sábado, agosto 30, 2025

«A la muerte de nuestra niña», de Zhīdào Shéi

Versión de Juan Carlos Villavicencio




En el centro del valle
el desolado Templo
junto a la Montaña del Dolor.
Volvemos a casa desde el otro lado del río.
Solos caminamos entre los árboles
pero descubro en la caricia del viento helado
a mi pequeña hija disfrutando el sendero
delante de nosotros.
Me recuerda una lúdica pintura llamada
La gata blanca de la venganza,
cómo dormía con su cara junto a mí
o se hundía feliz entre los brazos de su madre.
Atardece 
y como el sol 
su fantasma se pierde allá lejos en el mar.
No hay barca para nosotros.
En el Templo
su hermana duerme el sueño de las flores.
Cae la luna sobre nuestras miradas.
El frío del invierno no rebasa el vacío 
que cargamos en el cuerpo.
Así como las aguas no
pueden volver a las nieves,
nunca podrá ella volver a nuestra tierra.













viernes, agosto 29, 2025

«Canta (por lo que queda del desierto)», de Tariq Luthun

Versión de Juan Carlos Villavicencio




no sé quiénes son, pero
dicen que si quieres
cantar,
cantes. si quieres bailar,
demuéstrenmelo. el mundo de cuerpos 
oscuros del que vengo no

sabe cómo nombrar
a estos desesperados pies que se arrastran
             por nada.
                         más
que la inalterable
percusión de la vergüenza, me mantengo

firme en este foco
de reverberación. no confío
en tus manos más de lo que
                          confío en el
              reloj que mi tío
me trajo de regalo desde la pa-

tria. ¿alguna vez has pasado
tus manos alrededor del tronco
de un olivo? venimos
del mismo
lugar. mi padre me habla
de nuestro viejo país, y no pregunto
adónde fueron las canciones,
cuándo fuimos abandonados
              sólo con versos 
                         cantados a viva voz 
a Dios. no he visto
a mis primos en 10 años, pero vi

una nación que quiere ser dueña de mi nación
soltar un puño en una kufiya y llamar
a mi país «moda» — esta es la piel
que conozco. y he aprendido
que ellos y otros como
ellos son de los que se roban

todos los escalones antes de la tumba; dando pie
a toda alegría, a ninguna 
penas. sé que no lo 
guardarás, pero si 
te cuento un secreto
             ¿me lo vas

                         creer?
bailé a lo largo del espinazo de la orilla,
me construí desde la arena
hasta que el océano
                                vino por mí.
                    me rendí con las olas,
cogí estas manos levantadas
y pregunté: ¿qué es el sol
sino sólo la yema
de la luna? o mejor dicho, ¿qué soy
en la oscuridad sino sólo
              una forma de 

                        llegar a ti?
los oí decir que mi gente era
mala, pero no podemos ser
tan malos si
mamá todavía me deja entrar
después del amanecer — el resentido desastre 

de mi orgullo endurecido en esta
vestimenta, ella riéndose amablemente por
lo que queda de mí.
¿sabes cómo aprendí 
a cantar? recé;
este paciente atuendo

gravó versos a fuego en mi carne.
me perdí a mí mismo. hice
esto hasta que olvidé
              lo que significaban los gritos.
                            vi cómo
                                       salían

del coro
de una sola boca. y aún así,
pregunté, aún así
                          Dios no me detuvo,
                no cantó
ni una sola palabra

















miércoles, agosto 27, 2025

«Una ventana», de Jorge Teillier



Naima 
(4 de septiembre 2012 - 27 de agosto, 2025)

 
Todas las nubes
me anunciaban que tú llegarías, 
cuando despertaba para volverme 
hacia la ventana de los sueños.
Pero tú debías extraviarte:
los pájaros se comían las migas
que sembré para señalarte el camino.

Alguien vestido siempre de negro te vigilaba 
y quería transformarte en otra,
para que yo no te reconociera.
Hasta que de pronto nos encontramos
y la realidad hecha pompas de jabón 
voló de retorno al país de la pureza.



en Poemas del País de Nunca Jamás, 1963









A propósito de la muerte de nuestra hijita Naima, la gatita más bella del cosmos













martes, agosto 26, 2025

«Noche de reyes», de William Shakespeare

Fragmento / Traducción de Jaime Clark



 
La casa de Olivia.
MARÍA y el BUFON.

MARÍA
Si no me dices dónde estuviste, no despegaré mis labios para disculparte, ni áun lo suficiente para que pueda pasar por ellos una cerda: el ama te mandará ahorcar por tu ausencia.

BUFÓN
Que me ahorque: quien fuere bien ahorcado en este mundo, no tiene que temer á enemigo alguno.

MARÍA
¿Se puede saber por qué?

BUFÓN
Porque ya no le es posible ver á ninguno.

MARÍA
La respuesta es ingenua. Yo te puedo decir de dónde trae su origen ese dicho de no temer á enemigo alguno.

BUFÓN
¿De dónde, ilustre señora María?

MARÍA
De las guerras; y así lo puedes afirmar entre tus demas bufonadas.

BUFÓN
Pues talento le dé Dios al que no le hiciere falta, y válgale al necio su discrecion

MARÍA
Con todo, no os librareis de la horca por haber estado ausente tanto tiempo; ó por lo ménos, os pondrán en la calle, que es lo mismo que si os dejaran colgado.

BUFÓN
Más vale ser bien ahorcado que mal casado y en cuanto á ponerme en la calle, poco importa, miéntras dure el verano.

MARÍA
¿Es decir, que estais resuelto?

BUFÓN
No precisamente resuelto, aunque lo estoy tocante á dos puntos.

MARÍA
Para que si falta el uno te puedas acoger al otro; y si dan de sí ambos a la vez, te se caerán las bragas.

BUFÓN
Bien dicho, á fe mia, muy bien dicho. En fin, véte con Dios; si don Tobias renunciase á la bebida, no habria en toda Iliria hija de Eva más discreta que tú.

MARÍA
(Váse) Calla, bribon; no me toques esa tecla. Aquí viene mi señora. Harías bien en disculparte lo mejor que pudieres.

BUFÓN
Ingenio mío, si te place, no me desampares en tan duro trance. Muchos sabios que creen poseerte, no pocas veces hacen papel de tontos; y yo que sé seguramente que no te tengo, podré pasar por sabio. ¿Pues qué dice Quinapalo? «Más vale ser bobo discreto que discreto bobo.» Salen OLIVIA y MALVOLIO.
Dios te guarde, señora.

OLIVIA
Echad de aquí á este necio.

BUFÓN
¿No lo oís, bellacos? Echad de aquí á esta señora.

OLIVIA
¡Quita allá! bufon insípido; no te quiero ver; te vas volviendo deshonesto además.

BUFÓN
Dos faltas, madonna, que se pueden enmendar con buen vino y buenos consejos; pues dad al bufon insípido vino sabroso y sabrá á néctar; mandad al deshonesto que se enmiende, y si lo hace, ya no es deshonesto; si no logra enmendarse, que le remiende un sastre. Cualquiera cosa compuesta y enmendada no es sino un remiendo: la virtud que peca, no es sino un remiendo de pecados; y el pecado que se enmienda no es sino un remiendo de virtudes. Si os basta este simple silogismo, bien; si no, ¿qué le vamos á hacer? Y así como el único cornudo verdadero es la desdicha, así es la belleza una flor. La señora mandó que echasen al necio bufon; por eso repito que echen á la señora.

OLIVIA
Mandé que os echasen á vos.

BUFÓN
¡Fué un error garrafal! Señora, cuculus non facit monacum; quiero decir que mi seso no es tan abigarrado como mi sayo. Buena madonna, permitid que os demuestre vuestra necedad.

OLIVIA
¿Podrás hacerlo?

BUFÓN
Con la mayor sencillez, buena madonna.

OLIVIA
Oigamos tu demostracion.

BUFÓN
Para ello es menester que os catequice, madonna. Contéstame, dechado de virtud.

OLIVIA
Sea; á falta de otro pasatiempo, quiero someterme á tu exámen.

BUFÓN
¿Buena madonna, por qué llorais?

OLIVIA
Buen bufon, por la muerte de mi hermano.

BUFÓN
Sospechome que su alma está en los infiernos.

OLIVIA
Yo sé que su alma está en la gloria.

BUFÓN
Tanto mayor es vuestra necedad, madonna, si llorais á un hermano cuya alma está en la gloria. Echad á esa necia, caballeros.

OLIVIA
¿Qué os parece este bufon, Malvolio? ¿No va siendo cada dia mejor?

MALVOLIO
Si, señora, é irá siendo cada vez mejor, hasta que le sacudan las ánsias de la muerte. La decrepitud que postra las facultades del cuerdo, aumenta la simpleza del necio.

BUFÓN
¡Dios os depare, hidalgo, una decrepitud precoz, para que aumente vuestra simpleza! Don Tobías no tendrá reparo alguno en jurar que no soy zorro; pero no apostará una blanca á que no sois necio.

OLIVIA
¿Qué contestais á eso, Malvolio?

MALVOLIO
Me asombra que guste vuesamerced de las frialdades de un bellaco tan insípido. Le ví sufrir un revolcon el otro dia á manos de un bufon vulgar, que no tiene más seso que una piedra. ¿No lo veis? Ya está desconcertado: si no os reís y no le dais pié para sus pullas, enmudece como un poste. Juro por mi honor que tengo á esos sabios que revientan de gozo oyendo á estos bufones privilegiados, por algo ménos que payasos de los mismos bufones.

OLIVIA
¡Oh! el amor propio, Malvolio, os pudre la sangre y gustais de todo con paladar estragado. El que es generoso, ingenuo y de índole franca, toma por saetillas estas cosas que vos juzgais balas de cañón. El bufon privilegiado, áun cuando no haga otra cosa que mofarse de todo, no injuria jamás, como tampoco se mofa jamás el hombre de reconocida discreción, áun cuando no haga otra cosa que censurar.

BUFÓN
¡Válgate Mercurio por embustera, ya que hablas tan bien de los bufones!



1602





Traducción publicada c. 1873-1874

















lunes, agosto 25, 2025

«No hay tiempo enlutado», de Víctor Ortega Cabezas




 
En torno al cadáver
la muerte nos muestra su rostro
pálido y enaltecido,
la contemplamos
y olvidamos nuestro propósito.
Mientras la ciudad duerme,
se escucha en la ciega noche
la celebración de alguna boda triste,
el estruendo de una noche caída.

La iglesia con sus cortinas de terciopelo
anuncia la llegada,
en tocata y fuga
inundando el cielo babilónico.

Ni los óleos decorativos,
ni los ojos más vidriosos
no pueden evitar las campanadas,
no pueden evitar ese olor a entierro.



en El espacio de la muerte, 2025















domingo, agosto 24, 2025

«Titanic, de James Cameron. Mentiras Verdaderas», de Roberto Pagés





Si te preocupa alguien, te tiene que preocupar su posible muerte
JAMES CAMERON

Nada es cierto en Titanic. No lo es en el sentido ramplón que equipara el cine con la vida ordinaria. Una obviedad: Titanic es un film, es decir una obra de ficción. No tan obvio: como las grandes ficciones refleja, nítida o difusa, o mejor nítida y difusa, al mismo tiempo, la visión del mundo de su hacedor. No el mundo como es, o como creemos que es, sino el mundo como lo ve Cameron y, quizás, hacia el final, como le gustaría a Cameron. Desde este lugar, nada es cierto en Titanic, pero de seguro es Verdad. Como en todo gran film la mirada de su autor es abarcadora y despliega un abanico que recorre el gran espectáculo –gracia otorgada a los artistas norteamericanos del cine– tanto como ciertos tópicos serios, míticos y hasta mitológicos que en estas tristes pampas de los noventa muchos se han negado a ver. Veamos, pues.

La narración que no importa comienza con la busca de una joya valiosa en el fondo del mar, oculta en el Titanic hundido. Cuando en vez de la joya se encuentra el dibujo de una bella mujer desnuda se pasa del valor monetario al valor humano. No hay sólo joyas hundidas sino que hubo personas, hombres, mujeres, niños, hundidos, ahogados, muertos, desaparecidos. «Fue hace 84 años…»», dice Rose, una inopinada sobreviviente que ya tiene cien, hasta que la interrumpen. «¿Usted quiere de verdad escuchar cómo fueron las cosas?», pregunta Rose. Ante la afirmativa, repite: «Fue hace 84 años». Esta repetición obsesiva no es vana: Cameron sabe que es un narrador impecable e implacable, y haciendo repetir la frase nos dice que cada palabra (si fuese escritor), o cada imagen de su film, es esencial en el continuum precioso de su narración. Una imagen aislada tras otra imagen aislada pueden ser bonitas –¡tanto cine de qualité!– pero son las imágenes enhebradas a otras en conjunción perfecta de tiempo y espacio las que alcanzan la belleza del –y en el– cine. Eso es Titanic. Entre otras cosas. 

En ese momento en que Rose comienza su narración, como al pasar, el primer milagro del film. Esos hombres jóvenes y febriles, ansiosos por encontrar tesoros económicos, capaces de reproducir en computadora y en todos sus detalles cómo se hundió el Titanic, terminarán sentados alrededor de la vieja Rose y su vieja historia, absortos y maravillados. Es otro pasaje: del mundo moderno y tecnológico, que todo lo explica sobre el naufragio pero, en realidad, nada entiende de lo humano, el grupo de jóvenes ha pasado a ejercitarse en la actividad más antigua del mundo: sentarse alrededor del fuego y sus misterios (acá, el fuego del amor y también su contracara), como, asimismo, formar parte del ancestral círculo iniciático para escuchar a los viejos, poseedores de una sabiduría hoy negada. Esto es desplazarse contra la cultura dominante, que impone un presunto saber excluyente a los jóvenes mientras abandona a sus viejos como material de descarte. 

Cameron hace lo mismo con nosotros, los espectadores. Nos coloca en situación mítica. En la oscuridad del cine, convocados para ver los últimos adelantos técnicos de imagen y sonido, en pantalla grande y música atronadora, con doscientos palos verdes volcados en esa mega-empresa de reproducción del naufragio más famoso de la historia, estamos, sin embargo, atrapados por el destino de esas personas narradas por Rose. Es la narración de la centenaria mujer –la narración de Cameron, en definitiva– la que da vida, espíritu y cercanía a esas personas que hasta hace un rato, antes de entrar al cine, desconocíamos.

Ahora gozamos –sufrimiento y diversión– con ellos. A favor de nuestra propia incredulidad suspendida. ¿Por qué nos angustia la pérdida de la llave que puede salvarlos de la inundación? ¿Por qué alentamos a Rose para que encuentre algo eficaz con que salvar a Jack? ¿Acaso no es Rose la que está contando la historia, 84 años después, y por lo tanto no puede morir en el naufragio? Es que nos olvidamos de eso, inmersos en la eficacia narrativa de Cameron, y porque ya no estamos en el cine, y mucho menos en la vida de todos los días. Estamos en el Titanic, luchando por salvarnos o perdernos con Jack y con Rose. Porque Cameron ha logrado que sean prójimo, es decir próximos a nosotros, y hacia allí apunta el film en el tema del amor. Y hacia allí vamos nosotros, ahora.



¿AMOR PASIÓN O AMOR CRISTIANO?  

Confieso que al ver a Jack en la proa del barco, y la inmensidad marina, inmemorial, por delante, pensé en Orfeo. La imagen remite al mito y ya había sido usada por Philip Noyce en Terror a bordo aprovechando cierta explicitud que le ofrecía Mar calmo, la novela de Charles Williams que le daba origen (De paso: el «malo» de Titanic, Billy Zane, era en aquel film un Orfeo moderno sin Eurídice posible). La confirmación vendría, en el devenir de Titanic, por ser Jack artista –como Orfeo–, aunque en disciplinas distintas, y porque sobre el final, cuando el buque se hunde, un músico –Orfeo tocaba la lira– dice: «Toquemos Orpheus». Y lo tocan. Y en ese instante, justo en ese instante, aparece Jack llevando de la mano a Rose, detrás de él como ordena el mito.

Como todos sabemos, Orfeo baja al Hades –el infierno– a buscar a Eurídice para rescatarla. Le es otorgada la posibilidad de salvarla pero no debe mirar atrás (situación mitológica y también bíblica: la mujer de Lot). Cuando están a punto de salir, inquieto, Orfeo vuelve su mirada para ver si Eurídice lo sigue. La pierde para siempre. Esta versión del mito en el cine es Vértigo, la obra maestra de Hitchcock, en la lectura de Cabrera Infante. ¿Sucede lo mismo con la historia de amor en Titanic? Como dije, al comienzo sospeché que sí. Después, durante las horas siguientes, pensando, y más tarde con la segunda visión, me dije que no. O sí y no, para ser más preciso, aunque quizá también más confuso. Y, además, con una inversión del mito. Los invito a seguir. 

Jack es Orfeo sin mirar atrás. La rescata a Rose –la Eurídice de esta historia– del infierno de la riqueza y la banalidad. La salva de los ritos sociales vacíos e hipócritas, repetidos como una letanía del demonio. Pero Jack es un impulso hacia adelante. Siempre. Para salvarla de la vacuidad donde Rose vive y también del helado Atlántico Norte. De un presunto suicidio y también de la caída al agua. 

El tema de la caída es la acción fundadora en el amor entre Rose y Jack. Ella está por tirarse al agua, de lo cual Jack descree. Pero luego, cuando Rose está a punto de caer de verdad –como en tanto cine de Hitchcock– la mano de él tomando la mano de ella inicia una serie de imágenes reiteradas y significativas que culminan hacia el final: ahora es él quien está abajo, en el agua, y ha logrado subir a Rose a una madera suelta del barco: su tabla de salvación. La mano aún sin vida física de Jack la sigue sosteniendo más allá de la muerte. Esta continuidad de imagen tiene su corolario maravilloso en una expresión verbal de Rose ya vieja, sólo comprensible si se entiende que Cameron no sólo ha hecho un film de acción física sino que ha puesto en acción complejos temas humanos y hasta religiosos: «Jack logró mi salvación en todos los sentidos posibles», dice Rose, anciana y agradecida.

Hay otros ascensos y caídas en Titanic. Nombraré sólo algunos: cuando Jack «sube» a primera clase se encuentra, como dije, con la chatura del poder económico petulante y falaz. Cuando Rose «baja» a tercera, durante el baile popular que remite a tanto baile de John Ford, literalmente levita. Cameron hace el plano para que notemos, sintamos, el ascenso, pero como no es el «poético» y patético Subiela rápidamente muestra los pies en punta de la muchacha. Además, en la proa baja (territorio de la tercera clase, ambos «vuelan», y Rose lo dice explícitamente). Otra: las escaleras del Titanic son usadas magistralmente por el director. Se asciende con Rose para encontrar el amor –Jack– frente al reloj; se desciende para huir del odio del prometido de la mujer. Rose baja para encontrarse con Jack disfrazado con un esmoquin prestado, pero sube en el sueño final para reencontrarse con Jack y sus veraces ropas de paisano. Igual con los ascensores: sirven para subir al territorio vacuo, y se baja en ellos para rescatar a Jack encadenado (acá, Rose es Orfeo rescatando a su amado en peligro). Y una última inversión: se baja a las entrañas del barco –fuego y calor y sudor de la sala de máquinas– para subir al fuego y calor y sudor en la unión física del amor. En el clímax amoroso, Rose levanta su mano hasta dejar su huella en el cristal del coche.

Si Jack es un impulso sin mirar atrás, porque al revés de Orfeo confía en el amor de Rose, ésta es una típica heroína de Cameron claramente identificada con la Sarah Connor del primer Terminator. Pasa –otro pasaje– de la banalidad a la lucha. Del conformismo al compromiso. Esa es su metamorfosis. Cambio gradual al comienzo y categórico más tarde, con una única y ejemplar duda puesta por Cameron para acentuar la vanidad y el egoísmo cultural de donde procede: cuando piensa que Jack ha robado el «corazón del mar», la joya de incalculable valor que todavía husmean los modernos caza–tesoros al comienzo del film. Última sombra de una duda que pone a Jack al borde de la muerte, hasta que es salvado por ella misma: arrepentimiento y redención. Salvo en ese momento, todo en Rose es como Jack le ha enseñado con su proceder. Un intento permanente por salvar al otro. Un olvidarse del pellejo propio para ocuparse de la humanidad ajena, que por esa misma ocupación deja de ser ajena para ser próxima. Es decir, prójimo. La vida del otro sentida como la propia vida. 

Esta puesta en escena del «ama a tu prójimo como a ti mismo» ha sido interpretada por los detractores de la historia de amor, con Rodrigo Fresán a la cabeza, como un fracaso. Dice don Rodrigo: «Lo que sí es grave es que Titanic no sea una gran historia de amor. Porque pretende y cree serlo. Y porque la propuesta de implantar un romance arquetípico –chica rica con tristeza conoce a chico pobre con mundo– es uno de los ‘paisajes’ más interesantes para que la pasión estalle con fuerza…» (el subrayado es mío).

Fresán y tantos otros confunden –o pretenden– el amor pasión o cortés con la clara intención de Cameron de mostrar un tipo de amor cristiano, para usar palabras de El amor y Occidente, clásico de De Rougemont. Y en la confusión, o en la pretensión, olvidan que en toda pasión de amor (siempre más divertida, claro que sí) germina la simiente de la destrucción o de la autodestrucción, al tiempo que eluden la carrera previa del director, siempre puesta, como se dijo, en el tema de la salvación.



ORFEO ES MUJER

La inversión del mito de Orfeo apuntada al comienzo se da en varias direcciones: si Jack es Orfeo para rescatarla del infierno donde vive Rose, no lo es en el sentido ya señalado de mirar atrás. Su confianza en ella es absoluta y no la perderá. A la inversa, Rose es Orfeo mirando hacia atrás para contar la historia, pero, en otra inversión, en vez de perderlo lo recuperará. Para sí y para los demás. Jack no tiene registro en la historia del Titanic. Ni como pasajero ni como sobreviviente, y tampoco como desaparecido en el mar. Es la memoria y el amor de Rose, 84 años más tarde, quien le da identidad. No hay papeles ni fotos de Jack. El espectador lo ha visto hundirse en el Atlántico, perdiéndose en el frío del olvido. Son las palabras –la narración– de Rose, puestas en imágenes por otro gran narrador –Cameron– las que dan vida a Jack. Como dice Rose, última sobreviviente del Titanic, Jack sólo está en su memoria, y con la muerte de ella se perderá para siempre. 

¿Para siempre? Cameron ha obrado como demiurgo reparador: ¿en cuántos millones de espectadores de todo el mundo vivirá no sólo Jack sino también Rose? El cine, ese arte de fantasmas siempre presentes, los ha hecho inmortales.



S.O.S. sE HUNDE EL MUNDO  

El Titanic de Cameron es el mundo en el fin del milenio. Ricos, pobres y miserables (admirable secuencia que ilustra la ley del gallinero, movimiento de cámara desde arriba hacia abajo, desde la aristocracia hacia los emigrantes que huyen de la miseria, y desde allí hacia los laburantes, estos viviendo con las ratas: de hecho, son los primeros a los que les cierran las compuertas, para que mueran ahogados como ratas). Valientes y cobardes. Egoístas y generosos. Dignos e innobles. Vanidosos y humildes. Mala y buena gente. 

Si se conviene en que el mundo, hoy, se hunde en la estrecha calle de mano única regida por el capitalismo salvaje y la falta de solidaridad, en el Apocalipsis casi habitual del cine de Cameron, el tiempo de destrucción y de Revelación encuentra su síntesis en la elección del director de filmar Titanic. No como ilustración de un hecho histórico sino como reflexión –y hasta utopía– del presente. El Titanic se hundió en 1912 pero el Titanic –el mundo– de Cameron se hunde en la pantalla a dos años del 2000 como visión en celuloide de su autor. Con clara y manifiesta adhesión por los pobres, por la gente simple, por los artistas, por los solidarios; en sus miserias y en su diversión, habría que agregar.

Por eso sorprende que Guillermo Saccomanno, que esta vez metió la mano en saco ajeno (le he leído una nota brillante sobre Nada es para siempre, de Redford), haya escrito que el film «es también, para la clase media políticamente correcta, el manifiesto consolador new age por excelencia que la justifica en cada una de sus coartadas». Y agrega: «Es una historia sacarinizada, donde los ricos y los pobres encuentran, como pueden, la redención de sus miserias ante la muerte. Se nos ofrece así una visión conformista de la historia: tarde o temprano, la muerte borra las diferencias, nos iguala. Hay que saber esperar». 

No veo redención en el novio de Rose, un ricachón que hace todo lo inmoralmente posible para sobrevivir y termina pegándose un tiro durante el crack económico del ‘29; no veo redención en su mucamo, ex policía, que no en vano muere cayendo en el fuego ¿del infierno?; no veo consolación new age en la injusta muerte de Fabrizzio, el amigo italiano de Jack; no veo redención ni simpatía por el dueño del barco (que ha despreciado la seguridad, ha impulsado la velocidad del buque para anotar en la Historia otro record del Titanic, y huye del naufragio cobardemente), como sí hay redención y simpatía por el constructor; no siento consolador que de veinte botes uno sólo se haya acercado a recuperar posibles sobrevivientes; no veo redención en la madre de Rose, una arquetípica aristócrata venida a menos sólo preocupada por su status, aun a costa de la futura prostitución matrimonial de su hija, y también incapaz de socorrerla; y no siento, ni veo, finalmente, que Titanic sea un film conformista sino todo lo contrario, donde un gran artista contrabandea su visión opuesta al statu quo en un paquete maravilloso de entretenimiento y sabiduría. De doscientos millones, se dirá. Sí, es verdad, pero en todo caso contradicción del artista inmerso en la industria norteamericana del espectáculo. De larga tradición, por otra parte. 

Sí veo, en cambio, todo lo que dije arriba y más: la honorabilidad del marino que se pega un tiro cuando toma conciencia de que ha matado a un semejante por miedo; la aristocracia del espíritu que gana a un millonario frente al naufragio, y prefiere morir con una copa de brandy en la mano; la ternura infinita de dos viejos en la cama y la misericordia y temple de una madre haciendo entrar en el sueño eterno a sus hijos contándoles un cuento; la dignidad del constructor, que ama en silencio a Rose hasta que él mismo muere frente al reloj, y también la del capitán en su puente de mando, aun después de haber defeccionado consigo mismo haciendo lo que sabía que no debía para complacer al dueño del barco. Y también la inmisericorde o criminal cobardía de los que se niegan a acercar sus barcas para salvar vidas, y al lado la desesperación del marino único que vuelve en busca de supervivientes. Y el hombre anónimo que, en medio del pandemonio, ofrece la mano a Rose para ayudarla, y, del revés, la prepotencia asesina de quienes pretenden enjaular a los desesperados de las clases inferiores. 

Y veo la utopía de Cameron: el sueño final de Rose, antes de entrar en la muerte. Su encuentro con el amor de su vida, en el Titanic que se pretendió glorioso y, a su manera, finalmente lo es de la mano de Cameron. Ese encuentro aparentemente repetido dentro de la narración del film y sin embargo distinto: en el sueño de Rose, en el sueño de Cameron, Jack no necesita estar disfrazado con esmoquin –como fue instigado al promediar la historia para poder compartir la mesa de los poderosos– sino que viste las ropas sencillas, limpias y honestas de los trabajadores, artesanos o artistas (que en otras épocas supieron ser lo mismo). Lo que es Cameron, claro está, un artista/artesano y creador que une la inspiración con el sudor de tres años de trabajo para terminar su obra tal y como la concibió. Y la criatura, Titanic, si se quiere –y concedo– nació inocente: ricos y pobres juntos, pero no la mala gente, excluida en el plano final por el director. Ricos y pobres, en el mismo espacio, aplaudiendo ese casamiento definitivo entre Rose y Jack, dos héroes a contramano de nuestro tiempo. ¿Utópico? ¿Ingenuo? ¿Por qué no? Pero no se diga que Cameron no tiene conciencia de la fragilidad de su sueño. 



23 de agosto, 2025









Contribución indirecta a DscnTxt de Jotaele Andrade

















sábado, agosto 23, 2025

«La noticia de la muerte de un poeta», de Zhang Shuguang

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




La noticia de la muerte de Haizi
me llego primero por carta de Kaiyu,
apenas un par de líneas, dejándome
shockeado y conmovido: aunque no te conocía,
aunque sólo leí un par de tus poemas cortos
y unos apuntes sobre Hölderlin,
una y otra vez reconstruyo ese atardecer
e ingreso en el último paisaje que viste–
ahí en medio de una mirada turbia todo
se vuelve de golpe vacío: Ah no, no dejés
que la rueda gigantesca se lleve tu vida y tu melancolía.
Antes te odiaba, por tu poesía, y por
tu cara de niño rústico y caprichoso.
Una vez, en un poema, hiciste una oda a tu esposa.
Sólo después supe: no sólo no estabas casado,
sino que ni siquiera habías tenido nunca un amor.





en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023



















viernes, agosto 22, 2025

«Goce en los brazos de una diosa», de Fernando Sabido Sánchez



(1950-2017)


Fue como un milagro,
gocé en los brazos de una diosa
rodeado de pureza, aunque odio las parábolas
Y humedecí los labios con el vino
mientras la dibujaba caricias
encendiendo los deseos


Lo juzgué una visión,
un brindis temerario al placer con disonancias
y arrodillarme ante la sed
Un hola y un adiós a su desnudo,
a un cuerpo colmado de pasión
en un paréntesis de ausencias


Volvía del sueño subyugado
con necesidad de amar para saberme hombre
cuando la diosa me imploró


Espera, no despiertes
















jueves, agosto 21, 2025

«Canción vieja», de Nima Hasan

Versión de Juan Carlos Villavicencio a partir de la traducción de Huda Fakhreddine





«Te amo» es suficiente.
Una frase más larga requiere muros en expansión, campos de refugiados,
y una niña con trenzas largas como campos de trigo,
un caramelo en espiral del color de una nube arco iris
entre sus dedos.
Una frase más larga requiere una temporada
en la que crezca caña de azúcar.
«Te amo» es suficiente,
así que escríbelo, entonces,
en un gran trozo de tela,
para sustentar a los devotos de la mezquita,
a los siervos del Misericordioso
y a los vendedores ambulantes de bebidas azucaradas.
«Te amo» se convertirá en una letanía
para todas las calles en ruinas.
Todos la pronunciarán:
el vendedor de tabaco,
el ladrón de harina,
y los que posean
una hogaza de pan
o la vaina de una bala 
y un burro con una carro roto. 
También les daré otra lista —
los nombres de los que fueron asesinados,
los que dejaron la ciudad sin un «Te amo»,
los que respiraban a través de agujeros obstruidos,
anhelaban un rastro de perfume
en una botella de contrabando.
Mira, los puestos de control te abren los brazos.
Te amo —
dilo otra vez
como una rebelde
o un soldado
que leyó mal el mapa.
Las madres buscan henna
por el mercado de Zawiya,
buscan un cuenco en la oscuridad de las tiendas.
Te amo —
repítelo.
Dale a una vieja canción
la oportunidad de explicarse.
Un mechón de pelo blanco
iluminará tu camino.
Una linterna,
una ramita de albahaca
y un país
que camina solo
sin perder su camino
serán entonces tuyos.
Te amo —
obliga a la ciudad a escuchar en voz alta.
¿Acaso el código tribal no concede a los hombres un minarete?
Entonces alza tu voz al más grande,
antes de que nos caiga el pecado y la última hoja encima.
Las sombras traicionan a sus árboles,
a sus cabezas descubiertas,
a sus cuellos que son guías de los hambrientos.
Este miedo — quémalo.
Y estruja los pechos de las madres,
mezcla su leche con la de los higos.
Deja que el niño crezca salvaje y fuerte.
Deja que recoja sus dientes de leche
detrás de sus labios fruncidos
y se trague las palabras que deja caer,
antes que tenga que pronunciarlas
en un arranque de lágrimas.
Te amo —
mientras el niño llore hasta quedarse dormido.
Deja que tus instintos fluyan.
Llama al notario
antes de que preste juramento,
y deja toda tu herencia
a un hombre que libró una guerra
con la que no tuvo nada que ver,
un hombre que gritó por toda la tierra:
«Te amo»,
y luego incendió todos los jardines.


















miércoles, agosto 20, 2025

«O'Higgins», de Bárbara Délano




Para el doctor Walter

Odio tener que hablar de O’Higgins
como el padre de la patria
porque sé que no es padre de nada
porque no sé si mi patria tiene padres
porque patria es un nombre feo
En cambio me gusta la palabra pueblo
porque es ancha ancha y ruidosa

Al doblar la esquina
me asaltan los perros tras las rejas
mientras pienso en qué diré sobre un muerto

Odio tu vieja cara inmóvil O’Higgins
detesto el horario que me imponen
cuando sólo quiero escribir
y salir a la calle
con mis caballos rojos
quemándose por dentro

Acuso a las construcciones
a las fortalezas
que se levantan en mis pesadillas
desde donde asoman rostros obscuros
manuales textos
desde donde cuelgan
tus retratos tricolores

Odio la sala de clases donde babean eunucos
vanagloriando incluso tus derrotas
Odio las viejas ideas sobre estandartes
y monumentos
porque los monumentos deben hacerse
a la hora del desayuno
quizás a la de almuerzo
porque los monumentos se hacen
sin discursos y no se exhiben en las plazas

Odio al que pasa por alto
se hace el que no sabe
que también fuiste hijo natural

Odio el odio que te tengo
abuelo Bernardo
por culpa de ellos
y aunque te tienen adornando las oficinas
públicas
yo creo en el parque que lleva tu nombre
y creo en la micro del recorrido O’Higgins 2A
con gente colgando
por las tristes calles de Santiago




en Antología de la generación del 80, (Andrés Morales ed.), 2010













Contribución indirecta a DscnTxt de Javier García Bustos

















martes, agosto 19, 2025

«Carta a un profesor», de Friedrich Nietzsche + comentario de André Breton

Traducción de Joaquín Jordá



Turín, 6 de enero 1889.

Querido Señor Profesor:

Seguro que preferiría ser profesor en Basilea que Dios; pero no me he atrevido a llevar mi egoísmo privado hasta el punto de abandonar la creación del mundo. Usted dice que se deben hacer sacrificios, vívase en el lugar y en la manera en que se viva. Pero me he reservado un pequeño cuarto de estudiante que está situado frente al Palacio Carignan (donde nací bajo el nombre de Víctor-Emmanuel), y que me permite además oír desde mi mesa de trabajo la magnífica música que tocan debajo de mí, en la Galería Subalpina. Pago veinticinco francos, servicio incluido, preparo mi té y yo mismo hago mis compras, sufro por tener los zapatos rotos y agradezco al cielo cada instante del viejo mundo, frente al cual los hombres no se han mostrado bastante sencillos y bastante tranquilos. Como estoy condenado a distraer la próxima eternidad con bromas descabelladas, tengo una nueva manera de escribir, que no deja nada que desear y que es muy bonita y nada fatigante. Correos está a cinco pasos de aquí; yo mismo llevo las cartas que dirijo a los grandes cronistas mundanos. Naturalmente, mantengo las relaciones más estrechas con el Figaro, y para que usted pueda darse cuenta de la paz en que puedo vivir, oiga las dos primeras de mis bromas descabelladas:

No tome muy en serio el caso Prado. (Yo soy Prado, yo soy también el padre de Prado, me atrevo a añadir que también soy Lesseps) Quisiera aportar a mis parisinos, que quiero bien, una nueva noción —la del honrado criminal. También soy Chambige—igualmente un honrado criminal.

Segunda broma: Saludo al Inmortal Señor Daudet, que forma parte de los Cuarenta Astu. 

Una cosa desagradable y que ofusca mi modestia, es que en el fondo yo soy todos los grandes nombres de la historia; en cuanto a los hijos que me deben la luz, me pregunto con cierta desconfianza si todos aquellos que entran en el reino de Dios no proceden también de Dios. Este otoño, he asistido en dos ocasiones sin ningún asombro a mi propio entierro, la primera vez bajo el nombre de Conde Robilant (no, es mi hijo, en la medida en que, infiel a mi naturaleza, yo soy Carlos-Alberto); la segunda yo mismo era Antonelli. Querido Señor, debería ver ese monumento de arquitectura; como no tengo absolutamente ninguna experiencia sobre mis propias creaciones, todas las críticas que pueda formular le valdrán mi reconocimiento sin que pueda sin embargo prometerle que me servirán. Nosotros, los artistas, somos ineducables. Hoy he asistido a una opereta (quirinal-moresca), y en esa ocasión, he comprobado con placer que ahora Moscú, tanto como Roma, son algo grandioso. Vea usted, incluso en los paisajes es preciso reconocerme un cierto talento. Si usted está de acuerdo, sostendremos juntos ricas, ricas conversaciones; Turín no está lejos, muy serios deberes profesionales le esperan aquí y un vaso de vino de Valtelina completará la cosa. El descuido indumentario es de rigor.

Suyo de todo corazón,

Nietzsche.



Mañana llegan mi hijo Humberto y la encantadora Margarita, a quienes, sin embargo, recibiré como a usted en mangas de camisa. Paz a Madame Cosima… Ariane… de vez en cuando es evocada…

Voy por todas partes con la ropa de trabajo, todo el hombro de los transeúntes y les digo: Siamo contenti? Son Dio ho fatto questa caricatura…

Puede hacer de esta carta el uso que quiera con tal de que no me rebaje en la estimación de los basileos.






COMENTARIO DE ANDRÉ BRETÓN

Es sorprendente que Nietzsche se haya recomendado a la vigilancia de los psiquiatras firmando la admirable carta del 6 de enero de 1889, ante la cual se puede sentir la inclinación de ver la más alta explosión lírica de su obra. El humor nunca ha alcanzado tal intensidad, ni ha chocado con peores límites. En efecto, toda la empresa de Nietzsche tiende a fortificar el «super ego» como engrandecimiento y ampliación del ego (el pesimismo presentado como fuente de buena voluntad; la muerte como forma de libertad, el amor sexual como realización ideal de la unidad de contradictorios: «aniquilarse para retornar»). Sólo se trata de devolver al hombre todo el poder que ha sido capaz de poner sobre el nombre de Dios. Puede que a tal temperatura el yo se disuelva («Yo es otro», dirá Rimbaud, y no se ve por qué no sería para Nietzsche una serie «de otros», elegidos a capricho del momento y designados por su nombre). Es cierto que aquí hace su aparición la euforia: estalla como una estrella negra en el enigmático «Astu» que se empareja con el «¡Baou!» del poema «Devoción» de Rimbaud y testimonia que los puentes de comunicación están rotos. ¿Pero los puentes de comunicación con quién, si todos están, todos en uno solo, del mismo lado? «Todas las morales, nos dice Nietzsche, han sido útiles en el sentido de que han dado a la especie, de entrada, una estabilidad absoluta: en cuanto se ha alcanzado esa estabilidad, el objetivo puede colocarse más alto.

Uno de estos movimientos es incondicionado: la nivelación de la humanidad, los grandes hormigueros humanos, etc. El otro movimiento, mi movimiento, es, al contrario, la acentuación de todos los contrastes y de todos los abismos, la supresión de la igualdad, la creación de seres todopoderosos.» Sólo se delira para los demás y Nietzsche sólo ha representado ideas delirantes de grandeza para los hombres pequeños.






Pintura original: Retrato de Friedrich Nietzsche por Curt Stoeving
















lunes, agosto 18, 2025

«Caminando al trabajo», de Frank O'Hara

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Todo va a ser del lado soleado 
a partir de 
                 ahora. Fuera, todos ustedes.

Este es mi tráfico durante la noche 
y cómo 
           debo hacer oscilar mi orgullo

cada mañana oceánica   como un velero 
si 
  confundo al mundo oscuro ¿es redondo 
alrededor de quién 
                                por la mañana ante mis ojos 

no salva nada de nadie? Me voy convirtiendo 
en la calle. 
                  ¿De quién estás enamorada? 
¿De mí? 
             Cruzo directo contra la luz.



1952











Walking to work

It’s going to be the sunny side / from now / on. Get out, all of you. // This is my traffic over the night / and how / should I range my pride // each oceanic morning   like a cutter / if I / confuse the dark world is round / round who / in my eyes at morning saves // nothing from nobody? I’m becoming / the street. / Who are you in love with? / me? / Straight against the light I cross.













domingo, agosto 17, 2025

«Ciudad de Lenin», de Jaroslav Seifert

Traducción de Clara Janés




Érase el antiguo palacio del almirantazgo, 
la concha imperial de la que nació Venus 
con gorra de marinero...
Érase un pequeño milagro.
Eso es todo.
El comandante del puerto saluda al capitán de China,
se estrechan la mano. La blanca a la amarilla.
Los barcos rellenos de mantequilla, chocolate y té
están anclados inmóviles.
Es de noche. Como una araña borracha con la cruz en la espalda
monstruo del templo se tambalea a través de las tinieblas de la noche. 
En las columnatas, entre los negros iconos
retumba el grito revolucionario.
El palacio de invierno está teñido de sangre.
La columna de mármol imanta a la luna.
Aquí corrió la sangre. Cae la nieve. El rojo junto al blanco. 
Eso por la noche asusta.
Ciudad sobre el Neva. Metrópolis de poetas,
en tus muros escribió el sable versos rojos,
resonaron aquí cañones y no palabras de amor.
Era la revolución. 
Eso es todo. 




en Breve antología, Hiperión, 1984















sábado, agosto 16, 2025

«Volviendo solo», de Shou Ch’uan

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Bajo un sol que cae, mientras las cigarras cantan,
vuelvo solo al templo en el bosque
cuyas rugosas puertas de pino no se cierran nunca.
Apenas creciente la luna avanza junto a mí.

Formas de la hierba se cristalizan entre fuerzas abrazadas por la niebla,
el aroma de las flores satura el aire con un misterio penetrante.

A veces oigo ladrar perros,
y vuelvo a abrirme paso entre las verdes enredaderas.





Pintura original: Aldea en la montaña entre la niebla que ya aclara, de Yu-Jian 
(mediados del s. XIII)













viernes, agosto 15, 2025

«Verde encendido», de Jessica Díaz




en una noche 
oscura jamás antes 
vista  o no 
así al menos
 los árboles en
 filas dispares  sus  hojas 
verde encendido  sabes 
ese es su color está ahí pero 
no hay nada a 
tus ojos solo negro 
tomando tu vista la luna la
luz que
avienta intenta entrar
entre las ramas y las 
copas las puntas y el follaje unas
manchas blancas
huecos blancos entre todo ese negro
de la noche y el
sonido qué acecha los 
animales miran parece
nuestra humanidad sí
torpe evitando caer con la luz
de una linterna proyectada sobre el camino
tierra  piedras  ramas 
apretados van vamos 
parecía en ese oscuro todo
 ramas  troncos hojas  
raíces  palos  qué
extraño estar a merced de lo
desconocido de árboles que se mecen 
y chocan entre ellos vienen por ti  parece
a tomar tu poder quitártelo una
señal del fin del mundo conocido 
hasta hoy   ahora   unas
manos pequeñas sobre
unas gruesas grandes 
hay estrellas allá arriba se ven 
ahí   muy arriba   brillan tanto
parecieran más cerca la 
lucha por mirar buscar ese punto
luminoso la
oscuridad aterra duerme
ahí eres nada
nadie te oye
quien oye eres tú
todo eso
¿cómo decir?
tantos sonidos
  ruidos   solo tú 
que empieza así 
noche mágica dónde el amor
escoge territorio
cruzando el tiempo
          el espacio
volando por arriba de la tierra de las
nubes y debajo de otras tantas
cargada de cosas no pensadas
para ti
 ideas pensamientos 
para
arrojarte hasta 
aturdirte y tomarte y 
que no puedas más y
aun así quieras quedarte y así
en este bosque 
oscuro que te tiene
que no entiendes
nada eres una 
apenas persona pareces
lo sabes lo crees
son personas y no 
árboles no ramas
no viento sonido del agua
que avanza se precipita hacia un lago
o un río
¿cómo saber?
no has aceptado esta vía 
ni un mapa has buscado
no has logrado aprehender la geografía
los caminos
las veredas
no has memorizado nada solo su rostro
las marcas de sus manos
su cuerpo parado sobre una piedra jugando
a estar sobre la lava un volcán
«a ti que te gustan los volcanes»
contamos las cicatrices revisé
 tus piernas marcas 
de tantos tiempos
rutas    salidas    salvación
y tus manos y tú las 
mías y mis pies qué 
terror saberte así
a merced de ese todo de
tu silencio aunque hables sin parar 
que aquí nadie
 te escucha solo tú 
escuchas   oyes
te saturas
de lo que habita en un bosque
y que podrás ver solo
si sacas la luz de una linterna
y esperas tal vez 
aparezca un búho gris 
blanco con suerte y 
abra sus  alas  o
el sonido las ranas cantando fuerte
de repente 
paran
sin más
o tal vez tú
noche que guiaste
avances vuelvas
te esperan
un zorro cruza 
frente a ti
te mira 
quién sabe 
solo estate así
deja que ocurra 
en esta
noche




Otoño del 2022