con movimientos coléricos y que, si se considera arbitraria­mente en un tiempo reducido la sucesión de revoluciones que han persistido sin fin, golpea y hace espuma como una ola en un día de tormenta.

Sin duda, es difícil seguir el sentido de esas oscilaciones a través de los avatares históricos. Sólo a veces, como en las grandes invasiones, es posible ver con claridad una incoheren­cia sin esperanza imponiéndose sobre un método racional de organización progresiva. Pero las alteraciones de las formas plásticas representan a menudo el principal síntoma de los grandes trastornos: de modo que hoy podría parecer que nada se modifica, si la negación de todos los principios de la armo­nía regular no estuviese revelando la necesidad de una muta­ción. No hay que olvidar, por una parte, que esa negación reciente ha provocado las más violentas indignaciones, como si las bases mismas de la existencia hubieran sido cuestiona­das; y por otra parte, que las cosas han pasado con una grave­dad todavía insospechada, expresión de un estado espiritual absolutamente incompatible con las condiciones actuales de la vida humana.






en La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939, 2003









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