sábado, julio 31, 2010

Visión de Satanás, de Elena G. de White







Se me mostró a Satanás tal como había sido antes: un ángel excelso y feliz. Después se me lo mostró tal como es ahora. Todavía tiene una regia figura. Todavía son nobles sus facciones, porque es un ángel caído. Pero su semblante denota viva ansiedad, inquietud, desdicha, malicia, odio, falacia, engaño y todo linaje de mal. Me fijé especialmente en aquella frente que tan noble fuera. Comienza a inclinarse hacia atrás desde los ojos. Vi que se viene dedicando al mal desde hace tanto tiempo que en él las buenas cualidades están degradadas, y todo rasgo malo se ha desarrollado. Sus ojos, astutos y sagaces, denotaban profunda penetración. Su cuerpo era grande; pero las carnes le colgaban fláccidas en la cara y las manos. Cuando lo vi, tenía apoyada la barbilla en la mano izquierda. Parecía estar muy pensativo. Se le entreabrieron los labios en una sonrisa que me hizo temblar por lo cargada que estaba de malignidad y astucia. Así se sonríe siempre que está por asegurarse una víctima, y cuando la sujeta en sus lazos, esa sonrisa se vuelve horrible.





en Primeros Escritos, 1976 (6ta ed.)












viernes, julio 30, 2010

"Miles Davis: Bitches Brew". Textos de Enrique Martínez y Roberto Barahona





por Enrique Martínez

En el año 1969 Miles Davis siente nuevamente la necesidad de cambiar. Era un impulso innato e irrefrenable en él, que le había llevado a tener una influencia decisiva en algunos de las más importantes cambios de tendencia dentro del Jazz. A finales de los años cuarenta impulsó el movimiento Cool con sus grabaciones con el noneto arreglado por Gil Evans (recogidas en Birth Of The Cool). Sus trabajos orquestales con el propio Evans a finales de los años cincuenta (Miles Ahead, Sketches Of Spain) crearon escuela y aún fascinan. El trabajo de Hard Bop de su primer quinteto a mediados de los cincuenta es considerado como algunas de las mejores grabaciones de todos los tiempos, a pesar de no haber sido excesivamente innovador en su momento. Y decirlo ahora afortunadamente es un poco tópico, pero no está de más recordar que Kind Of Blue convirtió su improvisación modal en el estándar inmejorado de los siguientes diez años, y que aún hoy representa, tal vez, la cumbre del Jazz como expresión artística. Pero este enésimo salto no fue comprendido por todos, acusándolo de convertirse en un hereje y de prostituirse comercialmente. Sin duda se trató de un cambio radical, impulsivo, pero que salvó su comercialmente maltrecha carrera.

Para llevarlo a cabo Davis se miró en el espejo del rock y del emergente Funk. Miles era consciente de que por aquel entonces el favor y el cariño del público negro (su predilecto) hacía tiempo que se dirigía a los coloristas sonidos de Sly & The Family Stone y, antes ya, al soul más académico. Y que el público blanco se hallaba fascinado por un músico negro de rock, al cual Davis respetaba por su pericia e imaginación: Jimi Hendrix. Cada vez más convencido de la conveniencia de introducir instrumentos eléctricos en el Jazz, cada vez más insatisfecho con su propia música y con la dirección que estaba tomando el Jazz ("la fealdad del Free-Jazz" como él mismo la definió) su nuevo cambio de rumbo tiene un primer golpe de timón con In A Silent Way (1969), un disco atmosférico, hermoso y melódico, pero radicalmente nuevo. El siguiente golpe lo da con Bitches Brew [1]. A partir de aquí no había, y de hecho no hubo, vuelta atrás.

Fue publicado originalmente como álbum doble de vinilo con tan sólo seis cortes de larga duración, y ahora está reeditado en CD doble con un corte añadido ("Feio", grabado meses después de las sesiones) y también en un Box-set que contiene todas las grabaciones (The Complete Bitches Brew Sessions (Columbia/Legacy). Para grabarlo se nutrió de un personal muy amplio para que grabase simultáneamente: dos baterías (Lenny White y Jack DeJohnette), dos percusionistas (Don Alias y Jim Riley), dos pianistas (Chick Corea y Joe Azwinul), dos bajistas (Harvey Brooks y Dave Holland), un guitarra (John McLaughin), un saxo barítono (Wayne Shorter), un clarinete (Bernie Maupin) y él mismo. Todos ellos músicos jóvenes y virtuosos, situados muchos en algunas de las formaciones más punteras de la cada vez más bollante fusión Jazz-Rock. Con ellos entran sonidos que los puristas rechazan, algunos de los cuales ya figuraban en discos anteriores de Davis: bajos y pianos electricos, el frenetico punteo de McLaughin. En esta ocasión, incluso, él mismo trata su trompeta con efectos de sonido inéditos, ecos y delays, tal y como haría también en los años setenta con el "wah-wah".

Pero el absoluto radicalismo de la propuesta de Davis y Teo Macero (su productor y mano derecha absoluta) desconcierta a los propios músicos, que abandonan el estudio convencidos de no haber grabado piezas enteras válidas de música en las tres sesiones. Y ahí esta la otra innovación de Davis y Macero, su "agenda oculta". Después de la grabación se consagran durante semanas a un minucioso y laborioso trabajo de posproducción, seleccionando las tomas buenas, juntándolas y pegándolas, y en algunos casos repitiendo los mismos fragmentos grabados en una única ocasión como si fuesen los propios riffs de los temas, por medio de primitivos loops. Todas la técnicas del overdub, mucho más habituales y empleadas en el Rock que en el Jazz, son llevadas aquí mucho más allá de lo que el propio Rock hacía por aquel entonces. Cuando el resultado final llega a la calle se produce un fenómeno de aceptación por parte de la audiencia rock, que consagra el disco al lado de obras entonces en boga como las de Santana, o grupos de desarrollos instrumentales densos como Grateful Dead. El sonido atmosférico del doble sexteto de Davis conecta en cierto modo con la onda reinante, pero en realidad oculta mucho más.

Bitches Brew es aún hoy una propuesta radical y rompedora, profundamente contemporánea. Es un disco de Jazz absolutamente atípico, porque aunque está construído a partir de improvisaciones colectivas muy libres, el énfasis se ha puesto en el groove y en las texturas, y no en los desarrollos de los propios temas, a veces carentes de ellos. Con una sección rítmica tan amplia, la resonancia de la percusión y de los bajos se hace insistente. Es una música nerviosa, sensual, colorida, atmosférica, falsamente progresiva, más bien cíclica e hipnóticamente reiterativa, aunque en ocasiones también muy desestructurada. Y resulta por todo ello una fuente aún no agotada de ideas que mantiene fascinado hoy día, y con razón, a mucha de la intelligentsia rockera. Es citado con veneración por luminarias como Thom Yorke o Bobby Gillespie, por ejemplo. Lógico, pues aunque éste no fuera el primer disco de Jazz Rock, sí fue el primero que mostó el nuevo subgénero como algo más que una mera y abigarrada yuxtaposición de las estéticas de dos mundos que siempre se habían mirado con profundo recelo, cuando no con con verdadera indiferencia, e incluso beligerancia.

"Pharoah's Dance" abre el disco y ocupa con sus veinte minutos toda la antigua Cara A. Es el tema en el que más se pueden notar las señas de identidad de Bitches Brew. Repleto de loops y editajes, con un motivo recurrente que contiene la trompeta de Davis tratada con el delay mencionado, con McLauglhin tocando unas nerviosas y minimales figuras rítmicas, los pianos y baterías repartiéndose el trabajo, el saxo de Shorter peleando por encontrar intuitivamente su lugar en la maraña de sonidos que produce una banda tan extensa, no hay duda ante todo esto de que el disco es un mundo en sí mismo. Extremo confirmado por la homónima Bitches Brew" que se desarolla de manera similar durante casi veintisiete minutos.

"Spanish Key" y "Miles Runs The Voodoo Down" son, tal vez, la cumbre del disco. Frente a cierta sensación de cansancio y alargamiento excesivo que producen algunos momentos de los maratones del primer disco, aquí la frenética tensión del banda es sostenida en todo momento, sin que sobre ni un minuto de improvisación, con un McLaughlin en papel estelar. "Sanctuary", una composición de Shorter que Davis ya había tocado en otras ocasiones con un tratamiento absolutamente diferente, es el momento más melódico del disco. Pero el peculiar método de Bitches Brew provoca que el arreglo al que es sometido el tema resulte sorprendente y original. Como siempre, la trompeta de Miles se eleva sobre el resto de sonidos para dibujar figuras de azul transparente, de enorme belleza y sugerencia con los mínimos trazos. Ese es en realidad el hilo conductor de toda la movida trayectoria de Miles Davis, en perpetua y gloriosa rebeldía contra su propia obra.

Y así hace más de treinta años Davis tomó prestado del rock lo que creyó que hacía falta para intentar salvar al Jazz. Ahora vemos como el antaño arrogante rock quiere que se lo devuelvan, y con intereses. En realidad, y si depende de lo invertido en este disco, no habrá ningún problema de solvencia para cobrar.




*



por Roberto Barahona

El Jazz ha sido siempre una música de fusión. Desde sus inicios a fines del siglo XIX, el Jazz se desarrolla y evoluciona sin mayores pretensiones mezclando con gran facilidad la música popular norte-americana, el Son cubano, la Samba brasilero, el Tango argentino, entre otros géneros. En su enfoque contemporáneo, el Jazz mantiene las huellas que dejaron estos estilos. Sin embargo, el concepto de fusión en el Jazz se torna más evidente y relevante hacia fines de la década de los años 60 y especialmente por Miles Davis y su obra Bitches Brew. Este álbum es el resultado de la combinación de ideas que venía forjando de años y de una abrupta ruptura con su pasado. Davis ya había usado teclados eléctricos y guitarras y ritmos rockeros como también post producciones en el estudio (In a Silent Way y Filles de Kilimanjaro).

En Bitches Brew usa todos estos elementos y crea un álbum de improvisaciones. En vez de preocuparse de crear armonías sofisticadas o experimentos estructurales, Miles enfoca la obra en simples melodías sobre repetitivos e hipnóticos acompañamientos rítmicos. En su autobiografía Miles relata: "Yo conducía, como un director de orquesta, cuando empezamos a tocar, y escribía un trozo de música para alguien o le indicaba que tocara cosas diferentes que yo oía mientras la música crecía y se transformaba. Las sesiones de grabación fueron un proceso del desarrollo creativo, una composición viva. Como una fuga, o un motiv, al que todos reaccionábamos. Después que llegaba hasta cierto punto, le pedía a un músico que tocara algo diferente". Una jam session magistral.

El surco más interesante es Bitches Brew dura 26 minutos –es un resumen del disco. Dos baterías y dos contrabajistas marcan un ritmo concentrado, dándole espacio a Miles para que cree un solo maravilloso. El tema lo habían ensayado la noche anterior y fue el primero en grabarse. Ilustra la manera en que Davis dirige e influencia a los músicos mientras improvisan. Un ejemplo ocurre en el séptimo minuto. El grupo aparentemente ha perdido el hilo de la improvisación y está a punto de fracasar. Miles dice: "Keep it like that!", segundos después, cuando el tema recobra brío, se dirige a McLaughlin : "John!", éste se hace cargo y el tema resucita.

En Bitches Brew hubo un brillante e innovador trabajo de post-producción; obra de Teo Macero quien, junto a Miles, pero más veces por si solo, escogió las tomas, las editó y creó de todo eso el producto final. Usó cámaras de eco, reverberación y loops o repeticiones para alargar ciertos trozos de cinta. En "Pharaohs's Dance" de Zawinul, un tema con toques orientales y un ritmo casi inexplicable, Davis y Shorter crean un mantra jazzístico; el piano Rhodes de Zawinul es lúgubre. McLaughlin y Maupin también participan en la improvisación. Pero el surco que conocemos no tiene nada que ver con la grabación original. Macero cortó y pegó el tema en 19 lugares; sus anotaciones, que repito aquí, nos indican dónde y cómo las hizo:

Parte 1: 0:10 Figura # 1 Loop A; 0:15 Vamp #1; 0:46 Figura #2; 0:56 Vuelve a parte b; 1:29; 1:39 vuelve al principio, Loop A-1; 1:51 pedal B; 2.22 Loop B; 2:32 entra Miles -2:54; 3:31 Miles regresa; 5:40 Maupin en clarinete bajo; 7:55 Vamp #1 Loop;

Parte 2 – statement 1

8:29 Parte II introducción; 8:42 trompeta con eco, Loop; 8:44 Part II introducción, Loop; 8:52 frase rítmica de dos compases; 8:54 cuatro Loops de la frase, Loop; 8:59 vamp Parts 1 y 2, solo de Miles; 11:48 solo de Shorter; 12:53 solo de McLaughlin;

Part 2 – statement 2

15:58 Part 2 vamp 2; 16:38 Miles entra con la melodía; 20:02 el tema concluye.


Las ventas de LP durante el primer año llegaron a 400 mil copias, algo sin precedente para Davis, su álbum que más había vendido hasta entonces sólo alcanzó a vender 100 mil copias. Algunos críticos acusaron a Davis de haberse vendido al mercado pop. Sin embargo, lo extraordinario de Bitches Brew es que Miles en ningún momento imita las tendencias del pop o del rock de la época. Todos los surcos del LP doble original duran más de 10 minutos, excepto "John McLaughlin" con poco más de 4 minutos. Esto eliminó las posibilidades de exposición en las radios pop. No hay arreglos, ni melodías, ni ritmos bailables, ni canciones con letras fáciles de memorizar. Con Bitches Brew Miles agregó a su público hordas de fans del Rock, pero también perdió el apoyo de sus fieles seguidores. El nuevo vocabulario musical e instrumentación electrónica que Davis introdujo no les interesó y lo abandonaron permanentemente.

Después de casi 35 años, Bitches Brew se mantiene como una obra sólida que exige el respeto de críticos y aficionados. Se puede decir tanto de esta música, pero prefiero que hable por sí sola. He pasado muchas sesiones escuchando las distintas ediciones de Bitches Brew, y me vienen tantas imágenes e ideas mientras escucho. Cada sesión es diferente, siempre descubro algo nuevo y fascinante.



Monterey, California

20 de febrero de 2003




Discografía: The Complete Bitches Brew Sessions

Título: The Complete Bitches Brew Sessions
Sello: Columbia Legacy C4K 65570
Número de temas: 21
Detalles: 19 de agosto de 1969; 20 de agosto de 1969; 21 de agosto de 1969; 19 de noviembre de 1969; 28 de noviembre de 1969; 27 de enero de 1970; 28 de enero de 1970; 6 de febrero de 1970

Nota: sólo se muestran los temas en los que participó Miles Davis (264:27).


Disc 1

1. Pharaoh's Dance (J. Zawinul) Ago 21, 1969
20:04
2. Bitches Brew (M. Davis) Ago 19, 1969
26:58
3. Spanish Key (M. Davis) Ago 21, 1969
17:32
4. John McLaughlin (M. Davis) Ago 19, 1969
4:22



Disc 2

Miles Runs the Voodoo Down (M. Davis) Ago 20, 1969
14:02
Sanctuary (W. Shorter-M. Davis) Ago 19, 1969
10:55
Great Expectations (M. Davis) Nov 19, 1969
13:44
Orange Lady (J. Zawinul) [Mulher Laranja] Nov 19, 1969
13:46
Yaphet (M. Davis) [with chatter] Nov 19, 1969
9:38
Corrado (M. Davis) [with chatter] Nov 19, 1969
13:10



Disc 3

Trevere (M. Davis) [take 5] Nov 28, 1969
5:55
The Big Green Serpent (M. Davis) Nov 28, 1969
3:34
The Little Blue Frog (M. Davis) [take 2, with chatter] Nov 28, 1969
12:12
The Little Blue Frog (M. Davis) [take 4] Nov 28, 1969
9:09
Lonely Fire (M. Davis) Ene 27, 1970
21:08
Guinnevere (D. Crosby) Ene 27, 1970
21:06



Disc 4

Feio (W. Shorter) [take 1] Ene 28, 1970
11:49
Double Image (J. Zawinul) [take 3] Ene 28, 1970
8:25
Recollections (J. Zawinul) [take 4] Feb 6, 1970
18:53
Take It or Leave It (J. Zawinul) [take 6] Feb 6, 1970
2:13
Double Image (J. Zawinul) Feb 6, 1970
5:52



Músicos:

Agosto 19, 1969: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Bennie Maupin (bcl) John McLaughlin (g) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) Dave Holland (b) Harvey Brooks (el-b) Jack DeJohnette (d) Lenny White (d) Charles Don Alias (d, perc) Jumma Santos (perc)

Agosto 20, 1969: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Bennie Maupin (bcl) John McLaughlin (g) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) Dave Holland (b) Harvey Brooks (el-b) Jack DeJohnette (d) Jumma Santos (perc)

Agosto 21, 1969: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Bennie Maupin (bcl) John McLaughlin (g) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) Larry Young (el-p) Dave Holland (b) Harvey Brooks (el-b) Jack DeJohnette (d) Lenny White (d) Charles Don Alias (d, perc) Jumma Santos (perc)

Noviembre 19, 1969: Miles Davis (tpt) Steve Grossman (ss) Bennie Maupin (bcl) Herbie Hancock (el-p) Chick Corea (el-p) John McLaughlin (g) Khalil Balakrishna (sitar) Bihari Sharma (sitar, tamboura) Ron Carter (b) Harvey Brooks (el-b) Billy Cobham (d, perc) Airto Moreira (perc)

Noviembre 28, 1969: Miles Davis (tpt) Steve Grossman (ss) Bennie Maupin (bcl) Herbie Hancock (el-p) Larry Young (org, celeste) Chick Corea (el-p) John McLaughlin (g) Khalil Balakrishna (sitar) Bihari Sharma (sitar, tamboura) Dave Holland (b) Harvey Brooks (el-b) Jack DeJohnette (d) Billy Cobham (d, perc) Airto Moreira (perc)

Enero 27, 1970: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Bennie Maupin (bcl) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) John McLaughlin (g) Khalil Balakrishna (sitar) Dave Holland (el-b) Billy Cobham (d) Jack DeJohnette (d) Airto Moreira (perc)

Enero 28, 1970: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Bennie Maupin (bcl) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) John McLaughlin (g) Dave Holland (el-b) Billy Cobham (d) Jack DeJohnette (d) Airto Moreira (perc)

Febrero 6, 1970: Miles Davis (tpt) Wayne Shorter (ss) Chick Corea (el-p) Josef Zawinul (el-p) John McLaughlin (g) Dave Holland (el-b) Jack DeJohnette (d) Billy Cobham (perc) Airto Moreira (perc)










[1] Britches Brew ha sido editado en tres formatos, el original en un LP doble y a mitad de los años 80 un CD doble; ambos con las sesiones de agosto de 1969. En 1998 se editó un album de cuatros CDs con outtakes y material de las sesiones de noviembre de 1969, y enero y febrero de 1970. También existe un CD "Singles", con 4 muestras cortas de las sesiones originales, que fue principalmente distribuido a estaciones de radio.






















jueves, julio 29, 2010

"Sola", de Chu Shu Chen







Alzo las cortinas y salgo a
Contemplar la luna. Asomada al
Balcón, respiro el viento
Vespertino del Oeste, cargado
Con los olores del otoño
En el ocaso. El jade rosa del agua
Se mezcla con el verde
Del vacío. Oculto en la hierba canta
Un grillo. Ocultas en el cielo,
Gritan las cigüeñas. Paso revista
Una y otra vez en mi corazón
A los recuerdos de otro tiempo. Esta
Noche, como siempre, no tengo
Con quién compartir mis cavilaciones.





en Cien poemas chinos (comp. Kenneth Rexroth), 2001














miércoles, julio 28, 2010

"Despidiendo a un amigo", de Li Po / Li Bai

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Montes azules despuntan al norte de las murallas,
diáfano alrededor el río ciñe la muralla del oriente.
En este lugar debemos separarnos
y recorrer mil millas de hierba muerta.

Vagabunda la mente como nubes que flotan,
el ocaso, la partida del viejo amigo.
El adiós expresado por las manos inclinadas.
Nuestros caballos relinchan mientras nos alejamos.















martes, julio 27, 2010

“El más azul de los caminos...”, de Carlos Almonte y Alan Meller







Un hombre viaja alrededor del mundo lo bastante aprisa para que el sol esté siempre sobre su cabeza. Una cabeza más pesada, proporcionalmente, al resto de su cuerpo. El cuerpo es el árbol Bodhi. La mente, el espejo brillante en que él se mira.

La ubica de cierta manera en un lugar determinado o porque con su presencia turbadora modifica también conducta y mirada. En el vaivén y trascendencia de la ceremonia, los invitados se representan como un pequeño y complejo taller de destilado (en un rincón de la sala un grupo de ancianos en voz baja se exalta en fantasías sobre el tema sexual).

Incluso el silencio que se produce entre cada canto es también un momento del mensaje. El silencio escucha silencio y repite en silencio lo que escucha que no escucha.

En el caso de descender, el retorno sólo obedece a la reacción entre el color de la superficie y el color del cuerpo.

El fotógrafo logra, a través del ornamentado ojo social de la cámara, hacer una imaginativa disección del cuerpo, con una actitud idéntica al de un anatomista despechado. La cámara no agrega mayores detalles de ilusión.

El hombre, mientras vive, sufre el vago recuerdo de un vértigo: esa sensación de caída inminente. Quizás el azaroso viaje de su imagen fotográfica hasta esta página.

Han pasado cien años desde esa última vida. El hombre ha desaparecido. Empero, su cara ostenta todavía una cierta oscilación entre la mirada vuelta hacia adentro y ensombrecida hacia afuera, lo que constituye más un signo de iluminada beatitud, que la señal de su muerte física. Visita el cementerio de la aldea, a orillas del mediterráneo. Ve unas velas en el mar y las toma por palomas que picotean sobre un techo, en vista de un efecto que sobrepasa la risa y que afecta a la tristeza radical de su condición.

También el agua borrará su nombre, el plumaje anónimo, el signo interrogante de su cuello, su blancura impoluta, su reverso blanco, su nombre tañedor de signos, borroso en su designio, borrándose al borde de la página. De la página signada. El signo de los signos.

Un hombre viaja alrededor del mundo y del revés blanco de una página cualquiera inhala su blancura venenosa. ¿En qué momento de su viaje el día ha cambiado de nombre?



¿Nunca existió el árbol Bodhi, ni el brillante espejo en que él se mira?





Texto origen: “La Nueva Novela”, de Juan Luis Martínez


en Neoconceptualismo. El secuestro del origen, 2001;
y en Revista Descontexto, 2004


Ilustración: Yoshihiro Nakashima, "Debajo del árbol Bodhi".













lunes, julio 26, 2010

"Trópico de Capricornio", de Henry Miller

Fragmento



Laura, la ninfómana, baila la rumba, con el sexo exfoliado y retorcido como la cola de una vaca. La danza del sábado por la noche, la danza de melones que se pudren en el cubo de la basura, de moco verde fresco y ungüentos viscosos para las partes tiernas. La danza de las máquinas tragamonedas y los monstruos que las inventan. La danza de los revólveres y los cabrones que los usan. La danza de la cachiporra y de los penes que golpean sesos hasta convertirlos en un pulpo de pólipo. La danza del mundo del magneto, la bujía que no hace chispa, el suave zumbido del mecanismo perfecto, la carrera de velocidad en una plataforma giratoria, el dólar a la par y los bosques muertos y mutilados. El sábado por la noche de la danza vacía del alma, en la que cada bailarín que brinca es una unidad funcional en el baile de San Vito del sueño de la tiña.

Laura, la ninfómana, esgrimiendo su vagina, con los dulces labios de pétalo de rosa dentados con garras de rodamiento de bolas y culo como una articulación de rótula. Centímetro a centímetro, milímetro a milímetro empujan por la pista el cadáver copulador. Y después, ¡zas! Como si desconectaran un conmutador, cesa la música de repente y con la interrupción los bailarines se separan, con los brazos y las piernas intactos, como hojas de té que bajan al fondo de la taza.












1939













domingo, julio 25, 2010

“Del muchacho borracho”, de Héctor Viel Temperley







Por la calle del puerto
da un paso, un par de pasos.
Pero no huele a puerto;
huele a potros y pastos.

Va con la borrachera
surgiendo de sus tacos,
y le crecen dos botas
como en mitad del campo.

Aunque ahora no lo monta
se duerme en su caballo.
Cierra sobre las crines
sus ojos de muchacho.

Cerca del marinero,
cuando el sol le da el alto,
dos alas le descubre
al caballo en sus flancos.

Y por el cielo azul,
volando y galopando,
se va mientras vomita
la ciudad hasta el campo.






en Poemas con caballos, 1956














sábado, julio 24, 2010

"El hada de la luna", de Li Chang-Yin






Sobre el tabique de nácar se oscurece la sombra de la candela.
Poco a poco, la vía láctea declina, las estrellas de la mañana
           se apagan.
¿Se arrepiente el hada de la luna de haber robado el néctar
           de la inmortalidad?
Mar esmeralda, cielo azul, noche tras noche, todo se manifiesta
           a su corazón.










viernes, julio 23, 2010

“Post data”, de Enrique Lihn








Leo estos versos como si fueran de otro
que nació y murió en mí por unos meses
de eso hace ya tan poco tiempo
Pudo ser un vampiro y escribirlos con sangre
no porque haya cicatrizado la letra en el papel
ni porque aún me duelan, pero estoy agotado
Sufro, seguramente, de anemia perniciosa.





en Al bello aparecer de este lucero, 1983














jueves, julio 22, 2010

«Manifiesto por un arte revolucionario independiente», de León Trotski y André Breton



León Trotski, Diego Rivera y André Breton


Puede afirmarse sin exageración, que nunca como hoy nuestra civilización ha estado amenazada por tantos peligros. Los vándalos, usando sus medios bárbaros, es decir, extremadamente precarios, destruyeron la antigua civilización en un sector de Europa. En la actualidad, toda la civilización mundial, en la unidad de su destino histórico, es la que se tambalea bajo la amenaza de fuerzas reaccionarias armadas con toda la técnica moderna. No aludimos tan sólo a la guerra que se avecina. Ya hoy, en tiempos de paz, la situación de la ciencia y el arte se ha vuelto intolerable.

En aquello que de individual conserva en su génesis, en las cualidades subjetivas que pone en acción para revelar un hecho que signifique un enriquecimiento objetivo, un descubrimiento filosófico, sociológico, científico o artístico, aparece como fruto de un azar precioso, es decir, como una manifestación más o menos espontánea de la necesidad. No hay que pasar por alto semejante aporte, ya sea desde el punto de vista del conocimiento general (que tiende a que se amplíe la interpretación del mundo), o bien desde el punto de vista revolucionario (que exige para llegar a la transformación del mundo tener una idea exacta de las leyes que rigen su movimiento). En particular, no es posible desentenderse de las condiciones mentales en que este enriquecimiento se manifiesta, no es posible cesar la vigilancia para que el respeto de las leyes específicas que rigen la creación intelectual sea garantizado.

No obstante, el mundo actual nos ha obligado a constatar la violación cada vez más generalizada de estas leyes, violación a la que corresponde, necesariamente, un envilecimiento cada vez más notorio, no sólo de la obra de arte, sino también de la personalidad «artística». El fascismo hitleriano, después de haber eliminado en Alemania a todos los artistas en quienes se expresaba en alguna medida el amor de la libertad, aunque esta fuese sólo una libertad formal, obligó a cuantos aún podían sostener la pluma o el pincel a convertirse en lacayos del régimen y a celebrarlo según órdenes y dentro de los límites exteriores del peor convencionalismo. Dejando de lado la publicidad, lo mismo ha ocurrido en la URSS durante el periodo de furiosa reacción que hoy llega a su apogeo.

Ni qué decir tiene que no nos solidarizamos ni un instante, cualquiera que sea su éxito actual, con la consigna: «Ni fascismo ni comunismo» consigna que corresponde a la naturaleza del filisteo conservador y asustado que se aferra a los vestigios del pasado «democrático». El verdadero arte, es decir aquel que no se satisface con las variaciones sobre modelos establecidos, sino que se esfuerza por expresar las necesidades íntimas del hombre y de la humanidad actuales, no puede dejar de ser revolucionario, es decir, no puede sino aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque sólo sea para liberar la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a la humanidad entera elevarse a las alturas que sólo genios solitarios habían alcanzado en el pasado. Al mismo tiempo, reconocemos que únicamente una revolución social puede abrir el camino a una nueva cultura. Pues si rechazamos toda la solidaridad con la casta actualmente dirigente en la URSS es, precisamente, porque a nuestro juicio no representa el comunismo, sino su más pérfido y peligroso enemigo.

Bajo la influencia del régimen totalitario de la URSS, y a través de los organismos llamados organismos «culturales» que dominan en otros países, se ha difundido en el mundo entero un profundo crepúsculo hostil a la eclosión de cualquier especie de valor espiritual. Crepúsculo de fango y sangre en el que, disfrazados de artistas e intelectuales, participan hombres que hicieron del servilismo su móvil, del abandono de sus principios un juego perverso, del falso testimonio venal un hábito y de la apología del crimen un placer. El arte oficial de la época estalinista refleja, con crudeza sin ejemplo en la historia, sus esfuerzos irrisorios por disimular y enmascarar su verdadera función mercenaria.

La sorda reprobación que suscita en el mundo artístico esta negación desvergonzada de los principios a que el arte ha obedecido siempre y que incluso los Estados fundados en la esclavitud no se atrevieron a negar de modo tan absoluto, debe dar lugar a una condenación implacable. La oposición artística constituye hoy una de las fuerzas que pueden contribuir de manera útil al desprestigio y a la ruina de los regímenes bajo los cuales se hunde, al mismo tiempo que el derecho de la clase explotada a aspirar a un mundo mejor, todo sentimiento de grandeza e incluso de dignidad humana.

La revolución comunista no teme al arte. Sabe que al final de la investigación a que puede ser sometida la formación de la vocación artística en la sociedad capitalista que se derrumba, la determinación de tal vocación sólo puede aparecer como resultado de una connivencia entre el hombre y cierto número de formas sociales que le son adversas. Esta coyuntura, en el grado de conciencia que de ella pueda adquirir, hace del artista su aliado predispuesto. El mecanismo de sublimación que actúa en tal caso, y que el psicoanálisis ha puesto de manifiesto, tiene como objeto restablecer el equilibrio roto entre el «yo» coherente y sus elementos reprimidos. Este restablecimiento se efectúa en provecho del “ideal de sí”, que alza contra la realidad, insoportable, las potencias del mundo interior, del sí, comunes a todos los hombres y permanentemente en proceso de expansión en el devenir. La necesidad de expansión del espíritu no tiene más que seguir su curso natural para ser llevada a fundirse y fortalecer en esta necesidad primordial: la exigencia de emancipación del hombre.

En consecuencia, el arte no puede someterse sin decaer a ninguna directiva externa y llenar dócilmente los marcos que algunos creen poder imponerle con fines pragmáticos extremadamente cortos. Vale más confiar en el don de prefiguración que constituye el patrimonio de todo artista auténtico, que implica un comienzo de superación (virtual) de las más graves contradicciones de su época y orienta el pensamiento de sus contemporáneos hacia la urgencia de la instauración de un orden nuevo.

La idea que del escritor tenía el joven Marx exige en nuestros días ser reafirmada vigorosamente. Está claro que esta idea debe ser extendida, en el plano artístico y científico, a las diversas categorías de artistas e investigadores. «El escritor – decía Marx – debe naturalmente ganar dinero para poder vivir y escribir, pero en ningún caso debe vivir para ganar dinero… El escritor no considera en manera alguna sus trabajos como un medio. Son fines en sí; son tan escasamente medios en sí para él y para los demás, que en caso necesario sacrifica su propia existencia a la existencia de aquéllos… La primera condición de la libertad de la prensa estriba en que no es un oficio». Nunca será más oportuno blandir esta declaración contra quienes pretenden someter la actividad intelectual a fines exteriores a ella misma y, despreciando todas las determinaciones históricas que le son propias, regir, en función de presuntas razones de Estado, los temas del arte. La libre elección de esos temas y la ausencia absoluta de restricción en lo que respecta a su campo de exploración, constituyen para el artista un bien que tiene derecho a reivindicar como inalienable. En materia de creación artística, importa esencialmente que la imaginación escape a toda coacción, que no permita con ningún pretexto que se le impongan sendas. A quienes nos inciten a consentir, ya sea para hoy, ya sea para mañana, que el arte se someta a una disciplina que consideramos incompatible radicalmente con sus medios, les oponemos una negativa sin apelación y nuestra voluntad deliberada de mantener la fórmula: toda libertad en el arte.

Reconocemos, naturalmente, al Estado revolucionario el derecho de defenderse de la reacción burguesa, incluso cuando se cubre con el manto de la ciencia o del arte. Pero entre esas medidas impuestas y transitorias de autodefensa revolucionaria y la pretensión de ejercer una dirección sobre la creación intelectual de la sociedad, media un abismo. Si para desarrollar las fuerzas productivas materiales, la revolución tiene que erigir un régimen socialista de plan centralizado, en lo que respecta a la creación intelectual debe desde el mismo comienzo establecer y garantizar un régimen anarquista de libertad individual. ¡Ninguna autoridad, ninguna coacción, ni el menor rastro de mando! Las diversas asociaciones de hombres de ciencia y los grupos colectivos de artistas se dedicarán a resolver tareas que nunca habrán sido tan grandiosas, pueden surgir y desplegar un trabajo fecundo fundado únicamente en una libre amistad creadora, sin la menor coacción exterior.

De cuanto se ha dicho, se deduce claramente que al defender la libertad de la creación, no pretendemos en manera alguna justificar la indiferencia política y que está lejos de nuestro ánimo querer resucitar un pretendido arte «puro» que ordinariamente está al servicio de los más impuros fines de la reacción. No; tenemos una idea muy elevada de la función del arte para rehusarle una influencia sobre el destino de la sociedad. Consideramos que la suprema tarea del arte en nuestra época es participar consciente y activamente en la preparación de la revolución. Sin embargo, el artista sólo puede servir a la lucha emancipadora cuando está penetrado de su contenido social e individual, cuando ha asimilado el sentido y el drama en sus nervios, cuando busca encarnar artísticamente su mundo interior.

En el periodo actual, caracterizado por la agonía del capitalismo, tanto democrático como fascista, el artista, aunque no tenga necesidad de dar a su disidencia social una forma manifiesta, se ve amenazado con la privación del derecho de vivirla y continuar su obra, a causa del acceso imposible de ésta a los medios de difusión. Es natural, entonces, que se vuelva hacia las organizaciones estalinistas, que le ofrecen la posibilidad de escapar a su aislamiento. Pero su renuncia a cuanto puede constituir su propio mensaje y las complacencias terriblemente degradantes que esas organizaciones exigen de él, a cambio de ciertas ventajas materiales, le prohíben permanecer en ellas, por poco que la desmoralización se manifieste impotente para destruir su carácter. Es necesario, a partir de este instante, que comprenda que su lugar está en otra parte, no entre quienes traicionan la causa de la revolución al mismo tiempo, necesariamente, que la causa del hombre, sino entre quienes demuestran su fidelidad inquebrantable a los principios de esa revolución, entre quienes, por ese hecho, siguen siendo los únicos capaces de ayudarla a consumarse y garantizar por ella la libre expresión de todas las formas del genio humano.

La finalidad de este manifiesto es hallar un terreno en el que reunirá los mantenedores revolucionarios del arte, para servir la revolución con los métodos del arte y defender la libertad del arte contra los usurpadores de la revolución. Estamos profundamente convencidos de que el encuentro en ese terreno es posible para los representantes de tendencias estéticas, filosóficas y políticas, aun un tanto divergentes. Los marxistas pueden marchar ahí de la mano con los anarquistas, a condición de que unos y otros rompan implacablemente con el espíritu policiaco reaccionario, esté representado por José Stalin o por su vasallo García Oliver [1].

Miles y miles de artistas y pensadores aislados, cuyas voces son ahogadas por el odioso tumulto de los falsificadores regimentados, están actualmente dispersos por el mundo. Numerosas revistas locales intentan agrupar en torno suyo a fuerzas jóvenes, que buscan nuevos caminos y no subsidios. Toda tendencia progresiva en arte es acusada por el fascismo de degeneración. Toda creación libre es declarada fascista por los estalinistas. El arte revolucionario independiente debe unirse para luchar contra las persecuciones reaccionarias y proclamar altamente su derecho a la existencia. Un agrupamiento de estas características es el fin de la Federación internacional del Arte Revolucionario independiente (FIARI), cuya creación juzgamos necesaria.

No tenemos intención alguna de imponer todas las ideas contenidas en este llamamiento, que consideramos un primer paso en el nuevo camino. A todos los representantes del arte, a todos sus amigos y defensores que no pueden dejar de comprender la necesidad del presente llamamiento, les pedimos que alcen la voz inmediatamente. Dirigimos el mismo llamamiento a todas las publicaciones independientes de izquierda que estén dispuestas a tomar parte en la creación de la Federación internacional y en el examen de las tareas y de los métodos de acción. Cuando se haya establecido el primer contacto internacional por la prensa y la correspondencia, procederemos a la organización de modestos congresos locales y nacionales. En la etapa siguiente deberá reunirse un congreso mundial que consagrará oficialmente la fundación de la Federación internacional.

He aquí lo que queremos:
La independencia del arte – por la revolución;
La revolución – por la liberación definitiva del arte.



André Breton, Diego Rivera [2]
México, 25 de julio de 1938









[1] García Oliver, anarquista español, perteneció al grupo de acción española, contribuyó a organizar las milicias obreras catalanas y de Durruti y militó en la CNT y en la FAI. Durante la guerra civil adoptó la política del Frente Popular, aceptando el Ministerio de Justicia en el gabinete de Largo Caballero.

[2] Aunque publicado con estas dos firmas, el manifiesto fue redactado de hecho por León Trotski y André Breton. Por razones tácticas, Trotski pidió que la firma de Diego Rivera sustituyese a la suya.












Fotografía original de Fritz Bach, 1938














miércoles, julio 21, 2010

“De regreso al sur”, de Juan Carlos Onetti






Cuando estuvo solo en el rincón del café, Oscar volvió a pensar en la cabeza pálida de tío Horacio en la camilla, que parecía haber aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía con que se enmascaraba al escudar hablar de personas y cosas que habían estado o atravesado el sur de Buenos Aires, la zona extranjera que se iniciaba en la calle Rivadavia, y a partir del Carnaval de 1938. Tío Horacio alzaba las cejas y casi sonreía para esperar el fin de aquellas conversaciones. Recordando su rostro muerto, era nuevamente imposible adivinar en qué sentido y con qué intención el odio y el desprecio actuaban sobre las imágenes y los seres del barrio sur, cuál había sido la deformación obtenida «o —tal vez no era más que esto— en qué tono de luz el odio y el desprecio envolvían para tío Horario los paisajes proscritos del Sur.

El primer sábado del Carnaval del 38, tío Horacio y Perla pasearon por Belgrano después de la comida; salieron del departamento y caminaron despacio por Tacuarí y Piedras, tomados del brazo. Oscar supo que habían ido a beber cerveza a un café alemán y que habían conversado allí hasta pasada la medianoche. Cuando volvieron, ella estuvo dando vueltas sin motivo por la casa, tarareando una música de Albéniz, y casi en seguida se acostó. Tío Horacio quedó un rato sentado junto a la mesa donde Oscar estudiaba. Parecía cansado, y se quitó el cuello. Jugaba con el reloj, metiendo un dedo en el bolsillo del chaleco, y miraba pensativo la mesa, en las pausas, entre las preguntas distraídas. Oscar vio que sonreía suavemente, y lo oyó reír un poco cuando se levantó y estuvo un rato de pie, las piernas muy separadas, sacudiendo la cabeza. Después suspiró, hizo la última pregunta sobre libros y exámenes y subió al dormitorio.

El domingo no salieron de casa; durante todo el día se movieron con pesadez y silencio por el calor de la casa, mal vestidos, tendiendo a los rincones frescos y semioscuros, donde marcaban su presencia con gruesos diarios de la mañana, revistas y libros ajados, de fecha antigua. Cuando Oscar se fue al anochecer, tío Horacio estaba solo en el escritorio contando unas gotas de remedio. "Ella se quiere ir y él no quiere presionarla habiéndole de su enfermedad —pensó Oscar—, o ella se quiere ir y él va a buscar la forma de presionarla haciéndole saber, sin decirlo, que está otra vez enfermo".

El lunes de Carnaval estuvieron todo el día juntos y afuera; Oscar los vio de noche, nuevamente amigos; tío Horacio habló de muchas cosas, un poco excitado y feliz, con sudor en la frente y un jadeo al sonreír. El martes Oscar llegó a la calle Belgrano al anochecer; tío Horacio estaba solo, junto a una ventana, la camisa desprendida, los lentes colgando por r una patilla de los dedos; y la quinta edición de un diario junto a los pies descalzos. Se saludaron, y Oscar no le vio más que sueño en la cara. Después no pudo comprender —porque aquello representaba a un desconocido cualquiera y no tenía relación alguna con tío Horacio— el encontrar encima de la carpeta del comedor, cerca del vaso de leche y el sandwich de jamón que le dejaba todas las noches Perla, una carta escrita con tinta muy azul, desplegada, sujeta con el centro de mesa, con cuatro dobleces bien marcados. La leche, el sandwich y la carta habían sido puestos allí por tío Horacio, por el hombre que estaba junto a la ventana de la otra habitación: quería enterarlo, sin preguntas, de que Perla se había ido con perdones, olvido, felicidad y el irrenunciable derecho a la realización de la propia vida. No volvieron a hablar de Perla; cuando Oscar volvió en la madrugada, la carta no estaba en la mesa, y tío Horacio continuaba espiando por la ventana la noche caliente de Carnaval, todavía blando en la cara el gesto de bondadoso hastío que habría de señalarlo hasta el final.

. En el tiempo de Belgrano, el hijo de Horacio, Walter, iba pocas veces a visitarlos; pero cuando se mudaron a una pensión de Paraná y Corrientes comenzó a llegar casi todas las noches demasiado bien vestido, perfumado, con el largo pelo endurecido y brillante echado hacia la nuca. Oscar lo oía taconear en el corredor y luego veía aparecer su cara blanca, hecha de una materia exangüe y envejecida, mucho más vieja que él, como si Walter la hubiese prestado para que otro hombre la gastara en años rellenos de miserias, de mirar sin nobleza y de estirar sonrisas falsas y vacilantes.

—Hola qué tal —decía por encima de la lámpara la cara solitaria entre la pared oscura y el traje negro. Saludaba a tío Horacio y comenzaba a pasearse entre el balcón y la cama, contando historias de gentes del teatro y la radio, del dinero que iba a ganar en la temporada, de ganancias fabulosas en el hipódromo de La Plata. Construía el esqueleto de su vida, y Oscar, sobre los libros, lo iba rellenando y cubriendo con madrugadas sin consuelo, caras abyectas, mujeres sin sombrero, de largos trajes de colores deprimentes, que balbuceaban sobre mesitas y bajo música, siempre bajo música de bandoneones o trompetas, o poblando, cubiertas con salidas de baño, en horas de siesta, el patio de la pensión.

La valla de la calle Rivadavia se levantó gracias a Walter. No se animó a decirlo directamente al viejo; estaba detrás de tío Horacio y habló dirigiéndose a Oscar, que se ponía la corbata frente al espejo.

—Vi a Perla en un café de la Avenida. No me dijo nada especial, pero está bien.

Después, en otras noches, supieron que Perla se había ido con un hombre que tocaba la guitarra en un café español, y la cara oscura y aceitosa del amante de Perla se hizo para Oscar inseparable del recuerdo de la mujer. Tío Horacio no hizo comentarios, y no parecía haberse enterado de la proximidad nocturna de Perla, cinco cuadras al Sur. Oscar supo que había oído a Walter, porque en los paseos de la noche, cuando salían a tomar un café liviano a alguna parte, comenzó a llegar por Paraná hasta Rivadavia, donde se abría la Plaza del Congreso y hacia donde miraba con curiosidad idéntica noche tras noche; luego doblaba a la izquierda y continuaban conversando por Rivadavia hacia el Este. Casi todas las noches; por Paraná, por Montevideo, por Talcahuano, por Libertad. Sin hablar nunca de aquello, Oscar tuvo que enterarse de que la ciudad y el mundo de tío Horacio terminaban en mojones infranqueables en la calle Rivadavia; y todos los nombres de calles, negocios y lugares del barrio sur fueron suprimidos y muy pronto olvidados. De manera que cuando alguien los nombraba junto a él, tío Horacio parpadeaba y sonreía, sin comprender, pero disimulando, esperando con paciencia que la historia o los personajes cruzaran Rivadavia y él pudiera situarlos.

Así estaban en el año 38, y así siguieron en el 39, hasta el principio de la guerra, golpeándose los dos sin violencia casi todas las noches contra el muro de Rivadavia, sabiendo por Walter que la avenida "estaba llena de gente gorda y el otro día andaba un torero". Sabían también que casi cada semana inauguraban un nuevo café, con canciones y música; en todos ellos instalaba Oscar al guitarrista junto a una Perla remozada y locuaz que bebía manzanilla y golpeaba las palmas a compás. "Es por la guerra de España", comentaba Walter.

Pero la guerra de España había terminado hacía mucho tiempo, y por muchos meses la Avenida de Mayo fue para Oscar —y él pensaba que también para tío Horacio— diez cuadras flanqueadas de cafés ruidosos en la noche, con hombres y mujeres gordos tomando cerveza en las aceras, mientras a la luz del día muchos toreros iban y venían con paso apresurado. Y las pocas veces en que Oscar atravesó solo de noche Rivadavia y vio una Avenida de Mayo reconocible, volvió sin decir una palabra a tío Horacio y olvidó en seguida lo que había mirado. Así que estaba seguro de que dentro de tío Horacio seguía paralizada la visión fantástica del territorio perdido, donde Perla conversaba y reía y donde era frecuente que hubiese una Perla en cada café ruidoso, cerca de un torero, cerca de un hombre de pelo retinto, inclinado encima de una guitarra.

La última vez que tío Horacio estuvo enfermo, el médico lo había mirado con ojos desganados al ponerle la inyección. "No se sabe cuánto —dijo después—. A lo mejor vive más que usted." Oscar decía que sí; pero Walter no quería creer y murmuraba con el cigarrillo en la boca —la boca un poco torcida por el cigarrillo, el perfil alto, tal como Oscar lo veía atrás de las ventanas de los cafés—: "Un día nos da un susto".

El susto llegó una noche en que salieron a caminar los tres, tío Horacio en el medio, un sábado en el principio del verano. Tío Horacio caminaba despacio, hablando, palabra por palabra, de la organización de los productores de trigo de Canadá, y Oscar lo vigilaba de reojo, mientras Walter, taconeando, los delgados hombros hacia adelante, afirmaba, sacudiendo la cabeza donde el pequeño sombrero mostraba el lado izquierdo del peinado brillante. Siempre sacudía así la cabeza cuando tío Horacio comenzaba a repetir, en tono familiar y sin énfasis, lo que había leído en libros y revistas. Oscar pensaba en Walter, tomando mate en los atardeceres de la pensión, entre los gritos y las perezas de las mujeres que chancleteaban con sus batas manchadas de rouge, repitiendo con voz seria los artículos que le había transmitido su padre unos días antes sobre la distribución de productos en la posguerra, la talla de diamantes y la ola de crímenes sexuales en los Estados Unidos.

Tío Horacio iba hablando de Manitoba y reduciendo "bushels" a kilos en la esquina de Talcahuano y Rivadavia, y sin interrumpirse, sin un gesto de anuncio, sin nada que revelara que comprendía lo que estaba haciendo, continuó andando y hablando, cruzó la valla invisible de Rivadavia y llegó a la otra acera. Se detuvo un momento para respirar con lentitud, y en seguida continuó andando despacio, recorriendo la corta cuadra que llevaba a la Avenida de Mayo. Por arriba y por atrás de tío Horacio, Oscar se miró con Walter y vio cómo el otro le hacía una sonrisa, un signo de alegría, como si acabara de enterarse de que su padre no estaba ya enfermo.

Durante las dos cuadras que caminaron por la avenida, tío Horacio dijo que el único país digno de total respeto entre los que estaban metidos en la guerra era la China. Dijo algunos nombres geográficos, algunos nombres de generales y conductores y una profecía sobre el futuro de Asia. Frente al tercer café con música, tío Horacio se detuvo y miró sonriendo, hacia adentro. "Bueno —dijo—, vamos a tomar algo." Otra vez se miraron a sus espaldas y como Walter sonreía ahora francamente, a punto de comentar lo que estaba sucediendo, Oscar se tranquilizó e inició la entrada en el pequeño salón, donde un aparato de música sonaba tocando "Capricho árabe".

Tío Horacio pidió tres cervezas, miró un poco alrededor y comenzó a hablar de la industrialización de los países coloniales. En una pausa Walter dijo: "Hay poca gente esta noche. Si cruzamos enfrente..." Pero tío Horacio siguió hablando, con la cara distraída y bondadosa. Cuando trajeron la cerveza estuvo un rato inclinado, con el vaso apoyado en la boca, sin beber, inmóvil, los ojos bajos, Oscar miró a Walter, que examinaba el fondo del salón, arreglándose los puños salientes de la camisa; no pudo encontrarle los ojos y se echó hacia atrás, observando a tío Horacio y esperando. Esperó hasta que él bebió un trago, dejó el vaso sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla, la boca abierta para hablar, y comenzó a resbalar en el asiento. Walter dio un salto, se puso atrás de su padre y trató de levantarlo, tomándolo de las axilas. Entre el mozo y un hombre que se acercó a la mesa, Oscar se inclinó para aflojar el nudo de la corbata del viejo. Vio que la cabeza giraba con trabajo, se inclinaba hacia un hombro y volvía a levantarse. Entonces Walter gritó: "Hacete una corrida y traé las gotas".

Oscar salió corriendo del café, consiguió un taxi y viajó a Paraná y Corrientes a buscar el remedio; no quería pensar en nada, solamente recordaba a tío Horacio cruzando la calle Rivadavia y preguntando con voz paciente, sin presionar, seguro de que él mismo podría dar en seguida la respuesta exacta: "¿Y cuál es el secreto de la fuerza de los agricultores canadienses?".

Oscar dijo al chófer que esperara y subió corriendo la escalera. No había nadie en el hall; empezaba la buena estación y era sábado, todos debían haber salido. Entró en la pieza y vio a Perla sentada en la cama, un brazo muy separado del cuerpo, con la mano hundida en la colcha, el pecho bastante más saliente que cuando vivía en Belgrano, tal vez más gorda en todo, muy pintada. La mujer sonrió, inclinando la cabeza como las niñas; era el gesto de siempre para tío Horacio, el gesto de ganar discusiones, hacerse perdonar, llevarlo a la cama.

—¿Cómo le va? —dijo ella, y bajó la cabeza, sin dejar la sonrisa, hasta casi tocarse el hombro con la mejilla.

Oscar no le contestó nada y por un momento se olvidó del remedio, del coche que esperaba, de tío Horacio resbalando en la silla. Se sacó el sombrero y se apoyó en la mesa, frente a ella, mirándola. Después también él sonrió, porque Perla dijo:

—¿Qué le pasa? ¿Se asombra de verme, verdad? Parece que no se alegrase mucho —empezó a levantar la cabeza—. ¿Horacio salió? Yo quería verlo...

Oscar volvió a ponerse el sombrero, fue a buscar el frasquito al botiquín, y mientras lo revolvía le habló:

—Está ahí, en un café de la Avenida, con un ataque.

La oyó levantarse, caminar de un lado a otro y asegurar varias veces que era imposible. Repetía: "tan luego ahora"; y Oscar no supo lo que quería decir. Encontró el frasco y le dijo:

—Tengo un automóvil esperando para ir al café. Si quiere venir, se apura.

En el primer viaje en taxi no hablaron; Oscar estaba con el cuerpo inclinado, mirando la calle por encima del brazo del chófer, con el frasquito apretado entre las rodillas. Cuando llegaron al café, el aparato de música tocaba un pasodoble, y la mesa estaba vacía, con un mozo de pie, al lado, comentando con alguien de una mesa vecina, mientras movía sin sentido la servilleta.

—Ya se lo llevaron —dijo el mozo—. Seguía peor, y de aquí mismo llamamos y se lo llevaron. No sé adonde. Lo habrán llevado a Esmeralda al 66. Le voy a preguntar al patrón si sabe.

El patrón no sabía, pero hablaron en la calle con el vigilante, y les dijo que habían llevado a tío Horacio a Esmeralda 66.

—¿Cómo estaba? —preguntó Perla.
—No sé —dijo el vigilante—. Estaba mal. Cuando yo llegué se desmayó del todo.

Siguieron en otro coche hasta la Asistencia Pública, y en este segundo viaje Perla mostró un pañuelo en la mano y comenzó a llorar, la cabeza otra vez inclinada, como si hubiera cerca alguien a quien pedir alguna cosa.

En la Asistencia Pública los dejaron entrar en seguida, los guiaron por .un corredor, caminaron por un laberinto hecho de bastidores y entraron después en una sala grande, donde Walter estaba tironeándose desconcertadamente de los puños de la camisa, y tío Horacio estaba muerto, acostado en una camilla.

En el último viaje de la noche Perla estuvo arrinconada en el asiento, la mano larga abierta contra el pañuelo que le tapaba la cara. El automóvil iba a poca velocidad por Esmeralda, y cuando ella bajó la mano en una bocacalle, Oscar le vio los ojos enrojecidos y la nariz hinchada; la boca, pintada y bien hecha, con un poco de vello bajo la nariz, seguía tranquila, avanzando un poquito, con el gesto que le servía a Oscar para identificarla cuando la recordaba, igual a la boca de los retratos que tío Horacio había tenido escondidos en un cajón del escritorio.

—Me echaron como si yo fuera... —empezó a rezongar la mujer.
—No; la echaron como a todo el mundo. No había nada que hacer allí.
—Yo quería estar.

Oscar prefería soportar el ruido que hacía cuando lloraba a escucharla hablar. Perla volvió a recostarse en el asiento, sin llorar ahora, la mano enrulando el pañuelo en la falda. Oscar recordaba la cabeza de tío Horacio en la camilla y a Walter dando vueltas alrededor, con el perfume del cosmético, el traje de compadrito, los blancos puños de la camisa escondiéndole las muñecas, repitiendo, deteniéndose para hacer inútilmente otra frase, las mismas palabras que había dicho Perla: "Tan luego ahora..." Suspiraba, movía nerviosamente los labios como para echar una mosca, y continuaba arrastrando el estribillo alrededor de la camilla: "Tan luego ahora". La enfermera escribía de pie en un rincón, y el médico se secaba las manos en el otro lado de la sala.

—Oiga —dijo Perla—. ¿Usted tomó las disposiciones?

El la miró en silencio, y a la luz que entraba cortándoles las caras la vio temblar de rabia.

—Ah —dijo Oscar un rato después—, ese animal de Walter se va a ocupar de todo.
—Pobre Walter —dijo ella—. Se quedó muy afectado.

Oscar se volvió a mirar la calle, pensando: "disposiciones" y "afectado"... "Además está gorda como una vaca".

—Usted siempre el mismo —dijo ella con amargura y debilidad—. Parece que no le importa mucho. En cambio, Walter...
—Puede ser —dijo Oscar—. Tiene razón; a Walter, sí.

Hizo detener el coche en Paraná y Corrientes, mientras ella sacudía la cabeza y repetía el ruido del llanto. Oscar esperó un momento y después le dijo que él se bajaba allí, pero que si ella quería seguir podía darle dinero para el taxi. Ella dijo que no y bajó, y mientras Oscar pagaba al chófer estuvo esperando recostada a la pared, más gorda que antes, metida en la sombra con su vestido claro; quedaron luego mirándose en silencio, y él sintió el perfume que venía en olas sin fuerza desde el pecho de Perla, que subía y bajaba junto al portal vacío.

Después Oscar entró en el café y fue a buscar el rincón solitario, pensando en cuál sería la frase que tal vez hubiese esperado la mujer, parada e inmóvil, frente a él, hasta que se separaron sin hablar, y pudo verla de espaldas, alejándose hacia la Avenida, hacia el muro invisible de Rivadavia, de regreso al Sur.






en Tan triste como ella y otros cuentos, 1976













martes, julio 20, 2010

"Into the wild", de Jon Krakauer

Extracto



Lo único que me sujetaba a la ladera de la montaña, y, de hecho, al mundo, eran dos delgadas cuchillas de cromo-molibdeno clavadas en una alargada mancha de aguanieve congelada. Sin embargo, cuanto más ascendía, más cómodo me sentía. Cuando se inicia una escalada difícil, sobre todo si es en solitario, sientes constantemente la llamada del abismo a tus espaldas. Resistirla requiere un tremendo esfuerzo consciente; no te atreves a bajar la guardia ni un solo instante. El canto de sirena del vacío te crispa, convierte tus movimientos en torpes, vacilantes, espasmódicos. No obstante, a medida que la ascensión continúa, te acostumbras al riesgo, a contemplar de cerca la muerte, y llegas a creer en la fiabilidad de tus manos, tus pies y tu cabeza. Aprendes a confiar en tu propio autocontrol.

Al cabo de poco tiempo estás tan absorto en lo que haces que ya no notas los nudillos en carne viva, los calambres en los muslos, la tensión que produce la concentración ininterrumpida. Un estado parecido al trance gobierna tus esfuerzos, y la escalada se convierte en una especie de sueño clarividente. Las horas transcurren como si fueran minutos. La confusa carga que comporta la vida cotidiana –los descuidos y olvidos, las facturas sin pagar, las oportunidades perdidas, el polvo debajo del sofá, la inexorable dependencia de los genes- queda olvidada temporalmente, borrada de tus pensamientos por la arrolladora claridad de la meta y la seriedad de la tarea en curso.













1996








Contribución a Dscntxt de Germán Hitschfeld M.




lunes, julio 19, 2010

“Los Hartley”, de John Cheever







El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Pemaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena, y en el preciso momento en que empezaban las partidas de bridge. Hartley cruzó con las bolsas el amplio porche y entró en el vestíbulo seguido por su mujer y por su hija. Los tres parecían muy cansados, y contemplaron la brillante y acogedora habitación con la gratitud del viajero que ha dejado atrás la tensión y el peligro: los había pillado en la carretera una terrible tormenta de nieve a primeras horas de aquella mañana. Venían de Nueva York, y había nevado durante todo el trayecto, dijeron. El señor Hartley dejó en el suelo las bolsas y volvió al coche a coger los esquís. Su mujer se sentó en una de las sillas del vestíbulo y su hija, tímida y cansada, se acercó a ella. Un poco de nieve blanqueaba el pelo de la niña, y su madre se la quitó con los dedos. Entonces, la viuda Butterick, la dueña del hostal, salió al porche y le gritó a Hartley que no hacía falta que aparcara el coche; lo haría uno de los empleados. Él regresó al vestíbulo y firmó el registro.

Parecía un hombre agradable, de voz cortante y un modo de ser firme y educado. Su esposa era una elegante mujer de pelo oscuro, muerta de fatiga en aquellos momentos, y la niña debía de tener unos siete años. La señora Butterick le preguntó a Hartley si no había estado antes en el hostal.

—Cuando le hice la reserva —dijo—, su nombre me sonaba.
—Mi mujer y yo estuvimos aquí en febrero, hace ocho años —respondió Hartley—. Llegamos el 23, y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente.

Luego subieron a la habitación. Bajaron otra vez y se quedaron el tiempo suficiente para cenar unas sobras que habían guardado al calor de la cocina. La niña estaba tan cansada que casi se durmió en la mesa. Subieron de nuevo después de cenar.

En la estación fría, la vida del hostal Pemaquoddy giraba enteramente en torno a los deportes de invierno. Ni los holgazanes ni los bebedores eran bien vistos, y casi todo el mundo se tomaba el esquí en serio. Por la mañana cruzaban el valle en autobús para ir a las montañas, y si hacía buen tiempo subían con una cesta de comida y se quedaban en las laderas nevadas hasta el atardecer. A veces preferían quedarse patinando en una pista que se había creado mediante la inundación de un almacén textil cercano al hostal. Tras éste había una colina que solía usarse para esquiar cuando las condiciones en la montaña no eran buenas. Para acceder a la colina se usaba un rudimentario arrastre construido por el hijo de la señora Butterick.

—Compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —decía siempre la viuda al hablar del arrastre—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula!

Y al contarlo se llevaba una mano al corazón, como si los peligros del trayecto fueran todavía un recuerdo muy próximo.

La mañana que siguió a su llegada, los Hartley adoptaron la rutina del ejercicio y el aire libre propio de Pemaquoddy.

La señora Hartley era una mujer algo despistada. Aquella misma mañana subió al autobús, se sentó y se puso a hablar con otra pasajera, y de pronto advirtió que había olvidado los esquís. Todos aguardaron mientras su marido iba a buscárselos. Ella llevaba un brillante anorak con adorno de pieles que parecía apropiado para alguien de rostro más joven; la prenda daba a su propietaria un aspecto como de cansancio. El marido vestía con ropas de la Marina, marcadas con su nombre y su grado. Anne, la hija, era bonita. Llevaba el pelo peinado en unas pulcras trenzas, tirantes; un reguero de pecas surcaba su naricita, y miraba las cosas con la fría y crítica atención propia de su edad.

Hartley esquiaba bien. Subía y bajaba la ladera con los esquís paralelos, las rodillas dobladas y los hombros meciéndose grácilmente en semicírculo. Su mujer no era tan diestra, pero sabía lo que se hacía, y disfrutaba con el aire frío y la nieve. Se caía alguna que otra vez, y cuando alguien la ayudaba a levantarse, y el contacto de la nieve en la cara avivaba sus colores, parecía mucho más joven.

Anne no sabía esquiar. Se quedó al pie de la pista mirando a sus padres. Estos la llamaron, pero ella no se movió, y al cabo de un rato empezó a tiritar. Su madre se le acercó y quiso animarla, pero la niña se apartó, enfadada.

—No quiero que tú me enseñes —dijo—. Quiero que me enseñe papá.

La señora Hartley llamó a su marido.

Tan pronto como Hartley prestó atención a Anne, la niña ya no lo dudó. Siguió a su padre colina arriba y abajo, y siempre que él la acompañaba, la niña parecía feliz y confiada. Hartley se quedó al lado de Anne hasta después del almuerzo. Luego la llevó junto a un monitor profesional que daba una clase para principiantes, fuera de las pistas. El matrimonio Hartley fue con el grupo hasta el pie de la pendiente, y el padre llevó aparte a su hija.

—Tu madre y yo vamos a hacer unos cuantos recorridos —dijo—, y quiero que vayas a la clase del señor Ritter y que aprendas todo lo que puedas. Si es que alguna vez aprendes a esquiar, Anne, aprenderás sin mi ayuda. Volveremos a eso de las cuatro, y entonces me enseñarás lo que hayas aprendido.
—Sí, papá —asintió la niña.
—Ahora, ve a la clase.
—Sí, papá.

Hartley y su esposa esperaron hasta que Anne escaló la ladera y se unió al grupo de aprendices. Luego se marcharon. Anne atendió al monitor unos minutos, pero en cuanto se percató de que sus padres se habían ido, se separó del grupo y se marchó colina abajo en dirección al albergue. «Señorita—la llamó el instructor—. Señorita...» Ella no contestó. Entró en la cabaña, se quitó el anorak y los guantes, los extendió con cuidado sobre una mesa para que se secaran y se sentó junto al fuego, agachando la cabeza para ocultar la cara. Se quedó allí sentada toda la tarde. Poco antes de oscurecer, cuando sus padres volvieron golpeando el suelo con los pies para sacudirse la nieve de las botas, ella salió corriendo al encuentro de su padre. Su cara hinchada mostraba rastros de llanto.

—Oh, papá, ¡creí que no ibas a volver!

Le echó los brazos al cuello y sepultó el rostro entre las ropas del señor Hartley.

—Vamos, Anne, vamos —dijo él, dándole palmaditas en la espalda y sonriendo a la gente, que parecía haber captado la escena. Anne, sentada junto a él en el camino de vuelta, lo agarraba del brazo.

Esa noche, en el hostal, los Hartley bajaron al bar antes de cenar y se instalaron en una mesa junto a la pared. Madre e hija bebieron zumo de tomate, y Hartley tomó tres cócteles old-fashioned. Le dio a la niña las rodajas de naranja y las guindas de su bebida. A ella le interesaba todo lo que hacía su padre. Encendía sus cigarrillos y apagaba de un soplo las cerillas. Consultaba su reloj y reía todos sus chistes. Su risa era aguda, agradable.

La familia conversaba tranquilamente. El matrimonio hablaba entre sí menos que con Anne, como si hubiesen llegado a un punto en su vida en común en el que ya no había nada que decir. Se enzarzaron en deshilvanados comentarios sobre la montaña y la nieve, y en el curso de aquella tentativa de avivar la conversación, Hartley, por alguna razón, dirigió a su mujer unas palabras bruscas. Ella se levantó rápidamente de la mesa. Tal vez llorando. Cruzó a prisa el vestíbulo y subió la escalera.

Padre e hija se quedaron en el bar. Cuando sonó la campanilla que anunciaba la cena, Hartley pidió al recepcionista que enviaran a su mujer una bandeja. Cenó con la niña en el comedor. Después se sentó en el salón y comenzó a leer un ejemplar atrasado de Fortune, mientras Anne jugaba con otros niños. Como aquéllos eran algo más jóvenes que ella, los trataba afable y cariñosamente, imitando a un adulto. Les enseñó un juego de cartas sencillo, y más tarde les leyó un cuento. Cuando mandaron a la gente menuda a la cama, Anne se puso a leer un libro. Su padre la llevó a su habitación hacia las nueve de la noche.

Más tarde, él bajó de nuevo y fue al bar. Bebió solo y charló con el camarero sobre las diversas marcas de bourbon.

—A mi padre se lo mandaban de Kentucky en barriles —dijo Hartley. Una leve aspereza en su voz y sus modales enérgicos y corteses hacían que sus palabras pareciesen importantes—. Eran muy pequeños, que yo recuerde. Supongo que no tendrían más de cuatro o cinco litros. Por lo general, se los enviaban dos veces al año. Cuando la abuela le preguntaba qué eran, él siempre le decía que estaban llenos de sidra dulce.

Después de hablar del bourbon, hicieron comentarios sobre el pueblo y los cambios habidos en el hostal.

—Ya hemos estado aquí una vez —dijo Hartley—. Hace ocho años, en febrero. —Entonces repitió, palabra por palabra, lo que había dicho en el vestíbulo la noche anterior—. Llegamos el 23 y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente.

Los días siguientes de los Hartley fueron casi iguales que el primero. Él dedicaba las primeras horas a enseñar a su hija. Anne aprendía rápidamente; cuando estaba con su padre se volvía audaz y airosa, pero apenas él se marchaba, se refugiaba en el albergue y se sentaba junto al fuego. Todos los días, después de comer, llegaba un momento en que él le soltaba un sermón sobre la seguridad en uno mismo.

—Tu madre y yo nos vamos ahora —le decía—, y quiero que esquíes por tu cuenta, Anne.

Ella asentía y estaba de acuerdo con él, pero tan pronto como su padre se marchaba, se metía en el albergue y esperaba allí. Una vez —el tercer día—, él perdió los estribos.

—Escúchame, Anne —gritó—: si quieres aprender a esquiar, tienes que aprender tú sola.

El tono de su voz hirió a la niña, al parecer sin enseñarle, como contrapartida, el camino a la independencia. Anne se convirtió en una figurita familiar, allí sentada junto al fuego, una tarde tras otra.

A veces, Hartley alteraba su rutina. Volvían los tres al hostal en uno de los primeros autobuses, y él llevaba a Anne a la pista de patinaje y le daba una clase. En esas ocasiones, se quedaban fuera hasta bastante tarde. A veces la madre los miraba desde la ventana del salón. La pista se hallaba al pie del rudimentario arrastre construido por el hijo de la viuda Butterick. Los postes terminales del arrastre parecían horcas a la luz del crepúsculo, y Hartley y su hija parecían personificar la contricción y la paciencia. Una y otra vez, serios, solemnes, recorrían en círculos la pequeña pista, como si él la iniciara a ella en algo más misterioso que un deporte.

Todo el mundo en el hostal los apreciaba, pero los otros huéspedes tenían la sensación de que los Hartley habían sufrido una pérdida reciente: de dinero, quizá, o tal vez el señor Hartley había perdido su empleo. Su mujer seguía con sus despistes, y la gente empezó a pensar que aquel rasgo de su carácter obedecía a alguna desdicha que de un modo u otro habría quebrantado su entereza, el dominio de sí misma. Parecía esforzarse en ser amistosa y, como una mujer sola, intervenía en cuanta conversación hubiera. Era hija de un médico, decía. Hablaba de su padre como si éste hubiera sido un gran personaje, y evocaba su infancia con intenso placer.

—El cuarto de estar de mi madre en Grafton medía trece metros de largo —decía—. Había chimeneas en cada rincón. Era una de esas viejas y maravillosas casas victorianas.

En la vitrina de la porcelana del comedor había piezas como las que tenía la madre de la señora Hartley. En el vestíbulo había un pisapapeles como el que una vez le habían regalado de niña. De vez en cuando, también hablaba de su origen. En una ocasión, la viuda Butterick le pidió que trinchase una pierna de cordero, y mientras afilaba el cuchillo, dijo:

—Nunca lo hago sin acordarme de papá.

En la colección de bastones expuesta en el recibidor, había uno repujado en plata.

—Es exactamente igual que el bastón que el señor Wentworth le trajo a papá de Irlanda —dijo la señora Hartley.

Anne adoraba a su padre, pero evidentemente también quería a su madre. De noche, cuando estaba cansada, se sentaba a su lado en un sofá y descansaba la cabeza en el hombro de la señora Hartley. Al parecer, el padre se convertía para ella en la única persona del mundo solamente en la montaña, cuando el entorno era extraño. Una noche, cuando el matrimonio estaba jugando al bridge —era bastante tarde y Anne ya estaba acostada—, la niña empezó a llamar a su padre.

—Ya voy yo, cariño —dijo la señora Hartley, que se disculpó y subió a la habitación.
—Que venga papá —pidió la niña llorando, y los jugadores de la mesa pudieron oírlo.

Su madre la tranquilizó y bajó a la sala.

—Tenía una pesadilla —explicó, y siguió jugando.

El día siguiente fue ventoso y cálido. A media tarde empezó a llover, y salvo los esquiadores más intrépidos, todos volvieron a sus hoteles. El bar del hostal se llenó muy temprano. Encendieron la radio para oír los boletines meteorológicos, y un huésped muy serio descolgó el teléfono del vestíbulo y llamó a otras estaciones. ¿Estaba lloviendo en Pico? ¿Llovía en Stowe? ¿Y en Ste. Agathe? El matrimonio Hartley estuvo en el bar esa tarde. Ella tomó una copa por primera vez desde su llegada, pero no pareció disfrutarla. Anne jugaba en el salón con los demás niños. Un poco antes de la cena, Hartley fue al vestíbulo y preguntó a la señora Butterick si les sería posible cenar en su habitación. La viuda dijo que podría arreglarlo. Cuando sonó la campanilla, los Hartley subieron, y una camarera les llevó unas bandejas. Después de cenar, Anne bajó otra vez al salón a jugar. Cuando el comedor quedó desierto, la camarera subió a recoger las bandejas.

El tragaluz que había sobre la puerta de la habitación de los Hartley estaba abierto, y, cuando avanzaba por el pasillo, la camarera pudo oír la voz de la señora Hartley, una voz tan descontrolada, tan gutural y quejumbrosa, que se detuvo y escuchó como si la vida de aquella mujer corriera peligro.

—¿Por qué tenemos que volver? ¿Por qué tenemos que hacer estos viajes a los sitios donde creímos ser felices? ¿A santo de qué todo esto? ¿De qué ha servido hasta ahora? Repasamos el listín buscando los nombres de gente que conocimos hace diez años y los invitamos a cenar, pero ¿de qué vale todo eso? ¿De qué ha servido hasta ahora? Volvemos a restaurantes, a montañas, a casas, incluso a vecindarios, recorremos los suburbios pensando que nos sentiremos felices, y jamás lo conseguimos. Por el amor de Dios, ¿por qué seguimos empeñados en algo tan horrible? ¿Por qué no acabamos de una vez? ¿No podemos volver a separarnos? Así era mucho mejor. ¿No lo era? Era mejor para Anne, me da igual lo que digas, era mejor para ella. Puedo llevármela otra vez y tú puedes vivir en la ciudad. ¿Por qué no puedo hacerlo, por qué, por qué, por qué no puedo...?

La camarera, asustada, volvió sobre sus pasos. Cuando bajó la escalera, Anne, sentada en el salón, leía un cuento a los niños más pequeños.



Esa noche, aclaró el tiempo y volvió el frío. Todo se congeló. Por la mañana, la viuda Butterick anunció que todas las pistas de la montaña estaban cerradas y que el autobús no haría ningún viaje. Hartley y otros huéspedes rompieron la capa de hielo que cubría la colina de detrás del hostal, y uno de los empleados puso en marcha el primitivo arrastre.

—Mi hijo compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —dijo la viuda al oír las vacilantes explosiones del artilugio—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula!

La ladera de la colina detrás del hostal era el único sitio donde era posible esquiar en Pemaquoddy y sus alrededores; esto atrajo, después de comer, a un montón de gente de otros hoteles. Los esquís de tantas personas remolcadas una y otra vez cuesta arriba acabaron por poner al descubierto la piedra viva; hubo que arrojar paladas de nieve en las huellas. El cable del arrastre estaba bastante raído, y el hijo de la señora Butterick había diseñado tan torpemente el mecanismo que el trayecto resultaba arduo y cansado para los esquiadores. La señora Hartley intentó que Anne utilizase el arrastre, pero ella se negó si su padre no iba delante. Él le enseñó a acomodarse, a coger la cuerda con firmeza, a doblar las rodillas y a arrastrar los bastones. En cuanto él empezó a moverse, ella lo siguió, encantada. Subió y bajó con él toda la tarde, feliz porque aquella vez no lo perdía de vista. Rota y apartada la capa de hielo de la pista, el terreno quedó en buenas condiciones, y espontáneamente se estableció el extraño y casi coercitivo ritmo de ascender y esquiar, ascender y esquiar.

Hada una tarde magnífica. Aunque había nubes cargadas de nieve, una luz brillante y alegre se filtraba a través de ellas. Visto desde lo alto de la colina, el campo era blanco y negro. Los únicos colores eran los del fuego extinguido, y la vista resultaba impresionante, como si la desolación fuera algo más que invierno; como si fuera obra de un magno incendio. La gente hablaba, desde luego, mientras esquiaba o aguardaba para coger el cable, pero apenas era posible oírla. Se oía el ruido sordo del motor del arrastre y el chirrido de la rueda de hierro sobre la cual giraba el cable, pero los esquiadores parecían haber perdido el habla, absortos en su rítmico subir y bajar. La tarde fue un incesante ciclo de movimiento. Había una sola cola a la izquierda de la ladera; uno tras otro, los esquiadores sujetaban la gastada cuerda, y en la cumbre de la colina se separaban de ella para lanzarse por la pendiente que habían escogido. Pasaban y volvían a pasar por la misma superficie, como quien ha perdido un anillo o una llave en la playa y recorre una y otra vez la misma arena. En medio del silencio, la pequeña Anne empezó a chillar. El brazo se le había enganchado en el cable raído; había caído al suelo, y estaba siendo brutalmente arrastrada ladera arriba, rumbo a la rueda de hierro.

—¡Paren el arrastre! —rugió el padre—. ¡Párenlo! ¡Paren el arrastre!

Todo el mundo en la colina comenzó a gritar: «¡Paren el arrastre! ¡Párenlo! ¡Paren!».

Pero no había nadie allí para pararlo. Los chillidos de Anne eran roncos y terribles, y cuanto más se esforzaba por soltarse de la cuerda, más violentamente la arrojaba ésta contra el suelo. El espacio y el frío parecían amortiguar las voces —incluso la angustia de las voces—, que se elevaban pidiendo que pararan el arrastre. Los gritos de la niña fueron desgarradores hasta que la rueda de hierro le partió el cuello.

Los Hartley salieron para Nueva York ese mismo día, cuando hubo oscurecido. Conducirían toda la noche detrás del coche fúnebre. Varias personas se ofrecieron a llevar el volante, pero Hartley dijo que quería conducir él, y su mujer también parecía querer que él lo hiciese. Cuando todo estuvo a punto, la afligida pareja atravesó el porche, mirando en torno a ellos la desconcertante belleza de la noche. Hacía mucho frío, el cielo estaba despejado, y las constelaciones brillaban más que las luces del hostal o del pueblo. El ayudó a su mujer a subir al coche, y después de ponerle una manta sobre las piernas, emprendieron el largo, largo viaje.






en Relatos 1, 2006













domingo, julio 18, 2010

"Canción de las nubes blancas", de Shu Chung






Hay nubes blancas en el cielo,
grandes acantilados se elevan hacia lo alto.
Interminables son los caminos de la tierra,
montañas y ríos obstruyen el camino:
te ruego que no mueras.
Por favor trata de venir nuevamente.











de Clásico de las Canciones