lunes, marzo 05, 2018

Una mujer fantástica: Entrevista a Sebastián Lelio, y columna de Óscar Contardo







Entrevista a Sebastián Lelio, de José Tsang

Sebastián Lelio usa el lenguaje del cine para sondear hasta dónde una persona es aceptada por los demás y retratar un lazo de amor cercado por los prejuicios. Es lo que ha hecho en Una mujer fantástica, filme chileno nominado a Mejor película extranjera del Oscar (…). Su protagonista es Marina (Daniela Vega), una mujer transgénero que chocará contra una serie de barreras (…). La película no se deja encasillar y apela con destreza a diversos géneros cinematográficos. En palabras de Lelio: se trata de una película transgénero sobre un personaje transgénero.

Hace unos meses, además, Lelio presentó Disobedience, su primera película en inglés sobre un amor lésbico protagonizado por Rachel McAdams y Rachel Weisz. Y en su siguiente proyecto, Lelio dirigirá a Julianne Moore.

¿Con qué géneros dialoga Una mujer fantástica?
La idea de hacer una película transgénero –en el sentido de los géneros cinematográficos– sobre un personaje transgénero apareció como un regalo y fue una puerta abierta que nos trajo mucha libertad a la hora de escribir. Una mujer fantástica es una película romántica, el estudio de un personaje, una cinta sobre una mujer, una película de fantasmas, y hay tanto fantasías como un corazón documental en el retrato de la protagonista. La libertad de la película intenta estar a la par de la libertad del personaje.

¿Qué preguntas se le venían a la mente en el proceso de hacer la película?
Más allá de los géneros, el tema de fondo tiene que ver con los límites de la empatía y de la lealtad. ¿Qué estamos dispuestos a permitir del otro? ¿Qué personas son legítimas o ilegítimas? ¿Qué relaciones son legítimas o ilegítimas? ¿Puede existir algo así como un amor ilegítimo o una persona de menor legitimidad o rango? Si es así, ¿quién declara aquello y bajo qué autoridad? Eso que vibra en el viaje que propone la película conecta con algo que está en el aire y con lo que estamos viviendo en la sociedad, lo cual se podría definir como la crisis de los límites de la empatía. Estamos preguntándonos si queremos construir un mundo de segregación y de murallas, o si queremos abrazar la complejidad de la vida, aprender a vivir juntos y, quizá, salvarnos en el proceso. Lo que está en juego es nuestra propia supervivencia. Con eso conecta la película desde su modesto lugar.

¿Qué le sorprendió del trabajo con la actriz transgénero Daniela Vega?
Ella trajo toda su energía, complejidad, verdad y genialidad a la película. Lo que ella trae es genuino e imposible de impostar. Fue un proceso difícil y complejo. Ella había hecho una pequeña película de graduación, algunos videoclips, no tenía mayor experiencia audiovisual –aunque sí teatral– y ha sido durante años una estudiante de canto lírico. Ella es una artista, pero también es joven, entonces que ella hiciera un papel protagónico en una película de este calibre fue un desafío grande para todos. Ella tuvo que aprender a manejar, perder peso, pasó por entrenamientos físicos y líricos, se enfrentó a tormentas de viento, etc. Fue un desafío total.

En Una mujer fantástica, se coloca en el centro a un personaje que se sitúa en los márgenes de la sociedad. ¿Cuál fue la estrategia audiovisual al respecto?
Quizá lo esperable hubiera sido filmar la película con la luz cruda del realismo social y cámara en mano, como un retrato sobre los márgenes. Pero lo que quisimos fue filmar esta historia con esplendor estético y, por momentos, con exceso de esteticismo. Fue como fabricar un caballo de Troya: la película luce el revestimiento de cierto clasicismo y de una caligrafía muy cuidada, pero en su corazón tiene un personaje que es completamente no-clásico y que, además, es real. Buscamos tomar este personaje que la sociedad rechaza y filmarlo en un acto de amor. Queríamos que la película no le tuviera miedo al placer, al igual que su personaje. En este caso, hablamos de un placer estético. Por eso, en varias secuencias, está la sensación de flotar y fluir, así como se muestran esos grandes espacios y se toma en cuenta la presencia de la ciudad.


en El Comercio, 28 de febrero, 2018






"Aquel país que fuimos". Columna de Óscar Contardo


Este país es el mismo, pero también es otro. Es un lugar diferente al que me crié y uno que ha cambiado muchísimo desde 1992, el año en que entré a la universidad y se estrenó una película llamada El juego de las lágrimas. La cinta era la historia de un miembro del IRA que acaba enamorándose de una mujer transgénero. Este hecho, que explicaba el desarrollo de los acontecimientos, apenas se mencionaba veladamente en las reseñas y en las críticas publicadas en los diarios de esos años. La prensa daba rodeos con el relato y algunos periodistas bromeaban con la escena en la que el protagonista se daba cuenta que la mujer de la que se estaba enamorando, había nacido con genitales del sexo masculino.

En esos años y en ese país nadie usaba la palabra «transgénero» y los activistas del único movimiento de diversidad sexual que existía, debían dar entrevistas sin fotos y con nombres ficticios por temor a perder el trabajo o a ser agredidos en la calle. En esa misma época la censura cinematográfica prohibió la exhibición de películas de Bigas Luna porque desafiaban los límites de la moral imperante, luego hizo lo mismo con Pepi Luci y Bom, la primera película de Almodóvar que llegaba a Chile con dos décadas de retraso. Fue también la época en que Juan Domingo Dávila, el artista chileno radicado en Australia, debió enfrentar el repudio del establishment por su retrato de Simón Bolívar trans y mestizo.

Autoridades políticas y militares trataron a Dávila como a un funcionario insolente y menospreciaron su obra. Tiempo después, en 2002 hicieron algo parecido cuando Manuela Infante montó la obra llamada Prat, que fue interpretada de manera torcida y mañosa porque un personaje masculino acariciaba en la cabeza a otro. El escándalo fue nacional. Vivíamos en democracia, pero había cosas que no se nombraban y otras que no debían ser vistas. En ese mundo vivió su juventud el director Sebastián Lelio -cuando se formaba como cineasta- y en ese país aprendió a caminar la actriz Daniela Vega, que tenía solo tres años cuando se estrenó El juego de las lágrimas.

Hace unos meses conocí a Daniela Vega durante un homenaje a la poeta Stella Díaz Varín en donde la protagonista de Una mujer fantástica declamó alguno de sus versos. Le pregunté cómo fue que alguien tan joven como ella había llegado a leer a Díaz Varín, una poeta a la que se suele conocer más por el anecdotario que sus amigos varones de la generación del 50 se complacían en repetir, que por sus libros. Vega me contó que conoció su obra por casualidad en una biblioteca. Me explicó que cuando leyó los primeros versos sintió que Díaz Varín la acompañaba, que de alguna manera había escrito lo que ella estaba viviendo.

Recordé ese momento –la ocasión en que conocí a Daniela Vega y lo que me habló sobre Stella Díaz Varín– cuando la actriz dijo en una entrevista que el arte le había salvado la vida. Se me vino a la mente la imagen de una adolescente que acude a buscar refugio en una biblioteca, que se hunde en los versos de una poeta olvidada, y también en la historia de la obra de teatro El Dylan, inspirada en el asesinato a puñaladas de una joven transgénero de La Pintana en 2015. Pensé en el arte como gesto de libertad y también en aquel país que fuimos y que seguimos siendo.



en La Tercera, 5 de marzo, 2018





















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