miércoles, mayo 04, 2016

“Instituto Nacional”, de Alejandro Zambra






Para Marcelo Montecinos


            1

Los profesores nos llamaban por el número de lista, por lo que sólo conocíamos los nombres de los compañeros más cercanos. Lo digo como disculpa: ni siquiera sé el nombre de mi personaje. Pero recuerdo con precisión al 34. En ese tiempo yo era el 45. Gracias a la inicial de mi apellido gozaba de una identidad más firme que los demás. Todavía siento familiaridad con ese número. Era bueno ser el último, el 45. Era mucho mejor que ser, por ejemplo, el 15 o el 27.

Lo primero que recuerdo del 34 es que a veces comía zanahorias a la hora del recreo. Su madre las pelaba y acomodaba armoniosamente en un pequeño tupperware, que él abría desmontando con cautela las esquinas superiores. Medía la dosis exacta de fuerza como si practicara un arte dificilísimo. Pero más importante que su gusto por las zanahorias era su condición de repitente, el único del curso.

Para nosotros repetir de curso era un hecho vergonzante. En nuestras cortas vidas nunca habíamos estado cerca de esa clase de fracasos. Teníamos once o doce años, acabábamos de entrar al Instituto Nacional, el colegio más prestigioso de Chile, y nuestros expedientes eran, por tanto, intachables. Pero ahí estaba el 34: su presencia demostraba que el fracaso era posible, que era incluso llevadero, porque él lucía su estigma con naturalidad, como si estuviera, en el fondo, contento de repasar las mismas materias. Usted me es cara conocida, le decía a veces algún profesor, socarronamente, y el 34 respondía con gentileza: sí señor, soy repitente, el único del curso. Pero estoy seguro de que este año va a ser mejor para mí.

Esos primeros meses en el Instituto Nacional fueron infernales. Los profesores se encargaban de decirnos una y otra vez lo difícil que era el colegio; intentaban que nos arrepintiéramos, que volviéramos al liceo de la esquina, como decían de forma despectiva, con ese tono de gárgaras que en lugar de darnos risa nos atemorizaba.

No sé si es preciso aclarar que esos profesores eran unos verdaderos hijos de puta. Ellos sí tenían nombres y apellidos: el profesor de matemáticas, don Bernardo Aguayo, por ejemplo, un completo hijo de puta. O el profesor de técnicas especiales, señor Eduardo Venegas. Un concha de su madre. Ni el tiempo ni la distancia han atenuado mi rencor. Eran crueles y mediocres. Gente frustrada y tonta. Obsecuentes, pinochetistas. Huevones de mierda. Pero estaba hablando del 34 y no de esos malparidos que teníamos por profesores.

El comportamiento del 34 contradecía por completo la conducta natural de los repitentes. Se supone que son hoscos y se integran a destiempo y de mala gana al contexto de su nuevo curso, pero el 34 se mostraba siempre dispuesto a compartir con nosotros en igualdad de condiciones. No padecía ese arraigo al pasado que hace de los repitentes tipos infelices o melancólicos, a la siga perpetua de sus compañeros del año anterior, o en batalla incesante contra los supuestos culpables de su situación.

Eso era lo más raro del 34: que no era rencoroso. A veces lo veíamos hablando con profesores para nosotros desconocidos. Eran diálogos alegres, con movimientos de manos y golpecitos en la espalda. Le gustaba mantener relaciones cordiales con los profesores que lo habían reprobado.

Temblábamos cada vez que el 34 daba muestras, en clases, de su innegable inteligencia. Pero no alardeaba, al contrario, solamente intervenía para proponer nuevos puntos de vista o señalar su opinión sobre temas complejos. Decía cosas que no salían en los libros y nosotros lo admirábamos por eso, pero admirarlo era una forma de cavar la propia tumba: si había fracasado alguien tan listo, con mayor razón fracasaríamos nosotros. Conjeturábamos, entonces, a sus espaldas, los verdaderos motivos de su repitencia: enrevesados conflictos familiares, enfermedades largas y penosas. Pero sabíamos que el problema del 34 era estrictamente académico —sabíamos que su fracaso sería, mañana, el nuestro.

Una vez se me acercó de forma intempestiva. Se veía a la vez alarmado y feliz. Tardó en hablar, como si hubiera pensado largo rato en lo que iba a decirme. Tú no te preocupes, lanzó finalmente: te he estado observando y estoy seguro de que vas a pasar de curso. Fue reconfortante oír eso. Me alegré mucho. Me alegré de forma casi irracional. El 34 era, como se dice, la voz de la experiencia, y que pensara eso de mí era un alivio.

Pronto supe que la escena se había repetido con otros compañeros y entonces corrió la voz de que el 34 se burlaba de todos nosotros. Pero luego pensamos que esa era su forma de infundirnos confianza. Y necesitábamos esa confianza. Los profesores nos atormentaban a diario y los informes de notas eran desastrosos para todos. No había casi excepciones. Íbamos derecho al matadero.

La clave era saber si el 34 nos transmitiría ese mensaje a todos o sólo a los supuestos elegidos. Quienes aún no habían sido notificados entraron en pánico. El 38 —o el 37, no recuerdo bien su número— era uno de los más preocupados. No aguantaba la incertidumbre. Su desesperación llegó a tanto que un día, desafiando la lógica de las nominaciones, fue a preguntarle directamente al 34 si pasaría de curso. El pareció incómodo con la pregunta. Déjame estudiarte, le propuso. No he podido observarlos a todos, son muchos. Perdóname, pero hasta ahora no te había prestado demasiada atención.

Que nadie piense que el 34 se daba aires. Para nada. Había en su forma de hablar un permanente dejo de honestidad. No era fácil poner en duda lo que decía. También ayudaba su mirada franca: se preocupaba de mirar a los ojos y espaciaba las frases con casi imperceptibles cuotas de suspenso. En sus palabras latía un tiempo lento y maduro. «No he podido observarlos a todos, son muchos», acababa de decirle al 38, y nadie dudó de que hablaba en serio. El 34 hablaba raro y hablaba en serio. Aunque tal vez entonces creíamos que para hablar en serio había que hablar raro.

Al día siguiente el 38 pidió su veredicto pero el 34 le respondió con evasivas, como si quisiera —pensamos— ocultar una verdad dolorosa. Dame más tiempo, le pidió, no estoy seguro. Ya todos lo creíamos perdido, pero al cabo de una semana, después de completar el periodo de observación, el adivino se acercó al 38 y le dijo, para sorpresa de todos: Sí, vas a pasar de curso. Es definitivo.

Nos alegramos, claro, y también celebramos al día siguiente, cuando salvó a los seis que faltaban. Pero quedaba algo importante por resolver: ahora la totalidad de los alumnos habíamos sido bendecidos por el 34. No era normal que pasara todo el curso. Lo investigamos: tal parece que nunca, en la casi bicentenaria historia del colegio, se había dado que los 45 alumnos de un séptimo básico pasaran de curso.

Durante los meses siguientes, los decisivos, el 34 notó que desconfiábamos de sus designios, pero no acusó recibo: seguía comiendo con fidelidad sus zanahorias e intervenía regularmente en clases con sus opiniones valientes y atractivas. Tal vez su vida social había perdido un poco de intensidad. Sabía que lo observábamos, que estaba en el banquillo, pero nos saludaba con la calidez de siempre.

Llegaron los exámenes de fin de año y comprobamos que el 34 había acertado en sus vaticinios. Cuatro compañeros habían abandonado el barco antes de tiempo (incluido el 38), y de los 41 que quedamos fuimos 40 los que pasamos de curso. El único repitente fue justamente, de nuevo, el 34.

El último día de clases nos acercamos a hablarle, a consolarlo. Estaba triste, desde luego, pero no parecía fuera de sí. Me lo esperaba, dijo. A mí me cuesta mucho estudiar y quizás en otro colegio me vaya mejor. Dicen que a veces hay que dar un paso al costado. Creo que es el momento de dar un paso al costado.

A todos nos dolió perder al 34. Ese final abrupto era para nosotros una injusticia. Pero volvimos a verlo al año siguiente, formado en las filas de séptimo, el primer día de clases. El colegio no permitía que un alumno repitiera dos veces el mismo grado, pero el 34 había conseguido, quién sabe cómo, una excepción. No faltaron quienes dijeron que eso era injusto, que el 34 tenía santos en la corte. Pero la mayoría de nosotros pensamos que era bueno que se quedara. Nos sorprendía, en todo caso, que quisiera vivir la experiencia una vez más.

Me acerqué ese mismo día. Traté de ser amistoso y él también fue cordial. Se veía más flaco y se notaba demasiado la diferencia de edad con sus nuevos compañeros. Ya no soy el 34, me dijo al final, con ese tono solemne que yo ya conocía. Agradezco que te intereses por mí, pero el 34 ya no existe, me dijo: ahora soy el 29 y debo acostumbrarme a mi nueva realidad. Prefiero integrarme a mi curso y hacer nuevos amigos. No es sano quedarse en el pasado.

Supongo que tenía razón. De vez en cuando lo veíamos a lo lejos, alternando con sus nuevos compañeros o conversando con los profesores que lo habían reprobado el año anterior. Creo que esa vez por fin logró pasar de curso, pero no sé si siguió en el colegio mucho tiempo. Poco a poco le perdimos la pista.


            2

Una tarde de invierno, cuando volvieron de gimnasia, encontraron este mensaje escrito en la pizarra:

            Augusto Pinochet es:

            a) Un concha de su madre
            b) Un hijo de puta
            c) Un imbécil
            d) Una mierda
            e) Todas las anteriores

            Y abajo decía: PIO.

Iban a borrarlo, pero no alcanzaron, porque enseguida llegó Villagra, el profesor de ciencias naturales. Hubo un murmullo nervioso y algunas risas tímidas antes de que se impusiera el silencio absoluto en que solían desarrollarse sus clases. Villagra miró la pizarra unos minutos, de espaldas a los alumnos. Esa letra de trazo firme, con perfecta caligrafía, no era de un niño de doce años. Además de que en el PIO, el Partido Institutano Opositor, no era habitual que militaran alumnos de séptimo básico.

Con la gravedad y el histrionismo de siempre, Villagra fue a la puerta, se aseguró de que nadie afuera lo espiaba. Después tomó el borrador y empezó a borrar una a una las opciones, pero antes de llegar a la última, todas las anteriores, se detuvo a quitarse el polvo de la tiza en su chaqueta y tosió con exagerado estruendo. Entonces, desde la última fila, Vergara —más conocido por sus compañeros como verga-rara— preguntó si la alternativa correcta era la e).

Villagra miró hacia el techo, como buscando inspiración, y en efecto puso cara de iluminado. Sí, pero la pregunta está mal formulada, respondió. Les explicó que las opciones a) y b) eran prácticamente idénticas, lo mismo que la c) y la d), así que era obvio, por descarte, que era la e).

Y esa es la alternativa correcta, preguntó González Reyes.

Se llaman opciones, se dice alternativas cuando son dos, cuando son más de dos se llaman opciones, abran sus libros en la página 80, por favor —bah, dijeron los niños.

¿Pero qué piensa usted de Pinochet?, insistió otro González, González Torres (eran seis los González en el curso).

Eso no importa, dijo serena y tajantemente. Yo soy el profesor de ciencias naturales. Yo no hablo de política.


            3

Me acuerdo del calambre en la mano derecha, después de las clases de historia, porque Godoy dictaba las dos horas enteras. Nos enseñaba la democracia ateniense dictando como se dicta en dictadura.

Me acuerdo de la ley de Lavoisier pero me acuerdo mucho más de la ley de la selva.

Me acuerdo de Aguayo diciendo «en Chile la gente es floja, no quiere trabajar, Chile es un país lleno de oportunidades».

Me acuerdo de Aguayo reprobándonos pero ofreciéndonos clases de recuperación con su hija, que era hermosa pero no nos gustaba, porque en su cara veíamos la cara de perro de su padre.

Me acuerdo de Veragua, que había ido al colegio con calcetines blancos, y de Aguayo diciéndole: «Eres un punga».

Me acuerdo de la melena de Veragua, sus ojos verdes y grandes inundados de lágrimas, mirando al suelo, en silencio, humillado. Nunca más apareció por el colegio.

Me acuerdo del indio Venegas diciéndonos, el lunes siguiente: «A Veragua lo retiraron. No se la podía».

Me acuerdo de Elizabeth Azocar enseñándonos a escribir, las últimas horas de cada viernes. Yo estaba enamorado de Elizabeth Azocar.

Me acuerdo de Martínez Gallegos, de Puebla, de Tabilo.

Me acuerdo de Gonzalo Mario Cordero Lafferte, que en las horas libres contaba chistes y cuando llegaba algún profesor simulaba que estudiábamos francés: la pipe, la table, la voiture.

Recuerdo que nunca nos quejábamos. Qué cosa tan tonta era quejarse, había que aguantar con hombría. Pero la idea de hombría era confusa: a veces significaba valentía, otras veces indolencia.

Recuerdo que me robaron cinco mil pesos que llevaba para pagar la cuota anual del Centro de Padres.

Después supe quién había sido y él supo que yo sabía. Cada vez que nos mirábamos nos decíamos, con los ojos: sé que tú me robaste, sé que sabes que te robé.

Me acuerdo de la lista de presidentes de Chile que habían estudiado en mi colegio. Recuerdo que cuando los mencionaban omitían el nombre de Salvador Allende.

Me acuerdo de haber dicho mi colegio, con orgullo.

Me acuerdo de la oración subordinada sustantiva (OSS) y la oración subordinada adjetiva-relativa (OSAR).

Me acuerdo de los ejercicios de vocabulario con palabras raras, que después repetíamos, muertos de la risa: conmiseración, escaramuza, fruslería, irisado, reivindicar, rispido, sucinto.

Recuerdo que a Soto lo llevaba al colegio el chofer de su padre militar.

Recuerdo que la profesora de inglés le puso una mala nota a un alumno que había vivido diez años en Chicago y después dijo, avergonzada, «no sabía que era gringo».

Me acuerdo de profesores tontos y profesores brillantes.

Me acuerdo del más brillante, Ricardo Ferrada, que en la primera clase escribió en la pizarra una frase de Henry Miller que me cambió la vida.

Me acuerdo de profesores que nos hundían y de profesores que querían salvarnos. Profesores que se creían Mr. Keating. Profesores que se creían Dios. Profesores que se creían Nietzsche.

Me acuerdo de ese gueto, en cuarto medio, de homosexuales. Eran cinco o seis, se sentaban juntos, conversaban solamente entre ellos. El más gordo me escribía cartas de amor.

Nunca hacían gimnasia y las pocas veces que salían a recreo los molestaban, les pegaban. Preferían quedarse en la sala, conversando o peleando entre ellos. Se gritaban «¡puta!», lanzándose los bolsones a la cara o al suelo.

Recuerdo una mañana, en hora libre, sin profesores en la sala, mientras calentábamos una prueba de matemáticas, cuando el gordo hablaba sin cesar con su compañero de banco, y el chico Carlos le gritó «Cállate, guatón maraco.»

Recuerdo que el gordo se levantó furioso, más afeminado que nunca, y respondió: «No me digas nunca más guatón.»

Recuerdo haber fumado marihuana en el recreo, al fondo del Zócalo, con Andrés Chamorro, Cristián Villa-blanca y Camilo Dattoli.

Me acuerdo del Pato Parra. Recuerdo los dibujos de Patricio Parra, que era uno de los cuatro repitentes del Tercero M.

Recuerdo que se sentaba en el primer banco de la fila de en medio y lo único que hacía durante la clase era dibujar.

Jamás miraba a los profesores, siempre estaba agazapado, concentrado en el dibujo, con sus lentes poto de botella y la chasquilla cayendo sobre el papel.

Recuerdo el gesto rápido que Patricio Parra hacía con la cabeza para que los pelos no amagaran el dibujo.

Ningún profesor lo regañaba, ni por el pelo largo ni por su desinterés absoluto en las clases, y si alguno le preguntaba por qué no participaba, él se disculpaba seca y educadamente, sin abrir espacio al diálogo.

Alcancé a conocerlo muy poco, hablamos algunas veces. Recuerdo una mañana que pasé sentado a su lado, mirando sus dibujos, que eran perfectos, casi siempre realistas: viñetas sobre el desamparo, sobre la pobreza, retratada sin aspavientos, directamente.

Recuerdo que esa mañana me dibujó. Todavía conservo el dibujo, pero no sé dónde está.

No sé si fue en junio o en julio, pero recuerdo que fue una mañana de invierno cuando supimos que el Pato Parra se había suicidado.

Recuerdo el frío en el cementerio de Puente Alto. Recuerdo a los profesores intentando explicarnos lo que había pasado. Y el deseo de que se callaran, que se callaran, que se callaran. Y el vacío después, todo el año, al mirar el primer pupitre de la fila de en medio.

Recuerdo que el paradocente nos dijo que la vida seguía.

Recuerdo que la vida seguía, pero no de la misma manera.

Recuerdo que lloramos todos en el bus del colegio, que llamaban el Caleuche, de vuelta.

Recuerdo haber caminado abrazados con Hugo Puebla, por la cancha del patio, llorando.

Recuerdo la frase que el Pato Parra escribió, en un muro de su pieza, antes de matarse: «Mi último grito al mundo: mierda».


            4

Recuerdo los últimos meses en el colegio, en 1993: el deseo de que todo acabara pronto. Estaba nervioso, todos lo estábamos, esperando la gran prueba, que habíamos preparado a lo largo de seis años. Porque eso era entonces el Instituto Nacional: un preuniversitario que duraba seis años.

Una mañana estallamos, peleamos todos, a gritos, a golpes: una explosión de violencia absoluta que no sabíamos de dónde venía. Pasaba todo el tiempo, pero esta vez sentíamos una rabia o una impotencia o una tristeza que por primera vez se revelaba de esa manera. Hubo algún escándalo, llegó Washington Musa, el inspector general del sector uno. Recuerdo ese nombre, Washington Musa. Qué será de él. Qué poco me importa.

Vino la reprimenda, Musa adoptó el tono de siempre, el tono de tantos profesores e inspectores en esos años. Nos dijo que éramos unos privilegiados, que habíamos recibido una educación de excelencia. Que habíamos tenido clases con los mejores profesores de Chile. Y gratis, recalcó. Pero ustedes no van a llegar a ninguna parte, no sé cómo han sobrevivido en este colegio. Los humanistas son la escoria del Nacional, dijo. Nada de eso nos dolía, muchas veces habíamos escuchado ese discurso, ese monólogo. Mirábamos al suelo o nuestros cuadernos. Estábamos más cerca de la risa que del llanto, una risa que hubiera sido amarga o sarcástica o pedante, pero una risa al fin y al cabo.

Y sin embargo nadie rió. El silencio era absoluto mientras Musa peroraba. De pronto empezó a increpar a Javier García Guarda brutalmente. Javier era acaso el más silencioso y tímido del curso. No tenía malas notas, ni buenas, su hoja de vida estaba limpia: ni una sola anotación negativa, ni una sola anotación positiva. Pero Musa, furioso, lo humillaba, no sabíamos por qué. De a poco entendimos que a Javier se le había caído el lápiz. Eso era todo. Y Musa pensó que era a propósito, o no pensó nada, pero aprovechó el incidente para concentrar toda su ira en García Guarda: no quiero ni imaginar la educación que recibiste de tus padres, le decía. No mereces haber estado en este colegio.

Me puse de pie y defendí a mi compañero, o más bien ofendí a Musa. Le dije cállese, señor, cállese alguna vez, usted no tiene idea de lo que está diciendo. Está humillando a un compañero injustamente, señor.

Se hizo un silencio aún más intenso.

Musa era alto, macizo y pelado. Además de su trabajo en el Instituto, manejaba una joyería, y mejoraba bastante su sueldo con las ventas en el colegio: de vez en cuando se detenía en el pasillo para alabar los prendedores, los relojes o los collares que él mismo les vendía a las profesoras. Con los alumnos era antipático, gélido, despótico, como dictaba la naturaleza de su cargo: sus reprimendas y sus castigos eran legendarios. Su rasgo principal era, pensaba entonces y pienso ahora, la arrogancia. Musa no sabía qué hacer, cómo reaccionar. «A mi oficina, los dos», dijo, totalmente contrariado. Recuerdo que en el camino a la inspectoría se acercó Mejías a alentarnos.

Había actuado con valentía, pero quizás no era valentía, o era el lado indolente de la valentía: estaba simplemente harto, me daba lo mismo, me habría ido feliz ese mismo día al colegio de la esquina. Creía haber encontrado la excusa para hacerme expulsar. Pero también sabía que no me iban a expulsar. Había profesores que me querían, que me protegían. Musa sabía eso.

«A ti, García, voy a pensar seriamente en dejarte sin graduación», dijo Musa. «Mañana, a primera hora, hablaré con tu apoderado.» Recién entonces, al mirar los ojos negros y llorosos de García Guarda, descubrí que lo había agravado todo, que el asunto debería haber terminado en una reprimenda, en una humillación más, y García Guarda habría preferido eso, pero por culpa de mi intervención la falta era más grave. Venir con el apoderado, eso sólo sucedía en casos gravísimos, porque en mi colegio los apoderados, los padres, no existían. «Expúlseme a mí», dije de nuevo, pero sabía que no era esa la trama: su manera de castigarme era torturar a García. Estuve a punto de insistir, de defenderlo de nuevo, de empeorarlo todo una vez más. Me contuve.

«A ti no te voy a expulsar y tampoco te voy a dejar sin graduación», me dijo Musa, y volví a pensar en lo injusto que era que yo recibiera un castigo menor que el de García. Y pensé también que me daba lo mismo la graduación. Pero quizás no me daba lo mismo. Me sentía indestructible. La rabia me hacía indestructible. Pero no solamente la rabia. También una confianza ciega o una cierta tozudez que nunca me ha abandonado. Porque hablaba bajo pero era fuerte. Porque hablo bajo pero soy fuerte. Porque nunca grito pero soy fuerte.

«Debería dejarte sin graduación, debería expulsarte ahora mismo», me dijo. «Pero no lo voy a hacer.» Pasaron treinta segundos, Musa no había terminado, yo seguía mirando de reojo las lágrimas que bajaban por la cara de García Guarda. Recuerdo que él también escribía poemas, pero no los mostraba como yo, no jugaba, como yo, al espectáculo de la poesía. Tampoco éramos amigos, pero hablábamos de vez en cuando, nos respetábamos.

«No te voy a dejar sin graduación, no voy a expulsarte, pero voy a decirte algo que nunca en la vida vas a olvidar.» Musa enfatizó la palabra nunca y después en la vida y repitió su frase otras dos veces.

«No te voy a dejar sin graduación, no voy a expulsarte, pero voy a decirte algo que nunca en la vida vas a olvidar.» No lo recuerdo, lo olvidé de inmediato, sinceramente no sé lo que Musa entonces me dijo: lo miraba de frente, con valentía o con indolencia, pero no retuve una sola de sus palabras.



en Mis documentos, 2013











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