sábado, enero 03, 2026

«El imperialismo cambia pero no se arrepiente», de Eduardo Galeano





Mientras Lenin escribía su obra fundamental sobre el imperialismo, en la primavera de 1916, las potencias imperialistas disputaban a sangre y fuego el dominio del mundo.

Este siglo nuestro transcurre a la velocidad de varios milenios. Ya en la segunda guerra de redivisión imperialista, gracias a los progresos en el arte de arrasar las tierras y los cielos para matar al prójimo, fue posible superar la cosecha del horror: los sobrevivientes contaron diez veces más cadáveres que en la primera guerra mundial. Y hoy, nuevas faenas empequeñecen las hazañas pasadas. Sobre un pequeño y pobre país del sudeste del Asia, se han descargado ya, en una guerra no declarada, más bombas que las que sufrieron, juntos, Alemania, Italia y el Japón en los años cuarenta. El mismo gigante que sumerge a Vietnam en tan caudaloso baño de sangre, lanza simultáneamente astronautas a la lejana superficie de la luna. Von Braun se preocupa por las materias primas: «En 1972», anuncia, «pensamos colocar en órbita, a 400 kilómetros de altitud, una estación laboratorio… Desde esta maravillosa plataforma de observación, podremos explorar todas las riquezas de la Tierra: los pozos de petróleo desconocidos, las minas de cobre y de zinc…». A medio siglo largo del libro de Lenin, el capitalismo monopolista ha demostrado que tiene más de siete vidas y el imperialismo, su transpiración natural, sobrevive con insospechado vigor, integrado ahora en torno a una gran potencia central. Pero los instrumentos de este sistema universal de explotación, ya no son solamente los que Lenin describió. El imperialismo ha evolucionado y se ha hecho más eficaz, tanto para matar como para robar. Ha pulido sus métodos, ha invadido nuevas áreas de actividad y ha forjado modelos de sometimiento no conocidos en vísperas de la revolución rusa. En la era de las computadoras electrónicas, las «corporaciones multinacionales» no cuentan sus ganancias, por cierto, con los dedos de las manos.

Las pocas páginas de este trabajo, homenaje modestísimo a la obra genial y la vida ejemplar de Lenin, solamente aspiran a proporcionar, casi telegráficamente, algunos datos e ideas que podrían contribuir a bosquejar ciertos rasgos nuevos en el sistema de cacería de los mercados y las riquezas naturales del mundo. Nos ocupamos, sobre todo, del imperialismo en América latina y en la hora actual: un engranaje de conquista, dominación, extorsión y saqueo, en el que no faltan algunas características engañosas.


Colonialismo y dependencia

En «El imperialismo, última etapa del capitalismo», Lenin había advertido, refutando a Kautsky, que la dominación internacional del capital financiero no atenúa la desigualdad ni las contradicciones de la economía mundial, sino que las acentúa. El tiempo ha transcurrido y le ha dado la razón. Las desigualdades se agudizan. Las investigaciones históricas han demostrado que, hacia mediados del siglo 19, las distancias que separaban nivel de vida de los países ricos y los países pobres, eran mucho menores que en la actualidad. La brecha se extiende: en 1850, la renta per cápita de los países industrializados excedía en un 50 por ciento a la de los países subdesarrollados. Para tener una idea del progreso alcanzado en el desarrollo de la desigualdad, basta con dar la palabra al presidente Richard Nixon: «…y pienso en cómo será este hemisferio, el nuevo mundo, al final de este siglo. Y considero que si el actual ritmo de crecimiento de Estados Unidos y del resto del hemisferio no ha cambiado, al final de este siglo el ingreso per cápita en Estados Unidos será quince veces más alto que el ingreso por persona de nuestros amigos, nuestros vecinos, los miembros de nuestra familia en el resto del hemisferio» [1].

En nuestros días, el imperialismo no requiere administraciones coloniales del viejo tipo. El arcaico modelo del dominio portugués sobre Angola y Mozambique no es, hoy, el más «cómodo». Por el contrario, implica una serie de gastos y de inconvenientes prácticos, y brinda una imagen pública muy poco seductora. Lenin pudo describir la realidad de su tiempo, diciendo que «naturalmente, para el capital financiero, la subordinación más beneficiosa y más ‘cómoda’ es aquella que trae aparejada consigo la pérdida de la independencia política de los países y de los pueblos sometidos». En su informe ante el vigésimo segundo Congreso, en 1961, Nikita Jruschov llegó a la conclusión de que «el imperialismo ha perdido irremisiblemente el dominio sobre la mayor parte de los pueblos».

Según el, sin contar a los países socialistas, el 40,7 por ciento de la población del mundo había conquistado la independencia después de 1919, y el total de colonias, semicolonias y dominios sólo abarcaba, a principios de la década del 60, a menos del 3 por ciento de la población mundial. «Las revoluciones nacionales liberadoras han asestado un golpe demoledor a la Bastilla colonial», decía Jruschov. «Sobre los escombros de los imperios coloniales han surgido cuarenta y dos Estados soberanos».

En este sentido, bien puede decirse que América latina es, dentro del Tercer Mundo, una zona profética. La independencia política de casi todos los países latinoamericanos, arranca de principios del siglo 19. Fue a través de esa independencia, sin embargo, que América Latina consolidó su dependencia. Los mercaderes librecambistas «nacionales» sustituyeron en el poder a los virreyes «extranjeros», pero fue entonces que se produjo, ya sin obstáculos, la completa incorporación de la región entera al esquema de división internacional del trabajo que tenía a Inglaterra por epicentro dominante. Las palabras «soberanía» e «independencia» no eran, ni son, en la mayoría de los casos, más que un homenaje oral que el vicio rinde a la virtud: en los hechos la mayor parte de los países latinoamericanos no dispuso nunca del control de sus propios mercados internos ni del destino del excedente económico generado por sus fuerzas productivas; el dominio de sus riquezas básicas ha estado siempre en manos extranjeras ya sea por medio de la apropiación directa de las fuentes de producción de materias primas y alimentos o bien a través del monopolio de la demanda en los mercados internacionales; las humillantes condiciones de la «asistencia financiera» han funcionado desde siempre al servicio de la penetración de mercaderías y capitales extranjeros. Exactamente un siglo después de la independencia de la Argentina, Lenin pudo definirla como una semicolonia británica, y advirtió que «el capital financiero es una fuerza tan considerable, por decirlo así tan decisiva en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los estados que gozan de una independencia política completa…». Posteriormente, este país latinoamericano, quizás el más afortunado en sus relaciones con el imperialismo, vivió un proceso de industrialización bastante intensa y de urbanización acelerada; Buenos Aires es hoy una de las capitales más grandes y atractivas del mundo. Pero ello no impide que la Argentina pueda ser considerada actualmente semicolonia norteamericana, al menos en lo que tiene que ver con su agobiante dependencia financiera respecto de Washington, y con la omnipotencia de que gozan, en su mercado interno, las inversiones directas de las corporaciones de los Estados Unidos.

Los hilos que forman la densa urdimbre del poder imperialista, se han multiplicado y afinado. No por casualidad, el proceso de integración mundial del capitalismo en torno a la hegemonía norteamericana, proceso ardiente de tensiones conflictos, ha coincidido con el irreversible ocaso de las viejas potencias coloniales y sus métodos de dominio. El eminente antropólogo brasileño Darcy Ribeyro describe así la nueva situación americana: «Hegel, en su estudio clásico sobre la filosofía de la historia, vaticinó la guerra entre los pueblos latinos y anglosajones de las Américas. Esta guerra ya tiene lugar. Sin embargo, los movimientos de tropas y las batallas campales, han sido sustituidos por conspiraciones, sobornos, contratos, intimidaciones, cuartelazos, programas de estudios sociológicos, proyectos económicos y campañas publicitarias. Por estos medios de presión y compulsión, Estados Unidos implanta, extiende y fortalece un sistema de dominación que nos impone su propio proyecto de explotación de nuestros recursos, de organización de nuestras sociedades, de reglamentación de nuestra vida política, de determinación de la cuantía de nuestra población y de fijación de nuestro destino».[1]


Las inversiones cambian de rumbo

A partir de la primera guerra mundial se asiste, como es sabido, a un repliegue de los intereses europeos en ciertas áreas subdesarrolladas del mundo. En América latina, por obvias razones geopolíticas, el arrollador avance del imperialismo norteamericano se produce con anticipación y con mayor impulso que en otras regiones; a fines de siglo, ya el Caribe era un Mare Nostrum de los Estados Unidos. Cuando Lenin escribió su libro sobre el imperialismo, sin embargo, el capital de los Estados Unidos aún representaba menos de la quinta parte del total del capital privado extranjero, en inversión directa, en América latina; hoy abarca cerca de las tres cuartas partes. Nos interesa, aquí, advertir que desde la segunda guerra mundial en adelante, se produce un cambio importante en el destino de estas inversiones. La tendencia es clara. Van perdiendo importancia relativa los capitales aplicados a servicios públicos y a minería, en tanto aumenta la proporción de las inversiones en petróleo y, sobre todo, en la industria manufacturera. Hace cuarenta años, la inversión norteamericana en industrias de transformación sólo representaba el 6% del valor total de los capitales de Estados Unidos en América latina; en 1960, la proporción rozaba ya el 20% y en la actualidad las manufacturas comprenden casi la tercera parte de las inversiones totales.

Los tres países mayores de América latina –Argentina, Brasil y México– son los que ofrecen mercados más seductores al capital industrial extranjero. La Organización de Estados Americanos, OEA, tradicional «Ministerio de Colonias» de los Estados Unidos, describe así el proceso: «Las empresas latinoamericanas van teniendo un predominio sobre industrias y tecnologías ya establecidas y de menor sofistificación, y la inversión privada norteamericana y probablemente también la proveniente de otros países industrializados, va aumentando rápidamente su participación en ciertas industrias dinámicas, que requieren un grado de avance tecnológico relativamente alto y que son más importantes en la determinación del curso del desarrollo económico».[3] La penetración es exitosa; el dinamismo de las fábricas norteamericanas al sur del río Bravo resulta mucho mayor que el de la industria latinoamericana en general. De los datos del Departamento de Comercio de los Estados Unidos y del Comité Interamericano de la Alianza para el Progreso, se deduce que, para un índice 100 en 1961, el producto industrial en la Argentina pasó a ser de 112.5 en 1965, y en el mismo período las ventas de las empresas filiales de los Estados Unidos subieron a 166.3. Para el Brasil, las cifras respectivas son de 109.2 y 120; para México, de 142.2 y 186.8.

De las cincuenta mayores empresas argentinas, que facturan ventas por más de 7 mil millones de pesos anuales, la mitad del valor total de las ventas pertenece a empresas extranjeras, un tercio a empresas del estado y sólo un sexto a sociedades privadas nacionales.[4] En 1962, dos empresas de capital privado argentino figuraban entre las cinco empresas industriales más grandes de América latina; en 1967, ambas habían sido ya capturadas por el capital extranjero.[5] La encuesta del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Federal de Río de Janeiro, publicada en 1965, reveló que de los 55 grupos privados multibillonarios de la economía brasileña, 29 eran extranjeros, 24 nacionales y 2 de capital mixto; de los nacionales, apenas 9 no tenían ligazones accionarias con grupos o empresas extranjeras. Una posterior investigación del Congreso brasileño aportó nuevos datos muy elocuentes sobre el proceso de vertiginosa desnacionalización de la industria de este país.[6] Un ministro del gobierno puede decir, públicamente, en 1969: «Fuerte, en el Brasil, además del propio gobierno, sólo existe el capital extranjero, salvo honrosas excepciones».[7] Su afirmación no es sólo válida para el Brasil. Según datos publicados en 1962, de las 100 empresas más importantes de México, 56 están total o parcialmente controladas por el capital extranjero, 24 pertenecen al estado y 20 al capital privado mexicano.[8] Estas 20 empresas privadas mexicanas, de capital nacional, apenas participan en un 13.5 por ciento en el volumen total de ventas de las 100 empresas consideradas.

Exceptuando el caso del petróleo y de algunos servicios públicos, actividades en las que el estado predomina claramente en Argentina, Brasil y México, la casi totalidad de las demás empresas incluidas en las investigaciones que aquí reseñamos, están dedicadas a la industria de transformación, y es en ellas donde sobresalen las filiales del exterior. Si así aparece la situación de los países más fuertes de América latina, resultaría redundante extenderse en ejemplos sobre la penetración extranjera en la frágil industria de los más débiles. La gran mayoría de estas inversiones manufactureras, anotemos de paso, pertenece a las corporaciones norteamericanas. Hay empresas europeas, sin embargo, con intereses nada despreciables en la región. Volkswagen do Brasil, la mayor fábrica de automóviles de América latina es, por ejemplo, alemana.

El interés de las corporaciones imperialistas por apropiarse del crecimiento industrial latinoamericano y capitalizarlo en su beneficio, no implica, desde luego, un desinterés por todas las otras formas tradicionales de explotación. Es verdad que el ferrocarril de la United Fruit en Guatemala ya no era rentable, y que la Electric Bond and Share y la International Telephone and Telegraph Corporation realizaron espléndidos negocios cuando fueron nacionalizadas en el Brasil, con indemnizaciones de oro puro a cambio de sus instalaciones de «fierro viejo». Pero el abandono de los servicios públicos a la búsqueda de actividades más lucrativas, no se repite en el caso de muchas materias primas y alimentos. Esto es particularmente cierto en lo que tiene que ver con los minerales. Si bien también los minerales registran un descenso relativo en el volumen total de las nuevas inversiones, la economía norteamericana no puede prescindir de los abastecimientos vitales que le llegan del sur.

En «La era del imperialismo», Harry Magdoff ha demostrado que aumentan cada vez más las necesidades norteamericanas de hierro, cobre y una larga serie de materiales estratégicos; la proporción de importaciones crece a medida que va disminuyendo la producción interna de los Estados Unidos. Otro tanto ocurre con el petróleo. En el Brasil, al fin y al cabo, los espléndidos yacimientos de hierro del valle de Paraopeba derribaron dos presidentes antes de ser gentilmente cedidos a la Hanna Mining Co.; el cobre tiene seguramente algo que ver con la desproporcionada ayuda militar que Chile recibe del Pentágono; la bauxita no fue ajena a la conspiración para derribar a Cheddi Jagan en Guyana; el manganeso de Cuba explica, con más fuerza que el azúcar, la furia ciega del Imperio; en Venezuela, el gran lago de petróleo de la Standard Oil y la Gulf, tiene su asiento la mayor misión militar norteamericana en América latina.

Pero todo ello no impide subrayar la importancia de este fenómeno nuevo, muy posterior a la época de Lenin: la captura de los mercados por dentro. Las filiales de las corporaciones norteamericanas y europeas saltan de un solo brinco las barreras aduaneras latinoamericanas, paradójicamente alzadas contra la competencia extranjera, y se apoderan de los procesos internos de industrialización. Exportan fábricas o, frecuentemente acorralan y devoran a las fábricas nacionales ya existentes. Cuentan, para ello, con la entusiasta ayuda de la mayoría de los gobiernos de América latina.


¿Bajo el signo del progreso?

«La exportación del capital», escribió Lenin, contradiciéndose, «influye sobre el desarrollo del capitalismo en los países en que aquel es invertido, acelerándolo extraordinariamente». La experiencia histórica ha demostrado que no. El imperialismo que Lenin conoció —la rapacidad de los centros industriales a la búsqueda de mercados mundiales para la exportación de sus mercancías excedentes y la captura de todas las fuentes posibles de materias primas, la extracción del hierro, el carbón, el petróleo, los ferrocarriles articulando el dominio de las áreas sometidas, los empréstitos voraces de los monopolios financieros, las expediciones militares y las guerras de conquista— no aceleró, por cierto, nada más que «el desarrollo del subdesarrollo», para usar la feliz expresión de André Gunder Frank. Al revés de Midas, el imperialismo convirtió en chatarra todo lo que tocó. Pero en la actualidad, la tentación encuentra realidades más propicias. Podría suponerse que Lenin se equivocó cuando atribuyó efectos aceleradores del desarrollo al «viejo modelo» de explotación imperialista, pero que no ocurre lo mismo con el «modelo nuevo». La mala fe también es una prueba de la existencia del infinito, y no faltan, hoy día, tecnócratas dispuestos a demostrar tramposamente que, ahora, la invasión del capital extranjero, bajo su nuevo signo positivo, beneficia las áreas donde irrumpe. En la medida en que el modelo de explotación cambió, se nos dice, cambiaron también sus consecuencias. Antes, el imperialismo regaba con sal los lugares donde una colonia o semicolonia hubiera osado levantar una fábrica propia; ahora, en cambio, los países ricos impulsan la industrialización de los países pobres. Este imperialismo «industrializador» de nuestros días, a diferencia del de tiempos pasados, implica una imprescindible acción civilizadora a escala universal; ya las conciencias culpables no necesitan coartadas, puesto que ya no son culpables; el imperialismo actual irradia tecnología y progreso, y hasta resulta de mal gusto utilizar esta vieja y odiosa palabra para definirlo.

¿Cuáles son, en realidad, los efectos del creciente desvío de las inversiones extranjeras hacia las industrias de transformación en América latina?

En primer lugar, es preciso empezar por advertir que la desnacionalización industrial no ha exigido el desembarco de grandes masas de capital. Al fin y al cabo, en 1966, la inversión directa de origen norteamericano en la industria de Argentina, Brasil y México, tan importante por su virtual monopolio de las manufacturas «claves», apenas alcanzaba al 3, 3.8 y 3.6%, respectivamente, del total de capitales norteamericanos invertidos en las fábricas mundiales. Y corresponde advertir que esa inversión nominal resulta, en la realidad, inflada. En efecto, como el vértigo del progreso tecnológico abrevia cada vez más los plazos de renovación del capital fijo en las economías avanzadas, la gran mayoría de las instalaciones y los equipos fabriles exportados a Latinoamérica, han cumplido anteriormente un ciclo de vida útil en sus lugares de origen. La amortización, pues, ha sido hecha, en forma total o parcial. A los efectos de la inversión en el exterior, este «detalle» no se toma en cuenta: el valor atribuido a las maquinarias, arbitrariamente elevado, no sería, por cierto, ni la sombra de lo que es, si se consideraran los frecuentes casos de desgaste previo. Por lo demás, la casa matriz no tiene por qué meterse en gastos para producir en América latina los bienes que antes le vendía desde lejos.

Los gobiernos se encargan de evitarlo, adelantando recursos a la filial que llega a instalarse y cumplir su misión redentora: la filial tiene acceso al crédito local a partir del momento en que clava un cartel en el terreno donde levantará su fábrica; cuenta con privilegios cambiarios para sus importaciones —compras que la empresa suele hacerse a sí misma— y hasta puede asegurarse (como en el Brasil) un tipo de cambio especial para pagar sus deudas con el exterior, que frecuentemente son deudas con la rama financiera de la misma corporación; goza de la exoneración de numerosos impuestos por plazos largos; y hasta es común que obtenga garantías contra riesgos de expropiación y de devaluación monetaria. Financia su expansión, posteriormente, en base a la reinversión de parte de sus jugosas ganancias y, sobre todo, en base al crédito que obtiene en el país donde opera. Según la insospechable OEA, de cada dólar que las filiales industriales norteamericanas emplean para su funcionamiento y su desarrollo, apenas veinte centavos provienen de los Estados Unidos. Los restantes ochenta centavos nacen de fuentes latinoamericanas, a través de créditos, empréstitos y retención de utilidades. Las filiales norteamericanas recurren casi exclusivamente a los capitales latinoamericanos para financiar los principales rubros de su capital de operación.[9] Esta canalización de recursos nacionales en dirección a las empresas extranjeras, se explica en buena medida por la proliferación de las sucursales de los bancos de Estados Unidos, sembradas por toda América latina para volcar en manos extranjeras el ahorro nacional. Había 78 filiales de bancos norteamericanos en la región, en 1964; en 1967, ya eran 133.[10] La banca de New York admite públicamente que la más importante de sus nuevas metas en América latina, consiste en capturar el ahorro interno en beneficio de las corporaciones multinacionales, para satisfacer sus necesidades en materia de producción y ventas.[11] Interesa advertir que se multiplican también los casos en que los bancos nacionales, sin cambiar de nombre, pasan al control de la banca extranjera. Pero también los propios bancos latinoamericanos no infiltrados ni copados, consideran sumamente conveniente atender los pedidos de créditos de las empresas industriales y comerciales extranjeras, que cuentan con garantías y que operan por volúmenes muy considerables. La movilización de los recursos locales no tiene, por supuesto, la menor repercusión sobre la estructura de capital de las empresas. Por lo general, el 99% de las acciones de las filiales está en poder de la casa matriz.[12]

Con intensidad creciente, se viene multiplicando en América latina una forma de penetración extranjera que no requiere inversión alguna. La propia OEA reconoce, en el documento citado, que el desarrollo de las empresas norteamericanas en la región se debe en buena medida a «la adquisición de empresas industriales latinoamericanas por intereses norteamericanos, que se observa en los últimos años». Se aplican, para ello, todos los recursos; los métodos de la asfixia incluyen el dumping de precios, el chantaje financiero o la infinita capacidad de presión que brinda la superioridad tecnológica agobiante. Se pone en práctica, por ejemplo, en gran escala, el viejo mecanismo por el cual el acreedor se queda con los bienes del deudor: las deudas por crédito de abastecimiento, uso de patentes, marcas, etc., suelen desembocar en la caída, multiplicadas por las devaluaciones monetarias que obligan a la empresa nacional a pagar más pesos por la misma cantidad de dólares. Desde fines de la década del 50, la recesión económica. la inestabilidad monetaria, la contracción del crédito y el abatimiento del poder adquisitivo del mercado interno, han contribuido fuertemente en la tarea de voltear a las empresas nacionales y ponerlas a los pies de las grandes corporaciones extranjeras. Además, como las filiales de estas corporaciones no son más que piezas de un engranaje mundial, pueden darse el lujo de perder dinero durante un año, o dos, o el tiempo que fuere necesario. Bajan, pues, los precios, y se sientan a esperar la derrota del enemigo. Comienza el sitio. Los bancos colaboran; la empresa nacional no es tan solvente como parecía: se le niegan víveres. Acorralada, la empresa no tarda en levantar la bandera blanca. La rendición se celebra con alegría por ambas partes. La «burguesía nacional» latinoamericana, nacida del vientre del viejo sistema agroexportador, se reencuentra con su destino: el capitalismo local se convierte en socio menor o en funcionario de sus vencedores. O conquista la más codiciada de las suertes: cobra el rescate de sus bienes en acciones de la casa matriz extranjera y termina sus días viviendo gordamente una vida de rentista.

Las grandes corporaciones no necesitan, pues, traer muchos dólares. En cambio, se los llevan. «Lo que caracteriza al capitalismo moderno en el que impera el monopolio, es la exportación del capital», había escrito Lenin. En nuestros días, como lo han hecho notar Baran y Sweezy, el imperialismo importa capitales de los países donde opera. En el período 1950-1967, las nuevas inversiones norteamericanas en América latina totalizaron, sin incluir las utilidades reinvertidas, 3.921 millones de dólares. En el mismo período, las utilidades y dividendos remitidos al exterior por las empresas, sumaron 12.819 millones. Las ganancias drenadas han superado en más de tres veces el monto de los nuevos capitales incorporados a la región. Pero este es un cálculo conservador. Buena parte de los fondos repatriados por concepto de amortización, corresponde a utilidades reales, y las cifras no incluyen tampoco las remesas al exterior por concepto de pagos de patentes, «royalties» y asistencia técnica, ni computan otras transferencias invisibles que suelen aparecer en el rubro «errores y omisiones», ni tienen en cuenta las ganancias que las corporaciones reciben al inflar los precios de los abastecimientos que proporcionan a sus filiales y al inflar también, con igual entusiasmo, sus costos de operación. El flujo negativo de las corrientes de capital, refleja rendimientos cada vez mayores, sobre todo en las áreas más subdesarrolladas: América latina, África, y, en mayor medida, el Asia.

Las profundas deformaciones de estructura de la economía latinoamericana, que asoman, como un hueso por la herida, por todas partes y a todas horas, se reflejan, también, en el hecho simple y terrible de que la mitad de la inversión total de América latina es de carácter improductivo. La «internacionalización» del proceso industrial no hace más que agudizar este desperdicio, drenando hacia el extranjero el excedente económico producido en la región. Cada vez se hace más evidente que el alimento de las minorías opresoras de América latina resulta el veneno de las mayorías oprimidas: el interés privado coincide cada vez menos, al sur del río Bravo, con el interés general. La inversión extranjera en la industria no altera este cuadro de cosas, sino que lo confirma dramáticamente.

Al llevarse muchos más dólares de los que traen, las empresas extranjeras contribuyen a agudizar el déficit creciente de la balanza de pagos; la región «beneficiada», en vez de capitalizarse, se descapitaliza. Entra en acción, entonces, el mecanismo del empréstito. Y es importante observar que los organismos internacionales de crédito desempeñan una función muy importante en el desmantelamiento de las ciudadelas defensivas de la industria latinoamericana. Lenin había subrayado, con razón, el hecho de que la exportación de capital financiero resulta, para los países imperialistas, un medio de impulsar la exportación de mercancías al extranjero. En este sentido, es elocuente el condicionamiento de los préstamos de la Alianza para el Progreso, «atados» a la compra de bienes y servicios en los Estados Unidos. A tal punto esto es así, que el componente de ayuda real de la asistencia financiera oficial norteamericana a Latinoamérica, se reduce a menos de la mitad de la ayuda nominal, según fuentes nada sospechosas,[13] en virtud de las condiciones en que se otorga. Pero es aún más importante advertir la importancia del crédito internacional para «limpiar el terreno» a las inversiones directas de las grandes corporaciones. «Lo característico del imperialismo —había escrito Lenin— no es justamente el capital industrial, sino el capital financiero». La evolución del capitalismo desde aquellos tiempos, ha implicado una evolución del imperialismo. En el último medio siglo, se han operado cambios en el seno del sistema capitalista; en los Estados Unidos, los bancos ya no controlan a las corporaciones industriales, sino que actúan integrados en una misma constelación de poder.[14] Y del mismo modo que las corporaciones multinacionales son multinacionales porque operan en los cuatro puntos cardinales del mundo capitalista, pero su propiedad no es en modo alguno internacional, tampoco los organismos internacionales de crédito están al servicio de los numerosos países que aportan los capitales con los que operan, sino que cumplen los designios de la gran potencia integradora del capitalismo mundial: los Estados Unidos. La muerte del sistema del «patrón oro» —ocaso definitivo del imperio británico— ha ampliado enormemente la oferta internacional de capitales financieros, y ha hecho posible la aparición de organismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o, en escala regional, por ejemplo, el Banco Interamericano de Desarrollo, que se arrogan el derecho de gobernar al Tercer Mundo y de decidir la política económica que han de seguir los países que se benefician con sus créditos. Cada vez se hace menos necesaria la presencia de los «marines»; los tecnócratas internacionales desembarcan y se lanzan al asalto —corren lágrimas, pero no sangre— de los bancos centrales y de los ministerios decisivos en los países pobres.

Con sus inversiones directas, el imperialismo desangra las economías dependientes. Con sus empréstitos, les otorga la droga necesaria para que sigan en pie y se va apoderando, de manera cada vez más imperiosa, de las palancas internas del poder. Primero, el imperialismo hace el enfermo; después, construye el hospital, donde el enfermo queda preso y sin posibilidad de cura. América latina vive ya lo que los economistas llaman «explosión de la deuda». Es el círculo vicioso de la estrangulación: los empréstitos y las inversiones aumentan y en consecuencia aumentan los pagos por amortizaciones, intereses, dividendos y otros servicios; para cumplir con esos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero que generan compromisos mayores, y así sucesivamente. Según el Banco Mundial, en 1980 los pagos de servicios anularán por completo el influjo de capital extranjero en el mundo subdesarrollado. En la década 1956-1965, la deuda externa pública de América latina pasó de 4 mil millones de dólares a cerca de 11 mil millones; en 1965, ya la afluencia de créditos fue menor que el capital que salió de la región para cumplir con los compromisos anteriormente contraídos.

El Banco Mundial, la Alianza para el Progreso y la banca privada norteamericana condicionan sus empréstitos al «visto bueno» del Fondo Monetario Internacional. So pretexto de la mágica «estabilización monetaria», el FMI impone en América latina la liberación del comercio, la contracción del crédito interno, la congelación de los salarios, el desaliento de la actividad estatal y fuertes devaluaciones monetarias teóricamente destinadas a estimular las exportaciones, que en realidad sólo estimulan la concentración interna de capitales en beneficio de los terratenientes, los banqueros y los grandes intermediarios. Esta es una política destinada a derribar las defensas nacionales ante la omnipotente penetración del capital privado extranjero. Los conquistadores entran pisando tierra arrasada.

Todos estos organismos imperialistas de filantropía internacional, hacen hincapié en la lucha contra los desequilibrios interno y externo de la economía de la región. Sus recetas corresponden a esa terapéutica. No podemos, en la brevísima extensión de este trabajo, referirnos a las múltiples vías por las cuales la política que ellos imponen agudiza esos desequilibrios en vez de aliviarlos. Nos interesa aquí, simplemente, observar cuál es la incidencia de las inversiones imperialistas en el campo industrial sobre uno de los factores más importantes del desequilibrio económico latinoamericano: el comercio exterior. La «brecha comercial» se abre cada vez más: las necesidades de importaciones son cada vez mayores en relación a los recursos que brindan las exportaciones. Sólo una décima parte de las exportaciones latinoamericanas, corresponde a manufacturas; la región depende de las ventas de productos primarios, con escaso o ningún grado de elaboración, de cotización inestable en los mercados internacionales que los países ricos, y sus poderosas empresas, controlan.

El jefe de una misión técnica norteamericana en el Brasil, John Abbink, había anticipado proféticamente, en 1950: «Los Estados Unidos deben estar preparados para ‘guiar’ la inevitable industrialización de los países no desarrollados, si se desea evitar el golpe de un desarrollo económico intensísimo fuera de la égida norteamericana… La industrialización, si no es controlada de alguna manera, llevaría a una sustancial reducción de los mercados estadounidenses de exportación».[15] El mercado latinoamericano no se redujo en modo alguno para las ventas estadounidenses. Una de las paradojas de la industrialización sustitutiva de importaciones, consiste en que obliga a aumentar las importaciones. Determinados bienes que antes se importaban, pasaron a producirse internamente, pero esa producción interna ha generado una demanda «derivada» de productos intermedios y bienes de capital, cuya magnitud sobrepasa la economía de divisas originalmente realizada. Los Estados Unidos venden, ahora, en América latina, una proporción mayor de productos más sofisticados y de alto nivel tecnológico. «A largo plazo», opina el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, «a medida que crece la producción industrial mexicana, se crean mayores oportunidades para exportaciones adicionales de los Estados Unidos…».[16] Las filiales de grandes corporaciones que han saltado las barreras aduaneras para abastecer desde adentro a los mercados de América latina, obtienen beneficios adicionales en la medida en que orientan las compras del exterior, abasteciéndose en sus casas matrices o en otras filiales, a precios deliberadamente altos.

Este imperialismo que también exporta fábricas, corresponde a la etapa de más alto desarrollo monopolista del capitalismo. Ya en los tiempos de Lenin, la libre competencia era un artículo de museo. Hoy, las corporaciones disfrutan, cómodamente, del control de los precios en los países donde operan. En América latina, obtienen amparo tras la muralla china del proteccionismo aduanero para fabricar a precios dos y tres veces más altos los productos que antes vendían desde afuera. Las inversiones son bajas, es reducidísimo el costo de la mano de obra tan abundante como barata y el estado redescuenta la financiación de las ventas a plazos; sin embargo, todo cuesta más caro. El dominio del mercado aparece facilitado por la plena libertad de que las empresas disfrutan, por el prestigio mágico de las marcas y los slogans en inglés, beneficiarios de la desenfrenada y eficaz publicidad internacional, y por el hecho de que la inversión industrial extranjera controla el «sector moderno» de las economías dependientes y desde ese sector subordina, con su propia dinámica, a todos los demás sectores.

Los mercados internos brindan, pues, jugosas ganancias, aunque la población consumidora sólo representa, en América latina, una parte bastante reducida de la población total. Apenas uno de cada cuatro brasileños puede considerarse un consumidor real. Las masas se multiplican a ritmo de vértigo, pero el desarrollo del capitalismo dependiente —un viaje con más náufragos que navegantes— margina mucha más gente que la que es capaz de integrar. En la mayoría de los mercados de América latina, sólo existe una élite con capacidad adquisitiva. La industria extranjera se dirige, sobre todo, a esa élite, y no muestra el menor interés por extender el consumo de masas más allá de ciertos límites: el mercado sólo podría desarrollarse horizontal y verticalmente, si se impulsara la puesta en práctica de hondas transformaciones de toda la estructura económico-social. Fernando Henrique Cardoso ha hecho notar[17] que los capitales nacionales en Argentina y Brasil son sobre todo fuertes en los sectores industriales «tradicionales», de baja tecnología, y que son los que en mayor medida dependen del mercado de masas, en tanto que las filiales extranjeras o los capitalistas nacionales sometidos a la «dependencia estructural» sólo «requieren el fortalecimiento de los lazos económicos entre las islas de desarrollo de los países dependientes y el sistema económico internacional y subordinan las transformaciones internas a este objetivo prioritario». Las encuestas realizadas acerca de la necesidad de la reforma agraria resultan muy ilustrativas en este sentido, sobre todo si se tiene en cuenta que la cuestión agraria es el principal «cuello de botella» del desarrollo latinoamericano. Tanto en Argentina como en Brasil «los empresarios tienden fuertemente a manifestarse contra la reforma agraria»,[18] y de las investigaciones realizadas se desprende, con toda claridad, que más aguda es la oposición al cambio en la estructura agraria en la medida en que mayor es la dependencia del empresario con respecto al «modo internacional de producción». Son los sectores industrialmente menos complejos los más favorables a la ampliación masiva del mercado; los más complejos, cuando pertenecen al capital nacional, están normalmente atados al exterior por la dependencia tecnológica o financiera, y junto con el pago de patentes, lucros, intereses, «royalties», dividendos de acciones o servicios de «know how» aparece, también, una actitud de resistencia ante las posibles reformas estructurales. En proporción directa al grado de dependencia, se hace evidente el pánico político que el empresario muestra ante cualquier perspectiva de cambio en el sistema de poder que lo beneficia. El latifundio continúa invicto: es un aliado.

La perpetuación del latifundio rural implica un drenaje constante y creciente de trabajadores desocupados en dirección a las ciudades, pero las fábricas no brindan refugio a la mano de obra excedente. La productividad industrial aumenta, por el contrario, a costa de la disminución de la mano de obra — y América latina tiene el crecimiento demográfico más alto del mundo. La industrialización «internacionalizada» tiene un carácter excluyente; las empresas traen consigo técnicas para economizar mano de obra en países donde la mano de obra no encuentra ocupación. La proporción de trabajadores de la industria manufacturera en el total de la población activa, disminuye en América latina: había un 14.5% de trabajadores fabriles en la década del 50; en la década del 60, sólo un 11.6%.[19] La cuarta parte de la población activa, está actualmente desocupada o subempleada; en las grandes ciudades, muchedumbres crecientes se amontonan en las «favelas», las «villas miserias», los «ranchos», los «cantegriles» y las «callampas», extendidos cordones de miseria en torno a la riqueza de los centros urbanos. El sistema vomita hombres, pero la industria se da el lujo de sacrificar mano de obra en una proporción mayor que la de Europa.[20] No existe —a diferencia de los modelos «clásicos» de desarrollo capitalista— ninguna relación coherente entre la mano de obra disponible y la tecnología que se aplica. Tierras ricas, subsuelos riquísimos, hombres muy pobres en este reino de la abundancia y el desamparo: la inmensa marginación de los trabajadores que el sistema arroja a la vera del camino frustra el desarrollo del mercado interno y abate el nivel de los salarios. La irrupción de la burguesía urbana al primer plano del escenario histórico no ha provocado, a diferencia de Europa y Estados Unidos, ninguna revolución agraria; la industrialización dependiente funciona para las estructuras tal cual son. Se desarrollan, sí, «polos» que concentran la producción y la riqueza de cada país, pero que no irradian los beneficios de su crecimiento. Son los oasis de la prosperidad en el desierto, las ciudades relucientes que fingen existir en medio de los desolados parajes de la miseria general. El capital extranjero de nuevo tipo, que alza chimeneas en las áreas subdesarrolladas, se concentra en estos polos, en tal modo que no sólo agudiza las contradicciones sociales, al segregar mano de obra y polarizar aún más la riqueza, sino que además agudiza las contradicciones regionales, dentro de las fronteras de cada país y en el ámbito mayor, global, de América latina. Los esfuerzos por la integración en un mercado común latinoamericano, reflejan, en este sentido, la voluntad de echar las bases de una nueva división del trabajo en beneficio de los centros urbanos más desarrollados, ampliando así los mercados de la industria desnacionalizada y dejando intacta la estructura que cada país padece.


EDUARDO GALEANO
Montevideo



en Documentos, suplemento de la edición n. 107 de Punto Final
Santiago de Chile, martes 23 de junio de 1970.







NOTAS

[1] Richard M. Nixon, discurso ante la Organización de Estados Americanos, 14 de abril de 1989. Por supuesto, hay que tener en cuenta también el ritmo al que crece la disparidad entre pobres ricos dentro de los países latinoamericanos: el ingreso per cápita es un promedio con trampas.
[2] Darcy Ribeiro, «El dilema latinoamericano», inédito.
[3] Secretaría General de la OEA, «El financiamiento externo para el desarrollo de la América latina», Washington, 1969. Documento de distribución limitada; sextas reuniones anuales del CIES.
[4] Citado por la Comisión Económica para América latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, «Estudio económico de América latina, 1968». 
[5] Rogelio García Lupo, «Contra la ocupación extranjera», Buenos Aires, 1968.
[6] Eduardo Galeano, «The denationalization of Brazilian Industry», Monthly Review, diciembre de 1969.
[7] Discurso del ministro Hélio Beltrao ante la Asociación Comercial de Río de Janeiro. Correio do Povo, 24 de mayo 1969. 
[8] José Luis Ceceña, «Los monopolios en México», México, 1962.
[9] OEA, op. cit.
[10] International Banking Survey, Journal of Commerce, New York, 25 de febrero de 1968.
[11] Robert A. Bennett y Karen Almonti, «International activities of United States Banks», New
York, 1969.
[12] Celso Furtado, «La economía latinoamericana desde la Conquista Ibérica hasta la Revolución Cubana», Santiago de Chile, 1969.
[13] Aldo Ferrer, «Distribución del Ingreso y desarrollo económico», El Trimestre Económico, México, abril-junio de 1954.
[14] OEA, op. cit.
[15] Paul Baran y Paul Sweezy, Monopoly capital, New York, 1966.
[16] Journal do Comercio, 23 de marzo de 1950.
[17] International Commerce, a U.S. Department of
Commerce weekly, 24 de abril de 1967.
[18] Fernando Henrique Cardoso, «Política e desenvolvimento em sociedades dependentes: ideologias do empresariado industrial argentino e brasileiro», tesis universitaria, San Pablo, 1968.
[19] Idem.
[20] CEPAL, op. cit.




















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