miércoles, junio 06, 2012

“Una lección de historia natural: el oficinista”, de Gustave Flaubert







De Aristóteles a Cuvier, de Plinio a M. de Blainville, se han hecho grandes adelantos en la ciencia de la naturaleza. Cada sabio ha aportado a esta ciencia su contingente de observaciones y estudios; se han efectuado viajes, se han hecho descubrimientos importantes, se han intentado peligrosas excursiones, de las que con frecuencia no se ha traído más que pequeñas pieles negras, amarillas o tricolores; y luego se quedaban satisfechos con saber que el oso comía miel y que tenía una debilidad por las tartas de crema.

Son descubrimientos muy grandes, lo reconozco. Pero ningún hombre ha pensado aún en hablar del Oficinista, el animal más interesante de nuestra época.

Ninguno, sin duda, ha realizado estudios lo bastante especiales, ni ha meditado lo bastante, ni visto lo bastante, ni viajado lo bastante, para poder hablar del Oficinista con amplio conocimiento de causa.

Se presentaba otro obstáculo: ¿cómo clasificar este animal?, pues ha dudado mucho entre el calípedes, el mono chillón y el chacal.

En definitiva, la cuestión quedó indecisa, y se dejó para el futuro la empresa de resolver este problema junto con la de descubrir el principio de la especie perro.

Efectivamente, era difícil clasificar un animal de complexión tan poco lógica. Su gorra de nutria hacía opinar por la vida acuática, así como su levita de largos pelos oscuros, mientras que su chaleco de lana de cuatro dedos de grueso demostraba que era un animal de países septentrionales; por sus uñas encorvadas se habría creído un carnívoro, de haber tenido dientes. Finalmente la Academia de las ciencias había fallado por un digitígrafo: desgraciadamente muy pronto se dieron cuenta, de que llevaba un bastón de madera inflexible y que, en ocasiones, hacía visitas en fiacre para el día de año nuevo e iba a cenar al campo en un carruaje de punto.

En cuanto a mí, a quien una larga experiencia me ha capacitado para instruir al género humano, puedo hablar con la confianza modesta de un sabio zoólogo. Mis frecuentes viajes a las oficinas me han dejado bastantes recuerdos como para describir los animales que las pueblan, su anatomía, sus costumbres. He visto todas las especies de Oficinistas, desde el Portero hasta el Encargado del registro. Estos viajes me han arruinado por completo y ruego a mis lectores que hagan una suscripción para un hombre que ha vivido dedicado a la ciencia y que por ella ha derrochado dos paraguas, doce sombreros (con sus forros de hule) y seis remontas de suelas de botas.

El Oficinista tiene de 36 a 60 años; es pequeño, relleno, gordo y robusto; lleva una tabaquera llamada cola de ratón, una peluca rubia, lentes plateados para la oficina y un pañuelo de algodón.

Escupe con frecuencia y cuando estornudáis os dice: “¡Jesús!” Experimenta variaciones en el pelaje según las estaciones.

En verano, lleva un sombrero de paja, un pantalón de tela amarilla que cuida de preservar de las manchas de tinta extendiendo encima su pañuelo. Sus zapatos son de piel de castor y su chaleco de dril. Invariablemente lleva un cuello falso de terciopelo. En invierno para protegerse del frío lleva un pantalón azul con una enorme levita. La levita es el elemento del Oficinista como lo es el agua para los peces.

Oriundo del antiguo continente, está muy extendido en nuestros países. Es de costumbres delicadas: se defiende cuando se le ataca. Lo más frecuente es que permanezca célibe y lleve vida de soltero. ¡Vida de soltero! Es decir que en el café llama “Señorita” a la .señora del mostrador, recoge el azúcar que le queda en el plato y a veces se permite el fino puro de tres ochavos. ¡Oh!, ¡pero entonces el Oficinista es infernal! El día en que ha fumado, se siente belicoso, destroza cuatro plumas antes de encontrar una buena, maltrata al ayudante, se le caen las lentes y hace borrones sobre sus registros, lo que no puede contrariarlo más.

En algunos casos, el Oficinista está casado. Entonces es un ciudadano pacífico y virtuoso y no tiene la cabeza anuente de su juventud. Monta su guardia, se acuesta a las nueve, no sale sin paraguas. Toma su café con leche todos los domingos por la mañana, lee “Le Constitutionnel”, “L’Echo”, “Les Debata”, o algún otro periódico de esta tendencia.

Es un partidario caluroso de la Carta de 1830 y de las libertades de Julio. Respeta las leyes de su país, grita “¡Viva el rey!” ante un fuego de artificio y abrillanta su tiracuello todos los sábados por la noche.

El Oficinista es entusiasta de la guardia nacional; el corazón se le enardece al son del tambor y acude a la plaza de armas, con el cuello que le aprieta y le ahoga, tarareando: “¡Ah, no hay nada como ser soldado!”.

Entretanto, su mujer no sale de casa en todo el día, ajusta los dobladillos, hace manguitos de paño para su esposo, lee los melodramas del “Ambigú” y aclara la sopa; es su especialidad.

Aunque casto, el Oficinista es, sin embargo, de espíritu licencioso y jovial: ya que dice “guapito” a las personas jóvenes que entran en su oficina. Además está abonado a las novelas de Paul de Kock, que constituyen sus lecturas favoritas, por la noche, pegado a su estufa, con los pies metidos en sus zapatillas y el gorro de seda negra en la cabeza.
¡Hay que ver a este interesante bípedo en la oficina, copiando controles! Se ha quitado su levita y su cuello y trabaja en mangas de camisa, o mejor dicho con el chaleco de lana.

Está inclinado sobre su pupitre, con la pluma sobre la oreja izquierda; escribe lentamente, saboreando el olor de la tinta que ve placenteramente extenderse sobre un inmenso papel; canta entre dientes cuanto escribe y hace una música perpetua con su nariz; pero cuando tiene prisa, aplica con ardor los puntos, las comas, las barras, los “fines” y las rúbricas. Esto es el colmo del talento. Luego conversa con sus colegas sobre el deshielo, los limacos, el nuevo adoquinado del puerto, el puente de hierro y el gas. Si ve que el tiempo es lluvioso a través de las gruesas cortinas que le obstruyen la luz, se exclama súbitamente: “¡Diablos!, ¡habrá un chaparrón!”. Luego vuelve a su trabajo.

Al oficinista le gusta el calor, vive en una perpetua sauna. Su mayor placer consiste en que la estufa del mostrador esté incandescente. Entonces ríe con la risa del que es feliz; el sudor de la alegría inunda su rostro, que enjuga con su pañuelo, y resopla con regularidad, pero en seguida asfixiándose bajo el peso de la felicidad, no puede retener esta exclamación: “ ¡Qué bien se está aquí!” Y cuando se halla en el momento álgido de esta beatitud, copia con renovad»» ardor. Su pluma se desliza más aprisa, sus ojos se iluminan, se olvida de colocar la tapa de su tabaquera, y, transportado por la ebriedad, se levanta de repente de su sitio y vuelve de inmediato al santuario, llevando en sus brazos un leño enorme; se aproxima a la estufa, se aleja en ocasiones consecutivas, abre la puerta con una regla,  luego echa el  trozo de madera exclamando: “¡Otra cerilla!” Permanece de pie unos instantes, boquiabierto, escuchando la llama que hace temblar la cañería produciendo un ruido sordo y agradable.

Si por desgracia os dejáis la puerta abierta al entrar en la oficina, el Oficinista se pone furioso, sus uñas se enderezan, se rasca la peluca, da un golpe con el pie, reniega, y oís salir de entre los registros, los controles, los numerosos cuadernos de sumas y divisiones, una voz chillona que grita: “¡Cierre la puerta, diablos!; ¿no sabe leer? ¡Mire el letrero que hay encima de la puerta del mostrador! El calor se ira, ¡imbécil!”.

No se os ocurra llamarlo: ¡Oficinista! Decid si no: ¡Señor Empleado!

El Empleado lleva bis unas largas, y uno de sus pasatiempos más agradable., consiste en limarlas con su lija. Por la mañana el Empleado lleva su panecillo en el bolsillo, abre su pupitre, coge su gorra de grandes ribetes verdes y espera que el mozo le traiga su pontón de mantequilla salada o su queso cotidiano.

Cuando el día empieza a oscurecer, el Empleado se regocija en gran manera al ver que se entreabre la puerta del mostrador y ver que entra la persona que debe encender los quinqués. Pues el quinqué supone para el burócrata un largo tema de conversación, de distracción y un motivo de disputa entre él y sus semejantes. Apenas está encendido, ya mira si la mecha es buena, si no se alarga; luego cuando ha alzado el botón a una altura desmesurada, cuan do ha roto cinco o seis campanas de cristal, entonces se lamenta amargamente de su suerte y a menudo, con el tono de las más viva tristeza, dice que la luz le hiere la vista, y es para protegerse que lleva esta enorme gorra, la cual proyecta su sombra en el papel de su vecino. El vecino declara que le es imposible escribir sin verse y le quiere hacer sacar su gorra. Pero el astuto Oficinista se la hunde aún más sobre las orejas, y cuida de poner el barboquejo.

Todos los domingos va ni espectáculo, se coloca en el anfiteatro o en la galería; silba al levantarse el telón y aplaude el vodevil. Si es joven, se va a jugar su partida de dominó en los entreactos. Algunas veces pierde, entonces vuelve a su casa, rompe dos platos, ya no llama a su mujer mi esposa, olvida Azor, come ávidamente el cocido recalentado de la víspera, sala con furor las judías y luego se duerme en sus sueños de control, de deshielo, del nuevo adoquinado y de sustracciones.

Creo haber dicho todo lo que se puede decir sobre el Oficinista en general, o cuando menos siento que la paciencia del lector empieza a agotarse.

Todavía conservo en mis carpetas numerosas observaciones sobre las diversas especies de este género, tales como el Portero, el Encargado de los impuestos, el Aduanero —que en ocasiones se eleva hasta el rango de maestro de estudios, se lanza a la literatura y redacta carteles y folletines—, el Viajante de comercio, el Empleado del Ayuntamiento y otros mil más.

Ese es el fruto de mis noches en vela de mi vida estudiosa. Pero si algún día vienen tiempos mejores, si las borrascas políticas que tienden a aumentar disminuyen, ¡y bien! entonces podré reaparecer en escena y publicar la continuación de esta clase de zoología, inmenso escalón social que va desde el Portero hasta el Cajero del agente de cambio.




30 de marzo de 1837









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