jueves, agosto 19, 2010

«Bajo el volcán» , de Malcolm Lowry

Fragmento / Traducción de Raúl Ortiz y Ortiz





Con los ojos de la mente volvió a ver «Los Borrachones», aquella extraordinaria imagen colgada en la pared de Laruelle, sólo que ahora adquiría un aspecto un tanto distinto. ¿Acaso no tendría otro significado ese cuadro, carente de intención como su humorismo, más allá de lo simbólicamente obvio? Vio que aquellos personajes con aspecto de espíritus, aparentemente se volvían más libres, más separados, y sus nobles rostros característicos tornaban a ser más característicos, más nobles, mientras mayor era su ascenso hacia la luz; aquellos seres rubicundos que se semejaban a demonios amontonados, se volvían más parecidos entre sí, más juntos, más semejantes a un único demonio mientras mayor era su cercanía a las tinieblas. Tal vez esto no fuera tan ridículo. Cuando él había luchado por elevarse, como al principio de su existencia con Yvonne, ¿acaso los «rasgos» de la vida no habían parecido aclararse, animarse más, los amigos y enemigos volverse más identificables, los problemas especiales, las escenas, y con ellos el sentido de su propia realidad, más separados de sí mismo? ¿Y no resultó que, mientras más se hundía mayor era la tendencia de aquellos rasgos a disimularse, a obstruirse y resolverse, para, a la larga, transformarse en algo apenas mejor que horrendas criaturas de su hipócrita yo interno y externo, o de su lucha, si la lucha existía aún? Sí, pero aunque lo hubiera deseado, anhelado, este mismo mundo material, por ilusorio que fuese, pudo haberse convertido en aliado para indicarle el buen camino. En este caso no habría habido recurrencia, por medio de voces irreales y engañosas y formas de disolución que cada vez se asemejaban más a una sola voz, a una muerte más muerta que la muerte misma, sino una infinita dilatación, una infinita evolución y extensión de límites, en que el espíritu era una entidad, perfecta e íntegra: ¡ah! ¿quién sabe por qué fue ofrecido al hombre —por acosada que fuese su suerte— el amor? Y sin embargo, tenía que enfrentarse a ello: había caído, caído, caído hasta... pero ahora mismo se percataba de no haber llegado enteramente hasta el fondo. Todavía no era el fin completo. Era como si su caída se hubiese detenido sobre un estrecho borde, borde desde el que no podía subir ni bajar, y sobre el cual yacía bañado en sangre y medio aturdido mientras que allá abajo, en las lejanas profundidades, aguardaba el abismo bostezando.





1947










miércoles, agosto 18, 2010

“El segundón”, de D. H. Lawrence







—¡Oh, estoy cansada! —exclamó Frances malhumorada; y en ese mismo instante se dejó caer sobre el césped, cerca del seto vivo.

Anne quedó sorprendida un momento; luego, acostumbrada a las extravagancias de su querida Frances, dijo:

—¿Acaso no es natural que te sientas cansada después de haber viajado ayer nada menos que desde Liverpool?

Y se echó al lado de su hermana. Anne era una chica juiciosa de catorce años, muy fresca, que destilaba sentido común. Frances era mucho mayor, de unos veintitrés, y caprichosa, espasmódica. Era la belleza y la inteligencia de la familia. Desprendió los escaramujos del vestido de un modo nervioso, desesperado. Su hermoso perfil, ondulado en lo alto por el pelo negro, cálido debido a la tez oscura y rojiza como una pera, estaba calmo como una máscara; su fina piano morena daba tirones nerviosos.

—No se trata del viaje —dijo objetando la torpeza de Anne. Anne miró curiosa a su adorada. La jovencita, a su modo confiado y pragmático, procedió a estudiar a la caprichosa criatura. Pero de súbito se vio retratada en los ojos de Frances; sintió que dos ojos renegridos y turbulentos le lanzaban un desafío; y se acobardó. Frances era característica por esas grandes miradas que dejaban al descubierto y que desconcertaban a la gente por su violencia y brusquedad.
—¿Qué te pasa, pobre patito? —preguntó Anne mientras cubría con sus brazos la forma leve y voluntariosa de su hermana. Frances se rió agitada y se recostó, cómoda, sobre los pechos protuberantes de la robusta muchacha.
—Oh, sólo estoy un poquitín cansada —murmuró al borde de las lágrimas.
—Desde luego que lo estás. ¿Cómo querías sentirte? —la alivió Anne. A Frances le resultaba gracioso que Anne jugara a ser la mayor, que fuera casi maternal con ella. Pero en realidad Anne estaba en plena adolescencia; los hombres le parecían unos perros, mientras que Frances, a los veintitrés, sufría mucho.

El campo estaba intensamente matinal. En el ejido todo brillaba junto a su sombra y la ladera de la colina despedía calor. El terreno pardo parecía en un nivel bajo de combustión, las hojas de los robles estaban abrasadas y marrones. Entre el follaje negruzco, a distancia, fulguraban el rojo y el naranja del pequeño pueblo.

Los sauces del curso del arroyo al pie del ejido se agitaron de repente con un efecto deslumbrante de diamantes. Una brisa. Anne volvió a su posición normal. Extendió las rodillas y se puso en el regazo un puñado de avellanas, unas cositas de hojillas blancas verduzcas cuya única mejilla estaba tostada, entre marrón y rojiza. Empezó a partirlas y a comerlas. Frances, con la cabeza gacha, meditaba amargamente:

—Eh, ¿conoces a Tom Smedley? —preguntó la jovencita mientras sacaba una avellana de su apretada vaina.
—Digamos que sí —replicó Frances con sarcasmo. —Pues me regaló un conejo silvestre que cazó para que lo criara con el domesticado. Y vive.
—Está bien —comentó Frances, muy distante e irónica.
—¡Claro que sí! Dijo que me llevaría a Ollerton-Feast, pero nunca lo hizo. Mira, se llevó a un criado de la rectoría. Yo lo vi.
—Pues le corresponde —dijo Frances.
—¡No, no le corresponde! Y se lo dije. Y le dije que te lo contaría. Y lo he hecho.

Crujió una avellana entre sus dientes. Sacó el fruto y lo mascó complacida.

—No tiene la menor importancia para mí —dijo Frances.
—Bueno, pues no, pero de cualquier modo me enfadé con él.
—¿Por qué?
—Porque no tiene derecho a ir con un criado. —Tiene todo el derecho —persistió Frances, muy tajante y fría.
—No lo tiene cuando me había dicho que me llevaría.

Frances lanzó una carcajada de diversión y alivio.

—Oh, no; me había olvidado de eso —dijo; y agregó—. ¿Y qué dijo cuando le prometiste que me lo contarías
—Se rió y me dijo: «No se rasgará las vestiduras por eso».
—Y no lo haré —dijo Frances con menosprecio.

Se produjo un silencio. El ejido, con sus resecos cardos de cabeza dorada, sus matas de zarzas silenciosas, sus aulagas de vainas marrones al resplandor de la luz, parecía un sitio visionario. En la otra orilla del arroyo empezaba el inmenso modelado de la agricultura, el blanco ajedrezado de rastrojo de cebada, los pardos cuadrados de trigo, los parches caquis de los pastizales, las rayas rojas del barbecho, con el bosque y el pueblo diminuto como ornamentos; todo llevaba a la distancia, hacia las colinas, donde el dibujo cuadriculado se hacía más pequeño hasta que en el vaho negruzco del calor, a lo lejos, sólo se podían distinguir los diminutos cuadraditos de rastrojo de cebada.

—¡Eh, mira, aquí hay una madriguera de conejo! —gritó de repente Anne—. ¿Vigilamos por si sale alguno? No tendrás que moverte, sabes.

Las dos chicas se quedaron absolutamente inmóviles. Frances miraba ciertos objetos a su alrededor; tenían un aspecto peculiar, poco amistoso: el peso de las bayas verdosas del saúco sobre los tallos purpúreos, el centelleo de las manzanas silvestres amarillentas que se congregaban en lo alto del seto contra el cielo; las hojas exhaustas y blandas de las primaveras aplastadas bajo el seto: todo le parecía extraño. Entonces sus ojos atraparon un movimiento. Un topo se movía en silencio sobre el suelo caliente, rojizo, husmeando, arrastrándose por aquí y allá, plano y oscuro como una sombra, cambiando de posición, tan vivaz y silencioso de pronto como el mismísimo fantasma de la joie de vivre. Frances se sobresaltó; por hábito estaba a punto de llamar a Anne para que matara a la pequeña bestia. Pero hoy su letargo de descontento fue demasiado para ella. Observó al diminuto bruto bracear, husmear, tocar cosas para descubrirlas, correr a ciegas deleitado hasta el éxtasis por los rayos del sol y las cosillas calientes y extrañas que le acariciaban la panza y la nariz. Sintió una profunda piedad por la criaturita.

—¡Eh, mira aquí! Es un topo.

Anne se puso en pie para observar la oscura e inconsciente bestia. Frances frunció el entrecejo con ansiedad.

—No escapa, ¿eh? —dijo en voz baja la jovencita. Entonces se aproximó cautelosamente al animalito. El topo se alejó torpemente. En un abrir y cerrar de ojos Anne le puso un pie encima, sin pesadez. Frances vio el movimiento luchador, natatorio de las manitas rojas de la bestezuela, el retorcimiento y la agitación de su nariz puntiaguda, mientras se debatía bajo la suela de la bota.
—¡Cómo se mueve! —dijo la joven huesuda frunciendo la frente ante la sensación de cosquilleo. Entonces se agachó a mirar su presa. Frances pudo ver ahora, al borde de la suela do la bota, los esfuerzos de los hombros aterciopelados, la postura lastimosa del rostro ciego, el frenético remar de las manos planas y rojizas.
—Mata a esa cosa —dijo desviando la mirada.
—Oh, no, yo no —se rió Anne, acobardándose—. Hazlo tú si te gusta.
—No me gusta —dijo Frances con una calma intensidad.

Después de varios intentos, con ligeros movimientos Anne logró apresar al animalito por la piel del pescuezo. Este echó la cabeza atrás, meneó a un lado y otro su largo hocico ciego, abrió la boca en una peculiar forma oblonga y con diminutos dientecillos rojos en el borde. Jadeó y retorció la frenética boca ciega. El cuerpo, pesado y torpe, colgaba casi sin moverse.

—¿No te parece una cosita llena de vida? —observó Anne, alejándolo para evitar los dientes.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó tajante Frances.
—Hay que matarlo. Mira todo el daño que hacen. Lo llevaré a casa y que lo mate papá o cualquier otro. No voy a dejar que se escape.

Envolvió torpemente al animalito con su pañuelo y tomó asiento al lado de su hermana. Hubo un intervalo de silencio durante el cual Anne luchó contra los esfuerzos del topo.

—Esta vez no has tenido mucho que decir acerca de Jimmy. ¿Le viste a menudo en Liverpool? —preguntó de repente Anne.
—Una o dos veces —contestó Frances sin dar señal de que la pregunta la inquietaba.
—¿Entonces ya no te gusta?
—Debería pensar que no, al saber que está comprometido.
—¿Comprometido? ¡Jimmy Barrass! ¡Vaya, qué sorpresa! Jamás pensé que se comprometería.
—¿Por qué no? Tiene tanto derecho como cualquier hijo de vecino, ¿no? —replicó Frances.

Anne jugueteaba con el topo.

—Así es —dijo finalmente—; sin embargo, nunca pensé que Jimmy lo haría.
—¿Por qué no? —insistió Frances.
—No lo sé... ¡este bendito topo no se queda tranquilo! ¿Con quién se comprometió?
—¿Cómo puedo saberlo?
—Pensé que se lo habrías preguntado; hace ya bastante tiempo que le conoces. Supongo que pensó en comprometerse ahora que ya ha sacado el doctorado en química.

Frances se rió pese a sí misma.

—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó.
—Estoy segura de que mucho. Ahora quiere sentirse alguien, de modo que se ha comprometido. ¡Eh, basta ya! ¡Entra de una vez!

Pero en ese momento el topo había logrado zafarse. Luchaba y se retorcía con frenesí, movía su puntiaguda cabeza ciega, la boca abierta como un pequeño pozo, las manos grandes y arrugadas, extendidas.

—¡Entra ya! —urgió Anne empujando al animalito con un dedo, tratando de que volviera al pañuelo. De súbito, la boca giró como una chispa sobre su dedo.
—¡Ay —chilló—, me ha mordido!

Lo dejó caer. Aturdida, la ciega criatura corrió en derredor. Frances sintió ganas de chillar. Esperaba que saliera volando como un ratón, pero estaba allí, a tientas. Quiso gritarle que se fuera. Anne, en una súbita decisión de furia, cogió el bastón de su hermana. El topo murió de un solo golpe. Frances estaba aturdida y escandalizada. Un momento antes el pobre desgraciado estaba correteando al calor y al siguiente yacía como una bolsa, inerte y negra, sin luchar, apenas un temblor.

—¡Está muerto! —dijo Frances sin aliento. Anne se llevó el dedo a la boca, miró los pequeños alfilerazos y dijo:
—Sí, esta muerto y me alegro. Esos topos son unos animalitos llenos de maldad.

Con eso se desvaneció su furia. Recogió al animal muerto.

—Qué piel más bonita tiene —murmuró acariciando la piel con un dedo, y luego con la mejilla.
—Qué bien —dijo Frances, tajante—. ¡Te llenarás de sangre la falda!

Una gota de sangre como un rubí colgaba del pequeño hocico, lista para caer. Anne la secó contra unas campánulas. De improviso, Frances se serenó; en ese momento se hizo adulta.

—Supongo que hay que matarlos —dijo, y cierta indiferencia más bien triste reemplazó su pesadumbre. Las centelleantes manzanas silvestres, el brillo de los sauces fúlgidos ahora le parecieron nimios, apenas merecedores de atención. Algo había muerto en ella, de modo que las cosas perdieron su intensidad. Estaba serena; la indiferencia se superpuso a su tranquila tristeza. Poniéndose en pie caminó hasta el arroyo.
—Eh, espérame —exclamó Anne, al trote tras ella.

Frances se quedó en el puente contemplando el lodo rojo hollado por las pezuñas del ganado. No quedaba ni una charca de agua, pero todo olía a verde, a suculento. ¿Por qué se preocupaba tan poco la pequeña Anne, que la quería tanto?, se preguntó a sí misma. ¿Por qué le importaba tan poco cualquiera de los demás? No lo sabía, pero sintió un orgullo más bien terco en su aislamiento e indiferencia.

Entraron en un campo donde yacían en hileras montones de cebada, rubias trenzas que correteaban por el suelo. El rastrojo estaba blanqueado por la intensa canícula, de modo que la extensión relumbraba blanquecina. El siguiente labradío era dulce y suave con una segunda siembra; delgados y extraviados tréboles cuyos pequeños botones rojos descansaban bellamente sobre el verde oscuro. El aroma era suave y enfermizo. Las muchachas pasaron en fila india, Frances delante.

Cerca del portón un joven cogía con la hoz algo de forraje para alimentar al ganado por la tarde. Cuando vio a las chicas dejó de trabajar y esperó sin ningún fin concreto. Frances iba vestida de muselina blanca y caminaba con dignidad, distante y descuidada. Su falta de agitación, su avance simple y descuidado le pusieron nervioso. Ella había amado al remoto Jimmy cinco años, habiendo recibido a cambio sus medias palabras. Este hombre sólo la afectaba ligeramente.

Tom era de mediana estatura y de físico robusto. Su rostro suave y blanco estaba enrojecido, no moreno, por el sol, y ese rubor fortalecía su aspecto de buen humor y soltura. Al ser un año mayor que Frances, la hubiera cortejado hacía ya mucho tiempo de haberlo querido ella. Tal como estaban las cosas, él había seguido amistosamente su camino tranquilo tratando con numerosas chicas pero permaneciendo sin ataduras, libre de preocupaciones la mayor parte del tiempo. Sólo que él sabía que quería a una mujer. Se levantó los pantalones con una pizca de conciencia de la situación cuando se aproximaron las muchachas. Frances era un ser extraño, delicado, a quien en sus venas él hacía real con curiosa y delicada estimulación. Ella le daba una leve sensación de sofoco. De algún modo, esa mañana le afectó más que de costumbre. Estaba vestida de blanco. No obstante él, al ser de naturaleza simple, no se dio cuenta. Sus sentimientos nunca habían sido conscientes, con un propósito.

Frances sabía lo que pasaba. Tom estaba listo para amarla en cuanto ella le diera la señal. Ahora que no podía tener a Jimmy, nada le importaba un ápice. Sin embargo, algo tendría. Si no podía obtener lo mejor —Jimmy, de quien sabía que era algo esnob— tendría al segundón, Tom. Avanzó como indiferente.

—¡Has vuelto, entonces! —dijo Tom. Ella notó el toque de inseguridad en la voz.
—No —se rió ella—, aún estoy en Liverpool. —Y el tono de intimidad le hizo arder.
—Entonces, ¿ésta no eres tú? —preguntó él.

A ella le saltó el corazón en señal de aprobación. Le miró a los ojos y por un segundo estuvo con él.

—¿Por qué? ¿Qué piensas? —dijo ella riéndose.

El se levantó el sombrero de la cabeza con un pequeño gesto distraído. A ella le gustaban sus modales rebuscados, su humor, su ignorancia y su lenta virilidad.

—Eh, mira aquí, Tom Smedley —interrumpió Anne.
—¡Un topo! ¿Lo encontrasteis muerto?
—No, me mordió —dijo Anne.
—¡Oh! ¿Y eso te hizo mearte encima?
—¡Oh, no! —replicó severamente Anne—. ¡Qué lenguaje!
—¿Qué te pasa a ti?
—No soporto las palabras feas.
—¿De verdad?

Miró a Frances.

—No está bien —dijo Frances. En realidad no_ le importaba. Por lo general el lenguaje vulgar la irritaba; Jimmy era todo un caballero. Pero la forma de hablar de Tom no le importaba.
—Me gustaría que hablaras bien —dijo.
—¿Sí? —dijo él, tocándose el sombrero, agitado.
—Y por lo general lo haces —sonrió ella.
—Tendré que intentarlo —dijo él de un modo tensamente galante.
—¿Qué? —preguntó ella, preparada:
—Hablarte bien —dijo él. Frances se ruborizó furiosamente, inclinó un momento la cabeza y luego se rió con alegría como si le gustara ese torpe doble sentido.
—Eh, cuida tus palabras —exclamó Anne, dándole al joven un golpecito admonitorio.
—Tú no tendrías que dar golpes como ése a un topo —se burló él de ella, aliviado de volver a territorio conocido, frotándose el brazo.
—Ciertamente no, murió de un solo golpe —dijo Frances con una ligereza que detestaba.
—Y tú no eres tan buena como para golpearlos, ¿eh? —dijo él dirigiéndose a ella.
—No lo sé. Si estoy enfadada... —dijo ella.
—¿No? —replicó él con atención alerta.
—Podría, de ser necesario —dijo ella, más dura. El era lento para notar la diferencia.
—¿Y no consideras que es necesario? —preguntó con recelo.
—Pues... ¿lo es? —dijo ella mirándole fijamente, fríamente.
—Pienso que sí —replicó él desviando la mirada, pero con actitud terca.

Ella se rió rápidamente.

—A mí no me es necesario —dijo ella con ligero desprecio.
—Sí, eso es bastante cierto.

Ella se rió de un modo tembloroso.

—Sé que lo es —dijo, y se produjo una molesta pausa.
—¿Por qué, a ti te gustaría que yo matara topos? —preguntó ella a tientas al cabo de un momento.
—Nos hacen mucho daño —dijo él, firme en su propio territorio, enfadado.
—Pues ya veré la próxima vez que me cruce con uno —prometió ella, desafiante. Se encontraron sus miradas y ella se achicó ante él, con el orgullo humillado. El se sintió molestó, triunfante y sorprendido, como si el destino le hubiese atrapado. Ella sonrió al partir.
—Pues —dijo Anne mientras las hermanas pasaban entre el trigo— yo no sé por qué reñís vosotros dos.
—¿No lo sabes? —dijo Frances riéndose, como escondiendo un secreto.
—No, no lo sé. Pero, de cualquier modo, Tom Smedley es muchísimo mejor, en mi opinión, que Jimmy, por tanto... Y más simpático.
—Tal vez lo sea —dijo fríamente Frances.

Y al día siguiente, después de una cacería secreta y persistente, ella encontró otro topo jugando al sol. Lo mató y al atardecer, cuando Tom fue al portón a fumar su pipa después de la cena, le llevó el animalito muerto.

—¡Aquí tienes, tú! —dijo ella.
—¿Lo atrapaste tú? —replicó él cogiendo el cadáver de terciopelo con sus dedos y examinándolo minuciosamente. Lo hizo para esconder su nerviosismo.
—¿Pensaste que no podría? —preguntó ella con su cara muy cerca de la de él.
—No, no lo sabía.

Ella se le rió a la cara, una extraña risita que encerró su aliento, toda la agitación, lágrimas y atolondramiento del deseo. El pareció temeroso y nervioso. Ella le cogió de un brazo.

—¿Quieres salir conmigo? —preguntó él con un tono dificultoso, perturbado.

Ella alejó la cara con una risita vacilante. A él se le subió la sangre fuerte, abrumadoramente. Se resistió. Pero le empujó y le transportó. Al ver la nuca frágil, graciosa de su cuello, le asaltó un amor fuerte por ella; y una ternura.

—Lo único que tenemos que hacer es decírselo a tu madre —dijo él. Y se quedó sufriendo, resistiendo su pasión.
—Sí —replicó ella con la voz muerta. Pero había una emoción de placer en esa muerte.






1912













martes, agosto 17, 2010

«El espejo y la máscara», de Jorge Luis Borges






Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

–Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

–Sí, Rey –dijo el poeta–. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

–Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

–Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro– dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.

–Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda –omen absit– podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.

Hubo un silencio y prosiguió.

–Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.

–Doy gracias y comprendo– dijo el poeta. 

Las estrellas del cielo retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó Con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó Con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.

El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:

–De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.

Agregó con una sonrisa: 
–Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.

El poeta se atrevió a murmurar: 
–Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad. 

El Rey prosiguió: 
–Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.
–Doy gracias y he entendido –dijo el poeta. 

El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.

–¿No has ejecutado la oda? –preguntó el Rey; 
–Sí– dijo tristemente el poeta–. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
–¿Puedes repetirla? 
–No me atrevo.
–Yo te doy el valor que te hace falta– declaró el Rey.

El poeta dijo el poema. Era una sola línea. 

Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.

–En los años de mi juventud –dijo el Rey– navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?

–En el alba –dijo el poeta– me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.

–El que ahora compartimos los dos –el Rey musitó–. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.

Le puso en la diestra una daga. 

Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.





en El libro de arena, 1975














lunes, agosto 16, 2010

“Ruptura y el peso de la hora”, de Christian Formoso






Y cuando la hora repentina
de la costumbre
y la desdicha
rompe como ola o muerto
la paz de la tarde,
y separa la vida
en antes y después de esta hora,
como sepulcro o testigo,
como arañando la espalda
o la tierra,
quisiera diluirme
en el suelo,
en la sombra,
en el río de las latitudes
plenas y apartadas
de esta hora que rompe;
y cuando sucede lo súbito;
y las vidas recuerdan
el peso de la hora
como invisible mundo
en el hombro,
en la interminable columna
o vértebra
de los días postreros y anteriores,
algo se duerme
y algo se tumba,
y las vidas recuerdan
el peso de esta hora
como si hablaran,
como el granizo
o la muerte
de un condenado,
como sentencia.
Nada hay que borre
el temblor de esta hora
ni el tiempo en su laguna
o arena
ni agujas,
ni rezos.
Hay desazones y heridas
borbotando,
hay frases marinas,
y temporales.
Cada quien tras la hora
tiene su razón.
Y cuando la hora repentina,
irrumpe
hay desazones y heridas,
como sentencias, como religión imborrable
como fe,
diluyendo las luces
para enviarnos
el recuerdo imborrable
de esta hora.





En La lengua de las mares, 1994













domingo, agosto 15, 2010

"Variaciones sobre la noche", de Jorge Teillier





“He sido un conocido de la noche. He salido a pasear bajo la lluvia y he vuelto bajo la lluvia. He ido más allá de la luz más lejana de la ciudad. He contemplado la callejuela más triste de la ciudad. He pasado junto al sereno que hacía su ronda...” Entre estos conocidos, de los cuales habla el gran poeta norteamericano Robert Frost (el predilecto de John Kennedy), sin duda los más fieles los poetas y escritores. La noche es la gran compañera de la mayoría de ellos, aún cuando por supuesto no faltan excepciones como las de Ramón Gómez de la Serna, el cual prefería madrugar para ver aparecer el alba antes de empezar a escribir, y nuestro Joaquín Edwards Bello que en una de sus crónicas se autodeclara “chiflado” porque le gusta estar durmiendo a las diez de la noche, y levantarse temprano para dar una vuelta descalzo por el pasto o regar un árbol. Pero basta decir “la noche” para verla junto a Francois Villon en el París de cellisca y rondantes aullidos de lobos, cuando el mal colegial y gran poeta salía con sus compañeros a robar las enseñas de las posadas, basta nombrarla para tener junto a nosotros al pálido Edgard Allan Poe yaciente en ella en una calle de Baltimore, después de amarla tanto como Dupin, su personaje (el precursor de Sherlock Holmes) que no soportaba la luz del día y vivía iluminado por bujías en una casa de persianas eternamente cerradas.

El romanticismo practicó el culto nocturnal, a partir del melancólico Young que conmovió a Europa con sus Noches. No hubo poeta romántico que no la cantara o exaltara como la faz verdadera de la vida. Y no es raro que, como reflejo, el siglo diecinueve llegara a estas playas portando también su cargamento nocturno. Pues la vida noctámbula comienza en Santiago casi al fin de la Colonia, hacia 1808, según cuenta José Zapiola en sus Recuerdos de Treinta Años. En ese tiempo se instalaron los primeros Trucos como se llamaban los cafés (uno estaba instalado en el Portal Fernández Concha), en donde desde mediodía a cualquiera hora de la noche se jugaba al naipe (o sea, al monte, la malicia, el mediator, la báciga, etc.). El billar se introdujo hacia 1820. Los espíritus más festivos pasaban el Mapocho para acudir a las casas de fonda y chinganas en donde campeaban música y baile. En 1884 se inauguró un establecimiento que estaba abierto toda la noche. Era el Hotel Central (Merced esquina de San Antonio) que tenía un restaurant en la parte baja. Cerrado éste por las autoridades el más popular fue el Café de la Bolsa, en donde, según cuenta Vicuña Cifuentes, se bebía preferentemente (y en copas de plaqué provistas de correspondientes bigoteras) un ponche llamado Tomayeri (abreviatura de Tom y Jerry). El estremecimiento finisecular alargaba las noches santiaguinas antes de despertarse a un nuevo siglo. Entonces surgió el primero de nuestros poetas malditos, el baudeleriano Pedro Antonio González (“quizás soy un mago maldito”, decía de sí mismo), paseante solitario, bebedor solitario de los bodegones de la Chimba, en los cuales el tinto se transformaba para él en “ardiente Falerno”, y las pobres y desarrapadas mujeres de la vida en hetairas (“Vírgen báqueica y tísica, bebe”). De él escribió Francisco Contreras: “Solía vérsele a veces por las calles errando solitario apoyado en su bastón, descuidado el traje, el cigarrillo en los labios, un libro bajo el brazo como persiguiendo intangibles visiones del aire con la mirada siniestra de sus ojos divergentes”. En la primera década de este siglo un grupo de poetas concurría al “Cola de Mono” situado en San Diego con Plaza Almagro. Otros a la llamada “Piojera”, gran expendedora de la nacional chicha baya, situada en calle Zañartu. Y los más encopetados concurrían al restaurant de “Papá Gage” en calle Huérfanos, al “Coppola” de Agustinas con Miraflores, a la “Confitería Palet”, de la calle Estado. Pero, simplemente, era corriente que los jóvenes poetas de ese entonces recorrieran las calles bajo la dudosa luz de los mecheros de gas, conversando y recitando hasta la llegada del alba.

Extraños fantasmas entregó la noche santiaguina la llamada Generación del Año 20. El más típico fue Alberto Valdivia, más conocido como “el cadáver”, precoz y extraordinario poeta consumido por la morfina, que recorría los bares con su violín al brazo. Homero Arce en un reciente artículo sobre el poeta Rosamel del Valle recuerda los cenáculos de la que fue (tal vez) la más bohemia de las generaciones: “El Jote” donde había buenos platos por sólo cuarenta centavos, “El Hércules”, “La Bahía”, los bares alemanes con orquestas de ciego de San Pablo y Esmeralda, un poco más tarde el “Black and White”. Y la “Ñata Inés” de calle Eyzaguirre en donde, según se cuenta, el adolescente Neruda, llegado de la noche oceánica poblada de ladridos y de coigüillas de Temuco, dejaba en prenda de pago su capa heredada del padre ferroviario. Coetáneamente, transnochaban también –pero sólo tomando café con leche– en “Los Inmortales” Manuel Rojas, González Vera, Silva Castro y otros no devotos al más popular entre los chilenos de los dioses olímpicos.

También se desplazaron hacia San Diego muchos de los integrantes de la Generación del 38. Uno de ellos, el más extraño y prometedor de todos (para hablar en lenguaje deportivo) Héctor Barreto, personaje lunar que vivía viajes imaginarios sin salir días enteros de su lecho, y que dejara antes de los diecinueve años cuentos de una imaginación inusitada en la narrativa chilena, fue muerto a la salida del Café Volga por un grupo de nazistas el año 1937. Pero de esa generación, el más notable de los “conocidos de la noche” fue sin duda Teófilo Cid, el poeta y escritor que de dandy del Ministerio de Relaciones, pasó a ser –según el decir de Gonzalo Rojas, su compañero en poesía– “el lobo estepario de las noches santiaguinas”. Teófilo Cid, hombre de desusada cultura, llevado de una irresistible animadversión a un medio donde impera la mediocridad prefirió inmolarse en la noche, como un budista en las llamas, antes que aceptar los convencionalismos. “Hay estrellas en tu nombre/ Cuando una lenta espera me domina/ con su atroz desesperanza” le escribía a la noche. Consumido por ella murió en 1963, no sin pronosticar antes que más de alguien en sus funerales diría que “había muerto el último bohemio”. Yo mismo –nos decía– he asistido al entierro de una infinidad de “últimos bohemios”. Sin duda, los escritores (corriente universal de estos días) han tomado conciencia de ser trabajadores de un oficio, y se cuidan de cumplir horarios regulares y llevar una vida de orden. Sin embargo, habrá siempre un último bohemio, habrá siempre quien se acode a los mesones de los bares abiertos toda la noche, habrá siempre quien salga andar bajo la lluvia y vuelva bajo la lluvia y vaya más allá de la luz lejana de la ciudad, sabiendo que un reloj luminoso proclama que el tiempo no es verdadero ni falso.













en Viaje, Santiago, marzo de 1972 (N°460).








Fotografía de Lorenzo Peirano










sábado, agosto 14, 2010

“Los seis minutos más bellos de la historia del cine”, de Giorgio Agamben







Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería -que es una especie de gallinero- está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetín. La proyección está empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea -a quien hemos salvado- no puede amarnos.





en Profanaciones, 2005













viernes, agosto 13, 2010

«Poeta en Puerto Aguirre», de León Ocqueteaux



(1937-2009)


Al amanecer el poeta despierta,
y lee «me alimento de la carne del buey y del agua de los torrentes».
Yo no puedo decir así como tú, viejo Walt.
Afuera se desperezan los primeros pájaros del mar.
El viento WE sacude la pequeña casa de madera;
y se escucha el trepidar de los motores de las lanchas.
Sí. El alba fría. Los últimos ebrios resbalan
sobre las callejuelas de caracoles muertos
y su ruido quebradizo me recuerda un verso de Blaise Cendrars.
El viejo Azócar escucha a Joan Báez y maldice contra el mal tiempo
            que vendrá.
Por la ventana, se ven tres tordos en las ramas heladas
            del único ciruelo del puerto;
y tú piensas en la leyenda de la felicidad.
Tu hijo quiere conocer al abuelo que acaba de morir:
«En la bodega de la vieja casa el morral cuelga vacío.
¿Quién cazará ahora los choroyes y torcazas?
Mi pobre padre ha muerto…».
Acaricio tu cabellera de algas amarillas
y te repito otra vez, unido a ti como el remo al bote.
Dulce como una abeja.
Quieres pintar el mar con el color de las olas.
Una noche de tormenta, hace ya más de veinte años,
Pablo de Rokha estuvo aquí comiendo choros zapato
con don Carlos Alvarado cuando era estafeta de Correos,
y escuchó las historias del pirata Ñancupel.
Algún día visitarás la Cueva de los Siete Esqueletos.
Nunca aprendiste a jugar truco.
Los peces se arquean en el agua como caballos de mar
            o ramas de árboles.
El día huye en la punta de los campanarios.
Puerto Aguirre en un lanchón cargado de congrios y róbalos,
es un caiquén ahumado servido en el boliche de don Thelmo,
es el olor del ciprés de las Guaitecas recién cortado,
es Bill Barnes, el «Aventurero del Aire», vuelto a leer
            treinta años después,
es el licor de murtas preparado por doña Hilda Gutiérrez,
y es también la Isla Pejerrey, divisada apenas una mañana
            de neblina.
Las islas del frente, te recuerdan Esmeraldas,
en donde un dieciocho estuviste solo en la plaza,
con una botella de vino, y los Salmos de Cardenal en el bolsillo.
En una fotografía apareces con sombrero y una manta de Castilla,
junto a la verja derruida del Cementerio Antiguo.
En la pared, un cuero de chingue estacado en cruz,
y un verso escrito con carbón: «Y la luz vino a pesar de los puñales…».
Sí. Siempre he de ir tomado
de tu mano viejo Walt Whitman.





en Revista Trapananda, N°5, Aysén, 1985















jueves, agosto 12, 2010

“Oficio”, de Eduardo Anguita







El té de los difuntos
El párpado que nos cierra a la vida
Y nos abre a la muerte como una mano
El viento naciendo de su piedra
El té de los vivos para teñirnos de cadáver
Tanto lamento cuando todo está perdido
Ese hombre viene y se va
Los pies de los muertos son hojas de té

Y por fin mi cuerpo
¿En qué desierto hondo de sombra
Sembramos arena y cosechamos silencio?
Así suceden los meses aquí abajo
Llenos de horas lavando nuestros ojos del último instante
Y una voz que dice ¿Llevo alimento?

Pero no creíamos en esto

Abra la boca y respire
No trate de evitarlo

De ahora en adelante no estaré en casa
Ocupado ocupado bebiendo un té especial
Dejándome crecer la lengua
Oyendo el ruido del sol a voluntad del viento
La voluntad del viento mi estructura
Las manos y los millones de pasos
Evaporados al cabo del día

El té de los difuntos se bebe lejos
Los arrozales vacíos con su candor rígido
Y mi cabeza sola





en Poesía entera, 1970














miércoles, agosto 11, 2010

"Subiendo entre los Alpes", de Edward Whymper

Fragmento



El último recuerdo triste todavía me acecha y a veces me envuelve como si fuera una neblina, aislándome de la luz del sol y enfriando el entusiasmo de los momentos más felices. He sentido alegrías tan grandes que no puedo describirlas con palabras y penas en las que ni siquiera me atrevo a pensar. Y cuando pienso en todo ello, me digo: escala si quieres, pero recuerda que el coraje y la fuerza no son nada sin la prudencia, y que un descuido momentáneo puede destruir la felicidad de toda una vida. No hagas nada con precipitación; vigila cada paso que des, y, desde el principio, piensa en cuál puede ser el final.










1871









Colaboración a Dscntxt de Germán Hitschfeld, aquí en el Volcán










martes, agosto 10, 2010

"Auge sin tilde", de Rebeca Yanke







busco el alud de nieve
en el poema de boccanera,
debería servirme para algo
la red de redes, debería pescar,
cazar, usar mi boina para no
ocultarme, usar mi ojo para
encuadrar, pero si no momifico
me momifico, si no modifico
me modifico, y este edificio
se desprende, porque en los
no-lugares nunca llueve





en Infinitos corpúsculos, 2010














lunes, agosto 09, 2010

"El Chiflón del Diablo", de Baldomero Lillo

Fragmento



En las chozas de los campesinos el hambre asomaba su pálida faz a través de los rostros de sus habitantes, quienes se veían obligados a llamar a las puertas de los talleres y de las fábricas en busca del pedazo de pan que les negaba el mustio suelo de las campiñas exhaustas.

Había, pues, que someterse a llenar los huecos que el fatídico corredor abría constantemente en sus filas de inermes desamparados, en perpetua lucha contra las adversidades de la suerte, abandonados de todos, y contra quienes toda injusticia e iniquidad estaba permitida.

El trato quedó hecho. Los obreros aceptaron sin poner objeciones el nuevo trabajo, y un momento después estaban en la jaula, cayendo a plomo en las profundidades de la mina.

La galería del Chiflón del Diablo tenía una siniestra fama. Abierta para dar salida al mineral de un filón recién descubierto, se habían en un principio ejecutado los trabajos con el esmero requerido. Pero a medida que se ahondaba en la roca, ésta se tornaba porosa e inconsistente. Las filtraciones un tanto escasas al empezar habían ido en aumento, haciendo muy precaria la estabilidad de la techumbre que sólo se sostenía mediante sólidos revestimientos. Una vez terminada la obra, como la inmensa cantidad de maderas que había que emplear en los apuntalamientos aumentaba el costo del mineral de un modo considerable, se fue descuidando poco a poco esta parte esencialísima del trabajo. Se revestía siempre, sí, pero con flojedad, economizando todo lo que se podía.

Los resultados de este sistema no se dejaron esperar. Continuamente había que extraer de allí a un contuso, un herido y también a veces algún muerto aplastado por un brusco desprendimiento de aquel techo falto de apoyo, y que, minado traidoramente por el agua, era una amenaza constante para las vidas de los obreros, quienes atemorizados por la frecuencia de los hundimientos empezaron a rehuir las tareas en el mortífero corredor. Pero la Compañía venció muy luego su repugnancia con el cebo de unos cuantos centavos más en los salarios y la explotación de la nueva veta continuó.

Muy luego, sin embargo, el alza de los jornales fue suprimida sin que por esto se paralizasen las faenas, bastando para obtener este resultado el método puesto en práctica por el capataz aquella mañana.

Muchas veces, a pesar de los capitales invertidos en esa sección de la mina, se había pensado en abandonarla, pues el agua estropeaba en breve los revestimientos que había que reforzar continuamente, y aunque esto se hacía en las partes sólo indispensables, el consumo de maderos resultaba siempre excesivo. Pero para desgracia de los mineros, la hulla extraída de allí era superior a la de los otros filones, y la carne del dócil y manso rebaño puesta en el platillo más leve, equilibraba la balanza, permitiéndole a la Compañía explotar sin interrupción el riquísimo venero, cuyos negros cristales guardaban a través de los siglos la irradiación de aquellos millones de soles que trazaron su ruta celeste, desde el oriente al ocaso, allá en la infancia del planeta.













en Sub-terra, 1904








domingo, agosto 08, 2010

"El cántico y el vuelo", de Carlos Trujillo






Escribo de lo escrito y lo por escribir
Lo que lleva mi mano y dibuja el espejo
Del silencio que corre como un coche tan sin ruedas

No hay palabras a veces ni matices ni velos

Respiro la escritura, su profunda hendidura
Como el ave innombrada que se nombra en su vuelo
Y no sabe que el ala es hermana del cielo
Y del suelo
Trizada la sola ala, pobrecita, tan sola
Sin haber iniciado ni el cántico ni el vuelo.






en Antología poética 1974-1983, 1992













sábado, agosto 07, 2010

"Carlos", de Ricardo Loncón Antileo







M
ira, mira, ha llegado Carlos,
comenzó a decir la gente
en medio de la fiesta.
Un gran sombrero negro
y una manta bordada vestía Carlos.
Se bajó del caballo,
lo dejó junto a un roble
y como una canción
le sonaron las espuelas.

Entre amigos estás, le dijeron
y con un brindis lo recibieron.
Ah, es la fiesta de Carlos esto,
dijeron otros que estaban mirando.
Luego nomás entonces
¡comenzarán los celos aquí!
Como en todas partes tiene mujeres, Carlos.
En todos los caminos se trenzarán del pelo
las mujeres por Carlos,
comentaron los mayores.

Aquel es Carlos,
se decían las jovencitas.
Carlos cerraba los ojos a una y otra
en medio del baile.





en Antología de poesía indígena latinoamericana, 2008















viernes, agosto 06, 2010

“Nuestro viejo amor”, de Pedro Prado








Tú no lo sabes, mujer, i son innumerables las cosas que creemos desaparecidas, i es porque se han internado en nuestro corazón.

Vengo de cortar un álamo del alto seto del oriente, a orilla del agua i del camino soñoliento.

Las amarras que en su juventud le retuvieron unido a su vecino, amarras que creía desaparecidas, ahora atravesaban su corazón.

Con mi haz de leña he venido por el sendero, entre las yerbas secas que envuelven las arañas con sus telas.

I he venido sonriendo tranquilamente, al pensar en la fría apariencia de nuestro viejo i buen amor.





en Los pájaros errantes, 1915













jueves, agosto 05, 2010

"Macorina", de Chavela Vargas & Alfonso Camín





Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Tus pies dejaban la estera
y se escapaba tu saya
buscando la guardarraya
que al ver tu talle tan fino
las cañas azucareras
se echaban por el camino
para que tú las molieras
como si fueses molino.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Tus senos, carne de anón,
tu boca una bendición
de guanábana madura.
Y era tu fina cintura
la misma de aquel danzón.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.

Después el amanecer
que de mis brazos te lleva
y yo sin saber qué hacer
de aquel olor a mujer,
a mango y a caña nueva
con que me llenaste al son
caliente de aquel danzón.

Ponme la mano aquí, Macorina,
ponme la mano aquí.


















miércoles, agosto 04, 2010

“Los vigilantes”, de Diamela Eltit

Fragmento




II. Amanece


A
manece mientras te escribo. Tu desconfianza aumenta aún más las fronteras que se extienden entre nosotros. Se ha dejado caer un frío considerable. Un frío que se vuelve cada vez más tangible en este amanecer y no cuento con nada que me entibie. Ah, pero no es posible que lo entiendas porque tú, que no te encuentras expuesto a esta miserable temperatura, jamás podrías comprender esta penetrante sensación que me invade. Deberás responderme con urgencia. Como lo temía, tu hijo fue expulsado hoy de la escuela. Recuerda que te pedí de manera insistente, y, en ocasiones, desesperada, que hicieras los arreglos necesarios para intentar impedir esa resolución. Ahora es demasiado tarde. El cielo empieza a ponerse infinitamente azul, un azul que presagia la llegada conmovedora de un sol macilento que ya sé, sólo vendrá a iluminar aún más el frío que nos circunda.

Tu hijo aún duerme. Duerme como si nada hubiera sucedido, pues cuenta con la certeza de que tú seguirás con distancia nuestro hostil derrotero. Pero, esta vez, deberás entender este dilema que también te pertenece, porque si no lo haces, nuestra aflicción te tocará y la tranquilidad que rodea tu vida quedará inutilizada para siempre.

Me parece que el cielo hoy será arrogante y extenso. Mientras que tu hijo soporta el frío con una extrema liviandad, yo sufro como si hubiera sido atacada por una peste malsana. Nunca he logrado una apariencia para resistirlo y en estos instantes llego a pensar que, tal vez, mi piel fue perversamente diseñada para los inviernos.

Las últimas heladas me han devastado con rigor, llevándome hacia un malestar que vulnera las leyes de cualquier enfermedad. Tu hijo, en cambio, aunque trémulo, conserva la constancia de la alegría en sus juegos solitarios, cruzados por sus sorprendentes carcajadas. Se ríe abiertamente durante aquellas horas en las que me resguardo buscando un sueño que me alivie del frío. Te solicité que se lo dijeras, te advertí en cuánto me perturbaban sus juegos. No lo hiciste. En unos momentos me hundiré entre las gastadas cobijas de mi lecho y te aseguro que tu hijo se despertará únicamente para privarme del descanso que requiero.

Eso es todo. Piensa que permanezco a la espera del gesto que corrija el conjunto de mis inquietudes. Ah, piensa también en el frío que penetra por cada uno de los intersticios de la casa.

Pero, ¿cómo te atreviste a escribirme unas palabras semejantes? No comprendo si me amenazas o te burlas. ¿En qué instante tu mano propició unas acusaciones tan injustas? Estás equivocado, la expulsión de tu hijo fue completamente acertada y me parece cruel que insinúes que fui yo la que lo indujo a buscar una salida de la escuela. Fue una acción de tu hijo del todo personal y yo, si me hubiera visto enfrentada al conflicto de los administradores de la escuela, habría tomado idéntica medida. Ah, qué agravios tuyos debo recibir. Ahora, además del frío, me hieren tus injurias ante las que no demuestras la menor contemplación. Te insisto; la expulsión representó un tibio castigo frente a una falta que me parece imperdonable. Pero, ¿cómo puedes acusarme de desear que tu hijo abandone su educación? En estos momentos, temo que ni siquiera conozcas a tu propio hijo y te niegues a entender que su actuación estuvo provista de una gran dosis de maldad. Lo que hizo sobrepasó todos los límites y yo me vi enfrentada a un conocimiento que me ha dejado demasiado avergonzada.

Afuera está plagándose de una extrema turbulencia. Estoy cierta de que el cielo, en esta noche, muestra una dispersión poco frecuente. Es como si las distintas oscuridades se protegieran al interior de la siguiente y, a la vez, intentaran separarse. Se trata de una noche abrumadora e indecisa. No quiero volver a recibir de ti ninguna expresión inoportuna o que pretendas dudar de una decisión que es ineludible. Jamás te solicité que ejercieras un pronunciamiento ante la expulsión, ni menos que calificaras mis conductas. En realidad, ahora comprendo que tu carta fue escrita por el solo placer de provocar mis iras. Pero a mí lo único que me moviliza es la necesidad de una respuesta a la enorme disyuntiva con la que ahora convivimos. Temo a la llegada de la luz del día. Tu hijo se despierta con la luz y me persigue con sus juegos y sus inminentes carcajadas. Esos ruidos inhóspitos atraviesan las puertas tras las que me protejo para prevenirme de sus enfermizos sonidos.

Tú no sabes cómo, temblando de frío, descompuesta por el sueño, me cubro con las manos los oídos hasta provocarme daño. Ah, no entiendes lo que significa habitar con sus desconcertantes carcajadas . Ahora exijo que retires tus palabras y sólo te limites a darme una respuesta. Comprendo que mi tono te resulte imperativo, pero de esa dimensión es el conflicto al que me enfrento.

En el curso de esta noche pareciera que el cielo propiciara una catástrofe. Nunca había presenciado una apertura similar. Es inútil que intentes una estratagema, no quieras convencerme de que la palidez de tu hijo se está volviendo progresivamente malsana. El mal que anuncia está sólo contenido en tus perniciosos juicios. Limítate a escribir, con la sensatez que espero, una solución para esta tragedia que me resulta interminable.

Durante toda la noche mi corazón me ha hostilizado sin cesar. A lo largo de estas horas, me he sentido diminuida, atacada por un cansancio verdaderamente perturbador. Prisionera de distintas angustias, aún en la más leve, hube de ansiar una pronta muerte. Pero no podía adivinar que me esperaban más castigos, los que se manifestaron en algunos fugaces sueños de mutilaciones. En mis breves sueños, un cuerpo destrozado descansaba entre mis manos. Ah, imagínate, yo era la causante de esa muerte y, sin embargo, no sabía cual destino correspondía dar a los restos. No sé cómo sobrevivo a ese sueño en donde me vi, maravillada, sosteniendo a unos despojos mutilados de los cuales yo era responsable. Mi corazón me ha humillado toda la noche. El corazón late, late, late, pero el mío fue, en esta noche, irregular. Latió con una desarmonía espantosa. Mi corazón se ha comportado de una manera hiriente que no estoy en condiciones de responder a las preguntas que me haces.

Sé que esta mala noche se la debo a mi vecina. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo. Ha dejado de lado a su propia familia y ahora se dedica únicamente a espiar todos mis movimientos. Es una mujer absurda cuyo rencor la ha sobrepasado para quedar librada a la fuerza de su envidia. Mi vecina sólo parece animarse cuando me ve caminar por las calles en busca de alimentos. Me enfrento entonces a sus ojos que me siguen descaradamente desde su ventana, con un matiz de malicia en el que puedo adivinar los peores pensamientos. Sale después hacia afuera y hasta sería posible asegurar que algunas veces me ha seguido. Tú sabes que poseo un fino sentido cuando me siento acechada. Podría testificar que ella ha ido tras mis pasos en mi único recorrido a través de la ciudad. Ahora sé que mi vecina, a pesar del frío, va de casa en casa y estoy cierta de que soy el motivo de sus viajes y la razón de sus conversaciones. Su mirada es definitivamente tendenciosa y puedo prever cómo el mal se desliza por mi espalda, se despeña por mi espalda dejándome arañada por crueles difamaciones. Ah, no entiendo desde cuál de sus incontables odios ha escogido hacer de mí su contendiente.

Sabes pues que soy vigilada por mi propia vecina. Las preguntas que me haces, sólo duplican en mí la vigilancia. El que tu hijo no asista a la escuela no augura que habitemos de una manera indecorosa. Te advertí que este momento llegaría. Si tú no lo detuviste, ¿por qué pues debo entonces obedecer tus órdenes? Permanecemos, nos quedamos por tu voluntad en una ciudad que enloquece de manera progresiva. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo y cuando anochece puedo escuchar su llanto desesperado. Llora por que su vida occidental se le ha dado vuelta, porque el frío se ha dado vuelta y, por su contagio, esta noche hasta mi corazón se ha sublevado.

Tu hijo y yo pasamos este tiempo comprometidos en un ritmo que no merece el menor reproche y no veo por qué habría de hacerte una cuenta detallada de cómo pasamos el día. Pero, en fin, has de saber que nuestras horas transcurren burlando el frío que está alcanzando un cuerpo realmente monstruoso. Tu hijo lo esquiva ejecutando sus juegos y lo soslaya con el fragor de sus estruendosas carcajadas. Yo velo el día y vigilo el paso de la noche. Pero ¿cómo hacerte comprender que mi vecina me fustiga de manera vergonzosa? Deja pues de abrumarme con argumentos que no tienen el menor asidero. Tu hijo fue expulsado de la escuela por su comportamiento y debemos permanecer reducidos en la casa. ¿Qué es lo que en realidad temes? ¿Qué mal podría amenazar a quienes viven encerrados entre cuatro paredes?




1994













martes, agosto 03, 2010

"Entrega", de Else Lasker-Schüler






Miro las hileras de imágenes de las nubes,
hasta dispersarse y descubrir su ruta azul.
Flotaba solitaria en todos los mundos,
descifré los estrelloglíficos
y los signos lunares en torno al hombre.
Y tímida me pregunté si o cuando
alguna vez he nacido y después muerto.
Un vestido de duda tenía puesto,
qué antiguo dolor, consagrado a mí,
tejió en la rueda del tiempo.
Y cada imagen que de este mundo gané
perdí doblemente, y también lo que imaginaba.














lunes, agosto 02, 2010

“Pluma, lápiz y veneno”, de Oscar Wilde







Ha sido constante motivo de reproche contra los artistas y hombres de letras su carencia de una vi­sión integral de la naturaleza de las cosas. Como regla, esto debe necesariamente ser así. Esa misma concentración de visión e intensidad de propósito que caracteriza al temperamento artístico es, en sí misma, un modo de limitación. A aquellos que es­tán preocupados con la belleza de la forma nada les parece de mucha importancia. Sin embargo, hay muchas excepciones a esta regla. Rubens sirvió co­mo embajador, Goethe como consejero de Estado, y Milton como secretario de Cromwell. Sófocles des­empeñó un cargo cívico en su propia ciudad; los humoristas, ensayistas y novelistas de la América moderna no parecen desear nada mejor que trans­formarse en representantes diplomáticos de su país; y el amigo de Charles Lamb, Thomas Griffiths Wainewright, tema de esta breve memoria, aunque de un temperamento extremadamente artístico, si­guió muchos otros llamados además del llamado del arte; no fue solamente un poeta y un pintor, un crítico de arte, un anticuario, un prosista, un afi­cionado a las cosas hermosas y un diletante de las cosas encantadoras, sino también un falsificador de capacidad más que ordinaria, y un sutil y secreto envenenador, casi sin rival en esta o cualquier edad.

Este hombre destacable, tan poderoso con "plu­ma, lápiz y veneno", como dijo finamente de él un gran poeta de nuestros propios días, había nacido en Chiswick en 1794. Su padre era el hijo de un distinguido abogado de Gray's Inn y Hatton Gar­den. Su madre era hija del celebrado doctor Griffiths, el editor y fundador de la Monthly Review, el partícipe en otra especulación literaria de Tho­mas Davis, ese famoso librero de quien Johnson dijo que no era un librero, sino "un caballero que comerciaba en libros", el amigo de Goldsmith y Wedgwood, y uno de los más conocidos hombres de su día. Mrs. Wainewright murió al darlo a luz, a la temprana edad de veintiuno, y una noticia necrológica en el Gentleman's Magazine nos habla de su "amable disposición y numerosos méritos" y agrega algo extrañamente que "se supone que ella había comprendido los escritos de Mr. Locke tan bien como quizá no lo hizo ninguna persona de uno u otro sexo hoy viviente". Su padre no sobre­vivió mucho a la joven esposa, y el pequeño parece haber sido educado por su abuelo y, tras la muer­te de éste en 1803, por su tío, George Edward Griffiths, a quien posteriormente envenenó. Pasó su juventud en Lindon House, Turnham Green, una de aquellas muchas hermosas mansiones georgia­nas que, desgraciadamente, han desaparecido ante las incursiones del constructor suburbano, y a sus amorosos jardines y bien arbolado parque debió ese simple y apasionado amor a la naturaleza que no lo abandonó a través de su vida y que lo hizo tan particularmente susceptible a las influencias espirituales de la poesía de Wordsworth.

Sin embargo, no debemos olvidar que este joven cultivado, que fue tan susceptible a las influencias wordsworthianas; fue también uno de los más su­tiles y secretos envenenadores de ésta o cualquier edad. Cómo se sintió inicialmente fascinado por este extraño pecado, no nos lo cuenta, y el diario en el que anotó cuidadosamente los resultados de sus terribles experimentos y los métodos que adoptó, infortunadamente se ha perdido para nosotros. Además, se mostró reticente hasta sus últimos días en la materia y prefirió hablar sobre The Excur­sion y los Poems founded on the Affection. No hay duda, sin embargo, de que el veneno que usaba era la estricnina. En uno de los hermosos anillos que tanto lo enorgullecían, y que le servían para ostentar el fino modelado de sus manos marfileñas, acostumbraba llevar cristales de la nux vomita in­dia, un veneno -nos dice uno de sus biógrafos­- "casi insípido, y capaz de una disolución casi infi­nita". Sus asesinatos, dice De Quincey, fueron más de los que se dieron a conocer judicialmente. De esto no hay duda, y algunos de ellos son merece­dores de mención. Su primera víctima fue su tío, Mr. Thomas Griffiths. Lo envenenó en 1829 para tomar posesión de Lindon House, un lugar al que se había sentido siempre muy unido. En agosto del año siguiente envenenó a Mrs. Abercrombie, su suegra, y en diciembre envenenó a la amorosa Helen Abercrombie, su cuñada. Por qué asesinó a Mrs. Abercrombie no está averiguado. Puede ha­ber sido por un capricho, o para gratificar cierto perverso sentimiento de poder que había en él, o porque ella sospechaba algo, o por ninguna razón. Pero el asesinato de Helen Abercrombie fue lle­vado adelante por él y su esposa en consideración a una suma de unas 18.000 libras, en la que ellos habían asegurado la vida de ella en varias com­pañías.

Al agente de una compañía de seguros que lo visitaba una tarde y que creyó que podría aprovechar la ocasión para señalar que, después de to­do, el crimen era un mal negocio, le replicó: "Se­ñor, ustedes, hombres de la ciudad, entran en sus especulaciones y aceptan sus riesgos. Algunas de sus especulaciones tienen éxito, algunas fracasan. Sucede que las mías han fallado, sucede que las suyan han tenido éxito. Esa es la única diferencia, señor, entre mis visitantes y yo. Pero, señor, le mencionaré a usted una cosa en la que yo he tenido éxito hasta el final. He estado determinado a conservar a través de la vida la posición de un ca­ballero. Siempre he hecho eso. Lo hago aún. Es costumbre de este lugar que cada uno de los in­quilinos de una celda cumpla su turno de lim­pieza. ¡Yo ocupo una celda con un albañil y un deshollinador, pero ellos nunca me ofrecen la es­coba!". Cuando un amigo le reprochó el asesinato de Helen Abercrombie, él se encogió de hombros y dijo: "Sí, fue cosa espantosa hacerlo, pero tenía tobillos muy gruesos".

Naturalmente, está muy cerca de nuestro propio tiempo para que seamos capaces de formar algún juicio puramente artístico sobre él. Es imposible no sentir un fuerte prejuicio contra un hombre que podría haber envenenado a Lord Tennyson, o a Mr. Gladstone, o al señor de Balliol. Pero si el hombre hubiera usado un ropaje y hablado un idio­ma diferente del nuestro, si hubiera vivido en la Roma imperial o en el tiempo del Renacimiento italiano, o en la España del siglo XVII, o en cual­quier tierra y cualquier siglo que no fueran los nuestros, hubiéramos sido capaces de arribar a una estimación perfectamente desprejuiciada de su po­sición y valor. Yo sé que hay muchos historiadores, o al menos escritores sobre asuntos históricos, que aun creen necesario aplicar juicios morales a la his­toria, y que distribuyen su elogio o reprobación con la solemne complacencia de un maestro de escuela satisfecho. Este es, sin embargo, un hábito tonto, y solamente demuestra que el instinto moral puede ser llevado a un grado tan elevado de perfección que hace a su aparición dondequiera no es reque­rido. Ninguna persona con verdadero sentido his­tórico soñaría nunca con reprobar a Nerón, regañar a Tiberio, o censurar a César Borgia. Esas personas son como los títeres de una representación. Pueden llenarnos de terror, horror o admiración, pero no pueden hacernos daño. No están en relación in­mediata con nosotros. No tenemos nada que temer de ellos. Han pasado a la esfera del arte y de la ciencia, y ni el arte ni la ciencia saben nada de aprobación o desaprobación moral. Y así puede su­ceder algún día con el amigo de Charles Lamb. Por el momento, siento que él es un poco dema­siado moderno para ser tratado con ese fino espí­ritu de curiosidad desinteresada, al que debemos tantos encantadores estudios de los grandes crimi­nales del Renacimiento italiano, de las plumas de Mr. John Addington Symonds, Miss A. Mary F. Robinson, Miss Vernon Lee y otros distinguidos escritores. Sin embargo, el Arte no lo ha olvidado. Él es el héroe de Hunted Down, de Dickens; el Varney de la Lucretia, de Bulwer; y es grato notar que la ficción ha rendido algún homenaje a quien fue tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno". Ser inspirador para la ficción es mucho más importan­te que una simple realidad.





en Intentions, 1891














domingo, agosto 01, 2010

"A sangre fría", de Truman Capote

Fragmento



Como siempre, Willie-Jay supo comprender. Descorazonado pero no sin esperanzas, siguió cortejando el alma de Perry hasta el día que le concedieron libertad bajo palabra y se marchó del penal; la víspera escribió a Perry una carta de adiós que terminaba con el siguiente párrafo: "Eres un hombre muy apasionado, un hombre hambriento que no sabe dónde saciar su apetito, un hombre profundamente frustrado que lucha por proyectar su individualidad contra un fondo de rígido conformismo. Existes en un mundo pendiente entre dos superestructuras, una de autoexpresión y la otra de autodestrucción. Eres fuerte pero en tu fuerza hay una grieta y a menos que aprendas a controlarla, esa grieta demostrará ser más poderosa que tu fuerza y te vencerá. ¿La grieta? Explosión de la reacción emocional totalmente desproporcionada a los hechos. ¿Por qué? ¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas ganas de herirla? Muy bien: crees que son necios y los desprecias porque su moral, su felicidad son el origen de tu frustración, y tu resentimiento. Pero esas ideas son terribles enemigos que llevas dentro de ti... y a la larga serán mortíferos; como las bacterias que resisten al tiempo, no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una criatura desgarrada y retorcida; dejan fuego en su interior avivado por astillas de desprecio y odio. Podrá prosperar pero no dará fruto porque él es su propio enemigo y le estará vedado gozar intensamente de sus triunfos".










1966








Fotografía de Irving Penn












sábado, julio 31, 2010

Visión de Satanás, de Elena G. de White







Se me mostró a Satanás tal como había sido antes: un ángel excelso y feliz. Después se me lo mostró tal como es ahora. Todavía tiene una regia figura. Todavía son nobles sus facciones, porque es un ángel caído. Pero su semblante denota viva ansiedad, inquietud, desdicha, malicia, odio, falacia, engaño y todo linaje de mal. Me fijé especialmente en aquella frente que tan noble fuera. Comienza a inclinarse hacia atrás desde los ojos. Vi que se viene dedicando al mal desde hace tanto tiempo que en él las buenas cualidades están degradadas, y todo rasgo malo se ha desarrollado. Sus ojos, astutos y sagaces, denotaban profunda penetración. Su cuerpo era grande; pero las carnes le colgaban fláccidas en la cara y las manos. Cuando lo vi, tenía apoyada la barbilla en la mano izquierda. Parecía estar muy pensativo. Se le entreabrieron los labios en una sonrisa que me hizo temblar por lo cargada que estaba de malignidad y astucia. Así se sonríe siempre que está por asegurarse una víctima, y cuando la sujeta en sus lazos, esa sonrisa se vuelve horrible.





en Primeros Escritos, 1976 (6ta ed.)