domingo, agosto 09, 2026

«El polvo ha cerrado los ojos de Helena», de W. B. Yeats

Traducción de Verónica d'Ornellas



I

Recientemente he estado en un pequeño grupo de casas, no las suficientes como para llamarlo una aldea, en la baronía de Kiltartan, del Condado de Galway, cuyo nombre, Ballylee, es conocido en todo el oeste de Irlanda. Ahí se encuentra el viejo castillo cuadrado, Ballylee, habitado por un granjero y su esposa, y una cabaña en la que viven su hija y su yerno, y un pequeño molino con un viejo molinero, y unos viejos fresnos que arrojan unas sombras verdes sobre un riachuelo y unos grandes escalones. El año pasado fui ahí en dos o tres ocasiones para hablar con el molinero sobre Biddy Early, una sabia mujer que vivió en Clare hace algunos años, y sobre su dicho, «Entre las dos ruedas del molino de Ballylee, hay un remedio para todo mal», y para averiguar, a través de él o de otra persona, si se refería al musgo que hay entre las aguas que corren o a alguna otra hierba. He estado ahí este verano y volveré antes del otoño, porque Mary Hynes, una hermosa mujer cuyo nombre todavía es un prodigio junto a las luchas territoriales, murió ahí hace sesenta años; pues nuestros pies querrían demorarse ahí donde la belleza ha vivido su vida de tristezas para hacernos comprender que no es de este mundo. Un anciano me llevó a poca distancia del molino y el castillo, y bajamos por un sendero largo y estrecho que casi se perdía entre las zarzas y los endrinos, y dijo: «Estos son los viejos cimientos de la casa, pero se han llevado la mayor parte para construir muros, y las cabras han comido hasta cansarse los arbustos que crecen sobre ellos, y ya no crecen más. Dicen que era la muchacha más hermosa de Irlanda, su piel era como la nieve fundida — quizá quiso decir la nieve caída— y tenía las mejillas sonrosadas. Tenía cinco hermanos apuestos, ¡pero ya no queda ninguno de ellos!». Le hablé de un poema en irlandés que Raftery, un famoso poeta, había escrito sobre ella, y de que decía que «hay una sólida bodega en Ballylee». Él me dijo que la sólida bodega era el gran agujero en el que el río se volvía subterráneo, y me condujo hasta un pozo profundo, donde una nutria corrió a esconderse bajo un adoquín gris, y me dijo que muchos peces salían de las oscuras aguas al amanecer «para probar el agua fresca que baja de las colinas».

La primera vez que oí hablar del poema fue en boca de una anciana que vive a aproximadamente tres kilómetros río arriba y que se acuerda de Raftery y de Mary Hynes. «Nunca vi a nadie tan hermoso como ella, y nunca lo veré hasta que muera», dice, y cuenta que Raftery estaba prácticamente ciego y «no tenía otra forma de vida más que dar vueltas y elegir alguna casa donde ir, y entonces todos los vecinos se reunían para escucharle. Si lo tratabas bien, te alababa, pero si no lo hacías, te criticaba en irlandés. Era el más grande poeta de Irlanda, y hubiera escrito una canción sobre ese arbusto si por azar hubiese estado debajo de él. Hubo un arbusto bajo el cual se resguardó de la lluvia, y él hizo unos versos alabándolo y luego, cuando el agua se coló a través de él, hizo unos versos despreciándolo». La anciana cantó para un amigo y para mí un poema en irlandés, y cada palabra era audible y expresiva, como solían serlo siempre las palabras de una canción, creo yo, hasta que la música se sintió demasiado orgullosa de ser el vestido de las palabras, fluyendo y cambiando con el fluir y el cambiar de sus energías. No es un poema tan natural como la mejor poesía irlandesa de los últimos siglos, pues los pensamientos están dispuestos de una forma demasiado obviamente tradicional, de modo que el pobre viejo medio ciego que lo creó tiene que hablar como si fuese un granjero rico que le ofrece lo mejor de lo mejor a la mujer que ama, aunque con frases ingenuas y tiernas. El amigo que estaba conmigo ha hecho parte de la traducción, pero la otra parte la hicieron los propios campesinos. Creo que tiene más de la simplicidad de los versos irlandeses de la que uno encuentra en la mayoría de traducciones.

   Cuando iba yo a misa por la voluntad de Dios, el día se humedeció y el viento se levantó; conocí a Mary Hynes en la Cruz de Kiltartan, y ahí y en ese momento, de ella me enamoré.
   Con amabilidad y educación le hablé, como decían que era su estilo, y ella me dijo: «Raftery, estoy tranquila, puedes venir hoy a Ballylee».
   Al oír su oferta no lo dudé, 
   sus palabras llegaron a mi corazón y éste se inflamó. Sólo teníamos que atravesar los tres campos, la luz del día nos acompañaría hasta Ballylee. 
   La mesa estaba puesta con vasos y una botella, ella tenía el cabello rubio y se sentó a mi lado; y me dijo: «Bebe, Raftery, y bienvenido seas, hay una sólida bodega en Ballylee». 
   Oh estrella de luz, oh sol en su esplendor, oh cabello ámbar, oh mi parte del mundo, ¿vendrás conmigo el domingo hasta que demos el «Sí» ante todo el mundo?
   No te faltará una canción los domingos por la tarde, ni ponche en la mesa, ni vino, si lo quieres beber, pero, oh Dios de la Gloria, seca los caminos que tengo por delante, 
   hasta que encuentre la senda a Ballylee. 

   Hay un aire dulce en la ladera de la colina cuando tú contemplas Ballylee; 
   cuando por el valle caminas recogiendo nueces y moras, se llena de la música de los pájaros y de los Sidhe. 
   ¿De qué vale la grandeza si no tengo la luz de la flor de la rama que está junto a ti? No hay dios que lo niegue o que intente ocultarlo; ella es el sol en los cielos que ha herido mi corazón. 
   No hay zona de Irlanda a la que no haya viajado, de los ríos hasta las cimas de las montañas, hasta el borde del Lough Greine que esconde su boca, y jamás vi belleza que igualara a la de ella. 
   Resplandecía su cabello y sus cejas también; su rostro era ella misma, su boca dulce y agradable. Ella es el esplendor, y yo le entrego la rama, ella es la flor resplandeciente de Ballylee. 
   Es Mary Hynes, mujer serena y natural, cuya mente y rostro belleza poseen. Ni reuniendo a cien escribas, se podrían anotar ni la mitad de sus encantos.

Un viejo tejedor, cuyo hijo, supuestamente, se va por las noches con los Sidhe (duendes), dice: «Mary Hynes era la cosa más hermosa que se ha creado jamás. Mi madre solía hablarme de ella, pues estaba en todos los partidos de hurling y, dondequiera que fuese, iba vestida de blanco. Hasta once hombres la pidieron en matrimonio en un solo día, pero ella no quiso a ninguno de ellos. Una noche, más allá de Kilbecanty, había varios hombres reunidos bebiendo y hablando de ella, y uno de ellos se puso en pie y se dispuso a ir a Bellylee a verla; pero en aquella época el pantano de Cloon estaba abierto, y el hombre se topó con él, cayó en el agua, y lo encontraron muerto por la mañana. Ella murió de la fiebre que llegó antes de la hambruna». Otro anciano dice que era tan solo un niño cuando la vio, pero que recuerda que «el hombre más fuerte que había entre nosotros, un tal John Madden, encontró la muerte a causa de ella, pues se enfrió cruzando ríos por las noches para llegar a Ballylee». Quizá éste sea el hombre que el otro viejo recordaba, pues las leyendas otorgan muchas formas a una misma cosa. Hay una anciana que todavía la recuerda, en Derrybrien, entre las colinas de Echtge, un lugar vasto y desierto, que ha cambiado muy poco desde que el viejo poema decía: «El ciervo en la fría cumbre de Echtge escucha el aullido de los lobos», pero que sigue estando atento a muchos poemas y a la dignidad del habla antigua. Ella dice: «El Sol y la Luna nunca brillaron sobre nadie tan hermoso, y su piel era tan blanca que parecía azul, y tenía dos pequeños rubores en las mejillas». Y una mujer vieja y arrugada que vive cerca de Ballylee, y que me ha contado muchas historias de los Sidhe, dice: «Yo veía a Mary Hynes con frecuencia y, sin duda, era muy guapa. Tenía dos racimos de rizos junto a sus mejillas y eran del color de la plata. Vi a Mary Molloy, que se ahogó en el río más allá, y a Mary Guthrie, que estuvo en Ardrahan, pero ella las superaba a las dos, era una criatura muy bonita. También estuve en su velatorio —ella había visto demasiadas cosas de este mundo—. Era una criatura amable. Un día, iba yo de regreso a casa atravesando ese campo de más allá, y estaba cansada, y a quién vi aparecer sino a Poisin Glegeal (la flor resplandeciente) y ella me dio un vaso de leche fresca». Al decir el color de la plata, esta anciana no se refería a otra cosa que a algún bonito color vivo porque, aunque un anciano (que ahora está muerto) me dijo que creía que ella podía saber cuál era «el remedio para todos los males del mundo» que conocían los duendes, había visto muy poco oro como para saber cuál era su color. Pero en la costa de Kinvara, un hombre, que es demasiado joven para recordar a Mary Hynes, dice: «Todos dicen que ahora ya no hay ninguna tan hermosa; dicen que tenía un pelo muy bonito, del color del oro. Era pobre, pero los vestidos que llevaba a diario eran como los del domingo, tal era su esmero. Y si acudía a alguna reunión, se mataban unos a otros por verla, y muchos estaban enamorados de ella, pero murió joven. Dicen que nadie que haga una canción sobre ellos vivirá mucho tiempo».

Se cree que quienes son muy admirados son llevados por los Sidhe, que pueden usar los sentimientos incontrolados para sus propios fines, de manera que, como me dijo en una ocasión un viejo médico herbolario, un padre puede entregarles a su hijo, o un marido a su mujer. Los admirados y deseados sólo están a salvo si uno dice: «Que Dios los bendiga» cuando posa sus ojos en ellos. La anciana que cantaba la canción también piensa que a Mary Hynes «se la llevaron», como dice la expresión, «porque se han llevado a muchos que no son guapos y, ¿por qué no habrían de llevársela?». Y venía gente de todas partes para mirarla y quizá hubiera algunos que no dijeron: «Que Dios la Bendiga». Un viejo que vive junto al mar, en Duras, tiene muy pocas dudas de que se la llevaron, «porque hay algunos que todavía viven que se acuerdan de cuando ella venía al patrón* de más allá, y se decía que era la muchacha más guapa de Irlanda». Murió joven porque los dioses la amaban, porque los Sidhe son los dioses, y es posible que el viejo dicho que olvidamos comprender literalmente hablara antaño de su forma de morir. Estos pobres hombres y mujeres de campo, en sus creencias y en sus emociones, están varios años más cerca de ese antiguo mundo griego, que colocaba la belleza junto a la fuente de las cosas, que nuestros eruditos. Ella «había visto demasiadas cosas de este mundo», pero estos ancianos y ancianas, cuando hablan de ella, culpan a otros, y no a ella, y aunque pueden ser duros, se dulcifican como se dulcificaron los antiguos hombres de Troya cuando Helena cruzó la muralla.


El poeta que la ayudó a adquirir tanta fama ha adquirido él mismo una gran fama en todo el oeste de Irlanda. Algunos creen que Raftery era medio ciego y dicen: «Vi a Raftery, un hombre ciego, pero tenía suficiente vista para verla», o cosas por el estilo, pero otros piensan que era totalmente ciego, como bien podría haberlo sido al final de su vida. Las fábulas hacen que todas las cosas sean perfectas en su especie, y sus ciegos nunca deben contemplar al mundo y el sol. Un día, cuando buscaba una charca na mna Sidhe en la que se han visto duendes, le pregunté a un hombre con el que me encontré, ¿cómo podría Raftery haber admirado tanto a Mary Hynes si hubiese sido del todo ciego? Me dijo: «Creo que Raftery era ciego del todo, pero los ciegos tienen una manera de ver las cosas y tienen el poder de saber más, y de sentir más, y de hacer más, y de adivinar más que quienes tienen vista, y se les concede una cierta inteligencia y una cierta sabiduría». Efectivamente, todo el mundo te dirá que era muy sabio, porque no sólo era ciego, sino que también era un poeta. El tejedor, cuyas palabras sobre Mary Hynes ya he mencionado, dice: «Su poesía fue el regalo del Todopoderoso, pues hay tres cosas que son dones del Todopoderoso —la poesía y el baile y los principios—. Por este motivo, antaño, un hombre ignorante que descendía por la ladera de la montaña podía tener más educación y más cultura que un hombre con educación que uno podría conocer ahora, porque las recibía de Dios», y hay un hombre en Coole que dice: «Cuando ponía el dedo en una parte de su cabeza, todo le venía, como si estuviera escrito en un libro»; y un viejo pensionista de Kiltartan dice: «En una ocasión, estaba de pie bajo un arbusto y le habló, y el arbusto le respondió en irlandés. Algunos dicen que fue el arbusto el que habló, pero debe de haber habido una voz encantada dentro de él, y le dio conocimiento de todas las cosas del mundo. Después de esto, el arbusto se marchitó y ahora puede verse junto al camino entre este lugar y Rahasine». Hay un poema suyo sobre un arbusto, que nunca he visto, y es posible que proviniera de un caldero de fábulas bajo esta forma.

En una ocasión, un amigo mío conoció a un hombre que había estado con él cuando murió, pero la gente dice que murió solo. Una tal Maurteen Gillane le dijo al doctor Hyde que, durante toda la noche, se vio un chorro de luz que se elevaba hasta el cielo, desde el techo de la casa donde yacía, y que «eran los ángeles que se lo estaban llevando. Le hicieron ese honor porque era tan buen poeta y cantaba unas canciones tan religiosas». Posiblemente, dentro de algunos años la Fábula, que convierte las mortalidades en inmortalidades en su caldero, habrá convertido a Mary Hynes y a Raftery en símbolos perfectos del dolor de la belleza y de la magnificencia y la penuria de los sueños.

1900



II

Hace un tiempo, estando en un pueblo del norte, tuve una larga charla con un hombre que había vivido en un distrito rural vecino en su niñez. Él me contó que, cuando nacía una niña muy hermosa en una familia que no había destacado por su apariencia física, se creía que su belleza provenía de los Sidhe y que traería consigo la desgracia. Mencionó los nombres de varias muchachas hermosas a las que había conocido y dijo que la belleza nunca había traído felicidad a nadie. Era algo de lo que estar orgulloso y de temer, dijo. Ojalá hubiese tomado nota de sus palabras en ese momento, pues eran más pintorescas que mi recuerdo de ellas.



en El crepúsculo celta, 1902



* El «patrón» es un festival en honor a un santo.
















A mi Fer, a Yo soy Héctor y a Cristián Andrés
por todo el amor, por toda la compañía

















sábado, agosto 08, 2026

«La idea es esa», de Zhāng Lín

Traducción de Sebastián Vargas




Algunas cosas son grandes desde que nacen, 
por ejemplo el mar.
Algunas cosas son pequeñas a morir, por 
ejemplo una brizna de hierba.
Además, hay algunas cosas
que cuando las conocí ya eran viejas, como el 
lugar donde nací.
Yo voy pasando muy muy lento
de pequeña a grande, por el gradual proceso 
de ir envejeciendo.

Mi vida entera
es como una brizna de hierba
que piensa en el océano
como si volviera al hogar.



Pintura original de Zhu Da















28 abr 2023

viernes, agosto 07, 2026

«quiero mi cuerpo cuando está con tu cuerpo», de e. e. cummings

Traducción de Alfonso Canales




quiero mi cuerpo cuando está con tu 
cuerpo.    Es algo tan nuevo.
Los músculos mejor y aún más los nervios. 
quiero tu cuerpo. quiero lo que hace, 
quiero sus modos. quiero el tacto de su espina 
dorsal, sus huesos y la palpitante
-lisura-fiel que he de 
otra vez otra y otra 
besar, quiero besarte aquí y allí, 
quiero, lentamente palpar, rozar el vello 
de tu eléctrica piel, y aquel que nace 
sobre la hendida carne... Y grandes ojos migas de amor,

y tal vez quiero el estremecimiento

bajo de mí de ti tan nueva



1925











jueves, agosto 06, 2026

«Proveniencia», de Rossella Di Paolo





1.

No vengo de tu boca sino de tus dientes
los ojos para ver lo que se dice ver no me vieron 
dos puños más bien 
y tus pies que se limpian el polvo 
con tanto cuidado
en mi espalda


2.

sobre esta piedra el viento 
es toda mi casa
inmóvil en los pies, la cabeza en otra parte 
sombra para las arañas 
sol para las espinas 
vengo creciendo desde todo esto


3.

me caí de tu mano como cosa muerta
pero no estaba muerta 
más fácil morirse y ya 
y no este parecer que hay alguien 
cuando tocan mi nombre 
y salgo


4.

no se puede hablar desde este hueco
los pies se van para abajo 
las palabras se van para abajo 
el hueco tiene pies y habla como los muertos 
de noche camina 
y de noche camina


5.

huesos en la arena
blanco sobre lo blanco 
un fémur que fue pierna 
un grano que fue piedra
huesos en la arena / arena en los huesos 
el viento piadoso los confunde 
pierna o piedra han sido



en hueso húmero, n. 53, abril 2009














miércoles, agosto 05, 2026

«Nadie te advirtió…», de Ijeoma Umebinyuo

Sin datos del traductor




Nadie te advirtió
que a aquellas mujeres cuyos pies 
cortas para evitar que corran
darían a luz 
hijas con alas.



en Questions for Ada, 2015











Nobody warned you / that the women whose feet / you cut from running / would give birth to / daughters with wings.








martes, agosto 04, 2026

«Me dicen que tengo un claro sentido de propósito», de Sara Abou Rashed

Versión de Juan Carlos Villavicencio




En mi casa no hay lugar 
para la incompetencia. He perdido.
Hace años, en la clase de cerámica,

mis amigos moldeaban estatuas
asimétricas con barro;
las llamaban arte puro, decoración abstracta.

Hice platos, un vaso para los cepillos,
un joyero con su tapa.
No me reten, incluso los tornillos

en mis paredes cargan más peso
que lo previsto. En internet
encontré videos de mi casa

convertida en un museo de la ausencia.
Mi antigua cocina ahora es un esqueleto,
con sus huesos desnudos

de cemento y alambres de cobre. Aún así,
no maldigo a la revolución, ni a la guerra,
ni a los ladrones ni al régimen; sólo me maldigo

a mí misma – todos estos azulejos rotos
y el probable riesgo de morir
electrocutada por el pan nuestro
de un solo día.
















lunes, agosto 03, 2026

«Israel, la banalidad del mal y el mal radical», de Paulo Slachevsky




 
La idea de la banalidad del mal fue acuñada por Hannah Arendt tras los juicios al criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén a inicios de los años 60. No es necesario ser un psicópata o un «pozo de maldad» para llevar adelante los más horrorosos crímenes y un genocidio. Un simple burócrata o militar, obedeciendo las órdenes y las lógicas del sistema, es capaz de transformarse en un genocida. 

Una década antes, en su libro Los orígenes del totalitarismo, Arendt usaba más bien el término «mal radical»: «Y si es verdad que en las fases finales de totalitarismo aparece este como un mal absoluto (absoluto porque ya no puede ser deducido de motivos humanamente comprensibles), también es cierto que sin el totalitarismo podríamos no haber conocido nunca la naturaleza verdaderamente radical del mal».

Si bien los conceptos de «mal absoluto», «mal radical» y «la banalidad del mal», responden a comprensiones diferentes y en tensión en torno a las experiencias límites del horror, su práctica se instala, como señala Hannah Arendt, cuando un sistema hace superfluos a los seres humanos, inútiles, prescindibles, reinando la inhumanidad. Fue el caso bajo el nazismo donde los judíos y gitanos eran considerados infrahumanos, peligrosos, antisociales, y podían ser tratados como animales. No tuvo límites la crueldad entonces, desde la humillación primera a través de las caricaturas e insultos en la prensa, las golpizas y la tortura, hasta el exterminio a través de las ejecuciones masivas, los campos de concentración y las cámaras de gas. Ese «otro», judío, gitano, comunista, había perdido toda dignidad y humanidad ante los ojos del opresor, y era posible hacer cualquier cosa de él.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, tras salir de la pesadilla de los campos de exterminio y los millones de muertos de la guerra, se buscó instalar un sistema jurídico internacional de derechos humanos que ayudara a prevenir que tales crímenes se repitieran, pero lamentablemente, bajo diversos métodos y expresiones, durante toda la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI, hemos sido testigos de cómo los genocidios y/o crímenes de lesa humanidad se reiteran. Lamentablemente, las prácticas de dominación que se construyen sobre la creación del enemigo interno o externo que justifica el odio, la deshumanización y el exterminio, se perpetúan; basta ver nuestra propia historia y los crímenes de las dictaduras latinoamericanas.

Sin embargo, pese a esa presencia constante del mal como sistema político en la historia contemporánea, de la cual el colonialismo es una de las más brutales expresiones, una y otra trágica realidad no son igualables, dominando la percepción de la experiencia nazi como expresión del último círculo del infierno por su nivel de planificación y sistematización del terror y exterminio, extremando las prácticas de horror implementadas en el mundo colonial. Auschwitz constituye una ruptura civilizatoria del Siglo XX: hay un antes y un después. Es en tal sentido devastador que hoy en día, ocho décadas después de que cayera derrotada la Alemania Nazi, Israel, el Estado que se reclama ser el representante de una de sus principales víctimas –los judíos–, repita el modelo deshumanizador y de exterminio de los nazis con el pueblo palestino. 

A diferencia del genocidio de entonces, que se llevó adelante en secreto y bajo un régimen totalitario, hoy el exterminio se ha convertido en un espectáculo, y lo conducen autoridades de un país que se dice democrático. Las evidencias están a la vista de todos, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, y que día tras día el ejército israelí asesine a periodistas y comunicadores que registran los hechos. Desde la total deshumanización de la población palestina, con los recurrentes insultos y caricaturas en gran parte de la prensa y política israelí, la tortura y opresión cotidiana, hasta el planificado y sistemático exterminio y la limpieza étnica con apoyo de todos los adelantos tecnológicos, incluida la Inteligencia Artificial, que se lleva adelante en Gaza y Cisjordania, la matanza prosigue.

La gran Alemania, sueño de Hitler, se refleja hoy en toda la prepotencia del «Gran Israel», abiertamente defendido por Natanyahu y el sionismo. Estamos frente a un estado «Terminator» en Medio Oriente, buscando destrozar todo a su alrededor, incluido el Líbano e Irán.  La tragedia de Gaza se constituye así en una nueva ruptura civilizatoria con la complicidad e inacción de Occidente, donde en vez de castigar a los criminales, se les entrega armamento mientras se reprime la solidaridad con los oprimidos. De este modo, se está enterrando el sueño de un orden jurídico internacional, fundado en el respeto de los derechos humanos, que haga el mundo más humano y vivible. La fuerza bruta, la tecnología y las armas son los dioses que se adoran, exigiendo al resto someterse.

La obstinación y manipulación sionista que busca igualar Israel y todos sus crímenes con «lo judío», y a las resistencias a ese estado criminal con el antisemitismo, fomenta en los hechos el antisemitismo, pues favorece la confusión entre la legítima ira contra esa crueldad criminal que expresa Israel –una sociedad supremacista y desquiciada en su inhumanidad–, con las y los judíos en general. Los artífices de esa falsa equivalencia entre lo judío e Israel, no solo son ejecutores y/o cómplices del crimen contra el pueblo palestino y del caos y destrucción de Medio Oriente, sino también de la de ruina de la cultura e historia judía.  

Como ciudadanos del mundo, no podemos quedar indiferentes ante ello: es imprescindible sumarse a la solidaridad internacional con Palestina. Para quienes tenemos origen judío, es imperativo recuperar las banderas del antisionismo que fueron tan fuertes y significativas entre la población judía antes de la Segunda Guerra Mundial, y manifestarse como lo hacen numerosas/os jóvenes a través del mundo, movilizándose a la vez por una Palestina libre. Ejemplos no faltan para pensar en modos de organización judía articuladas en torno a la lucha contra la opresión, basta recordar el BUND, el partido socialista judío más grande del Yiddishland, zona de Europa del Este donde se concentraba una gran población judía, organización que logró la mayor votación judía en las elecciones del año 1938 en Polonia, justo antes de la Guerra, aunando la lucha antinazi, antifascista y antisionista. Luchas que vuelven a cobrar plena vigencia.
Ante este panorama desolador, las resistencias y las batallas por la memoria y la justicia han sido claramente una luz de esperanza. La lucha de las y los palestinos, «Los indios de Israel» como titula su libro Juan Fujita, o «las víctimas de las víctimas» como expresara Edward Said, igualan el heroísmo y entereza de los insurrectos del Gueto de Varsovia. Al otro lado, el «sistema sionista» es hoy expresión del «mal radical», como de la «banalidad del mal», en la peor de sus manifestaciones, equiparándose al nazismo en pleno siglo XXI.




en CIPER, 10 de mayo, 2026












domingo, agosto 02, 2026

«En busca de la felicidad», de Leoncio Bueno



(1920-2026)
 


Un día arrojé a los vientos todas mis vestiduras
mi persona postiza
mi dentadura postiza
me quedé igual que cuando vine al mundo
bailando al son de la zampoña tocada al pie del lago
por un colla
y vinieron a mí los peces y las aguas y las
golondrinas arrechas de la comarca
juntos realizamos las más increíbles orgías
fui tomando mi auténtica figura
mi inconfundible olor
comprendí que la felicidad
consiste en andar completamente desnudo
invadiendo la tierra.

















sábado, agosto 01, 2026

«Noche de mediados de otoño», de K’o Chen

Versión de Juan Carlos Villavicencio



 
Aguas rápidas; suaves, silenciosas
como el suave susurro de las cigarras
Me siento en un pabellón vacío
solo, salvo por las cumbres escarpadas
las cordilleras entrelazadas cubiertas de nieve
la luz de la luna capturó la noche negra













viernes, julio 31, 2026

«Expuesta», de Rosabetty Muñoz




 
Prontos a herir se amontonan
en las afueras de mí.
Un ojo sobre otro.
Me voy a ellos con los brazos abiertos
no vaya a ser que no me alcancen.
no vaya a ser que el dolor de sus colmillos
me sea negado para siempre.



en Antología poética de la generación del ochenta
edición de Andrés Morales, Mago editores, 2010 

















jueves, julio 30, 2026

«Panorama», de Friedrich Hölderlin

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Resplandece el día despejado para el hombre con sus pinturas, 
cuando se muestra todo lo verde desde la llana lejanía, 
aún antes de que la luz del atardecer se incline a la penumbra
y un tenue resplandor mitigue el sonido de los días.
A menudo la esencia íntima del mundo luce nublada, impenetrable. 
El sentido del hombre, lleno de dudas, hastiado,
mientras magnífica la naturaleza alegra sus días 
y lejana se encuentra la oscura pregunta de la duda.
Con sumisión, Scardanelli.

24 de marzo de 1671



c. 1841-1842












Aussicht

Der off’ne Tag ist Menschen hell mit Bildern, / Wenn sich das Grün aus ebner Ferne zeiget, / Noch eh’ des Abends Licht zur Dämmerung sich neiget, / Und Schimmer sanft den Klang des Tages mildern. / Oft schein die Innerheit der Welt umwölkt, verschlossen. / Des menschen Sinn von Zweifeln voll, verdrossen, / Die prächtige Natur erheitert seine Tage / Und ferne steht des Zweifels dunkle Frage. / Mit Unterthänigkeit Scardanelli. // Den 24. März 1671.







miércoles, julio 29, 2026

«Desaparecida», de Lía Podestá

Tres días



Día 25

Mis pies reciben ahora el peso de mi culo como el peso de una carne cualquiera. Es el peso de la plegaria, el peso y la rabia de creer que el dios que llevaba en el pecho sobre un medallón de plata y que marcaba las palmas de mis manos en la infancia puede silenciar ahora cada grito que sale de mi boca raspando mi garganta y haciéndose un dolor punzante, desesperado, como si cada sonido pudiera tocar las paredes y rebotar como otro pedazo de carne.

¿Qué dios será el que calle los gritos de mi cuerpo, los gritos de mi boca cuando viene el hombre que son todos los hombres de este infierno, cuando viene sobre mí, me somete como a un animal suyo, traga de mí como pescado y me dice que soy una gran sirena muerta, esclavizada a mi cabello largo entre sus manos, a mi cola quebrada sobre el suelo y desangrada y otra vez esclavizada a la boca torturadora del hombre que intenta un beso vulgar sobre la misma cara en la que otro vació el puño y el esperma?

Mi rostro deja poco a poco sus facciones bajo las botas que lo pisan. Ya no hay tacto que no nos regrese a lo que nos han hecho y en lo que nos han convertido.





Día 34

Dios, halla esta plegaria entre tanta voz. Halla este cuerpo condenado y bésalo para que encuentre la muerte y con él sus heridas. Halla también el cuerpo del hombre que se hizo mi marido en tu palacio cuando yo llevaba un vestido blanco. Acribíllalo en la noche con el arma de otro, dale la muerte por la que rogamos todos y entiérranos juntos para que pueda ir nuestra familia a dejarnos una gran flor y llorar nuestro encierro, tortura, humillación y cada pálpito desesperado de cuando se acercan. Oh, Dios, cuán sagrado es ahora el pasado, la sonrisa de mi esposo, la de mi madre y mis hermanos. Son luz cuando cierro los ojos, son una mañana soleada antes de que ellos y sus risas caigan sobre mi cuerpo con su propia oscuridad.





Día 44

Han hecho de mí la fotografía de la que ruega juntando las manos y cerrando los ojos. Han hecho de mí la torpeza fría de la que ofrece el cuello. Sueño que es arrancado, rueda e intenta una oración, acaso la última. Sueño que el corazón sigue latiendo con fuerza y porque pronto dejará de hacerlo para terminar con el cuerpo: hervido para arrancar de él todo olor a infancia, para arrancar de él toda pureza, enterrarlo y rodearlo de flores insanas, hierbas y espinas. Mi cuerpo terminará así, siendo un objeto curioso cuya cabeza pueda mostrar una sonrisa rodante, de ojos abiertos, viendo por última vez el patio donde creció entre hormigas negras y huertos fértiles sin darse cuenta de que es la misma celda marchita y hecha charco de orín de los últimos días. Despierto y la cabeza humana sigue en su lugar con las heridas y el caminito de sangre que termina entre mis pechos porque han roto mis labios cuando intentaban una maldición que parece haber alcanzado mi cuerpo antes que sus almas.



2025









Pueden comprar el libro escribiendo a 















martes, julio 28, 2026

«Nuestras fotos familiares…», de Heba Abu Nada

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Nuestras fotos familiares, una bolsa con partes de cadáveres, un montón de cenizas, cinco sudarios de distintos tamaños envueltos el uno al lado del otro.

Las fotos familiares en Gaza son distintas, pero estuvieron juntos y juntos se fueron.




en Antología de Poesía de la Resistencia Palestina, 2024










Pueden comprar el libro escribiendo a descontextoeditores@gmail.com
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lunes, julio 27, 2026

«La verdadera razón», de Yannis Ritsos

Traducción de Heleni Perdikidi




No, no es que Apolo haya retirado su promesa
y, escupiendo en la boca de Casandra, haya quitado
a sus palabras todo don de persuasión, haciendo
          inútiles sus profecías para sí
y para los demás, no. Es simplemente que
nadie quiere creer en la verdad. Y cuando ves
la red dentro de la bañera, crees que te la han preparado
para tu pesca de la mañana y no escuchas nada dentro de ti
mientras fuera, por los peldaños de mármol del palacio,
          va subiendo
el tenebroso mensaje con las voces de la desdichada Casandra.


7-VI-69





en Grecidad y otros poemas, Visor, 1979





















domingo, julio 26, 2026

«La Odisea. Canto XII: Las Sirenas, Escila, Caribdis, las Vacas del Sol», de Homero

Fragmento / Traducción de Luis Segalá y Estalella



«Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó a las olas del vasto mar y a la isla Eea —donde están la mansión y las danzas de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol—, la sacamos a la arena, después de saltar a la playa, nos entregamos al sueño y aguardamos la aparición de la divinal Aurora. 

»Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, envié algunos compañeros a la morada de Circe para que trajesen el cadáver del difunto Elpénor278. Luego cortamos troncos y, afligidos y vertiendo abundantes lágrimas, celebramos las exequias en el lugar más eminente de la orilla. Y no bien hubimos quemado el cadáver y las armas del difunto, le erigimos un túmulo, con su correspondiente cipo, y clavamos en la parte más alta el manejable remo. 

»Mientras en tales cosas nos ocupábamos, no se le encubrió a Circe nuestra llegada del Hades, y se atavió y vino muy presto con criadas que traían pan, mucha carne y vino rojo, de color de fuego. Y puesta en medio de nosotros, dijo así la divina entre las diosas: 

»CIRCE. —¡Oh desdichados, que viviendo aún, bajasteis a la morada de Hades, y habréis muerto dos veces cuando los demás hombres mueren una sola! ¡Ea!, quedaos aquí y comed manjares y bebed vino todo el día de hoy, pues así que despunte la aurora volveréis a navegar, y yo os mostraré el camino y os indicaré cuanto sea preciso para que no padezcáis, a causa de una maquinación funesta, ningún infortunio ni en el mar ni en la tierra firme». 

«Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Apenas el sol se puso y sobrevino la oscuridad, los demás se acostaron junto a las amarras del buque. Pero a mí Circe me cogió de la mano, me hizo sentar separadamente de los compañeros y, acomodándose cerca de mí, me preguntó cuanto me había ocurrido, y yo se lo conté por su orden. Entonces me dijo estas palabras la veneranda Circe: 

»CIRCE. —Así pues, se han llevado a cumplimiento todas estas cosas. Oye ahora lo que voy a decir y un dios en persona te lo recordará más tarde. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar, sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo, y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y acaso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía. Después que tus compañeros hayan conseguido llevaros más allá de las sirenas, no te indicaré con precisión cuál de los dos caminos te cumple recorrer; considéralo en tu ánimo, pues voy a decir lo que hay a entrambas partes. A un lado se alzan peñas prominentes, contra las cuales rugen las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite: llámanlas Erráticas los bienaventurados dioses. Por allí no pasan las aves sin peligro, ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Zeus,* pues cada vez la lisa peña arrebata alguna y el padre manda otra para completar el número. Ninguna embarcación de hombres, en llegando allá, pudo escapar salva, pues las olas del mar y las tempestades, cargadas de pernicioso fuego, se llevan juntamente las tablas del barco y los cuerpos de los hombres. Tan sólo logró doblar aquellas rocas una nave surcadora del ponto: Argo, por todos tan celebrada, al volver del país de Eetes; y también a ésta habríala estrellado el oleaje contra las grandes peñas, si Hera no la hubiese hecho pasar junto a ellas por su afecto a Jasón. Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza el anchuroso cielo con su pico agudo, coronado por el pardo nubarrón que jamás le suelta, en términos que la cima no aparece despejada nunca, ni siquiera en verano ni en otoño. Ningún hombre mortal, aunque tuviese veinte manos e igual número de pies, podría subir al tal escollo ni bajar de él, pues la roca es tan lisa que parece pulimentada. En medio del escollo hay un antro sombrío que mira al ocaso, hacia el Érebo, y a él enderezaréis el rumbo de la cóncava nave, preclaro Odiseo. Ni un hombre joven que disparara el arco desde la cóncava nave podría llegar con sus tiros a la profunda cueva. Allí mora Escila,* que aúlla* terriblemente, con voz semejante a la de una perra recién nacida, y es un monstruo perverso a quien nadie se alegrará de ver, aunque fuese un dios el que con ella se encontrase. Tiene doce pies, todos deformes, y seis cuellos larguísimos, cada cual con una horrible cabeza en cuya boca hay tres hileras de abundantes y apretados dientes, llenos de negra muerte. Está sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta, saca las cabezas fuera de aquel horrendo báratro y, registrando alrededor del escollo, pesca delfines, perros de mar y también, si puede cogerlo, alguno de los monstruos mayores que cría en cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite. Por allí jamás pasó embarcación cuyos marineros pudieran gloriarse de haber escapado indemnes, pues Escila les arrebata con sus cabezas sendos hombres de la nave de azulada proa. El otro escollo es más bajo y lo verás, Odiseo, cerca del primero, pues hállase a tiro de flecha. Hay allí un cabrahigo grande y frondoso, y a su pie la divinal Caribdis sorbe la turbia agua. Tres veces al día la echa afuera y otras tantas vuelve a sorberla de un modo horrible. No te encuentres allí cuando la sorbe, pues ni el que sacude la tierra podría librarle de la perdición. Debes, por el contrario, acercarte mucho al escollo de Escila y hacer que tu nave pase rápidamente, pues mejor es que eches de menos a seis compañeros que no a todos juntos». 

«Así se expresó, y le contesté diciendo: 

»ODISEO. —¡Ea, oh diosa!, háblame sinceramente: si por algún medio lograse escapar de la funesta Caribdis, ¿podré rechazar a Escila cuando quiera dañar a mis compañeros? 

»Así le dije, y al punto me respondió la divina entre las diosas: 

»CIRCE. —¡Oh infeliz! ¿Aún piensas en obras y trabajos bélicos, y no has de ceder ni ante los inmortales dioses? Escila no es mortal, sino una plaga imperecedera, grave, terrible, cruel e ineluctable. Contra ella no hay que defenderse; huir de su lado es lo mejor. Si, armándote, demorares junto al peñasco, temo que se lanzará otra vez y te arrebatará con sus cabezas sendos varones. Debes hacer, por tanto, que tu navío pase ligero e invocar, dando gritos, a Crateis, madre de Escila, que les parió tal plaga a los mortales, y ésta la contendrá para que no os acometa nuevamente. Llegarás más tarde a la isla de Trinacria, donde pacen las muchas vacas y pingües ovejas del Sol. Siete son las vacadas, otras tantas las hermosas greyes de ovejas, y cada una está formada por cincuenta cabezas. Dicho ganado no se reproduce ni muere, y son sus pastores dos deidades, dos ninfas de hermosas trenzas: Faetusa y Lampetia,* las cuales concibió del Sol Hiperión la divina Neera. La veneranda madre, después que las dio a luz y las hubo criado, llevolas a la isla de Trinacria, allá muy lejos, para que guardaran las ovejas de su padre y las vacas de retorcidos cuernos. Si a éstas las dejaras indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu regreso, aún llegarías a Ítaca, después de pasar muchos trabajos; pero si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y aunque tú escapes, llegarás tarde y mal a la patria, después de perder todos los compañeros». 

«Así dijo, y al punto apareció la Aurora, de áureo solio. La divina entre las diosas se internó en la isla, y yo, encaminándome al bajel, ordené a mis compañeros que subieran a la nave y desataran las amarras. Embarcáronse acto continuo y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Por detrás de la nave de azulada proa soplaba próspero viento que henchía las velas, buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados los aparejos cada uno en su sitio, nos sentamos en la nave, que era conducida por el viento y el piloto. Entonces alcé la voz a mis compañeros, con el corazón triste, y les hablé de este modo: 

»ODISEO. —¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas, y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Parca. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestome que tan sólo yo debo oírlas, pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil —para que  me  esté  allí  sin  moverme—,  y  las  sogas  líguense  al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis atadme con más lazos todavía.




Pintura original: Circe tentando a Ulises (1786), de Angelica Kauffmann