jueves, agosto 07, 2008

"En dirección hacia el comienzo", de Dylan Thomas

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio





En la liviana tienda en el campo que se mece en el gran atardecer de primavera, cerca del mar y la rústica barca con un mástil de madera de cedro, el armazón de madera adornado con espolones y conchas, una plegada vela color salmón, y dos remos como aletas; con gaviotas en un vuelo alto allá arriba, cigüeña, pelícano y gorrión volando hacia el fin del océano y al primer grano de una tierra sin tiempo que gira en la cabeza de un reloj de arena, un aro de plumas bajo la oscuridad de la primavera en un año patas para arriba; como las rocas en la historia, por cada rasgo y miembro garabateado, ojo de una aguja, sombra de un nervio, corte en el corazón, por escindidas fibra y arcilla enhebradas, grabadas para el delirio de la odisea la caída de la hoja de laurel el volcamiento del roble el astillamiento de la piedra lunar contra la reencarnación del asesino animadas y numerosas olas, un hombre ha nacido en dirección hacia el comienzo. Y fuera del sueño, donde la luna lo ha erigido a través de las montañas –en los ojos de ella– y por los fuertes, escudriñados brazos que cayeron tras la mujer, llenos de dedos y mareas, hacia el mar y el viento, luchó al borde del atardecer, fue hacia el comienzo como un ganso hacia el cielo, y llamó a sus furias por sus nombres desde el índice de viento dibujado de tumba y aguas. ¿Quién fue esta extraña que vino como granizo, cortada en hielo, que tiene un arbusto marino de hojas nevadas como pelo, y más alta que un mástil de cedro, la blanca lluvia del norte descendiendo y el mar conducido por ballenas arrojado a las cuencas de aquel ojo, desde una ciudad de pescadores en la isla que ya flota? Ella era salina y blanca y viajera como el campo, sobre una hoja, se mecía con pájaros a su alrededor, atardecer centrado en el corazón que nunca ha sido, oyó él sus manos entre la copa de los árboles –una pluma sumergida, de ella sus dedos fluyeron sobre las voces- y el mundo fue ahogándose a través de una sirena visión de hierba de alguien extraño y bestias de agua y nieve. La palabra fue absorbida hasta la última gota del lago; la catarata de la última partícula se preocupó al empaparse de sudor a tierra, como si la lluvia del paraíso hubiera arrastrado sus nubes a caer como una tortuga volcada, como un maná hecho de temporadas de suaves barrigas, y el duro granizo, cayendo, esparcido y aturdido en una nube mitad flor mitad ceniza o el viento del carroñero de patas largas a través de una pirámide levantada alta con lodo o el suave y lento flujo de vapor mezclado y hojas. En el centro exacto del encantamiento fue él un habitante de la costa en alta mar, atado al ojo por su pelo en el pecho del cíclope, con sus abrazados muslos encordados entre su voz; blancos osos nadaron y se ahogaron marineros en la música que ella escaló y dibujó con sus manos y fábulas desde el erguido pelo de aquel hombre; de un tirón ella le arrancó su terror por los oídos, y lo aburrió cantando dentro de la luz a través del bosque de la peluda serpiente y la voz de piedra giratoria. La revelación miraba fijamente atrás por sobre su traspasado hombro. ¿Cuál fue la génesis de ella, la última chispa de juicio o el chorro de la primera ballena desde el vasto mar? ¿La conflagración en el fin, un fuego fúnebre saltando, un cohete gastado con su cola aún caliente, o, dónde la primavera originaria y su locura escalaron las barreras del mar y las cerraduras del jardín fueron magulladas, coronada y apagada agua sobre la vela de la montaña? ¿De quién fue la imagen en el viento, la huella en el acantilado, el eco golpeando para obtener una respuesta? Ella fue como una oropéndola de pelo serpenteante. Ella se deslizó en el campo de sal que todo traga, las rocas y la crónica, las anatomías oscuras, el mismo mar anclado. Ella hizo estragos en el útero de la mula. Ella titubeaba en la galopante dinastía. Ella era ruidosa en la vieja sepultura y guardaba una silenciosa, rápida lengua bajo el sol. Advirtió de ella su expulsada imagen, trazó el mapa con el pie de una pesadilla envenenada y enmarcó contra el viento la impresión de su pulgar que torció en su mano con la membrana de una sombra, interrogación de un eco familiar: ¿cuál es mi génesis, la fuente de granito extinguiéndose donde la primera llama es arrojada al esculpido mundo, o a la fogata de crines como un león en el umbral de la última bóveda? Una voz entonces en aquel atardecer viajó por la luz y las ondas en el agua, un lineamento desafió los deslizados ánimos, desde donde la cantárida de mar de oro verde tiñe el rastro del veneno de un pulpo arrastrándose a través de espuma, y desde las cuatro esquinas del mapa un querubín en una isla sopló las nubes hacia el mar.






1938












In the Direction of the Beginning – Dylan Thomas


In the light tent in the swinging field in the great spring evening, near the sea and the shingled boat with a mast of cedar-wood, the hinderwood decked with beaks and shells, a folded, salmon sail, and two finned oars; with gulls in one flight high over, stork, pelican, and sparrow, flying to the ocean's end and the first grain of a timeless land that spins on the head of a sand glass, a hoop of feathers down the dark of the spring in a topsyturvy year; as the rocks in history, by every feature and scrawled limb, eye of a needle, shadow of a nerve, cut in the heart, by rifted fibre and clay thread, recorded for the rant of odyssey the dropping of the bay-leaf toppling of the oak-tree splintering of the moonstone against assassin avatar undead and numbered waves, a man was born in the direction of the beginning. And out of sleep, where the moon had raised him through the mountains in her eyes and by the strong, eyed arms that fall behind her, full of tides and fingers, to the blown sea, he wrestled over the edge of the evening, took to the beginning as a goose to the sky, and called his furies by their names from the wind-drawn index of the grave and waters. Who was this stranger who came like a hailstone, cut in ice, a snow leafed seabush for her hair, and taller than a cedarmast, the north white rain descending and the whale-driven sea cast up to the caves of the eye, from a fishermen's city on the floating island? She was salt and white and travelling as the field, on one blade, swung with its birds around her, evening centred in the neverstill heart, he heard her hands among the treetops –a feather dived, her fingers flowed over the voices- and the world went drowning down through a siren stranger’s vision of grass and waterbeasts and snow. The world was sucked to the last lake’s drop; the cataract of the last particle worried in a lather to the ground, as if the rain had led its clouds fall turtle-turning like a manna made of the soft-bellied seasons, and the hard hail, falling, spread and flustered in a cloud half flower half ash or the comb-footed scavenger’s wind through a pyramid raised high with mud or the soft slow drift of mingling steam and leaves. In the exact centre of enchantment he was a shoreman in deep sea, lashed by his hair to the eye in the cyclop breast, with his swept thighs strung among her voice; white bears swam and sailor drowned to the music she scaled and drew with hands and fables from his upright hair; she plucked his terror by the ears, and bore him singing into light through the forest of the serpent-haired and the stone-turning voice. Revelation stared back over its transfixed shoulder. Which was her genesis, the last spark of judgement or the first whale’s spout from the waterland? The conflagration at the end, a burial fire jumping, a spent rocket hot on its nail, or, where the first spring and its folly climbed the sea barriers and the garden locks were bruised, capped and douting water over the mountain candlehead? Whose was the image in the wind, the print on the cliff, the echo knocking to be answered? She was orioled and serpent-haired. She moved into the swallowing, salty field, the chronicle and the rocks, the dark anatomies, the anchored sea itself. She raged in the mule’s womb. She faltered in the galloping dynasty. She was loud in the old grave, kept a still, quick tongue in the sun. He marked her outcast image, mapped with a nightmare’s foot in poison and framed against the wind, print of her thumb that buckled on its hand with a webbed shadow, interrogation of the familiar echo: which is my genesis, the granite fountain extinguishing where the first flame is cast in the sculptured world, or the bonfire maned like a lion in the threshold of the last vault? One voice then in that evening travelled the light and water waves, one lineament took on the sliding moods, from where the gold green sea cantharis dyes the trail of the octopus one venom crawled through foam, and from the four map corners one cherub in a island shaped puffed the clouds to sea.





2 comentarios:

negro pesimo dijo...

feliz cumpleaños muchachos

el pésimo

dscntxt-3 dijo...

gracias compañero,
casi se pasa colado, al menos para mí...


dscntxt-3