Traducción de León Blanco con la colaboración de G. Leogena
Cuando fue tiempo de embalsamarla,
me rehusé a entrar en el salón de los escalpelos.
¿Qué más hay que cortar con precisión
que vacíe al cuerpo aun más allá de la muerte?
¿Qué mueve a las manos hacia el terreno del arte
para drenar la sangre, infundir nuevo rostro a la forma,
y dar tono a la piel para una vista final?
Al caer el sol, salió ella en vestido floral,
no escogido por mí sino que fui incapaz de doblarlo y guardar
mientras moría, en intervalos de aguijones y drogas
para detener el reflujo, aun cuando maldecía
como solía hacerlo, con toda la rabia que podía determinar
la determinación que había tomado yo, la que presté a sus batallas
y reclamé al verla marchitarse
para reconfortar a los vivos. Ese cuerpo
gradualmente ictérico abracé
en estupor de ambas –en su fracaso
y en mi rendición, cuya tibieza menguó
con la canción que cantaba en el fallido recuento
de una tarde en su juventud– de un hombre, no mi padre,
que saltó a su vida e hizo vacilar su corazón
respecto a un futuro que al final me engendró
Las hojas otoñales vagan por mi ventana
Las hojas otoñales de oro y escarlata
La voz no conocida por cantar
en la cadencia de estaciones no invitadas
Veo tus labios que el verano besa
En sus más gruesos labios y mejillas había demasiado color,
lejos de la elegancia que se empleó en perfeccionar,
la belleza cantaba para animarnos a través de las décadas
del padre único que conocí solearse
en el ritmo tanto como en la gracia
de esta mujer, embalsamada para el adiós,
llenándome con la canción de
Las bronceadas manos que yo solía sostener
en Festival Internacional de Poesía de Medellín, 19 de marzo, 2015

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