sábado, enero 24, 2026

«Sol de primavera», de Chu Hsi

Versión de Carlos Manzano de la traducción de Kenneth Rexroth




El día de la Comida Fría, salgo 
A aspirar el perfume de las 
Flores, junto a la ribera del río.
Contento y relajado, dejo
Que el suave viento del Este me bañe 
La cara. Por todas partes, la 
Primavera resplandece con diez mil
Tonos de azul y diez mil de rojo.



en Cien poemas chinos, 1966




Pintura original: Antiguas flores chinas, de Yun Shou Ping

















viernes, enero 23, 2026

«Una voz desde el huerto de los olivos», de Mahmoud Darwish

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Desde el huerto de los olivos 
vino el eco –
mientras yo ardía crucificado.

No me despedacen, les digo a los cuervos, 
quizás regrese a mi hogar 
y acaso deje el cielo que llueva, 
quizás 
sofoque esta madera voraz.

Un día bajaré de mi cruz 
quién sabe… 
cómo volveré: ¿acaso descalzo y desnudo?




en The Music of Human Flesh, 1980



Fotografía original de Gil Cohen Magen-Pool



















jueves, enero 22, 2026

«Decreación», de Anne Carson

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Él se vació de su divinidad. Debemos nosotros vaciarnos de
la falsa divinidad con la que hemos nacido.
          Una vez que se ha entendido que no se es nada, el ob-
jetivo de todos nuestros esfuerzos es convertirse en nada.
Con este propósito se consiente el sufrimiento, con este fin
se actúa, con este fin se reza.
          Dios mío, concédeme que me convierta en nada.
          A medida que me convierto en nada, Dios se ama a
través de mí.



2005



 

en Antología de mística femenina, 2023

Edición a cargo de Jimena Castro y Sergi Sancho Fibla





Pueden comprar el libro en las mejores librerías
en Chile y Argentina, al menos, gracias a BigSur













miércoles, enero 21, 2026

«Sobre la forma del pasto en los jardines», de Víctor López Zumelzu



 


Las palabras me dijeron al oído escríbenos & yo las fui escribiendo, fueron creciendo de a poco como hierba en la hoja, sin forma, sin control. Eran delicados copos de nieve en mis manos. «Este es mi cuarto, esta es mi cama, este es mi mundo», parecían decir. Yo te extrañaba. Aun así era feliz mirándolas, observando cómo empezaban a relacionarse, a encontrar conexiones. A veces sueño cosas raras que nadie más sueña, por ejemplo con Robert Walser en una película que no existe, basada no en su vida sino en su muerte, con nieve artificial cayendo en medio de un bosque & nosotros que la miramos también nos congelamos, nos hacemos un témpano. Otras veces sueño con cuántas palabras existirán para designar el frío, la nieve, la escarcha. El aire frío pasa a través de nosotros, aun así yo describo la velocidad, los sonidos filosos que se albergan en un lugar bajo la lengua & entre los dientes, las estaciones que queman. Estamos esperando que suene el teléfono, estamos esperando, sólo esperando. El mundo ha sido destruido una & mil veces pero aun así después de que yo también muera, esta melodía va a seguir. Pero ¿qué es lo que quieren decir estas palabras? ¿Quién duerme esta mañana al lado mío? ¿Será éste el verdadero color del campo, el pasto, el cielo?



en Erosión, Alquimia Ediciones, 2014


















domingo, enero 18, 2026

«Crueldad», de Daniel Matamala





 
Después del fallo que lo absolvió, Claudio Crespo publicó un meme en sus redes sociales. En él aparece haciendo el signo de la victoria, sonriente, frente a una lápida con una foto de Gustavo Gatica, ciego tras el disparo de su escopeta. «Q.E.P.D. octubrismo» es el texto.

¿De cuánta crueldad somos capaces? ¿Cuánta podemos fomentar, aplaudir, celebrar?

El fallo que Crespo festejaba confirmó judicialmente que fue él quien disparó y dejó ciego a Gustavo Gatica. Pero ni siquiera en ese momento Gustavo Gatica fue capaz de algún gesto de empatía. De un mínimo de humanidad.

Imagine por un minuto, estimado lector, que usted, por una negligencia, por un accidente desafortunado o una mala decisión, provoca un daño así de espantoso a otra persona. ¿No sentiría un pesado remordimiento sobre sus hombros? ¿No trataría, dentro de lo posible, de hacer algún gesto de reparación? ¿De, al menos, empatizar con el dolor del otro ser humano?

Crespo, en cambio, habló de «victoria» y la celebró con un meme burlándose de su víctima. En los mismos días en que cegó a Gatica, Crespo dejó huellas de su comportamiento agresivo y poco profesional durante las protestas. Cuando las lesiones oculares se multiplicaban, Crespo amenazó a un detenido: «¡Cagaste, flaco, cagaste. Te vamos a sacar los ojos, culiao».

A otro detenido le cortó un mechón de pelo, cuya foto luego envió, como un botín de guerra, al grupo de WhatsApp «La tijera». Se le ve incitando a una violencia indiscriminada: agarra violentamente del cuello a un joven que no oponía resistencia, sentencia que «hay que matar a todos estos culiaos», instruye a un carabinero a apuntar las lacrimógenas directamente al cuerpo de personas que lanzaban piedras. Ordena a otro que cruce hacia un quiosco y «agarre a palos a los culiaos que pasen».

En otro momento, un carabinero le advierte que una persona se está quemando. La respuesta de Crespo hiela la sangre: «Que se queme el culiao, que se queme». Luego reconviene al subalterno diciendo que no debe comunicar esos hechos por radio.

«No me arrepiento de nada» y «me importa un comino», fue su respuesta al salir a la luz esos videos.

Pese a todo, Crespo fue levantado como un héroe por algunos sectores políticos. No sólo se trató de contextualizar los hechos, o de discutir los límites de la acción policial ante una persona, como Gatica, que estaba tirando piedras. Fueron mucho más allá. 

Su crueldad fue festejada como un ejemplo a imitar por una barra brava que incluye a parlamentarios y al excandidato presidencial Johannes Kaiser, quien lo homenajeó en el acto de cierre de su campaña y prometió indultarlo si era condenado.

Pero Crespo no era un buen policía. De hecho, Carabineros lo sacó de sus filas por incumplir sus normas. No es un buen policía aquel que abusa de su poder e intenta no restablecer el orden ni hacer cumplir la ley, sino hacer daño a otras personas.

Por cierto, miles de carabineros estuvieron en esos días bajo una presión enorme, soportando violentas agresiones en su contra. Hubo problemas de armamento, de suministro y de reglamentos. Pero no todos fueron Crespo. No todos dispararon a la cara, sabiendo el espantoso daño que esos disparos estaban provocando. No todos dieron instrucciones de apalear y dañar. La mejor evidencia es el contraste entre el carabinero que advierte de una persona quemándose y la reprimenda de Crespo hacia ese subordinado que estaba mostrando una falla imperdonable: un poco de humanidad hacia una persona en peligro.

El festejo de esa crueldad hoy se extiende sobre nuestras sociedades. Líderes mundiales exhiben su impiedad como una demostración de poder. Trafican salvajismo como si fuera fuerza, confunden sadismo con autoridad, reemplazan los principios con atrocidad.

Este discurso público no es inocuo. Es una mancha que envenena la sociedad, deshumanizando al que es percibido como el otro, el ajeno, el enemigo.

Hace una semana, un oficial de la guardia migratoria, convertida en una milicia paramilitar trumpista, asesinó a Renee Good. Era un crimen complejo políticamente, porque a primera vista la víctima no era una de «los otros»: no era inmigrante, latina ni negra. Era una ciudadana estadounidense, mujer blanca y madre de tres hijos.

Inmediatamente el gobierno de Trump culpó a la víctima, acusándola de ser una «terrorista doméstica». El vicepresidente JD Vance dijo que el crimen «es culpa de esta mujer y de todos los radicales».

La prensa oficialista se aseguró de encabezar cada información enfatizando que la mujer era lesbiana, y los agentes federales recibieron la orden de investigar a su pareja en busca de algún trapo sucio (varios investigadores han renunciado en protesta).

El New York Post llevó la foto de la víctima en portada con el título: «Guerrera de la izquierda». La página dedicada al tirador, en cambio, se titula «Hombre de familia». Incluye una gran foto del agente con su esposa, y lo describe como «un cristiano comprometido, partidario de Trump, veterano de guerra y un tremendo padre y marido».

Lo importante no son los hechos. Mucho menos la empatía humana con una persona. Lo urgente es establecer que la víctima, pese a ser blanca y estadounidense, es una de «los otros»: lesbiana, woke, izquierdista, por lo tanto ¡terrorista! Mientras, el victimario es «de los nuestros»: heterosexual, trumpista, cristiano, veterano: ¡hombre de familia!

Renee Good también tenía familia: una pareja y tres hijos que ahora son huérfanos. Pero no califica para un titular que la presente como «mujer de familia».

La deshumanización del otro es un arma política. La crueldad es una fortaleza para encerrarse en las propias certezas: no admite dudas, no acepta vacilaciones, no tiene resquicios.

Frente a tanta crueldad, la actitud de Gustavo Gatica da esperanza. «Yo no estoy satisfecho con el resultado, sin embargo, hay algo que tranquiliza mi corazón (...) No quería morirme en unas décadas más sin saber quién fue la persona que me disparó. Hoy eso me tranquiliza muchísimo».
Al valorar que al menos se sepa la verdad, la de Gatica es una reacción que reconforta. No hay odio ni afán de venganza. Es, simplemente, la respuesta esperanzada de un ser humano frente a tanta, tanta crueldad.




en La Tercera, 17 de enero, 2026
















sábado, enero 17, 2026

«Correcto, y a la vez equivocado», de Huang Canran

Traducción de Miguel Ángel Petrecca




Desde hace cinco años toma
cada día el micro desde la bahía de Tongluo
hasta la autopista central para ir al trabajo,
a la vuelta desde la autopista otra vez el micro
hasta la bahía, hojeando a veces un diario,
cambiándose la ropa cada dos días,
en una semana tres veces los zapatos,
en un mes un corte de pelo;
su expresión no ha cambiado en cinco años,
la contextura de su cuerpo tampoco,
en vez de 28 ahora tiene 33,
y al parecer no ha sufrido otro cambio;
el paisaje también más o menos el mismo,
salvo por algún hecho ocasional
como un desagüe que revienta,
el arreglo de una calle o una tubería,
carteles de «estamos trabajando»
o algunos banners de liquidación,
eslóganes de protesta o de demanda,
algunos negocios, carteles y ventanas
percibidos sólo durante un embotellamiento,
o la escena ya vacía de algún accidente;
podés pensar, por todo eso, que lleva una vida monótona,
una vida inmutable y rígida,
derrochada entre días repetidos,
y pensar que la tuya es mucho más feliz, 
ya que, al fin y al cabo, sentiste amor y odio,
te caíste y te levantaste, al borde del precipicio:
tendrías razón, y a la vez estarías equivocado:
en estos cinco años él se enamoró
y se casó, tuvo un hijo, y luego se divorció.
Todas tus experiencias afortunadas él ya las pasó:
las que él atravesó todavía te esperan a vos.




en Un país mental. 150 poemas chinos contemporáneos
Gog y Magog, 2023 




















viernes, enero 16, 2026

«'Virgen de Guadalupe', de Roger Santiváñez. Una lectura», de Patricia Matuk




 
Efímeras son las palabras dichas, por lo que la poesía es, en cierto modo una encarnación. Virgen de Guadalupe que a primera vista es el nombre de las infinitas estatuas de una misma adoración, aparece desde sus primeras líneas como inmersión. Los pliegues secretos de las vestiduras son alegoría de un intento de nombrar en carne –más que en hueso– el enlace con eso otro. Por esa vía, el «tú» que por momentos es la voz misma del poeta, se posiciona en un ir y venir de la emanación de la voz: nexo entre lo amado y el amor absoluto e inasible. Y la fuerza de «reflejos dorados me sacaban de mis casillas» p. 30 es la voz del poeta que rompe también el lenguaje cuando por momentos el sujeto da saltos del uno al todo y del todo a la subjetividad íntima.

Comenzando por la unidad fálica del río, la evocación de la sensualidad carnal, es una de las presencias del agua en el poemario, las otras son el mar, la piscina estancada o el lago protegido, forma final de la potencia del deseo. Las transformaciones sucesivas en Virgen de Guadalupe tienen resonancia en algunas invenciones, como el verbo «subxiste» resultado del desliz entre el universo inexistente y ansiado hacia el recreado y poético.

Mi amigo Roger Santivañez me pidió que comentara su libro en diez líneas, pero como creo haber transgredido esa consigna, me tomo la licencia de formular un par de asociaciones a riesgo de que parezcan  subjetivas: la «sustitución del mimbre por el miembro» es frase evocadora del gran asiento de mimbre –de moda en algunas tapas de discos de fines de los 60– pero también es referencia al afiche de Emanuelle película y saga coetáneas de las protestas sociales y culturales de mayo del 68 en París, de cuya repercusión en el mundo el autor se reivindica heredero.

Retornar al agua en un inevitable estar a la deriva se vuelve en el libro un volver al recíproco naufragio, naufragio como condición del encuentro amoroso cuya aspiración de fundirse en la divinidad, en igualdad carnal, es elevación no recíproca y asimétrica, pero alcanzada... después del vuelo, el retorno, al ineludible quehacer en un reiterado ir y venir que más que aleteo, es péndulo generador de imágenes, cuyo impulso radica en la necesidad inalterable de traducir sobre el cuaderno lo sagrado. Profanación contrita o sacralización de lo prosaico hasta casi renegar del «azul con que escribo».

Y ya que «Chapotean las bellezas, semejan los amores extraviados» el milagro es posible cuando alguno de esos amores se banaliza y «esta orilla tiene tu fulgor de Virgen» ilustra bien que lo latente es tan táctil que hasta se toca y palpita en el poema.

Para vencer a la muerte, el amor es perpetrado, cometido, consumado con la poesía como elevación y búsqueda, pero también como batalla existencial. Es cierto que la Virgen de Guadalupe es mexicana, pero ninguna referencia es más potente hoy entre los millones de latinos residentes en EEUU –de que Roger Santivañez es representativo– que ese ícono multitudinario. La impávida calma serena de la Virgen de Guadalupe juega como punto de convergencia para la plegaria colectiva. La escritura de estos poemas reivindica una identidad amenazada, pero también abre caminos cuando, desde la tercera persona singular, se da naturalmente el salto a la primera del plural, obligatorio y necesario. Y en esa construcción, el poeta que se topó con «la infinita tristeza de vivir» perpetúa la expulsión primigenia del paraíso y se confronta con la tarea de comenzar desde el recóndito deseo, frente a la imagen inamovible del ícono. En ese sentido, la propuesta del libro es el re-set de un culto popular que, vuelto poema revendida la necesidad de una rebeldía reveladora de su propia fortaleza.

Si bien no es de mi gusto el «cálatos» me pregunto si decirlo de otra manera no sería perder la ocasión de subrayar la peruanidad profunda de su autor. De la misma manera, el hambre de las gaviotas devuelve al sujeto a la frágil condición de quien duda de «este cuaderno» despojándolo incluso de la gracia (divina) que lo precedió. Por lo que se encomienda al tú tumultuoso que nombra «floresta» entre «deshechos alhelíes» como imperativo de entrega reiterada, no importando si el encuentro es posible. La superposición de lo banal con lo culto acentúa además la adversidad cuando por ejemplo en la aliteración de «fanales que afanan» el animal urbano y coloquial se debate entre el estar y el ser: la referencia a dichas plantas es evocador de lo que en la mitología griega simbolizaba también la muerte y el más allá. Como si al ser nuevamente arrojado al mundo se tuvieran todas las de perder, a menos que no se abrigue la certeza de una flor que renace como victoria y como el canto, que para el poeta es la forma suprema del amor.

El milagro segundo en Virgen de Guadalupe (que no se nombra como tal) está en el poema que surge con la mecánica aprendida de la experiencia anterior «tarde abolida o detritus de la canción que perdí ayer» como si la voz dijera «porque la perdí, vuelvo al jardín y al comienzo... despojado de melodía, en una suerte de a capella» (las comillas las puse, no son cita). En este caso, lo material, el cuerpo físico, se inmoviliza en la percepción de «esta página» o «la canción que aquí te toco». Con lo cual la vuelta al deleite salvador se impone como necesidad de hallar el espejo verbal de lo carnal (ya no en el mar, sino en la piscina –agua inmovilista–) «con el oratorio de esta fantasía». Y cuando aparece el «gozne» en lugar de su sinónimo «bisagra» nos invita a una subjetiva e hipotética formulación en que el fonema «n» se mantiene en equilibrio o es puente de la confrontación entre dos mundos, volver a los opuestos es necesario para el «encuentro fronterizo semejante al vértigo» generador de «goce». La delgada fantasía de la amada, como bálsamo sanador de la soledad intra-muros, devuelve al sujeto a la plegaria «vuélveme a sonreír piadosa alucinación» arrastrada por la bahía de Lima hasta su norte natal, en el canto de la chiroca.

Y el milagro tercero que tampoco se llama así, es un tercer poema, dedicado esta vez al poeta Javier Sologuren, importante figura de los años 50, a quien Santivañez rinde homenaje en un estilo pulido que rememora lo importante que es el peso del silencio y la idea de la pureza.

La caída de la tarde en Gardesana, como en los poemas anteriores, no es el final del día sino la permisión del amor nuevamente, tan carnal como soñado. Y el poema y el libro terminan con la magia como recompensa, la Gardesana que es gentilicio de los habitantes del Lago de Garda en Italia sería, en esta modesta lectura, una referencia a la guardiana innombrable de esas aguas que el poeta venera, por tratarse del ente dinámico que perpetúa el don, surtidor de los deseos y del secreto de la curación de los males.





















jueves, enero 15, 2026

«Shalom», de Samih al-Qasim

Versión de Juan Carlos Villavicencio




Deja que otro cante la paz,
la amistad, la fraternidad y la armonía.
Deja que otro cante acerca de los cuervos.
            Alguien va a aullar por las ruinas en mis poemas
            por el oscuro búho que acecha los restos de las palomas.
Deja que otro cante la paz,
            mientras murmura el grano con el viento en el campo,
            anhelando el eco de la canción de los segadores.
Deja que otro cante la paz,
Mientras allá, tras las cercas de púas,
            en el corazón de las tinieblas,
            los campamentos se acobardan.
Sus habitantes
se refugian en la tristeza y en la ira
y en la tuberculosis de la memoria.
Mientras allá, la vida se apaga
para nuestro pueblo,
para los inocentes que nunca hicieron daño en su vida.
Y mientras tanto, aquí,
tanto ha llovido… con tanta abundancia…
Sus antepasados plantaron tanto para ellos,
            como, por desgracia, también para los demás.
Esta herencia –los dolores de tantos años– les pertenece ahora.
Así que dejen que los hambrientos coman hasta hartarse.
Y dejen que los huérfanos coman las sobras del banquete del mal.
Deja que otro cante la paz.
Porque en mi país, en sus valles y colinas 
la paz ya ha sido asesinada.



1964













miércoles, enero 14, 2026

«Delia», de Albio Tibulo

Fragmento de la segunda parte / Traducción de Enrique Otón Sobrino






Echa vino y en el alcohol ahoga tus recientes sufrimientos,
que de quien está agotado de sus ojos vencidos se apodere el sueño,
y nadie al aturdido en sus sienes por el mucho vino
despierte, mientras se apacigua su desgraciado amor.
Pues colocada le ha sido a nuestra amada una huraña custodia, 
se cierra también con inexorable cerrojo la firme puerta.
Puerta de un señor intratable, azótete la lluvia,
te sacudan los rayos enviados por mandato de Júpiter.
Puerta, ahora ábrete sólo para mí, vencida por mis lamentos,
y girando furtivamente tu gonce al abrirte no chirríes. 
Y si algunas maldiciones contra ti profirió mi locura,
perdónalas: sobre mi cabeza caigan, pido.
Es bueno te acuerdes de las incontables cosas que he pronunciado con voz
suplicante, al poner guirnaldas de flores en tu viga.
Tú a tu vez, sin timidez a tus guardianes, Delia, burla. 
Hay que tener resolución: a los valientes ayuda Venus en persona.
Ella se muestra favorable, bien un joven nuevos umbrales, huella,
bien abre con una llave dentada la muchacha sus puertas.
Ella enseña a echarse abajo a hurtadillas del blando lecho,
a poder poner el pie en el suelo sin ruido ninguno, 
ella en presencia del marido a intercambiar expresivas señas
y a disimular tiernas palabras en amañadas notas.
Y no enseña esto a todos, sino a los que ni retrasa la indecisión
ni frena el temor a levantarse en la oscura noche.
Heme a mí cuando a oscuras vago angustiado por toda la ciudad 
………………………………………………………………………………
y no consiente que nadie se encuentre conmigo, que mi cuerpo a hierro
hiera o encuentre ganancia, robándome la túnica.
Cualquiera que está poseído del amor, vaya seguro y también sagrado
a donde guste: temer asechanzas no es sensato. 
No me hacen daño los fríos, que entumecen, de la noche invernal,
tampoco a mí, cuando la lluvia cae con su mucho aguacero.
Este contratiempo no me daña, con tal de que Delia descorra la puerta
y me llame en silencio con el chasquido de su dedo.
Cerrad los ojos, hombre o mujer que se me haga 
encontradizo: que queden ocultos los secretos amoríos quiere Venus.
No me asustéis con el crujido de vuestros pasos, no preguntéis mi nombre
ni traigáis cerca luminarias de resplandeciente tea.
Y, si alguien, imprudente, lo viera, lo oculte
y por todos los dioses jure no acordarse, 
pues cualquiera que fuese deslenguado, ese que de la sangre ha nacido
Venus y del proceloso mar ese lo ha de experimentar.
Mas ni de él se fiará tu esposo, según a mí una veraz
hechicera me ha prometido con su mágico oficio.
Yo la he visto del cielo hacer bajar las estrellas 
y de una rauda corriente cambió el sentido con su conjuro,
ella con su hechizo abre la tierra y a los muertos de sus sepulcros
hace salir y bajar los huesos de la humeante pira.
Ahora contiene con su mágico murmuro las catervas infernales,
ahora les ordena volverse atrás, rociadas de leche. 
Cuando quiere, ella despeja de nubes un sombrío cielo,
cuando quiere, llama a las nieves en plena estación estival.




en Carmina / Poemas, BOSCH, Barcelona, 1983















martes, enero 13, 2026

«Pancho Rojas», de Manuel Rojas




 
Para Enrique Espinola


No podría decir a qué hora murió Pancho Rojas. Sospecho que murió al amanecer, instante que me parece el más angustioso para morir: irse cuando nace el nuevo día, un nuevo día que uno no vivirá, debe ser más duro que irse al caer la tarde, cuando se espera el sueño y cuando sueño y muerte se confunden.

Y no es por crueldad que me inclino a creer que murió al venir el día: la violenta posición de su cuerpo, que parecía hundido en la tierra, así me lo hizo suponer. No murió apaciblemente.

Al encontrarlo, boca abajo, sobre el pasto lleno todavía de rodo, y levantar su cabeza para mirarlo, tuve un estremecimiento: la cara estaba cubierta de pequeñas hormigas rojas, algunas de ellas amontonadas sobre los cerrados párpados” trabajando tal vez para atravesarlos y llegar a las pupilas.

Solté la cabeza, que cayó de nuevo sobre el pasto, y me enderecé. Estábamos solos, en aquel rincón, el muerto y yo. Era un día de otoño, de un otoño seco y brillante. Los primeros picaflores llegaban ya desde el sur y se les veía bailar ante los caquis maduros, hundiendo el agudo pico en la amarillenta corteza.

No sentí tristeza, sino más bien lástima o piedad; algo hondo, de todos modos. Pancho Rojas, sin ser de la familia, era considerado como uno de sus miembros. Llevaba dos años viviendo en la casa, y aunque entre él y nosotros existía solo una relación física, que es la única que suele existir entre muchos seres, esa relación era, felizmente, simpática, por lo menos para mí y para los míos. Pertenecíamos, por lo demás, a mundos diferentes, y esa diferencia impedía cualquiera otra aproximación.

No sabía nada de su vida anterior. ¿Dónde había nacido? ¿En qué lugares vivió sus primeros días? Nunca lo supe. Suponía, sí, que era oriundo de algún lugar de la costa central de Chile y que sus primeros días los había vivido sobre las lomas o en las quebradas, en los pantanos o en las vegas de esa región, quizá cerca de alguna laguna, como la de Cáhuil, por ejemplo, o como la de Boyeruca, o en los valles que cortan por allí la cordillera de la costa.

Al mirarlo y ver su fina estampa, su cuerpo esbelto, su andar elegante, su vestimenta impecable, sentía una gran ternura: me recordaba pasados y hermosos días, mañanas de sol y viento, amaneceres con húmedas neblinas, espacio, tranquilidad, rumores, soledad, y me parecía ver, entre todo ello, a hombres que algo tenían que ver con él, de tez morena y ojos claros, sencillos y callados, que llevaban apellidos de la tierra, pero que tanto podían parecer mapuches o changos como vascos o andaluces. Me recordaba también el canto y el vuelo de los pájaros, el grito sorpresivo y el vuelo brusco de la perdiz de mar, el quejumbroso lamento del pilpil, el vuelo rasante, sobre el agua tranquila de las lagunas, del rayador, el caminar urgente del pollito de mar. Sí. Me recordaba todo aquello, formaba parte, aun desde lejos, de todo aquello, que existía siempre, pero de lo cual él y yo nos encontrábamos separados y parte de lo cual estaba perdido para él y para mí.
Hice lo imposible por llegar a tener con él más estrechas relaciones. Nunca lo logré. Algo, muy importante, que yo no podía traspasar ni derribar, nos separaba. Cada vez que intenté acercarme a él, fracasé. Se apartaba, y desde lejos, mirándome de lado, parecía decirme:
—¿Por qué pretendes convertirme en algo tuyo? Déjame ser como soy. No quiero llegar a ser uno de tus hijos, como tu mujer o como uno de tus zapatos, algo doméstico y manoseado. Si represento para ti la imagen de una vida libre y salvaje, déjame ser salvaje y libre, aunque dependa de ti para subsistir; y aunque a veces tengas que cortarme las alas para impedirme regresar a mi mundo.

Su ojo rojo me miraba, en tanto, recogida una de sus largas patas, permanecía inmóvil sobre el pasto.

Yo callaba. ¿Qué podía decirle? Callaba, sintiendo en el corazón el dolor de su reproche. Era cierto: cada dos o tres meses el jardinero lo tomaba, no sin que tuviese que correr tras él durante un largo rato, y le despuntaba las alas, soltándolo después. Era una crueldad, pero no quería perderlo. Me gustaba mirarlo y lo miraba durante horas enteras, observando sus movimientos, contemplando y admirando su desenvoltura, su soledad, su orgullosa independencia. Me lo había regalado un amigo:
—A ti te gustan los pájaros —me dijo—; a mí también, pero a mi gente le molesta el grito que da éste. Te lo regalo.

Había sido un regalo, pues, un regalo de un amigo estimado que regala algo estimable también: un pájaro, un pájaro que llegó a ser para mí una vertiente inagotable de recuerdos. Allá, en los lugares en que nací, en los alrededores de Buenos Aires, también lo había, aunque era llamado por otro nombre. Desde niño escuché su grito y lo vi volar sobre los campos de mi ciudad natal, de Rosario, de Mendoza, de Córdoba, ¿y, ya hombre, a lo largo de la costa central de Chile, en los potreros, en los pantanos y en las vegas del valle central, en la laguna de Cáhuil, en las lomas marítimas de Valparaíso y Colchagua, y su grito, que tenía la virtud de volverme inmediatamente hacia el pasado, me recordaba todo lo que en esos lugares había yo visto, admirado y amado. ¿Cómo resignarme a perderlo? En ocasiones, aun a costa de sus sentimientos y a trueque de parecer falto de piedad, el hombre se decide a perder o abandonar lo que ama o lo que admira.

Él no veía nada en mí —si es que un pájaro puede llegar a ver algo en un hombre—: yo no era elegante ni independiente, no era tampoco hermoso, ni tampoco representaba un mundo que valiera algo para él. Me desconocía. Yo, en cambio, lo conocía; conocía sus costumbres, su carácter, sus movimientos, esa rápida carrerita, ese casi imperceptible encogerse de hombros, un movimiento como de desconfianza o tal vez como de displicencia, movimiento que hace decir a los argentinos, al encontrarse ante un hombre que quiere evitar un problema o sacar el cuerpo a una responsabilidad: «No me venga con agachadas de tero». Sabía la artimaña a que recurre para evitar que los intrusos descubran su nido, artimaña que inspiró a José Hernández los famosos versos:
 
De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pega los gritos
y en otro tiene los güevos.
 
Pancho Rojas estaba incorporado a la sabiduría popular y a la poesía epopéyica. Valía, pues, más que yo, modesto empleado público, de quien jamás nadie diría nada, mucho menos un poeta.

Sí, lo conocía. Terutero en Argentina, queltehue y tréguil en Chile, queroquero en Brasil, en todas partes era igual, conocido aquí y allá. Mi hija lo bautizó.

—¿Cómo lo llamaremos? —me preguntó, cuando lo solté sobre el pasto, en el jardín, y lo vimos alejarse, un poco agarrotadas las finas patas, luego de sacudir las alas, quizá para librarlas del pesado recuerdo de mis manos.
—Ponle el nombre que gustes —contesté.
—Me gusta Francisco —dijo, mirando al pájaro, que nos miraba de lado con sus ojos color carmesí.
—Me parece bien: mi abuelo se llamaba Francisco y ése es también mi segundo nombre.
—Pancho Rojas, entonces, papá.
—Eso es: Pancho Rojas.

No solo Hernández había hablado de él. Otros, tan valiosos como él, Hudson entre ellos, que lo observó en libertad y describió sus juegos, sus marchas, sus pasiones. Era un pájaro con historia en manos de una familia anodina.

Y ahora estaba muerto.

En ocasiones, para hacerme grato a sus ojos, le buscaba algunas lombrices, hurgando con una palita la tierra más húmeda y sombría del jardín. Me costaba mucho hallarlas, y, por fin, cuando ya tenía cinco o seis, se las ponía sobre un papel y se las arrimaba. Desconfiado, no se acercaba hasta que yo, sabiendo de su desconfianza, me alejaba unos pasos. Entonces se aproximaba al papel y en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos, las devoraba. Una vez, mientras intentaba arreglar un artefacto de la casa, abrí la cámara en que estaba la llave maestra del agua: había allí decenas de chanchitos, gordos, relucientes.

«Qué banquete para Pancho Rojas», pensé.

Los saqué todos y se los llevé. Los comió con la rapidez con que una gallina hambrienta come el maíz que se le arroja al suelo. Fue un picoteo vertiginoso; no se le escapó uno solo.

Después de procurarle esos atracones, pensaba que tendría o sentiría algún agradecimiento hacia mí y que, en consecuencia, me dejaría acercarme a él y quizá me permitiría tomarlo y acariciarlo. No, señor. Se retiraba como siempre, levantaba una pata y me miraba con su ojo rojo, alzando al mismo tiempo su copete.

—No —parecía decirme—. Me has dado de comer y te lo agradezco, pero no quieras aprovecharte de ello para convertirme en lo que no quiero ser. Si quieres algo doméstico, búscate un perro.

Concluí por acostumbrarme a su independencia y se la respeté, pero no me decidí a soltarlo. Ahí estaba mi debilidad. Mirándolo y reflexionando sobre su conducta y la mía, llegué a pensar que los hombres cometen una crueldad al obligar a la mansedumbre, a la domesticidad y a veces a la servidumbre, a aquellos a quienes alimentan o favorecen. «La piedad y la caridad no son generosas —pensaba—. Exigen más de lo que dan: unas lombrices, a cambio de la domesticidad; un poco de sopa, a cambio del sometimiento a nuestras ideas, a nuestras creencias o a nuestras costumbres».

El queltehue, felizmente, Pancho Rojas, no era un ser humano, y vivió y murió como deberían vivir y morir todos los animales y todos los hombres: libremente, sin sometimientos.

Era preciso enterrarlo en alguna parte del jardín, pero no debía hacerlo yo; deberían hacerlo los niños, que estaban más cerca que yo del ave, libres y un poco salvajes aún, aunque no tanto como Pancho Rojas: mi paternidad ya los había manoseado un poco. Hubo una conferencia.

—Lo enterraremos en el jardín.
—Claro. ¿Lo pondremos en una cajita?
—No. Mejor sin caja.
—¿Y qué le pondremos encima? ¿Una cruz?
—¿Para qué? Es un pájaro, y una cruz no significa nada para un pájaro.
—Así, suelto, entonces.
—Claro, en la pura tierrita, sin caja ni cruz.
—Le pondremos unas flores.
—Sí, pero no muy finas; unos cardenales.
—¿Y debajo de qué árbol lo enterramos?
—Debajo de cualquiera.
—¡Debajo del maitén, papá!
—Muy bien: debajo del maitén.

Allí quedó, bajo tierra, con unos cardenales y unos alelíes encima, unos alelíes tardíos, rojos como sus pupilas.

«Aquí yace Pancho Rojas, el queltehue», decía el papel que los niños pusieron sobre su tumba, atado a una varilla. Pero el letrero duró poco: el jardinero, en la primera regada, barrió con papel y varilla. Mejor. No venía bien, sobre la tumba de un ser libre y salvaje, una flor ni un papel, mucho menos un epitafio. Pancho Rojas valía más por lo que era que por lo que de él se podía decir.
















lunes, enero 12, 2026

«Manifestación», de Hanan Ashrawi

Traducción de Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte





El neumático arde en una cuadra vacía.
Un niño, con los bolsillos llenos de
piedras cuidadosamente recogidas,
mira fijamente a la patrulla del ejército.

En su funeral cantamos
«Madre del mártir, alégrate,
todos los jóvenes son tus hijos».



Ramallah, 1976







en Antología de Poesía de la Resistencia Palestina
Descontexto Editores, 2024





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domingo, enero 11, 2026

«Los tejedores de Silesia», de Heinrich Heine




 
Con ojos secos, lúgubres y ardientes,
Rechinando los dientes,
Se sienta en su telar el tejedor:
¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!
Tres maldiciones en la tela urdimos;
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Dios que implora en vano,
En invierno tirano,
Muerto de hambre el jayán en su obrador!
¡En vano fue la queja y la esperanza!
Al Dios que nos burló, guerra y venganza:
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso rey del poderoso
Cuyo. pecho orgulloso
Nuestra angustia mortal no conmovió!
¡El último doblón nos arrebata,
Y como a perros luego el rey nos mata!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Maldito el falso Estado en que florece,
Y como yedra crece
Vasto y sin tasa el público baldón;
Donde la tempestad la flor avienta
Y el gusano con podre se sustenta!
¡Adelante, adelante el tejedor!

¡Corre, corre sin miedo, tela mía!
¡Corre bien noche y día,
Tierra maldita, tierra sin honor!
Con mano firme tu capuz zurcimos:
Tres veces, tres, la maldición urdimos:
¡Adelante, adelante el tejedor!




en Asalto al cielo, Editorial Arte y Literatura, Cuba, 1975














sábado, enero 10, 2026

«El torrente del río», de Po Chu Yi

Traducción de Ricardo Silva-Santisteban






Frío y calor, ocaso y aurora, la rueda gira sin cesar.
Antes de advertirlo, han pasado dos años desde mi llegada a Chungchow,
En mi apartada morada, sólo escucho el tambor de la mañana 
       y de la noche.
Desde la glorieta contemplo navíos yendo y viniendo.
La canción de la oropéndola me induce a pasear bajo las flores.
El color de la hierba me invita a sentarme junto al estanque.
Lo único que se me otorga como perenne delicia es contemplar
el torrente del río remolineando en derredor de guijarros y de rocas.








Publicado por Vallejo & Co., 10 de febrero, 2015











viernes, enero 09, 2026

«El pueblo», de Sándor Petöfi

Traducción Andrés Simor y Eliseo Diego




Con una mano en el arado
y Ia otra al arma prendida,
va el pobre, buen pueblo andando,
sangre o sudor derramando
mientras le dure la vida.

¿A qué el sudor que le corre?
Si todo lo que quisiera
para cubrirse o comer,
de sí misma, puede ser
que madre tierra le diera.

Y si el enemigo viene,
¿a qué la sangre, la espada?
¿Por la patria?… ¡Si es un hecho
que donde hay patria hay derecho
y el pueblo no tiene nada!



1846





en Asalto al cielo, Editorial Arte y Literatura, Cuba, 1975














jueves, enero 08, 2026

«El amor que no me asusta», de Joan Margarit





Lejos de los amores feroces del origen, 
y lejos del amor que, a modo de refugio, 
la mente siempre inventa, el amor 
que ahora me consuela es sin urgencias.
Cálido, respetuoso: amor de sol de invierno.
Amar es descubrir 
una promesa de repetición
que tranquiliza.

Estos poemas hablan de esperar, 
porque el amor es siempre una cuestión 
de las últimas páginas.
Ningún otro final podría estar 
a la altura de tanta soledad.


 
en Misteriosamente feliz, Visor, 2009