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Keme (Kame, Kamey)
Muerte, renacimiento.
Significa los cuatro puntos cardinales. Cargador del Tiempo.
Es la representación de los cuatro elementos: el aire, el fuego,
el agua y la tierra. KEME es la energía de la abuela y abuelo,
muerte y vida — vida y muerte — transformación — descanso,
retorno.
Es el nahual de la muerte.
Las mamás no mueren,
se transforman
en leche de aire,
nadan entre las pestañas
como grumos de rímel
y se sientan en la comisura
de los hijos de sus hijos
a contar historias de supererues
y misteriosas zapatillas colgadas de un cable.
Lo intentan
pero se inflaman en trapos de colores,
en fotos muchas fotos
y se transforman en pájaros
o chanchitos de tierra.
Lo intentan
pero se les mancha la piel
de baba de universo,
y hay estrellas
que se acurrucan entre medio de sus dedos
rasguñándoles la carne.
Lo intentan,
pero no saben que no saben
y se vuelven eternas
y parasiempras,
interminables
como el vacío del que nos trajeron,
pariendo una y mil veces
en un concierto de sangre,
o son volcán,
lamiéndonos el fuego con ternura.
Se desamarran la vida
porque se asquean del cuerpo
cansadas
de estar pegadas al pelo y a la sombra,
viajando a miles por hora
entre los poros de la carne,
ordenando las piedritas del jardín,
en medio del silencio más insoportable.
Se desenganchan las arterias
y dejan partir al corazón correr
al fin
como un animalito libre
que se va
pero también se queda
porque adora
el concierto de euforia que ahora son
y nosotros
—casi vacíos—
enganchados al último vagón,
mendigando
una calle que contenga nuestras piernas
o un puñado de tumbas
para derramarnos
no entendemos
que aun en este inmundo desamparo,
siguen palpitando
las que un día nos cantaron
hasta que no pudimos más
y también
se nos cerraron los ojos.
· · ·
Advertencia:
No quedaba nada
ni la sangre,
ni los golpes
las patadas,
ninguna señal del matadero.
Antes de escribir abrí los ojos, rompiendo la escarcha duros, como témpanos.
· · ·
La muerte no ha querido acogerme corazón,
me ha dado la espalda.
Sobre ella un manto de cariño, que creía seco,
empapa todo.
La muerte
no ha querido mis manos
que ya estaban frías.
Yo tampoco la quiero,
por eso cada una de estas líneas.
· · ·
Aún no habito esta casa
veo en sus hebras el silencio más brutal
y ella ve en mí la muerte de todas las cosas.
· · ·
Cierro ventanas imaginarias
para soportar la luz,
y espantar pájaros que puedan acomodarse en el marco
sólo para mirarme.
· · ·
Habito un cuerpo
que me persigue desde siempre
y que he sabido despreciar como nadie
para que me perdone
froto sus heridas con palabras que no significan nada,
pero le aseguro pueden nombrar a Dios
y que tiene su nombre.
A veces
no puedo inventar ninguna
y apenas llega el silencio algo tiembla,
son los golpes furiosos
de ese corazón que forzado a latir
se sueña apagando.
· · ·
«Todo va a pasar»
repito antes de salir,
como si fuera un mantra,
y vuelvo a la casa
—que aun no habito—
para quedarme a observar como todo,
los días —y las noches—
los sueños, los amores
y los miedos
los niños, incluso mi niño, con todas sus mariposas
o todas sus pisadas.
La calma, la vida, la muerte,
todo, absolutamente todo pasa
y nada ni nadie
cruza esta puerta.
· · ·
Es mi cuerpo
colgado en el latido de todas las cosas
el que ves antes de entrar,
el que enganchado a alambres de púa
dices perverso y crees que ruega,
crees,
que no hay amor que permanezca así,
en estos bosques de eucalipto
revelado a la intemperie.
Feliz cumpleaños, donde estés.

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